15. Tienes un e-mail

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Hacia el mediodía, Bilcho y yo nos encaminamos a la Zona Hotelera para encontrarnos con el Tío y ponernos a trabajar. Después de un rato de reposo, la pachequiza ya se me había bajado y estaba de nuevo en mis cinco sentidos. En el camino, Bilcho me decía:

            -La jugada es pachequear con buena música. ¿Qué música te gusta?

            -No sé. La que sea.

            Bilcho pareció indignarse -¿Cómo que la que sea? Alguna te ha de gustar, ¿no?

            -Pues sí, la que oigo en la radio.

            -¡Pero en la radio hay pura basura!

            -Ay, no es tan mala.

            -¿Y no bajas música de Internet?

            -Sí. La que oigo en la radio.

            -No, no, no, no, no. Eso está muy mal.

            -¿Por qué?

            -Porque la de la radio es música que alguien más escoge por ti y decide que te debe gustar. A la gente le gustan las rolas de la radio sólo porque las pasan tantas veces que uno se acostumbra a ellas. Y a la banda le gusta lo que le es familiar.

            -Tienes razón. Cuando oyes una rola las suficientes veces termina por gustarte, aunque la primera vez te haya parecido equis.

            -Exácatamente.

            -Pues mira, una vez intenté eso de escuchar “buena música” pero… bueno, es una larga historia… Pero sí hay una música que me gusta, y mucho. Tengo un disco que yo quemé, con temas de Koji Kondo tocados por la Orquesta Sinfónica de Tokio. Ahí lo tengo, lo dejé en tu casa.

            -¡Magnífico! ¿Y eso que te gusta el maestro Kondo?

            -No sé… Cuando escucho su música me entra una profunda nostalgia. Su música es como si tomara el pasado y lo hiciera más sublime de lo que fue, y luego me lo pusiera en frente. A veces casi ni lo soporto. Pero aun así me gusta mucho. De toda la música que tenía en mi computadora, ésta es la única que siento mía.

            -¿Por qué?

            -Supongo que porque nadie me la impuso, sino que yo la elegí. Descubrí que existía cuando buscaba el tema de Zelda en el p2p. Yo mismo bajé los mp3 y yo mismo quemé el disco.

            -Eso está muy bien. Cuando regresemos a la casa lo escuchamos, ¿va?

            -Va.

            Llegamos a la Zona Hotelera e hicimos nuestro acto con el Circo. Fue una buena función y tuvimos bastante público. Al terminar, me separé de los cirqueros para visitar un cibercafé.

            Me senté frente a una computadora y abrí mi sesión de Hotmail. En los últimos tres días había recibido veinticinco correos, de los cuales veinte eran pura basura entre spam y cartas en cadena de amigos que evidentemente no se habían dado cuenta de mi escape. De los restantes cinco, uno era de mi madre, otro de mi padre, dos más de Ricardo y el último de Rafael, mi mejor amigo.

            Primero abrí el de mamá:

       DONDE ESTAS? ESTAS LOCO LLENDOTE ASI SIN AVISAR A NADIE VAS A ESTAR CASTIGADISIMO CUANDO REGRESES ME TIENES PREOCUPADISIMA TU PAPA ESTA FURICO MAS TE VALE REGRESAR ANTES DE QUE EMPIECEN LAS CLASES

            Después leí el de papá:

       Diego:
       Hiciste muy mal en ausentarte de esa forma. No sé a dónde fuiste, pero a dónde quiera que hayas ido debiste haber pedido permiso. Ya vi que sacaste todo el dinero de tu cuenta. ¿Por qué hiciste eso? Si querías irte de vacaciones no te lo íbamos a negar y hasta te habríamos dado dinero. Pero ahora, por tu conducta, ya no podremos confiar en ti. No sé quién te instó a cometer esa locura, pero no quiero que te vuelvas a llevar con esa persona. Estamos muy decepcionados por lo que has hecho. Tu pobre madre está muerta en vida de preocupación. Cuando recibas este correo, llámame inmediatamente para que te vaya a buscar.

       Abrí el primer correo de Ricardo:

       Jajajajajajaja. Ahora sí ke la hiciste buena!! Ke es eso de escaparse en la madrugada hacia kién sabe dónde? Tu jefa está como una cabra y el viejo no se la cree. Hombre, está bien, coño, yo también hice mis pendejadas cuando tenía tu edad; una vez dije que me iba al Puerto y me fui a Ciudad del Crimen a ver a una vieja. Jajajajajajaja. Pero no mames, vas a matar a los pobres viejitos de la preocupación. Si no quieres decirles dónde andas, mínimo avísales cuándo regresas, no?

            Luego abrí el de Rafael:

     Ni pedo brother tus jefes ya se enteraron te juro que yo no dije nada la que soltó la sopa fue Liliana… oye yo que tu me regresaba antes de cagarla mas

            Esos cuatro correos eran del jueves, el mismo día en que llegué a la Ciudad de las Palmeras. El segundo mensaje de Ricardo era del viernes, o sea, del día anterior:

     Güey, según Liliana, ke le dijiste ke te habías escapado para siempre o una mamada así. Ke mamada es esa? Yo me imaginé ke te habías ido por una semana, pero no chingues. De todos modos no vas a aguantar más tiempo ke eso. Ke te costaba avisarle a tus papás y decirles a dónde te ibas? Liliana le dijo a tus viejos ke tu le habías dicho ke te estabas escapando de no sé ke chingaderas. No mames, ya no estás para crisis existenciales. Además, ke vas a hacer tu solo allí en kién sabe dónde? Te vas a matar. Tu jefa anda muy preocupada de ke te vayas a suicidar o algo así… ya ves las cosas ke se le ocurren. No seas pendejo y regresa de una vez, antes de ke las cosas se pongan peor. Si vuelves ahorita no va a haber pedo, nadie te va a regañar, sólo kieren hablar contigo para saber ke anda mal. No seas cabrón, habla a tu casa, escribe en cuanto puedas. No hagas más pendejadas.

            Releí los correos una y otra vez. ¿Cómo se me había ocurrido esto de irme por un año? Una semana ya era una locura, pero ¿un año? Mi huída se me presentó como lo que era en verdad: el disparate de un niño mimado. Habían sido tres días interesantes y divertidos, pero quizá ya era momento de volver.

            Di click en el botón de “mensaje nuevo” y agregué en la barra de destinatarios las direcciones de mis padres, de Ricardo y de Rafael. Me quedé viendo por varios minutos la pantalla en blanco. Pensaba escribir que lamentaba mi comportamiento y que pronto volvería a casa. Pero luego recordé todo aquello de lo que había escapado. Cerré el Internet Explorer, apagué la computadora y me fui.

            Rondé por un pequeño centro comercial hasta que llegó la hora de otra función y me reuní con el Circo. Estábamos montando el espectáculo cuando vi aparecer entre la multitud la figura de Alison. En esta ocasión estaba ataviada con un bikini marrón con bordes anaranjados. Me vio y me saludó con una sonrisa.

            -Pensé que tú hacías más en el Circo de las Ratas -dijo cuando acabó el show.

            -Ah, pero él es parte importantísima del Circo –me apoyó Bilcho-. Sin él no habría espectáculo, ¿verdad?

            -Bueno, es cierto que no hago mucho… -dije sin saber cómo continuar-. Oye, ¿no te gustaría conocer a los artistas?

            -¡Claro que sí!

            -Lo que sea por una damisela tan encantadora -dijo el Tïo cuando le pedimos permiso para llevar a Alison a la parte trasera de la camioneta.

Ella jugó con las ratas y dejó que treparan por sus brazos y piernas y se enredaran en su cabello. Yo sólo la observaba y amaba su alegría. Al cabo de un rato el Tío advirtió que ya era tiempo de preparar otra función. Alison se despidió de nosotros, nos dijo que iba al pueblo a pasear por el mercado, y que le gustaría encontrarnos al día siguiente.

-Me contaron de un lugar llamado Playa Tsunami…

-¡Ah, está poca madre ese sitio! -exclamó Bilcho.

-Perfecto, entonces nos vemos allí mañana –dije.

-Temprano en la mañana es la mejor hora para ir -dijo Bilcho.

-De acuerdo -dijo Alison-. Nos vemos entonces allí mañana en la mañana -Nos despedimos y volvimos al trabajo.

Al atardecer, un vehículo último modelo pintado de negro y dorado con luces de colores en el techo se detuvo junto al Circo. Una voz grave y nasal dijo algo ininteligible desde un altoparlante junto a las torretas y sonó un pitazo electrónico que a todos nos sobresaltó.

-Oh, no -dijo el Tío-. Lo que me faltaba.

Se abrieron las puertas y del vehículo bajaron dos seres como amebas gigantes rebosando de lonjas cual lámpara de lava que se chorreaban unas sobre otras en una cascada psicodélica de tela y grasa. Las criaturas estaban entamaladas en uniformes de representantes de la ley color mierda, y arrastrándose como moluscos y retorciendo para todos lados sus pseudópodos se aproximaron al Tío y lo miraron de frente con sus ojos de agujero negro.

-Buenas noches, oficial -saludó el Tío con una sonrisa nerviosa

-Buenas -dijo el ser con una voz que sonaba como a un pescado siendo aporreado contra la cubierta de un barco-. ¿Qué pasó, ingeniero? ¿Otra vez violentando lo que la ley mandata?

-¿Por qué no nos saltamos este prólogo y vamos directo al grano? -dijo el Tío sacando de sus bermudas un fajo de billetes.

La criatura sonrió –¿Uy, pa’ qué le cuento, ingeniero? Allá los jefes me andan presionando para que acabemos con todos los ambulantes. No va a ser fácil hacerlos tontos esta vez.

-Muy bien -dijo el Tío-. ¿Cuánto quieren?

-No, ¿pos qué pasó, ingeniero? Aquí uno que es honesto acepta la contribución que quiera usted dar. Ni que fuera un soborno.

El Tío contó y separó unos billetes del fajo y los entregó a la criatura, que sonrió voraz contemplando el dinero. Los seres se arrastraron de nuevo hacia su vehículo, subieron a él y se esfumaron.

-¡Malnacidos! -exclamó el Tío, a quien nunca había visto enojado-. Le quitan a uno el dinero que gana trabajando honradamente. ¿Cuándo se va a acabar esto, cuándo?

Bilcho y yo atestiguamos toda la escena sin hacer ni decir nada.

-¿Por qué le dicen ingeniero? -pregunté yo de pronto.

-Ah, es una larga historia -contestó el Tío con desinterés y ya no volvimos a hablar del tema.

Ayudamos a subir todo a la combi, el Tío nos pagó nuestro sueldo y se despidió de nosotros. Quise comentar con Bilcho lo que acababa de pasar, pero él sólo me decía:

-Ni modos. ¿Qué le vamos a hacer?

Me instó que volviéramos de una vez a la casa, pero yo quería hacer una última visita al cibercafé. Escribí un correo electrónico a todos los que me habían enviado uno en esos días:

ESTOY BIEN. NO SE PREOCUPEN. REGRESARÉ CUANDO REGRESE

Apagué la computadora y nos encaminamos a la casa de Bilcho. A partir de entonces, cuando por casualidad visitaba una computadora y me conectaba a Internet, leía los mensajes de mi familia y amigos. Ocasionalmente escribí algún correo asegurando a todos que estaba bien y que regresaría cuando estuviera listo. Liliana jamás me escribió.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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