13. Manual del marihuano responsable

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A la mañana siguiente Bilcho se dispuso a darme clases de mota. Me llevó al patio trasero de la casa, un lugar que no había visitado hasta entonces y al que se accedía por la puerta metálica de la cocina. Era un espacio amplio y cubierto de hierba que crecía retorciéndose bajo la sombra de una ceiba solitaria. En el cielo matutino se veía pasar a los pájaros y en la barda del fondo se alcanzaban a ver eventuales toloks correteando en vertical por el concreto. Del lado izquierdo se veía un cuarto al que nunca había ido y a la derecha se entraba la pared que dividía aquella casa de la vecina.

            Bilcho y yo nos sentamos en sendas mecedoras metálicas. Mi compañero llevaba un pomito de cristal que contenía el cannabis y un paquete de ziguis. Puso el papel en su regazo, colocó la hierba con cuidado, enrolló el churro, lo encendió y le dio unos toques.

            -Mira -me dijo-, tú dale un toque leve, no tan duro como si fuera un cigarro normal.

            -En realidad, cuando he fumado tabaco, nunca le daba bien el toque. La verdad es que no me gustaba y creo que sólo lo hacía por presión social. Todos mis amigos lo hacían.

            -Y esto, ¿por qué lo haces?

            Tardé en contestar –No sé. Pero por presión social no es. Nadie me ha dicho que le entre, y de hecho, sólo conozco a dos personas que fumen mota: Cristal y tú.

            -Y Emo y Wiki y Pacheco y Edmundo y Paquito…

            -Ah bueno, es cierto. Pero nadie me ha presionado. La cosa es que, tengo curiosidad y siento como si me estuviera perdiendo de algo.

            -Me parece bien -me dio el porro-. Si quieres, mejor primero llena tu boca y luego velo pasando poco a poco.

            Lo hice como me lo indicaba, pero en cuanto tragué el humo empecé a toser con fuerza. Bilcho rió.

            -Así no, así te lo estás llevando al estómago. Tienes que dirigirlo a tus pulmones. ¿Quieres intentarlo otra vez?

            -Sólo déjame tomar tantita agua.

            Después de beberme un vaso, le di un segundo intento.

            -Ahí te va un tip para principiantes: primero absorbe todo el humo que puedas y guárdatelo en la garganta. Luego, sin soltar el humo, inhala aire por la nariz. Eso lo llevará hasta tus pulmones.

            Seguí el consejo. Paladeé un momento el humo en mi boca antes de pasarlo a mis pulmones. No sabía mal, pero el calor me quemaba la punta de la lengua.

            -Ahora -dijo Bilcho-, sostén el humo en tus pulmones lo más que puedas.

            Lo hice, pero después de unos segundos no pude contener una tos poderosa. Sentí ganas de vomitar; salté de la mecedora y me postré sobre el pasto pero nada salió por mi boca. Aún tenía náuseas pero el vómito parecía habérseme atorado en mi estómago. Me recuperé y me volví a sentar.

            -Si quieres, ahí la dejamos -dijo Bilcho.

            -No. Vamos a darle. Sólo voy a tomar un poquito más de agua.

            Lo hice y volví para el tercer intento.

            -Toma bocanadas pequeñas -me instruyó mi amigo-. Suelta el humo antes de que te empiece a incomodar.

            Hice lo que me dijo, y así pude darle varios toques ligeros. Sentí que ya tenía el control sobre esa cosa.

            -¿Qué sientes?

            -Nada –respondí-. Aparte de la quemadura de lengua, no siento nada.

            -Ve con cuidado. Puede tardar unos minutos en hacerte efecto. Me acuerdo que las primeras veces que fumé no sentía nada y no sentía nada por más que fumaba, pero después de un rato me daba el pelotazo.

            -De acuerdo.

            Ocupamos los próximos minutos rolándonos el churro en silencio hasta que se consumió. Entonces ya empezaba a sentirme raro. Se trataba de una sensación extraña, como si mis sentidos percibieran el mundo de forma distinta. Parecía que frente a mis ojos se hubiesen colocado unos lentes especiales en los que la realidad se detectaba de forma nebulosa, pero al mismo tiempo extraordinariamente nítida.

            De pronto podía escuchar todos los sonidos, no sólo los que estaban inmediatamente a mi alrededor, también los que se encontraban en la lejanía y de los que no me había percatado. Escuchaba el gorjear de los pájaros, el viento en la hierba, las escamas de los toloks que se raspaban al reptar, el ruido del tráfico lejano, la discusión de unos transeúntes, el televisor en la casa vecina… Todo podía escucharlo con claridad, sólo tenía que concentrarme en ese sonido y saltaba del plano secundario al principal opacando a los otros. Pero por lo mismo, como podía percibirlos todos con la misma intensidad, no sabía de dónde venían. La voz de Bilcho me sorprendió porque no sonó como si estuviera junto a mí, sino detrás.

            -¿Qué tal?

            -Muy bien. Me siento tranquilo, relajado. Como si un hada hubiese colocado una cobija de tranquilidad sobre mis hombros.

            -Bien, a cada cual le toca diferente dependiendo de su estado de ánimo. Si estás tranquilo te relajas y duermes rico, pero si estás en un ambiente de fiesta, te animas y te pones parlanchín.

            -Muy bien –repetí.

            Percibía mi propio cuerpo como nunca lo había hecho. Podía sentir cada uno de mis vellos saliendo por cada uno de mis poros. Era como si de pronto me hubiera dado cuenta de que tenía un cuerpo con piel, músculos, sangre, huesos y pelo. Una hormiga negra se subió a mi brazo y caminó por él. La comezón era placentera.

Mis pensamientos se perdían en un laberinto. Una idea me llevaba a otra y a otra, y ya no podía recordar lo primero en lo que había pensado.

            -El mundo es infinito -dije de pronto.

            -¿Cómo?

            -El mundo es infinito y cada una de sus partes es infinita también. Incluso este momento y este lugar, sin infinitos.

            -¿Ah, sí? -dijo Bilcho con una sonrisa.

            -Sí. Míralo, escúchalo. Está todo lleno de sonidos, de imágenes, de movimiento… y de historias.

            -¿De historias?

            -Sí, de historias. Quién sabe cuántas historias hay en este jardín, que es como una jungla para los animales que lo habitan. Debe haber cientos de luchas sucediendo en este momento, cada bichito con su propio drama personal. Y los pájaros, ¿de dónde vienen? ¿Por qué cantan? ¿A quién le cantan? Es decir, sé porqué cantan los pájaros, pero, estos pájaros, ¿están esperando a su pareja, a su amor? Porque hay los pájaros, pero sólo nosotros tenemos a estos pájaros, que tienen sus propias historias que son únicas e infinitas. ¿Y esa pared? ¿Quién la construyó? Tiene su historia, hubo hombres que vinieron a construirla  cada uno de ellos tenía su propia historia. Y más allá de la pared, los bloques de los que está hecha ¿cómo los fabricaron? ¿Qué sintieron al ser fabricados? Sé que estoy diciendo mamadas, pero es que ahora no puedo dejar de verlos como si fueran individuos con conciencia, con la memoria de todo lo que ha sucedido en este jardín, y antes, y quizá, con recuerdos de lo que pasará después.

            -Wow.

            -Y no sólo los bloques. Los átomos de los que están hechos ¿Puedes imaginarte tal pequeñez? E incluso hay cosas más pequeñas que ni sé cómo se llaman. Están ahí, frente a nosotros, girando sobre sí mismos y alrededor de su núcleo, en constante movimiento; pero lo único que vemos es la pared gris y no las miles de millones de historias de cada átomo, que no siempre han estado en esa pared, sino que han sido esto y lo otro, roca y agua y tierra y polvo de estrellas, con una biografía personal que proviene desde el Big Bang. ¿Y mis átomos? Dios, mío, también son tan antiguos, también provienen desde el Big Bang. ¿Yo también soy polvo de estrellas?

            -Eso es muy bonito.

            -Nunca me había dado cuenta de ello. ¿Crees que lo noté por la mota?

            -No. Lo notaste porque querías notarlo.

            -Ah.

            Me bajé de la silla y me acosté sobre el suelo para apreciar mejor los estímulos que me inundaban. Todos los sonidos y los objetos me parecían hipnóticos; podía clavarme en ellos por largo tiempo. Puse mi mano frente a mis ojos y me quedé viendo cómo mis nudillos se doblaban y torcían como las patas de un arácnido, y cómo mi palma se arrugaba y se estiraba como un paisaje alienígena en el que imaginé a tribus diminutas combatiendo entre las colinas de mi pliegues, historias de heroísmo y raptos de doncellas en un mundo apocalíptico carente de agua; y mis dedos parecían el confín de aquel universo de bolsillo, los pilares de la tierra, los picachos tras los cuales mis diminutas tribus palmares sabían que se encontraba el vacío.

Después de un rato sin hablar, comuniqué que tenía hambre.

            -Es monchis -dijo Bilcho-. ¿Qué se te antoja?                                         

            -Algo dulce, frío y lechoso… como un helado.

            -Vamos pues.

            Fuimos por un helado a la tienda de la esquina. Durante el camino de ida y de regreso, mi mente divagaba y se perdía, y por momentos me olvidaba de en dónde estaba yo, adónde iba y qué estaba haciendo. Todo me parecía intolerablemente lento; cada cosa, cada acción parecía durar por horas. Cada paso se me hacía eterno.

Me di cuenta de que siempre, para entender mis pensamientos, debía imaginar una voz en mi mente que me los dijera con palabras, es decir, tenía que pronunciar mentalmente mis ideas. Pero ahora sentía que tardaba eternidades en pronunciar un pensamiento, en decirme cada palabra que describía la idea, y mucho antes de que terminara, ya había entendido lo que mi mente quería decirme. ¿Entonces son el pensamiento y la voz que lo enuncia dos cosas distintas? ¿Qué es el pensamiento y qué es esa voz que lo traduce para que yo lo entienda? ¿Puedo confiar en que lo que dice la voz es la traducción correcta de lo que piensa el pensamiento? ¿Cuántos pensamientos y cuántas voces distintas pueden existir en mi cabeza?

            De vuelta en casa, nos sentamos de nuevo en las mecedoras y comimos nuestros helados en silencio; el mío me pareció el más delicioso del mundo. El sabor a limón acarició mi paladar y en me lengua podía sentir cada trocito de hielo del que estaba compuesto. Nunca en mi vida había disfrutado tanto un helado.

            Cuando acabamos, Bilcho me preguntó:

            -¿Cómo te sientes?

            -Bien. Creo que ya se me está bajando.

            -Ok. Mira, existe algo llamado El Manual del Marihuano Responsable

            -¿Ah sí? ¿Cómo es eso?

            -Pues sí. No muchos saben de él y los pocos que lo conocen se lo pasan por el arco del triunfo. Pero el cuate que me enseñó a fumar me dijo que para ser marihuano y que todo salga bien, hace falta ser responsable. El chiste es aprender a disfrutar de la hierba sin volverse un verraco.

            -Estoy intrigado. Cuéntame.

            -Muy bien. El primer punto que debes entender es que el único peligro de la mota es que te hace sentir bien sin hacer ningún esfuerzo. Eso está bien en ocasiones, pero no puedes depender de ella cada vez que te quieras sentir mejor. La mota no es sustituto ni boleto gratis para la felicidad.

            -Estoy tomando nota.

            -Por supuesto, la mois te deja distraído, apendejado, por lo que nunca debes manejar vehículos, operar maquinaria, cuidar bebés, conducir cirugías, manipular explosivos… en fin, no hagas nada de lo que dependan las vidas o bienes propios o de otras personas.

            -Me parece razonable: “vive y deja vivir”. ¿Qué más?

            -Y… nada más.

            -¿Eso es todo?

            -Sí. No es muy complicado, ¿o sí?

            -Yo le agregaría que no hay que fumar cuando estés tomando medicamentos ni cuando tengas una enfermedad de las vías respiratorias, o conjuntivitis, o algo así.

            -¡Tienes toda la razón, doctor! -Bilcho calló por unos segundos y luego dijo-, ¿Sabes? Yo era asmático.

            -Querrás decir que lo eres. El asma es una condición para toda la vida. Y si es así, no deberías fumar.

            -No. Eso es lo que quiero decir. Se me quitó.

            -¿Me vas a decir que te lo curó la mota?

            -No, para nada. De hecho, cuando empecé a fumar me daba mucho miedo, y si empezaba a toser tenía que aplicarme el nebulizador para que no me diera un ataque. ¡No sabes! Cuando tenía asma me daba un ataque fuerte por lo menos una vez al año desde que tenía cinco. Cuando era niño me tuvieron que hospitalizar y llenar de tubos. Varias veces. No mucho antes de escaparme de Ciudad Plana me dio un ataque tan fuerte que sentí que me iba a morir. Me prometí a mí mismo que si salía vivo de ésa me haría un tatuaje conmemorativo.

            -¿Y te lo hiciste?

            Bilcho alzó la manga izquierda de su camina y me mostró el tatuaje. Era un hongo verde de los de Mario Bros.

            -¿”One up”? -pregunté

            -Una vida más -me explicó y guiñó el ojo.

            -Pero ¿cómo está eso de que te deshiciste del asma?

            -Desde que me escapé de Ciudad Plana sentí que podía respirar mejor. Después de unas semanas dejé de aplicarme el nebulizador y desde entonces no he vuelto a tener un ataque de asma. Puedo fumar toda la mota que quiera, puedo correr hasta cansarme, puedo nadar, brincar, bailar y no siento que mi respiración se complique, ni siento esa opresión en el pecho que anunciaba un ataque. Creo que lo me curó fue la libertad.

            -Pues mira, estudié medicina y no creo que una enfermedad como el asma se cure sólo porque de pronto te sientes a gusto.

            -Pos yo tampoco, pero así pasó. El que lo creía era ese mismo cuate que me enseñó a fumar. Él decía: “Bilcho, eso del asma lo tienes en la cabeza. Cuando dejes esta pinche vida mediocre y aburrida, te curarás”.

-Nah, no creo eso, pero en fin… ¿Y ese vato? ¿Qué se hizo?

            -Meh, se volvió cristiano y dejó las drogas. Hace como dos años que no lo veo.

            En ese momento se asomó la cabeza de Nathan por la puerta de la cocina.

            -¿Qué hacen? –dijo.

            -Aquí nomás pitufando -respondió Bilcho.

            -Oh, all right -musitó el inglés y desapareció como vino.

            -¡Este Nathan! -dijo Bilcho riendo a carcajadas- Es la mar de gracioso.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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