Amor, Capítulo II

AMOR
Capítulo II

Leer el Capítulo I

Claudia estaba desnuda frente al espejo, disfrutando de la visión de su propio cuerpo todavía húmedo, mientras el ventilador refrescaba su piel y secaba las gotitas de perfume que aún resbalaban por su curva silueta. Miró su rostro recién maquillado y peinado por las expertas del salón; no se había sentido tan bonita ni la noche de su fiesta de quince años.

            -Te ves hermosa -escuchó cerca de sí.

Se volvió hacia el umbral del baño; allí estaba su íncubo, su demonio azul de infinitos tentáculos, su príncipe esclavo de placer sensorial. Ya tenía suficiente poder para aparecerse a voluntad y pasearse por el baño, pero aún no podía salir de él.

-Quiero hacerte el amor -dijo el monstruo.

-Siempre quieres hacerlo -replicó ella con fastidio mientras sacaba un sostén y unas bragas de su cajonera.

-Y tú no -musitó el príncipe con algo de despecho.

Claudia contuvo una expresión de molestia –Sabes que yo no puedo seguirte el ritmo. No puedo hacerlo todo el día ni todos los días. Sólo soy humana…

-Sí, sí, lo sé –contestó el demonio-. Tu especie es muy frágil. Por eso cuando viví aquí en mi primer reinado tenía a docenas de hembras para satisfacernos los unos a los otros…

-Cuando regreses a tu dimensión te la pasarás muy bien otra vez.

-Vamos, sólo una probadita… -deslizó uno de sus tentáculos azules fuera del baño y con su punta tanteó uno de los muslos desnudos de Claudia.

-¡No! -dijo Claudia con firmeza-. Estoy exhausta y podrías hacerme daño. Gritaría y si eso sucede, alguien más podría enterarse de tu existencia y enviar a más hechiceros para aprisionarte de nuevo.

El príncipe retiró sus apéndices y se mostró preocupado –Sí, tienes razón. Es mejor permanecer de incógnito…

-Es lo que siempre te digo -sentenció con una sonrisa de triunfo y tomó el vestido que se pondría esa noche.

A lo largo de los meses, Claudia había aprendido a controlar a su tentacular fuente de placer. No tardó en darse cuenta de que, a pesar de todo su poderío, tenía una mente bastante simple. Ella misma se sorprendió al darse cuenta de que después de un tiempo, los tentáculos la aburrían y cansaban, aunque el sexo nunca fuera menos placentero. Usaba al príncipe sólo cando de plano estuviera muy caliente o no tuviera nada mejor que hacer. Él había notado su distanciamiento y lo resentía, pero no era una criatura violenta ni rencorosa, por lo que sólo se limitaba a insistirle o, a veces, tomarla desprevenida cuando ella se bañaba.

Claudia, por su parte, había aprendido a ser cuidadosa para no despertar al monstruo si no había necesidad. En muchas ocasiones, como esa misma tarde, prefería ducharse en el baño de sus padres alegando que al suyo no llegaba el agua caliente o que la sifa estaba tapada.

-Quizá podrías encontrar a otras chicas para que yo pueda entretenerlas, los días en que estés muy cansada u ocupada -sugirió el monstruo.

-¿Y arriesgarnos a que te delaten? -Claudia no temía eso en realidad, pero algo le hacía querer conservar a su monstruo como un secreto para sí-. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme para la fiesta -y se encaminó hacia la salida del cuarto.

-Quizá un día podrías invitar a una amiga tuya -dijo el príncipe-. A una amiga de mucha confianza, que consideres bonita y atractiva. Yo puedo hacerlas sentir bien a ambas, pues tengo muchos tentáculos. Además, sé por experiencia que muchas hembras de esta tierra se ponen cariñosas unas con otras cuando se excitan… Es algo que disfrutarían mucho las dos…

Claudia se detuvo en seco y se volvió hacia su siervo con los ojos muy abiertos. No lo miraba a él, sino una imagen que había llegado de súbito a su mente. Se vio a sí misma desnuda, sujeta en el aire por tentáculos azules que le proporcionaban un gran deleite. Junto a sí vio a Angélica, en el mismo trance que ella; el demonio las tenía suspendidas muy cerca la una de la otra. Sus miradas se encontraron y reconocieron en sus ojos el placer que los pseudópodos les estaban brindando; excitadas, ambas abrieron levemente la boca y entonces su príncipe azul las hizo aproximarse la una a la otra, cada vez más cerca, hasta que casi se tocaron sus rostros…

-Te estás excitando -dijo el demonio y su voz le hizo volver a la realidad-. Puedo olerlo…

Claudia desterró de su mente los agradables pensamientos que la habían invadido, le dio la espalda al baño y apresuró sus pasos hacia la salida. Pero cuando estaba por tomar la perilla de la puerta, un tentáculo la sujetó del tobillo, mientras otro se deslizó entre sus piernas por sobre el calzón.

-Vamos -dijo el monstruo, mientras arrastraba a Claudia hacia él-. Sólo un instante, por favor…

-¡No! ¡Suéltame! ¡Ya te dije que no quiero!

-Eso dices casi siempre -dijo el íncubo con su sencilla inocencia-. Y casi siempre es mentira.

Claudia sabía que era cierto y que en estas situaciones lo único que podía hacer era mantenerse firme y mostrarle a su criatura que en realidad no estaba deseosa. Para ello, al tiempo que luchaba con fuerza contra el par de tentáculos que la arrastraban hacia el baño, se concentró en las cosas que se perdería esa noche si cedía a la tentación tentacular… la última fiesta con sus amigos de la prepa, la música, el baile, los tragos, despedirse de los maestros que sí habían sido buenos, averiguar qué fue de Godo y Emilio, encontrarse con Ádal… Estos pensamientos y las emociones que los acompañaban ocuparon su mente y eso se tradujo en su cuerpo entero y todo se sublimó en un grito.

-¡Alto!

El monstruo se detuvo, sus tentáculos retrocedieron y su ceño quedó fruncido; no tenía poder alguno sobre una mujer que no estuviera por lo menos un poco deseosa.

-Ya me voy -dijo Claudia, pero apenas había vuelto la espalda cuando sintió que la acribillaban con una llovizna de chorritos de un líquido espeso, tibio y con olor a menta. Al voltearse de nuevo, los disparos continuaron y cayeron sobre todo su cuerpo y su rostro. Sólo un grito furioso detuvo la lluvia.

-¡¿Qué mierda hiciste?! -vociferó hacia el demonio.

-Un recuerdito para que me tengas en mente esta noche -contestó él con una sonrisa que Claudia no pudo definir como maliciosa o inocente.

La chica se miró en el espejo: su peinado, su maquillaje, el vestido que llevaba en la mano… todo estaba arruinado por el semen azul eléctrico del íncubo.

-¡Eres un…! -pero Claudia no se dio más tiempo para estallar en cólera; tenía que hacer algo.

Tendría que volver a bañarse, pero no podía hacerlo en su propia tina; no con el demonio tan inquieto como estaba esa noche. Tendría que maquillarse y peinarse a sí misma y conseguir otro vestido cuanto antes. Tenía que hacerlo todo antes de que llegaran sus padres para llevarla a la ceremonia académica… Pero tampoco podría llegar a tiempo a este evento; con suerte, podría arribar a la fiesta no muy tarde…

Claudia tuvo que pensar rápido, y con igual rapidez fue hasta su cómoda, tomó algunas prendas de ropa interior (habría de probarse varias antes de escoger la que mejor le quedara); después abrió su clóset y de él extrajo el único vestido medianamente glamuroso que poseía. El príncipe observó todo con aspecto confuso desde su umbral y apenas dio muestras de entender lo que sucedía cuando Claudia por fin salió del cuarto y, antes de aporrear la puerta, gritó:

-¡Cuando regrese, me las vas a pagar!

-Eso espero -contestó el monstruo con una sonrisa.

En paños menores y chorreando líquido azul aperlado por todo el suelo, Claudia bajó hasta el cuarto de sus padres. Se bañó de nuevo, enjuagó su ropa manchada y hasta limpió los rastros de semen transdimensional. Cuando sus padres llegaron, Claudia estaba frente al tocador de su mamá, maquillándose y peinándose como Dios le había dado a entender.

-¡¿Qué pasó?! -exclamó la señora- ¡Ya debías estar lista!

-Tuve un accidente -dijo Claudia con el ceño fruncido y sin apartar la vista de su propio rostro reflejado en el espejo.

-¿Y tu vestido nuevo? -preguntó la mamá al ver el otro tendido sobre la cama.

-Tuve un accidente -repitió Claudia sin inmutarse.

-¿No pensarás ir con eso a tu noche de graduación?

-No llegaré a tiempo a la ceremonia -dijo como si no hubiera escuchado-, pero tengo que llegar a la fiesta. Vamos, ayúdame.

Claudia no dio más explicaciones, tan concentrada estaba en salvar lo que se pudiera de ese pequeño gran naufragio. Su madre, confundida y atribulada, no pudo hacer más que salir para medio explicar al padre lo que estaba pasando y apoyar a la joven en cuanto le pidiese.

Poco más de hora y media después del incidente facial con el íncubo azul, Claudia estaba lista para salir de casa con la frente muy en alto.

-Te ves preciosa, hija -dijo su padre cuando por fin la vio-. Pero, ¿de verdad vas a usar ese vestido?

-Sí que lo haré -contestó a ella al tiempo que salía por la puerta de la calle-. Por nada del mundo pienso perderme esta noche…

________________

Continúa en el Capítulo III

Anuncios

Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en Frikifilia. Guarda el enlace permanente.

Sé brutal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s