Hentai, Capítulo IV

HENTAI
Capítulo IV

Leer el Capítulo III

Lo despertaron unos golpes violentos en la puerta de su habitación.

-¡Pinche huevón! -se escuchó la voz de su hermana- ¡Has dormido de sol a sol! ¡Despierta!

Ádal abrió los ojos. La luz crepuscular entraba por la ventana y teñía la habitación con penumbras. Debe ser que aún no amanece, pensó, y cuando vio las 7:05 marcadas en el reloj de su buró creyó confirmar sus sospechas. Pero cuando estuvo más tiempo despierto y notó que el cielo sólo se tornaba más oscuro, supo que era de tarde y que había estado durmiendo todo el día. Mierda. Se levantó, se desperezó y se puso la ropa. Le dolían todos los músculos del cuerpo y se sentía débil y cansado como si estuviera regresando de una batalla. Sonaron más golpes en la puerta.

-¡Ádal! ¡Saca tu culo de la cama y baja a lavar los platos que hoy te toca a ti!

-¡Yo ni he comido en todo el día! -contestó Ádal del otro lado de la puerta.

-¡No importa! ¡Hoy te toca de todas formas y te aguantas!

Ádal bajó murmurando mentadas de madre, pero lavó los platos con la misma eficiencia con que hacía todo. La cocina estaba hecha un chiquero, porque su hermana había invitado a sus amigotes de la facultad a ver quién sabe qué evento pre-olímpico en el que participaba quién sabe qué mexicano cuyo nombre nadie había escuchado antes. Ádal tuvo que lavar, enjuagar y secar vasos con restos de cerveza y cenizas de cigarro, trastos con guacamole o dip, platos con restos de papitas y rodajas de chile. Lo hizo todo en automático, perdido en sus propios pensamientos, en sus recuerdos de la locura de la noche anterior. Fue mientras secaba el último plato que se acordó de la protesta en la escuela.

Mierda, ahorita ya no debe haber nadie, pensó mientras subía corriendo las escaleras. Entró al estudio, encendió la computadora y se conectó a Internet. Ninguno de sus amigos estaba conectado, pero había noticias en el grupo de Facebook. El plantón en la cancha se mantuvo durante toda la noche y hasta las tres de la tarde del sábado. Aunque Godo no quería que el asunto se centrara en su persona, Angélica y Rigo se dedicaron a difundir información del caso por donde pudieron. Ello resultó ser una buena idea, pues el simple tema del acoso escolar resultaba muy abstracto, mientras que la historia del romance entre los muchachos y la bravuconería de los Mondragón tenía todo lo necesario para tornarse viral. Decenas de chicos y chicas de diversas secundarias y preparatorias privadas se unieron a la protesta. Los medios locales no hicieron mucho caso, pero a través de Internet toda la ciudad y después toda la región, se enteraron.

Por una afortunada coincidencia, ese mismo fin de semana la Universidad Autónoma Estatal era sede de dos congresos, uno nacional sobre prevención del bullying, y el otro internacional sobre el fomento de la cultura cívica. La Universidad no habría querido dar el mensaje de que los alumnos podían conseguir cualquier cosa que quisieran mediante protestas y plantones, pero como no podía quedar mal ante tantas y tan prestigiosas instituciones invitadas, hizo una recomendación a todas las preparatorias afiliadas a ella para que establecieran en sus reglamentos que no habría discriminación ni favoritismos de ningún tipo en contra de los alumnos, por cuestiones de raza, sexo, origen, situación económica, y esto era lo nuevo, orientación sexual o pertenencia a una subcultura, contracultura, tribu urbana o como quiera que las llamasen por esos días. La orientación sexual sería un asunto personal y las parejas del mismo sexo sólo estarían sujetas a las mismas normas escolares que las parejas heterosexuales (no fajar en público, pues). Las escuelas tendrían la responsabilidad de vigilar que entre alumnos no se dieran abusos de tipo alguno.

Claro, la Universidad no tenía autoridad real para intervenir en los reglamentos de las escuelas afiliadas, pero una recomendación suya podía tener mucho peso, máxime cuando dos preparatorias hicieron el anuncio de que se comprometerían a incluir estos nuevos principios en sus reglamentos, cosa que oficializarían el próximo lunes y pondrían en práctica el próximo ciclo escolar. Sin más remedio, los representantes del colegio de Ádal tuvieron que hacer una declaración en el mismo tenor.

Ádal leyó y releyó una y otra vez cada notificación y mensaje en los que le informaban de todo eso. En menos de un fin de semana, la revolución había triunfado.

Sin él.

Se sintió solo, abandonado, traicionado. Quién sabe dónde estaban sus amigos y era seguro que no los vería a pronto. Lo abofeteaba el saber que no había estado con ellos para luchar hombro con hombro, para hablar, reír y compartir, con Godo, Rigo, Angélica… con Claudia…

No, pensó, deberán agradecerme, yo hice mi parte y no fue pequeña, yo luché con ellos, yo igual merezco ser un héroe, deben contactar conmigo, escribirme, pedirme que me una a ellos en cualquier celebración, o lo que sea que estén armando… lo merezco… lo necesito… Ellos deberían necesitarlo.

Apagó la computadora y regresó a su habitación. Sabía que encontraría a su odalisca hentai y allí estaba ella, sonriente y dispuesta como cada noche. Ádal ni siquiera le devolvió el saludo, sólo se desvistió y dijo:

-Quiero que hoy seas cuatro.

Volvieron a aparecer la pelirroja y la peliazul, ahora acompañadas de una Ai de cabello rubio peinado en trenzas. Otra larga noche comenzó así… Me estoy cogiendo a dos chicas mientras veo a otras cogerse, pensaba Ádal; tenía que decírselo, tenía que pronunciar cada palabra en su mente para darse cuenta de por qué la situación era excitante y placentera. Terminó, dejó a las cuatro Ai cubiertas de semen y bajó a la cocina porque poco antes de venirse se dio cuenta de que no había comido en veinticuatro horas.

Medio disfrutó de un tazón de Choco Krispies mientras revisaba su Facebook con el iPhone. Ningún mensaje nuevo, por lo menos para él. Sepa la verga dónde andaban sus amigos. Volvió a su cuarto. Ignoró los avances de Ai. Se durmió. El domingo despertó casi al medio día. Tomó desayunó. Se conectó a Internet. Nada. Al día siguiente había un examen, más le valía estudiar. No pudo concentrarse. ¿Dónde estaban sus amigos? Pensó en llamarlos. No, se dijo, no hay que parecer desesperado por llamarlos, que ellos me llamen, carajo, yo soy el que hizo todos los ataques contra los Mondragón y los demás culeros ésos, yo soy un chingón, yo soy un héroe, ellos deberían llamarme…

Se pasó la tarde medio estudiando, y más que medio checando la web en busca de señales de vida. Internet es una cosa muy curiosa. Si te sientes solo puedes conectarte con personas para platicar, debatir, jugar y pasarte un buen rato que puede durar por horas. Pero cuando apagas la computadora te das cuenta de que todo ese tiempo en realidad estuviste solo.

Esa noche no tuvo ganas de encontrarse con Ai. Después de bañarse cogió una hamaca del clóset de blancos, la colgó en la terraza y se quedó dormido allí. Despertó muy temprano por la mañana, preparó sus cosas y se fue a la escuela, listo para el examen.

Llegó más temprano que todos los demás. Los observó arribar uno por uno. Los saludó amistosamente, pero sin efusión. No preguntó por lo que había pasado el fin de semana; esperaba que ellos se lo contaran todo, que vinieran a él para decirle que todo había salido a la perfección y darle las gracias por su valioso aporte a la causa.

 -No, la verdad ni pude estudiar… ¡Con todo ese jaleo! -le dijo Rigo- Por cierto, ¡el video que subiste estuvo poca madre! Y bien hecho, por chingarte a los Mondragón. ¡Eso estuvo de huevos!

Ádal agradeció con falsa modestia: -No fue nada.

La campana sonó y cada quien tuvo que ir a su repectivo salón a presentar examen. Ádal terminó antes que todos los demás. Se sentó en una banca del patio a esperarlos. Los observó salir uno por uno. Los vio de lejos platicar sobre lo fácil o difícil que había estado la prueba. Muchos se fueron. Nadie más se le acercó. Como en cada recreo, como en cada fiesta, como en cada reunión. Ádal sólo se apartaba esperando que los demás, movidos por admiración a su chingonería, fueran los primeros en acercarse a él.

-Hola -escuchó la voz de Claudia.

-Hola -dijo él, tratando de disimular su emoción.

-Te extrañamos el fin de semana -dijo ella tomando asiento junto a él.

-¿De veras? Es que estuve algo ocupado…

-Sí, pero vimos que de todos modos ayudaste con los ataques DDoS…

-Cada quien hace su parte, ¿no?

-Sí… o eso intentamos…

Ádal notó que Claudia sonaba distante, como si su mente estuviera en otro lugar. Temió estarla aburriendo.

-Entonces… ¿todo acabó bien?

-Pues sí. O sea, los Mondragón siguen queriendo matar a Godo, pero por lo menos ya no van a expulsarlo de la escuela, y por lo menos en la ley las escuelas ya no podrán seguir haciendo esas mamadas. Además, creo que lo importante es que ahora conocemos nuestra fuerza. Cuando una situación así se dé, será muy fácil denunciarla, hacer que corra la voz, presionar a quien haya de presionar para que se haga lo correcto… -Claudia exhaló un suspiro.

-Y ahora, ¿qué va a pasar?

-Está en veremos. Como todo… Por lo pronto, la fiesta de pregraduación se fue al carajo.

-¿Y eso?

-Los mamones de la sociedad de alumnos quisieron dejar fuera todos los que habían participado en la protesta, y entonces nosotros dijimos “¡pues váyanse a la mierda!”, y creo que la mayoría nos apoyó en boicotearla… Así que nos quedamos sin pregra… y si las cosas siguen igual, probablemente sin graduación, porque los Mondragón están bien emputados con nosotros y con la escuela y con todo el mundo… ¡Qué desmadre!

-Sí…

-Aunque bueno, todo esto que te cuento, me lo contaron a mí. Pasé la noche del viernes en el plantón. El sábado en la mañana volví a mi casa a darme un baño… Y pues ya no volví.

-¿Y eso?

Claudia tardó en responder –Estuve ocupada.

-Ah…

Luego el silencio incómodo y mirarse los zapatos como si fueran niños de primaria. Para Ádal no fue fácil encontrar las palabras y menos aún pronunciarlas:

-Clau… te ves rara… ¿estás bien?

Ella se tomó un largo respiro antes de contestar –He estado desde hace algún tiempo en una… relación.

-Oh -Ádal sintió el monstruo de celos despertar en su estómago.

-Al principio estuvo muy chido y eso, pero… Me siento atrapada…

El monstruo rugió hacia dentro.

-Creo que sé cómo te sientes… Yo también he estado en una relación y también me he sentido un poco perdido… -en parte lo dijo con sinceridad, en parte no quería quedarse atrás de Claudia si era que ella tenía novio.

-¿De veras? ¿La conozco?

-No… ¿Y yo a él?

-No…

-Ah…

-¿Sabes algo? -dijo Claudia, al cabo de otro silencio incómodo-, A veces me siento como si en verdad nunca hubiera besado a alguien…

-Creo que entiendo lo que quieres decir. En el momento todo se siente increíble, pero después, todo parece tan falso… Y sí, me siento igual; como si nunca me hubiesen besado de verdad…

-Entonces, dijo Claudia. Habría que apurarse, ¿no? Digo, este diciembre se acaba el mundo…

-Pfff. ¿Por qué siguen diciendo que se acaba el mundo? ¡Sólo acaba un b’ak’tun en el calendario maya de cuenta larga! Chale con los magufos…

Ádal se sintió muy culto y chingón diciendo esto, pero Claudia sólo lo observó largos segundos con una incipiente sonrisa monaliseña.

-Ádal -dijo al fin-, eres un pendejo -se levantó de ahí y se fue del lugar con paso apresurado.

Ah, chinga, exclamó la mente de Ádal, ¿de dónde carajo vino eso? Después de un rato de quedarse perplejo y atarantado en la banca, se levantó y caminó hacia la salida. En el trayecto se topó con Godo y Rigo, que platicaban sonrientes. Ádal sintió una mezcolanza de sentimientos: alegría por sus amigos, un poco de rencor por sentirse excluido de algo importante. Lo dudó por un momento, pero después se acercó a ellos.

-Hola, gente.

-¡Hey, Ádal! -lo saludó Godo y le dio un abrazo-. Gracias por el apoyo, macho.

-No te preocupes. Para eso están los amigos… -le urgía ir directo al grano-. Oigan, ¿saben qué diablos le pasa a Claudia?

-Creo que yo tengo más o menos idea… -dijo Angélica, que se sumó a la plática en ese momento-. Tiene algún novio, o lo que sea, desde hace algún tiempo…

-¿Ustedes lo conocen? -preguntó Ádal; Godo y Rigo negaron con la cabeza.

-Ni yo -dijo Angélica-. Cuando me lo comentó por primera vez parecía muy contenta, hasta tenía la impresión de que me lo andaba presumiendo. Básicamente dijo “coge muy bien”… o “me coge muy bien”, no recuerdo exactamente. Ya ven, ahí tienen a la Clau, toda santita, quién diría que ya le estaba entrando al desmadre…

El monstruo bramó, aulló, gritó, embistió las paredes que lo rodeaban, se arrancó los pelos, rasgó su cara con sus zarpas, se maldijo a sí mismo y a todo lo que existía en su vida. Ádal no quiso escuchar más y salió de la escuela, dejando a sus amigos encarrilados con la plática. No quería volver a casa, de modo que cuando el camión pasó por su parada, él no se bajó. Siguió viajando, dando vueltas en el autobús hasta que éste llegó a su parada final en una estación del centro de la ciudad. Tomó otro camión, al azar, para ver a dónde lo llevaría. Sonó su iPhone; sin ver quién lo llamaba, apagó el aparato. No quería hablar ni convivir con persona alguna, ni presente, ni distante, ni real, ni virtual. El segundo autobús llegó al final de su ruta, un barrio en el oriente de la ciudad que Ádal no conocía ni de nombre. Allí tomó otro camión. Y después otro. Y otro.

Sólo quería estar sentado, en movimiento, ver las casas y las cosas pasar como pasan los segundos, irrecuperables. Llegó a lugares por completo desconocidos para él: vecindarios de viviendas pobres y niños en ropa interior que jugaban en charcos en calles sin pavimentar; barrios céntricos abarrotados de edificios viejos, derruidos y grafiteados, con señoritas urbanas panzonas que se paseaban ofreciendo su cuerpo cuando todavía había luz de sol; colonias lejanas en las que apenas se veían algunas casas y sí muchos terrenos baldíos cubiertos de zarzas y maleza, y algunas bardas pintadas con anuncios de conciertos pasados de grupos musicales guapachosos; fraccionamientos de casas blancuchas  idénticas cada una a la otra, sin patio, sin pórtico, sin una pizca de verde que asomara por esa mancha de asfalto; clubes campestres llenos de casonas lujosas y uno que otro edificio altotote con todo y penthouse, novedad traída por los inmigrantes fufurufos que huían de la violencia en otras partes del país hacia estas zonas a las que los únicos camiones que entraban eran los que llevaban a las criadas de servicio que trabajaban en esos lugares… Todo cubierto, inundado, atestado de propaganda electoral…

Ádal los recorrió tratando de no pensar, de no sentir, de sólo dejarse llevar por el vaivén de los autobuses, algunos destartalados, otros cómodos y hasta con aire acondicionado. No le preocupaba perderse; sabía que donde estuviese encontraría una ruta que lo llevara de vuelta al centro y de allí sería fácil regreso a su casa, lo cual hizo cuando notó que el sol se estaba poniendo. Para entonces, estaba más calmado, aunque la furia vaga que sentía en el interior no se sosegó en realidad, sólo tomó otra forma, más fría, más metódica y concentrada.

Entró a su casa. No saludó a su hermana, ni escuchó sus comentarios sobre el próximo regreso de mamá y papá. Subió las escaleras, entró a su cuarto. Ai lo estaba esperando, desnuda, excitada y resplandeciente como todas las noches. Ádal dijo sólo una orden.

-Bondage. De rodillas.

Ai obedeció de inmediato. Se puso de rodillas en el suelo. Sogas aparecieron sujetando sus tobillos y sus brazos quedaron atados detrás de su espalda. Vio la expresión de Ádal y entendió sus intenciones. Puso cara de niña asustada.

-¿Qué… qué vas a hacer?

Ádal se bajó los pantalones y se sacó la verga.

-Mámamela.

-N-no…

-¡Que me la mames! -Ádal agarró con fuerza los cabellos y obligó a la chica a acercar la cabeza a su pene erecto.

-¡No, por favor… gulp!

            Ádal había forzado su entrada en la boca de Ai y luego empujó con violencia.

            -¡Que me la mames! -volvió a gritar, y Ai no podía hacer nada para evitarlo. Tras poco más de un minuto Ádal pareció aburrirse. Sacó su falo de la boca de Ai y la chica jadeó tratando de recuperar el aire que le habían robado. Entonces Ádal empezó a darle de bofetadas furiosas con su polla dura, que sonaban con fuerza en la piel virtual de la chica. Ai sólo gemía leve y lastimeramente.

            Después de unos cuantos golpes de verga, Ádal tomó a la chica del cabello y la arrastró al pie de la cama. Él se terminó de desnudar y tomó asiento en el borde, y la dejó a sus pies, atada, arrodillada y golpeada. Luego la levantó de la nuca y la puso bocabajo sobre su regazo. Ádal acarició con ira las nalgas expuestas de Ai, las apretujó, les dio un mordisco…

            -¿Qué… qué vas a hacerme?

            Ádal no respondió. Levantó la mano extendida en el aire y luego la dejó caer sobre las posaderas de Ai. El azote resonó por toda la habitación. Luego vino otro, y entonces otro y otro más. Ai gritaba del escozor que le causaban los golpes, y Ádal pegaba más fuerte conforme veía crecer el enrojecimiento. Al final, su mano estaba cansada y le ardía.

            Ai jadeaba después del maltrato –Ya no sigas, por favor…

            Ádal guardó silencio y concentró una mirada molesta en un rincón oscuro y vacío. Después respondió, casi en un susurro –Te voy a violar.

            -N-no… ¡Eso no, por favor!

            Ádal no escuchó. Se incorporó de golpe, haciendo caer a la chica al suelo. Luego la tomó de sus muñecas atadas, la levantó y la arrojó sobre la cama. Ai quedó bocabajo, con las manos atadas tras la espalda, con los tobillos sujetos el uno al otro; miraba hacia Ádal con ojos llenos de lágrimas, con la mirada de criaturita asustada. Ádal montó sobre ella y enfiló su verga hacia su vagina…

            -¡Por favor, no! ¡Te lo suplico! ¡Ah…!

            Ádal arremetió con más fuerza de la que nunca había usado, de la nunca pensó que usaría, porque no estaba cogiendo con deseo, sino con ira. Ai gritaba y lloraba, pero eso sólo conseguía que Ádal le diera más y más duro.

            -Te estoy violando. Te estoy violando… ¡puta! -tenía que decirlo, tenía que pronunciarlo en voz alta, porque hacerlo y pensarlo ya no era lo suficientemente real. Por momentos se cansaba o se aburría y perdía la concentración. Entonces se acordaba de Claudia y la verga se le ponía dura de puro coraje y entonces empujaba con más fuerza, como si quisiera llegar más profundo de lo posible.

            Cuando sintió que se iba a venir, Ádal se encabronó más y entonces cerró sus puños y cayó a golpes contra Ai, primero suaves, tímidos, cada vez más fuertes, con más odio, con más saña.

            -¡Puta! ¡Puta! ¡Eres una puta!

            Ai no dejaba de emitir gritos de dolor y lágrimas que tenían toda la apariencia de la sinceridad, y Ádal no dejaba de golpear. Entonces Ádal se vino, y pudo sentir cómo Ai también se venía. Él quedó exhausto, sin más energía para sentir dolor, celos, furia o deseo. Se salió de la rebosante vagina de Ai, se levantó y sin mirar atrás salió del cuarto y se metió al baño.

            Estuvo en la ducha por casi una hora, sentado en un rincón, con los ojos abiertos, mirando la nada, con el chorro de agua caliente que le caía sobre las piernas y le quemaba un poco la piel. La conciencia de estar desperdiciando agua fue la que lo llevó a terminar esa ducha, que de otra forma podría no haber tenido final. Salió del baño y con desgana regresó a su cuarto. Ai lo esperaba tendida en la cama, con una gran sonrisa. Su tez se veía limpia y tersa, sin rastro alguno de lo que acababa de pasar.

            -Vaya, chico, ése sí que ha sido un juego divertido. Me gusta tu imaginación.

            Ádal no escuchó, ni dio respuesta. Se tendió sobre el lecho, de costado, dándole la espalda a su chica recién violada.

            -Espero que mi interpretación haya sido lo suficientemente real para ti, cariño.

            -Sí… supongo que lo fue. Siempre haces todo lo que yo quiero. Sólo lo que yo quiero. Nada menos… y nada más.

            -Para eso existo, mi amor -Ai quiso abrazarlo, pero él, apático, le respondió con un gruñido y se durmió.

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Concluirá en el Capítulo V

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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