1. El Circo de las Ratas

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Llegué a la Ciudad de las Palmeras porque quería vivir. Podría decirse que huía del hastío y la monotonía, pero eso sería tratar con inmerecidos eufemismos a los demonios que llevaba agazapados sobre los hombros. Lo que anhelaba dejar atrás, en Ciudad Plana, era la suspensión de la vida, la no-vida. Quizá exagero; siempre he tenido algo de melodramático y quejumbroso. Pero en casa la rutina, las obsesiones, la hipocresía, la mediocridad, los caprichos, los berrinches, los chantajes, la tristeza y la desesperación… y la soledad, la soledad… todo aquello de lo que pretendía escaparme se materializaba como un fuerza que tiraba de mí hacia el suelo con cadenas enganchadas mediante garfios a mi espalda.

            Era un día de agosto. Ataviado con jeans, camiseta, chanclas y gorra, sólo llevaba conmigo dieciocho años de edad, algo de dinero en la cartera y una mochila con ropa insuficiente, cepillo de dientes, desodorante en aerosol y un disco con lo mejor de Koji Kondo. Aquello sería todo lo necesario para empezar un viaje que, según mis fantasías de último momento, debía durar un año.

Escogí la Ciudad de las Palmeras para iniciar mi vida de fugitivo porque estaba hilada a mi niñez. Días antes de escapar de Ciudad Plana había estado soñando con un lugar que me resultaba conocido pero que no podía identificar, un sitio luminoso y rodeado de agua. Un día, recordando, me di cuenta de que aquel lugar de ensueño era la Zona Hotelera de la Ciudad de las Palmeras, en la que tantos veranos había pasado cuando era niño.

Lo primero que percibí al descender del autobús fue el aroma de aceite de motor y sudor humano que impregnaba la estación. Me colé entre multitudes de transeúntes que se me untaban con caras malhumoradas y sudorosas; salí de allí y tomé el camino a la Zona Hotelera. En cuanto me encontré paseando por el bulevar y pude sentir el sol y la brisa marina que traía fragancias de coco y piña (olor a gringa, diría mi hermano Ricardo), me sentí de vuelta en aquel escenario onírico.

Paseaba por el camellón cubierto de hierba verde, flanqueado por una avenida amplia y -a esa hora- poco transitada. A mi derecha estaba la Laguna, verde e insondable, que la imaginación infantil había poblado de medusas ponzoñosas y cocodrilos antropófagos. A mi izquierda, los grandes edificios color arena que constituyen los hoteles. Más allá, el mar. Cada par de metros se alzaba una palmera, alta, verde, erecta, con las ramas abiertas como manos alegres que festejan al viento. Todo era alegría y liviandad. Y sin embargo, no era el lugar de mis sueños.

            En mi memoria, la Ciudad de las Palmeras significaba el sabor de paletas heladas, la sensación de enterrarme en la arena fresca y de dejarme arrastrar por las olas; era sentir el piso frío del cuarto de hotel con los pies desnudos y entrar al centro comercial con el cabello aún mojado de agua de mar; era videojuegos, ganar boletitos y cambiarlos por baratijas; era pasear en coche por esa avenida unidireccional y laberíntica que es el bulevar de la Zona Hotelera; era comida chatarra casi a diario; era noches de juegos de mesa con mis primos y hermanos; era sábanas blancas, hechas no para cobijar sino para refrescar; era el rumor del mar, del viento, de las gaviotas y de la gente.

Creí que al llegar a la Ciudad de las Palmeras sentiría otra vez la libre alegría del lugar y el momento. Pero no era así. Mi infancia en la Ciudad de las Palmeras había sido, sólo entonces empezaba a darme cuenta, la de un niño privilegiado. No podía pagar ni una sola noche en esos hoteles color arena que custodian las playas para asegurar su propiedad. Comí una hamburguesa en un centro comercial, pero no me supo igual que hacía diez años. Ya no estaban las mismas tiendas en las que compraba historietas ni los mismos locales en los que jugaba maquinitas.

Después de la primera impresión de un mundo de ensueño y de la primera sonrisa al aire de mar, me volvió a invadir ese mismo sentimiento vago e ineludible, que a veces es como vértigo frío en lo profundo del pecho, como la inminencia de que algo funesto está por pasar y no puedes hacer nada para evitarlo ni estás preparado para ello; como si las paredes de un calabozo se cerraran a tu alrededor y te empujaran hacia un pozo sin fin; como música triste sonando en un rincón de tu cabeza, que sirve de fondo a todos tus pensamientos; como ruido estridente y repetitivo que nunca cesa; como silencio y vacío.

El temor vago comenzó a expandirse, amenazando con mutar en pánico. ¿Qué estaba haciendo yo ahí, un chico acostumbrado a la comodidad y la limpieza y a la seguridad y a que otros siempre resolvieran todo por mí? De pronto caí en la cuenta de que había cometido la acción más estúpida, ridícula y sin sentido que hubiera hecho cualquier persona que yo conociera.

Estaba perdido en mi pensamiento, intentando concentrarme en las razones que me habían hecho venir, en lo que había soñado, lo que había leído y lo que me habían contando, en el tipo de historia que estaba decidido a relatarme, cuando para mi sorpresa total un vehículo se detuvo de golpe a mi lado. Era una combi de color azul oscuro y opaco, bastante vieja, sucia y destartalada, cuya imagen contrastaba con la perfección artificial del bulevar que nos rodeaba. El conductor se bajó; era un señor como de cincuenta años, de piel tostada y ojos claros brillando detrás de un par de gafas de carey. No era muy alto ni demasiado barrigón y su cabello era rizado y canoso. Vestía una camiseta azul deslavada, unos pantalones cortos color caqui y unos mocasines cafés. Se paró frente a mí, se llevó las manos a la cintura, sonrió, se pasó la lengua por los dientes con un chasquido y dijo, ante mi desconcierto:

-Hola, muchacho. ¿Buscas trabajo?

¿Trabajo? Supongo que debí considerarlo, puesto que sabía que el dinero no me duraría mucho, pero no era mi intención conseguir empleo el primer día de mi aventura.

-¿Qué tipo de trabajo? -pregunté al fin.

-Ven por aquí.

Seguí al hombre hacia la parte trasera de la combi. Abrió la puerta. El compartimento estaba lleno de ratas chillonas y juguetonas. No me dio asco; por el contrario, me sentí encantado y enternecido cuando algunas de ellas se pararon sobre sus patitas traseras y me miraron con sus ojos de canica. Eran ratas corrientes, pero parecían limpias; grandes y erizadas, pero de ninguna forma desagradables; eran feas, pero muy bonitas. Al fondo de aquel espacio, pegada al respaldo del asiento delantero, estaba una señora chaparra, morena y regordeta, un poco encorvada, de cabello cano y cara arrugada, vestida de gris y de flores blancas. La mujer cuidaba de una gran olla colocada sobre una parrilla de madera. De la olla provenía un fuerte olor a verduras y condimentos.

Pegada al panel lateral de ese compartimiento estaba una banca de tronco, gruesa y tosca que parecía haber salido de una taberna medieval. En ella se sentaba un muchacho como de mi edad, flaco y larguirucho, de cabello negro y lacio y piel blanca como el yogurt. Tenía un arete en el labio inferior y otro más en una oreja, y la ropa le quedaba demasiado grande. El chavo me miró y saludó con un movimiento de su mano y una sonrisa.

-Éste es el internacionalmente famoso Circo de las Ratas… -me dijo el hombre tras dejarme contemplar aquella escena-. ¿Cómo? ¿Nunca has oído hablar del Circo de las Ratas?

Negué con la cabeza –No, a menos que se refiera al Honorable Congreso de la Unión…

-¡Ja! Ésa es buena, muchacho, muy buena. Pero no denigres a mis queridos camaradas con tan desfavorable comparación. El Circo de las Ratas es un espectáculo artístico de alta calidad, para gustos refinados -el buen hombre hablaba con muchos aspavientos y no dejaba de sonreír-. ¿Cómo te llamas, hijo?

-Diego… ¿Y usted?

-Dime Tío. Mira, Diego. El Circo de las Ratas es el trabajo ideal para un joven como tú…

-¿Un joven como yo? ¿Y qué sabe usted de cómo soy yo?

-Uy, hijo. He visto uno detrás de otro pasear por este bulevar con esa misma cara. Andas de mochilero en la ciudad más cara e inadecuada en la que pudiste haber caído, y para colmo en la zona más popis de la Península. Y no es que te culpe, porque lo cierto es que todo lo de más allá es abominable, pero ni creas que vas a sobrevivir aquí con tu cara bonita. ¿O qué? ¿A poco te imaginabas que en seguida ibas a conseguir trabajo de masajista en un hotel de lujo y te ibas enamorar de una gringa hermosa y millonaria?

-Pues más o menos ése era mi plan.

-¡Ja! Ya en serio, te ofrezco un buen trabajo. El Circo de las Ratas necesita de dos muchachos para funcionar. Ya tenemos aquí a Bilcho y nos falta uno más. ¿Te gustaría integrarte a nuestra compañía cultural?

-Pero ¿de qué se trata?

-Necesitamos quien nos ayude a atender a los artistas. Las labores incluyen aseo, mantenimiento y asistirnos en todos los espectáculos. Pero lo que más nos urge es alguien que funja como pregonero. Es muy sencillo; debes adelantarte a nuestro vehículo y escoger un buen lugar para presentar nuestro acto. Ahí debes anunciar a todo el público que “¡Ya viene el Circo de las Ratas!” y juntar una buena multitud de mirones, de forma que cuando lleguemos los demás, todo esté listo y podamos montar el espectáculo. ¿Capito?

-Ah… -estaba completamente extrañado y me sentía incómodo de que el tal Bilcho, la señora de la combi y las quiensabecuantoscientas ratas se me quedaran viendo -¿Y me va a pagar por eso?

-Clarín de órdenes. Un sueldo decente de acuerdo a tus funciones y tus necesidades, y una comida al día, siempre y cuando haya función, pero independientemente de las funciones que haya. Una paga honesta por un trabajo honesto.

-¿Y yo qué hago?

-Ya te dije -el hombre rodeó mis hombros con uno de sus brazos y con el otro señaló hacia lo lejos-, te vas caminando para allá, llegas a un buen lugar y juntas a los mirones. No es difícil, ¿verdad?

-Pos ya sabré…

-Eso es. Ahora, jálele -y me dio una palmadita en la espalda.

Comencé a caminar con pereza, pero el buen tipo me gritó:

-¡Así no, hombre! ¡Debes buscar horizontes más lejanos!

Y empecé a correr.

Al principio muy lento, en realidad trotando. Poco a poco empecé a aumentar la velocidad. De pronto me sentí muy ligero y feliz. Sentía que correr no me cansaba, que habría podido correr por siempre. Mi mente comenzó a divagar y me vi corriendo y saltando mares y continentes, recorriendo el mundo con la ligereza de un canguro. Estaba contento y reía, libre de ataduras gravitacionales, como en los sueños en los que uno siente que está a punto de echar a volar. Pero pronto me di cuenta de que me había alejado mucho del Circo y me detuve.

Hallé el lugar perfecto, donde la avenida era más amplia y el camellón se ensanchaba hasta formar un parque, con bancas de madera y senderos entre la hierba. Pocos autos pasaban a cada lado de aquel lugar. Había varios turistas europeos y asiáticos; unos tomaban el sol en el pasto y otros hacían ejercicio mientras la mayoría descansaba en las bancas leyendo bestsellers o caminaba por los senderos fumándose un cigarro.

No me entusiasmaba la idea de hablar en público, y menos aún dirigirme a desconocidos, pero animado por la alegre carrera que había corrido me dije “¡Ah, pues qué más da!” y exclamé cogido por un arrebato de inspiración inesperada:

-¡Atención damas y caballeros! ¡Distinguido público venido de los rincones más lejanos del mundo! ¡Prepárense para ver un espectáculo de lo más extraño que se ha visto sobre la faz de la Tierra! ¡Prepárense para… -aquí dejé que creciera el suspenso entre los mirones que se habían congregado a mi alrededor –el Circo de las Ratas! ¡Ya viene, señoras y señores! ¡El espectáculo más grande del mundo! ¡El Circo de las Ratas! ¡Está por llegar el Circo de las Ratas!

Grité la misma cantinela un par de veces más, incluyendo una versión en broken english del anuncio. Cuando ya estaba reunido un buen público, quizá menos curiosos por el anunciado Circo que por el extravagante muchacho que gritaba como loco, se apareció, como invocada por algún arcano ritual, la combi que transportaba a los artistas.

-¡Ahí lo tienen! ¡El Circo de las Ratas! –fanfarrié.

Las puertas traseras del vehículo se abrieron y surgió un raudo vendaval de ratas negras, grises y variopintas, seguidas del tal Bilcho, que llevaba puesta una estrafalaria chistera y portaba algunos instrumentos para el espectáculo. Las ratas hicieron acrobacias y malabares, saltaron aros en llamas y formaron pirámides roedoras. Dirigidas por el mismo Tío, algunas ratas acercaron sus hociquitos a un micrófono y chillaron la melodía de El puente sobre el río Kwai. A la orden del silbato del Bilcho crearon imágenes al juntar sus cuerpos; primero, unas figuras geométricas, después letras y palabras, y al final, con los tonos negros, grises y marrones de sus cuerpos, formaron una Mona Lisa en el suelo del parque.

Mientras las ratas y sus domadores ejecutaban el espectáculo, yo pasaba a recoger las propinas que con mucho gusto daba un público entusiasta y maravillado. Y en medio del jolgorio, durante un rato, mi mente cesó de gritar.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a 1. El Circo de las Ratas

  1. Darwin dijo:

    Pensé se iban a violar al pobre diego xD

Sé brutal

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