Hentai, Capítulo I

HENTAI
Capítulo I

Relato anterior: YAOI

IRC

Esta conversación tuvo lugar muy temprano por la mañana del sábado. Ádal pretendía madrugar para terminar una maldita investigación que le habían marcado de tarea, y así tener todo el fin de semana libre para poder dedicarse a lo que quisiera.  Pero el reto que su distante amigo le impuso en ese canal de IRC lo intrigó a tal punto que olvidó todo propósito fuera de hallar ese enigmático Eldorado del hentai.

Así pues, puso manos a la obra. Sacó un par de bebidas energéticas del refrigerador, pulió sus gafas, se tronó los dedos, y le dio duro a la actividad tecleadora. Entró a varios foros y canales, buscando información, pistas, referencias o insinuaciones sobre el mentado sitio. No fue fácil. Casi nadie había oído hablar de The Hentai Shangri-La, y entre quienes sí sabían algo al respecto la mayoría lo consideraba una de esas absurdas leyendas de la World Wide Web. Obviamente, Google fue por completo inútil, y aunque encontró un par de sitios que se llamaban así, era obvio que no se trataban del legendario edén de la pornografía dibujada.

Indagó por aquí y por allá, surfeando páginas en decenas de idiomas distintos y hasta en caracteres que le eran imposibles de leer. Finalmente, contactó con un hacker ucraniano, el cual le dijo que había intentado entrar al misterioso sitio, sin resultados, pues estaba protegido mejor que los gobiernos y las corporaciones más poderosas. Tres computadoras se le habían jodido al ucraniano al intentar tener acceso y había sabido de un chino que se había vuelto loco de tanto intentarlo.

Eso sí que era un reto, pensó Ádal. Él era un hacker, un muy buen hacker, conocido y respetado en los Internetz como toda una autoridad. Forchanero desde prepúber, y ocasional miembro de Anonymous, luchó junto a la Legión durante la Operación AntiSec; se retiró temporalmente del hacktivismo cuando las cosas se pusieron feas en México con los Zetas, pero regresó a las andadas cuando el mundo unió sus fuerzas para detener la ley SOPA y después en la ola de venganza que siguió a la destrucción de MegaUpload.

De haber vivido una década antes, Ádal habría sido la víctima de gorilones cabezahueca en la preparatoria, pero hasta los bravucones más perversos y con padres más influyentes le empezaron a tener respeto desde que el invierno anterior Ádal hackeó las cuentas de Gmail, Facebook y Twitter de Xariff. “Tienen suerte de que sea tan buena persona”, se decía Ádal, convencido de que, si quería, bien habría podido hasta sacar dinero de cuentas bancarias. Así de chingón era o creía ser.

Por otro lado, Ádal amaba el hentai. En su blog sobre temas geeks y de informática tenía una muy respetable sección dedicada a reseñar ovas y mangas, y a filosofar sobre la estética del porno animado japonés. En los Internetz hay de todo para toda clase de gustos: algunos prefieren el porno real en cualquiera de sus casi infinitas variantes, mientras que otros prefieren ver sexo dibujado y animado. De éstos, muchos hay que son seguidores fervientes de la infame Regla 34, en virtud de la cual se pueden hallar dibujos con versiones pornográficas de cualquier cosa imaginable, desde superhéroes de cómic y princesas Disney hasta videojuegos y caricaturas para niños. Pero para los verdaderos amantes del erotismo nipón, este porno dibujado occidental tenía apenas el valor que una curiosa parodia y jamás podría alcanzar el nivel de auténtico arte.

El hentai también es toda una viña del Señor, con material para satisfacer hasta los paladares más excéntricos. Algunos géneros son más populares que otros. Abundan las imágenes e historias de chicas que se ven en situaciones desfavorables, sorprendidas por bandas de rufianes sonrientes que las aterran, les arrancan la ropa y las fuerzan a tener sexo salvaje y doloroso entre gritos, lágrimas y pataleos, dejándolas humilladas más allá de toda redención. O a veces adorables muchachitas con ropas de colegialas (o de novicia, o de inocente aldeana) y ojos de muñequita, pero tetas monumentales, son sometidas por alguna circunstancia sórdida a sufrir a manos de inmisericordes sadomasoquistas que las atan, amordazan y cuelgan de complicados arneses para luego penetrarlas por ambos frentes con vibradores eléctricos enormes y nudosos. Por razones que Ádal no podía entender, estos dos tipos de escenas debían excitar mucho al público masculino porque eran con las que más se topaba en la red. Y desde luego, en la love machine había cosas mucho peores, verdaderamente enfermizas, pero Ádal conocía de todo y ya nada lo asustaba. En su blog había sugerido en repetidas ocasiones que sería provechoso un estudio psicológico o sociológico al respecto.

Los gustos eróticos del joven eran muy específicos. La historia era lo más importante. El acto sexual podía excitarlo sólo si estaba insertado en un buen escenario. No le gustaban las historias de violación, pues lo que quería ver era a esas bellas chicas y a sus no menos bellos chicos disfrutar del buen sexo. Las escenas de vejaciones, maltratos y humillaciones no sólo le disgustaban, sino que le provocaban una profunda repulsión ética. Amaba, en cambio, ver a chicas de líneas curvas bien trazadas y colores brillantes gozar del coito, sonrojarse, gemir de placer con sus vocecillas agudas, llenarse y rebosar de orgasmos, y pedir más y más a sus amantes en su bella lengua musical de Oriente. Podía llegar a excitarlo cierto grado de rudeza en alguna escena en la que al principio la chica se resistiera para acabar cediendo, pero lo importante era que la mujer siempre debía disfrutar, condición que Ádal elevaba a la categoría de principio ético y estético.

Por lo mismo, no le gustaba mucho el hentai de tentáculos, ni el que involucrara monstruos o demonios que sorprendieran a las chicas para después penetrarlas con sus grandes vergas rojas (situaciones en extremo populares entre los otakus), a menos que las chicas desearan y disfrutaran del delicioso y surreal combate entre sus cuerpos húmedos y los falos monstruosos que les querían dar batalla. Pero tampoco le gustaban las comedias sosas, de situaciones inverosímiles poco imaginativas, tipo “llega un muchacho a repartir una pizza y se topa con que en la casa hay puras chicas celebrando una fiesta de piscina”, que parecían sacadas de los horarios más recónditos de la TV por cable.

Oh, no. A él le gustaban las historias bien escritas, de preferencia que se situaran en escenarios fantásticos, que incluyeran a hermosas elfas, galantes guerreros que para poder hacerles el amor tuvieran que vencer a feroces demonios (los cuales también podían follarse a las elfas, ¿por qué no?), magia que hiciera del sexo algo más interesante… Amaba el yuri sobre todas las cosas; le fascinaba hasta la locura ver a dos chicas dibujadas jugar con sus lenguas, frotar sus senos perfectos unos con los otros, entrelazar las piernas para que sus vaginas pudieran besarse.  Vaya, Ádal era incluso capaz de apreciar la cualidad estética de un buen yaoi. Eso sí: odiaba el lolicon y el shotacon, y con mayor razón en toddlercon, y hasta había hackeado sitios y usuarios que traficaban con estos materiales, pues creía que aún en los dibujos y las historias ficticias era imperativo tener decencia.

Con tales inquietudes eróticas y con tal seguridad en su propio talento, Ádal se propuso echarse de lleno a las fauces de la bestia. Pasó el sábado intentándolo y esa noche sólo durmió tres horas; era domingo cuando por fin supo lo que tenía que hacer para encontrar The Hentai Shangri-La. Descargó el software apropiado (que hubo que desencriptar), reconfiguró su computadora, introdujo los códigos de acceso que había tenido que hallar en sitios muy distantes e insospechados… todo eso le permitió pararse frente el umbral del sitio, pero no entrar a él.

Lasciate ogni speranza vio ch’entrate repetía una bella chica manga, desnuda sobre un fondo negro, frente a la mirada extasiada de Ádal. Después de prácticamente 24 horas en las que no había dejado su escritorio más que para comer, ducharse e ir al baño, había conseguido estar de pie ante el mayor tesoro del hentai que se hubiera soñado jamás. Entonces empezó el hackeo. Algoritmos, códigos, claves de encriptación y demás artimañas realizadas con todo el poder de sus arcanos hackeriles. Estuvo ahí por horas, literalmente, sin lograr avanzar ni un ápice, con la chica hentai sonriéndole con sus grandes tetas y repitiendo el verso florentino, una imagen que si otrora había sido excitante ahora resultaba tan molesta como el maldito perro de Duck Hunt.

Entonces Ádal concibió una idea descabellada: en la casa había dos Note Books, una computadora de escritorio, una ensamblada que operaba con Linux y además un iPad ¿y si conectaba todo a la vez y atacaba desde todos los equipos la página en cuestión? Lo pensó menos de tres segundos antes de decidirse a hacerlo. Como su hermana había invitado al novio a casa y se habían pasado todo el fin de semana en la habitación de ella, nadie notó que Ádal había estado desde la mañana del sábado hasta la tarde del domingo dale y dale al teclado de los aparatos. Sólo cuando el cuñado se retiró de escena y después de que ella lo acompañase hasta la puerta, Adela reparó vagamente en la figura encorvada que deslizaba sus dedos sobre los botones en el cuarto destinado a ser parte estudio, parte biblioteca y parte sala de TV y videojuegos.

-¿No has estado allí mucho tiempo? -preguntó.

-No -respondió él, distraído.

-Ah… Bueno. Me voy a bañar -dijo la chica y se metió de nuevo en su propia habitación.

Ádal siguió con su épica lucha para penetrar la página, haciendo cálculos imposibles, tecleando más rápido que el pensamiento, atacando con todo lo que tuviera en su arsenal. Y de pronto, cuando su intuición de programador le dijo que ya estaba a punto de lograrlo, de conquistar la máxima gloria, de convertirse en leyenda y, sobre todo, de acceder al mayor tesoro de hentai conocido por la especie humana… hubo un apagón.

Por un momento Ádal se quedó atónito. ¿Se habría ido la corriente por causa de sus fechorías? ¿Su actividad de hacker había sobrecargado el sistema eléctrico de la casa? No, eso era imposible… ¿o no lo era? Ignorando los gritos de su hermana en la ducha, bajó hasta la cochera y revisó la caja de fusibles. Estaban fundidos. Todos ellos. Regresó al estudio. Las dos Note Books y el iPad estaban apagadas. Los revisó: aún funcionaban y tenían batería. ¿Qué las había apagado?

Maldición, estaba tan cerca… Y de pronto recordó la investigación escolar. Carajo. Necesitaba Internet. Y necesitaba electricidad para entrar a Internet. Era domingo y a esas horas todo estaría cerrado, sería imposible encontrar fusibles…

-¡Ádal, se fue la luz! -dijo Adela, saliendo de su cuarto, envuelta en una toalla bastante chica para su figura.

-Ya lo noté.

-¿Crees que vuelva pronto?

-No… Se fundieron los fusibles.

-¿Qué? ¿Cómo?

-No sé… una sobrecarga de corriente o algo así, supongo.

-¡Puta madre! ¡Y con este pinche calor!

-¿Y a mí qué me dices? Tengo que hacer tarea y necesito Internet.

-Ve a un cyber.

-No hay por aquí, lo sabes.

-¿Por qué no vas al parque? Allí hay Internet inalámbrico gratuito, ¿no?

-Pfff. Eso es para chairos.

Pero, de chairos o no, Ádal reconoció que si quería terminar esa investigación no tenía más remedio que encaminarse al susodicho parque.

________________________

Continúa en el Capítulo II

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Hentai, Capítulo I

  1. Martin Mind dijo:

    XD buen intro tipo Hack//sing y lo sabia Adal estaba en wadas gruesas, peor no nos dejes asi T.T.

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