33. Boy meets world

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            Leer me daba hueva. Leer poesía me daba todavía más hueva porque, como yo lo veía, la lírica ni siquiera contaba nada, sólo era un montón de palabras. Las pocas veces que lo intenté me distraje por completo y cuando terminaba una estrofa ya había olvidado de qué iba la anterior. La necesidad de poner esfuerzo para saber qué demonios significaba cada frase me impedía aprehender el sentido total del texto, si es que existe tal cosa.

            Pero esa noche, en la que no había nada que hacer, mientras Bilcho se clavaba en un libro, abrí el Recuento de poemas. Y leí. Con el primer poema me sucedió lo de siempre: estaba tan apurado por terminar que no pude disfrutarlo. Pero el segundo fue como un golpe de aire frío en la cara. Horal se titulaba, y de toda su brevedad me quedó resonando el último verso de la segunda estrofa: “Nosotros en nada”… “Nosotros en nada”. Estaba en lo cierto, porque nuestras vidas se miden por lágrimas y nosotros no tenemos dónde descansar, como el agua y el viento… Supongo que la falta de cultura me impidió apreciar todos los elementos que conforman el poema, pero en ese momento los ocho versos fueron una revelación, la respuesta a una pregunta que ni siquiera conocía. Con palabras, sólo pude expresar “¡qué chingón!”.

Seguí leyendo, no en orden, sino brincado de una página a otra y deteniéndome cuando un título o un verso me llamaran la atención. Me encontré con aquello de “Los días inútiles son como una costra de mugre sobre el alma”. “A huevo”, pensé, “este señor sí sabe qué pedo”. “Soy el eco del grito que sería” me hizo pensar en mi propia vida y en lo que había hecho con ella, en lo que soy y en lo que podría haber sido si las circunstancias y mis decisiones hubiesen sido distintas. También me impactaron estos versos:

Yo no lo sé de cierto, pero supongo 
que una mujer y un hombre 
un día se quieren, 
se van quedando solos poco a poco, 
algo en su corazón les dice que están solos, 
solos sobre la tierra se penetran, 
se van matando el uno al otro. 

¡Me recordó tanto a Liliana! Me pregunté si en verdad los poemas significaban aquello o eran sólo mis figuraciones.

-Un poema no es del poeta, sino del que lo lee –me dijo Bilcho-, y significa lo que tú necesitas que signifique.

Me eché el libro en media semana, un récord personal. Luego me aventé una breve antología de poesía española y latinoamericana del siglo XIX. A partir de entonces leer se convirtió en una actividad constante para mí; terminaba un libro y al siguiente empezaba otro. Al principio avanzaba muy lento y me pesaba chutarme doscientas páginas. Con el tiempo fui ganando “elasticidad mental”, como la llamaba Bilcho, quien comparaba la lectura con el ejercicio físico (y a veces con el sexo), y pude leer más rápido, con mayor atención y menos esfuerzo. Conforme acumulaba lecturas me hacía consciente de mi propia ignorancia y se hacía mayor mi apetito por leer. Llegó un momento en que me entró una ansiedad insoportable:

            -¡Es que hay tanto por leer, Bilcho! ¡No mames! ¡Cuando pienso en todo lo que no he leído…! Coño, me pasa ya que sólo quiero terminar de leer un libro para poder leer el que sigue…

            -Tranquilo, mi chavo. Nadie está llevando la cuenta de lo que lees y no lees. No tienes que llenar una checklist. Relájate y disfrútalo, porque si no, pierde todo su chiste.

            -Sí, sí. El complejo de la checklist. Tienes razón.

            Mi compañero tenía una modesta biblioteca; una sola pila de libros en el suelo de su cuarto que renovaba constantemente. Cuatro eran sus fuentes principales de nuevas lecturas: una librería de viejo en el mercado 28, un cineclub recóndito que frecuentábamos, un barecillo medio sórdido en el que el dueño hacía intercambios, y Wiki, que de vez en cuando nos rolaba bonitos ejemplares. También podíamos encontrar ofertas entre el equipaje de eventuales europeos y gringos zarrapastrosos que vendían, intercambiaban o compraban en el mercado de artesanías.

            A Bilcho le encantaban las narraciones de ciencia ficción y de fantasía; yo descubrí que prefería novelas históricas basadas en las vivencias de los autores. Así fuera El corazón de las tinieblas, Sin novedad en el frente, o Los de abajo (todas las cuales leí por aquellas semanas), lo que más me gustaba era conocer la experiencia vital de personas reales; qué pensaban y sentían en el centro de acontecimientos que hicieron época; cómo su experiencia subjetiva arrojaba nuevas luces sobre lo que yo medio recordaba de las clases de historia; qué significaba la vida para estas personas que habían pasado por sucesos extraordinarios.

            Las semanas siguientes a nuestro arresto fueron de recesión económica. Teníamos dinero para comer, transportarnos y pagar las cuentas de la casa, pero nada más. No había muchos lugares a los que pudiéramos ir estando en bancarrota. En Anthrax teníamos entrada libre gracias a que Bilcho era el DJ estrella, pero los demás antros estaban fuera de nuestro alcance. Y sin música en casa teníamos que buscar actividades en las noches para no aburrirnos. Leer fue una de ellas. También había fiestas que organizaban nuestros amigos y muchas otras a las que nadie nos invitaba pero a las que asistíamos en calidad de colados.

            Dejé de beber tanto como solía hacerlo en Ciudad Plana. Después del viaje ácido y de experimentar la psicodelia, la embriaguez me parecía demasiado pedestre. Prefería por mucho fumar mota, y descubrí que el pachequeo no sólo hacía la experiencia musical más absoluta, sino que permitía entender y disfrutar mejor la poesía.

            También encontramos entretenimiento en aquel cineclub que mencioné, El Desván del Abuelito, el proyecto de un señor como de sesenta años a quien llamábamos don Mario. La entrada era gratuita porque se financiaba con una beca de ésas que daba el gobierno municipal sin mucho trámite con tal de justificar el ejercicio del gasto público. Las películas que ahí se proyectaba nunca eran más recientes que 1970 y don Mario tenía especial predilección por el cine de fantasía, terror, ciencia ficción y serie B. Por eso mismo pocos asistían al cineclub, pero a Bilcho le fascinaba y a mí me gustaba acompañarlo de vez en cuando.

El Desván del Abuelito se alojaba en una casita de un piso que apenas tenía espacio para un recibidor, dos baños y una sala de proyecciones con tan sólo quince butacas que nunca se llenaba. El lugar tenía un venerable olor a viejo. En la antesala don Mario tenía un sofá, una mesita y un libero lleno de viejos cómics y publicaciones pulp, que con gusto daba a leer a los cinéfilos mientras esperaban la función. Bilcho era un fan intenso de todo eso; a mí no me gustaban mucho que digamos, pero había cierto encanto en aquellas portadas e ilustraciones tan kistch, que con sólo hojearlas me alegraban el rato.

En El Desván del Abuelito vimos muchas películas viejitas: comedias mudas, cine expresionista alemán, fantasías de los magos del cine, monstruos en blanco y negro, dinosaurios de animación cuadro por cuadro, ciencia-ficción cincuentera con su paranoia de Guerra Fría, peleas del Santo y aventuras de James Bond, más algunas joyas de cine clásico que ni siquiera había imaginado que existieran o que pudieran gustarme. Lo mejor fue que, como don Mario también se las tronaba duro, nos dejaba fumar a gusto cuando no había más espectadores o cuando éstos se nos unían en la pachequiza. Las películas fantásticas eran ideales para ver echándonos un toque.

Claro que por un tiempo tuvimos que practicar la abstinencia y sólo pudimos disfrutar lo que nos convidaban las almas caritativas. Por suerte Bilcho tenía un amigo que eventualmente le conseguía empleos fugaces de mesero en eventos sociales como bodas y quince años, lo que le significaba un dinerillo extra. Poco a poco pudimos resarcir nuestra economía y hasta juntamos para comprar un ciento.

Dedicábamos una buena parte de cada día a limpiar la casa y hacer reparaciones. Bilcho me tuvo que enseñar desde los rudimentos, pues yo no sabía siquiera agarrar la escoba. Dedicado a estas actividades cotidianas, podía calmar los zumbidos de mi cerebro y descubrí cierta satisfacción en trabajar por mi propio espacio.

Me hice de una nueva amiga: Marta. Solía topármela junto con Edmundo en el parque cercano al restaurante donde trabajaba Bilcho. A fuerza de platicar por largas horas nos hicimos amigos, sobre todo después de que Edmundo regresó a Ciudad Plana. Nunca he sido muy amiguero y mis amistades más cercanas siempre fueron varones. De hecho, aparte de Liliana no tuve mucha relación con las mujeres, excepto amigas de amigos con las que sólo conviví de forma muy casual y esporádica. Desde mi escape a la Ciudad de las Palmeras mi único objetivo al interactuar con el sexo opuesto estaba claro: follar. Tener cualquier relación con una mujer que no fuera follable ni siquiera me pasaba por la mente.

Fue gracias a Marta que empecé a cuestionarme estas nociones y su papel en mi insatisfacción crónica. En un principio me pareció que ella no pasaba de ser el tipo “gordita simpática”, pero conforme la fui conociendo descubrí mucho más en su persona… y en mí mismo. Su conversación era alegre y diversa; platicábamos de de la vida, de nuestros conocidos (era bien chismosa, sin ser criticona), de los libros que leíamos, de las películas de don Mario (ella nos acompañó a más de una función) o hacíamos chistes bobos y comentarios jocosos. Así como conversaba conmigo podía sacarle plática a cualquiera: a los niños del parque, a los empleados de las tiendas, a los guardias de seguridad de los centros comerciales, a los turistas… Marta se encontraba en su elemento siempre y cuando hubiera otro ser humano que quisiera escucharla y dejarse escuchar por ella.

-¿Cómo le haces para platicar con todo el mundo? –le dije un día que la había acompañado a hacer unos trámites porque yo no tenía nada mejor en que ocuparme-. Será que soy medio grinch, pero la mayor parte de la gente me da igual.

-Es que no ves, Diego. No ves a las personas y a sus historias y todo lo que traen dentro.

-Pues no y la verdad no me interesan.

-Es que estamos acostumbrados a ver a las personas como si fueran personajes de videojuegos.

-¿Cómo es eso?

-Imagina que estás jugando… digamos, uno de Zelda. Tú eres el único que está vivo, ¿verdad? Los otros personajes a los que te encuentras, con los que hablas o luchas, o a los que les compras cosas o a los que auxilias, son sólo parte del juego mismo y están controlados por la computadora. Te ayudan, o te estorban o forman parte del escenario, pero no son personas como tú, que tienes una vida, pensamientos y sentimientos fuera del juego.

-Ajá…

-Pues cometemos el error de pensar que las demás personas están en el mundo de la misma manera: para ayudarnos o estorbarnos, o sólo como parte del escenario, y pensamos que nosotros somos los únicos jugadores vivos. Los otros son “los demás”, y no se nos ocurre pensar que cada uno de ellos es como cada uno de nosotros, cada cual trae sus historias de vida, sus sueños, sus temores… Por ejemplo, esa señora de allá, que está discutiendo con la chica del mostrador. ¿Ves lo angustiada que se ve? ¡Quién sabe qué rollos traerá! En ella está toda una historia como para escribir un libro. ¿Y la señorita del mostrador? Con su cara de fastidio y sus pocas ganas de cooperar, ¿será tan mamona como se ve? ¿Cómo se sentirá de tener ese trabajo monótono? ¿Puedes imaginarte lo que pasa en sus vidas? Las pequeñas tragedias, los conflictos internos, los milagros y golpes de suerte, las historias de traición y venganza. No podemos saberlo todo, pero a veces, de sólo platicar con alguien desconocido y al azar, obtengo un vistazo de sus vidas. Y de eso se trata, de la suma de las historias de todos nosotros, ¿no? La vida, mi amigo, es un multiplayer.

Se ganó mi completa admiración el día que dijo eso y logró, aunque fuera por momentos, que yo mismo me pusiera a pensar en la vida más allá de los rostros y los cuerpos que veía cruzar en mi camino a diario. Es curioso, porque esta enseñanza se sumaba a otra que Bilcho me había dado:

-Una de las cosas que más me gustan de la literatura –me dijo de pronto una noche cuando él leía en su hamaca y yo en el colchón –es la forma en que los grandes escritores te pueden hacer ver el mundo y la vida desde ángulos distintos. Las cosas más sencillas, las experiencias más cotidianas, aprendes a verlas y a vivirlas con más intensidad; como que todo adquiere un mayor significado. ¿No te parece?

En efecto, así era. Ahora podía encontrarme disfrutando mucho en situaciones bastante simples y tranquilas; una larga conversación con los amigos, una buena lectura en casa, o una extravagante película con don Mario eran suficiente para hacerme sentir que estaba vivo y creciendo en un mundo en expansión. Pero en otras ocasiones me apresaba esa ansiedad de vivir de verdad, no sólo escuchar o leer las historias y logros de los demás, sino hacerme de una historia que valiera la pena contar, de un logro que valiera la pena recordar.

Marta tenía muchas vivencias curiosas; había viajado por todo el Sureste con sus padres y conocía muchos lugares, además de que parecía tener un imán para las situaciones más surrealistas y las personas más excéntricas. Una vez, viajando en autobús por Chiapas, un pasajero con quien ella se había puesto a platicar resultó ser un chamán que le dijo que ella tenía un tercer ojo muy poderoso y que si recibía entrenamiento aprendería a ver la magia y los hechizos y a hablar con los espíritus de la selva. En otra ocasión estaba tomando un curso vespertino en la universidad dictado por un pi eich di de gran celebridad cuando un grupo de policías federales entró en el aula y se llevó arrestado al profesor. Resultó ser un impostor de carrera que había estado viajando por el país personificando a profesionistas para cobrar jugosos salarios.

Me gustaba escuchar las historias de Marta pero también sentía algo muy parecido a la envidia. Volvíamos al mismo problema: yo no tenía nada que contar. Incluso mis aventuras atrabancadas más recientes (el vuelo de las cucarachas, el arresto injustificado, el viaje ácido) me parecían muy poca cosa y terminaba de contarlas muy rápido, sin hacerlas interesantes. Disfrutar la sencillez estaba bien, pero a veces una fuerza presionaba contra mi pecho recordándome que no eran esas experiencias las que necesitaba y que no tenía derecho a la satisfacción.

Cerca del final del verano Marta se fue. Había sido seleccionada de entre toda su universidad para estudiar un año de su carrera en España. Bilcho, Wiki, Dulce, Tania y yo fuimos a despedirla. Sus padres estaban ahí también, por supuesto. En esa primera y única ocasión en que conviví con esos señores tan simpáticos, me conmovió la forma tan afectuosa con que despidieron a su hija. Me entristecí al compararla con la manera en que yo había salido de casa.

Esa misma tarde escribí uno de los pocos correos que envié a mi familia desde el exilio. Con mucha más emotividad de la que había usado en mis anteriores mensajes, les aseguré que no estaba molesto con nadie, que me encontraba bien y feliz con mi decisión, y les pedí que no trataran de buscarme. Por primera vez les dije que los quería y que esperaba que todos estuvieran bien.

En septiembre el Tribunal Electoral emitió un fallo a favor de Fecal y el Peje hizo su berrinche. En la Ciudad de las Palmeras no hubo mucha alharaca, excepto por una que otra marcha y un plantón insignificante armado frente al Palacio Municipal. Bilcho y yo fuimos de curiosos a una de las marchas. Ahí nos encontramos a Edmundo.

            -No me digas que viniste desde Ciudad Plana sólo para esto -le dijo Bilcho.

            -Pues sí. Ya ves que Ciudad Plana es un nido de panistas medievales, retrógrados, reaccionarios, homofóbicos, racistas y apáticos. Yo voy a dónde está la acción. ¿No se unen?

            -Nel -dijo Bilcho.

-¿Porqué no, bróder?

            -No tiene caso.

            -¿Cómo que no tiene caso? ¡Nos robaron la presidencia! Igualito que en el ’88.

            -Mira, mi chavo. Yo creo que igual y el Partido Reacción Nacionalsocialista está lo bastante loco y es lo suficiente malvado como para hacer fraude electoral. Pero por otro lado creo que la gente de este país es tan ingenua como para dejarse engañar con lo del “cállate, chachalaca” y lo de “vas a perder hasta la tele”, y luego votar por el mismo partido que los hizo pendejos durante seis años. ¡Si votaron durante 70 años por el mismo partido que los hacía pendejos, los asesinaba y los robaba! No, no, no. Yo en el pueblo mexicano ya no tengo fe. Además, me da igual si gobierna el Peje o Fecal, los dos son un par de pendejos. Yo voté porque legalizaran la mota. Lo demás me vale madre.

            -Pues chale, carnal. Me decepciona tu forma de pensar. Me cae que por eso el país está como está. Pero ni pedo, eres libre de no involucrarte. Tú qué dices, Diego ¿piensas igual que el compa?

            -La política me vale madres. No tengo nada que ofrecerle y no tiene nada que ofrecerme. Pero si quieres te acompaño.

            -Va, ten esta pancarta.

            Así me uní a la manifestación, evento que recuerdo como un episodio medianamente divertido y curioso. Ahí estuve coreando “El pueblo unido jamás será vencido” y “¡Voto por voto! ¡Casilla por casilla!”. Al cabo de poco más de hora y media me cansé y me fui, dejando que los casi cuarenta marchistas siguieran su camino.

            Unos días más tarde, el mero quince, fue el cumpleaños de Bilcho. Wiki ofreció su casa para la partuza y como era día de la Independencia hubo tacos al pastor y una variedad de Tequilas. Wiki nos aventó una cátedra sobre las diferencias entre el tequila blanco, el reposado y el joven. Su rechoncha generosidad no paró allí, pues también le regaló a Bilcho su vieja iPod, con lo que pudimos reanudar las sesiones nocturnas de música. Solíamos echarnos sobre la hierba del patio trasero y nos poníamos un auricular cada uno. Entonces Bilcho me explicaba:

            -Esto es punk, esto es funk, esto grunge, esto es gótico, esto es industrial, esto es anarco…

            En una ocasión estábamos con Emo cuando él se quejó de un terrible dolor de garganta. Le dije que se acercara a la luz y lo revisé.

            -Tienes una infección.- y le receté unas dosis de amoxicilina.

            -Amoxi… ¿qué es esa madre?

            -Un antibiótico. Hay de varias marcas.

            -Va, ahí le busco con el Doctor Simi. Gracias, Diego.

            Unos días después se me acercó Pacheco con quejas de un terrible resfriado. Me dijo que estaba tomando antibióticos y lo cagoteé.

            -Los antibióticos no te van a servir para un carajo, porque lo que tienes es un virus.

            -¿Ah, no?

            -No.

            -Y eso de los virus, ¿cómo se cura?

            -Con el tiempo. Descansa, bebe muchos líquidos y come fruta, y si te sientes mal toma paracetamol…

            Me convertí en Doc. Todos los amigos de Bilcho llegaban a consultar conmigo por diarreas, gripas y crudas. Me decían “Doc, revísame la garganta” o “Doc, me duele el estómago”, y yo les decía “No, el tequila no cura la gripa” o “No, fumando mota no te vas a curar la tos”. Una vez un chavo quería que le revisara una ampolla que le había salido en el pene. Tuve que admitir mis limitaciones y le recomendé que viera a un médico de verdad.

            -¿Sabes? -le dije a Bilcho en una ocasión-, me gusta la medicina.

            -Qué bueno, mi chavo. Si no, nos iría mal.

            -Creí que la odiaba. Que sólo la estudiaba porque era lo que mis papás esperaban de mí. Además, los médicos y estudiantes siempre me han cagado la madre; son tan pedantes, tan engreídos, como si fueran dioses caminando entre los mortales. Pero me gusta la ciencia de la medicina, es decir, me gusta tener este conocimiento, y creo que no había reparado en lo especial que es esto de entender el cuerpo humano y saber aliviar el dolor…

            -Es que eres un tipo muy noble, Doc.

            -Pues no sé. Creo que la gente no piensa en el conocimiento cuando elige una carrera. Es decir, no piensan “quiero estudiar esto porque quiero saber de esto”, sino más bien “quiero estudiar esto porque me va a dejar dinero”.

            -Sí, la gente puede ser muy triste…

            -Así es. El caso es que, si alguna vez decido regresar a Ciudad Plana, quiero retomar mis estudios. Quiero ese conocimiento y hacer algo con él. Seguro no sería cirujano; soy bien pinche torpe con los dedos. Pero internista, sí… hasta investigador… Quiero ser útil, ¿me entiendes? Servir de algo a los demás…

            -Tú eres el doc, Doc.

            Cierta madrugada me encontraba leyendo en mi cuarto cuando de pronto un alarido espeluznante cortó el silencio nocturno. Le siguió otro grito, más débil, proferido con esfuerzo, como si el que lo hubiese emitido no pudiese respirar bien. Se oyó un ruido seco, como de algo pesado que cae al suelo. Escuché atento por los siguientes minutos, pero no alcancé a oír nada más. Me puse los pantalones y salí al patio trasero. Esa noche había tenido lugar una fiesta en la casa de atrás y menos de una hora antes todavía se escuchaba la música.

            Trepé la barda que separaba nuestro patio del de la casa vecina y me asomé. A través de una ventana bastante amplia pude ver dos siluetas que pasaron corriendo. Después se escuchó el sonido de un objeto de cristal o cerámica al quebrarse. Bajé y corrí al cuarto de Bilcho, lo desperté y le conté todo.

            -Seguro no es nada -dijo.

            -No, no mames. Creo que entraron a robar en esa casa e hirieron a alguien. Hay que llamar a la policía.

            -Lo mejor es que no nos metamos. Nos puede ir mal. Si de veras pasó algo en esa casa y llamamos a la chota, se la van a agarrar contra nosotros por ser los primeros que vean. Acuérdate cómo nos fue la otra vez. Además, aquí ni hay teléfono.

            -Pues no me importa. Hay que hacer algo.

            Dejé a Bilcho jetón en su hamaca y salí de la casa. La calle estaba desierta y las casas silenciosas, como si nada hubiera pasado. “No puede ser que nadie haya oído esos gritos”, pensé. Corrí hasta al teléfono público que estaba frente al tendejón de la esquina. Ya había descolgado el auricular cuando caí en la cuenta de que ignoraba el número de la policía. Regresé con Bilcho para preguntarle, pero él no estaba mejor informado que yo. Resolví marcar el cero y hablar con la operadora. Tardó mucho en contestar y más en comunicarme con la policía. Le dije al oficial de guardia lo que había sucedido, me pidió la dirección; le di sólo calle, manzana y colonia. Preguntó mi nombre. Colgué. La patrulla llegó al amanecer.

            A instancias de Bilcho ni me asomé cuando los policías entraron a la casa de los gritos, pero ni él pudo evitar que yo declarara lo que sabía cuando un par de oficiales llamaron a nuestra puerta.

            Los policías no quisieron darnos información y no supimos nada hasta que apareció en el periódico del día siguiente. La nota decía que dos adolescentes drogados, miembros de una pandilla, habían allanado la casa y asesinado a los inquilinos. Las víctimas eran dos hombres de mediana edad, homosexuales, que tenían un par de años viviendo en la Ciudad de las Palmeras. La noche del homicidio habían ofrecido una fiesta, a la que, por razones que no aclaraba la nota, habían asistido los dos adolescentes. Poco después de terminada la fiesta los muchachos regresaron a la casa, forzaron la puerta, mataron a uno de los hombres y al segundo lo obligaron a darles sexo oral mientras lo acuchillaban. Los adolescentes fueron capturados al medio día siguiente porque andaban presumiendo su proeza con todo aquél que los encontrara. Cuando se les preguntó porqué habían matado a esos hombres, declararon: “por putos”.

            La historia me horrorizó no sólo por la brutalidad del crimen, sino por haber escuchado que se perpetrara. Recordar los gritos, y saber que mientras los oía el asesinato se estaba llevando a cabo, me causaba vértigo y náuseas. Empecé a leer los periódicos siempre que tenía la oportunidad. Me enteré de otros crímenes, no sólo de la Ciudad de las Palmeras, sino de Playa, Pantera Rosa y toda la Riviera Maya. Leí de una pareja de jóvenes que viajaba en moto por la carretera; a la media noche se detuvieron en un restaurante a las afueras de Playa. Ya no había más clientes, sólo estaba el cocinero, un mesero y un amigo suyo. Entre los tres atacaron a la joven pareja. A la chica la violaron, la mutilaron y la tiraron en el monte. Al muchacho lo mataron, lo descuartizaron, lo cocinaron y se lo comieron. Atraparon a los asesinos cuando los recogedores descubrieron los huesos en el basurero.

            En Pantera Rosa unos policías de tránsito violaron a una turista española. En Playa, una turista israelí desapareció y nunca más se supo de ella. En la Ciudad de las Palmeras un hombre violó a su hija de cinco años y mató a su esposa cuando trató de detenerlo; se justificó diciendo que la niña lo había seducido. Un muchacho mató a sus padres e hirió a su hermana con un hacha. Un niño de diez años mató a su hermanito de ocho. Una joven fue violada por su hermano. Un hombre mató, cocinó y se comió a un muchachito que se prostituía en su vecindario. Una pareja acostumbraba a torturar a sus hijos adoptivos; solían quemarlos con una plancha. Unos adolescentes golpearon a un muchacho gay hasta matarlo. Unos hombres violaron y mataron a una mujer embarazada. Unos chicos de clase media rociaron con gasolina a un vagabundo y le prendieron fuego. Y como éstas, por lo menos una vez a la semana se publicaba alguna historia de asesinato, tortura, mutilación, violación, incesto o canibalismo. Eso sin contar las ejecuciones del narco.

            -Pero, ¿qué pasa? –preguntaba-. ¿Qué hace que la gente de pronto se vuelva psicópata?

            -No sé -me dijo el Tío- Quizá es que por aquí hay mucha droga.

            -Sí, bueno, eso explicaría los asesinatos del crimen organizado. Pero éstas son cosas que hace gente aparentemente normal. O sea, no es por robo ni ajuste de cuentas… Quiero decir, es gente que de pronto se vuelve loca y mata y viola y tortura…

            -Por eso mismo, hijo. La coca, las anfetaminas, la heroína… Esas cosas te van matando el cerebro hasta que ya no sabes lo que está bien y lo que está mal.

            -Es que aquí hay muchos fuereños -dijo don Manuel en otra ocasión –Llega gente de todo el país, gente cuyos pasados nadie conoce. Aquí se aprovechan de eso para hacer de las suyas. Nadie le pregunta a su vecino a qué se dedica porque todos tienen secretos. Un buen día, por confiados, se les pasa la mano y hacen algo tan horrible que ni la policía ni los medios lo pueden seguir ignorando. Ten en cuenta que eso que sale en los diarios es sólo de lo que nos enteramos, de lo que dejan hablar a los periodistas. Imagínate qué tanto habrá escondido debajo.

            El asunto comenzó a convertirse en una obsesión. Ya casi no hablaba de ningún otro tema, lo que provocó el fastidio de mis amigos. Empecé a tener pesadillas y a ponerme paranoico.

            -Ya, deja de preocuparte por eso -me aconsejó Bilcho en una ocasión-. De todos modos, no puedes hacer nada.

            -¿Pero porqué pasan estas cosas? No son crímenes comunes, no son asaltantes que matan en el proceso a sus víctimas. Es gente que sólo de pronto se transforma en monstruos… ¡como hombres lobo! ¿Por qué no pasa esto en Ciudad Plana?

            -Pues qué se yo. A lo mejor sí pasa. Seguro estas historias son mucho más comunes de lo que piensas. Mejor ni pienses en ello, te vas a arrugar.

            Incapaz de hacer otra cosa, seguí su consejo. Deje de leer los periódicos y volví a las novelas y a la poesía. Me  evadí, me tranquilicé y recuperé la entereza de ánimo. Poco a poco me olvidé de los crímenes y de la violencia que se cometían a sólo unas calles de nuestra casa. Volvieron los días alegres y ligeros, las fiestas, las pachequizas, las clases de música, las noches de antro y el buen humor. Sin embargo, esa pequeña colección de atrocidades, ejemplo, metonimia y sinécdoque del horror que existe más allá de la confortable zona inconsciente de nuestras vidas, se quedó en mi mente como una cicatriz que de repente punzaba y me hacía sentir un miedo tan vago cuan profundo y primitivo. Después de muchas semanas de oscilar entre una cosa y la otra, me volví a topar con aquel poema de Sabines. Quizá no sólo nos medimos por lágrimas.

FIN DEL VOLUMEN I

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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4 respuestas a 33. Boy meets world

  1. S dijo:

    “Incluso mis aventuras atrabancadas más recientes (el vuelo de las cucarachas, el arresto injustificado, el viaje ácido) me parecían muy poca cosa y terminaba de contarlas muy rápido, sin hacerlas interesantes.”

    Me acordé de la gente que “vivió muy rápido”. Me caga esa gente por el motivo más común y más ignorado: porque me recuerdan a mí. Cada que escucho, “es que pasé así y asá mi juventud, es que viví muy rápido”, sé lo que significa; significa “hice muchas pendejadas, y ahora vendo mis fracasos como vida”. Los fracasos son valiosos si uno los identifica por lo que son. Si no, si los eleva del hoyo negro de tepocatas al altar del heroísmo, convierte lo peor de ti en módelo para futuro. Es decir, el bache moral no fue hoyo, sino cúspide; edén de la memoria, del pasado que no fue y al que buscamos, erróneamente, regresar.

    Me caga esa gente porque me caga esa parte de mí. Creo que por eso batallé tanto en encontrarle su sentido a Diego: no me es ajeno; me es familiar.

    “Además, los médicos y estudiantes siempre me han cagado la madre; son tan pedantes, tan engreídos, como si fueran dioses caminando entre los mortales.”

    Ah, he estado en ambos lados de esa mesa.

    Me encantó. Espero que, con primer volumen, se refiera a la primera parte de un libro, y no a un primer libro. Lo digo porque este último capítulo es, de lejos, el mejor. El mejor narrado, el mejor escrito, el que mejor vierte tu opinión, no como regaño, sino como una reflexión de cada personaje sobre la lectura; una meta lectura de tu cuento por los que lo habitan.

    Genial. Termina en buena nota. No como esas novelas de crecimiento donde el protagonista se erige como un obelisco de entereza ante las vicisitudes del mundo; es, de hecho, todo lo contrario: una novela de crecimiento donde el protagonista crece, crece rompe el cascaron de su pequeño mundo, como demian de Hesse, para ver lo pequeño que es. Crecer para ser pequeño.


    Grande toda esta primera parte.

    Varios comentarios:
    El único negativo es un error de continuidad de un personaje, El Agente, que cambia a llamarse El Hombre en otro capítulo. O fue un error de continuidad o me distraje, la verdad no sé.

    Lo demás negativo ya lo he dicho, y precisamente lo he dicho por eso, por negativo. Intento hacer una crítica constructiva, pero esta solo surge en lo que uno, subjetivamente, cree erróneo; y si uno comenta señalando lo erróneo, termina pareciendo un mamón quejica. Por supuesto, comento desde la subjetividad, nunca autoridad, y la sugerencia no es más que una nota al margen.

    También es una pena que termine aquí, si es que termina, porque es este capítulo el que captura la esencia del libro. Recuerdo un consejo literario sobre cómo escribir el mejor inicio de una novela… la respuesta era “no lo hagas”. Sólo escribe. Uno necesita escribir para encontrar su voz, pero incluso con una voz, necesita escribir la novela para que ésta, solo al final, encuentre su tono. Decía este consejo, “escribe la novela, y cuando acabes borra el principio y reescribelo”. Así, la prosa del principio será tan grande como la del final, con el mismo tono y voz.

    El lamento está, pues, en que casi casi termina como si fuera empezando apenas.

    Sigue escribiendo, ego, que para eso el universo te dio talento.

  2. samwasaman dijo:

    Esperando con ansias lo siguiente, me atrapó que en tres días me lo eché.

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