19. Playa Tsunami

Índice
Capítulo anterior

            Era domingo y por lo tanto no había Circo.

            -Santificarás las fiestas -decía el bueno del Tío.

            Bilcho y yo nos dirigimos a Playa Tsunami apenas despertamos. Atravesamos la Zona Hotelera en autobús hasta llegar a uno de los rincones más apartados y con menos construcciones de la isla. Allí, en medio de la maleza y los bancos de arena, en un área rodeada de alambres de púas, se alzaba una la torre de lo que debía haber sido un hotel muy lujoso. Bilcho me contó la historia.

            -Fue la inversión millonaria de una familia de Monterrey. Cuando vino el huracán Wilma todo se fue a la chingada. El hotel estaba construyéndose cuando una ola gigante cayó sobre él y se llevó todo lo que había, trabajadores incluidos. La familia perdió todo su dinero en esta inversión y nadie más quiso continuar con la construcción del hotel, así que se quedó a medias. Vamos.

            Mientras cruzábamos la alambrada Bilcho seguía relatando.

            -Como los hoteles tienen dominada toda la costa y no permiten el acceso de nosotros los humildes mexicanos a quienes pertenece la playa, hemos adoptado estas ruinas como nuestro balneario.

            Atravesamos el lobby del hotel. Todo en él era lujo cubierto de arena y agua salada. Había dos elevadores; uno de ellos estaba vacío, oscuro y derruido, y el otro se encontraba iluminado por dentro, y sus puertas se abrían y cerraban con un pitido. Incluso podía escucharse música ambiental que provenía de él.

            -Hay electricidad –señalé.

            -No. Sólo ese elevador loco continúa encendido.

            -¿Cómo?

            Bilcho se encogió de hombros –Nadie sabe. Vamos.

Al final llegamos a una explanada con una piscina a medio llenar de agua podrida, rodeada por las ruinas de un bar. En lo que debía haber sido un jardín bien podado, ahora crecían como locas las plantas costeras. Entre los bloques de algunas paredes derruidas correteaban las lagartijas.

Al final estaba la playa. No era muy extensa, pero sí muy bonita. Estaba llena de jóvenes, y muchos de ellos nadaban a pesar del mar embravecido. Me quité los zapatos para disfrutar de la arena blanca y fresca.

-Ah, el mar -dijo Bilcho extendiendo los brazos ceremoniosamente-. El gran excusado de la Naturaleza.

-Mira –dije-, ahí está Edmundo platicando con un güey. Unámonosles.

-Sí, está muy caótica la cosa -decía Edmundo-. Se me hace que hasta septiembre no vamos a saber quién será presidente…

-Pues no hay otro que Obrador -dijo su interlocutor, un vato que después supe que se llamaba Cristóbal.

-Es lo más probable, pero no sé… Mucha gente se tragó eso de “si votas por el Peje va a haber crisis y comunismo”. Pinche banda que no sabe ni lo que es el comunismo…

-¡Bah! Política -dijo Bilcho con desprecio-. Yo hace mucho que vivo aparte de ese pedo. Nada más me deprimía.

-¿Y no votaste? –preguntó Edmundo.

-Yo voté por esa guapa señora que dijo que iba a legalizar la mota. Me parece suficiente razón para votar por alguien.

-¡No mames! -dijo Cirstóbal- Por gente como tú está así este desmadre. Si en vez de votar por esa vieja, que nunca iba a ganar, hubieran votado por Amlo, ahorita no habría dudas sobre quién es el presidente.

-Pero si yo no quería que ganara el Peje -respondió Bilcho con tranquilidad-. Yo quería que legalizaran la mota.

-¡Pero es que esa vieja y su partido no eran más que un complot de la derecha para desviar votos de los izquierdistas y que así Obrador tuviera menos votos!

Bilcho miró largamente a ese individuo, como estudiándolo, y después le respondió con calma –No me jodas.

-¿Y tú, Diego? ¿Por quién votaste? -preguntó Edmundo.

-Yo no voté.

-¿Cómo que no votaste?

-Pues no lo hice. El dos de julio iba a ir a votar, pero cuando me lanzaba para la casilla, siempre estaba llena de gente y me dio hueva. Y así estuve todo el día sin animarme a hacer la cola, hasta que cerraron las casillas y ya ni pedo.

-Pero, iban a ser tus primeras elecciones presidenciales, ¿no?

-Sí, y al principio estaba un poco emocionado, pero la verdad es que no me interesa ese desmadre -dije rascándome una oreja con pereza.

-Chale -dijo Edmundo-. Por eso estamos como estamos.

-¡Hola!- sonó una voz femenina que interrumpió la conversación. Todos nos volvimos para ver a Cristal que usaba un traje de bikini color canela y un pareo. ¡Vaya que se veía bien!

-Hola -dije, siendo el primero en responderle.

-Hey, Diego. ¿Cómo andas?

-Muy bien, gracias…

-Oye, Cristal -dijo Edmundo-. ¿Y tú por quién votaste?

-¿Yo? No voto. Soy anarquista.

-No chingues -dijo Edmundo medio riendo.

-Ah, pinches marihuanos -se quejó Cristóbal-. Cuando Fecal nos esté gobernando y privatice hasta el aire se darán cuenta de lo pendejos que son -y se fue dando pisotones y pateando la arena.

Bilcho se carcajeaba –Sí, mi chava. ¿Qué no viste lo de “Tu rock es votar” y “Si no votas, cállate”?

-Pues yo no voto y no me callo, chingaos -dijo Cristal con mucha dignidad.

-¿No hubiera sido mejor anular tu voto en todo caso? -sugirió Edmundo.

-No. Anular el voto significa que estoy en desacuerdo con los candidatos. No votar significa que estoy en contra del sistema.

Bilcho y Edmundo asintieron y yo me quedé viendo a Cristal, admirado e intimidado por lo que me parecía su gran inteligencia.

-Pues bien…- dije -¿Vamos a nadar o qué?

-Yo paso -dijo Edmundo.

-Yo me apunto -dijo Cristal.

-¡Mira! Ahí vienen las tetas de Alison -dijo Bilcho.

Volteé y en efecto vi a Alison caminando hacia nuestro grupo con un diminuto bikini azul turquesa. Un extraño escalofrío se paseó por mi espinazo y sentí mi faz palidecer.

-Hola -saludó.

-Alison, Cristal. Cristal, Alison.- las presenté por demás incómodo, pero ellas se dieron la mano con toda naturalidad –Estábamos a punto de ir a nadar, ¿vienes?

-Sí, claro.

Nos metimos al mar las chicas, Bilcho y yo. Cerca de la orilla las olas reventaban con fuerza, pero conforme nos adentrábamos el mar estaba más tranquilo. Me sentí bien de percibir el sabor del agua salada en boca y en mi nariz. El mar, el sol y la brisa fresca masajeaban mi cuerpo, mi mente y mis sentidos. Me dejé mecer por la música tranquila y alegre del océano y dejé ir el nerviosismo que sentía por estar junto a las chicas. Ellas hicieron buenas migas bastante rápido, contándose sus vidas y razones para estar allí.

-¡Vamos a revolcarnos! -exclamé de pronto y todos se me quedaron viendo raro –En las olas, quiero decir -pero la mirada de extrañeza de mis camaradas no se borró –Cuando ara niño –expliqué-, me iba a la orilla de la playa, donde las olas golpean más fuerte y dejaba que me revolcaran por la arena.

-Suena innecesariamente incómodo -dijo Bilcho.

-Yo te acompaño -anunció Alison.

-¿No vienes, Cristal? -le pregunté.

-No. No me late.

Así que Alison y yo hicimos una carrera a nado hasta que el nivel del agua era tan bajo que no podíamos patalear. Aquél era el punto indicado para dejarnos hacer lo que las olas quisieran. El mar era como un gatito juguetón y nosotros nos dejábamos llevar. Alison y yo reíamos como niños pequeños y por un momento nos quedamos sonriendo, viéndonos a los ojos hasta que una ola muy grande nos tragó y me arrastró lejos de la orilla. Por unos segundos permanecí sumergido, flotando en animación suspendida, sin respirar, tranquilo, envuelto por el agua cariñosa y maternal. Entonces otra ola me empujó de regreso a la orilla. Allí mi cuerpo chocó con el de Alison.

-¡Hey!- gritamos los dos al unísono. Nos abrazamos y juntos rodamos por la arena cuando una última ola nos escupió del mar. Nos sentamos y miré largamente a los ojos de Alison como hacía mucho que no me atrevía a mirar a una mujer y naufragué en el azul de sus iris. Por eso no me di cuenta de que había perdido el top de su bikini.

-Eh… -balbucí tratando de guardar la decencia y no desviar la mirada hacia sus pechos desnudos.

-¿Qué pasó?

-Tu traje de baño…

Alison miró hacia abajo y supo porqué había sentido aquel frío repentino. Se cubrió con las manos y se echó a reír.

-¡Qué embarazoso! Mejor voy por mi toalla.

-De acuerdo. Yo volveré al mar y veré si encuentro tu bikini.

-No. Déjalo estar. No creo que la encuentres -dijo y se levantó corriendo a buscar con qué taparse.

Bilcho y Cristal salieron del mar y se sentaron en la arena junto a mí.

-¿Y tu gringa? -preguntó Cristal.

-Se le perdió el top -dije riendo- Fue a buscar con qué taparse.

-Sí, todos lo vimos -dijo Bilcho arqueando las cejas.

-¿Y qué cuentas, Diego? ¿Qué dice la vida de fugitivo? -preguntó Cristal

-Pues no mucho. Ayer me dediqué a pachequear y a escuchar música.

-¿No que no fumabas?

-Este cabrón me envició -dije señalando a Bilcho

Cristal rió –Sí… Bueno, pero no olvides que yo te desvirgué, ¿eh? -dijo con un guiño y yo dejé escapar una risita nerviosa de puberto. Luego, de forma resumida y poco atractiva le platiqué a Cristal lo que había sucedido en los últimos dos días, desde el encuentro con El Agente hasta el Bolero de Ravel. No parecía particularmente interesada en nada de lo que yo decía y a todo respondía con un “ajá”.

Alison se nos unió; se había puesto un top azul oscuro.

-A ver, Alison -dijo Cristal-. Síguenos contando tu vida.

-Pues ya les dije lo principal. Soy de Atenas, estudio psicología y trabajo de mesera…

-¿Y qué te parece México?

-México… Es hermoso, pero tan extraño. Hay en él algo que se siente como muy feliz, como que puede hacer fiesta todo el tiempo. Pero hay otra cosa que es muy dolorosa, que llora, que tiene miedo… No sé si lo dije bien…

-Te entiendo –dijo Cristal asintiendo, pero yo no captaba el mensaje.

Pues para mí –añadió Bilcho-, México es un extraño país en el que la gente considera que tener a un montón a adultos vestidos grotescamente como niños es entretenimiento familiar.

Reímos. Cristal dijo que necesitaba un churro y se levantó a buscarlo. Los otros tres estuvimos conversando un rato sobre Alison y su percepción de México. Entonces dije de pronto:

-¿Crees en Dios?

Alison me miró extrañada por la pregunta y respondió –No.

-¿Y tú, Bilcho?

-Yo soy pastafari, creo en el Monstruo Espagueti Volador… ¿A qué viene esta inquisición?

-Nada más.- dije –Estaba pensado que este es el primer domingo en mucho tiempo en que falto a misa.

-¿De verdad? -preguntó Alison.

-Sí. Mi mamá y mi ex son muy católicas.

-¿Y tú, Diego?

-No sé… Creo que debe haber algo más pero si lo hay no creo que sea como lo pintan los padres.

-Te entiendo -nos sorprendió la voz de Cristal; había regresado y estaba fumando un porro-. Yo igual creo que existe alguna fuerza suprema, pero ¿cuál es su naturaleza? No le podemos poner nombre ni definición. Creo que los humanos somos demasiado mezquinos para entenderla o siquiera concebirla.

-Sí -dije comprendiendo esta vez -Así es como yo lo creo…

-Bueno, pues brindemos por tu primer domingo de apostasía -Bilcho levantó la mano como si sostuviera una copa; los demás hicimos lo mismo y brindamos.

-Ha sido una loca semana -dije.

-Y todavía no se acaba -dijo Alison guiñándome un ojo.

Pasamos toda la mañana y el mediodía divirtiéndonos; conversamos, nadamos, jugamos volibol y futbol playero, nos enfrentamos en una guerra con bolas de arena y bajo la dirección de Bilcho construimos un castillo…

-No es un castillo -explicó él indignado por nuestra incultura- Es la fortaleza de Helm’s Deep.

Preocupado por el sol, recordaba a mis amigos que no debían exponerse por periodos muy prolongados y los incitaba a resguardarse en las ruinas cada cierto tiempo, por lo que me gané el título de aguafiestas, pero de cualquier forma siguieron mi consejo.

-Tú eres el doc, Doc -dijo Bilcho y así nació mi apodo.

Estábamos sentados en la arena, a la orilla del mar, discutiendo qué haríamos para la hora del almuerzo, cuando se escuchó un grito de terror.

-¡Ahí viene la tira!

-¡Jálele! ¡Aquí se rompió una jerga! -dijo Bilcho levantándose en el acto.

-¿Y por qué habríamos de temer a las fuerzas del orden? -pregunté con hueva.

-Estamos en propiedad privada…

-No es cierto, estamos en la playa.

Bilcho me dio una palmada en el hombro y me dijo con condescendencia:

-Ahí tú explícales -y se fue corriendo.

Cristal, Alison y yo lo seguimos; apenas le dio tiempo a las chicas para recoger sus cosas cuando una multitud de jóvenes pasó corriendo y nos arrastró. Tratamos de rodear el edificio por la derecha, pero cuando dimos la vuelta la multitud ya venía de regreso.

-¡Nos tienen rodeados! -gritó alguien.

Perdí a Cristal y a Bilcho de vista; no quería que sucediera lo mismo con Alison así que la tomé de la mano.

-¡Vamos al edificio! le dije.

Atravesamos playa y patio, y nos adentramos en las ruinas.

-¡Arriba!- sugerí.

Subimos las escaleras, tropezando y resbalándonos varias veces. Corrimos hasta que no podíamos más. Habíamos subido cuatro pisos.

-Quedémonos acá –sugerí-. No creo que tengan la condición física para venir  a buscarnos.

Permanecimos de pie en el descanso de la escalera, recuperando el aliento.

-Wow. ¡Qué emoción! Siente mi corazón, Diego.

Alison tomó mi mano y la colocó sobre su pecho. Me ruboricé y palidecí con intermitencia. Traté de concentrar mi tacto en su latido, pero lo único que podía sentir era la redondez de su seno izquierdo. Cuando Alison soltó mi mano la retiré de inmediato; estaba muy nervioso.

Caminamos por el pasillo que aún olía a nuevo y ya estaba alfombrado. Si no fuera porque no había luz eléctrica, habría parecido que el hotel se encontraba en operación.

-Es como en The Shining -dijo Alison.

-Sí… -musité.

-¿Cómo serían los cuartos?

Nos acercamos a una puerta y la abrí con cautela. La habitación estaba vacía de muebles o seres vivos, pero muy limpia. Al fondo había un gran ventanal; Alison se acercó para observar la playa.

-Cuidado –advertí-. No te vayan a ver.

-No nos ven. Acércate.

En playa, algunos grupos de jóvenes corrían de un lado al otro, perseguidos por las mismas amebas que el día anterior habían extorsionado al Tío. Era como ver a una multitud de japoneses huir de Godzilla.

-Pinches polis ojetes. Ojalá que no agarren a nadie -dije.

-Espero que no.

Salimos del cuarto con la intención de explorar el hotel, pero sólo hallamos cuartos vacíos y pasillos en penumbras.

-Vamos abajo a ver si ya se calmó todo –sugerí al cabo de un rato.

Volvimos al primer cuarto y nos asomamos por el ventanal; la playa estaba desierta.

-Bueno –dije-. Creo que ya podemos bajar.

-Sí.

Pero no nos movimos. Permanecimos largo rato tomados de la mano y viendo el mar. Por fin me decidí a decirle lo que no le había dicho a ninguna mujer en tres años:

-Alison… me gustas mucho.

Ella me miró con mucha dulzura y contestó –Tu también me gustas, Diego.

Nos besamos con suavidad. De pronto Alison me susurró al oído.

-¿Sabes? Siempre he querido hacer el amor en un ascensor.

La tomé de la mano y bajamos corriendo las escaleras hasta llegar al lobby. Nos detuvimos frente al elevador que se abría y se cerraba.

-Cuando cuente hasta tres… Una… dos… ¡tres!

Nos escabullimos entre las puertas del ascensor antes de que se cerraran de nuevo. Me tomé unos instantes para mirarla y apreciar sus ojos y su tez, mientras la misteriosa música ambiental nos bendecía. Acaricié sus mejillas y enredé mis dedos en sus cabellos. Luego la besé y ella me besó de vuelta con una fuerza que nunca había sentido. Me abrazó con la misma intensidad y me apropié de su cuerpo alto, firme y mojado de mar. La recorrí con los labios y la lengua. Su boca sabía chicle, su cabello y su piel olían a piña y a coco. Mutuamente y con lentitud nos quitamos los trajes de baño. Me aparté para contemplar toda la belleza de su desnudez, de todas las líneas y curvas de su cuerpo, la perfección de sus senos y su cadera, y la sutil lindura de su bien recortado vello púbico de un negro que contrastaba con el color arena de su piel.

Con lentitud adelanté mi mano, la puse sobre su pecho y la deslicé con suavidad hasta colocarla en su cintura. Tuve el atrevimiento de tocarla toda, con torpeza, estoy seguro. Pero Alison sonreía. Puso sus manos en mis hombros y me jaló hacía ella; fue su turno de recorrerme con la boca, desde el cuello hasta la cadera, y con cada beso, chupetón o lamida sentía volverme loco, estar fuera de mí. De pronto sujetó mi pene erecto y le dio algunas caricias; la forma en que lo miraba, con gusto, me dio una sensación de seguridad y orgullo que nunca había tenido. Tras unos segundos, Alison se incorporó y apoyó la espalda en la pared; con la mirada me invitó a unírmele. Puse mis manos tras sus muslos y la levanté; ella me rodeó con las piernas y entonces entré.

Fue hermoso; el placer instantáneo que sentí al estar envuelto en su calidez y humedad me tomó por sorpresa como nunca me había sucedido desde mi primera vez… y fue tal que mi mente, por lo regular ruidosa y polifónica, tuvo la cortesía de guardar silencio.

Yo la besaba en el cuello mientras ella me acariciaba con las piernas; yo apretaba su culito, mientras ella mordía mi hombro; yo entraba en ella y ella me devoraba a mí. Era tan delicioso que sentí que acabaría pronto, y para aguantar el ritmo le propuse cambiar de posición. Ella, con una sonrisa suave y los ojos borrachos, me empujó hacia atrás y hacia abajo; perdí el equilibrio y caí sentado con la espalda apoyada en la pared. Alison se colocó sobre mí, y la vi con la majestad de una diosa que merece adoración y pleitesía. Se sentó sobre mí, y entrar de nuevo en ella fue tan exquisito y sorpresivo como lo había sido unos minutos antes. Me cabalgó con furia y entonces, mientras sentía sus glúteos saltar y aporrearse en mis muslos, y veía sus pechos alegres bailando frente a mi cara, pude decirme a mí mismo con satisfacción que me estaban cogiendo.

Cuando nos vinimos, ella gritó suavemente; yo estoy seguro de haber gemido.

Capítulo siguiente

Anuncios

Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
Esta entrada fue publicada en La Ciudad de las Palmeras. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a 19. Playa Tsunami

  1. Darwin dijo:

    -Sí, está muy caótica la cosa -decía Edmundo-. Se me hace que hasta septiembre no vamos quién será presidente…

    creo que hay una errata, sería “no veamos quien será”, ¿No?

  2. Darwin dijo:

    “Ellas hicieron buenas migas bastante rápido, contándose sus vidas y razones para estar allí.”

    se hicieron amigas, supongo era.

Sé brutal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s