11. Anthrax

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            -Muchachos, ya dejémonos de tonterías -nos dijo el Tío-. Tenemos que echarle muchas ganas y apurarnos esta semana pa’ sacar todo lo que se pueda antes de que disminuya la afluencia de turistas. ¡Así que a darle átomos!

            Ese día hicimos seis funciones seguidas, una detrás de la otra y sin descanso. Estuve muy distraído durante la jornada, pues continuaba shockeado por aquello del intento de homicidio. Pero Bilcho y Emo seguían su vida como si nada. Cuando le conté al Tío lo sucedido, sólo negó con la cabeza y dijo:

            -¡Qué barbaridad! ¿Cuándo aprenderán esos canijos a dejar en paz a los muchachos?

            Tras presenciar estas reacciones dejé de lado la idea de iniciar un escándalo mediático y una campaña en pro de la persecución de El Agente. Por un momento llegué a pensar que podría despertar la indignación de las masas y hacer actuar a las autoridades, pero después me dio flojera.

La última función terminó después las siete de la noche; entonces Bilcho y yo tomamos el autobús de regreso a casa. Nos acomodamos en nuestros respectivos asientos cansados y chorreados como un par de amebas. En una parada justo entre un centro comercial y un bar se subieron tres gringos. Eran un muchacho y dos chicas, todos en traje de baño. Sus cuerpos parecían hechos por encargo, como sólo había visto en la televisión. Creo que todos los pasajeros se volvieron para ver a las dos bikinudas y a su hercúleo acompañante cuando se fueron a sentar al fondo, gritando y riendo de alcohol.

-Fuck you, Mexicans! -gritó de pronto el gringo y quité la vista de los senos de sus amigas para dirigirla hacia él-. Fuck you, Mexicans! -y aulló como coyote en celo.

Una de las chicas, una güera con bikini azul se carcajeaba con la misma estridencia con la que su compañero gritaba los improperios; la otra, una de cabello negro y bikini escarlata, parecía molesta por la actitud del fortachón.

-Knock it off! They understand!- dijo ella.

-The fuck they do! -continuó el gringo-. Fuck you, fuckin’ beaners!!

Nadie se inmutó con los insultos del white trash; todos hacían de cuenta que no oían y yo, indignado, me negaba a creer que estando en la Ciudad de las Palmeras nadie en el camión entendiera inglés. Enfurecí. Tensé los músculos y apreté las mandíbulas como preparándome para un combate. Me prometí que si el gringo decía una mentada más de madre, me levantaría de mi asiento y convocaría a un comité de linchamiento en defensa de la patria.

-You fuckin’ better stay on this fuckin’ side of the fuckin’ river, you hear me, dirty fuckin’ wetbacks?!

Eso fue el acabose. Me puse de pie de un salto, pero Bilcho me sujetó del brazo.

-Déjalo.

-No mames, ese pinche gringo pendejo nos está insultando.

-Vale madres, ignóralo.

-No mames, güey, no podamos dejar que estos cabrones hagan lo que les dé la puta gana.

-Ese pinche gringo pendejo te va a poner en tu madre y nadie va a hacer nada por impedirlo.

-No mames, cabrón. ¿Cómo nadie hace nada? ¿Qué chingados les pasa?

-Tranquilo, mi chavo -Bilcho sonrió-. No quieras hacer la Revolución y la Independencia el mismo día. Además, ya se van.

En efecto, los tres gringos estaban bajando en la última parada antes de entrar al vórtice. Volví a mi asiento, molesto y frustrado, y guardé silencio el resto del viaje. Cuando llegamos a la casa yo estaba exhausto y de mal humor, pero Bilcho se preparaba para una noche de antro.

            -Ya descansarás en la tumba –dijo.

            No me emocionaba demasiado la idea de ir a una disco; no eran mi máximo estos establecimientos. Cuando iba con Liliana era más para complacerla a ella que por cualquier otra cosa. Creía que el objetivo de un antro era ir a ver qué se podía atrapar y, teniendo pareja, no le veía el sentido a mover las lonjas al ritmo de versiones remix de las canciones que se oían en la radio. Ahora, por otro lado, estaba soltero y existía la posibilidad de que ligase aquella noche si me ponía las pilas. El problema era que después de tres años de noviazgo, ya no tenía la menor idea de cómo se ligaba.

            Las únicas discos que conocía en la Ciudad de las Palmeras eran las de la Zona Hotelera. Había ido algunas veces, con Liliana, claro está. Bilcho me llevó a una disco que se hallaba en el pueblo. De hecho, el antro estaba en medio de la calle. Literalmente. La avenida se abría en dos al encontrarse con una cuchilla, apenas un pedazo de tierra lo suficientemente grande para que allí se construyera el club. Era como un islote en medio de un Amazonas de automóviles histéricos. La única forma de alcanzar Anthrax era pasando por un puente peatonal que se levantaba a gran altura sobre el caudal de coches furiosos.

El edificio en el islote era un cajón cuadrado que por fuera no tenía ningún atractivo. Uno sólo sabía que se trataba de un antro porque había un cadenero parado junto a una puerta. Odiaba a esos gorilas déspotas y prepotentes, que se pavoneaban con sus caras simiescas y sus playeras con el nombre del gimnasio al que iban a ponerse mamados. Me encabronaba sobremanera la humillación por la que nos hacían pasar a todos cuando nos esculcaban como a criminales para poder entrar a los pinches tugurios que les daban empleo. Este orangután, sin embargo, era distinto: usaba traje y corbata, como guarura presidencial, y sus modales eran gentiles.

            -Buenas noches, doctor Zaius.

            -Buenas noches, Bilcho. ¿Qué nos tienes para hoy? -dijo el homínido con una voz perturbadoramente parecida a la del de Aunque usted no lo crea.

            -Un poco de esto, un poco de aquello.

            El antropopiteco nos dejó pasar. Me sentí aliviado al dejar la calle, pues me causaba vértigo estar en medio del tráfico alocado y sentía que en cualquier momento uno de esos autos se nos iba a venir encima.

            Nunca el nombre de antro había sido más adecuado para un club nocturno; por dentro, Anthrax era una verdadera cueva con paredes de piedra, estalactitas y estalagmitas. No sé cómo habían logrado ese efecto cavernoso, pero parecía como si hubieran transportado el interior de una gruta hasta ese edificio, cuya cuadratura no se notaba por dentro, pues ahí todo era roca irregular con galerías y bóvedas. Casi no había gente y se tocaba un poco de música electrónica bastante ligera.

            -Hay que aprovechar que no hay nadie y ganar una mesa –advirtió Bilcho.

La mesa en que nos sentamos estaba en una pequeña galería que parecía esculpida por la acción milenaria de trillones de gotitas de agua. Un mesero se nos acercó a este espacio casi privado.

            -¡Qué onda, Cornelius! -saludó Bilcho.

            -¡Qué patín! -contestó el otro-. ¿Qué les sirvo?

            -Por ahora, nada. Esperemos a que llegue más gente.

            No tuvimos que esperar mucho antes de que llegaran unos amigos de Bilcho. Eran tres muchachas y dos varones. Una de ellas se llamaba Marta; era morenita, chaparrita y regordeta, y se reía a carcajadas de cualquier estupidez que yo dijera, por lo que de inmediato me cayó bien. Otra de las muchachas tenía por nombre Tania; era de esas flaquitas de nalgas bien paradas; hablaba de música con mucho entusiasmo y no bebía alcohol porque, según esto, era mormona. La tercera se llamaba Dulce y olía a tal; incluso por encima del olor a trago y a cigarros se podía sentir su perfume de caramelo. Ella era bajita, pero con caderas curvas y un buen par plantado en el tórax. De los chavos, a uno lo llamaban Paquito; era un tipo alto con cara de nada que hablaba por la nariz y dejaba que su vello pectoral asomase por su camisa a medio abotonar. El otro se llamaba Edmundo, era un moreno flaco de cabello negro y lacio que le cubría hasta las orejas.

Platicamos de puras pendejadas. Por momentos me extraviaba de la conversación porque ésta se centraba en gente que yo no conocía y sucesos que yo no había vivido; en esos momentos no podía más que reírme cuando todos lo hacían. Pasada media hora, Bilcho se levantó diciendo

-Ahora me toca a mí.

Me sentí un poco desorientado cuando se fue Bilcho y me dejó entre puros desconocidos, pero ellos fueron muy amables y procuraron hacerme sentir incluido. Empezaron a hacerme preguntas sobre mi vida, y descubrí que sentía gran placer hablando de mí mismo. Les conté a grandes rasgos que me había escapado de Ciudad Plana, cómo había conocido a Bilcho y lo que había sucedido en la mañana con El Agente y en la tarde con los gringos del camión.

-¡Pinches gringos ojetes! -exclamó Edmundo indignado-. Un día de estos se las vamos a devolver toditas.

A Paquito, por su parte, no parecía causarle ninguna reacción la historia de los gringos, y cuando relaté el altercado con El Agente, rió levemente por la nariz y dijo:

-Ésas son mamadas, ese vato ni existe, no me jodas.

Estaba a punto de estallar y ponerme a gritarle a ese pendejo, pero recordé lo que me había advertido Bilcho sobre el estatus de leyenda urbana que ostentaba el matón. Además, me tranquilizó encontrar empatía en las opiniones de Edmundo:

-¡A huevo que existe! Y va a seguir haciendo sus chingaderas mientras se lo permitamos.

Paquito expresó su fastidio con un gesto desdeñoso y sin decir más, tomó a Tania de un brazo y se pararon a bailar. Era un buen momento para hacerlo, ya que Bilcho estaba en su puesto, mezclando y envolviéndonos en una esfera de lo que después aprendí que era psycho-trance.

La bóveda cavernosa que estaba junto a nuestra mesa se llenó de danzantes alucinados y por un momento temí que Edmundo se parara a bailar con Dulce y me dije casi orando “Que no me dejen con la gorda, que no me dejen con la gorda”.

-¿Bailamos? -dijo Dulce a ninguno en específico, sino a todo el grupo.

-No -dijo Edmundo riendo-. Soy muy malo y me da mucha pena. Esperaré a desinhibirme un poco más con chupe.

-¿Y tú, Diego?

-Claro, vamos.

Dulce llevaba puesta una blusa de botones muy ceñida y una falda de mezclilla que le llegaba a diez centímetros por encima de la rodilla y que dejaba lucir sus cremosas piernas al bailar. Estuvimos danzando por casi una hora al ritmo de la música electrónica que nos brindaba Bilcho, hasta que Tania se apareció intempestivamente, tomó a Dulce de un brazo y le dijo:

-Vámonos.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -preguntó mi compañera de baile.

-Vámonos, por favor -Tania tiró del brazo de Dulce, pero ella se zafó.

-No nos vamos hasta que me digas qué carajo te pasa.

Tania bufaba de rabia –Ese pendejo me agarró el culo.

-¿Puedes culparlo? -dije yo sin darme cuenta; por fortuna, ellas no lo oyeron o lo ignoraron.

Dulce se despidió de mí y acompañó a su alterada amiga hacia la salida. Mientras se alejaban, alcancé a oír que Dulce refunfuñaba:

-¡Eres una pinche exagerada!

El olor a caramelo abandonó el lugar y me quedé parado en medio de la pista como el loco de la fiesta. Miré hacia la mesa; Edmundo y Marta platicaban muy risueños. Dirigí la vista hacia Bilcho, que mezclaba su música como un sacerdote pagano poseído por la divinidad y que pretendía ponernos en el mismo trance a todos. Era una imagen hipnótica y me le quedé viendo. La música de Bilcho era muy diferente a la de los antros de Ciudad Plana, en los que sólo le agregaban punchis punchis a las canciones pop de moda. Esta música en cambio, a pesar de ser escandalosa, tenía cierta armonía, cierta congruencia que incluso yo podía captar sin entender ni jota de música. El impulso tomó el mando de mi cuerpo y, sin darme cuenta, empecé a bailar pendiente de todos los movimientos que hacían las manos de Bilcho deslizándose sobre la consola. En cuestión de segundos estaba agitándome y brincoteando tan frenéticamente como todos los demás en la pista.

En uno de mis giros vi de reojo una figura que me pareció conocida. Volví la mirada hacia ese punto y pude comprobarlo; se trataba de la gringa de pelo negro del autobús. Aún vestía su bikini escarlata y estaba tan descalza y mojada como si acabara de salir del mar. Ella me vio y me sonrió. No me lo creí, miré a mi alrededor para verificar si esa sonrisa no estaba dirigida al grandulón que la acompañaba esa tarde. No cabía duda, me estaba mirando y me estaba sonriendo nada más y nada menos que a mí. Le devolví una sonrisa cargada de nerviosismo.

Sin dejar la danza me le fui acercando poco a poco. Ella bailaba con todos y con nadie. Yo bailaba con ella y no podía creer que un ser de belleza semejante estuviera de pie junto a mí. Para tener un pretexto de acercarme a ella, le pregunté:

-What’s your name? -con un acento y una pronunciación que me hicieron sentir como un bacatrán salido del monte.

-Alison. Pero no te preocupes -dijo ella tratando de pronunciar bien las erres-, hablo español. ¿Tú cómo te llamas?

-Diego -contesté y seguimos bailando sin hablar.

Danzamos por más de una hora sin parar, y yo no podía creer mi suerte ni dejar de admirar el cuerpo mítico de Alison. De pronto las manos de Bilcho callaron y su boca habló:

-Bueno, mis chavos, eso es todo por esta noche… -aplausos, vítores y aullidos-. Los dejo con mi colega. Que nos lo engañe su apariencia, no es emo, así que no le vayan a pegar.

Apareció Emo cargando una laptop y se colocó detrás de la consola que le había cedido Bilcho. Alguien gritó:

-¡Emo! ¡Toca una de Pxnda!

A lo que él respondió -¡Vete a la verga! -y todos reímos.

-Estoy exhausta -dijo Alison.

-Yo también –contesté-. Esteee… ¿quieres ir afuera?

-Claro.

A la salida, el Doctor Zaius nos advirtió:

-Si salen, ya no pueden volver a entrar. Esto no es el PRD.

Como no queríamos descartar la posibilidad de regresar a la disco, decidimos quedarnos. Invité a Allison a sentarse en la mesa que compartía con los amigos de Bilcho y ella aceptó. Observé con complacencia la carota que puso Edmundo cuando me vio llegar con semejante mujerón y con tanta piel al descubierto. Nos sentamos y tratamos de conversar por encima de la música.

-Tú estabas en el bus, ¿no es así? -me dijo.

-Así es -contesté.

-Me acuerdo de ti, porque vi que te levantaste muy enojado, por lo que decía ese tipo.

-Sí… bueno… ¿Dónde está él, por cierto?

-No lo sé. Lo conocí y a su amiga hoy en la playa, pero después de lo que pasó en el bus lo mandé a la chingada -Alison rió- Such an asshole! Hubiera querido que alguno le daba una lección.

Entonces tuve una fantasía retrospectiva en la que me enfrentaba al fortachón y lo vencía con un par de golpes de karate en la jeta y en los huevos, tras lo cual era premiado con la admiración y calidez de Alison.

-Yo estaba a punto de decirle sus verdades, pero mi amigo me lo impidió.

-Sí… me dio gusto ver que por lo menos una persona reaccionó. Pero bueno, no importa. Ese tipo es un pendejo.

Intercambiamos datos biográficos. Alison provenía de…

-¿Atenas?

-Sí, Athenes, Ohio -dijo con una risita.

Estaba en la Ciudad de las Palmeras de vacaciones, totalmente sola. Sus padres trataron de disuadirla de seguir con lo que para ellos era un disparate, pero Alison vino de todas formas. Quería conocer la zona maya porque cuando tenía catorce años se había topado con una edición anglosajona del Popol Vuh que se leyó completita con todo y notas.

-¿Tú ya lo has leído? -me preguntó.

-No -admití con vergüenza.

-Deberías leerlo. Es hermoso…

Había llegado a tierras mexicanas apenas el día anterior, como yo. Se pasó todo el día en la playa y en el bulevar de la Zona Hotelera, platicando con todo el que se topara en su camino. Tras unos encuentros desafortunados decidió evitar a los otros gringos:

-Son todos unos pendejos -decía ella-. De ahora en adelante, si alguien pregunta, digo que soy Canadian.

Había ahorrado su sueldo de mesera por largo tiempo para poder permitirse dos semanas en el Caribe mexicano. De la Ciudad de las Palmeras encantaron las playas y el mar esmeralda, pero aborrecía que toda la Zona Hotelera fuera un inmenso McDonald’s. Se enteró de Anthrax por un rastafari que tenía su puestecito en el mercado de artesanías y con el que se había puesto a charlar. Alison esperaba encontrarse con él en la disco, pero por alguna razón desconocida, no se apareció.

-No estaré aquí mucho tiempo -dijo para mi desánimo-. Quiero conocer Chichén-Itzá, Uxmal, Tulum y todas las ciudades mayas que se puedan.

-Si quieres, yo te puedo guiar.

Ella sonrió –Estaría bien.

Después de un rato de conversación volvimos a bailar guiados por la música de Emo, y así nos llevamos toda la noche alternando la plática y la danza. Tuve que interrumpir esta última actividad para visitar el excusado. Al regreso, Alison se me perdió entre la multitud. Me escabullí entre los adolescentes apretujados buscando señas del bikinudo cuerpo de mi amiga. La encontré, pero cuando quise llegar hasta ella un tipo me impidió bruscamente el paso.

-Pérate, cabrón -dijo mientras alargaba su brazo cual pluma de estacionamiento para evitarme avanzar. No tenía ni idea de lo que el fulandrejo aquél quería que yo esperara, pues estaba muy borracho y con la vista perdida en una estalagmita. Traté de abrirme paso de nuevo, pero el individuo reiteró con voz iracunda y alcohólica.

-¡Qué te esperes, cabrón!

Desistí de mi intento de cortar camino por ahí y decidí rodear al sujeto, pero no me lo permitió. Colérico, me tomó del cuello de la camisa y me sacudió gritando por encima de la música:

-¡Hijo de tu puta madre! ¡Que te esperes, carajo!

-¡¿Qué está pasando aquí?! -resonó en toda la cueva la voz del Doctor Zaius como si fuera el príncipe Adam invocando el poder de Greyskull. –¡Tú, granuja! -dijo señalando al tipejo-. ¡Última vez que soy tolerante contigo! ¡Fuera de mi establecimiento! -lo agarró del brazo y lo arrastró lejos de ahí.

Cuando al fin llegué junto a Alison, parecía preocupada:

-¿Estás bien?

-Sí -dije disimulando el susto que me había sacado el verraco aquél, tras lo cual seguimos bailando hasta que hacia las tres de la mañana Bilcho se nos acercó, se presentó y me dijo:

-Oye, Diego, Paquito nos va a dar aventón y ya se va, así que ahuecando el ala.

Arreglé que lleváramos a Alison a donde se hospedaba y acordé con ella de vernos al día siguiente para que viera el show que teníamos en el Circo. Al dejarla en su hostal, Alison se despidió de mí con un abrazo un beso de mejilla.

Paquito también llevó a Marta y a Edmundo a sus respectivas acomodaciones, de modo que durante el largo trayecto nos estuvo contando su conflicto con Tania y con lo que él no dejó de llamar “su pinche mamonería”. De vuelta en casa, Bilcho se echó en su hamaca y prendió un churro, mientras yo me tendía en el colchón.

-¿Te molesta si fumo?- preguntó.

-En lo absoluto.

-Es que me gusta darme unos toques después de un día agotador. Me ayuda a dormir rico. Ahorita que me lo acabe, apago la luz y dormimos.

-Sí, no te preocupes… -dije y me quedé contemplando el humo que salía en relajadas volutas de la boca de mi nuevo amigo mientras tomaba notal mental de lo visto y vivido ese día-. Oye, Bilcho…

-¿Qué hongo, mi pez?

-Enséñame a fumar a mota.

Bilcho le dio una larga chupada al porro, saboreó el humo y lo liberó con un suspiro.

-Ya vas.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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