3. Agua fría

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La función terminó hacia las dos de la tarde. En tanto el público se dispersaba, las ratas, Bilcho y yo subimos a la parte trasera de la camioneta, donde la Tía nos sirvió a cada humano un plato de aquel oloroso caldo, y a los roedores una gran cazuela sobre la que saltaron de inmediato.

            -Ojo con tu plato, porque se avorazan las cabroncitas -dijo Bilcho mientras nos sentábamos en la banca.

            Asentí sin decir más y comí mi sopa en silencio. Era lo más rico que había probado en mucho tiempo, con frijol bayo, verduras de todo tipo y hasta algunos trocitos de longaniza vallesolitana. Después de la insípida hamburguesa que había desayunado, ese mejunje me hacía sentir nuevos bríos. Estaba absorto haciendo chuk un trozo de pan, cuando Bilcho se decidió a hablarme.

            -¿Y de dónde eres?

            -De Ciudad Plana.

            -¿Ah sí? Yo también. ¿Dónde estudias o estudiaste la prepa?

            -Estudié. En el Countri.

            -¿Ah sí? ¿Conoces a Xariff?

            Sí -No.

            -¿A Montesdeoca?

            También -No.

            -¿A Mondragón?

            Sí -Nel.

            -¿A Farhaytt?

            Cómo evitarlo -Nopo.

            -¿A Fitzmaurice?

            Oh, que la chingada -Narinas.

            -Ah. Entonces debes ser buena persona.

            Reí y dejé escapar algunos granos de frijol.

            -En serio -siguió diciendo Bilcho-, siempre que me encuentro a un citapianense me pregunta por todos esos cabrones que a mí me valen pito. Aparentemente son los populares del Countri y quien no los conoce, pues no es gente. Pero si ser gente como ellos es ser gente, pues prefiero no ser gente. ¿Me captas?

            -La verdad, los conozco de vista y de oídas. Sé que existen y ahí están, pero sinceramente me tienen sin cuidado.

            -A mí también. Pero si te encuentras a un citapianense que te pregunte por ellos y les dices que no, enseguida te tacha de loser, antisocial, equis, cero a la izquierda y demás.

            -Pues hay que tomar las cosas de quien vienen –dije.

            -¡Exactamente! -exclamó.

            Seguimos comiendo en silencio por unos momentos hasta que me animé a preguntarle:

            -Y tú, ¿dónde estudias o estudiabas?

            -Estudié. En la de los Legionarios. Toda la prepa y los primeros años de la uni.

            -Uy.

            -Así es. ¿Y tú, ahora estudias?

            -No. Estudié un año de medicina, pero me estoy dando un break antes de seguir. Eso, si decido seguir con medicina. ¿Y tú?

            -Ninguna carrera de verdad: Comunicaciones. Estudié dos años y lo mandé a la chingada. Mucha joda innecesaria, opino yo. Vivo en la Ciudad de las Palmeras desde hace un año.

            -¿De veras? ¿Trabajando en el Circo de las Ratas?

            -En el Circo, y en esto y en aquello.

            -Oye, ¿y sí está bien esta onda?

            -¡Está a toda madre! Gano más por hacer malabares con ratas que lo que gana la muchacha de mis ñores por limpiar los inodoros. Para mí es el trabajo soñado. Y la neta, tú tuviste mucha suerte de que te encontrara el Tío vagando por ahí como zombi. Te va a caer muy bien la chamba, vas a ver. Oye, pero, ¿estás aquí de vacas o te quedas para siempre?- la forma de hablar de Bilcho quería ser muy chola, pero se le notaba un tonito fresa mal escondido en su pronunciación.

            -Bueno, así como para siempre, no –le respondí-. Pero no estoy de vacas. Estoy de fugitivo.

            -¿A quién mataste?

            -A las expectativas que tenía todo el mundo de mí. Me escapé de Ciudad Plana y no pienso regresar antes de un año. ¿Cómo la ves?

            -A toda madre, pero ni te creas que va a ser fácil. Te lo digo por experiencia. Yo también mandé al mundo citapianense a la chingada. Aquí te las tienes que arreglar solito. Pero vale la pena, vas a ver.

            -¿Y no has regresado a Ciudad Plana desde entonces?

            -Sí, un par de veces; la última hace poco más de un mes. ¿Oye, y por qué aquí y no en cualquier lugar del ancho mundo?

            -No sé. Por ciertos recuerdos de mi infancia. Porque está cerca, supongo. Creo que no tuve los huevos para escaparme a un lugar del que no pudiera regresar de inmediato en cuanto me ganara la agorafobia.

            -Te entiendo –dijo Bilcho.

            Terminamos de comer y optamos por salir a dar una vuelta. El Tío nos dijo que debíamos encontrarnos en ese mismo lugar más tarde para intentar dar otro espectáculo.

-Hay que hacer tantos como podamos cada día –sentenció.

Caminamos a lo largo del bulevar sobre la acera que está junto a la Laguna. Ocasionalmente me agachaba para recoger una piedra y tirarla al agua mientras escuchaba lo que mi nuevo colega tenía que decir.

            -Yo fui concebido, dado a luz y educado frente a la televisión -me decía-. La televisión fue mi madre. Y como debe ser, me rebelé contra ella en la adolescencia. Pero ya hicimos las paces.

            -¿Cuánto años tienes? – le pregunté.

            -Veintiuno.

            -Oye, ¿y lo que ganas en el Circo te alcanza para vivir?

            -Pues para vivir vivir, como seguir respirando, sí. Pero me gusta darme mis caprichitos de vez en cuando y para eso saco de otras chambas.

            -Como por ejemplo…

            -Algunas noches mesereo en un restaurantito en el centro. Pero lo más importante: soy DJ. Y eso está de huevos, porque a veces me contratan para mezclar en los antros más pinches fresas de esta ciudad. Así que no me va mal. Claro, aquí en la Zona todo es bien pinche caro. Pero nada más yéndote para allá, cruzando el puente, es otro mundo. Es un pueblo igual a cualquier otro. Más feo, sí. Peligroso, igual. La gente es bien neuras y hay mucha inseguridad. Y pobreza. Pero no se necesita taaanto para hacerla decentemente y chavos como tú y como yo nos las podemos arreglar.

            La misma existencia de un tipo como Bilcho me daba ánimos. En ningún momento podía dejar de lado el miedo que la fuga y el viaje me causaban, pero si él había sobrevivido, y por lo visto ser feliz, quizá yo también podría lograrlo.

            -¿Dónde te estás quedando? -me preguntó.

            -Hasta ahora, en la calle -dije con una sonrisa

            -No mames, güey. ¿No tienes dónde quedarte?

            -No –respondí-. No tengo planes, voy improvisando.

            -¿Y cómo le vas a hacer? ¿No tienes familia o conocidos acá?

            -No. Unos primos que no conozco muy bien, nada más. Pensaba quedarme en la calle esta noche y luego ver cómo le hacía.

            -No te ofendas, pero estás bien pendejo. Si te quieres dormir en la calle tienes dos opciones: la Zona Hotelera o el pueblo. Si te tiras en la Zona, te levanta la chota para que no les afees el paisaje a los turistas. Si te tiras en el pueblo, te asaltan, te matan y te violan tres veces antes de que caigas al suelo.

            Me quedé callado.

            -Pero no te preocupes -dijo Bilcho-. Te puedes quedar en mi cantón. Hay espacio de sobra.

            -Órale, gracias. ¿Tienes una casa?

            -Sí, rento una pequeñita allá en el pueblo. Si quieres después de la última función nos lanzamos para allá, ¿te parece?

            -Perfecto, gracias.

            Dimos varias vueltas por la Zona Hotelera. Entramos a un centro comercial donde Bilcho se detuvo a pedir información a cada guía de turistas y agencia de viajes que encontraba, sólo para después mandarlos a volar. Nos burlamos del aspecto y actitud de algunos turistas y de las baratijas que compraban a precios absurda y obscenamente caros. Nos compré un par de helados y nos sentamos en una banca para morbosear alegremente a un grupo de bikinudas que pasó contoneándose. Entramos a un lugar de maquinitas, pero era demasiado caro y Bilcho prometió que después me llevaría a “una verdadera arcadia y no mamadas”.

            Más tarde nos sentamos en una banca en el bulevar, echando la hueva y platicando de pendejadas mientras aguardábamos la llegada del Tío. En eso, una súbita ráfaga de viento hizo caer las ramas secas de algunas palmeras, y entonces un grupo de personas, con rasgos y vestimenta mayas, de aquellos a los que los citapianenses llaman “mesticitos”, emergieron de los edificios aledaños y se acercaron y a recoger las palmas.

            -¿Por qué esos señores se llevan las ramas de las palmeras? -pregunté a Bilcho.

            -¿Ah? Ah, es que son de Pueblo de Palma. Allí construyen los techos de sus casas con las palmas secas. Mucha gente de Pueblo de Palma trabaja aquí, ya sea de conserjes o mucamas en los hoteles y aprovechan las ramas caídas para su arquitectura tan peculiar y para sus famosas artesanías.

            -Ah… -musité extrañado.

            Minutos más tarde Tío y montamos otra función. Esta vez junté a un buen grupo de turistas a las afueras de un mercado de artesanías y las propinas llovieron. El Tío nos pagó el sueldo a cada uno (a Bilcho le pagaba más, por todo lo que tenía que hacer) y nos despedimos quedando en vernos al mediodía siguiente.

            Tomamos un autobús como a las siete de la noche. Casi no hablamos mientras el vehículo atravesaba el bulevar. Yo miraba por la ventanilla, contemplando cómo la populosa avenida flanqueada por hoteles y anuncios luminosos daba lugar a un pasadizo de palmeras y manglar, como un vórtice transdimensional que separa dos universos paralelos: la Zona Hotelera y el pueblo. Saliendo del agujero de gusano había otro mundo; el bulevar se bifurcaba en miles de tributarios, los turistas escaseaban y los edificios se encogían; el color de los transeúntes se hacía más moreno y sus caras se volvían menos risueñas, los autos eran muchos más y sus conductores estaban de mucho peor humor.

            -Ésta es nuestra parada -dijo Bilcho de pronto.

            Bajamos en una avenida muy transitada. El chillido del claxon y el rugido de los frenos descuidados de los autobuses reinaban sobre todos los demás sonidos. Tomamos otro camión y viajamos unos minutos más hasta llegar a nuestro destino.

El barrio no era diferente de muchas zonas de Ciudad Plana. Casas chaparras, albarradas, algunos panzones sin camisa sentados en los porches y una típica tiendita en la esquina. Caminamos una cuadra entre perros callejeros y luces públicas parpadeantes hasta llegar a una casita. Era de una planta pero con techo alto; la fachada era cuadrada con un voladizo bastante amplio que cubría todo el pórtico. Una mecedora de metal oxidado guardaba la puerta de entrada y la cochera había sido invadida por toda clase de hierbas.

Bilcho abrió la puerta con una llave que brillaba color verde esmeralda y entramos a una sala vacía. Desde el techo colgaba un foco que iluminaba una mesa cuadrada con sus cuatro sillas. No había más muebles, ni decoración, pero el lugar estaba muy limpio.

-Bienvenido al Salón de la Justicia -dijo Bilcho e hizo una trompetilla a manera de fanfarria.

-Bonito. Muy bonito.

Escuché que una puerta se abría y desde un pasillo emergió un tipo muy alto y rubio con cara inexpresiva que pasó casi sin mirarnos.

-Ahí viene Nathan. Hola Nathan -saludó Bilcho.

-Hola -dijo el güero secamente.

-Adiós Nathan. Jajaja. Pinche Nathan. Es cagado porque es británico –me dijo con un giño.

-Y él es…

-Mi roomie. Vivimos tres en esta casita. Nathan, Julio, que se aparece cada muerte de un judío, y tu seguro servidor. Pásale. Te voy a mostrar mi cuarto, en él te puedes quedar.

En la habitación de Bilcho sobre el suelo había un colchón con una cobija y en la pared estaba una hamaca colgada. En una esquina había un estéreo y pilas de libros y revistas salpicaban el cuarto por aquí y por allá. No había más objetos. Por un momento el miedo de que este Bilcho fuera un violador sodomita me empezó a malviajar; nadie es tan amable no más porque sí. Pero su plática me distrajo de mis temores.

-Tú escoges. ¿Hamaca o colchón?

-Colchón –elegí-. Soy muy friolento.

-Va que va.

-Y… ¿cuál es el plan para hoy?

-Pues yo pensaba ir a esa arcadia que te platiqué.

-Ah…

-¿Algún problema?

-Pues no más que es mi primera noche de fugitivo y no era mi idea pasarla jugando maquinitas…

-Mira -dijo Bilcho-, hoy ando cansado y tengo ganas de fraguear, pero mañana te llevo a un buen antro, uno en el que yo mezclo, ¿va?

-Va.

-Además, nunca has ido a una arcadia como ésta.

Bilcho me ofreció su ducha; con todo lo que había sucedido aquel día, necesitaba un baño caliente. Me desnudé, abrí las llaves y dejé correr el agua esperando a que se entibiara para poder entrar. Pero el agua siguió fría después de varios minutos y me di cuenta de que la temperatura no variaría por más que esperara. Para mí, acostumbrado a los baños calientes antes de dormir, el chorro de agua fría se presentaba como una de las peores torturas. Para asegurarme llamé a Bilcho y le pregunté a través de la puerta del baño si no tenía agua caliente.

-No, mi chavo. Ésos son lujos innecesarios.

Me quedé mirando el chorro de agua y escuchando cada gotita helada caer sobre la loseta del suelo, sin atreverme a entrar. Al final reuní valor y de un salto me coloqué bajo la regadera. El agua no debía estar tan fría en realidad, pero yo sentí que me bañaba la espalda con granizo. Me jaboné y me lavé el cabello al ritmo de mis propios jadeos y resoplidos. Sin embargo, cuando terminé me sentí bien. El cansancio se había ido junto con el olor a sobacos. Me vestí y salí del baño sintiéndome renovado.

-Vaya, hasta con loción y toda la cosa -dijo Bilcho al ver que me ponía perfume.

-Sí. Para mí es muy importante oler bien.

-Bien por ti.

Bilcho se bañó y nos preparamos para salir. Dejamos la casa hacia las diez y tomamos un camión. Bajamos en una calle desierta en la que los únicos edificios que había parecían ser grandes bodegas. De algún lugar provenía música y bullicio, pero no podía ubicarlo.

Bilcho se acercó a una de las bodegas y golpeó sobre una puerta de metal, que se abrió con el chirriar de sus goznes oxidados. Entramos y me rodeó el bullicio.

-Bienvenido a Arkadia -dijo Bilcho.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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