25. La tierra baldía adolescente

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            -Bueno, Nathan, ahí te encargamos el Cubil Felino- dijo Bilcho mientras salíamos de casa.

            -All right.

            -Ja, ja, ja. Pinche Nathan, qué cagado es.

            Fue una muy feliz sorpresa encontrar a Cristal y a Mariela en el Alerón Chiflado cuando Wiki pasó por nosotros a casa de Bilcho. Él había logrado convencerme de que le diera una última oportunidad; me llevaría a Playa para hablar con un tipín al que llamaban Papá O’Reilly, y después al rave. Si luego de eso no me sentía bien, él mismo me pagaría el boleto de regreso a Ciudad Plana.

            -¿Cómo te trata la resaca? -preguntó Wiki, ya en el camino.

            -Nada mal. Soy bastante invulnerable a la cruda -le respondí.

            -¿Te empedaste anoche? -preguntó Cristal.

            -Sí. No fue muy divertido… -dije.

            -¿Mala copa? -adivinó.

            -Mala copa -contesté.

En poco más de una hora llegamos a una población que parecía la versión mini de la Ciudad de las Palmeras, con sus innumerables centros comerciales, restaurantes de comida rápida y discotecas; y mientras más nos acercábamos a la costa, más bonito se ponía todo. Después de rondar por calles y calles en busca de estacionamiento, Wiki dejó el Alerón Chiflado donde pudo y nos bajamos a recorrer la Quinta Avenida, una larga calle empedrada de color rojo por la que sólo pueden circular los peatones y que está flanqueada por comercios atiborrados de turistas. La gente alegre, el sol, la brisa marina y el colorido del lugar me puso de buenas.

-Como de costumbre: lleno de fenómenos -dijo Bilcho con una sonrisa-. Amo este lugar: jipis, rastas, tamborileros, naturistas, new agers, surfistas, gringos pendejos, europeos alternativos y esos inútiles que jupean y hacen malabares con palos incendiados. ¡Esto sitio tiene de todo!

-Y… ¿a dónde vamos? -pregunté.

-Tú y yo vamos a ver a Papá O’Reilly -me dijo Bilcho.

-¡¿Van a ver a Papá O’Reilly?! -exclamó Cristal- ¡Qué chingón!

-Sí -dijo Bilcho-. Vamos a ver si le dice algo útil a nuestro  joven camarada.

-Pfff –bufó Wiki -¿Ese merolico charlatán?

-No le hagas caso a Wiki –me aconsejó Cristal-. Tú aprovéchalo mucho, Diego.

Nos despedimos de los otros. Yo me quedé pensativo, intrigado por la fascinación que Cristal demostraba hacia ese tipo; quizá por visitarlo me ganaría algunos puntos con ella.

Tras un rato de caminata llegamos hasta un restaurante en edificio de dos pisos con techo de palma. Un letrero de plástico anunciaba el nombre Ziggy’s y tenía la imagen de un jamaiquino locochón tupiéndole a un porro. Subimos por una escalera de leño, apoyados en un pasamanos rústico hecho de troncos. En la planta alta había una terraza con varias mesas, algunas de ellas ocupadas por jóvenes y rubicundos comensales. Un mesero alto, gordo, moreno y con rasgos asiáticos se nos acercó.

-¡Bilcho, mi hermano! -dijo dándole un fuerte abrazo a mi compañero.

-¡Aloha, mi buen Kame! -saludó él a su vez.

Bilcho nos presentó.

-¿Qué te trae por aquí, hermano? -preguntó Kame.

-Mi cuate quiere hablar con Papá O’Reilly.

-Faltaba más. Ahora le aviso.

Kame se apartó y nos dejó esperando por casi un minuto. Cuando regreso, me invitó a seguirlo. Dudé unos momentos; me sentía muy abochornado y más cuando Bilcho me dijo:

-Pos vas. Yo me voy a conseguir unos ajos.

-¿Tengo que hacerlo? –pregunté.

-Es esto o permitir que Yordi Rosado y Gaby Vargas te digan qué hacer con tu vida. Adiós.

Titubeé, pero al final decidí seguir a Kame. En el extremo trasero de la terraza, el barandal se interrumpía para dejar libre el paso a un puente que colgaba a varios metros sobre un patio interior. El puente llegaba hasta una chocita asentada en la copa de un gran árbol.

-Pásale -dijo Kame- Pero agárrate bien.

Caminé lentamente a lo largo del puente, esforzándome por dominar el vértigo y no mirar hacia abajo. Las tablas crujían y las cuerdas vibraban a cada paso que daba. Tardé mucho más de lo que había pensado en un principio, pero al fin llegué hasta la chocita. Toqué la puerta.

-¡Avanti! -dijo una voz desde adentro.

Abrí la puerta y entré. Casi me tropiezo con un viejo gramófono que estaba en el piso y que reproducía música de Ravi Shankar. En una esquina había un estante con varios elepés. Junto al estante se quemaba un conito de incienso en un platito de barro. Las paredes de la choza estaban cubiertas de afiches con imágenes de Krishna, Buda, Ixchel, Afrodita, Baldr, Tonantzin, Lugh, Ishtar, Amaterasu, Confucio, Isis, Gandalf, Yoda, Jesucristo y Bob Marley. Las imágenes eran todas coloridas, abigarradas, psicodélicas, como hechas durante un viaje de drogas. A través de la choza estaba colgada una hamaca con los colores de la bandera de Etiopía, y en ella se sentaba un tipo como de treinta años, alto, delgado, moreno, con una sobresaliente nariz aguileña y con sus largos cabellos negros trenzados en dreadlocks. Parecía la mezcla entre un tlatoani azteca y un profeta rastafari. A lo largo de los brazos, los hombros y el pecho tenía tatuados caracteres chinos, jeroglíficos egipcios y mayas, y escritura en árabe, sánscrito y élfico. Sólo al final noté que le habían amputado ambas piernas por debajo de las rodillas.

-Hola, hermanito -dijo Papá O’Reilly -¿Qué te truje?

-Buenos días -dije con timidez.

-Buenos días a ti también, hermanito. Ahora platícame, ¿qué te atribula?

-Pues… nada. Estoy bien -mentí.

-No. Algo te anda moliendo. Venga, seamos netos -dijo.

-Bueno… es que la verdad es una mamada –ni siquiera sabía cómo empezar a expresarme.

-A lo mejor lo es -dijo Papá O’Reilly –Pero mientras te haga sentir mal, es algo muy grandote, ¿no lo crees?

-No lo sé…

-Ya lo averiguaremos. Primero siéntate -lo hice-. Ahora dime, ¿a qué viniste?

-No sé… Un amigo me dijo que necesitaba hablar con usted…

-Trátame de tú.

-Está bien…

-¿Y por qué crees que tu cuate creería necesario que hablaras conmigo?

-Pues… supongo que porque anoche andaba medio depre. Desanimado, pues.

-¿Y por qué estabas así?

-Es que… le va a parecer una estupidez.

-Te dije que me hablaras de tú, hermanito. Y no te preocupes, no te voy a juzgar. Dime, ¿qué es lo que te tenía tristón?

-Tonterías…

-Bueno, si no quieres platicarme, nos podemos despedir y que la Fuerza esté contigo…

Por una parte me alivió el no tener que enfrentarme a una situación tan incómoda como hablarle de mi vida personal a un extraño. Por otra tuve miedo de dejar ir esta oportunidad de poner mis pensamientos en palabras, así que antes de que pudiera arrepentirme o apenarme comencé a hablar.

-No estoy contento con mi vida. O sea sí sé que no me va nada mal y que nunca me ha faltado nada y todo eso, pero… Siento que no estoy aprovechando la vida. ¿Me entiendes?

-Ah -musitó Papá O’Reilly-, Clásico. Muy bien, empecemos por el principio, ¿qué es la vida?

-Pues… ¡yo qué sé!

-Entonces, ¿cómo puedes saber que no estás disfrutando la vida si no sabes qué es?

-Ah, va… Lo que siento es… que no estoy disfrutando, que no estoy exprimiéndole jugo a la vida, como dice la gente, ¿ya sabe? Escucho historias de personas que hacen cosas, que viajan, que conocen gente interesante y lugares exóticos, que tienen experiencias extremas, y todo eso. Bilcho me dijo que esa… ansiedad que tengo por estar haciendo cosas es culpa de los medios y de las ideas raras que tiene la gente. Y lo sé, mi cerebro lo sabe, y creo que tiene razón. Pero aún así quiero hacerlo, quiero… ¡vivir!

-De nuevo con vivir. ¿Qué es vivir? ¿Qué es aprovechar la vida?

-Pues hacer cosas, hacer de todo, conocerlo todo, abarcarlo todo. Hacer lo que hacen esas personas que sí están viviendo.

-¿Y eso es lo que quieres hacer?

-Pues sí…

-¿Por qué?

-Porque eso es lo que me hará sentir que estoy viviendo.

-¿Ah sí? ¿Eso crees?

-Pues… sí.

-¿Y cómo estás tan seguro?

-Pues porque la gente que hace eso parece estar muy viva.

-¿Que hace qué, hermanito?

-Pues eso que le dije, todas esas cosas.

-Cosas -repitió Papá O’Reily-. Y tú, ¿qué cosas haces?

-Nada.

-¿Cómo nada? Algo has de hacer, no eres una piedra. Y aún las piedras hacen: existen. La única forma de no hacer nada es siendo nada… Vamos a tratar de abordar este asunto desde otra arista. ¿De dónde vienes?

-De Ciudad Plana.

-Ah, es una bonita ciudad.

-¿De veras? No lo creo.

-Claro que no. Si lo creyeras no estarías aquí. Estás aquí porque te escapaste, ¿verdad?

-Sí.

-Ya veo. Lo he visto antes. Pero quizá el problema no es Ciudad Plana. Quizá el problema es cómo lo estás aprovechando.

-No hay nada qué aprovechar.

-Claro, claro. Y por eso viniste a Playa. El Caribe mexicano tiene mucho que ofrecer. ¿Por cuánto tiempo te piensas quedar?

-Pues cuando salí de Ciudad Plana pensaba quedarme en la Ciudad de las Palmeras durante un año. Pero como no he hecho lo que quiero hacer, quizá me regrese antes

-Hermanito, ¿habitas la vida o sólo eres un turista?

-¿Cómo?

-Hay personas que viven en la suspensión de la vida, haciendo toda clase de cosas que poco tienen que ver con ella. Estas personas a veces se toman un descanso, visitan la vida por un tiempo programado y luego vuelven a habitar la suspensión de la vida. Pero hay otras personas que habitan la vida todos los días. Tú dices que te escapaste por un año, ¿eso significa que sólo planeabas habitar la vida por un año?

-Entonces, ¿la Ciudad de las Palmeras es la vida?

-No sé. Eso pareces creer tú y eso es lo que importa. Crees que la vida está en la Ciudad de las Palmeras pero decides visitarla sólo por un año. ¿Y después? ¿Volverás a la suspensión de la vida? Entonces lo único que habrías hecho sería tomarte unas vacaciones.

-No había pensado en eso. Pero tampoco puedo quedarme para siempre.

-¿Por qué no?

-Pues porque tengo que seguir con mis estudios, conseguir un trabajo de verdad. No quisiera dormir en un colchón en el suelo por el resto de mi vida. La verdad es que me gusta estar cómodo.

-Hmm, no te equivoques. No seas como los panagüeros, que confunden la vida con los medios de subsistencia.

-¿Cómo?

-¿Para qué trabajar?

-Para poder sobrevivir. Para tener dinero y poder así adquirir las cosas que uno desea. Tampoco creo en eso de que tener muchas equivale a “triunfar en la vida”. En mi casa siempre ha habido de todo. Pero se necesita dinero para “vivir la vida”, ¿no? Sobre todo si se quiere viajar y recorrer el mundo.

-Muy bien, de acuerdo. Entonces crees que el trabajo, la carrera, todas esas cosas, no son la vida. No quieres vivir para trabajar. No piensas que valga la pena. No sólo de pan vive el hombre. Compra arroz para vivir y flores para que la vida sea hermosa.

-Sí, como sea. Pero el punto es que no puedo subsistir toda mi vida del Circo de las Ratas, ni de comer cacahuates, ni quiero tener que bañarme por siempre con agua fría. Entonces creo que por eso deberé regresar tarde o temprano, a seguir con mi carrera… o a escoger una nueva…

-¿Y la vida? Cuando regreses, ¿qué pasará con ella?

-Pues… no lo sé. Supongo que creí que para dentro de un año ya habría satisfecho mi necesidad de vivir.

-Y entonces serás como aquéllos que sólo visitan la vida de vez en cuando. Qué triste.

-Ah, chingados. ¿Y qué más puedo hacer?

-No sé. ¿Qué quieres hacer?

-No quiero pasar la vida haciendo cosas que no quiero.

-¿Cómo pepenar, limpiar sumideros, ser obrero de maquiladora mal pagado o esclavo sexual?

-N-no… -dije, entre molesto y avergonzado-. Quiero decir, como pasar las tardes de cada día en casa de mi novia sin hacer nada. Como tratar de cumplir las expectativas que mis padres tienen de mí. Como estar en el salón de clases, o en una reunión, o en la iglesia, o cuidando niños, y sentir que preferiría estar en otra parte.

-Está bien, nadie tendría que pasarse la vida haciendo cosas que no quiere, ya sea limpiar inodoros en un baño público, o doblarse la espalda ante una computadora en un cubículo, o quedarse atendiendo la casa en espera de un marido borracho.

-Sí, ya sé que lo mío no es para tanto…

-Eso lo decides tú. Pero entonces, ¿qué es lo que quieres hacer?

-¿Qué quiero hacer de qué?

-Para vivir la vida.

-No se ofenda -dije un poco exasperado-, pero creo que estamos yendo en círculos.

-Te repito: háblame de tú. Y si vamos en círculos es porque no has encontrado la salida del laberinto.

-¿Qué laberinto?

-El de la tierra baldía adolescente.

-¡Ah, claro! No, la verdad no entiendo.

-Recapitulemos. Quieres vivir la vida, quieres hacer las cosas que hacen aquellas personas que, según tú, viven. Las cosas que haces no te hacen sentir satisfecho. Pero además, sólo quieres vivir la vida durante un año. Después de eso te darás por bien servido y volverás a Ciudad Plana. ¿De acuerdo? Ahora bien, dime, ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dejaste Ciudad Plana?

-Éste sería el décimo día.

-Diez días. ¿Y en días no has hecho nada que te haya hecho sentir vivo?

-Sí… pero esa sensación dura muy poco, al final siempre me decepciona, siempre siento que debió haber sido más.

-Ya. Entonces sospecho que estés donde estés y hagas lo que hagas, nuca quedarás satisfecho, porque siempre sabrás que hay algo más, una montaña que no has escalado, un juego que no has jugado, una planta que no has fumado, un libro que no has leído, una playa en la que no has hecho el amor. Y eso es porque tu problema no está en lo que hagas ni en lo que dejes de hacer. Tienes el viejo complejo de la checklist.

-¿Y eso qué vendría siendo?

-Crees que tienes alguna especie de lista de la que debes tachar cosas. Y cada vez que oyes o sabes de alguien que hizo algo asombroso, agregas eso a tu lista. Pero cuando vives esas cosas, lo haces sólo para poder ponerles una palomita. Ya ni siquiera lo haces porque te vayan a dar un placer al momento de hacerlo, sino que lo haces para poder decirte a ti mismo que lo has hecho.

Pensé en la forma en la que había visto cine y escuchado música para ponerme al corriente con esos faroles que conocí cuando acababa de entrar a la facultad. La idea era la misma.

-Y te debes preguntar -continuó Papá O’Reilly-, ¿de verdad quiero hacer tal o cual cosa ahora que sé que alguien más la ha hecho? ¿O sólo estoy haciendo esto para tacharlo de mi lista? Debe haber cosas que te gustan de verdad, cosas que quieras, no porque las hizo el aventurero tal. Habrá cosas que anheles hacer, y otras que te sean indiferentes. Olvídate de las listas, ésas sólo causan ansiedad porque te la pasas pensando en ellas en vez de vivir lo que realmente quieres. Ahora bien, veamos ¿cuál es el fin de hacer todas esas cosas que te van a hacer sentir vivo?

-No sé. Supongo que es que algún día, cuando sea un viejito arrugado, pueda mirar hacia atrás, decir que tuve una buena vida y morir con una sonrisa.

-¡Por Ilúvatar! Ése sí que es un pensamiento macabro. Déjame decirte lo que opino y a ver si eso aplica contigo. No vives para un final. No acumulas vivencias esperando cumplir un objetivo. Debes hacer lo que disfrutas por el gozo mismo, por disfrutarlo en ese momento, no por pensar en que después pensarás o te sentirás de tal o cual manera.

Guardé silencio mientras procesaba lo que Papá O’Reilly me acababa de decir. Después de unos segundos, continuó.

-Entonces, te repito, ¿cuál es el fin de hacer todas esas cosas? ¿Cuál es la meta de sentirte vivo?

-No lo sé… ¿ser feliz?

Papá O’Reilly sonrió –Un hombre mucho más sabio que yo dijo alguna vez que el fin de todas las cosas que hacemos, trabajar, amar, correr, comer, beber, leer, bailar, luchar… todo eso lo hacemos para ser felices. No lo hacemos para alcanzar la felicidad como si fuera una meta en la cima de una montaña al final de nuestras vidas. La felicidad es algo que vives todos los días, es una actividad que nace y se desarrolla, y que no está de una vez por todas a nuestra disposición como una cosa que se posee. Por eso creo que es una tontería eso de sólo vivir de vez en cuando, porque significa sólo ser feliz de vez en cuando. Y si no se es feliz, ¿para qué existir?

-Entonces, ¿qué debo hacer?

-Sólo haz lo que te hace feliz cada día. A algunas personas les basta con vivir una vida tranquila y son verdaderamente felices. Otras necesitan hacer cosas alocadas para encontrar la felicidad. Otras no pueden ser felices por más locuras que hagan.

Era lo que Bilcho me había aconsejado aquella noche en Arkadia.

-¿Y qué es lo que me hace feliz? -pregunté.

-Eso no lo sé -dijo y tras unos segundos añadió-. El mundo es infinito. Aunque estés de pie en un metro cuadrado, el mundo aún será infinito. Siempre habrá rincones por descubrir, secretos por desentrañar. Las acciones extremas y los viajes exóticos son sólo una parte de la vida. Como también son parte de la vida la familia, la amistad, el amor o la profesión. La vida está en la exploración de lo desconocido, pero también en la conversación de un nuevo amigo; está en usar tus fuerzas para hacer bien a los demás, pero también está en un rico helado o en una buena canción. Es ello a lo que le tienes que sacar provecho; es ello a lo que le tienes que exprimir el jugo. A beber un vaso de agua fría en una tarde calurosa, a oler las flores en el altar de una iglesia, o a estar tirado en una hamaca viendo el cielo. Porque son parte de la vida, porque cuando mueras no podrás hacer nada de eso. Hasta imaginar y soñar son actividades exclusivas de la vida que puedes aprovechar al máximo. Si no existieses en el mundo no sabrías de esas experiencias. No tienes que pasártela haciendo cosas exageradas; es decir, puedes hacerlo si realmente quieres, pero no debes malviajarte si no siempre tienes la oportunidad.

-A huevo. ¿O sea que debo conformarme?

-No es conformarte. Un conformista nunca puede ser feliz, sólo está conforme. Conformarse es mirar alrededor nuestro, ver que no nos gusta y decir “ni pedo”. La gente que vive feliz llevando una existencia tranquila lo logra porque es capaz de sacarle jugo a cada pequeño detalle de la realidad. Ven el universo en una cáscara de nuez.

Guardó silencio unos instantes y luego agregó:

-Y no es competencia, ¿sabes? No se trata de ver quién vive más cosas y quién hace más. No te debe importar lo que los demás hicieron, sólo lo que tú quieres hacer.

-Entonces, ¿cuánto tiempo debería quedarme?

-Creo que no has estado prestando atención. Eso lo vas a decidir tú. Sólo tú sabrás qué hacer cuando llegue el momento.

-Entiendo todo lo que me dices. Es decir, mi inteligencia, mi parte racional lo entiende, como siempre, pero no puedo evitar sentirme ansioso.

Papá O’Reilly se incorporó en su hamaca y me dijo:

-Lo sé. Una cosa es escuchar un buen consejo y otra es que de verdad lo entiendas y lo asimiles. A todos nos pasa como a esa chica, novia de un patán abusivo a quien todos le dicen que no le conviene y le hace daño, y ella misma lo sabe, pero no puede dejar de amarlo. Así nos aferramos a las ideas y sentimientos que sabemos que están mal. Hazme un favor, hermanito. Dale cuerda al gramófono y pon ese disco, el primero que está a la izquierda. Muy bien. Ahora acércate y relájate, te voy a echar una bendición.

Del gramófono emergieron notas suavemente eléctricas y vibrantes que me hicieron imaginar una mano potente pero ligera sobre un teclado, creando un eco reverberante que me mecía con un poco de temblor. O quizá como un arpa futurista que me daba oxígeno y me permitía respirar. Las manos de Papá O’Reilly orbitaban sobre mi cabeza, mientras sus dedos vibraban como si él fuera el arpista. Por cuarenta segundos sólo escuche esa vibración relajante, antes de que entrara una guitarra con notas sencillas pero contundentes. Poco antes del minuto entró la batería y la canción despegó. Entonces Papá O’Reilly comenzó a susurrarme con suavidad.

-Aquí afuera, en el campo, tú mismo cultivarás tus alimentos, llegarás de vuelta a la vida. No necesitas pelear, ni probar que tienes razón. No necesitas ser perdonado. Viajarás al sur cruzando la tierra, apagarás el fuego, y no mirarás sobre tus hombros hacia el pasado. El éxodo es aquí, los felices están cerca. Estarás junto a ellos, antes de que seas viejo…

Calló y dejó la música proseguir, y esas notas tan suaves y tan vigorosas me tomaron. Sin darme cuenta empecé a llorar. Fue un llanto quedo y necesario. Con mis lágrimas dejaba salir un poco de ese veneno verde que me intoxicaba. Tras cinco minutos la música alcanzó un clima explosivo y luego se detuvo. Papá O’Reilly me susurró:

-No llores más. Levanta los ojos. Es sólo la tierra baldía adolescente.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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