Los ruidos de la noche – Capítulo III

LOS RUIDOS DE LA NOCHE
III

Leer el Capítulo II

-¡Por las barbas de mi tía Clotilde! -exclamó el abuelo de Jaime, pues era él, y nadie más, la misteriosa figura que había entrado al cuarto y prendido la luz. -¿Qué gritos son ésos, chamaco?

Jaime, que sentía que el corazón trataba de escapársele por la boca, dijo resoplando y aliviado, -Ay, abuelito. ¡Eres tú! Pensé que eras un monstruo.

-¡Qué monstruos ni qué ocho cuartos! Vine a ver qué tanto haces que no te duermes, porque te mueves tanto en ese catre que el chillido de sus resortes se oye hasta la otra cuadra…

-Abuelito, es que… -a Jaime le daba un poco (o más bien un mucho) de pena confesar que tenía miedo. Pero ya que el abuelo estaba allí, quizá él podía hacer que sus temores se fueran. “Él ha vivido mucho y sabe muchas cosas” pensó Jaime y se decidió a confiar en él –Es que tengo miedo, abue, porque toda la tarde me la pasé oyendo historias de terror en casa de Rubén.

-¿Historias? ¿Qué historias? A ver -el abuelo jaló una silla, se sentó junto a la cama de Jaime y le dio un cariñoso coscorrón a su tembloroso nieto.

-Pues historias verdaderas de fantasmas y duendes y monstruos… Eran cuentos que me dieron mucho miedo, porque no son como las películas de terror que ve mi hermano, sino que son reales. Mis amigos dicen que les ocurrieron a ellos mismos, o a parientes y conocidos suyos.

-¡Historias reales, mis polainas! -exclamó el abuelo, dejándose llevar por el estereotipo, pues en realidad él nunca había usado polainas -¡Puras porquerías! Esas son cosas de gente ignorante.

-¿Entonces no existen los fantasmas?

-¡Claro que no!

-¿Ni los monstruos?

-No.

-¿Ni los vampiros, los duendes ni los muñecos diabólicos?

-¡No, no y no! Todo lo que se te ocurra, no.

-Entonces, ¿por qué cuentan esas historias?

-Porque a veces es divertido imaginar cosas fantásticas y contarlas como si fueran verdaderas. Es maravilloso dejarnos llevar por historias que en el fondo sabemos que no son ciertas. Es una vieja forma de entretenerse y convivir, y un buen ejercicio para la imaginación.

-Ah… -dijo Jaime comprendiendo –Como cuando tú cuentas esas historias exageradísimas de tus hazañas de cuando eras pescador, ¿verdad? Papá dice que son puras locuras tuyas.

-¡¿Qué, qué, qué?! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Mis historias son reales! Como aquella vez en que había pescado el marlín más grande que te puedas imaginar, cuando me encontré con unos piratas que abordaron mi lancha. Mis camaradas y yo fuimos atados al mástil más alto del barco, pero yo me liberé al calentar las sogas con ayuda de la luz del sol y de un espejito que traía en el bolsillo… ¡Ah! Ese espejito fue un regalo de la diva del bolero, la bella señorita Sofía Glamores, a quien iba a ver cantar boleros todos los sábados a un cabaret… -por cierto, cabe aclarar el abuelo nunca en su vida había atrapado algo más grande que un mosquito, y que antes de jubilarse había sido maestro de escuela desde muy joven.

Previendo que el viejo se disponía a contar una de sus interminables e ilógicas anécdotas, Jaime se apresuró a interrumpirlo:

-Oye, abuelo, pero si los monstruos y todo eso no existen, ¿qué son todos esos ruidos que se oyen por la noche?

-¿Los ruidos de la noche? Ah, pues son muchas cosas… Mira, ponte las pantuflas y ven conmigo, que te voy a dar un recorrido nocturno por esta linda casita y a mostrarte lo que hace todos esos ruidos que no nos dejan dormir tranquilos.

Jaime saltó de la cama y el abuelo se levantó de su silla. El muchacho buscó en los cajones su linterna de mano, que usó para alumbrar el camino. Juntos, el chico y el viejo salieron del cuarto y caminaron por el pasillo hasta llegar a una ventana desde la que se veía a unos centímetros la pared casa de junto, con la parte trasera de un aparato de aire acondicionado que sobresalía de un nicho.

-Seguro que a veces oyes como rugidos, ¿no? -dijo el abuelo y Jaime asintió –Pues bien, esos ruidos los hacen viejos aparatos de aire acondicionado, refrigeradores, bombas para subir el agua y cosas así.

-Ah… -dijo Jaime no muy asombrado –Bueno, eso lo entiendo. Pero también hay otros ruidos muy extraños. No todos los podrían hacer esos aparatos, ¿verdad?

-¿De qué ruidos hablas?

-Muchos ruidos diferentes, como de fantasmas. O sea, entiendo que algunos sean de cosas normales, pero otros tienen que ser de espantos y eso, ¿no?

-Yo te aseguro, muchacho, que podemos encontrar la causa de todos los sonidos extraños que te quitan el sueño. A ver, dame un ejemplo, ¿qué ruidos son “como de fantasmas”?

-Mmm, no sé… Ese sonido, como de gárgaras que a veces se escucha a través de las paredes. ¿Qué es?

-Es la tubería vieja y oxidada de estas casas. A veces se les cuela aire y hacen ruidos extraños, que por culpa del eco se oyen más fuertes.

-Oh… Oye, abuelito, y esos como crujidos que se oyen… y sabes, cuando de repente se oye crack, ¿no son monstruos o fantasmas que caminan por la casa?

-Por supuesto que no, chiquito éste. Ven, vamos a la sala, te voy a enseñar.

Jaime y el abuelo siguieron por el corredor, bajaron las escaleras y llegaron a la sala, que estaba amueblada por un sofá, un par de sillones y una mesa que sostenía un televisor.

-¿No podemos prender la luz? -preguntó Jaime.

-No -respondió el abuelo con firmeza. –Es importante que aprendas que no hay nada que temer en la oscuridad. Ahora, pon atención porque esto es muy científico -dijo el abuelo llevándose un dedo a la sien y Jaime lo miró con mucha seriedad. –Mira, hijo, cuando la temperatura cambia, o sea, cuando de hacer calor pasa a hacer frío o al revés, algunas cosas se estiran o se encogen. Así, cuando llega la noche y hace un poco más de frío, algunas cosas, sobre todo de madera o plástico u otros materiales, se encogen…

Jaime chasqueó los labios incrédulo. –¡Ay, abuelo, cómo va a ser! Ahorita es de noche y todos los muebles son del mismo tamaño que durante el día. Además, ni que hubiera tanto frío.

-¡Hombre de poca fe! -exclamó el abuelo. –Pero si no se encogen tamaño Pulgarcito. Las cosas se estiran y se encogen apenas unos milímetros y no se nota. Pero el caso es que al cambiar de tamaño por las noches, los muebles de madera truenan y crujen, como si alguien de súbito los quisiera quebrar.

-Oh… -dijo Jaime maravillado y un poco asustado al pensar en ese hipotético “alguien”.

-Observa ese televisor, por ejemplo. Estuvo caliente durante todo el día porque tu hermana se la pasó viendo ese canal de música… ¡puras porquerías! Pero ahora, como ya no está prendido y de noche las cosas se enfrían, cambia de tamaño y hace ruidos. Escucha.

Jaime y su abuelo guardaron silencio por unos segundos, observando atentamente el televisor, hasta que de pronto se oyó un suave crujido proveniente del aparato.

-¡Ahí lo tienes! -exclamó triunfante el abuelo –Y como la tele, muchos muebles y aparatos pueden tronar de pronto. Lo mismo pasa cuando llega la época de lluvias y hay mucha humedad: las cosas cambian de tamaño. Y no sólo los muebles: la casa entera, que está hecha de muchos bloques de concreto, vigas de metal y algunas partes de madera, cambia de tamaño, por lo que a veces puedes escuchar crujidos repentinos que vienen de una esquina vacía. Como durante la noche todo está en silencio y uno se siente solo, sobre todo si le han metido tonterías en la cabeza como a ti, todos estos sonidos de los que te he hablado parecen más fuertes de lo que en realidad son.

Jaime estaba a punto de abrazar a su abuelo, agradecido porque lo había salvado de las pesadillas y los terrores nocturnos, pero de pronto se escuchó un alarido fantasmal que lo hizo estremecer y, para colmo, de golpe se apagó la linterna.

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Continúa en el Capítulo IV

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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