Amor, Capítulo III

AMOR
Capítulo III

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       Emilio miraba, a través de los barrotes de la ventana, el patio de su casa y lo poco de calle que se alcanzaba a ver más allá del muro, pero lo único en lo que podía pensar era Godo. El olor de su piel, la textura de su cabello, el brillo de sus ojos, la suavidad de sus manos, la delicada fortaleza de sus brazos, el sabor de su boca, el sonido de su respiración agitada… A la mente de Emilio, y a sus sentidos también, llegaban todos estos recuerdos, que al mismo tiempo lo hacían sentirse deseoso y melancólico.

            Ya había conseguido tener todo listo para iniciar su vida fuera del castillo de pureza que pretendía ser el hogar familiar. En secreto había presentado los exámenes para estudiar Letras en la Universidad Estatal y lo habían aceptado; tenía una muy buena cantidad de dinero que había ahorrado de sus mesadas desde hacía más de dos años, y que le había confiado a un par de universitarias amigas suyas, con las que se iría a vivir a un departamento en cuanto cumpliera los dieciocho, justo esa noche, la noche del baile de graduación.

            Pero ahora sería muy difícil, si no imposible. El primer día de #OkupaLaCancha Godo lo había convencido de que lo mejor para todos sería que Emilio volviera con su familia, de forma que su padre no tuviera pretextos para usar sus influencias y moverse legalmente contra la protesta. Desde ese día los señores Mondragón habían dado la orden a todos los criados de que vigilaran muy bien a Emilio y no lo dejaran salir de la casa a menos que fuera acompañado de su hermano Santiago. Éste tenía un particular interés en mantener a Emilio tras las rejas; el descubrimiento (más bien la confirmación de una vaga sospecha) de su homosexualidad era para él una mancha deshonrosa que convertía a la familia en el hazmerreír de la gente bien local, y afectaba gravemente su estatus personal entre las juventudes de élite a las que pertenecía.

            Emilio sabía muy bien que no había oportunidad de escapatoria. Las puertas estaban celosamente guardadas por los sirvientes, había protectores de hierro en cada ventana, y aún si hubiese podido superar estos obstáculos, el alto muro que rodeaba los terrenos de la casa remataba en una cerca eléctrica diseñada para mantener fuera a los proles.

            -Éste es el peor cumpleaños de mi vida -se dijo Emilio en voz alta.

            Sus padres le habían regalado una nueva MacBook para que usara en la universidad, cuya principal función, decía el señor Mondragón, era codearse con los hijos de la élite y formar buenas relaciones que servirían para negocios futuros, y para ello era necesario que Emilio demostrara su alcurnia y pecunia en cuanto cruzara las puertas de la Universidad de los Legionarios de Cristo. Incluso le habían prometido que si “se componía”, le darían un auto último modelo para ir a la escuela. Pero todo lo que Emilio quería esa noche era poder bailar de la mano de Godo, frente a todos, como todas las otras parejas lo harían…

            Emilio exhaló un largo suspiro y se tendió en su cama. Observó por largo tiempo sus amplias paredes vacías. Sus padres le habían quitado todos los pósters de videojuegos y de artistas K-Pop, pues creían que a lo mejor “esas cosas” eran las que lo habían “vuelto gay”. Emilio se volvió sobre su costado y comenzó a llorar en silencio.

            Llamaron a su puerta. Él no contestó. Tras unos segundos, se escucharon nuevos golpes y el susurro de una voz dulce:

            -Milo, soy yo, Mari.

            Emilio se enjugó las lágrimas y dijo con suavidad, -Pasa.

            Una señora regordeta y encorvada, de notorios rasgos indígenas y que aparentaba por lo menos una década más de los cuarenta y tantos años que tenía, abrió la puerta y entró en la habitación con pasos mesurados. Mari había sido la nana de Emilio desde que él había nacido, pues era costumbre que las señoras de sociedad tuvieran una ayuda para encargarse de sus hijos. Más veces que su propia madre, Mari había alimentado, bañado y abrazado a Emilio.

            La señora cerró la puerta tras de sí y habló en voz baja, pero clara:

            -Bueno, mi niño, ya es hora de que te vayas.

            Emilio no entendía -¿De qué hablas, Mari?

            -Que ya te tienes que ir a tu fiesta. Se te hace tarde, y no todas las noches te gradúas de la prepa y cumples los dieciocho…

            Emilio la miró extrañado -Sí sabes que no me van a dejar a ir, ¿verdad?

            Mari sonrió –Tus papás se fueron a esa cena, y ahoritita tu hermano se acaba de ir a no sé dónde, pero no va a tardar mucho. A los demás –dijo, refiriéndose al resto de la servidumbre- ya los mandé a dormir o a sus casas. Puedes salir por la cocina, y luego irte por el portón de atrás…

            Emilio se paró de un brinco -¡¿Mari, de qué estás hablando?! -fue todo lo que pudo articular.

            -¡Ya, apúrale! Se te está haciendo tarde…

            Apresurado, Emilio se metió en unos jeans y se puso unos tenis. Agarró una mochila llena de aparejos necesarios que había preparado semanas antes en caso de que tuviera que huir de improviso. Cuando se sintió listo y estaba a punto de salir, de pronto cayó en la cuenta de algo y se volvió hacia Mari.

            -Mari… Te pueden hasta correr por esto…

            Ella chasqueó los labios -¡Que me corran! ¡Yo me regreso a mi pueblo…! M’ijito, yo prefiero que me corran por hacerte feliz, a que mi trabajo consista en cuidar que no lo seas…

Con ojos húmedos y temblorosos, Emilio se abrasó a Mari y ella lo apretó con la fuerza de sus brazos rechonchos y morenos.

-¡Vámonos, pues!- ordenó Mari y juntos salieron del cuarto, bajaron las escaleras, atravesaron la casa hasta la cocina y después el patio hasta el portón. Al abrirse éste, Emilio vio a Lalo muy sonriente apoyado contra su vieja Van.

-Buenas noches, Ceniciento -dijo el primo de Godo. -Aquí está tu carruaje de calabaza -y luego, dirigiéndose a Mari, –¡Muchas gracias, Hada Madrina!

Emilio le dio un último fuerte abrazo a Mari y saltó dentro de la Van, en cuyo asiento trasero se encontró con Godo, vestido cual catrín y listo para el baile. Apenas lo vio, Emilio le plantó un beso en la boca.

-Te renté un traje.- le dijo señalando uno que estaba colgado junto a la ventanilla –Póntelo en el camino.

-¿Sabes mi talla?- preguntó Emilio, sorprendido por todo.

-Chico, conozco todas tus medidas de memoria -y le dio otro beso.

Mari, con lágrimas en los ojos y una gran sonrisa, desde el umbral de la residencia Mondragón, despidió con la mano al vehículo que se alejaba por la avenida…

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Continúa en el Capítulo IV

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a Amor, Capítulo III

  1. Gabba dijo:

    No sabía que esta lectura me gustaba jeje… pues bueno, ahora a esperar el final, que dicho sea de paso, confío en que sea bueno.

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