20. No es por vicio ni fornicio

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A Liliana le encantaba coger, aunque jamás lo admitiese. El primer año de nuestra relación lo pasamos en estricta castidad, si bien con fajes ocasionales. Durante el transcurso del segundo, con motivo de una peda, cogimos. Fue la primera vez para ambos y supongo que a Liliana le gustó tanto como a mí porque a partir de entonces aprovechábamos cualquier ocasión para fornicar. Pero si Liliana se volvía loca durante el sexo y hasta pedía que le dijera cosas sucias, al terminar se dejaba llevar por la culpa y a veces hasta se ponía a llorar. Después de tener sexo me apartaba de encima suyo y se levantaba de la cama, envuelta en la sábana, pues no le gustaba que la viera desnuda. Si habíamos cogido durante la semana, de ley se confesaba el domingo.

            Sobra decir que sólo lo hacíamos de misionero; las demás posiciones sexuales eran indecentes. En alguna ocasión yo sugerí penetrarla de perrito y ella se indignó sobremanera.

-¡No soy una puta!

Tampoco usábamos condón, sino que, para mi eterna frustración, teníamos que practicar el coitus interruptus. Y por supuesto, el sexo oral era cosa de animales.

            No podría muy bien definir la diferencia entre tener sexo y hacer el amor, ni decir si con Liliana sólo cogí. Sentía un cariño muy fuerte hacia ella, sin duda, sobre todo en los primeros dos años; pero el sexo era algo mecánico que acababa muy pronto y no encontraba en él esa reverberación extraña de la que tanto hablaba la gente. De cualquier forma, en los últimos meses de nuestra relación ya ni lo hacíamos.

De vez en cuando hablábamos del futuro, cuando estuviéramos casados, y en una ocasión Liliana me dijo que deberíamos poner en nuestra alcoba matrimonial uno de esos letreros que le advierten al Señor “No es por vicio ni fornicio, sino por poner otro hijo a Tu servicio”. Me pareció lo más ñoño del mundo, pero le dije que sí. A todo le decía que sí.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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