7. Eudemonía

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Cristal se paseaba entre las máquinas dirigiendo miradas fugaces por aquí y por allá, sin prestar atención a nada. Por un tiempo que se me hizo como una fila de hormigas, caminé detrás de ella sin atreverme a cambiar lo potencial por lo cinético. De súbito se dio la media vuelta y nos quedamos viendo de frente.

            -Hola –dijo.

            -Hola -contesté con una sonrisa estúpida.

            -¿Qué onda?

            -Nada. ¿Tú?

            -Nada. Aquí.

            -Ah.

            Me sentía como un gran pendejo. Trataba de pensar en algo para decirle, pero lo único que provenía de mi mente era un eco que repetía “tienes que pensar en algo que decirle”.

            -Y… ¿qué haces por acá? -balbucí al fin.

            -¿Viste a las grupis de Wiki? Mi prima es una de ellas.       

            -Ah…

            -¿Y tú?

            -¿Yo? Pues… es una larga historia.

            -Bueno, en otra ocasión me la contarás -dijo y se volvió.

            Ya se estaba alejando cuando reuní el valor suficiente para llamarla:

            -¡Oye!

            -Eu.

            -¿Quieres jugar?

            -¿Qué cosa?

            -Lo que sea -alcancé a decir.

            Cristal frunció el seño y arrugó la nariz –No me gustan mucho las maquinitas.

            -Hay hockey de mesa… -sugerí.

            -Hmm. Bueno.

            Jugamos sin hablar. Para mí era ya bastante triunfo que estuviéramos interactuando y sentí que desear más conllevaría el riesgo de perderlo todo. Durante la partida no pude menos que espiar se escote cuando ella se inclinaba, ni quise mirar a otro lado que no fueran sus senos bailoteando al compás de sus reveses. Ella me ganó tres juegos seguidos.

            -¡Eres bien maleta! –dijo carcajeando.

            -Sí, la verdad esto no es lo mío –poco a poco empecé a sentí confianza-. Oye, ¿es mi idea, o este lugar está lleno de nerdos?

            -¡Nah!- me dijo -¿Tú crees?

            -¿Y si salimos?- sugerí.

            -Vamos.

            Dejamos Arkadia y nos sentamos en unos escalones afuera de una bodega vecina. La noche era tibia y el cielo estaba despejado y claro. Cristal me dijo que estaba en la Ciudad de las Palmeras de vacaciones, que había ido para asistir con su prima a un rave que habría unos días más tarde en Playa.

            -Mi prima Mariela es medio ñoñis, pero muy simpática. Está loca por Wiki, ¿lo puedes creer?

            -Difícilmente –contesté.

            -Ella me arrastró a este lugar. Está chido, si te gustan las maquinitas. Pero a mí me ha dado mucha hueva.

            -A mí también. Vine con Bilcho, al que conocí hoy. Ha sido un día bastante raro, ahora que lo pienso.

            -¿Qué tanto hiciste?

            -Me escapé de mi casa, conseguí trabajo en un circo de ratas, conocí a un cuate muy excéntrico que me dio alojamiento, vine a Arkadia… y ahora estoy aquí contigo.

            -Momento. ¿Te escapaste de tu casa?

            -Sipos –contesté.

            -¿Por qué? ¿Mataste a alguien?

            -No. Pero quizá debí hacerlo…

            -¿Por qué te fuiste?

            -Muchas cosas… Aún no estoy seguro…

            -Ah. Pues ojalá todo se resuelva.

            Seguimos discurriendo sobre esto y aquello, pero no volvimos a tocar el tema de mi huida ni hablamos de nuestro pasado en Ciudad Plana. Cristal sabía de muchos temas y le gustaba profundizar en ellos. Me costaba trabajo seguirla cuando denseaba, pero al mismo tiempo me ponía contento de escucharla. De pronto me dijo:

-¿Fumas?

-A veces -respondí pensando que hablaba de tabaco.         

            -Pues que ésta sea una de esas veces -dijo y sacó de su bolsa un churro, lo encendió, le dio algunos toques y me lo pasó.

            Sostuve el porro entre mis dedos por unos segundos, observándolo sin saber qué hacer. Por un lado tenía miedo; por otro, no quería quedar como pendejo frente a Cristal. Le di un toque como si se tratara de un cigarro normal. El humo me quemó la boca, la nariz y la garganta. Sentí náuseas y empecé a toser sin control.

            -Muy rico -le dije a Cristal cuando recuperé el aliento y le devolví su churro.

            -¿Qué te pasó? -me miraba con mucha extrañeza.

            -No sé. Quizá el hecho de que nunca había fumado marihuana.

            Cristal se carcajeó -¿Pos no que “a veces”?

            -Yo pensé que decías tabaco.

            -No mames. Mi vida, y yo aquí corrompiéndote -Cristal no dejaba de reír. Amé su risa, aunque se estuviera burlando de mí.

            -No te preocupes. Sólo espero no tener que volver a hacerlo jamás.

            -¡Ja! Eso dices ahora. Así es la primera vez para casi todos. Luego es pura delicia.

            -Pues no parece -dije.

            Cristal se terminó el churro y yo no volví a fumar esa noche. Seguimos conversando de puras estupideces intercaladas con los comentarios de Cristal sobre “esta puta vida” y “esta pinche sociedad”. No recuerdo muy bien lo que se dijo esa noche, pero guardo en la memoria la alegría que me daba estar con ella, al escuchar su voz y ver sonrisas en sus labios. Pero también la sentía distante, pues en su mente había tantos pensamientos fuera de mi comprensión y en su vida tantas experiencias que nunca podría compartir. Junto a ella yo era un niño bobo con emociones contradictorias que fantaseaba con llevársela a la cama esa misma noche.

            No sé con exactitud cuánto tiempo pasó antes de que Mariela saliera de Arkadia y le dijera a Cristal que ya era muy tarde y que debían irse.

            -Adiós -me dijo-. Me dio mucho gusto platicar contigo.

            -Igualmente ¿Las acompaño a su coche?

            -No, gracias. Está aquí a la vuelta.

            La observé todo el tiempo mientras se alejó y se perdió al doblar la esquina. Por mi parte, no tenía ánimos de volver a Arkadia y me quedé sentado en esos escalones. No me di cuenta en qué momento llegó Bilcho y se paró junto a mí.

            -¿Qué trais?

            -Nada.

            -Te ves medio aplatanado… y tenso.

            -Nah.

            -En serio, mira cómo aprietas los puños y cómo te tiembla la rodilla

            Bilcho tenía razón; traté de relajarme o por lo menos disimular.

            -No es nada…

            -Oh, pero qué falta de confianza. Puedes contarme, macho.

             La intromisión de Bilcho comenzaba a fastidiarme –Es que este día no ha salido como esperaba.

            -¿Y qué esperabas?

            -Pues no sé. Es la primera vez que me escapo de casa y… jugar maquinitas no era lo que tenía en mente- y añadí para mis adentros, “con un montón de frikis”.

            -Ah… -dijo Bilcho pensativo-. Ya veo. Bueno, te voy a explicar algo de lo que yo tardé mucho en darme cuenta.

            -A ver- dije con escepticismo.

-Mira, mi chavo, creo que te entiendo, porque esta película ya la vi. El problema con nuestra generación es que cada uno de nosotros se siente muy especial, cuando no somos más que producto de nuestro tiempo… En fin, Ciudad Plana es como vivir en una burbuja: no pasa nada. Nunca. Te hartaste y te diste a la fuga; no eres el primero ni serás el último. Pero escucha -Bilcho tomó aliento-. Los medios se la viven diciendo “vive al máximo, vive al máximo”, pero ese “vive al máximo” no es más que un “consume al máximo”. Me explicaré. La vida para le gente bonita como tú, a la que no le hace falta nada, ha llegado al punto de hastío y rutina en que muchas personas ya no lo soportan y sienten que no están viviendo. La mercadotecnia se dio cuenta de eso y lo está explotando, ellos sí, al máximo, y al mostrarnos gente teniendo orgías extremas en las montañas rusas, sólo nos hace sentir que el resto de los mortales no estamos disfrutando de la vida.

-No te sigo…

-O sea, antes a la gente le importaba un kilo de vergas si iba a tener la oportunidad de escalar el monte Everest, pero antes no se la pasaban restregándoles en la cara imágenes de las personas que sí tuvieron esa oportunidad. Entonces nos tienen eternamente frustrados porque nos están presumiendo experiencias que muy probablemente nunca tendremos en nuestras vidas. Y para compensar, sólo podemos comprar aquí y allá y endeudándonos todo el tiempo para darnos un nivel de vida que en realidad no podríamos permitirnos. Lo mismo con el sexo. La tele nos ha hecho creer que si no cogemos con una vieja diferente cada día no estamos disfrutando de nuestra sexualidad… 

            -Sí, ya sé. La publicidad vende sexo.

            -Falso. La publicidad vende autoestima. Vende la posibilidad de sentirte bien contigo mismo. No te sentirás bien contigo mismo si no visitas el hotel ecoturístico más lujoso de las islas Fiji y no te sentirás bien contigo mismo si no coges con cinco mujeres al mismo tiempo. Y para lograr ello debes comprar lociones, comprar viajes, comprar, comprar, comprar. Pero la verdad, y he aquí el meollo del asunto, es que no necesitamos nada de eso. Bueno, Dios sabe que no me quejaré si tengo la oportunidad de coger con cinco supermodelos al mismo tiempo en el Taj Majal, pero no me voy a malviajar si nunca pasa. No todos podemos ser Rimbaud.

-¿Rambo?

-No, Rimbaud, un poeta que tuvo una vida muy azotada. Pero todo esto viene a que de seguro pensabas que llegando a la Ciudad de las Palmeras tu vida cambiaría, participarías en la revolución que traería la utopía, vivirías experiencias dignas de una antología de Ripley y cogerías a una tasa de ochenta y ocho mujeres por hora. ¿No es así?

-Hmm, pues sí, más o menos…

-Pues será mejor que te olvides de eso, mi chavo, porque lo más probable es que nunca pase. ¿Y sabes qué? No importa. No lo necesitas. Si sucede, qué bueno y si no, pos no. No tienes que hacer cosas inverosímiles para disfrutar de la vida, lo único que necesitas es hacer lo que te hace feliz todos los días. Esto de Arkadia puede ser una ñoñada, pero me hace feliz y te invito a que lo disfrutes con nosotros. Si no quieres, puedes quedarte aquí y lamentarte porque no estás con los de Wild On!

Bilcho se dio la vuelta sin decir más y se encaminó hacia Arkadia.

-Difiero- le dije.

-¿Cómo?- se volvió.

-No estoy de acuerdo. Todo eso me suena a una defensa de la mediocridad y el conformismo. Dices que no tengo que ser yo el que viva la vida loca. Pero alguien ya lo está haciendo, ¿por qué yo no? ¿Por qué me he de obligar a huevo a estar contento con lo que tengo a mi alcance? Para eso no tenía que haberme ido de casa, me hubiera quedado ahí sacándole jugo a la rutina y disfrutando las conversaciones pendejas de la gente…

-Uh-oh. No dije eso.

-¿Entonces?

-Dije que hicieras lo que te hace feliz todos los días, no que te conformaras con lo que no te hace feliz.

-¿Y si lo único que me hará feliz es coger con cinco supermodelos en el Taj Majal?

-Creo que una persona que necesita de eso para ser feliz tiene serios problemas.

-A lo mejor son todos los demás los que los tienen…

Bilcho rió –Bueno, da igual. Esta noche no vas a hacerlo y, como dije, puedes quedarte lloriqueando por eso o puedes darle una oportunidad a Arkadia. Y no me gusta dar sermones, así que es la última vez que lo diré.

Bilcho se fue y yo lo dudé unos minutos antes de decidirme a seguirlo.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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