Amor, Capítulo V

AMOR
Capítulo V

Leer el Capítulo IV

El salón de fiestas se veía medio vacío, pues con tanto escándalo la mayoría de familias había decidido no asistir. No se veía a ninguno de los amigos de Santiago Mondragón ni a su parentela, y muchas de las mesas estaban desocupadas. No obstante, todos los que habían participado en la toma de la cancha determinaron no permitir que una nadería les aguara la fiesta y se presentaron para tener la noche de graduación que merecían. Se brincaron las formalidades aburridas como el discurso del director (quien de todos modos no tenía ninguna intención de presidir una reunión como aquélla), y en vez de presentar el típico video musical con fotografías de los tres años de prepa, pusieron decenas de imágenes del histórico plantón.

Godo y Emilio fueron recibidos con aplausos cuando entraron por las dos grandes puertas del salón, cada uno vestido como un apuesto galán. Claudia capturó no pocas miradas con un vestido estilo oriental que se había comprado el año anterior. La tela era escarlata con estampados dorados y bordes negros; se ceñía perfectamente a su cuerpo, en especial a sus caderas y busto, y en conjunto con su peinado de último minuto, la hacía verse como una princesa. Angélica, por su parte, llevaba un vestidito negro y ajustado, de corta falda para lucir sus piernas. Rigo usaba un elegante smoking que le daba un aire de James Bond.

A petición de los alumnos, la música bailable comenzó desde temprano y, a pesar de que algunos aún no cumplían la mayoría de edad, el alcohol circuló libremente. Un DJ inició la velada con mezclas electrónicas de las canciones pop de moda, para después dar lugar a un conjunto musical que tocó en vivo, canciones cada vez más guapachosas, conforme la noche maduraba y el ambiente etílico obligaba a los muchachos a abandonar sus pretensiones anglosajonas y reencontrarse con su sangre latina.

Rigo bailaba con Angélica, Godo con Emilio, y Claudia danzaba en grupo con sus demás amigos y amigas. En verdad se divertía, pero algo le faltaba, y en un instante más entendió de qué se trataba. El conjunto musical dejó de tocar y anunció que por los siguientes minutos interpretarían unas “rolas lentitas” para las parejas de enamorados y que la primera canción sería, a petición de Godofredo, dedicada para Emilio, Te quiero, de los Hombres-G.

Godo tomó a Emilio de la mano y lo condujo al centro de la pista; la concurrencia estalló en aplausos.

-Feliz cumpleaños -le dijo Godo mostrando la hora que brillaba en la pantalla de su celular-. Oficialmente, ya tienes dieciocho.

Con uno en el hombro del otro, Godo y Emilio siguieron el suave ritmo de la canción y a los pocos segundos otras parejas imitaron su ejemplo. Claudia se encontró sola entre un montón de enamorados. La joven dio un suspiro de fastidio y, con lentitud y torpeza, empezó a abrirse paso entre las parejas que bailaban abrazadas. Apenas había logrado emerger de entre la multitud, cuando se topó de frente con Ádal.

Vestido con tanta elegancia, y con un brillo de resolución y fortaleza en los ojos, se apareció ante Claudia más guapo que nunca. Ella a su vez, con ese brillante y exótico vestido que resaltaba sus curvas, lucía para Ádal como todo lo que él habría podido desear de la vida.

Sin cambiar palabras, sin dejar de mirarse a los ojos, cada uno tomó las manos del otro y bailaron. Bailaron una, dos, tres y más canciones cursis, pero ellos no las escucharon, sólo se miraron y se sintieron el uno al otro, y cuando llegó el momento, acercaron sus labios y se besaron.

Se perdieron en ese beso, que no sabía a menta eléctrica ni a cereza virtual, sino a beso, que no había que pensarlo ni describirlo para saber que se vivía, porque mientras duraba el beso cada uno dejó de existir más que en la boca del otro y sus mentes se acallaron tranquilas, y sus sentimientos y su cuerpo lo experimentaron de manera total y absoluta.

-¡Quítale las manos de encima! -retumbó una voz.

Al instante la música y el baile se detuvieron todos se volvieron para ver a Santiago Mondragón entrar al salón acompañado de Xariff y sus canchanchanes habituales.

-¡Emilio! -gritó de nuevo Santiago-, ¡Vámonos a la casa! ¡Órale!

-¡Tú no te llevas a nadie! -se oyó la voz de Angélica, quien, acompañada por Rigo se apresuró a interponerse entre la pareja de enamorados y el contingente de bravucones.

-¿Y quién me va a detener? ¿Ustedes dos, ñoños?

-No -dijo Claudia con firmeza-. Todos -y como si con esas palabras se hubieran puesto de acuerdo, todos los que bailaban en la pista, y algunos más que corrieron desde las mesas, se abrazaron de los hombros o las caderas y formaron un círculo alrededor de Godo y Emilio.

-Ya perdiste, Santiago. Acéptalo -dijo Claudia.

-Tú cállate, pinche gorda -le espetó Santiago-. Vete a ver Naruto

-¡¿NARUTO?! -exclamó Claudia ofendida e indignada-. Yo sí le parto su madre -y ya se disponía a abandonar el cerco para repartir karatazos cuando Ádal la detuvo y la serenó poniéndole una mano sobre el hombro.

-¡Coño, Emilio! -gritó Santiago-, Una cosa es que seas puto, pero ¿tenías que escoger a un pinche naco?

-Ya oíste a las damas, Santiago. Mejor vete a casa -le respondió su hermano con tranquilidad.

Desde las mesas, los padres y familiares de los graduandos observaban la escena desconcertados. Nadie se atrevía a decir palabra.

Santiago rió con sorna y furia entre dientes –Pinches pollobobos. ¿Creen que van a poder seguir con su pinche jueguito todo el tiempo? Los vamos a chingar. ¿Que no saben quién es mi papá? Te van a meter a la cárcel puto -dijo dirigiéndose a Godo-, vamos a hacer que la puta de tu mamá pierda su trabajo, te van a chingar la vida a ti y a todos tus amiguitos ñoños. Sólo tengo que hacer una llamada…

-Síguele, Santiago -lo interrumpió Ádal y el Mondragón se dio cuenta de que lo había estado grabando con su iPhone-. Estoy seguro de que a la gente de YouTube le va a encantar lo que estás diciendo. Síguele, igual y te haces tan famoso como el Gentleman de Las Lomas

-¡Chingados tetos pendejos!- Santiago estaba rojo y los músculos tensos de su cara casi no le dejaban hablar –No saben con quién se están metien…

Una violenta explosión detrás de las puertas de entrada hizo salir volando a Santiago y a todos sus esbirros junto con pedazos de madera, escombros, un par de mesas y varias sillas. El grupo de choque se desparramó por los aires y los bravucones cayeron inconscientes al otro extremo del salón. Ocurrió el paniqueo; la posibilidad de un ataque narcoterrorista estaba sin duda en la mente de más de uno. Temiendo por sus vidas, muchos de los asistentes se apresuraron a escapar por las ventanas laterales y otros tantos corrieron a esconderse en los baños. Los más de los padres de familia salieron disparados en busca de sus muchachos para ponerlos a salvo.

Un puñado de personas permaneció en su sitio, demasiado curiosos o demasiado asustados como para moverse. Cuando la nube de humo y polvo se hubo disipado, todos pudieron ver a la chica Ai, desnuda y voluptuosa como siempre, brillando dorada en la penumbra y con furia asesina en su mirada. Ante esta visión espectral, los pocos curiosos que habían decido quedarse terminaron por abandonar la sala, dejando sólo a nuestros seis amigos en el lugar.

-¡Adalberto! -gritó y señaló con el dedo al muchacho, que apenas estaba incorporándose después del impacto de la onda de choque-. ¡Te has atrevido a serme infiel! -Ádal miraba con espanto a la que otrora había sido su madrina mágica sexual-. Y ahora te castigaré… ¡EN EL NOMBRE DE LA LUNA!

-En el… ¿qué? -preguntó Ádal, pero Ai no contestó. Había iniciado una danza lenta y compleja, al tiempo que su cuerpo emitía luces de colores siempre cambiantes… y así se quedó.

-¡Ádal! -escuchó la voz de Claudia. El joven se volteó y vio a la chica atrapada bajo una pesada mesa de las que habían salido volando. En cuanto la vio, Ádal corrió a su rescate y poniendo todo su esfuerzo, logró levantar un lado de la mesa y liberarla.

Después de que Ádal la ayudara a ponerse de pie y de asegurarse de no haber sufrido un daño grave, Claudia señaló a Ai y preguntó jadeando:

-¿Qué pasa?

-Es una larga historia… -dijo Ádal, también sin aliento-. Pero en resumen… es una especie de súcubo de Internet que desperté al hackear un sitio web que no existe. Es adicta al sexo y ahora viene por mí.

-Oh -musitó Claudia-. Sí, eso pasa…

-Casual, güey -dijo Godo, que se acercó a sus amigos mientras se sacudía pedacitos de yeso, vidrio y madera de su manga; Emilio, Rigo y Angélica venían detrás de él-. Típico que estás en tu fiesta de graduación cuando una chica hentai desnuda hace estallar todo en mil pedazos y amenaza con matarte…

-¿Y ahora qué está haciendo? -preguntó Rigo.

-No sé… Creo que está digievolucionando o convirtiéndose en súper sayayín, o algo por el estilo…

-¿Y qué va a hacer cuando esté lista? -inquirió Emilio.

-No creo que queramos saberlo…

-Pues vámonos de aquí. Ya se encargarán de ella… -dijo Rigo.

-¿Quién? –le preguntó Angélica mirándolo condescendiente.

-Pues no sé, la policía, el ejército, los Zetas, los Power Rangers, qué se yo….

-Me quiere a mí -dijo Ádal sintiendo un impulso heroico que le era desconocido y que le habría conmovido en un personaje de fantasía épica-. Puede encontrarme a donde me vaya… ¡Váyanse ustedes! Llévense lejos a Claudia, yo me encargaré de Ai…

-Ay, por Deos, no seas dramático- interrumpió Claudia matando el momento solemne-. Oye, Ádal, ¿dijiste que es adicta al sexo?

-Sí, pero está obsesionada conmigo…

-Muy bien, entiendo…. Tengo una idea… Pero necesitamos un vehículo…

-¡La Van de mi primo! -exclamó Godo-. ¡Ahí damos todos!

-No, no quiero que nadie más se arriesgue -insistió Ádal que no quería dejar ir su repentino heroísmo.

-Sí, sólo necesitamos ser Ádal y yo… -confirmó Claudia.

-¡Ah, no! -exclamó Angélica con visible irritación –Hemos estado viéndolos a ustedes dos mirarse, gustarse y hacerse pendejos durante todo el año, y no nos vamos a perder el final de esta historia…

Rigo, Godo y Emilio asintieron con la cabeza y ante esta determinación y la falta de tiempo, Ádal y Claudia no tuvieron más remedio que aceptar.

-¡Bueno, pero vámonos ya! -ordenó Ádal y los seis amigos salieron corriendo del salón, dejando a Ai en su trance de metamorfosis. Afuera encontraron un gran tumulto de gente, entre los que se encontraban los padres de algunos de ellos, quienes los llamaron a gritos, pero a los cuales tuvieron que ignorar por el momento. Godo guió la compañía a través del estacionamiento hasta el sitio en que estaba aparcada la Van de Lalo, el cual estaba cómodamente reclinado sobre su vehículo, sosteniendo una botella de cerveza en una mano y un porro en la otra.

-¡Hey, qué pasó! -preguntó el primo con la mirada perdida y el aliento gaseoso.

-¡Dame tus llaves! -le ordenó Godo.

-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

-¡Dámelas, las necesito ya!

Lalo estaba tan pediguano que no tenía energías para discutir y con tal de que lo dejaran de fastidiar, entregó las llaves a Godo y se fue a sentar al pie de un árbol. Godo  se quedó observando las llaves por unos segundos con el ceño fruncido.

-¿Alguien sabe manejar esta cosa? -dijo al fin y todos se quedaron callados.

-¡Ash, dame eso! -exclamó Angélica, le arrebató las llaves a Godo y corrió al asiento del conductor, mientras sus amigos abrían las otras puertas y saltaban dentro de la Van para acomodarse como pudieran.

Angélica puso en marcha el vehículo y a toda velocidad lo sacó del estacionamiento, con apenas el mínimo de consideración para los inocentes peatones que huían del lugar a toda carrera.

-¿A dónde vamos, pues? -preguntó Angélica.

-¡A mi casa! -ordenó Claudia.

Mientras, Ai había terminado su baile de transformación. Se había vuelto más alta, con los músculos de brazos y abdomen más marcados, las tetas aún más grandes, y su cabellera, que ahora le llegaba hasta los talones y brillaba con luz dorada, parecía la cola de un dios dragón.

-¡Ahora sí, Adalberto, sufrirás la furia de…! -entonces notó que, aparte de los cuerpos inconscientes de Santiago Mondragón y sus achichincles, estaba sola en el salón. La chica hentai gritó una maldición en japonés y salió de allí volando tras atravesar el techo de un salto.

Volaba a gran velocidad y a una decena de metros sobre el suelo. Olfateó el aire y pudo percibir el aroma del sexo de Ádal. Con una sonrisa maligna, se dirigió a donde la llamaba la esencia. Encontró la Van, que atravesaba las calles a mayor velocidad de la que permitía cualquier ley, y sabiendo que en ella viajaba Ádal se preparó para atacar.

-¡ULTRA EXPLOSIÓN ECCHI! -exclamó con todas sus fuerzas y segundos después, una gran bola de energía salió disparada de sus manos abiertas, pero en el último instante, la Van hizo un giro brusco y el ataque cayó a unos metros de ella, destruyendo por completo una tienda vacía que estaba en la esquina.

Ai maldijo otra vez y se preparó para lanzar un segundo golpe –¡¡LANZA MORTAL FUTANARI!! -un gran misil de energía se formó entre sus piernas y tomó la forma de un falo que Ai disparó contra la Van, pero ésta logró evadir el ataque una vez más y en su lugar fue destruida una glorieta en la que se erigía la estatua de un conquistador español.

-Es una suerte que se detenga para pronunciar en alto el nombre de sus ataques -dijo Rigo dentro del vehículo-. De lo contrario no sabríamos cuándo los va a lanzar y no nos daría tiempo de esquivarlos…

La Van ya había entrado al centro histórico y se aproximaba a la calle de Claudia cuando Ai anunció otro de sus ataques:

-¡¡GOLDEN RAIN OF BUKAKE!! -y al instante decenas de gotas doradas del tamaño de pelotas de baloncesto comenzaron a llover sobre la calle, destruyendo autos estacionados y causando graves daños al patrimonio arquitectónico de la ciudad, pero Angélica conseguía esquivarlas todas al hacer serpentear el vehículo con gran osadía.

-¿La siguiente calle pasa por tu casa? -preguntó Angélica a Claudia.

-Sí -contestó ella-. Pero en sentido contrario…

-¡Vale madres! -exclamó la joven y al llegar a la esquina dobló y se metió en la calle, para el total espanto y desconcierto de los pocos automovilistas que circulaban por ahí, los cuales no tuvieron más remedio que subirse a la banqueta para ceder el paso a la Van enloquecida y hacer sonar sus cláxones mientras mentaban ajos y cebollas.

Ai venía poco después -¡TORMENTA ELÉCTRICA YURI!- y entonces se multiplicó en cinco, que tomadas de la mano formaron un círculo de cuyo centro emanaron cientos de relámpagos rosados que azotaron las calles y casas en dos cuadras a la redonda.

Uno de los rayos alcanzó tangencialmente la Van, cuyo motor estalló al instante con un sonido sordo y una nube de humo inofensiva.

-¡Carajo! -exclamó Angélica, entre las tos que le causaba el humo.

-¡No importa! -le dijo Claudia-. ¡Allí está mi casa! -y en efecto, el viejo caserón se encontraba a sólo unas decenas de metros de distancia-. ¡Quédense aquí! ¡Lo que sigue es muy peligroso!

Claudia abrió la puerta de la Van y, tomando a Ádal del brazo, saltó a tierra y juntos echaron a correr en dirección a la casa. Al llegar frente a la puerta, ella recordó que había dejado sus llaves en el bolso y el bolso en salón de fiestas.

-Mierda, mierda, mierda… -murmuraba por lo bajo.

Ni tardo ni perezoso, Ádal tomó impulso y golpeó la puerta con el hombro. No logró gran cosa, pero se quedó con un dolor insoportable.

-Auch, auch, auch…. -masculló tratando de disimular.

-¡ADALBERTO! -se escuchó de Ai que se aproximaba a ellos.

Alentado por el peligro, Ádal tomó nuevos bríos y volvió a embestir la puerta con el otro hombro. Esta vez se abrió y los dos jóvenes entraron a la casa. Claudia guió a su compañero por las escaleras y después por el pasillo; unos metros detrás Ai se acercaba destruyéndolo todo a su paso.

Los chicos entraron al cuarto y después al baño; con rápidos movimientos Claudia tomó una ancha toalla de un extremo y le dio el otro a Ádal.

-¡Cúbrete! -le gritó.

-¡¿Qué?! -preguntó él, pero entendió de qué se trataba el asunto al darse cuenta de que estaban a punto de saltar por la ventana del baño.

Lo último que escucharon antes del estallido de los cristales fue una voz varonil y profunda que venía de algún lugar más allá de la vista…

-¿Claudia? ¿Eres tú, hermosa doncella?

Ádal y Claudia atravesaron el vidrio protegidos por la toalla y cayeron poco más de un metro más abajo sobre la azotea del edificio vecino. Apenas pudieron, se levantaron y entonces se volvieron hacia la ventana de la que acababan de emerger.

Esos instantes transcurrieron ante sus ojos como un video en cámara lenta. Justo unos segundo después de ellos, la cabeza de Ai, y después su torso desnudo, emergieron de la ventana del baño. El rostro de la chica de ánime, si bien aún hermoso, expresaba la furia bestial y homicida del peor monstruo sacado de La Blue Girl y desde las yemas de sus dedos ya brillaban las luces que indicaban la siguiente explosión.

De pronto, Ai pareció detenerse en el aire y su expresión cambió poco a poco hasta denotar desconcierto. Más veloz que un bit, un tentáculo azul apareció desde adentro y sujetó a Ai de la cintura; un segundo tentáculo se enroscó en su muñeca derecha, un tercero se enredó en la izquierda y uno más surgió para tomarla del cuello. Con una expresión de claro terror, Ai fue jalada hacia dentro del baño y desapareció.

-¡Vámonos de aquí! -ordenó Claudia y se trepó por la cornisa del edificio para después bajar por los barrotes de las ventanas hasta llegar a la calle; asombrado y confundido, Ádal la siguió con torpeza.

Angélica, Rigo, Godo y Emilio los esperaban junto a la humeante Van de Lalo; Claudia y Ádal se disponían a correr hacia ellos, cuando un estruendo poderoso los detuvo en seco. Los seis amigos, los vecinos que habían salido de sus casas o se asomaban por puertas y ventanas, los transeúntes, los vagabundos extraviados… todos miraron hacia el techo de la casa de Claudia. Decenas de trozos de techo salieron volando en todas direcciones, y desde el baño de Claudia emergió el monstruo, más brillante y hermoso que nunca, ahora con proporciones gigantescas, y con sus miles de tentáculos que cubrían el cielo.

Algunos de ellos se ocupaban de Ai, vuelta a su imagen habitual, pero con proporciones igualmente ciclópeas; los pseudópodos la sujetaban de la cintura, los tobillos y las muñecas; la penetraban por la vagina, la boca y el ano; apretaban sus senos y se deslizaban entre ellos. Ai lo disfrutaba todo, corriéndose una y otra vez con placer indescriptible, pues allí se unían por un solo propósito dos seres que habían sido creados para el sexo más allá de lo que podrían comprender o apreciar los mortales.

-¡CLAUDIA! -resonó la voz del íncubo azul por toda la bóveda celeste-, DEBO AGRADECERTE POR HABERME REUNIDO CON ESTA BELLA NINFA. SU ENORME ENERGÍA SEXUAL ES TAL QUE EN SEGUNDOS HA RESTAURADO MI PODER EN SU TOTALIDAD Y MÁS ALLÁ.

-¡OH, SÍ, TENTACLE RAPE!- exclamó Claudia durante el instante en que uno de los tentáculos dejó libre su boca -¡NO HAY NADA QUE UNA CHICA HENTAI AME MÁS QUE EL TENTACLE RAPE!

-AHORA, VOLVERÉ A MI REINO JUNTO CON ELLA PARA PASAR LA ETERNIDAD EN EL MAYOR ÉXTASIS QUE HAYA CONOCIDO CUALQUIER SER DE CUALQUIER UNIVERSO. ¡ADIÓS, HERMOSA CLAUDIA, NUNCA TE OLVIDARÉ!

Dicho esto, el demonio y la chica hentai se fundieron de un aura luminosa que deslumbró a todos los presentes, y después la luz se concentró en un solo rayo de energía, mitad azul y mitad rosado, que salió disparado hacia el cielo y se perdió entre las estrellas. Entonces, el aire se llenó de cientos de burbujas de todos tamaños que flotaban, cayendo o elevándose. Eran burbujas azules y rosáceas, que al reventar liberaban perfume con aroma a menta y cereza. En un segundo, las únicas huellas de la existencia de aquellos seres eran dichas burbujas, los destrozos causados por la batalla y la perplejidad de todos los que habían presenciado este episodio.

Todos, menos Ádal y Claudia, quienes al ver partir a esos dos suspiraron de alivio. Él, con medio cuerpo cubierto de golpes y raspones, exhausto y adolorido, observó a la bella Claudia, con su linda carita manchada de mugre y cenizas y sus cabellos desordenados, que miraba hacia el cielo con una sonrisa de triunfo. Entonces se volvió hacia Angélica, Rigo, Godo y Emilio, los cuales parecía que empezaban a superar su sacón de onda para entregarse al juego de cazar y reventar burbujas.

¿Qué seguía ahora? Hacía mucho que había pasado la media noche y sin duda al día siguiente habría muchos problemas que resolver y muchas explicaciones que dar. Pero en ese momento había una sola cosa que Ádal quería hacer con Claudia. Sí, era tarde, pero de seguro habría alguna tienda o farmacia abierta…

-¿Te gustaría ir por un helado? -le dijo al fin.

Ella, sonriéndole como nunca había sonreído por nada ni nadie, respondió:

-Me encantaría -y caminando despacio se fueron por la calle en penumbras, sonrientes, tomados de la mano.

FIN DE FRIKIFILIA

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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5 respuestas a Amor, Capítulo V

  1. Anónimo dijo:

    ahhah buen final, gracias por compartir tu historia

  2. Excelente final, el detalle del monumento al español fue genial, la destrucción como debe de ser y se encontraron tal para cual, una gran historia, lo malo es que ya no habrá capitulos nuevos.

  3. Anónimo dijo:

    No mames, que buen final

  4. giselle dijo:

    Genial!!!!!!! me encanto 😉

  5. ViviX dijo:

    Lo mejor que he tenido el placer de leer, mezclo a la perfección muchos temas y me encanto el final. Siempre espere que Adal y Claudia terminaran juntos. Me encantaría poder leer mas, que paso con la vida de esos 6 chicos en la universidad.

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