Los ruidos de la noche – Capítulo II

LOS RUIDOS DE LA NOCHE
II

Leer el Capítulo I

Jaime volvió a su hogar con la cabeza repleta de pensamientos fantasmales. Durante todo el camino de regreso a casa miró nervioso por la ventanilla del auto, temiendo que de pronto la cara de un monstruo pudiera asomarse y darle un buen susto. Ya en casa, a la hora de la cena, estuvo inquieto y taciturno, con los ojos muy abiertos y pendiente hasta del último detalle de todo lo que pasaba a su alrededor; cada sombra que veía moverse con el rabillo del ojo le ponía la carne de gallina. Después de cenar con sus papás, hermanos y abuelos, llegó la hora de dormir, pero Jaime no quería ir a su cuarto, ese lugar oscuro y solitario en el que tendría que pasar una larga noche. Decidió hacer tiempo antes de afrontar su destino; primero fue a tontear al cuarto de su hermana Laura.

-Hola, manis, ¿qué haciendo? -saludó.

-Estudiando -contestó ella.

-Oh, estudiando, ¡qué interesante! ¿Y qué estudias?

-Biología…

-Órale, biología, qué genial, ¿puedo estudiar contigo? A ver -dijo Jaime leyendo por encima del hombro de su hermana –“Mitosis es…”

-No, Jaime, me distraes.

-Por favor, no seas mala… ¿Sabes qué? Hace mucho que no jugamos a los náufragos -Jaimé se paró el cama de Laura y se puso a dar de brincos –¡La cama es la balsa y en el suelo hay tiburones!

-¡PAPÁ, JAIME ME ESTÁ MOLESTANDO Y NO ME DEJA ESTUDIAR!

Ante los chillidos de Laura, Jaime salió corriendo de su cuarto y bajó a la sala donde papá y mamá conversaban.

-¿Y si vemos una película? -les sugirió.

-No, hijo, ya es tarde -dijo papá.

-¿Y si jugamos “Pintamonitos”?

-No, hijo, ya es tarde, es hora de dormir.

-No, mejor vamos a quedarnos todos juntos y… a convivir… como familia… en la tele dicen que…

-No, Jaime, ya es hora de dormir.

-Pero, ¿Por qué hay que hay que dormir? ¡Ya sé! ¿Por qué no construimos una casa en el árbol?

-No tenemos árbol.

-Plantemos uno.

-¡A dormir, Jaime Humberto! -exclamó papá.

Con más miedo a los regaños de papá que a los fantasmas, Jaime subió corriendo las escaleras. En el pasillo se topó con su hermano Jorge.

-Qué onda, Jorjucho. ¿Jugamos Nintendo?

-Esta noche no, chaparro, voy a salir.

Desalentado, Jaime entró a su alcoba, se puso la piyama y se metió bajo las sábanas. Mas no pudo dormir; el recuerdo de las historias que había escuchado esa tarde sólo le dejaba observar de fijo al techo y no le permitía juntar valor para cerrar los ojos o mirar a su alrededor. Poco a poco una sensación molesta empezó a crecer en su boca y su garganta. ¡Recontra! Tenía sed. ¿Se atrevería a bajar las escaleras en busca de agua? Pero, ¿y si había cosas allá abajo? Extraterrestres, enanos, monstruos peludos, fantasmas, sombras… ¡Rechapos! Tenía tanta sed. Su garganta estaba tan seca que le costaba trabajo tragar su propia saliva. Ni modo, tendría que ir por agua.

Salió del cuarto temblando como gato mojado. La casa estaba oscura y el único sonido que se escuchaba era el de mamá y papá viendo las noticias nocturnas en su habitación. Jaime consideró por un instante la alternativa de ir con ellos y decirles que tenía miedo… pero le daba vergüenza admitirlo, así que tendría que aventurarse a la oscuridad en busca del agua. Cuando llegó frente a las escaleras se detuvo y las contempló; parecían el pasadizo de un castillo embrujado que llevaba hasta una catacumba pululada por ánimas en pena. Dudó por unos instantes. “Quizá podría aguantarme la sed” pensó, pero luego reflexionó que la sed no le dejaría dormir (era muy quisquilloso con las incomodidades), y que era mejor aventurarse a las tinieblas mientras mamá y papá aún seguían despiertos. En caso de emergencia, sólo tendría que gritar como niño chiquito.

Jaime bajó las escaleras con mucha lentitud. Su cuello estaba tenso y su cabeza miraba fija hacia el frente; temía que al volver la vista se topara con una sombra espectral observándolo desde una esquina tenebrosa. Cada paso de sus pantuflas le parecía mil veces más ruidoso de lo que en realidad era y temía que el ruido alborotara a los espíritus burlones que, según se dice, tienen su escondite en las esquinas oscuras y solitarias.

Finalmente llegó hasta la cocina. Pudo encender la luz y eso lo tranquilizó. Tomó un vaso de la alacena y se sirvió el agua con mucho sigilo, temeroso de que al hacer ruido despertase a alguna presencia maligna que dormitara dentro del horno. Cuando hubo saciado su sed, Jaime se dirigió de vuelta hacia las escaleras. “Sólo espero que ahora no me den ganas de ir al baño.” Súbitamente se oyó un crack y Jaime se sobresaltó, pero no se atrevió a mirar en la dirección de la cual provino el crujido. Empezó a subir con lentitud, pero enseguida tuvo la sensación de que algo estaba subiendo detrás de él. Aceleró el paso; estaba seguro de que algo lo seguía. Echó a correr sin atreverse a mirar atrás, con el temor de que en cualquier momento una gran garra escamosa lo sujetaría del tobillo. Corrió hasta que llegó al segundo piso, y siguió corriendo hasta haber entrado a su cuarto.

Jaime suspiró aliviado cuando por fin se metió en la cama. Y de nuevo no pudo dormir. En su mente desfilaban las apariciones que habían espantado a sus amigos. Quiso desviar sus pensamientos, concentrarse en cómo mejorar su habilidad con los tazos, planear una venganza contra el bravucón que siempre lo fastidiaba o preocuparse por el examen de matemáticas del próximo lunes. Incluso trató de enfocar sus pensamientos en la dulce y pecosa carita de Lucía, la chica del Sexto B que había sido dueña de sus divagaciones nocturnas desde hacía unas semanas. Todo fue en vano: el miedo podía más que todas sus emociones y pensamientos juntos.

De modo que Jaime temblaba bajo sus sábanas y sentía que una presencia oscura e invisible lo observaba, como si algo muy raro anduviese de puntillas a su alrededor. No había dejado la luz prendida porque no quería parecer niño chiquito, pero ahora deseaba tener por lo menos una lamparita que lo alumbrase. Recordó que tenía una linterna de mano en un cajón de su cómoda, pero conforme la noche avanzaba se sentía menos dispuesto a abandonar la cama para ir a buscarla. Su propia respiración le parecía demasiado ruidosa y temía que delatara su ubicación ante un enemigo acechante.

Lo peor fue que de pronto se dio cuenta de los ruidos de la noche. Su miedo le hizo escuchar con absoluta claridad todo un concierto de aullidos, crujidos, alaridos, gruñidos y bramidos entre otros tantos ruidos y sonidos (perdóneseme la rima). Pero el peor de todos llegó de pronto y casi hizo que Jaime pegara un brinco: era un rugido retumbante que parecía provenir de algún monstruo viscoso y gigantesco, quizá esperando detrás de la ventana, quizá escondido bajo la cama o en el armario.

Jaime se imaginó todo un ejército de monstruos, espantos, espectros, espíritus, fantasmas, apariciones, bestias, duendes, diablos, demonios, cocos, aluxes, kisines, chamucos, chaneques, chupacabras, vampiros, hombres lobo, hombres mono, yetis, ogros, orcos, dragones, leprecones, lloronas, uaychivos, viejas brujas, hechiceras satánicas, sacerdotes vudú, muñecos diabólicos, gnomos, goblins, gremlins, trolls, enanos, nahuales, quimeras, medusas, mantícoras, mandrágoras, momias (egipcias y nacionales), mutantes, alienígenas, extraterrestres, esqueletos, esperpentos, engendros, manchas voraces, gorgonas, gárgolas, zombis y wendigos (aunque no estaba muy seguro de qué eran estos últimos) acechando desde la oscuridad, esperando el mejor momento para atacarlo.

Entonces, entre tantos y tan tétricos rumores, se dejaron escuchar unos pasos rechinantes que se acercaban cada vez más al cuarto de Jaime. La puerta de la habitación crujió tétricamente mientras una silueta corva y esquelética se dibujaba en el umbral. Una mano larga y temblorosa se acercó al interruptor y Jaime, ante la inminencia de que pronto se revelaría el aspecto del ser, pegó un grito de condenado.

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Continuará en el Capítulo III

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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