Hentai, Capítulo II

HENTAI
Capítulo II

Leer el Capítulo I

Ádal y su familia vivían en una colonia que hacia mediados del siglo anterior había sido el hogar de muchas familias de clase media y alta. Se encontraba cómodamente cerca del Centro Histórico, pero fuera de su laberinto de callejuelas atestadas de vehículos ruidosos y multitudes malencaradas. Algunos caserones de gran tamaño y lujo convivían con casas más modestas, pero todas ellas espaciosas, de techos altos, con amplios jardines y hospitalarios pórticos, como se hacían antes.

La colonia había decaído cuando la expansión de la ciudad hizo que la gente adinerada, o que pretendiera serlo, se mudara siempre hacia barrios cada vez más al norte, y se volvió menos importante tener jardines y terrazas que tener cuartos para televisores gigantes y bares criogenizados con potentes aparatos de clima artificial, piezas donde la gente bien discutía sus cosas de gente bien, pues ahora sólo los gatetes salían a “tomar el fresco” a los pórticos, considerados estructuras arcaicas y en desuso.

Por mucho tiempo la colonia quedó convertida en un lugar en el que sólo vivían viejitos e hijos de viejitos que nunca prosperaron lo suficiente como para largarse al norte. Pero en los últimos años nueva vida había llegado al vecindario. El gran parque central, construido mucho antes por gobiernos postrevolucionarios, fue restaurado; el área de juegos infantiles, la concha acústica, las bancas para descansar bajo los árboles, la fuente de la Serpiente Emplumada… todo ello quedó como nuevo, y además se abrió un centro cultural justo en su corazón. El lugar se llenó de hípsters cultosos y extranjeros retirados, y algunas familias de profesionistas de clase media, como los padres de Ádal, que redescubrieron el encanto de vivir dentro de la ciudad.

En fin, el muchacho se encaminó hacia el parque, se sentó en una banca, enchufó su Note Book, se conectó a Internet y, con la voluntad de no perder más tiempo, se puso a hacer el trabajo pendiente. Ya casi había terminado cuando, al levantar el rostro para estirar su cansado cuello, vio que, no muy lejos de él, casi ocultos por unos arbustos y una palmera, se encontraban Rigo y Godo, cuchicheando.

El primer impulso de Ádal fue levantarse para saludarlos. Le daba mucho gusto verlos, porque a lo largo del último año habían estado muy distanciados, y la verdad es que Ádal los consideraba sus mejores amigos. Pero tras pensarlo una segunda vez, decidió que lo mejor era hacer de cuenta que no los había visto y esperar a que ellos mismos se le acercaran. Esto no ocurrió; Godo y Rigo estaban muy concentrados en su conversación como para siquiera notar la presencia de su amigo. Ádal comenzó a desesperarse ¿por cuánto tiempo podría estar fingiendo que no los había visto? ¿Cuánto más tendría que aguantar haciéndose al interesante y al difícil? Ya estaba a punto de ceder, de darse por vencido, de reconocer que tenía ganas de contactar con sus amigos y de dar el primer paso para lograrlo, cuando una frase de Rigo, enunciada como esos susurros que quieren ser gritos pero se reprimen, lo desconcertó por completo.

-¡¿Me estás diciendo que eres gay!?

Ádal levantó la mirada como si un dispositivo de eyección hubiese disparado su cabeza. Vio a Rigo, cuya expresión y ademanes delataban sorpresa, turbación, incomodidad… y cierto alivio. Godo, con las manos en los bolsillos, sólo se encogió de hombros y musitó:

-Meh. Sólo sé que lo quiero, y que me gusta estar con él. Pero todo esto es muy complicado, más en esa pinche escuela…

Rigo observó en silencio a su amigo por un buen rato: -Órale… Estoy muy sacado de onda… Necesito asimilarlo…

-Ven -dijo Godo-. Vamos por un café al Oxxo y lo platicamos con más calma.

Los dos muchachos se fueron caminando con tranquilidad, en alejándose de Ádal. Éste se quedó en su banca, sosteniendo la computadora en su regazo, inmóvil, anonadado. ¿Qué coño acababa de pasar? ¿Qué es lo que había estado pasando en el último año? ¿Qué pedo con la vida de todos?

Después de discurrir extraviado por vagos pensamientos, dudas, sospechas y conjeturas, Ádal recordó de pronto su trabajo. Lo terminó al ahisevá, maldiciendo a los profesores y pensando que más les valía que no pusieran otros trabajos estúpidos en el poco tiempo que le quedaba al año escolar y a la preparatoria. Apagó su computadora, guardó sus cosas y regresó a su casa.

Estaba tan ensimismado que no se dio cuenta de que las luces estaban prendidas sino hasta que ya había atravesado el recibidor y puesto el primer pie sobre la escalera. Confundido, gritó desde allí la típica pregunta obvia:

-¡Adela! ¡¿Ya volvió la luz?!

-¡Obvio, tetín! -sonó una voz desde la planta alta- ¡El vecino me prestó fusibles! ¡Es un señor súper amable!

Pues claro, pendeja, porque te quiere coger, pensó Ádal y, agradecido por la solución a la contingencia energética, se encaminó directo al baño para disfrutar de una ducha caliente. Salió, envuelto en su toalla de tabla periódica y, por primera vez desde aquella madrugada, entró a su propia habitación.

            Ahí estaba ella, iluminando la oscuridad con el resplandor eléctrico que emanaba de su cuerpo desnudo como pantalla de ordenador. Era tan alta como Ádal, de cuerpo esbelto y curvilíneo. Su piel era perfecta, clara, sonrosada, de un color uniforme a lo largo de todo su cuerpo excepto por el rubor de sus mejillas. Bajo el cabello lacio y castaño, no muy largo, que caía sobre su nuca, sienes y frente, se asomaban dos grandes y brillantes ojos color miel, que lo miraban con deseo y capricho y travesura. Su nariz era pequeña y respingada, sus labios sutiles brillaban de color rosa pálido, invitando la entrada a una boca acaramelada. Bajo el vello ensortijado, también castaño, de su pubis, estaban sus otros labios, los de su vagina, carnosos, suaves, hermosos… Estaba trazada con líneas sencillas, ligeras, sinuosas cuando se trataba de su cuerpo, rectas y hasta angulares en su cabello, sus ojos y su boca… Era una chica hentai, la más hermosa que Ádal hubiese imaginado, y estaba allí tal cual se le hubiera visto en una pantalla, pero libre de cualquier prisión bidimensional, con su apariencia de animación nipona, pero con existencia sólida y real, a unos pasos frente a él, mirándole y sonriéndole.

            -Hola, chico -dijo ella con una voz aguda, dulce, casi infantil.

            Ádal dejó caer la toalla y se quedó mirando estupefacto, aterrado, incrédulo, bobo y excitado. La chica se le acercó, amenazándolo con sus senos erectos, muy grandes para su talle tan delicado, y extendió una mano. Ádal retrocedió por impulso.

            -¿Qué pasa, chico? -dijo entre risitas adorables y con un notorio acento español- ¿No me quieres besar? ¿No quieres abrazarme ya y tocarme toda?

            -¿Qué… qué? O sea… ¿Ah? -balbució; un primer impulso de persignarse le causó repulsión al instante siguiente.

            -Tú has logrado llegar hasta mí. Nadie antes lo había conseguido. Pero tú… tú has sido el hombre por quien había estado esperando…

            -¿Ah?

            -¿No lo entiendes? Tú has hackeado The Hentai Shangri-La. Lo has logrado: yo soy tu recompensa.

            –N-no… No puede ser… No tiene sentido…

            -No debes preocuparte por eso -ella puso sus manos sobre los hombros del joven y esta vez él se dejó-. Ahora me tienes. Soy toda tuya, para hacer lo que tú quieras.

            Entonces ella lo abrazó, y él pudo sentir sus senos firmes y redondos apretándose contra su pecho desnudo y mojado; ella lo besó, y él pudo saborear su aliento a cereza y sentir el cosquilleo eléctrico de tener su lengua adentro.

            -Qué bien besas. Eres el hombre que siempre he deseado -dijo ella, retirándose-. ¡Vaya! -exclamó mirando hacia abajo-, Para ser un chico tan tímido sí que se te ha puesto dura en un periquete.

            Ádal bajó la mirada; ostentaba una erección magnífica, como si su pene, orgulloso, estuviera operando al margen del resto de su ser inseguro. La chica tomó ese trozo de carne dura con la mano izquierda y lo apretó con gentileza; Ádal nunca había sentido algo tan delicioso. Con timidez adelantó ambas manos y las posó sobre los senos de la chica; los acarició, los rodeó, los estrujó, y poco a poco venció el miedo a ofenderla, y los fue apretando y con más y más fuerza, como tratando de comerse esas tetas enormes y deliciosas con las manos, y luego, enloquecido, abalanzó su cara entre esas almohadas de piel eléctrica y carne digital, y las besó, las chupó, las lamió, las mordió y se frotó en ellas, mientras la chica hentai, su chica hentai, emitía alegres risitas y gemidos.

            De pronto, algo recuperó la sobriedad en Ádal, y él se echó hacia atrás, desde donde, pensó, podría contemplar las cosas con mayor lucidez y serenidad.

            -Espera… Esto no puede ser real… ¿Estoy soñando? ¿Estoy drogado? ¿Me volví loco?

            -Nada de eso, mi amor. Soy tan real como esa maravilla que se eleva presumida entre tus piernas.

            Ádal sintió ruborizarse –Pero… ¿Quién eres?

            -Ya te lo he dicho. Pero si lo que buscas es un nombre, puedes llamarme Ai.

            -¿Ai?

            -Ajá.

            -Muy bien, Ai… Dime, explícame… Necesito entender…

            -¿Qué necesitas entender? Estoy aquí. Soy tuya para siempre. ¿Qué más necesitas?

            -No. Yo no soy así. Yo necesito una explicación…

            -Te daré tu explicación.

            Antes de que Ádal pudiera ver qué pasaba, Ai se echó de rodillas, tomó las caderas del chico con firmeza, y forzó la entrada de esa polla erecta en su boca de caramelo. Ádal sintió que perdía todas sus fuerzas, succionadas por el calor de la saliva de Ai, huyendo como una corriente de energía que al abandonarlo dejaba placer tras de sí. Y ese placer lo dotó de nuevos bríos, de ansias salvajes, animales, y perdiendo toda timidez, toda consideración, Ádal sujetó la cabeza de Ai y empezó a empujar con sus caderas hacia dentro, para sentir su miembro frotarse con violencia con los labios y la lengua y las mejillas y el paladar de esa hermosa y excitante aparición que tenía de rodillas a sus pies. Cuando escuchó los gemidos ahogados de Ai, amordazados por el trozo de carne que tenía metida hasta la úvula, Ádal se dio cuenta de que le estaba follando la cara a la nena hentai más buenota que hubiera imaginado en su puta vida y eso le hizo excitarse más y penetrarla con aún mayor fuerza. No tardó en venirse y cuando sucedió, todas las fuerzas lo abandonaron y el joven se desparramó y se quedó tumbado con el culo en el suelo y la espalda en la pared.

            Ai, en cambio, se levantó frente a él, radiante y poderosa como Amaterasu en el horizonte, con su dulce boquita y sus labios y barbilla escurriendo de semen. Ádal pensó que había algo raro, casi inadecuado, en ver ese semen real, con sustancia, en tres dimensiones, resbalando sobre esa carita etérea, dibujada con brillantes colores digitales. Ai limpió esos chorros de blancura con sus dedos largos y delicados, y se llevó todo a la boca como una gatita golosa.

            -Eso estuvo muy rico -dijo ella.

            -Sí… sí…

Ádal empezaba a sentir miedo otra vez porque, después de todo, carajo, se encontraba ante un espectro de existencia imposible que le acababa de mamar la verga hasta hacerlo venirse, y una parte de él que se sentía muy pura e infantil se preguntó si había hecho algo malo y si no tendría que confesarlo ante un cura para que no quedara en su alma una mancha que no se le quitaría por el resto de la eternidad

Tales preocupaciones, empero, no lo atormentaron mucho tiempo, pues Ai, amorosa y agresiva, lo tomó de la barbilla y lo obligó a ponerse de pie. Cuando la mano de esa ninfa hentai le agarró la pinga, Ádal se sorprendió al descubrir que de nuevo estaba erecta, dura y lista para la acción. Y entonces Ádal escuchó las palabras más dulces que habría podido concebir…

-¿Cómo me quieres follar?

Ádal lo dudó un momento… Lo había pensado tantas veces cuando veía hentai y después usaba esas imágenes para pasar la noche a solas en su cuarto… ¿Cómo quería follar? ¿Quería que lo montara? ¿Quería hacerlo de frente, mirando su rostro? ¿Quería hacerlo desde atrás para poder agarrarle los senos? ¿Quería metérsela por el culo, o por la boca o entre las tetas? La respuesta era: ¡todo, lo quería todo!

Ai pareció adivinarlo, porque enseguida agarró los hombros del muchacho y con fuerza sobrehumana le dio una voltereta que lo arrojó sobre la cama. Entonces ella lo siguió de un salto y cayó sobre él como una tigresa; lo besó, le mordisqueó el cuello, le lamió el rostro y el pecho, y Ádal se dejó sentir víctima, presa, juguete y alimento de aquel súcubo virtual que estaba por depredarlo. Ai movió de arriba abajo las caderas, haciendo que los labios de vagina frotaran la parte inferior del pene de Ádal, en un beso mutuo de órganos de placer, unos verdaderos, los otros digitales. Entonces Ai, con movimientos magistrales de su cintura, su cuerpo, sus nalgas, devoró de golpe la verga de Ádal y él se sintió caer y perderse en un abismo de fuego y relámpagos, condenado a una eternidad de placer más allá de lo físico.

Después volvió a la realidad, como despertando de un sueño guajiro y pacheco, de un viaje astral como de salvia (que había probado alguna vez) o de peyote (que no había probado nunca), para darse cuenta de que lo que le había parecido la realidad eterna e incuestionable había sido sólo un instante de delirio. Pero Ai seguía allí, cabalgándolo como una amazona frenética y gritando como sólo una actriz de doblaje porno sabría hacerlo.

-Oh, Ádal… ¡Sí!

Él, por su parte, apenas se movía, y se limitaba a dejarse querer (que no era poco) por esa sirena erótica emergida de los mares más turbios y misteriosos de la World Wide Web.

-¡Venga! -exclamaba Ai- ¡Quiero que te corras!

Tus deseos son órdenes, pareció decir el cuerpo de Ádal, pues de inmediato chorros de calor salieron disparados y llenaron la vagina de Ai; y cuando ella lo sintió, su cuerpo enteró se contrajo con rápidos y leves espasmos que Ádal pudo sentir apretando en cada centímetro de su pene, causándole más placer del que podría soportar.

-¡Oh, me vengo! -exclamó Ai, pero era innecesario decirlo.

Ádal no podía más. Estaba sudado y cubierto de un extraño líquido, mezcla de su propia esperma y de los jugos vaginales de Ai, dibujados como toda ella, y brillando como cristal líquido. Ádal pensó en levantarse y salir a tomarse una ducha, pero estaba por completo exhausto. Con ternura, solicitud, o deseo pasivo, disfrutó que Ai se acostara junto a él y lo rodeara con uno de sus brazos luminosos… Contento y un poco incrédulo, se quedó dormido.

Cuando despertó eran casi las diez de la mañana, demasiado tarde para ir a la escuela. Carajo, pensó, tanto pedo para hacer ese pinche trabajo y no llegué para entregarlo… Entonces recordó a su chica hentai y toda la locura de la noche anterior. Miró a su alrededor y, al no verla por ningún lado, buscó por todas partes, primero en su propia habitación, bajo la cama, dentro del armario…, después por cada rincón de la casa, pero no la pudo hallar. Llegó a pensar que todo había sido un sueño, una alucinación, quizá producto de las horas excesivas que había pasado frente al monitor y del deseo obsesivo de encontrar el tan mentado Hentai Shangri-La.

Pues ni hablar, había perdido un día de clase; su récord perfecto estaba machado a un par de semanas de terminado el ciclo escolar. Curiosamente, no le importó. Inventaría alguna excusa, podría falsificar un justificante médico sin problemas. Pero, ¿qué haría ahora con todo el tiempo de la mañana? La respuesta era obvia: entrar a Internet.

Se pasó surfeando la Web hasta la hora del almuerzo, en que llegó su hermana con sendos paquetes de comida china.

-¿No fuiste a la escuela? -preguntó ella, entregándole una cajita de chop suey.

-Sí fui –contestó-. Es que salimos temprano hoy.

-Ah. Ok.

Ádal comió y regresó a su computadora. Escribió en su blog reseñas de las cualidades y defectos de nuevas Apps, se dedicó a la cacería de troles en un foro sobre música electrónica, chateó con sus amigos, respondió al fanmail y al hatemail por igual (su blog le ganaba de ambos), envió algunos mensajes a sus contactos de Google+, le mentó la madre al pendejo de Werevertumorro, vio videos de Youtube sobre enfrentamientos entre la policía griega y los manifestantes, se chutó algunos artículos de Wikipedia, compartió información relevante en su grupo de escépticos de Facebook, jugó Warcraft por un par de horas, se encargó de falsificar el justificante médico… En fin, fue un lunes de hueva productivo para un chavo como él.

Cuando oscureció ya estaba hasta la madre de tanta pantalla, cosa extraordinaria, y sintió deseos de hacer ejercicio. Salió de su casa y dio unas vueltas por la colonia; el aire fresco y la caminata le devolvieron los ánimos, pero percibió una extraña sensación, muy leve, de algo que no podía catalogar muy bien, algo que no era tristeza, pero que se acercaba a la nostalgia… Ádal era un muchacho nostálgico; en ocasiones sentía como si hubiese perdido algo muy valioso e irrecuperable, que sin embargo había soslayado por mucho tiempo. Para compensar este sentimiento, a veces se dedicaba a descargar de Internet temporadas enteras de las caricaturas que veía cuando niño, y a veces se ponía a escuchar música en Youtube de hacía cinco o diez años, que muchas veces ni le gustaba, pero que le recordaba tiempos, según él, más sencillos, menos solitarios… Ese día se sintió justo así.

Volvió a su casa y a su habitación, decidido a no dormirse demasiado tarde para no repetir la pifia de esa mañana. Entonces se topó con Ai, de nuevo desnuda, de nuevo refulgente, de nuevo cachonda y de nuevo poderosa. Para entonces Ádal había logrado (o no había podido impedir) que los recuerdos de la noche anterior fueran archivados en un rincón aburrido y polvoriento de su memoria. Todo ello volvió de golpe en cuanto tuvo frente a sí las magníficas tetas de la chica hentai.

-Ai -dijo él, sorprendido, pero ya tan asustado-. Regresaste…

-Así es, querido. He vuelto contigo. Soy tuya, no lo olvides.

-¿Dónde estuviste toda la mañana?

-Tengo que esfumarme durante el día… Un pequeño precio que debo pagar para poder disfrutar de ti durante las noches, mi querido Ádal -entonces se acercó al joven y le dio uno de sus besos eléctricos sabor a cereza al tiempo que le acariciaba la entrepierna.

-¿Has estado pensando en mí?

-Sí -dijo Ádal. No era cierto, pero en ese momento realmente creyó que había estado pensando en Ai, deseándola todos los minutos del día.

-¿Cómo quieres follar hoy? -le dijo ella sin mayor protocolo.

Ádal se repasó en su mente lo que había sucedido la noche anterior y las fantasías sexuales que lo habían asaltado desde que descubrió las tetas ajenas y las erecciones propias en los albores de su pubertad. Decidió adoptar el método follatorio que, según él, sería la secuela lógica de la última vez: tomó a su chica de las caderas y la hizo girar de tal forma que ella quedó de espaldas a él; luego, sin miramientos la empujó, obligándola a ponerse de gatas sobre la cama. Ai apenas emitió unos chillidos caprichosos cuando Ádal la trató con tanta rudeza. Así Ádal pudo observar su hermoso culo, redondo, rosáceo y brillante, que abrazaba, como los pétalos a un capullo, la vagina de Ai, que desde atrás se veía más voluptuosa y acogedora que antes.

Sin perder más tiempo, se quitó la camisa y se bajó los pantalones; sacó su verga ya pronta para arremeter y, sin pedir permiso, sin jugar al seductor, la metió entre esos glúteos supinos, entre esos labios supremos, hasta el fondo, de un golpe.

-¡Oh, Ádal! -exclamaba la chica- ¡Oh, sí, métemela toda!

Ádal empujaba y retrocedía, entraba y salía del cuerpo digital de su amante dibujada, y gozaba con la sensación de calor y estrechez que cubrían su pene, y con la suavidad del trasero femenino golpeado por su abdomen, y se decía a sí mismo, estoy cogiendo, estoy cogiéndome a una chica hentai de ensueño, me la estoy cogiendo de perrito, y a ella le gusta, está loca por mí, soy el hijueputa más afortunado del mundo. Tras deleitarse por largos minutos con la música de la penetración, de los jugos chorreantes y de la carne que aplaudía, Ádal se vino con todas sus fuerzas.

-¡Oh, mi hombre! -gritó Ai, que se vino al mismo tiempo.

Ádal perspiraba, estaba mareado, sin aliento; apenas pudo rodear el cuerpo de su odalisca cibernética para echarse sobre la cama como punching bag desgastado.

-Puff –bufó-, No puedo más… ¡Pero qué rico!

Ai se acostó también y se acurrucó junto a Ádal. Entonces él quiso verla a sus ojos castaños, a sus ojos brillantes como luces de LED, impenetrables como un grafitti.

-¿Te gustó? -preguntó Ádal por fin, después de mucho pensar en la prudencia de hacer tal pregunta.

-¡Claro que sí, amorcito! ¡Me encanta todo lo que me haces! ¡Tú provocas que me corra como las cataratas Fukuroda!

Ádal sonrió para sí mismo.

-Entonces sólo puedes salir de noche… ¿eh?

-Así es, cariño. Pero cuando caiga la noche puedo ir a buscarte a donde estés, para que no tengas que esperar un minuto sin tu amada Ai.

-No… Mejor quédate siempre aquí, en este cuarto. Si alguien te ve podría… confundirse.

-Como quieras, mi semental. Mientras me seas fiel haré lo que me digas y obedeceré tus órdenes al pie de la letra… Hablando de eso, ¿estás listo para el segundo round?

-¿Eh?

-Vamos, cielo. Compláceme: déjame complacerte a ti.

Ádal sólo lo pensó por unos instantes –Quiero que me hagas una chaqueta rusa.

Ai se puso en movimiento de inmediato; se levantó de la cama y se colocó al pie de la misma; luego tomó a Ádal de los tobillos y lo jaló tan fácilmente como si el chico fuera un muñeco, hasta que sus posaderas quedaron a orillas del colchón. Entonces Ai abrió las piernas de Ádal, metió su cuerpo entre ellas y se puso de rodillas, de tal forma que sus grandes senos albergaron el miembro erecto del muchacho. Apenas sintió su verga entre esas tetas exquisitas, suaves, aterciopeladas y tibias, que al mismo tiempo lo apretaban y lo dejaban resbalar tersamente entre ellas, Ádal comenzó a mover sus caderas hacia arriba y hacia abajo. Por su parte, Ai bajó la cabeza y abrió la boca, para recibir en ella la punta de la polla subibaja que le estaba follando las tetas.

-¡Oh, Ádal! -gemía ella en los instantes que el pene de Ádal le dejaba libre la boca- ¡Sí, sí, cógeme por las tetas! -y esas espléndidas glándulas mamarias cambiaban de forma con las subidas y bajadas de la verga de Ádal, y él sentía que se estaba volviendo loco y se decía a sí mismo, me estoy cogiendo a esta puta por las tetas, me la estoy cogiendo por las tetas… y ahora me voy a venir en su cara y se la voy a dejar toda cubierta de semen…

Pensado y hecho, así sucedió, Ádal disparó su arsenal sobre la linda cara de Ai que, deleitada con el blanco viscoso resbalándose por las facciones de su rostro, gimió igual que cuando tenía un orgasmo y gritó: -¡Oh, sí, facial! ¡No hay nada que una chica hentai ame más que un facial!

Cuando el volcán hubo terminado de hacer erupción, Ai se limpió el líquido aperlado con los dedos y lo devoró con avidez, lo saboreó con deleite y no dejó de emitir ronroneos que dejaran muy en claro el placer que todo esto le causaba. Cuando terminó de relamerse, su carita quedó otra vez limpia como recién dibujada y de nuevo se acurrucó junto al exhausto Ádal.

-Gracias, Ai. Gracias -dijo él con una amplia sonrisa y un corazón acelerado.

-No, chico, gracias a ti por darme todo el jugo de tu amor.

Ádal se estiró con un bostezo de satisfacción y se amodorró lentamente, mientras Ai continuaba acariciándole el pecho lampiño y dándole tiernos besitos de vez en cuando. Poco a poco, Ádal se sumergió en la inconsciencia.

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Continúa en el Capítulo III

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a Hentai, Capítulo II

  1. joako dijo:

    Ja! que gran mentira!

    Las personas que juegan World of Warcraft no tienen tiempo para hacer otra cosa y luego el “sintió deseos de hacer ejercicio.”, hicieron que no me creyera el personaje, porque lo del WoW lo digo por experiencia =P

    Saludos

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