37. Mademoiselle Samedi

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            Me levanté temprano por la mañana y enseguida fui al hospital, pero tuve que esperar casi una hora antes de que me dejaran ver a Renato en su habitación privada. Cuando por fin pasé, me recibió con una gran sonrisa y los brazos abiertos.

            -¡Broder! -me dijo cuando me incliné a darle un abrazo en su postración-. Cabrón, no mames, ¿cómo te voy a agradecer lo que hiciste por mí?

            -No hice nada, Renato, sólo llamé a la ambulancia.

            -Sí, pero no mames. Qué cabrón paro. Al chile, güey, tú eres un superbró.

            -Tranquilo, de verdad no fue nada… ¿Cómo te sientes?

            -De la chingada, güey. Ja, ja, ja, ja. Pero bien, dentro de lo que cabe. Nunca me habían operado, güey. ¿A ti?

            -No, nunca me han abierto para sacarme un órgano. ¿Ya se comunicaron tus papás contigo?

            -Sí, todo está resuelto. Por cierto, ¿tienes mi cel?

            -Sí, aquí lo traigo. Toma.

            -Chinga, no mames, güey. Qué pinche desmadre. ¡Apendicitis! No mames, un cuate mío se murió de eso. No llegó al hospital. Gracias a ti estoy vivo, carnal.

            -Exageras.

            -No, güey, al chile, es neto.

            En ese momento sonó el celular y Renato contestó.

            -Sí, ‘pá…. No, ya me lo devolvió… aquí está… -y me pasó el teléfono.

            -¿Bueno? -dije.

            -Hola, Diego. Te quiero agradecer por lo que has hecho por mi hijo. Su mamá y yo estamos muy agradecidos.

            -De verdad no fue nada, señor.

            -No, no, no. Nos has hecho un gran servicio y no lo olvidaremos. Si algún día quieres venir a pasar las vacaciones en la Ciudad de México, ten por seguro que aquí tienes tu casa y cualquier cosa que necesites.

            -Gracias.

            -No, gracias a ti. Ahora, pásame a Renato, por favor.

            Renato habló con su padre durante varios minutos; cuando al fin colgó, me dijo:

            -Bueno, pos aquí me voy a quedar dos días y ya pasado mañana me dan de alta. Qué pinche joda, ¿no?

            -Sí, y en fin de semana…

            -Puta, güey, estaría peor entre semana porque me habría perdido las clases de música. Así no habrá pedo. Ya la próxima semana te llevaré al antro que te dije. Es lo menos, de verdad lo menos, que puedo hacer por ti, bro, llevarte a un antro a ligar. Ja, ja, ja. Chale, por cierto, eso de las enfermeras buenotas es un pinche mito, hasta en los hospitales fresas están bien pinches. Sobre todo acá, güey. Bueno, no es que conozca mucho los hospitales de la ciudad, pero en general las viejas de por estos lares están bien jodidas, güey. Obviamente, dejando de lado a las extranjeras.

            -¿Ah sí? La neta no te sabría decir. Nunca he ido al DF.

            -¡No mames! Ja, ja, ja. Si serás bien provinciano. ¿Quién no ha ido al DF?

            -Pos yo. En realidad no he viajado mucho. Cuando viajaba con mi familia, por lo regular era a la Ciudad de las Palmeras o a Playa. Cuando mi viejo se quería ver muy espléndido nos llevaba a Florida. Creo que fuera de esos viajes a Gringolandia nunca he salido de la Península.

            -Chale, güey, pos sí que te falta ver mundo. El caso es que allá en la ciudad las mujeres están mejores… o más bien, sí hay muchas que están igual de jodidas que las de acá, pero también hay muchas que no mames. Hay estados en los que las viejas están mejor. Como en Jalisco, o en los estados del norte. ¡No mames, güey! Las norteñitas están sabrosísimas. Pero eso sí, bien altas. Tú y yo estamos muy chaparros para ellas…

            -¿De veras? Sí he escuchado que las morras de Guadalajara están muy sabrosas… ¿Por qué será?

            -Yo creo que es cuestión de dinero.

            -¿Ah sí? Explica eso.

            -Pos no es por ser culero, güey, pero siendo netos, las chavas con más dinero suelen estar mejor que las que tienen menos. No es regla de oro, pero sí es en general. Es por cuestión de alimentación: las que tienen lana comen mejor, comen mejores cosas, y por eso son más altas; tienen la cultura de la salud, del cuidado de la figura, del ejercicio… Fíjate en que las más naquitas suelen estar bien gorditas. Además, si tienes lana te puedes arreglar los dientes, tratar el acné, y todo eso. Y claro, comprar buena ropa…

            -Bueno, supongo que tienes razón. Hasta en Ciudad Plana encuentras a las chicas más guapas en las escuelas más fresonas, como en la Emérita o el Mariano. Pero son tan mamonas…

            -A huevo, güey. Y pos estos estados del sur tienen menos gente con lana que los del norte y pues por eso las viejas no están tan buenas… Además, aquí hay muchos indios.

            -¿Cómo dices? –me agarró en curva.

            -Bueno, es que no es por ser culero, güey, pero los indígenas están bien pinches feos. O sea, no soy racista, no creo que sean inferiores o algo así o deberían tener menos derechos, pero de que son feos, son feos.

            -Bueno, eso de la belleza es algo relativo -le dije, incómodo por la discusión-. Lo que a ti te parece feo, no es lo mismo para todas las culturas… ¿no?

            -No, güey, no es éste el caso. Hay negras que están buenísimas, asiáticas hermosas, mujeres árabes e hindúes que están de no mames. Pero indias buenas… ¡ni una, güey!

            Sus comentarios me ofendían, mas no sabía cómo rebatirle -¿Pero eso no se debería a lo mismo que dices sobre la pobreza? Es decir, ¿que las mujeres indígenas son… pues… feítas, porque vienen de la pobreza y por lo tanto han tenido muy mala alimentación y etcétera?

            -No, güey. Porque hay familias indígenas que se superan y salen de la pobreza y todo eso, pero las viejas siguen siendo feas. Je, je, je. Y todas huelen igual, ¿lo has notado?

            -¿Cómo?

            -Sí, güey. Los indios, lo que son realmente indios, tienen un olor característico, como un olor seco y amargo que proviene de su piel morena. Y no es que huelan a sudor ni nada de eso, es su olor natural. Incluso los que salen de la pobreza y viven bien, y hasta tienen lana, siguen oliendo así. Yo pensé que los mayas de aquí olerían diferente a los nahuas de allá, pero nel, todos huelen igual, huelen a indio…

            -No mames, Renato. Eso que dices es bien pinche racista.

            -Ay, no seas cursi, güey. En primera no es racismo. Chale, tú y yo somos mexicanos y como tales tenemos un ancestro indígena por algún lado. Y el que no lo quiera aceptar es un pendejo. Es más, ese olor del que te hablo no es necesariamente malo, sólo es un olor característico de la raza americana. Te repito que no creo que los indígenas sean inferiores como seres humanos…

            -Sólo piensas que son feos y huelen raro, ¿no?

            -Pues sí, güey. Y apuesto a que todo el mundo lo cree, no más que no lo dicen por no ser políticamente incorrectos.

            -Pues no estoy de acuerdo contigo… bueno, en lo del olor, ahora que lo pienso, todas las nanas que tuve tenían cierto aroma… Pero no estoy convencido. Y creo que hay mujeres hermosas de todas las razas, y eso incluye a los indígenas. Piensa en la Malinche.

            -¿La Malinche? ¿Qué tiene?

            -Que supuestamente era muy guapa, ¿no?

            -No creo, güey. En primera, era el siglo XVI y a un pinche gachupa recién bajado del barco le hubiera parecido buenísima cualquier cosa con tetas. Pero de veras que no soy racista. Yo creo que la civilización azteca era muy superior a la española. Sabían un chingo de ingeniería y de astronomía. ¿Sabías que los indios de América tenían técnicas textiles superiores a las de Europa? Y en higiene los habían superado por mucho. Los pinches europeos no se bañaban y tiraban sus excrementos en la calle, mientras los aztecas se bañaban diario y había un equipo que limpiaba Tenochtitlán todos los días. Pero ni pedo, los españoles tenían acero y armas de fuego y se chingaron a los aztecas, pero no por eso eran mejores. Claro, después de eso los indios quedaron jodidos y ahora por eso ya no dan ni una. En ese sentido sí creo que son, de cierta forma, inferiores.

            -¿Pos no que no?

            -No me malinterpretes, güey. Mira, no creo que sean inferiores por cuestión de raza, sino por la situación jodida en la que viven…

            En ese momento entró un señor muy moreno y muy viejito, con uniforme de conserje, y recogió la basura de todo el cuarto.

            -Por ejemplo, güey -dijo Renato cuando el señor se hubo ido-, tú y yo somos superiores a ese señor. No porque él sea indio, que seguramente lo es, sino porque viene de una situación de pobreza muy culera. Él no tiene nuestra capacidad de aprendizaje, y nunca podrá desarrollar nuestra inteligencia…

            -Pues siguiendo esa lógica, mientras más rico sea alguien, más inteligente será, y entonces cualquiera que tenga más dinero que tú, sería superior a ti…

            -No, no, no. Lo que quiero decir es que se necesitan unas mínimas condiciones materiales para que un ser humano pueda desarrollar sus capacidades intelectuales. Por encima de ese mínimo, todos somos iguales, pero por debajo, todos están jodidos, y son, por eso, inferiores, en cierto sentido, a los que están por encima del margen de jodidez. No es por su raza, ni es su culpa. Es culpa del sistema que los ha condenado a la jodidez desde los tiempos de la Conquista. Es como si a un niño le dieras un chingadazo que lo dejara pendejo el resto de su vida. Así fue la Conquista para los indígenas. Claro, los indios que logran salir de la pobreza están al mismo nivel que el resto de nosotros. Y viceversa, si un no indígena cae en la pobreza más culera, va a ser inferior a los que sí han tenido los medios para desarrollar sus capacidades. Sí, es una cosa horrible de decir, güey, yo lo sé. Pero no por eso es menos cierto…

            -Pues no estoy de acuerdo contigo, ni me gusta eso de “superior e inferior”. Yo creo que independientemente de las cosas materiales que tenga, una persona puede llegar a ser muy inteligente y muy sabia…

            -No mames, güey, no me vengas con el complejo del vagabundo filósofo.

            -¿Y eso qué es?

            -Es esa idea de que un cabrón que vive en la jodidez sabe mucho sobre la vida y es muy sabio y pendejadas. Es un lugar común de la literatura mala y de los antropólogos jipiosos. Eso no pasa, cabrón. Al chile, para ser inteligente, güey, para tener conocimiento, necesitas leer, y para poder darte el lujo de leer, necesitas no tener la preocupación de comer, güey. Así de fácil.

            -Pues no estoy de acuerdo… Pero en fin… Bueno, Renato, me tengo que ir a trabajar. Que estés bien.

            -Sale, bro. No olvides visitarme cuando salgas de la chamba.

            -Claro, yo paso por acá.

            Tal cual, esa tarde volví a visitar a Renato en el hospital. Me encontré con que otros dos chavos lo acompañaban.

            -Hola, Diego. Éstos son Joaquín y Gerardo. Nos conocimos en el antro el otro día.

            Joaquín era un muchacho alto, güero y muy fornido que hablaba en voz baja y con un acentito norteño. Gerardo era un moreno casi tan alto como Joaquín, tenía el pelo negro y rizado, y un acento chilango que salía por encima de su piochita. Renato estuvo hablando con ellos por un rato mientras yo permanecía callado como un simple observador. Al cabo los muchachos se fueron y nos dejaron a solas.

            -Conocí a gente muy chida en el antro esa noche. Todo por una chava con la que bailé. Me presentó a su grupo de amigos y toda la madre, güey. Y enseguida nos hicimos superbrós. Así soy yo: bien amiguero. ¡Y conocí unas viejas, güey! Te las tengo que presentar.

            -Pues no me caería nada mal conocer a unas chavas.

            -¿Has cogido mucho?

            -¿En la vida o en el exilio?

            -En el exilio.

            -Pos no tanto como hubiera querido, en realidad.

            -¿Cuándo fue la última vez?

            -Hace como dos meses…

            -¡No mames, güey! ¡Pero si estás en la pinche Sodoma! Aquí es más fácil coger que ser asaltado en Tepito. Está rebosando de viejas calenturientas y urgidas.

            -Sí, ya sé, güey, pero… -sentí la necesidad de justificar mi casta ventura -Será que yo soy medio romanticón, pero… A mí me gusta eso de gustarle a una chava y de que ella me guste y de llevarnos bien…

            -No me jodas, ¿eres quintillo?

            -¿Qué? No. Ya he cogido, pero en realidad… sólo con dos mujeres.

            -Puta, güey. Yo con un chingo. Te voy a contar cómo perdí la virginidad…

            -Pues si no nos queda de otra.

            -Tenía quince años, güey. En ese entonces andábame ligando a una chava de mi escuela. Ya sabes, güey, todo superteto, de que les hablas bonito, las invitas al cine y todo eso. Ya nos habíamos besado, pero ni siquiera habíamos fajado como se debe. Y un día, güey, que llego a su casa y no está. Pero que estaba su mamá, güey. Pues me invitó a pasar la señora, que era una MILF…

            -¿MILF?

            –Mom I’d Like to Fuck… O sea, una señora guapota y buenota, güey. Con buenas piernas y buenas tetas. Riquísima la vieja, güey. Pues el caso es que me invitó a pasar y sentarme en la sala para dizque esperar a la chava, ¿no? Y que nos sirve unas copas de vino y empezamos a chupar y a platicar, y cuando nos dimos cuenta ya nos habíamos acabado la botella, güey. No sé en qué momento me di cuenta de que la chava no iba a llegar, y acepté la invitación de la señora para subir a su cuarto. Y allí pues nos comenzamos a fajotear y a quitar la ropa… Pero yo estaba bien pinche nervioso y no se me paraba, y pos de plano le dije a la vieja “No, pos es que no sé qué hacer”, y me dice “No importa, yo te guío”. Y que agarra y me la empieza a chupar, güey. ¡Puta, güey! Nadie me la ha chupado como esa señora. Y pos luego cogimos, güey, bien chingón. He oído que la primera vez suele ser muy chafa, pero la mía estuvo de huevos, güey.

            -Ja, ja, ja. Qué historia. Ya hasta me calenté… -y era cierto, pero también sentía envidia.

            -¿Y sabes qué es lo más chingón, güey? Que todo lo que me enseñó la mamá lo practiqué después con la hija -Renato se carcajeó orgulloso.

            En ese momento entró una enfermera y anunció que había terminado el horario de visitas. Nos despedimos y me retiré

            Visité a Renato tanto como pude mientras él estuvo en el hospital. Para ser sinceros me daba hueva ir, pero sentía que no debía defraudar a mi nuevo amigo, que siempre contaba con mis visitas. El día en que le dieron de alta yo lo acompañé a su departamento.

            -Bueno -me dijo recostándose en un sillón-, tengo una semana para descansar y luego poder llevarte al antro el fin como te prometí.

            -Creo que deberías descansar más de una semana, Renato. ¿Cuánto te dijeron los doctores? ¿Un mes?

            -Tres semanas, de hecho. Pero no te preocupes, güey, no voy a ir a bailotear, sólo te voy a acompañar y a presentar a unas viejas. Voy a estar tranquilo.

            Así se fue yendo la semana. Nos encontrábamos todas las tardes en las clases de música y después pasábamos el tiempo en su departamento discutiendo sobre cualquier cosa. Las más de las veces no estábamos de acuerdo, pero yo encontraba nuestras conversaciones muy estimulantes. Renato tenía sus propias ideas muy bien cimentadas, mientras que yo aún estaba formando las mías propias; además, él hacía gala de mucha labia y yo en un dos por tres me quedaba sin argumentos.

En una ocasión se decidió a enseñarme ajedrez -Es el juego de la gente culta, güey -me dijo y con la práctica le agarré el gusto al jueguito aunque, desde luego, Renato siempre me ganó.

            Llegó el viernes y el momento de cumplir la promesa sobre el antro. Como la noche de la apendicitis, Renato me prestó una camisa y me dio consejos sobre el peinado. También me dejó tomar un baño caliente y me invitó un poco de perfume.

-Lo bueno es que tengo dos tipos –dijo-. Si usáramos el mismo perfume pensarían que somos putos -y tras una pausa añadió-. ¿A poco no se siente bien verse bien, güey?

-La neta sí. Me siento fresco.

-Pues claro, güey. A mí me gusta verme bien. ¿Por qué no verte bien si puedes hacerlo? Esas mamadas de que sólo la gente superficial se preocupa por su aspecto son… pues… mamadas, güey. Te apuesto a que yo tengo más cultura que esos nacos pandrosos con los que te llevas… Sin ofender.

-Pos no sé, Bilcho es bastante culto, creo.

-¿Ah sí? Pues un día nos sentamos a jugar Maratón y a ver quién gana.

-No creo que Bilcho tenga conocimientos sólo para competir o presumir… Es como Wiki. Él también es muy culto.

-¿Wiki? ¿Ese pinche gordo puto? Nel, güey. Ese cabrón sólo sabe datos. Es un datista: aprende datos de la tele, los libros, e Internet y luego los repite como merolico. Eso no es ser culto, güey.

-Bueno, no lo conoces en realidad. Sólo lo has visto una vez. Y ya vámonos, ¿no? Se está haciendo tarde.

Renato pagó la entrada y se las arregló con el cadenero, uno de esos monigotes agresivos y mal pedo que me hizo añorar al buen Zaius. El lugar, por otra parte, era magnífico; un espacio amplio que parecía el salón de un gran palacio, con dos escaleras majestuosas que llevaban hasta una terraza dorada en la que se había establecido la zona VIP. Pude ver que allí arriba había chicas semidesnudas bailando sobre las mesas. Aún la sala para los simples mortales era impresionante; con varias mesas dispuestas alrededor de una pista y al fondo, en una pantalla grande se proyectaban visuales. A cada lado había un portal que conducía a otras dos salas más chicas, en una de las cuales se bailaba ritmos latinos y en la otra, hip-hop. En la sala central, la grande, se tocaba música electrónica y decenas de jóvenes frenéticos seguían su ritmo.

-Bienvenido a Le Ciel -dijo Renato, pero apenas pude escucharlo por encima de la música, además de que estaba concentrado en la cantidad inmensa de hembras buenísimas que poblaban el lugar.

Renato me condujo entre la muchedumbre y me llevó hasta una mesa que ocupaban Joaquín, Gerardo y unas tres chavas. Entre ellos, me sorprendió ver a Juan Pablo, quien se encargó de presentarme a las chicas, de entre las cuales supuestamente tendría la oportunidad de ligarme a alguna, según el plan de Renato. Cuando éste se puso a hablar acaparó la atención de inmediato; sus conocimientos y sus experiencias lo hacían un orador muy interesante. Pero tras unos minutos, nuestros acompañantes se fueron levantando uno por uno y llevándose con ellos a sus respectivas chicas.

-¿Qué pedo, güey? -me dijo Renato cuando nos quedamos solos en la mesa-. Te me estás apendejando. Ya te las apañaron a todas, güey.

-Caray, Renato, es que yo no sé ligar. Tuve la misma novia desde que tenía quince años y pues ya no sé ni qué decirle a una chava.

-¿Y qué hay de la gringa que me platicaste?

-Creo que sólo tuve mucha suerte… Oh, mira a esas diosas de allá -dije señalando indiscretamente a un par de mujeres altísimas, con cuerpos increíbles, como de supermodelos-. No mames. ¿Dónde están el resto del tiempo? Es decir, nunca las ves andando por la calle…

-Son putas, güey -dijo Renato como quien dice “mira, un perro”.

-¿Cómo?

-Prostitutas, sexoservidoras, mujeres que venden su cuerpo por dinero.

-No mames. ¿En una disco?

-Pues sí, güey. En todas las discos hay putas.

-No jodas, Renato. No en todas.

-No, güey. Sí en todas. En todas, todas. Bueno, a lo mejor en tu pueblo no, pero en los lugares civilizados así es. En todos los antros hay prostitutas y drogas, si no, no funcionaría el negocio.

-No te creo, le dije.

-No mames, no te puedo creer que no sabías. ¿Vives en Plaza Sésamo o qué pedo?

Después le pregunté a Bilcho si eso era cierto y él se rió de mí y me dijo que desde el antro más pinche hasta el más fresa de Ciudad Plana tienen drogas y putas. Me sentí ligeramente avergonzado de frecuentar esos lugares desde los catorce años y nunca darme cuenta de esa verdad. Pero volviendo a aquella noche en Le Ciel

-No sabía… Mira a esa morena -dije refiriéndome a una mujer bellísima, de piel bronceada y larga cabellera trigueña, con los ojos grandes y almendrados y un cuerpazo de diosa caribeña.

-¿Te gusta?

-¡Y cómo no!

-Pues si quieres te la rento.

-¡¿Qué?!

-Te la pago, broder. Es lo menos que puedo hacer por ti después de que me salvaras la vida, güey.

-No mames, Renato, ¿hablas en serio?

-Neto, güey.

-No mames, Renato, ¿es en serio?

-Que sí, güey. Al chile que sí. ¿Por qué no?

-No sé… ¿Con una puta? Eso es como degradarse, ¿no?

-No, güey. Si fuera una puta barata, piojosa y fea, pos sí. Pero éstas son señoritas de primera calidad.

-Pero mi punto es… Yo siempre he pensado que el sexo pagado es para losers. Creo que uno debe ganarse el sexo conquistando a la chica. Si pagara por sexo… no sé, no me sentiría bien contigo mismo.

-¿Pagas por comida?

-¿Cómo?

-¿Pagas por tu comida? ¿O sólo comes cuando la cocinera está enamorada de ti? ¿Pagas por entrar a un antro? ¿O sólo vas cuando eres muy cuate del dueño y te invita? ¿Pagarías por un masaje? ¿O sólo lo recibirías de tu novia?

-Es diferente.

-No. Es lo mismo: es un servicio, güey.

-¿Y el peligro de las enfermedades venéreas?

-Pues te pones condón y a la verga, güey. Apuesto que ella tiene.

-¿Enfermedades?

-No, pendejo, condones.

-Pues no sé… No sabría ni qué hacer, estaría todo chiveado.

-Eso es lo chingón de las putas, güey, no tienes que preocuparte por lo que piensen de ti. No tienes que pensar en complacerlas o enamorarlas. Sólo debes dejar que hagan su trabajo.

Me empecé a reír nervioso –Bueno, ésta es una experiencia que me falta tener… Vamos, pues. ¡A la verga!

Renato llamó a un mesero y le dijo no sé qué cosas al oído. El mesero se fue y al poco rato llegó la hermosa morena.

-¿Tú eres Diego?

-Sí… ¿Y tú?

Ella rió –Llámame Mademoiselle Samedi. Vamos.

Me tomó de la mano y me llevó entre la muchedumbre; subimos por las escaleras hasta la zona VIP y atravesamos una puerta camuflada en la pared del fondo. La puerta conducía a un pasillo a su vez flanqueado por tres puertas de cada lado. Mademoiselle Samedi me condujo por la de la izquierda, y entramos en una suntuosa habitación con muebles de bambú y paredes cubiertas de máscaras tribales, ídolos vudú y otros motivos afroantillanos, además de muchos espejos por todas partes. El techo era un gran y único espejo. El cuarto estaba tibio, pero ventilado; se sentía como estar a la intemperie en una noche de verano. De algún lugar que nunca pude identificar provenía suave música en creolé.

-Vaya… -musité.

-Shhh- susurró y me dio, para mi sorpresa, un beso apasionado y delicioso; yo pensaba que las prostitutas nunca besaban.

Entonces me aventó sobre la cama, me arrancó la camisa y me quitó los pantalones. Luego se puso de rodillas sobre mí y con un baile sensual se desnudó. Siempre sonreía con ternura y fragor, y me dirigía miradas dominantes, que me hacían sentir bajo su poder. Se reclinó sobre mi cadera y me dio un regalo oral;  nunca había sentido algo tan delicioso. Me puso el condón con la boca. Luego se puso sobre mí y lo que hizo… no se puede llamar “hacer el amor” porque no había amor de por medio, pero “coger” sería un mote indigno para el acto artístico que ejecutó conmigo. Tuvimos sexo, para decirlo de una manera neutral. Lo hicimos una y otra vez, y cada vez que parecía agotado, Mademuaselle Samedi se las arreglaba para levantarme de nuevo y volverlo a hacer. Me dejó besar su cuerpo y tocarla toda.

-Tu est très joli! -me dijo con ternura-. Comme un enfant!

Lo hicimos en diversas posiciones, muchas de las cuales nunca había probado y algunas que ni siquiera había imaginado. Ella gemía, jadeaba y gritaba de una forma que nunca había escuchado a ninguna mujer; yo también emitía sonidos de placer. Sabía que sus gemidos eran fingidos, como el cariño que me hacía sentir. Debía concentrarme para no enamorarme de ella; me decía a mí mismo que parte de su trabajo era hacer que los hombres se sintieran amados. Un poco triste, me pregunté si alguna vez una mujer podría enamorarse de mí de la manera en que ella lo fingía. Al final quedé tan exhausto y complacido que no me di cuenta de en qué momento se fue y me dejó solo para dormir el resto de la noche.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a 37. Mademoiselle Samedi

  1. DRW dijo:

    Cuando leí la primera parte de la novela me gustó bastante, me sentí identificado con varias situaciones por las que pasa Diego, pensando en ello, me puse a pensar sobre si recomendar el libro, si me preguntan de qué va, les diría que es sobre un chavo que aburrido de la monotonía de su vida, se escapa de casa y se vuelve adicto a las drogas, pero que lejos de convertirse en indigente o delincuente se vuelve filosófico y descubre que la vida no es tan mala si no piensas mucho en ello y tratas de relajarte xD.

    Recuerdo que en la entrada promocional que hacías habían varios personajes secundarios que pensabas aprovechar más como Emo o Alison, pero de momento quedan algo desaprovechados, al menos desde la importancia inicial que pensé que tendrían.

    Me da curiosidad ver cómo piensas concluir tu historia, por como está escrito esta novela sólo se la podría recomendar a hombres, la sexualidad la abordas desde la perspectiva masculina nada más, me parece.

    Es inusual tu enfoque, actividades como las drogas y la prostitución, sobre las cuales por lo general se busca apartar a los jóvenes, las presentas como no sólo aceptables, sino experiencias positivas que merecen ser vividas, supongo que con la prostitución vas por el mismo enfoque que de las drogas, que es inevitable su consumo y que no han podido ni podrán detenerlo, y que la solución más sensata sería su legalización y regulación, para hacerlo de manera legal y buscando la protección de los individuos involucrados.

    Yo traté de comentar algunas de estas ideas, con la drogas alguien me decía que estaba en contra porque su EX abusada de ella luego de fumar mota, y sobre la prostitución alguien me decía que era lo mismo que apoyar la trata de personas y la esclavitud moderna.

    Pensándolo bien es a los jóvenes que hay que presentarles estas ideas, los viejos difícilmente aceptan el cambio de paradigmas bien arraigados, yo no me siento tan viejo, pero por mi formación cristiana no pude evitar sentir incomodidad de pensar hablar de sexualidad de esta forma, aunque soy conciente es hipócrita porque aveces veo porno, que es casi lo mismo si no ves como un intercambio de sexo por dinero.

    Me da mucha curiosidad ver cómo piensas concluir tu oba, al igual de la curiosidad de saber si el detalle con el que describes tus historias es porque las has experimentado en carne propia, o si son relatos de conocidos o investigación del tema, por tu mención anterior de la película de y tu mamá también, supongo vas por un enfoque similar, la película no la he visto, salvo las escenas de sexo de las que tanto se habló, pero según veo la película trata de mostrar la realidad socio política de México, a la vez que se desarrollan los personajes.

    Ya veremos, ánimo y éxitos con tus proyectos Ego.

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