9. Guía de supervivencia

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Fue una buena noche. No pasó nada extraordinario, pero hubo diversión y camaradería. Pacheco, Wiki y los demás amigos de Bilcho tenían una enorme capacidad para decir disparates y hacer de cualquier tontería un momento de máxima hilaridad. Mi reí como hacía mucho que no reía y recuperé una sensación que no recordaba haber perdido: la de disfrutar de un momento por completo lúdico con un montón de buenos amigos.

            En la mañana me despertaron los suaves puntapiés de Bilcho en mi costado. Cocinó un par de huevos duros para cada uno y desayunamos.

            -Si tienes gas para cocinar, ¿por qué no tienes agua caliente?

            -¿Y desperdiciar gas que podría ser usado para cocinar? No, mi chavo, como ya te dije, ésos son lujos innecesarios.

            -Bueno, bueno. Oye, ¿qué te parece si compramos pan, jamón y queso para hacer sándwiches?

            -¿Estás loco? ¿Sabes cuánto cuesta un kilo de jamón?

            -Eh… No.

            -Claro que no. Pues cuesta un chingo.

            -¿De veras?

            -Sí. Además ni hay refrigerador. Se te echaría a perder de aquí para mañana.

            Miré la cocina y noté que Bilcho decía la verdad. Entonces me entró una especie de temor difuso combinado con una indescriptible hueva a priori al imaginarme la serie de incomodidades que me quedaban por pasar.

            -Ah, caray -alcancé a decir.

            -Sí, seguro te parece que el sándwich puede ser el alimento ideal para un joven recién independizado. Pero si sacas bien las cuentas, hacer un pinche sándwich es bien caro. Fíjate que hay que conseguir, mínimo, pan, jamón y queso para hacer uno insípido. Si quieres una comida decente, necesitas además mayonesa, mostaza y cátsup, y si eres buen gourmet, querrás lechuga y tomate, y quizás un poco de salami. ¿Cierto?

            -Se me hace agua la boca -dije con un suspiro.

            Bilcho me miró por unos instantes y dijo:

            -Mira, hay un par de cosas que debes saber. Ya no estás en casita, rodeado de comodidades y de mami que te haga la comida.

            -Mi madre no prepara ni cereal con leche.

            -Pues tu nana, o quien sea. De lo que se trata es de sobrevivir por tu cuenta, y lo primero que debes procurarte es comida nutritiva y llenadora. No sé cuánto dinero traigas, pero no te va a durar para siempre y tendrás que arreglártelas con el sueldo del Circo de las Ratas para conseguir tu sustento semanal.

            -Sí, ya había pensado en eso.

-Cuando consigas dónde quedarte (y no es que te esté corriendo) tendrás además que pagar renta, luz y agua, así que debes aprender a administrar tus ingresos.

-Ya lo estoy sufriendo –dije.

-Eso veo. No es taaan difícil. Una vez que sabes qué comer para poder seguir viviendo, lo demás se arregla por sí mismo. Y tenemos la ventaja de que la Tía nos prepara el almuerzo una vez al día, así que sólo tendrás que preocuparte por el desayuno y la cena. Incluso podrías brincarte uno de los dos…

-Chale -gimoteé.

-No seas delicado. Mira, quedamos de vernos al mediodía con los Tíos. Mientras, te puedo llevar a dar una vuelta y enseñarte qué te puedes comprar para comer con el dinero que sacaste ayer. Primero, vamos al súper.

Fuimos al súper.

-Estamos en el súper -señaló Bilcho-. Ahora, lo primero que debes aprender es a nunca venir al súper. Todo es ridículamente caro. En el precio de los productos te cobran por el aire acondicionado, el estacionamiento, los sueldos de los empleados, las bolsas de nylon y toda la energía que hace funcionar a las cajas registradoras y esas chingaderas. No hay que venir al súper.

-¿Y vinimos hasta acá sólo para que me dijeras que no hay que venir hasta acá?

-Exacto. Ahora vamos al mercado.

Fuimos al mercado.

Era un ambiente en lo absoluto familiar para mí; calor, aromas y colores llenaban el espacio en el que las personas se apretujaban unas contra otras y en el que el pregón de los marchantes se confundía con música guapachosa a volumen indiscreto. Caminábamos a toda prisa por los pasillos colándonos entre las muchedumbres. Bilcho silbaba Obladi, oblada y se detenía para darme una lección en cada puesto en el que parábamos.

-Basta con que una sexta parte de tu alimentación diaria sea de origen animal. Un par de huevos en el desayuno es más que suficiente. Si los comes duros, no necesitas aceite y pronto te acostumbrarás a la ausencia de sal. Compra una catorcena para toda la semana.

En un puesto de vegetales…

-Las verduras son relativamente baratas. Compra siete tomates y un par de pepinos y tienes para cenar ensalada fresca toda la semana. Las frutas son algo más caras, por lo que siempre debes fijarte de que sean de temporada. Y mejor te olvidas de manzanas, fresas y duraznos; come frutas locales, como plátano, pitahaya y zapote, que además son sabrosísimas. ¡Y cítricos! Te puedes comprar un saco de naranjas por bien poquito y tienes suficiente vitamina C para resistir a cualquier resfriado.

En una tienda de dulces…

-Mira esto. Aquí venden dulces para piñatas en paquetes gigantes.

-¿El consumo de azúcar me permitirá tener un índice de caries saludable? -pregunté.

-No. Cacahuates. Un chingo de energía concentrada en esas pinches cositas. ¿Te sientes débil? Come cacahuates. ¿La comida no te llenó? Come cacahuates. ¿Tienes munchis? Come cacahuates.

-Brillante -observé.

-Mira esto, un saco de veinte bolsitas de cacahuates por una nada. Aquí tienes para medio mes.

Volvimos a casa de Bilcho.

-Aquí tienes. Contempla tu botín. ¿Cuánto gastaste?

-Bien poquito –contesté.

-¿Ya ves? Juntas tu sueldo de dos días y tienes para comer toda la semana. No te darás banquetes, pero vivirás. Estamos jóvenes y podemos aguantarlo; ya para cuando tengas treinta no aguantarás ni una hora después de que se te pase la hora de la comida, pero aquí y ahora no tendrás pedos. Además, las delicias que prepara la Tía compensan estas penalidades. ¿Cómo la ves?

-Excelente -me sentí muy afortunado de haberme topado con Bilcho. Sin él, de seguro habría valido madres en dos días.

-Bien -dijo-. Ya es hora de ir a ver a los Tíos. Jálele.

Salimos y tomamos un camión.

-¡Hey! ¡Qué tranza, mi buen Emo! -saludó Bilcho a un muchacho delgado, vestido con pantalones negros y camisa de franjas moradas y grises, y que tenía varios aretes en el rostro semicubierto por un largo fleco de su cabello oscuro.

-¡Qué onda, bro!

-Acá, de camino a la chamba. Te presento a Diego. Diego, Emo. Emo, Diego.

-Qué onda –saludé.

-Qué hay -me contestó.

Bilcho se sentó junto a Emo y yo en el asiento detrás del suyo.

-Oye, que no te engañe este cabrón -me dijo Emo-. No soy emo de verdad, yo me visto así desde la secundaria, desde antes de que hubieran emos. Es más, se me hace que el look me lo fusilaron a mí.

-Ah… Ok…- contesté.

-Vientos.

Llegamos a nuestra parada, desde donde teníamos que caminar unas cuadras para tomar otro camión que nos llevaría a la Zona Hotelera. Al bajar del vehículo, noté que las calles estaban inusualmente vacías; había muy pocos transeúntes y ningún automóvil.

-Chin -dijo Bilcho-. Esto se ve feo.

-Sí… -murmuró Emo, que parecía asustado-. Mejor le picamos.

Bilcho y Emo apresuraron el paso y no tuve más remedio que seguirles para no quedar atrás. Caminábamos por una avenida vacía y silenciosa, cuando escuché el chirriar de unos neumáticos. Me volví hacia atrás y pude ver una camioneta negra que se aproximaba a toda velocidad.

-¡Aguas! -gritó Bilcho y me arrojó al suelo.

Caí entre un automóvil estacionado junto a la banqueta y una casita de paredes color ocre. Mi torso no había tocado el suelo cuando todo se volvió explosiones, fragmentos de pared volando, vidrio que estallaba y metal siendo penetrado. Podía sentir el estruendo hasta los intestinos, hasta los huesos. Me quedé inmóvil, incapaz de entender cosa alguna o de hilar un solo pensamiento. Creo que hasta entonces ignoraba lo que es de verdad tener miedo.

Cuando cesaron los disparos, transcurrieron unos segundos antes de que me atreviera a abrir los ojos. Emo estaba tirado junto a mí, jadeando. Bilcho estaba en cuclillas, mirando por encima del capote del carro que habíamos usado como escudo.

-¿Están todos bien? -preguntó Bilcho.

-Sí -contestamos Emo y yo casi al unísono.

            Emo se puso en pie y me ayudó a levantarme. Miré la escena: había casquillos de bala por todas partes y el coche y la pared de la casa estaban por completo agujereados.

            -¿Qué pasó? -pregunté aturdido y con ganas de vomitar.

            -Ahorita te lo explico, vámonos de aquí -dijo Bilcho.

            En ese momento, de la casa salió un viejo gordo y calvo y empezó a gritarnos:

            -¡Pinches mocosos cabrones! ¡Ya me jodieron mi carro! ¡Hijos de puta!

            -¡Pero nosotros no hicimos nada! -traté de decirle al hombre, pero Bilcho me tomó del brazo y dijo:

            -Vámonos. ¡Ya!

            Echamos a correr lejos de aquel lugar, mientras el viejo continuaba gritándonos:

            -¡Cabrones! ¡Chingados revoltosos de mierda! ¡Vándalos! ¡Jueputas! ¡Salvajes! ¡Drogadictos! ¡Comunistas!

            Dimos la vuelta en una esquina y parecía que todo había vuelto a la normalidad. Las calles estaban de nuevo atestadas y el aire contaminado por el ruido de motores y cláxones. Tomamos el camión indicado y los tres nos dejamos caer en los asientos, sudando y resoplando.

            -¿Qué mierda fue lo que pasó? -pregunté de nuevo.

            -Fue El Agente -respondió Emo.

            -¿Qué?

            -Nadie sabe quién es ni de dónde viene -empezó a relatar Bilcho-. Sólo sabemos que cuando la calle está vacía y en silencio, se aparece en su camioneta negra y le dispara a los que estén por ahí. Dicen que sólo se le aparece a los jóvenes. Pero por suerte, tiene muy mala puntería…

            -¿Qué? -repetí sin comprender.

            -Dicen que ataca sobre todo a los chavos que traigan pinta rara. Ya sabes, que tengan aretes o se vean punketos, o darketos, o jipiosos, o así… Raros, pues.

            -Pero, ¿qué? -no encontraba ninguna lógica en lo que Bilcho trataba de explicarme.

            -Pues eso es todo. Si andas por una calle solitaria, viene este cabrón y te dispara. Así nomás -dijo Bilcho con evidente exasperación.

            -Las leyendas de los viejos jipitecas -empezó a relatar Emo con la mirada perdida- cuentan que es un agente paramilitar o judicial que se volvió loco y piensa que seguimos en tiempos de la Guerra Sucia…

            -Seguimos en tiempos de la Guerra Sucia, Emo, no más que ahora son más discretos los cabrones -acotó Bilcho.

            -Como sea, el caso es que se dice que este cabrón piensa que todavía son los setenta y que tiene la misión de exterminar a todos los bichos raros que vea.

            -¿Cómo llegó a la Ciudad de las Palmeras? -planteó Bilcho-. Nadie lo sabe, porque esta ciudad ni existía en esa época. Ni se sabe qué carajos busca aquí donde lo que menos hay son rebeldes.

            -¿Es una broma?

-¿Esas balas te parecieron de broma?

-¿Y ha matado a alguien? -pregunté aterrado.

            -No desde hace muchos años, que yo sepa.- contestó Bilcho –Como te dije, tiene muy mala puntería, supongo que porque conduce y dispara al mismo tiempo. Si tuviera copiloto, ya habríamos valido pito. Ésta es la tercera vez que me lo topo. Por lo general, sólo anda por ahí en su auto negro poca madre y sale a espantar a la gente decente…

            -Como Batman -anotó Emo.

            -¡Pero, ¿no le han dicho a nadie?! -exclamé.

            -¿Decirle qué a quién? -cuestionó Bilcho.

            -Pues a todo el mundo. A los noticieros, a las autoridades, a toda la gente.

            -Los adultos no nos creen -dijo Bilcho-. Como sólo se aparece a los jóvenes raros que viven acá, y nunca a la gente importante ni a los turistas, nadie cree en su existencia. Todos piensan que es una pinche leyenda urbana.

            -Como Batman -agregó Emo.

            -No mames. ¿Y si se nos vuelve a aparecer?

            -Sólo te tiras al suelo y pasa. No te preocupes, no es tan terrible, y es raro que salga.

Bilcho y Emo parecían haber recuperado la calma, pero yo seguía temblando en mi asiento. Lo que acababa de pasar me parecía el suceso más traumático de mi existencia.

-Te acostumbrarás -dijo Bilcho, que parecía tener una extraña habilidad para adivinar el pensamiento-. Nada más procura no andar solo y estar siempre alerta.

-Eres nuevo en la ciudad, ¿verdad? -dijo Emo-. Por eso no sabías lo del Agente, ¿no?

-Sí.

-¡Oye! Se me acaba de ocurrir algo -exclamó Bilcho emocionado-. El Agente sólo se le aparece a los que viven en la Ciudad de las Palmeras. ¡Si nos atacó estando contigo quiere decir que quizá la ciudad ya te considera parte de ella! Si te considerara un turista, ni hubieras llegado a saber de ese cabrón.

-¿Qué, qué, qué? -dije mirando a Bilcho completamente sacado de onda, temiendo encontrarme entre locos.

-Nada, nada. Son sólo debrayes míos -dijo y empezó a silbar de nuevo Obladi, oblada.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a 9. Guía de supervivencia

  1. S dijo:

    Jajajajaja
    Al principio estaba un poco renuente a sumergirme de lleno por el protagonista tan catrín, pero ese bilcho tiene mi amor eterno.
    Tampoco podría decir si esa falta de click con el protagonista es por lo choteado que es (varón, dieciveintes, burguesillo) y las muchas novelas que hay al respecto (catcher in the rye, la tumba), o es porque soy un cochino comunista. Espero por mi bien que no sea la última, porque considero que la expansión de la empatía es el mayor poder de la literatura… eso, y que no quiero que El Agente me baleé —pendejo no estoy.
    Ahí dispense usted señor don ego mi crítica tan ruín en el comentario anterior. Viera usted que con el “sé brutal” arriba de los comentarios, a uno le dan ganas de ponerse bien Siskel y Ebert.
    Chingón su libro, y muy divertido. Triste es que no te vas full bukowski como para vender por morbo, ni full carlos cuauhtémoc sánchez para venderle veladoras a los panistas bienpensantes; triste por la mercadotecnia, no por el estilo, que es muy ameno y harto divertido.

    Ya mejor le sigo leyendo.

Sé brutal

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