17. Bolero de fuego

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Llegamos a casa de Bilcho hacia las nueve de la noche. Tras pasar a nuestra habitación por mi disco y algo de mota, mi amigo me condujo a aquel cuarto que se encontraba a la izquierda del patio trasero. Tenía una puerta de metal que Bilcho abrió con una llave que brillaba de color azul eléctrico. Por dentro el cuarto era como una bodega: lleno de tiliches y con olor a guardado. En un par de estantes polvorientos y oxidados estaban dispuestas fila tras fila de discos compactos acomodados en sus cujas. Casi pegado a la misma pared en la que se hallaba la puerta había un escritorio de metal sobre el cual estaban una PC y una consola mezcladora. Una silla de oficina destartalada se tambaleaba detrás del escritorio. Sobre la loseta fría del piso había un puff de color rosado empalagoso, con una abertura en una esquina que dejaba escapar en bolitas su relleno de unicel. Yo me acomodé en él mientras Bilcho se sentaba en la silla y encendía la computadora.

            -A ver, pásame el disco -en lo que empezaba la música, Bilcho lió un churro, lo encendió y me lo roló.

            Nos turnamos el churro mientras la música llenaba la habitación y nuestras mentes. La nostalgia masoquista se asentó en mí, como sucedía cada vez que escuchaba ese concierto. El disco y el porro se acabaron al  mismo tiempo.

            -Nada mal -dijo Bilcho-. Pero no todos los temas son de Koji Kondo.

            -¿Ah, no?

            -No, algunos son de otros compositores. Pero no importa, está chido el disco.

            -Sí, me gusta mucho.

            -¿Qué otra música te gusta?

            -Pues no sé… -estaba medio pacheco y comenzaba a írseme el avión.

            -¿Cómo no sabes? ¿Rock? ¿Pop? ¿Electrónica? ¿Reggae?

            -Pos no sé, güey. Ya te dije: lo que pasen en la radio lo oigo y si me llega a gustar lo bajo, pero hasta ahí.

            -Tch, tch, tch -musitó Bilcho con desaprobación-. Pero seguramente algún gusto en especial has de tener, ¿no?

            -Bueno, una vez intenté…, pero es una joda. Lo único que me parece infame es el pinche reggaetón. No mames.

            Bilcho rió –Sí, es de lo peorcito que ha hecho el ser humano últimamente.

            Empecé a reír con fuerza canábica –A Liliana le encantaba. Y la verdad, por verla bailar así podía aguantar un poco de mala música.

            Dejé de reír; de pronto me había acordado de Liliana y sentía que la extrañaba. Tuve por unos segundos la necesidad de abrazarla, de oler su cabello y darle un beso en la frente. Pero recordé cómo habían sido nuestros últimos meses juntos y nuestra despedida. Me di cuenta que tenía la necesidad de abrazar a una chica, pero no a ella. Cristal fue la primera que me vino a la mente, y me imaginé abrazándola, recostados sobre el puff. Luego pensé en Alison, pero respecto a ella mis pensamientos no se limitaron al abrazo…

            Bilcho interrumpió mis fantasías cariñosas con una exclamación, casi un grito:

            -¡Ya sé! Lo que necesitas es conocer lo bueno de la música, saber que hay más que lo que se escucha en la radio. ¿Te late?

            -Sí, claro. Pero no te desanimes si me desanimo -dije sin mucho interés.

            -Muy bien. Aquí tenemos lo necesario para empezar.

Bilcho estaba muy entusiasmado; de un salto se colocó frente a uno de los estantes y escogió varias cujas de discos.

–Oh, mi chavo –dijo-, ¡Hay tanto por conocer! Rock clásico, rock alternativo, grunge, punk, rock en español, reggae, jazz, trova, indie rock, metal, música clásica…

-Pensé que lo tuyo era la electrónica.

-Lo que hago, como músico, es electrónica. Pero como melómano, me gusta de todo. Mi canción favorita es Wish You Were Here, de Pink Floyd.

-No la conozco.

-Uy, amigo, ¡de la que te pierdes!

-Bueno, va. ¿Por dónde empezamos?

-Rock clásico. Tenemos material para toda la noche.

Con una gran sonrisa en el rostro, Bilcho introdujo el disco en la computadora y las ondas musicales tomaron el cuarto.

-Primero, lo primero. Éstos son los Beatles

-Ah, sí, ya los conozco.

-¿Conoces estas canciones?

-No, éstas no.

-Escucha bien.

Corrieron unas cuatro o cinco canciones.

-Pos está chido. Pero suenan todas muy parecidas.

-Eso parece al principio -dijo Bilcho-. En parte porque éstas son de sus primeras canciones, I Wanna Hold Your Hand, Love Me Do, etcétera. Pero creo que las oyes parecidas porque no les pones suficiente atención

-¿Atención? -pregunté escéptico.

-Sí, mi chavo. La música no es sólo ruido de fondo para darle soundtrack a nuestras vidas. A la música hay que ponerle atención, como se le pone atención a un buen libro o a una buena peli. Tienes que escuchar cada sonido que compone la música, no sólo la voz o la melodía principal. Debes que poner atención a la letra, que está escrita no sólo para que el vocalista se luzca con los sonidos que produce, sino para que lleguen ciertas ideas e imágenes a la mente de quien la escucha. Necesitas dejar que tus sentidos y tu mente se deslicen con la música…

-Chale. No te ofendas, pero me da un poco de hueva todo eso que estás diciendo.

-Es normal. Así te han educado. Por esa actitud triunfa la música que no es para escucharse, sino para tener de ruido de fondo. O séase, las mamadas que ponen en las radios y en los antros.

-Vaya que te gusta la música, ¿eh?

-¡Me encanta! Creo que es la suprema de todas las artes… y eso que quería ser escritor. Amo la música. Si quitaras todas las cosas placenteras, pero dejas la música, aún así valdría la pena estar vivo, sólo por el placer de escuchar todas las maravillas que existen…

-Órale -el entusiasmo de Bilcho empezaba a contagiarme, mientras el cuarteto de Liverpool seguía con algunas canciones tranquilas y alegres-. Oye, ¿y cómo está eso de que querías ser escritor?

-Pos sí, fíjate. Me latía mucho la literatura. Es más, yo quería estudiar Letras, pero mi viejo, el Almirante, me dijo “¡ni madres!”, así que entré a estudiar lo que estudian todos los humanistas a los que no les dejan estudiar humanidades: Comunicaciones.

-Ya. Te entiendo. Yo no sé si entré a estudiar medicina porque realmente quería o porque era lo que mis papás querían desde el día en que nací. ¿Y en Comunicaciones cómo te iba?

-Pues dos tres. Conocí buena banda y había algunas clases chidas y buenos maestros. Pero en general no me gustaba la línea que seguía la carrera.

-¿A qué te refieres?

-Pues en primera, la pinche escuela de los Millonarios de Cristo te quiere meter religión hasta por el culo. Puta, esos pinches mochos te están jodiendo todo el tiempo con eso. Hasta una vez quisieron prohibir a todos los estudiantes que leyéramos Harry Potter. Y no es que sea sorprendente, en esa dizqueuniversidad están prohibidas un montón de cosas, desde el Marqués de Sade hasta Marx. Pero Harry Potter, ¡hazme el cabrón favor!

-¿Y aparte de eso?

-Pues que la visión de la carrera era demasiado mercantilista para mi gusto. Prácticamente te decían que tenías que vender, vender, vender. El primer día de clases, un maestro nos dijo “Miren a su alrededor, muchachos. Ésos que ven ahí sentados junto a ustedes no son sus amigos: son su competencia en el mercado laboral”. Y una maestra de merca nos decía “Si su trabajo es vender algo, lo tienen que hacer. No importa si es el producto dañino que está matando de cáncer a los bebés, si su trabajo es venderlo, ustedes lo tienen que hacer”… Literalmente, macho, no es caricatura. En fin, cambiemos el disco para escuchar a los Beatles más evolucionados.

Así lo hizo Bilcho y colocó una copia pirata de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Me gustó más que la anterio; música y letra eran alucinantes, y con el efecto de la mota mi espíritu se estaba yendo de viaje. Después de un rato de clavarme en silencio con las canciones, seguí preguntando a Bilcho sobre su vida pasada.

-Entonces, ¿cómo es que te escapaste de Ciudad Plana?

Bilcho dio un largo suspiro -¿Te acuerdas que te hablé de un cuate que me enseñó a fumar?

-¿El que luego se volvió cristiano? Sí.

-Bueno, me llevaba muy bien con él. Era como el hermano mayor que nunca tuve. Un día, tomando unas cervezas en un bar, me dijo “Yo que tú, mandaba todas estas chingaderas al carajo y me iba de aquí”. No le hice caso esa vez, pero sus palabras se me quedaron bien grabadas. En una ocasión, hubo en la universidad una conferencia dictada por un genio de la publicidad, un señor que se encargaba de las campañas de una conocida marca de perfumes para hombres. Ya sabes, de ésos que hacen que las mujeres se vuelvan ninfómanas bisexuales y de inmediato quieran tener sexo colectivo contigo y otras veinte mujeres…

Reí –Sí, ya sé.

-Bien, pos estaba este tipo dando su conferencia, brindándonos consejos sobre cómo debíamos hacer las cosas y poniendo ejemplos de su propia carrera profesional. Decía “En el mundo de hoy, cuando las personas piensen que ya han satisfecho todas sus necesidades, hay que crear nuevas necesidades, para que sigan consumiendo, se siga produciendo y siga habiendo empleos”. Cuando terminó, se inició una ronda de preguntas y yo fui el primero en alzar la mano. “¿Nunca se siente mal por dedicarse a algo que reproduce un sistema de valores jodido?” le pregunté. El auditorio se quedó en silencio y todos me miraron con incredulidad. Había cierto grupo de chicas que me odiaba porque siempre expresaba mis ideas, y que en ese momento me dirigieron un gesto de guácatelas con la boca torcida. El valido no respondió, pero una muchacha, que era la organizadora del evento y que estaba también cerca del podio, me miró como asesina y me dijo “¿Sabes cuánto gana el licenciado?” y se tocó la cabeza con el dedo como diciendo “¿Estás pendejo?”. Entonces supe que yo hablaba un idioma distinto al de ese público, al de la universidad y al de Ciudad Plana. Un par de semanas después me escapé.

-Wow. Vaya historia –dije-. Pero ¿qué pasó con eso de ser escritor?

-Ah, eso es otro rollo. Básicamente me desanimé cuando conocí a un escritor local muy reconocido, que me dijo “Para hacer arte tienes que dedicar tu vida a ello. Tienes que renunciar a todo lo demás, tiene que sacrificarlo todo y entregarte por completo a ese arte.” Entonces me dio hueva, porque creo que la vida es demasiado grande, demasiado llena de cosas por hacer, de lugares que visitar, de experiencias por vivir, de gente por conocer, como para dedicarle todo mi tiempo y toda mi energía a una sola cosa.

-¿Alguna vez escribiste?

-Sí, pero nada bueno -Bilcho rió-. Prefiero leer. Pero démosle un break a los Beatles y vamos a escuchar algo más azotado.

Bilcho puso esa noche muchas canciones de las grandes bandas de rock sesentero y setentero, algunas de las cuales conocía de nombre, pero la mayoría eran desconocidas para mí. Bilcho corría dos o tres canciones de cada banda para darme un ejemplo del trabajo de cada banda o artista. Pero cuando llegamos a Pink Floyd, me hizo escuchar el disco completo.

Las clases de música con Bilcho se volvieron una costumbre que practicábamos en las noches tranquilas cuando no había nada mejor que hacer. Tras dejar el rock hippie me hizo conocer los orígenes del hard rock y del punk en los setenta. Una noche la dedicó al rock ochentero y al inicio del grunge. Unas noches las dedicó al heavy metal y escuchamos todo lo que había que escuchar desde sus orígenes hasta la era en que se fue comercializando y ablandando. Una de mis noches favoritas fue aquélla que dedicamos al rock en español. Luego le entró a las bandas indies más recientes, que estaban de moda, me dijo, entre la gente que sí sabía de música.

En fin, durante esas noches de melomanía, Bilcho me enseñó no sólo de rock, sino de jazz, trova, bossa nova, pop y mucha música en español y en distintos idiomas y todos los géneros de la música electrónica, que aprendí a diferenciar y a apreciar gracias a él. Y eso fue sólo el principio, pues Bilcho empezó por instruirme sólo en lo más mainstream, para después pasar a los tesoritos más rebuscados que pudo encontrar.

Pero volviendo a esa primera noche musical, el último disco setentero que escuchamos fue The Wall de Pink Floyd. Cuando terminó, Bilcho me dijo:

-¿Sabes cuál es una excelente música para pachequear?

-Pues toda la que acabamos de escuchar es muy inspiradora.

-Sí, pero de la mejor experiencia melocanabística, es la que viene de la música clásica.

-¿O sea Beethoven y esos vatos?

-Ándale.

-¿Y no está como de hueva?

-¡No, güey! ¡¿Cómo dices eso?!

-Pos no sé. Como que no me late.

-¡Es que no la has escuchado con atención, carajo! Muy bien, empezaré por ponerte algunas de mis piezas favoritas, las más movidas.

La computadora tocó a los grandes: Mozart, Beethoven, Vivaldi, Verdi, Wagner, Orff, Schubert, Bach, Strauss, Händel, Bizet, Berlioz, Revueltas, Moncayo, Rodrigo, Tchaikovski, Stravinski… Bilcho seleccionó algunas de sus piezas más vigorosas, compuestas de poderosas emociones que estallaban en mi intelecto. Exploté con la Obertura de 1812, me fui al paraíso en las Cuatro Estaciones, vibré con La Consagración de la Primavera, me conmoví con el Huapango y me estremecí con Así habló Zaratustra. Para entonces ya habíamos fumado tres churros e íbamos por el cuarto.

-Pero de todas las piezas de música sinfónica, ésta es mi favorita.

Bilcho puso una pieza que sólo puedo describir como sombría, como de una amenaza que marcha sobre uno, que al principio es física, como un enemigo que busca destruir tu mundo, y que después se vuelve algo omnipresente, una atmósfera de peligro y amenaza inevitables, que obliga a quien la escucha a respirarla y vivir en ella. Sentí una ansiedad repentina, pero no quería dejar de oír la música, porque era muy hermosa.

-¿Cómo se llama? -pregunté al terminar.

Marte: el Portador de la Guerra -dijo Bilcho con los ojos entornados, fijos en las bocinas de la computadora-. Cuando oigo esta música siento que estoy viajando a través del espacio, con todas sus maravillas alrededor de mi nave comando. Imagino nebulosas de colores y estrellas infinitas entre las que pasa un ejército conquistador bajo mis órdenes -se volvió hacia mí y sonrió-. Es mi música para pachequear. ¿Está chida no?

-Sí, mucho… Oye, y no tienes esa cancioncita que va así -dije y chiflé una melodía que mal recordaba.

-Oh, pero claro que sí -dijo él y puso justo la pieza de música que yo tenía en mente- Es el Bolero de Ravel.

-Me gusta mucho. No sabía cómo se llamaba.

Bilcho encendió el quinto churro de la noche y me lo pasó.

-Disfrútala -dijo.

El Bolero era como una espiral ascendente al mismo tiempo que una marcha y una respiración que se agitaba, de miedo o placer o expectación. Me hacia caminar en cámara lenta por una ciudad luminosa, me enseñaba las plantas prehistóricas crecer en un paisaje desértico, aparecía frente a mí la silueta de una mujer ígnea bailando al compás de sus movimientos. El Bolero era como un principio sin fin que se revolvía en sí mismo. Como un golpe reiterativo que invitaba a un camino desconocido pero propio. Era una estrella de metal girando sobre sí misma y creciendo con cada vuelta. Era una serpiente de luz bailarina. Era un silbido, un lamento, un murmullo y una canción. Era un latido de vida avanzando hacia una muerte sublime y gloriosa. Era un goteo de aire revuelto con agua y tierra. Era de fuego y me dejé perder en él; dejé que me subiera y bajara, me contrajera y expandiera mientras en mis párpados cerrados se dibujaban listones, lagunas y centellas que vibraban al ritmo de la música.

Había algo en la música que habíamos escuchado esa noche y en la que escuchamos todas esas noches que me parecía familiar. Las noches de música con Bilcho eran como volver a una infancia perdida que no recordaba añorar. Me daba sensación de algo que siempre había estado ahí pero en lo que nunca había reparado, como algo que se ve con el rabillo del ojo, pero que nunca se toma en cuenta. Estando pacheco y mesmerizado por esa música entendí de pronto que la tradición musical de todo el mundo y todas las épocas pertenece a cada uno de nosotros, que es el canto de nuestra especie, lo que nos eleva sobre nuestro origen en el lodo primigenio y nos pone a la altura de las estrellas. ¡Dios, qué tonto es no aprovecharla!

Después de dieciséis minutos terminó el Bolero y mi mente estalló en las imágenes de cientos de criaturas que evolucionaron por la vida y caminaron hacia la extinción. El Bolero se convirtió para siempre en mi música para pachequear.

-Qué buena rola -dije sonriendo de marihuana antes de quedarme dormido.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a 17. Bolero de fuego

  1. Darwin dijo:

    errata: La nostalgia mmasoquista se asentó en mí,

  2. Darwin dijo:

    Jeje, pocos comprenderán la frustración de las atribuciones erróneas en programas de intercambio p2p, me daba cólera que John Williams aparecía como el compositor de todas las bandas sonoras de películas del universo, y demás.

    Yo sé tocar un poco de piano, y tengo gusto por bandas sonoras de videojuegos y películas y TV, como me crié en un ambiente religioso no pude explorar libremente la música hasta ya grande;
    No sé, para mi ha sido difícil comprender el porqué el desprecio de los intelectuales a la música pop y el reggaeton, digo, del reggaeton comprendo aquella que son por letras misóginas e inmorales, pero igual música de rock/metal que gustan a a algunos de estos intelectuales son igual o peor, con la diferencia, quizás, de como son en inglés, nos cueste más captarlo; igual con la música pop, entiendo que no salgan de letras repetidas y clichés de canciones de amor y similares, o de coreografías llamativas para captar la atención y/o compensar falta de talento vocal, pero, al punto que quiero llegar, es que esta música puede ser y es significativa para mucha gente, yo en particular no son fan, pero hay dos que tres canciones pop y reggaeton que me gustan,

    Quizás mi molestia es porque he conocido gente que piensa que porque te gusta la música pop o el reggaeton, ya eso te hace automáticamente una persona estúpida y superficial, como si escuchar música clásica te volviera culto de repente también no creo que toda música que suena en la radio sea mala música por mor de si, para el caso, los Bettles sonaban en la radio, aunque también comprendo que si uno se limita a sólo la música que suena en la radio, se pierde de toda una gran variedad mayor de música. Es decir, yo puedo entender el porque tienen más merito otro tipo de música, pero aveces sentía que para ser intelectual había que despreciar ese tipo de música sí o sí, sin excepciones, lo que lleva a una situación que para ser “inteligente” te tiene que gustar un cierto tipo de música y despreciar otro.

    En mi caso mi método para descubrir música nueva han sido apps como Spotify, o de buscar en internet recomendaciones de música, últimamente en mi trabajo le he adquirido un poco de gusto a cosas como la bachata y las rancheras, porque hay mucho gente aquí que le gustan, y ver el entusiasmo con que la cantan es contagioso, aunque siento mi género favorito es el rock/pop alternativo, al menos por ahora.

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