23. Algunas personas merecen ser golpeadas

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            -Así que te dio el batazo -dijo Bilcho, en un intento fútil de aparentar las ganas que tenía de decirme “te lo dije”.

            -Ajá.

            -Bueno, ni pedo. “Se la vi”, como dice el chiste.

            -Pos sí -dije con un suspiro.

            -Velo por el lado positivo, lo bailado nadie te lo quita y pasaste un buen rato con una chica muy guapa, inteligente y divertida.

            -Una chica muy guapa, inteligente y divertida que me mandó al carajo por no ser ninguna de las tres -rumié.

            -No te entristezcas por lo que acabó; alégrate por lo que sucedió. Ésa es mi consigna -Bilcho prolongaba una perorata que no tenía ganas de escuchar –Mañana será otro día, etcétera.

            -¿Algún otro lugar común que quieras decirme?

            -Hay que dejar lo pasado en el pasado, Hakuna Matata.

-Sí, seguro.

-La vida es como una caja de chocolates…

            -Buenas noches.

-Mañana, después del trabajo, te llevo a algún lado pa’ que te distraigas.

            Gruñí un leve “ajá”, me cubrí con las sábanas y cerré los ojos.

            Por la mañana, antes de ir al Circo, Bilcho quiso animarme llevándome a desayunar a uno de esos grandes supermercados.

            -La jugada –explicó-, es pasear por los pasillos del supermercado y comer los bocadillos que nos ofrecen los empleados.

            -¿No hay una canción de Molotov que reprueba este tipo de conducta?

            -Sí, pero no le hace. A darle.

A Bilcho le parecía muy divertido e ingenioso; para mí era una travesura insulsa. Mi vida de fugitivo se tornaba monótona y repetitiva, y el rechazo de Alison eliminaba todo lo bueno que había sucedido. Despertar-desayunar-trabajar en el circo-alguna chistosada de Bilcho-empezar de nuevo. ¿Y si no importaba hacia dónde escapase, siempre me encontraría con el tedio? Quizá sólo fuera posible cambiar una rutina por otra, pero nunca deshacerse de ella.

A ratos miraba a la distancia, con la esperanza de ver a Alison aparecerse caminando por el bulevar. De pronto todo me fastidiaba: el sol, la brisa marina, Bilcho y los Tíos; hasta las ratas me daban hueva con sus trucos y maromas.

Cuando terminó la jornada Bilcho se trasladó a Anasazi’s y yo me fui a su casa para hacerla de marmota. Empecé a pensar que quizá era tiempo de volver a casa. Una semana había sido mucho, ¿realmente aguantaría un año?

Ese miércoles seguimos la misma rutina del día anterior, sólo que esa noche, después de que Bilcho volviera del restaurante, visitamos Arkadia de nuevo. Al volver a la casa, Bilcho y yo fumamos unos churros y escuchamos música. Todo era muy agradable, pero no era lo extraordinario que esperaba de mi vida de fugitivo. ¿Dónde estaban las aventuras, los riesgos, las mujeres, las fiestas extremas, los escenarios exóticos, la existencia llevada al límite que debía ser el pan de cada día? Quizá hay algunas personas que están condenadas a llevar una existencia mediocre. Quizá yo era una ellas. Pero la mayoría de los mediocres viven felices, mientras que yo, consciente de mi propia intrascendencia, me torturaba. No podía vivir feliz con una vida estática, y la otra vida, la que percibía como verdadera, me parecía inalcanzable.

Lo peor es que no sabía qué hacer. Ya me había escapado de casa, ya tenía un trabajo exótico en un paraíso tropical. ¿Qué tenía que hacer para vivir? ¿Debía arrojarme al camino y ver qué pasaba? No, era muy peligroso, o yo era muy pusilánime… Bueno, por lo menos en casa estaría cómodo…

-Ya se nos acabó la mois -dijo Bilcho sustrayéndome de mis cavilaciones-. Mañana vamos por más. Te toca dar tu tanda.

-¿Tienes tu dealer?

-Sí. Es un cuate que vende mucho y muy barato. Está algo apartado, pero es mejor que comprar en la ciudad. Aquí la mota llega muy cara y muy seca.

Así que al día siguiente, después de desayunar, tomamos un camión que nos llevaría hacia la central de abastos. Es curioso lo que sucede en la Ciudad de las Palmeras, mientras más se aleja uno de la Zona Hotelera, más feo se vuelve el pueblo. Las casas se hacen más pequeñas, viejas y descuidadas; las calles tienen más baches y hay menos postes de luz y teléfono; se ven pasar a muchos jóvenes con toda la pinta de pandilleros; los negocios de franquicias reconocibles son cada vez menos y los tendejones de barrio, con sus pisos negruzcos y sus mostradores grasientos, son cada vez más.

El camión nos dejó en una avenida que más adelante se unía con el anillo periférico. De nuestro lado de la calle había varias casas, pero del otro la hierba crecía salvaje e incontrolable en un amplio terreno baldío.

-Oye, ¿no es esto peligroso? -pregunté

-Sólo si, como tú, pones cara de forastero vulnerable.

Me intimidé por el escenario.

-Tú tranquilo -me dijo Bilcho poniéndome una mano en el hombro-. Actúa como si nada. No dejes ver que estás nervioso. Que no parezca que estás alerta, pero que tampoco crean que estás apendejado. Tú déjame hablar a mí.

Nos internamos en las callejuelas. Las casas eran muy pequeñas y algunas de ellas hasta seguían el estilo tradicional maya, con su forma ovalada, sus techos de guano y sus albarradas. Más de una casa era un simple cubo de láminas. Justo al final de una calle sin pavimentar, había una casucha vieja, cuadrada y de techo alto, como las viviendas de los peones de las antiguas haciendas. Más allá, un camino de terracería se perdía entre la maleza.

Un hombre de unos treinta años, vestido sólo con unas bermudas raídas, se mecía adormilado en una hamaca colgada entre una palmera y un alto árbol de chaya. Un grueso bigote le adornaba la cara y varios tatuajes cubrían su cuerpo de bronce.

-¡Buenas, mi Chema! -saludó Bilcho.

El hombre abrió los ojos y, al ver a mi amigo, exclamó con entusiasmo:

-¡Qué milanesa que te dejas verdolagas! ¡Yo creí que ya te habías morongas!

-¡Pos naranjas! -contestó Bilcho-. Sigo bien víbora. ¿Tendrás hierbabuena?

-¿Qué pachuca? Me extraña que siendo araña no sepas tejer tu tela.

-Pos horas del día. Pásame un tostón.

-Simona la cacariza.

El Chema se bajó de su hamaca y se metió en su casucha. Al mismo tiempo, de ella salieron dos niños semidesnudos que pasaron corriendo junto a nosotros, jugando futbol con una botella de plástico. Un perro malix se les unió al juego en seguida. De la vivienda provenía música de Cártel de Santa.

-Este señor es un estereotipo con patas -le murmuré a Bilcho.

-No lo critiques, se esfuerza mucho.

El Chema emergió del edificio portando un paquete de hierba compacta envuelta en cinta canela que asentó en la albarrada. Junto al árbol de chaya estaba colocado un machete, que el comerciante tomó y con el que abrió de un tajo el paquete.

-¡’Ira! ¡Es de la buena!

El Chema acercó la hierba para que la oliéramos. Deliciosa.

-Pos Batman y Robin -dijo Bilcho y luego se volvió a mí-. Son cien varos.

Saqué el dinero de mi cartera y se lo entregué al Chema, el cual tomó la cantidad de hierba correspondiente a cien pesos y la enrolló en una tira de papel periódico.

-Ahí tenias.

Bilcho tomó el paquete y lo guardó en mi mochila.

-Granos verdes, mi Chema. Ahí nos vidrios.

-Sale, galán.

Cuando nos hubimos alejado de casa del Chema y estuvimos en la avenida, me sentí tranquilo y pude respirar.

-¿Ves, mi chavo? No pasa nada. ¿A poco te pusiste nervioso?

-Un poco. Sobre todo cuando sacó el machete.

Bilcho rió –Tú tranquilo. Ahora vamos a dejar esta madre en mi casa. Si la chota nos cacha con esto, nos lo quitan y luego lo venden ellos más caro.

Así lo hicimos y luego fuimos al trabajo. Esa noche a Bilcho le tocaba mezclar en Anthrax, de modo que fuimos para allá. Nos encontramos a varios de los amigos que recién había conocido los días anteriores. No encontré con quién bailar y me quedé sentado en la mesa con los brazos cruzados y mirando con cara de mierda a las parejas en la pista. Al terminar la velada, volvimos a la casa y al día siguiente empezó el ciclo de nuevo.

-Hoy hay partuza en casa de Wiki -me comentó Bilcho mientras íbamos de camino al Circo de las Ratas

-Chido. Wiki me cae bien -contesté en buen plan.

-Sí, es a todo dar ese cuate. Oye, y mañana me voy a Playa, ¿te acuerdas que te dije?.

-No.

-Pos sí, me voy a Playa. Va a haber un rave poca madre. Viene Lennard Dietritch.

-¿Y ése quién es?

-Un DJ bien chingüengüenchón. ¿Qué dices? ¿Te lanzas con nosotros? Nos vamos en el Alerón Chiflado.

-No, no creo. No me late. Además, si te vas, creo que es tiempo que ya me regrese a mi casa.

-No jodas. ¿Pos no que un año?

-Pues eso decía, pero creo que fueron no más debrayes míos. Mejor me regreso a mi casa antes de que todos se escandalicen.

-Chale -musitó Bilcho y no se dijo más.

Terminaron las funciones y volvimos a casa de Bilcho a prepararnos para la fiesta.

-Oye, ¿y con motivo de qué o qué se hace la fiesta? -pregunté

-No más.

-¿Debo prepararme para un reventón muy grande?

-Nah. Sólo vamos unos cuantos cuates. A revivir el arte de Sócrates.

-¿La sodomía?

-Ja, ja, ja. No. La conversación.

Nos movimos en camión hasta casa de Wiki. Era toda una mansión, rodeada de muros altos y con cerca electrificada. En una pared, junto a una gran puerta de metal, había una loseta con el dibujo un pescadito darwiniano como aquél del Alerón Chiflado y la leyenda EN ESTA CASA CREEMOS EN LA EVOLUCIÓN, EN EL BIG BANG Y EN LA TECTÓNICA DE PLACAS. LLÉVESE SUS SUPERCHERÍAS A OTRA PARTE.

Bilcho tocó el timbre y una voz chillona nos preguntó por interfón “¿Quién?” Bilcho dijo que íbamos a ver a Wiki y una puerta grande de metal se abrió automáticamente para que pasáramos. Tuvimos que atravesar una explanada que servía de estacionamiento para cinco automóviles que, según Bilcho, pertenecían todos a los abuelos de Wiki. Entramos a la casa y caminamos por una larga sucesión de salas y pasillos hasta llegar al patio trasero, enorme también, con mucho jardín, una piscina y un kiosco en medio. Ahí, en el kiosco, estaba Wiki, presidiendo la reunión y vistiendo una camisa negra con grandes letras blancas que decía ¡LIBERTAD DE CULTOS! LOS INCULTOS QUE SE CHINGUEN. Junto con él había varios muchachos y muchachas, entre ellos Emo, Edmundo, Dulce y Marta. Llegamos junto a ellos, nos saludamos y me presentaron a los que no conocía, en su mayoría gente de la que no guardo recuerdo alguno.

Me serví una cerveza y traté en la medida de lo posible de participar de la conversación, pero yo no formaba parte real de ese grupo, no compartía sus anécdotas ni sus referencias. Pronto me aburrí.

-Bueno, creo que es momento de sacar el Guitar Hero -anunció Wiki, a lo que todos contestaron con vítores.

Bufé con hueva. Otra vez empezarían con sus ñoñadas.

Y de pronto llegó Cristal. Caminó a lo largo del patio hasta llegar al kiosco, tomó una caguama y bebió directo de la botella, le quitó a alguien el cigarro que traía en la oreja, lo encendió, se sentó a fumar y a beber y dijo:

-Qué pedo.

-Hey -saludaron algunos sin entusiasmo.

Tras ella llegó su prima Mariela, que saludó muy afectuosamente a Wiki.

-Hola -dije yo, acercándome a Cristal.

-Hola, Diego. ¿Y tu gringa?

-Ah… ya se fue.

-¿A dónde?

-A correr mundo, supongo.

-Bien por ella.

Wiki sacó el X-Box, un proyector, unas bocinas y la guitarra de juguete; todo lo necesario para una sesión épica de Guitar Hero.

-Mmm -gruñó Cristal por su hermosa naricita.

-Sí ya sé –le dije.

-Estos tipines siempre con maquinitas, ¿verdad? Si no fuera por acompañar a Mariela, por aquí no me veían -guardó silencio un momento y luego propuso-. Vamos a sentarnos junto a la piscina, tengo ganas de remojar los pies.

Allí fuimos, nos quitamos los zapatos y metimos los pies en el agua. Me quedé viendo sus pies descalzos, breves, sonrosados, con los dedos redondos y las uñas recortadas. Me dieron ganas de acariciarlos.

-¿Estás cansada? -pregunté con timidez

-Maso. Me la pasé todo el día caminando, por la playa y por las plazas. Ya sabes.

-¿Quieres que te dé un masaje en los pies? -dije y sentí en seguida que me sonrojé.

Ella sonrió –Bueno -y alzó los pies mojados y los colocó junto a mí, para que yo los frotara y acariciara… ¡se sentía tan bien!

-¿Y qué cuentas? -dijo.

-Pues… no mucho.

-Sí… ya no hay mucho qué hacer por aquí. Lo bueno es que me voy mañana a Playa al rave de Dietritch.

-¿Ah sí? Bilcho también se va para allá.

-Chido. ¿Tú no vienes?

-Nel. No creo.

-¿Y eso?

-No me late.

-¿Alguna vez has ido a un rave?

-No. Imagino que es como ir a la disco pero más grande.

-Oh, no. No tienes ni idea. No hay nada más solitario que una disco; ahí estás como aislado de todos, todos son desconocidos, te estorban, incluso se siente la agresión.

-Pues sí, de hecho, el otro día un pendejo me agredió en Anthrax sin rima ni razón.

-Ahí está. Un rave es diferente. Es como una fiesta gigante, en la que todos son tus invitados, tus amigos. Todos están en la misma onda y hay mucha buena vibra; es como si todos estuvieran conectados. Además, la música siempre es mucho mejor de lo que sería en cualquier antro.

Decía esto con los ojos abiertos y brillantes de un entusiasmo que no tardó en contagiarme.

-¿Por qué no te lanzas? -me preguntó.

-Pues, no suena mal. Pero… la neta es que ando medio depre.

-No digas. ¿Por?

Y le conté la historia de Alison. Creo que en parte lo hice en un intento de utilizar la vieja estrategia de “nada atrae más a una mujer que un corazón roto” y dados mis pedos mentales, contemplaba como viable la estrategia de conquistar a Cristal provocándole lástima. Obvio que no funcionó.

-¿Te dijo que eras aburrido? -preguntó Cristal riendo.

-Sí… ya ves -dije encogiendo los hombros.

-Bueno, ni pedo. Allá ella.

-¿Tú qué crees?

-¿De qué?

-¿Crees que soy aburrido?

-Ja ja ja. Pues no sé. Hasta la fecha no me has aburrido. Pero por otro lado, yo me distraigo con facilidad.

-Eso es bueno, supongo -dije.

-Pos no sé. Soy medio rara. A veces puedo entretenerme con cosas sencillísimas, como sólo acostarme y mirar las formas que marcan la rugosidad del techo. Pero a veces todo me aburre y siento que necesito emociones de verdad. Por eso me gusta viajar, cambiar de ambiente.

-Ei, a mí también.

-¿Viajas mucho?

-Eh… No, no en realidad… Pero tengo la firme intención de empezar a hacerlo para compensar el tiempo perdido…

-Ja, ja. Muy bien. Yo me moriría si no pudiera viajar. Me aburriría ver la misma gente, los mismos lugares… ¿Sabes qué deberíamos hacer?

“¿Coger?”, pensé, pero dije –No, ¿qué?

-Hacer como tu gringa y lanzarnos a viajar por toda la península. Conocer todas las zonas arqueológicas, todos los pueblitos, todas las haciendas, los cenotes… probar el balché, dicen que es otro pedo -Cristal decía todo esto con mirada de ensueño.

-Oye, es una excelente idea. Estaría poca madre… ¿Cuándo nos vamos?

-No sé… -dijo un poco desilusionada-. Ya casi se acaban las vacaciones y yo tengo que volver a la uni.

-A todo esto, ¿qué estudias?

-Biología, ¿no te dije?

-No que yo recuerde. ¿Biología marina?

-Siempre me preguntan eso. No, sólo biología, a secas.

-Ah… ¿Y a qué te piensas dedicar?

Cristal me miró muy seria con sus ojos de miel y dijo –Es lo que menos importa.

Entonces sacó un churro de su bolsa chiapaneca, se lo llevó a la boca y lo encendió.

-¿Qué hay? -me preguntó-. ¿Ya le agarraste la onda?

-Te sorprenderías -le dije con un guiño, tomé el churro y le di dos toques.

-Ja ja ja. Muy bien. Te dije que te llegaría a gustar. ¿Y sabes hacer aritos de humo?

-No. ¿Me enseñas?

-No se puede enseñar. Yo aprendí porque un día salí al patio de mi casa y estuve fume y fume hasta que me salieron los aritos. Es cuestión de práctica y de agarrar tu propia técnica.

-Ah… No sabía que hacer aritos de humo fuera tan científico.

Mientras, frente a la pared en la que se proyectaba el videojuego, Edmundo se quejaba de su paupérrimo desempeño en Guitar Hero.

-Coño. Esto no es lo mío. ¿No tiene esta madre canciones de Sabina o algo así?

Bilcho olfateó el aire –Huele rico –observó.

-Sí -confirmó Edmundo con una sonrisa-. Huele a quemado…

-¡Coño! -exclamó Wiki al vernos a Cristal y a mí fumando mota tan campechanamente junto a su piscina, y corrió hacia nosotros-. No, no, no, no, no, no. Apaguen eso. Están aquí mis viejos.

-Aliviánate, Wiki -le dijo Cristal riendo.

-No, por favor. Apáguenlo. No mamen.

-Ash. Ya, está bien. Ya lo apagué. No te malviajes.

Entonces se escuchó una voz aguda y aguardentosa que gritaba desde dentro de la casa.

-¡¿A qué huele?!

-¡A nada, abuelita! ¡Ya vete a dormir! -gritó Wiki a su vez, y luego, dijo hacia nosotros, pálido y con gotas de sudor bajando por sus gordos cachetes –No mamen.- y regresó con el grupo que estaba jugando Guitar Hero.

-Chale -dijo Cristal cuando Wiki estuvo lejos-. Pinche neuras.

-Sí, qué mamón -dije para seguirle corriente, aunque en realidad estaba de acuerdo con Wiki.

-Oye, Diego, ¿tú tocas la guitarra? -me preguntó de pronto.

-No. ¿Por?

-Ah, es que tienes cara como de bohemio. Con tu pelo medio largo y tu barba de tres días.

-¿Cara de bohemio, yo? -no pude evitar carcajearme.

-Sí… un poco. Oye y… ¿pintas?

-No.

-¿Dibujas?

-No.

-¿Escribes?

-Menos.

-¿Practicas algún deporte?

-Hacía básquet en la prepa, pero era muy maleta y muy huevón.

-Entonces, ¿cuál es tu gracia?

Sonreí, aunque la pregunta me cayó muy pesada –Pues dicen que siempre digo frases ingeniosas, que a veces tengo mis puntadas.

-Ah, bueno, eso sí, creo…

-¿Por qué tanta pregunta?

-No más, quiero saber qué pedo contigo.

-¿Qué pedo de qué?

-Ay, pos no más. Ya, está bien, si te molesta que te pregunte ya ni te hablo.

-No, no. No te molestes, yo no más decía…

-Está bien -dijo ella más calmada y nos quedamos embarazosamente callados. -Y… ¿qué cuentas? -dijo por fin.

-Nada… ¿y tú?

-Nada…

-Oye, ¿no ya pasamos por esto? -pregunté y ella rió; otra vez nos quedamos callados.

-Denseemos -dijo Cristal.

-¿Sobre qué quieres densear?

-¿Qué piensas de la vida?

-¿Qué se yo de la vida? Ése es mi mayor problema.

-¿A qué te refieres?

-No sé qué hacer con mi vida. Sólo sé que de lo que huí en ciudad no es lo que quiero. Pero no sé lo que quiero. No sé cómo empezar a sentir que le estoy sacando jugo a la vida.

-Pues es fácil: haz de todo. Todo lo que puedas: viaja mucho, bebe mucho, lee mucho y coge mucho. Todo mucho. Eso de “exceso” es relativo. Tú sabrás cómo acomodar tus excesos, dependiendo de cuándo te quieras morir. Y de todos modos eso no lo decides tú. Así que como yo te dije: haz de todo.

-No es tan fácil.

-¿Por qué?

-Pues… siempre hay muchas cosas que hacer: escuela, trabajo, novia. Con todo eso nunca puedo hacer lo que quiero. Pero ése tampoco es el problema. El problema es que ya no sé ni lo que quiero…

-Bueno, ya lo descubrirás -dijo Cristal dando a entender que con eso daba por terminada esa conversación.

-Sí, ya lo descubriré -y agregué ensombrecido-. O me jodo.

-Ja ja ja. No es para tanto. Sigamos denseando.

Y pasamos las siguientes horas denseando sobre si existía la vida después de la muerte, cuestión ante la que me declaré agnóstico. Cristal me contó unas historias de fantasmas y hechos extraños que le habían sucedido. Luego hablamos de ovnis y de si creíamos que había extraterrestres. Ello nos llevó a conspiraciones del gobierno y a hablar de política, tema del cual estaba por completo desinformado, y Cristal me explicó cómo todo estaba jodido, que Fecal era un pendejo, y que el Peje era otro pendejo y que Fox era el más pendejo de todos. Y luego me empezó a hablar de la guerrilla en Chiapas y en Guerrero, y de que ella había ido alguna vez a las asambleas zapatistas y que ésa había sido de las mejores experiencias de su vida. Pero justo cuando estaba contando sobre ello, se apareció Mariela para decirle que ya era tarde y que era momento de que se fueran. Cristal se despidió de mí con un abrazo.

-Me dio gustó platicar contigo. Eres buen oyente.

-Sí… es que no tengo mucho que decir, en realidad.

Ella se fue, pero desde la puerta me dirigió una sonrisa más. Yo me quedé ahí, junto a la piscina, pensando. Su pregunta se me quedó en la mente, archivada en la misma carpeta que el “eres muy aburrido” de Alison. En efecto, ¿cuál era mi gracia? No tenía ningún talento, ni para el deporte, ni para ningún arte, o para cocinar… vamos, ni para los juegos de mesa era bueno. Tampoco era un buen orador como aquéllos que se la pasan contando de su vida o de sus conocimientos y embelesan a quien los escucha. Ni tenía conocimientos de nada.

            Pensé en mi hermano Ricardo que era un erudito y se la podía pasar dándonos lecciones de historia, política, literatura, cine o arte. Pensé en Bilcho que era DJ, experto en música y que hacía trucos con ratas. Pensé en todos los chavos que sabían tañer una guitarra, como Juan Pablo, y los envidié, sobre todo porque su talento atrae a las mujeres. Hasta el tetín de Wiki con sus conocimientos atraía a un montón de grupis que orbitaban a su alrededor.

            Pensaba en los talentos y en los conocimientos en función de ser reconocido. Quería que los demás (sobre todo las chicas) pensaran “Oh, Diego es muy bueno para esto. Oh, Diego sabe mucho sobre esto otro”.

            Recordé a Rafael, mi mejor amigo desde que nos conocimos en secundaria. Wiki y Bilcho me hacían pensar en él porque tenían más o menos los mismos gustos. Rafael era un campeón para todos los videojuegos que pudiera haber; yo era incapaz de jugar algo más complicado que Mario Kart. Rafael también era fan de la ciencia-ficción, la fantasía y los cómics de superhéroes. Podía hablar por horas de las biografías de personajes de Star Wars o de El Señor de los Anillos y se las sabía de todas, todas. También era muy hábil para la computación. Me parecía por un lado un poco ñoño el que supiera tanto sobre esas cosas tan triviales, pero por lo menos era experto en algo. Yo no podía decir que fuera especialista en nada.

            Tenía otro amigo de la secundaria, Jorge. Él sabía mucho de coches, de marcas y modelos, de carreras de autos y de cómo repararlos. Podía mirar una calle de noche y reconocer desde lejos la marca y el modelo de un auto sólo por la forma de los faros. En una ocasión llevaba a Jorge en mi auto camino hacia el Puerto cuando se nos ponchó una llanta. Yo no sabía cambiar un neumático, así que saqué mi celular para llamar al servicio. Jorge se burló de mí, me dijo que me dejara de maricadas y que lo mirara cambiar la llanta, para que aprendiera. Nunca me dejó olvidar aquella humillación y contaba la anécdota siempre que podía. Exponer que no era capaz ni de cambiar un neumático era una excelente forma de ilustrar mi deficiente masculinidad.

            Cuando entré a la Facultad conocí a muchos chavos que estaban interesados por “el buen cine” y “la buena música”. Siempre estaban hablando del director no sé quién y de la banda no sé cuál y entre ellos se entendían. Traté de ponerme al día con ellos, mínimo para poder participar en las conversaciones y no quedar como un paleto, y por eso empecé a ver algunas de las películas de las que más hablaban y traté de bajar música de las que sabía que les gustaban. Pero pronto me desanimé. Por un lado, no consumía esa música y ese cine por gusto verdadero, así que no les prestaba mucha atención ni las disfrutaba. En realidad escuchaba esas canciones y veía esas películas para poder decir que lo había hecho. Además, me desanimó que por más que hiciera, siempre había mucho más por conocer y nunca podría estar a la par con esos sujetos.

Me di cuenta de que si alguien tiene alguna habilidad o sabe mucho sobre algo es porque se apasiona por ello, y que si yo no tenía talentos ni conocimientos era porque nada me apasionaba, no había algo que disfrutara tanto como para que valiera la pena dedicar a ello todo mi talento y todo mi esfuerzo.

Entonces agarré el pomo, me aplatané en un camastro junto a la piscina y me puse a chupar como colibrí. Creo recordar que me puse muy impertinente, diciendo mamadas y gritando como profeta del desierto. Lo último que recuerdo es que dije en tono indiscreto:

            -Algunas mujeres merecen ser golpeadas.

            Todos se me fueron verbalmente encima con frases como “No mames” y “¿Cómo puedes decir eso”?

            -No, no -dije entre hipos y tartamudeos, por momentos notando lo grotesco que debía sonar y lucir-. Déjenme explicar. Yo no… estoy a favor… de golpear a una mujer, ni apruebo que los hombres le peguen a las mujeres… Pero… o sea… Seguro todos ustedes han conocido a un güey sobre el que han dicho “Este pendejo se merece una patada en los huevos”. Pues también habrán conocido mujeres y pensado “Esta vieja merece que le den una bofetada”.

            -No mames, Diego -dijo Bilcho- ¿Estás hablando de Alison?

            -No, no. Es que… Pinche Liliana, güey, no mames, siempre estaba con sus berrinches y sus caprichitos y sus cosas… y eso de que no hacíamos nada… y siento que ella no me dejaba… y entonces me daban ganas de darle una bofetada… Me aguanté las ganas mucho tiempo, la neta… Sobre todo cuando me regañaba… ¿Cómo no iba a…? Pero no… La verdad es que la extraño… No mamen… Ya no sé ni qué pedo… -y le di un trago largo al bacacho.

            -¿Qué le pasa a tu cuate? -preguntó Edmundo.

            -Es nomás la mala copa -contestó Bilcho.

            -Es que esa pinche vieja… -seguí balbuciendo-. Es todo su culpa. Por ella no he vivido. No sé porqué desperdicié tres años de mi vida con ella… Fui un pendejo. La debí cortar al año… Pero no es su culpa, yo también era así… La extraño un chingo… -empecé a llorar-. La extraño un chingo… Soy un pinche hipócrita… Coño, ¿por qué a mí nunca me pasa nada bueno?

            – Este pendejo se merece una patada en los huevos- murmuró alguien.

            -¿De qué puñetas hablas? -me preguntó Bilcho -¿Que acaso se te murió alguien?

            -Es que todo es nada, nada, nada, nada… Yo quiero vivir, güey. ¡Quiero vivir!

-Aquí vamos otra vez. ¿Qué no estás vivo?

-No. Es como si sólo pudiera ser espectador… y a veces, ¡ni eso! ¡Mi vida es una mierda! Ustedes no saben, cabrones… Ya no lo aguanto…

            -Macho, estás cagando la banana -dijo Bilcho.

            -Voy a preparar un café -anunció Wiki mientras Bilcho me rodeaba los hombros con un brazo.

            -Tranquilo, mi chavo. Sólo están con la mala copa, eso es todo.

-No es eso, Bilcho. Es que soy muy infeliz. Estoy deprimido.

-¿Infeliz? ¿Deprimido? Mira, Emo aquí estudia psicología. ¿Qué dices, Emo? ¿Este chavo está deprimido?

-No, sólo está hecho un marica.

-Ahí está, ya escuchaste al experto.

-Estoy seguro de que ningún psicólogo cuenta como experto –dije.

-Mira, mejor sólo relájate y deja esa botella.

            -¡No! -grité y lo aparté de mí con un empujón-. Ésta es la única forma en la que puedo sentir algo, en la que siento que las cosas cambian, aunque sea porque todo lo veo como que da vueltas y borroso…- y con voracidad inusitada apuré de un trago todo el ídem y caí sobre mi culo en el pasto de Wiki, llorando y berreando inconsolable.

            Estuve así el resto de la velada. No recuerdo mi bien, porque la peda se me subió al encéfalo y sólo guardo algunos flashazos aleatorios en los que se ve a Wiki llevándome café, a Bilcho tratando de calmarme y a todos los demás jugando inmutables Guitar Hero, sin prestar atención al patético borracho de la esquina.

Me quedé dormido ahí, tirado en el piso. Después de un par de horas, Bilcho me despertó y me dijo que ya era tiempo de volver a la casa. Wiki nos hizo el inmenso paro de darnos aventón.

Cuando llegamos a la casa de Bilcho yo estaba por completo desganado y con un sentimiento de fracaso absoluto.

-Mañana me regreso a Ciudad Plana -anuncié.

-Okey. Tú sabrás.- Bilcho se sentó en la hamaca; yo me quedé parado en el umbral del cuarto –¿Se podría saber por qué?

-Este viaje ha sido un fracaso.

-¿En qué sentido? Cuéntame -había en la voz de Bilcho cierto sarcasmo condescendiente que me molestaba.

-Pues no sé. No he logrado lo que he querido. No he hecho nada. Pensé que al escaparme tendría un montón de aventuras exóticas, que viviría todo lo que cuentan esas personas que han corrido mundo. No sé. Es completamente lo contrario de lo que yo pensaba.

-¿Y qué pensabas? Me intriga.

-¡Pos ya te dije! Vivir. Quiero vivir. Quiero sentir que estoy viviendo la vida, que estoy teniendo experiencias. Quiero que cuando llegue a viejo pueda mirar hacia atrás y ver una vida de aventuras y no… esto -pronuncié la última palabra frunciendo el ceño y los labios.

-Y dime, ¿qué es esto?

-¡Pos esto! La rutina y lo mismo, y andarse con jueguitos y fiestas que son iguales aquí que allá y… Ah, yo qué sé. ¿Por qué no puedo ser como la gente que tiene vidas atrabancadas, los que “están muy vividos”? ¿Por qué yo no puedo ser así? ¿Por qué mi vida tiene que ser tan simple?

-Mi chavo, recapitulemos. Bien. Llevas en esta ciudad… ¿cuánto? ¿Nueve, diez días?

-Estamos empezando el día diez -dije.

-Bien. Llevas unos cuantos días en la Ciudad de las Palmeras y ¿qué has hecho?

-Nada.

-¿Cómo nada?

-Pos nada, güey. Nada.

-Conseguiste un trabajo, digamos, poco usual, te ligaste a una gringa ¡y qué gringa!, probaste la mota por primera vez, sobreviviste a una balacera y tuviste algunas noches chidas de fiesta.

-Pero eso son mamadas, Bilcho. No es nada. Apenas son anécdotas. No tienen significado. Y esas fiestas…no es que hayan estado mal… De hecho, por momentos he sentido que voy empezando bien… Pero ahora no. Ahora siento que… No lo puedo explicar. Me siento… vacío. Quiero más, más, más. Quiero vivir.

Bilcho suspiró y adoptó ese aire de sensei Miyagi que le daba de vez en cuando –Mira, Diego, ¿qué es lo que quieres? ¿Ser un extremo?

-Hacer cosas extremas. Sí.

-Muy bien, te voy a explicar. Esas personas “extremas” que siempre están buscando lo más azotado para hacer, nunca están satisfechas. Después de que se les pasa el furor entran en depresión y, como tú, ya no saben ni qué pedo con su vida. Es porque están vacías, por eso siempre están buscando experiencias atrabancadas. Pero nada los llena. Sólo están siempre tensos y ansiosos pensando “tengo que hacer algo extremo, tengo que hacer algo extremo”.  Nunca vas a estar satisfecho con nada lo que hagas porque el problema no es dónde estés, ni con quién estés, ni las cosas a las que te dediques. No se trata de eso. Es como te explicaba la vez pasada, en Arkadia…

-No me vengas con esas mamadas, por favor. Ya me cansé de que pretendas saberlo todo. Ya déjame en paz. Da igual sentirme frustrado aquí que en Ciudad Plana. Ahí por lo menos estoy cómodo.

-Es que lo que buscas no está en las experiencias…

-¡Ya! ¡Ya me tiene hasta la madre tu puto complejo de Yoda! Déjame estar con mi dolor.

-¿Tu do…? -Bilcho dejó escapar una carcajada que me calentó los huevos- No pinches mames, Diego. Hay gente que se muere de hambre, que vive temerosa del crimen, que siempre está en medio de la guerra. Gente a la que la policía y el ejército de sus propios países los torturan, niños que son violados por sus propios padres, personas enfermas de cáncer, de sida… No mames, Diego. Hay tanto sufrimiento en este pinche mundo que ni siquiera puedo empezar a describírtelo. Coño, estoy seguro de que lo peor que me pueda imaginar no es tan horroroso como la realidad… ¿Y tú me sales con que tienes dolor? No mames. ¿Tú, un pinche niño fresa al que nunca le ha faltado nada? ¿Y por qué? ¿Porque no te la pasas en orgías locas? ¿Porque Cristal no te ha dado las nalgas? ¿Porque te has aburrido un poco los últimos días? No mames, Diego. Perdóname, bro, pero eso de “mi dolor” es una jalada cósmica.

-¡Pues sí! –dije-. Yo sé que hay mucho dolor en el mundo y bla, bla, bla… ¿Y? Saberlo no hace que lo tengo carcomiéndome por dentro duela menos. Y quizá mi dolor es una mamada, pero es el único que conozco, es lo único que tengo. ¡Tú no sabes nada! No sabes lo que he estado sintiendo por… ¡Meses! ¡Años! ¿Quién te crees que eres para decirme que mis sentimientos no valen, no importan, no son reales?

Bilcho apartó la mirada, sacó un churro de su bolsillo, lo encendió, le dio un toque profundo, mientras yo lo miraba con furia e impaciencia.

-Me cae que te mereces una patada en los huevos. Por suerte para ambos, el camino del Monesvol es uno de no violencia. A falta de algo mejor, creo que lo que tú necesitas es ver a Papá O’Reilly.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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3 respuestas a 23. Algunas personas merecen ser golpeadas

  1. Darwin dijo:

    Este es el capítulo con el que más me he sentido identificado hasta ahora, lo de ser un niño fresa clasemediero que se siente decepcionado de la vida por no saber qué rumbo tomar, ni qué hacer, una vez publiqué mi historia en un foro de internet y alguien comentó: “tu problema es que has sido un niño mimado al que nunca le ha hecho falta nada, y por eso no ambicionas nada, flotas pero nunca aterrizas”, me dejó pensando, no sé si será mi problema o no, pero igual estoy ahora en la fase de “¿Y ahora qué?”,

  2. Darwin dijo:

    También lo de luego de haber salido de una relación, culpar a la otra persona por tu miseria, la manera en que está descrito… Se sorprenden las similitudes conmigo, ¿Es común ser así? No lo sé, pero me sorprendiste mucho.

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