Los ruidos de la noche – Capítulo IV

LOS RUIDOS DE LA NOCHE
IV

Leer el Capítulo III

-¡Abuelo! ¿Qué es eso? -dijo el muchachito al tiempo que le daba golpecitos a la linterna para hacerla funcionar, pero no hubo respuesta… –Abuelo, ¿dónde estás? -Jaime empezaba a inquietarse, pues estaba solo en la oscuridad, lejos de su cuarto y sin señales del abuelo. Los alaridos espectrales y lastimeros se repitieron y entonces, cuando Jaime estaba a punto de gritar, una luz repentina lo iluminó en la cara.

-¡Ja! Ya decía yo que había una buena lámpara por acá -dijo el abuelo alumbrando la cara de su nieto.

-Ay, abuelo, no me asustes.

-¿Qué? ¿Qué dices? Ah, creo que se apagó mi auricular… ¡Ya! Está prendido. Ahora sí, ¿qué decías?

-¿No escuchaste ese horrible grito? Sonaba como la Llorona cuando llama a sus hijos. Así de “¡Ay, mis hijos. Ay, mis hijooooooos!”

-Ah, ya sé de qué hablas. Sé muy bien qué produce esos ruidos y te lo mostraré. Ven por acá, pero trata de no hacer ruido.

El niño y el anciano caminaron con sigilo hasta una ventana que daba a la calle.

-Observa -dijo el abuelo, y Jaime miró con atención hacia las tinieblas que rodeaban la casa. Entonces notó unas pequeñas sombras que se movían con agilidad por la calle.

-¡Abuelo! ¿Son chaneques?

-¡Qué chaneques ni qué niño muerto! -exclamó el abuelo –Son gatos. Gatos callejeros que pelean, y cuando lo hacen pegan unos gritos que parecen almas en pena… o como esa música que oye tu hermano. ¡Puras porquerías! Ah, en mis tiempos sí había buena música… recuerdo los danzones y el mambo… y sí que sabíamos bailar, no nada más brincar cual simios, como lo hacen ahora…

-Abuelo, ¿por qué se pelean los gatos?

-Pues por la gatas, hijo. ¿Por qué más? A veces también maúllan bajito, bajito, y suena como si llorara un bebé. Y no sólo eso, sino que se ponen a caminar, correr y saltar por los tejados, y muchas veces arañan las puertas y las paredes, por lo que hacen toda clase de ruidos que la gente luego cree que son fantasmas. ¡Fantasmas! -exclamó el abuelo con algo de tristeza en la voz -Tantos años que me pasé tratando de educar a las personas, para que ahora, al cabo de mi vejez, me salgan con que todavía creen en fantasmas…

– ¿Tú nunca, en todos tus años, viste un fantasma? ¿Nunca te pasaron cosas raras?

El abuelo suspiró –Ay, hijo. Claro, yo alguna vez fue un mozalbete tonto y asustadizo. Y allá en el puerto se contaban muchas historias de brujas y aparecidos, que yo me creí a pies juntillas. Se decía que por las noches andaba por los muelles el fantasma de un viejo velador. A veces me daba miedo andar por solo por la calle después de la puesta del sol… ¡se cuentan tantas cosas! Hubo ocasiones en las que creí ver una luz fantasmal que provenía de un callejón o un murmullo suave y lejano… Pero tuve buena fortuna, hijo. Tuve oportunidad de estudiar y aprender a razonar. Cuando crecí y pensé en esos asuntos me di cuenta de que era mi propio miedo el que me hacía exagerar las cosas y que alguna explicación natural habrían de tener…

-¿Cómo qué?

-Bah, ¡qué sé yo…! No puedo volver en el tiempo y analizar a detalle la situación, ni he podido estar ahí en todos los casos en los que pasan cosas raras, pero mi experiencia me ha enseñado que siempre hay una buena explicación… Ya sé, hijo. Dime, ¿alguna vez has escuchado la historia del Chivo Brujo?

-No…

-Pues bien. Esto ocurrió hace muchos siglos, en una tierra extraña y misteriosa a la que los marineros llaman… ¡Campeche! Imagínate: esto que te voy a contar sucedió en la época de los piratas y los bandidos, en esa bella ciudad rodeada de murallas, muchísimo antes de que hubiera luz eléctrica, cuando el único vehículo eran las propias piernas, o los caballos, para quien pudiera comprarlos…

Jaime miraba atentamente a su abuelo; esta vez la historia que tenía que contar había logrado cautivar su interés.

-Por aquellos días -prosiguió el abuelo-, empezó a correrse el rumor de que el Chivo Brujo rondaba la ciudad durante las noches. Decían que era un demonio infernal con apariencia de hombre, pero con cabeza y patas de chivo. Decían que tenía largos cuernos afilados y ojos que brillaban en la oscuridad como el carbón encendido. ¡Ay de aquél que se encontrara en la calle después de la puesta del sol! El Chivo Brujo atacaba a los paseantes solitarios, así fuesen mujeres, niños o hasta los hombres más fornidos y valentones. Hubo rumores de personas desaparecidas; algunos vecinos decían haber oído el sonido de unas patas de cabra caminando sobre las calles empedradas, y otros incluso juraban haber visto, desde sus ventanas, al espectro andar por la ciudad en las noches más oscuras y tormentosas.

Jaime volvía a sentir miedo; tenía la vista fija en su abuelo, sin siquiera atreverse a mirar por la ventana, por temor a ver al Chivo Brujo paseándose por la calle frente a su casa.

-¿Y qué pasó, abuelo? -dijo con voz temblorosa.

-Pues que cierto día, los hombres más valientes del pueblo, cansados de que el Chivo Brujo los aterrorizara y no les dejara tener noches tranquilas, salieron a la calle armados de palos, machetes o lo que tuvieran a la mano. Encontraron al Chivo Brujo, el cual, cuando vio a la turba que lo perseguía, salió corriendo como lagartija espantada. Los vecinos lo corretearon hasta toparse con un grupo de hombres misteriosos que llevaban una carreta. La multitud apresó a estos extraños, entre los cuales estaba el Chivo Brujo… que resultó no ser más que un hombre enmascarado.

-¿De veras?

-Sí. Resultó que todo ese asunto del Chivo Brujo no era más que una treta con la cual unos traficantes de armas y alcohol asustaban a los vecinos para que nadie saliera de sus casas durante la noche, y así poder cometer sus fechorías.

Jaime rió –¿De verdad pasó así? Parece algo sacado de una caricatura.

-Es la pura verdad, muchacho. Pero lo importante de esta historia es lo que puedas aprender de ella.

-Mmm… ¿“Si vas a romper la ley, escoge un buen disfraz”?

-No.

-¿“No hay mejor justicia que la de una multitud furiosa”?

-No…

-¿“Come frutas y verduras”?

-¡No! -exclamó el abuelo- Que no hay que tenerle miedo a tonterías… Bueno, ya lo entenderás algún día. Con suerte, si la caja idiota no te estropea la mollera, esto que tienes adentro -el abuelo dio a Jaime unos golpecitos en la cabeza con la punta del dedo índice -te ayudará a no temer a lo que no debes temer…

Jaime sonrió y, después de unos segundos, añadió -Oye, abuelito. Y esos ruidos de cosas que ruedan por el techo ¿no son los duendes que juegan a las canicas?

-¡Los duen… pero qué…! Ay, ¿que no prestas atención a lo que te digo? ¿De dónde sacas tantas tonterías, chiquito?

-Pues dicen mis amigos…

-Pues no les hagas caso. ¡Qué duendes ni que nada! Dime, ¿alguna vez te has subido al techo?

-No…

-¡Pues no lo hagas, porque te puedes caer! Pero si algún día lo haces, verás que está lleno de piedritas pequeñitas, en realidad trozos de concreto, cositas que sobraron del material de cuando construyeron la casa. Esas piedritas son tan ligeras que cuando sopla el viento las hace rodar por el techo. Y eso es lo que tú oyes. ¡No duendes, por favor! Así que, te repito, no tienes absolutamente nada que temer…

Pero repentinamente se escuchó un estrépito, como de un montón de cosas que se caían, empujadas por algún espíritu chocarrero. Jaime, por puro impulso, se abrazó de su abuelo.

-¿Qué es eso? -preguntó.

-Si mi auricular no me falla, ese ruido provino del cuarto de tu hermano Jorge -dedujo el abuelo-. Subamos a investigar, muchacho. The game’s afoot!

-¿Qué?

-Deberías leer más, muchacho. ¡Manos a la obra! ¡En marcha!

Jaime y el abuelo subieron las escaleras y recorrieron el pasillo hasta llegar al cuarto de Jorge. La puerta estaba cerrada. Jaime tocó pero no hubo respuesta.

-Ahora que lo recuerdo, Jorge salió esta noche con sus amigos.

-¡En jueves! ¡Qué juventud tan desenfrenada!

-¿A poco tú no salías por la noche entre semana cuando eras chavo?

-Ah… bueno… pues sí… iba a bailar mambo con las muchachonas… Je, je, je. Cuando era estudiante salía casi todas las noches. Yo era el rey de la pista y las señoritas más guapas se peleaban por bailar conmigo… ¡Pero esto es totalmente distinto!

-¿Crees que deberíamos entrar, abuelo?

-Mmm. Por lo general no aprobaría entrometernos en la habitación de otra persona, pero como quiero quitarte de la mente todas esas supercherías, haremos una excepción. Vamos, abre la puerta y pasa.

-¿Yo?

-¡Claro! Adelante, caminante y no tengas miedo que estoy justo detrás de ti.

Jaime empujó la puerta, que se abrió con un chirrido doloroso. El chico dio un paso dentro de la habitación y su abuelo lo siguió.

-¡Gasp! -Jaime ahogó un gemido cuando la linterna del abuelo iluminó una imagen desaliñada y retorcida haciendo gestos de horror.

-Ah, sí, hijo. Esa música también hace que se me pongan los pelos de punta.

Se trataba, en realidad, de un póster tamaño real con la fotografía de un músico de heavy metal, bastante greñudo y estrafalario, en plena apoteosis musical haciendo la infame seña de la mano cornuda.

-Muy bien. Estamos en el cuarto de tu hermano. No toques nada, no mires nada y sobre todo, no huelas nada -advirtió el abuelo.

Un leve estrépito se oyó detrás de la puerta del armario, como si alguien hubiera arrojado un objeto. Jaime se acobardó, dio un paso hacia atrás y tomó la mano del viejo.

-Creo que hemos llegado al fondo de la cuestión -dijo el abuelo-. Vamos, hijo, abre el clóset.

-¿Yo?

-Sí, tú. Órale, no tengas miedo que aquí estoy yo.

Jaime se adentró en el cuarto de su hermano; alumbrado tan sólo por la linterna del abuelo, atravesó una llanura extensa de ropa, zapatos y tiliches regados hasta que llegó a la pared opuesta. Ahí, frente a la puerta del armario y de espaldas a la luz, dudó unos segundos antes de atreverse a jalar la manija.

-¡Ahhh! -se escuchó a sí mismo gritar antes de que una masa amorfa, blanda y apestosa le cayera en encima.

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Concluirá en el Capítulo V

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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