35. De la apreciación musical a la apendicitis

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            -Mira, un curso de apreciación musical -dijo Bilcho mientras señalaba con el dedo un anuncio en el periódico.

            -¿Ah sí? Suena interesante.

            -¡Y es gratis! Lo organiza el gobierno municipal.

            -¿De qué se trata exactamente? -pregunté y Bilcho me pasó el periódico –Mira, tú. La idea es aprender a apreciar la música clásica, conocer su historia, estilos y corrientes. Será en el centro cultural. Empieza mañana y durará dos semanas.

            -Sería bueno que lo tomaras.

            -Sí… ¿Tú no vendrías?

            -Nah. Seguro ya sé lo que tienen que decir. Pero sería divertido.

            -Voy a entrarle. Gracias por el aviso.

            -Denax. Que te aproveche.

            Fui a inscribirme esa misma tarde y la tarde siguiente, con libreta y bolígrafo recién comprados, llegué a mi primera lección, que sería en un minúsculo “centro cultural”, apenas media docena de aulas al interior del Palacio Municipal. No éramos muchos en el salón, a lo mucho unos diez o doce, y casi todos eran ñores. Me senté en un pupitre junto al único otro chavo de mi edad. Era extraño estar de nuevo en un salón de clases. El profesor se presentó como un experto en música con un currículo del largo de mi brazo. Me pregunté qué haría un hombre como él dando clases en un lugar como ése. Nos habló de algunos conceptos básicos y nos dictó un glosario que debíamos tener en cuenta para el resto de las sesiones. Al final, como premio, nos hizo escuchar algunas piezas de renacentistas.

            Después de salir del curso me reuní con Bilcho y otros amigos en el Parque de las Palapas, frente al Palacio Municipal. Era dos de octubre y los restos de una manifestación vespertina todavía deambulaban por el lugar.

            -Dos de octubre no se olvida -dijo Bilcho sonriendo y nunca supe si hablaba en serio o era sarcasmo.

            El segundo día las lecciones se pusieron más interesantes. El profesor nos hizo escuchar varias piezas y hacer comentarios al respecto.

            -Antes de hacer críticas y análisis con las herramientas que les proporcionará este curso, hagamos un ejercicio. Quiero que desarrollen sus capacidades. No necesitan para eso conocer todos los tecnicismos de la apreciación musical. Basta con que sepan acomodar sus ideas. Es lo que se llama un comentario impresionista. Quiero que hablen de las impresiones que les deja esta música. ¿Les gusta o no les gusta y porqué? ¿Qué les hace sentir o imaginar?- entonces puso en la grabadora La Primavera de Vivaldi y al terminar me preguntó –Tú, amigo, ¿qué te dice esta pieza?

            -Pues me da una sensación de alegría –dije-. De tranquilidad. Como de estar en un campo verde y florido, con arroyos corriendo…

            -Bien. ¿Conocías el nombre de la pieza? ¿La habías escuchado antes?

            -Sí. Ya la conocía.

            -Y de la impresión que te dejó, ¿cuánto es por la música en sí y cuánto por el título y el contexto en el que la has escuchado?

            -Pues no sabría decir. Creo que mucho es por lo que usted dice…

            -Es normal -interrumpió el muchacho que estaba sentado junto a mí-. Influye mucho el nombre y el contexto. Es como con la música de 2001: Odisea del espacio: ya todos la oyen y se imaginan la película.

            -Exactamente -dijo el profesor-. Ahora pongamos atención a otras piezas y déjenme conocer sus impresiones.

            Después de un largo rato de escuchar música hermosa y de compartir nuestras opiniones, casi al final de la clase nos puso el Bolero de Ravel.

            -Es mi pieza favorita –dije-. Es una cosa indescriptible… Me produce mucha emoción, se me enchina la piel… En fin, me gusta mucho.

            -¿De veras? -dijo el chavo junto a mí-. A mí se me hace bastante simplona. Es la misma melodía una y otra vez. Es decir, es simpática, pero no es la gran cosa. Al mismo Ravel ni le gustaba…

            -¿Ah sí? Pues a mí me parece fantástica. Por esa misma simpleza. Ravel no necesitó ponerle muchas… cosas… Son sólo unas pocas notas, pero son las notas acertadas, creo. Es como si hubiera encontrado la clave de acceso a ciertas emociones humanas…

            -Interesante forma de plantearlo -dijo el muchacho-. Pero yo creo que cuando aprendas más sobre música te darás cuenta de que el Bolero no es la gran cosa. Yo prefiero el barroco. Bach es la neta.

            -Bueno, muchachos -intervino el profesor-, veo que tienen ya formadas sus opiniones. Ahora necesitan los elementos para poderlas sostener -y continuó dirigiéndose al resto del grupo-. En las próximas sesiones vamos a aprender los elementos básicos de la música, vamos recorrer su historia; reconoceremos los estilos y a los compositores; conoceremos los elementos que integran una orquesta, aprenderán a identificar qué sonido hace cada instrumento… en fin, todo lo necesario para saber apreciar la música clásica.

            Al finalizar la clase me topé con aquel muchacho. Era alto, delgado, de piel apiñonada, ojos aceituna, nariz respingada y cabello negro en peinado de mango chupado. Vestía un pantalón de mezclilla y una camisa rojiza ajustados, y calzaba un par de tenis azules de suela baja.

            -Diego, ¿verdad? -dijo y me extendió la mano.

            -Sí. Y tú eres…

            -Renato. Somos los únicos jóvenes entre todos estos vejetes, ¿no, güey?

            -Je, je. Sí.

            -Es raro que un chavo se interese por la buena música. Esto es para gente culta, güey.

            -Bueno, yo no me considero gente culta.

            -El hecho de que estés en un curso como éste indica que tienes inquietudes que la mayoría de la gente ni se imagina, güey. Y los chavos de nuestra edad oyen pura pinche basura, güey. Pinches nacos -dijo frunciendo el ceño.

            -Bueno, pos no estás ni yo para decirlo ni tú para escucharlo, pero en realidad a mí no me interesaba la música clásica sino hasta hace un par de meses. Fue gracias a un amigo que me empezó a gustar.

            -Ah, pues con razón el Bolero es tu máximo… Oye, güey, ¿tú eres de acá?

            -No, soy de Ciudad Plana.

            -¿A poco? ¿Y ahí qué hay?

            -No mucho. Un zoológico.

            -Yo soy de la ciudad.

            -¿De qué ciudad? ¿De México?

            -¿Qué? ¿Hay otra?

            No supe si reírme o qué pedo -¿Y qué haces por estos lares?

            -Ando recorriendo el país.

            -¿Ah sí?

            -Sí, güey. Me estoy tomando un año sabático en lo que entro a la uni. Pero como no quería perder el tiempo, pos voy tomando cursos.

            -¿Cursos de qué? ¿De música?

            -De todo, güey. Averiguo qué cursos hay en cada ciudad y me lanzo para allá. Vengo de Tuxtla Gutiérrez, donde tomé un curso de dibujo. Antes estuve en Oaxaca, donde tomé un curso sobre la cultura mixteco-zapoteca. Y así ando viajando desde junio.

            -Oye, qué chingón. Estaría bien chido hacer eso. ¿Y tus viejos te lo pagan?

            -Sí, güey. Mi jefe corrió mucho mundo cuando era joven y quería lo mismo para mí y me dijo “Vas”. Está de huevos, ¿verdad?

            -Qué chingón… Oye, quedé de verme con unos cuates en una fiesta. ¿Quieres venir?

            -Órale, gracias. ¿Cómo nos vamos? ¿Tienes coche?

            No pude evitar reírme –No, qué va. Nos vamos en camión y luego a pata.

            -No, pos ‘ta bien, güey. Ni pedo.

            En el camino Renato me preguntó qué hacía yo en la Ciudad de las Palmeras; le conté a grandes rasgos mi historia y le describí mi situación actual.

            -¡No mames, güey! Ésa es una mamada.

            -¿Por qué?

            -Una cosa es tomarse un año sabático y otra es dejarlo todo porque sí. Le hubieras pedido a tus viejos chance de un año. No tendrías problemas con ellos y seguro te darían dinero, güey. Así no tendrías que estar durmiendo sin sábanas.

            -Ni madres. Mi papá está en contra de los años sabáticos. Piensa que si no estás estudiando estás perdiendo el tiempo.

            -Bueno, pues igual y sí, güey, pero no mames. ¿Y por cuánto tiempo vas a estar así, sin lana, trabajando en un circo de ratas?

            -No sé, por el tiempo necesario…

            -¡Pero ésas son mamadas, güey! Eso sí es perder el tiempo. ¿Qué vas a ganar? Al final, no vas a tener más conocimientos, ni más dinero, ni nada. Va a ser un tiempo de verdad desperdiciado. ¿Y cuándo vas a volver?

            -No sé. Ya te dije, cuando lo sienta necesario…

            -Nel, güey. Neto, ésas son mamadas. Tienes que volver a seguir estudiando, güey. Puta, con lo difícil que es conseguir trabajo en este pinche país. Chale. No, no, no. Tienes que volver. Un año a lo mucho.

            -Bueno, ya lo veré… -dije queriendo ponerle fin a la conversación.

            -No, pero neto, tienes que hacerlo.

            -¿Y tú, dónde te estás quedando aquí?

            -¿Qué?

            -¿Que dónde estás viviendo?

            -Ah. Estoy rentando un depa, no muy lejos del centro. Cerca de la Plaza de las Américas. Está a toda madre, güey.

            Llegamos a la fiesta, que tenía lugar en casa de un amigo de Bilcho. Él y Emo estaban ahí sentados con sendas bebidas en las manos. También se encontraban otros chicos y chicas conocidos. Renato se presentó y ocupó una silla en el círculo que formaban mis amigos; Bilcho le ofreció una cerveza, pero él replicó que no tomaba “esas cosas”. Poco después llegó Wiki con Mariela y estuvimos platicando todos un rato, pero pronto Renato se levantó y se fue a recorrer la fiesta. Más tarde lo vi fajando con una chica a la que yo no conocía. Cuando acabó la partuza, a eso de las cuatro de la madrugada, busqué a Renato, pero no di con él. Lo volví a ver hasta el día siguiente, en la clase de música.

            -¿Qué onda? Ya no te encontré ayer…

            -Ah, me estaba aburriendo en la fiesta. Pero luego ligué, güey. ¿Cómo la ves?

            -Chingón. ¿Quién era ella?

            -Una vieja.

            -¿Y qué? ¿La vas a volver a ver?

            -Nel, güey. No creo.

            -¿Y eso?

            -No más, güey. No me latió. Sólo estaba aburrido.

            Llegó el profesor y no pudimos continuar con la conversación sino hasta terminada la clase. Entonces le pregunté:

            -¿Y por qué te estabas aburriendo? Son un buen grupo estos amigos…

            -Pos dos tres, güey. Son medio nacos.

            Me ofendió el comentario pero no dije nada.

            -¿Sabes qué, güey? Deberíamos ir a un antro, pero a un antro chingón. Uno así bien fresa. Deberíamos ir y ligarnos a unas gringas. No como esa mamada de fiesta en la que ni viejas buenas había…

            Hice caso omiso de la última frase -Pues yo suelo ir a uno que se llama Anthrax que está muy chido. Ahí trabaja mi amigo Bilcho, es DJ.

            -Ja, ja, ja. No mames, DJ…

            -¿Qué? ¿Qué tiene?

            -No, nada. Y ese antro, ¿sí está chingón?

            -Sí. A mí me late mucho. He pasado buenas desveladas en él.

            Así que esa noche fuimos a Anthrax. Fue una noche de celebración común y corriente, sin nada extraordinario y con la única novedad de la presencia de Renato.

            -Chale, güey. En la ciudad, en los antros ya no hay pistas de baile, güey. Eso es para nacos.

            -¿A poco? ¿Y dónde bailan?

            -Pos en las sillas, güey, en las mesas. Chale, aquí están bien atrasados. Oye, güey, no está mal el antro, pero como que hay muchos “locales”, ¿no? Puro pinche prietito… Casi no hay extranjeras y están ocupadas. Y hay bien poca gente. Hubiéramos ido a un antro de la Zona Hotelera.

            -No, los antros de la Zona son carísimos. Aquí tengo pase gratis porque vengo con Bilcho…

            -¿Y qué, güey? ¿A poco eres pobre? No te ofendas, güey, pero no mames. ¿Para esto fue que dejaste la comodidad de tu casa? Si siguieras con tus jefes tendrías dinero para ir a los antros que quisieras. ¿Vale la pena estar así, mendigando entradas? Si quieres, yo te invito el antro mañana.

            -No gracias -dije irritado, me di la media vuelta y me fui.

Al día siguiente Renato me sorprendió asistiendo como espectador del Circo de las Ratas.

-¿Qué pedo, güey? –me abordó al terminar la función- ¿Sigues molesto?

-Nunca lo estuve -contesté.

-Chale, no seas ridículo. O sea, sé que no tienes lana por tu condición de “refugiado”, pero no te preocupes, yo te invito al antro hoy en la noche, de veras. Oye, güey, pero vámonos para el centro cultural, ¿no?

-Hey, qué pedo -saludó Bilcho acercándose a nosotros.

-Hola, güey -lo saludó Renato y luego se dirigió a mí -¿Entonces, güey? ¿Nos vamos?

Los tres abordamos el camión hacia el pueblo.

-Pos ya me estoy adaptando a esto de la Ciudad de las Palmeras… -decía Renato- Es medio ñera la gente por acá. Hasta los que se creen muy fresones son en realidad bastante obtusos. Ya sabes, fresas de pueblo. No tienen mundo.

-¿Y qué haces durante todo el día antes de ir a las clases de música? -le pregunté.

-Pos paseo. No hay mucho que pasear por aquí, excepto las plazas. He ido a las playas; están de huevos, güey. Y yo que pensé que Acapulco estaba chingón. Ah sí, y tomo fotos. Me late un chingo la fotografía, es uno de mis pasatiempos preferidos. Creo que es lo que más me gusta después de la música, el cine y la literatura.

Bilcho sabía bastante de esos temas, por lo que él y Renato comenzaron una larga conversación al respecto. Claro que casi nunca estaban de acuerdo.

-¿No te gusta el rock? -preguntó Bilcho pasmado.

-Nel, güey. Es todo lo mismo, un mismo ritmo, un mismo todo. No es música de verdad. A mí me gusta la buena música. El rock no es precisamente basura, pero es como chafa, güey. O sea, no tiene muchas posibilidades.

-¿Pues qué no has oído rock progresivo, psicodélico, indie…?

-Sí, güey, pero todo me suena igual. Es nada más tum-tata-tum. Mucho ruido y azotadeces a lo pendejo.

-¿Y no te gustan los Beatles? -le pregunté.

-Menos, cabrón. Pinche musiquita pendeja, es todo igualito güey. La buena música es la clásica, güey. Y el jazz, cabrón, me encanta el jazz. ¿Sabían que las raíces del jazz están en Bach?

-No me digas… -dijo Bilcho con su característico tonito sarcástico.

-Es neto, güey. Chale, hasta me gusta más la salsa, el merengue, el mambo, el vallenato y todos los ritmos latinos, que el pinche rock.

-¿No sería eso de nacos? -le pregunté.

-Pues sí, güey. Pero tiene más arte que el rock. Obviamente las letras son una mamada, pero componer esos ritmos sí que es un pedo. También me gusta el mariachi, güey. ¿Sabían que el mariachi es la música más difícil de cantar después de la ópera?

-No me digas… -repitió Bilcho.

-A huevo, güey. Para tener una voz de charro, hay que tener voz de tenor. Jorge Negrete pudo haber cantado ópera si hubiese querido.

Luego mencionamos algo de cine y hablamos de ir a la función que esa noche presentaba don Mario en El Desván del Abuelito.

-Chale, ¿pos no que hoy íbamos al antro? -preguntó Renato.

-Es que hoy van a pasar Cuando los dinosaurios gobernaban la tierra y no me la quiero perder -dije.

-No mames, güey. ¿Y por ver esa mamada vas a faltar al antro?

-No es mamada, es una película genial. Es un clásico de cine de culto -dijo Bilcho con entusiasmo.

-Chale, no mames. ¿Eso es cine culto? No me vengas con mamadas, güey.

-No dije “cine culto”, sino “cine DE culto”. ¿No sabes lo que es eso? -dijo Bilcho con cierta agresividad.

-Mira, güey. A mí me gusta el buen cine, cabrón.

-A mí también.

-Pos no parece, güey. ¿Van a ver una película de dinosaurios? Ninguna película de dinosaurios puede ser buena.

-¿Y Jurassic Park? -pregunté.

-¡No me jodas, cabrón! ¿Spielberg? ¡Todas esas películas de ciencia ficción son basura! El buen cine es el cine realista, güey. Velo tú, ¿cuántas películas de ciencia ficción han ganado la Palma de Oro de Cannes?

-No me chingues -dijo Bilcho.

-Pues sí te chingo, cabrón. Esas mamadas de El Señor de los Anillos y todo eso son puras pendejadas, güey. Eso no es arte. Es de gente ignorante ver esas mamadas.

-¿Pos no que te gustaba 2001? –pregunté.

2001 es otro pedo, güey. Es de Kubrick, cabrón y Kubrick puede hacer cualquier cosa y le queda de huevos. Lo demás son mamadas.

-¿Y Tarkovsky?- preguntó Bilcho.

-De ése no he visto sus películas, pero dicen que son chingonas… Pero el punto es que eso de las fantasías y todas esas cosas son para niños, no para gente madura, güey. El gusto madura, güey. Y cuando el gusto madura uno se da cuenta de que las películas chingonas son las realistas. No digo que la fantasía sea mala de por sí, sino que la mayoría de los directores que hacen esas cosas son pendejos. O sea, son como infantiles. A veces un buen director, uno que ya es maduro, se avienta a hacer una película del género y le queda chingona, pero la mayoría son mierda. Es lo mismo en la literatura. Harry Potter y Narnia y todas esas cosas son pendejadas. Pero llega Borges, que es un chingón, escribe un cuento de fantasía y hace una verga. Pero si te quedas con eso es como seguir leyendo cuentos de hadas.

-No estoy de acuerdo –dije-. Creo que la fantasía estimula la imaginación y… pues… nos hace soñar, ¿no? Y la imaginación es parte de la inteligencia. No creo que madurar mentalmente signifique dejar de lado la imaginación. Yo me la he pasado a toda madre en El Desván del Abuelito.

-Tienes un buen punto, güey… -admitió Renato-. Pero la verdadera imaginación puede concebir historias extraordinarias que sean realistas. Cualquier pendejo puede ponerse a pensar en unicornios y en dragones y ponerlos a hacer mamadas sin ningún sentido. Es más, la mayoría de las películas de fantasía y ciencia ficción tienen bien poca imaginación, güey: todas son iguales. Bueno, me gustan las de Volver al futuro pero porque siempre las veía de niño, no porque crea que en realidad son muy buenas… ¿Alguna vez has tomado cursos de apreciación cinematográfica? ¿O de historia del cine? Pues yo sí, güey. Y lo que les estoy diciendo es lo que opinan los que saben. Chale, mínimo léanse un buen libro de crítica cinematográfica, para que aprendan a distinguir lo que es bueno y lo que no.

-No necesito que nadie me enseñe lo que me debe gustar… -dijo Bilcho muy grave.

-Bilcho tiene razón -lo secundé-. Además, para gustos se hicieron los colores.

-Sí, güey -dijo Renato dando por terminado el debate-. Pero hay mucha gente daltónica.

El autobús se detuvo y Renato y yo bajamos; Bilcho seguiría su camino hacia la casa y después nos veríamos en El Desván del Abuelito.

-A mí me gusta el buen cine mexicano que se está haciendo ahorita.- continuó Renato, más a sus anchas sin la presencia de Bilcho -A huevo, es una pinche exageración hablar de “auge” como dicen los pinches pendejos de la televisión. Pero se hace una o dos películas chingonas al año, güey. Lo único que no me gusta es que todas las pinches películas mexicanas son de pobreza y miseria y luego los extranjeros piensan que todos somos nacos.

-¿Sabes qué peli me gustó?- le dije –Y tú mamá también.

-¡A huevo! Esa película está chingonsísima. Puta, me acuerdo… Yo la vi cuando tenía… como catorce años.

-Sí, yo también. No nos dejaron entrar a verla al cine y todos hablaban mucho de esa peli. Decían que había mucho sexo y eso. La vi a escondidas porque mi hermano mayor me la roló. ¡Me acuerdo me dejó bien caliente!

-Pero esa peli es mucho más que eso, güey.

-Sí, ya sé. A mí me latió bastante.

-¿Sabes qué es curioso, güey? Que esa película le gustó a todos los menores de treinta y todos los mayores de treinta la odiaron. Es una película de generación. De nuestra generación.

-Ei…

Llegamos al salón y tomamos la clase, al término de la cual Renato trató de convencerme de ir al antro con él en vez de acompañar a Bilcho al cine. Le dije que no sería correcto dejar mal a mi amigo y que cualquier otro día podríamos irnos de juerga si él quería. Me dijo que yo era un teto y nos separamos; después de todo sí llegué a El Desván del Abuelito a ver a Victoria Vetri en bikini de piel.

-¿Y cómo estuvo tu película? -me preguntó Renato la tarde siguiente, en la clase de música.

-Muy chida -dije rememorando a las cavernícolas escasamente vestidas y la pachequiza de la noche anterior-. Me divertí mucho.

-Ja, ja, ja. Pos eso espero, güey. Yo me la pasé de huevos. El antro estaba bien chingón, güey, bien fresa. Conocí a unos güeyes poca madre. ¡Y las viejas, güey, las viejas! ¡Esas sí son mujeres!

-Pues qué bueno que te hayas divertido.

-No mames, güey. Hubieras ido. Yo voy a regresar hoy, vente conmigo.

-Mmm… Bueno, podría ser…

-Ándale, güey. Te la vas a pasar chido… Sólo ponte algo de ropa buena…

-Ja, ja, ja. No tengo. No poseo más que la ropa con la que me vine de Ciudad Plana, y algunas playeras que me he comprado en el mercado.

-Chale, güey. Con razón siempre te veo todo pandro. ¿Pues que no te gusta vestirte bien?

-No es mi prioridad.

-Pos debería serlo. A mí sí me gusta vestirme bien. Es lo que nos hace diferentes de los nacos. La gente te trata como te ve, güey.

-Bueno, obviamente si tuviera el dinero me compraría buena ropa, pero como no tengo mucho, prefiero gastarlo en sobrevivir y divertirme.

-Pos para eso hay que tener lana, güey. Para eso hay que trabajar y dejarse de mamadas. ¿Pues que no quieres vivir bien? ¿Quieres andar todo pandroso el resto de tu vida?

-Obviamente que no, Renato. Pero mira, en este momento de mi vida no necesito de esas cosas. Yo estoy en un viaje… pues… como para descubrirme a mí mismo… o más bien, construirme a mí mismo… O algo así.

-¡Pero eso es lo que son mamadas, güey! Mírame, yo me estoy tomando un año para viajar, conocer gente y todo eso, pero no dejo de cultivarme y aprender. En cada ciudad que visito obtengo un diploma con valor curricular, ¿ves? Y no me falta el dinero. Chale, no hubiera hecho esto si iba a estar pasando penurias como tú. Ya una vez pasé tiempos muy culeros.

-¿A qué te refieres?

-Pos con lo de la crisis del ‘94. Mi viejo perdió su chamba y estuvimos bien jodidos, cabrón, en la calle de la amargura. Tuvimos que dejar nuestra casa e irnos a vivir a un pinche barrio jodido. Tuve que cursar la mitad de la primaria en una escuela pública, cabrón.

-Pero ahora le va muy bien a tu familia, ¿no?

-Pos sí, güey. Mi viejo consiguió chamba en el gobierno de la ciudad y desde entonces nos ha ido a toda madre. Pero chale, güey, me acuerdo de esos años en que vivimos en la jodidez y no dejo de prometerme a mí mismo que nunca me va a tocar vivir así otra vez. Yo voy ser rico, cabrón. Voy a cagar lana.

-Y a todo esto, ¿a qué te piensas dedicar?

-Quiero ser productor musical.

-¿A poco?

-Sí, güey. Quiero producir bandas chingonas, trabajar en una disquera y hacer mucha lana. Incluso puedo producir a algunas bandas de rock, porque eso es lo que vende. Aunque lo que en realidad me gustaría sería producir jazz o trova… en fin, cosas chingonas. Claro que para poder darme el lujo de hacer eso tendría antes que producir pendejadas que me dejen dinero. El tío de un amigo trabaja en la disquera de TV Azteca y él me va a abrir el camino.

-Vaya, veo que lo tienes todo planeado.

-Así tiene que ser la vida, güey. No puedes andar por el mundo dejando que te lleve la corriente. Es como tu amigo Bilcho, güey. Ese cabrón es bien loser.

-No, gallo, pérate tantito -le dije-. Bilcho es mi amigo y es un cabrón al que admiro mucho. Yo creo que él sí sabe sobre la vida.

-No mames, güey. ¡Qué va a saber ese cabrón! ¿A los veintidós años y todavía vivir en una pocilga? ¿Trabajar en un circo de ratas? ¿Ser DJ? No mames, güey. O sea, sé que es buena persona y hasta me cae bien, pero eso no le quita lo loser. A su edad ya debería estar estudiando una carrera.

-Es que tú no entiendes, Renato. La vida no es sólo tu carrera. Hay muchas otras cosas más…

-No mames, güey. Esas son mamadas. Es idealismo pendejo. Y por ese idealismo pendejo, luego los hijos sufren… -Renato calló unos segundos. –Además, esa gente que dice que se dedica a disfrutar de la vida no podría existir si los demás no trabajáramos. Si todos nos dedicáramos a pendejear como tu cuate, ¿quién pagaría la entrada al antro en el que trabaja? ¿Quién le dejaría propina en el circo o en el restaurante? Es como los pinches jipitecas, güey. Mucho vivir la vida y no trabajar, pero ¿de qué viven? De las limosnas ¿A quién le venden sus pendejaditas que fabrican? Pos a la gente que trabaja y tiene dinero. ¡Todas ésas son mamadas…! Pero ya mejor nos metemos al salón, porque ya vamos tarde, ¿no?

-Vamos pues… -dije con un suspiro.

Renato no terminaba de caerme bien, pero no podía evitar sentirme atraído por su personalidad. Estaba en desacuerdo con casi todo lo que él expresaba, pero apenas me atrevía a contradecirlo. Nuestras conversaciones eran sobre todo monólogos suyos y estaba tan seguro de sus propias opiniones como si fueran verdades absolutas. Creo que quizá me mantenía cerca de Renato porque él tenía una perspectiva de la vida distinta a las que había encontrado desde que escapé. Por eso decidí acompañarlo esa noche a aquel antro del que tanto hablaba. Después de la clase de música, fui con él a su departamento, allí me prestó una camisa y me dio unos tips para peinarme con decencia. Acto seguido, salimos para la Zona.

-Pues mira, Renato -le decía mientras caminábamos por el bulevar-. No creo que haya cosas que tengas que leer. Es decir, yo por un momento pensé así, pero eso me estresaba mucho. Debes leer lo que quieres, lo que disfrutas.

-No, güey. Primero hay cosas que debes leer. Cuando las hayas leído podrás leer lo que quieras.

-¿Que debes leer para qué?

-Pos para ser culto, güey. Para leer pendejadas, mejor ni leas. Es como la gente que se cree que mucho porque ha leído todos los libros de Dan Brown y Paulo Coelho. No mames. Un lector de best sellers es peor que un analfabeto funcional… Y tú ¿que no quieres ser culto?

-Pues no sé, Renato. Yo sólo leo porque me gusta. Y hasta hace poco ni me gustaba. Creo que debes hacer algo por el placer de hacerlo, y no porque creas que alguien te va a pedir cuentas al respecto… o eso me han dicho.

-Mira, Diego, yo te he visto. Creo que tienes mucho potencial. Eres inteligente, aprendes rápido y sabes defender tus puntos de vista. No te rías, es en serio. Tú tienes mucho potencial de ser culto. No más tienes que dejar de ver películas pendejas y de escuchar música pendeja y de leer libros pendejos…

-No sé… A mí no me interesa “ser culto”, yo lo único que quiero es… ¿estás bien?

Renato se había llevado las manos al vientre y se doblaba como dominado por un dolor atroz.

-Me duele mucho el estómago -dijo.

-Déjame te reviso.

Renato se levantó la camisa y le palpé el abdomen.

-¿Te duele si te aprieto?

-No, me duele se me dejas de apretar…

Alguien del otro lado de la calle nos gritó -¡Hey! ¡Para eso hay hoteles!- y justo en ese momento Renato cayó al piso, retorciéndose y gritando en agonía.

-Tienes apendicitis -dije y de inmediato saqué el celular de Renato del bolsillo de su pantalón y llamé a emergencias.

-Que no me lleven al Seguro Social, porque ahí seguro me muero -gimoteaba Renato-. Que me leven al mejor hospital privado. El dinero no es pedo… -y de nuevo gritaba de dolor.

Llegó la ambulancia y en seguida se llevaron a Renato al hospital de Santa-no-sé-qué-chingados. No me dejaron ir con él en la ambulancia, así que tuve que tomar una sucesión de autobuses urbanos para llegar. Una vez en la clínica, pregunté a las recepcionistas por mi amigo; lo habían ingresado al quirófano y no podría verlo sino hasta la mañana siguiente. Entonces recordé que aún tenía su teléfono celular y, buscando entre los números que ahí estaban registrados, marqué al que estaba bajo la etiqueta “Papá”.

-¿Bueno? ¿Hablo con el papá de Renato…?- No sabía su apellido.

-Sí, ¿quién habla?

-Soy un amigo de su hijo…- y le expliqué la situación. El papá de Renato me pidió toda la información pertinente, que le proporcioné tan bien como pude; al final me dio las gracias y colgó. Supuse que él se encargaría de resolver todos los asuntos pendientes con el hospital y, considerando innecesaria mi presencia ahí, me fui a casa.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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2 respuestas a 35. De la apreciación musical a la apendicitis

  1. DRW dijo:

    No pude evitar pensar en que la opinión de Renato sobre el rock es similar a la tuya de la música pop que suena en la radio, jejeje; “El rock vende”, ¿Dónde? de donde soy yo el Reggaeton vende, y si fuera a juzgar a México según la media de sus artistas más destacados diría que el pop vende, además de la música de bandas, rancheras y corridos, bueno, al menos de la música de México que suena por acá abajo, a menos que por rock te refieras a grupos como Maná, aunque en mi mente rock es algo como guns n roses, ac/dc y así, aunque quizás eso sea hard rock o por ahí.

    La lectura me recordó de cuando participaba en en foros de internet y grupos de facebook donde si trataban temas culturales, algo así se daban las discusiones, las cosas que se ven, y lo que decias de Diego sobre sentirse atraído a la personalidad de Renato, no sé si te referías como me pasaba a un tiempo a mi, después de ser un estudiante de buen rendimiento académico, comencé a tener problemas en las estudios y finalmente deje de asistir a la universidad, lo que me hizo sentirme “tonto”, y comencé a sentirme inclinado a querer convivir y ser del agrado de “intelectuales”, sin importarme mucho sus cualidades y valores morales, lo que me llevo a relacionarme con personas que piensan que por memorizar y hablar en léxico académico ya esto te hace superior al resto de los mortales, creo que he madurado un poco y he llegado a comprender que la vida es más que logros académicos,

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