26. Gracias, doctor

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            El psicólogo era un tipo obeso, pelón, con barba de candado y muchas cicatrices de acné en la cara. Cada vez que hablaba, un poco de saliva se le escurría por la comisura de la boca.

            -¿Y qué te pasa? -preguntó.

            -No sé. Tengo muchos sentimientos encontrados.

            -¿Como qué? Ennuméralos.

            -Hmmm… Me siento triste, furioso, cansado, tenso…

            -¿Al mismo tiempo?

            -No. Alternadamente.

            -¿Y qué crees que puedes hacer al respecto?

            Me inventé una respuesta copiada de los libros de superación personal que me había dado mamá:

            -Pues… meditar, pensar en mis sentimientos. Aclararlos. Poner toda mi furia en una bolita y mandarla lejos.

            -¿Y qué más te pasa?

            -Tengo problemas con mi novia.

            -¿Y qué puedes hacer al respecto?

            -Hablar con ella, explicarle cómo me siento, escuchar lo que ella tiene qué decir…

            -Muy bien, ¿y qué más?

            -Creo que en general odio mi vida.

            -¿Y qué puedes hacer al respecto?

Y así se fueron las sesiones, una por semana durante dos meses. Yo llegaba con el psicólogo y le decía que me sentía de tal o cual manera. A todo eso me contestaba “¿Y qué puedes hacer al respecto?” y entonces yo tenía que inventar soluciones obvias para no parecer idiota. Mi madre le había dicho que le preocupaban especialmente mis arrebatos de furia y mis calificaciones, que habían bajado bastante el último año.

-Te tienes que apurar si quieres entrar a medicina -me dijo una vez.

Yo de lo que menos quería hablar era de la escuela. Mi madre y el psicólogo no tenían ni puta idea de todo lo que me pasaba por dentro y sólo me salían con sus pendejadas. Me di cuenta que aquello de las sesiones de psicología no tenían ningún futuro y resolví fingir. Me quedé calmadito, sin decir ni protestar por nada. A cada pregunta respondía con un lacónico “estoy bien”, y después de un tiempo el psicólogo dio por concluida la terapia.

Mi padre, por su parte, es médico, y como tal no cree que la mente o los sentimientos valgan la pena de ser tratados y se opuso a la terapia psicológica. Acabó por ceder ante las insistencias de mamá, pero cuando le dijimos que pronto dejaría de ir con el psicólogo se mostró muy complacido porque dejáramos atrás esa pérdida de tiempo y dinero.

La última sesión fue la más larga de todas. Ponía mucho empeño en no bostezar y en vencer la tentación de checar el reloj a cada rato. A media sesión entró la secretaria y le dio al psicólogo unos papeles.

-Gracias, Mari -le dijo, y cuando se hubo ido agregó con una sonrisa torcida-. Yo siempre le veo las nalgas y las tetas -e hizo gestos con las manos como si estuviera agarrando las partes femeninas que acababa de mencionar.

De la nada, me soltó un discurso sobre que estaba bien mirar a otras mujeres, aparte de la propia novia, y que estaba bien masturbarse y todo eso. Me dijo que aprovechara que tenía novia para con ella hacer lo que yo quisiera y cumplir todas mis fantasías.

-Todo lo que se antoje. Todo lo que fantasees. Sexo anal, felación, cunnilingus, disfraces, tríos, intercambios, orgías. Para eso es tu pareja. Hay que dejar de lado la idea de que a la novia o a la esposa se le respeta y que para esos antojos pecaminosos se recurre a la amante o a las putas. Eso sólo lleva a relaciones hipócritas. Tu pareja sentimental es también tu pareja sexual y debes buscar en ella la satisfacción de todos tus deseos. Porque si no lo haces, si nunca intentas tan siquiera pedirle que te cumpla tal o cual fantasía, pueden pasar dos cosas: que nunca lo hagas y vivas frustrado, o que busques a otra con quien cumplirlas.

No sabía a qué venía todo ese choro, pero fue lo más memorable que me dijo en esas nueve sesiones, aunque me repugnara su cara de pervertido al pronunciarlas.

-Gracias, doctor -le dije al despedirme por última vez.

-No soy doctor –respondió-. Soy licenciado.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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