39. Por los callejones del queso y el vino

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Me despertaron los golpes a la puerta de la habitación. Me puse los pantalones y abrí; me encontré con un mesero que me dijo:

-Caballero, ya es hora de que deje la habitación para que la limpien.

-Sí, gracias. ¿Qué hora tiene?

-Las cuatro y media.

-Gracias.

Me vestí y salí. La fiesta continuaba en el antro, aunque ya no había tanta gente, y como no encontré a Renato, me fui directo a casa. Renato me encontró al medio día, después de que terminara la primera función del Circo de las Ratas.

-¿Qué tal, güey? ¿Cómo te fue?

-A toda madre. Si me debías algo, ahora ya estamos a mano.

-Qué bueno que te gustó. A mí me encantan las putas, pero las putas de calidad, y creí que a ti también te podrían gustar, güey.

-Pero no mames, ¿cuánto te costó?

-No, no, no. Es un regalo, güey. Y del regalo nunca se pregunta el precio.

-Pues… Muchas gracias, amigo…- y estreché su mano.

-Oye, güey -dijo-, hoy voy a hacer una fiesta de quesos y vinos en el depa y te quiero invitar… Tú también puedes venir, Bilcho.

-¿Y cómo es una fiesta de vinos y quesos? -pregunté.

-Pues nos sentamos a comer diferentes variedades de quesos, panes y carnes frías y a tomar varios vinos. Va a estar muy rico, güey.

-Oye, suena muy bien… Pero tú no debes tomar, hace apenas una semana que te operaron.

-Chale, güey, tú siempre el Doc. No te preocupes, broder, no voy a tomar. Sólo quiero festejar mi recuperación con todos mis cuates, güey. Va a estar chido. Tomaré Frutsi, güey. Je, je, je.

-Va, pos ¿a qué hora?

-A las siete. Ponte ropa decente.

-Éste tu cuate… -me dijo Bilcho unas horas después, cuando íbamos camino a la fiesta-. No me termina de agradar.

-Ya me di cuenta. ¿Pero por qué?

-Es muy… pretencioso, ¿no?

-Pues sí, es un poco mamón, pero es buena gente.

-Bueno, si tú lo dices -y no añadió más.

Llegamos al departamento y Renato nos recibió. Además de él, sólo estaban un muchacho llamado Orlando y su novia Beti, una chica muy guapa. Poco a poco llegaron los demás de los invitados, entre los que se encontraban Juan Pablo, Joaquín, Gerardo y tres chavas a las que yo no conocía.

-¡Qué Pedro, mi Pablo!- saludó Bilcho –¿Cómo es que conoces a estos caballeros tan distinguidos?

-Qué hongo, Bilcho -contestó Juan Pablo-. Pos ya ves, ando en todo.

-Bueno –interrumpió Renato-, ya que estamos todos, vamos a pasar a la mesa.

Él había preparado todo un banquete. Charolas con diferentes variedades de panes, quesos y carnes frías, como lo había prometido.

-La clave es la siguiente: hay que saber combinar los sabores -decía Renato mientras servía vino en nuestras copas-. Un tinto va con la carne, queso y pan que tengan los sabores más fuertes. Un blanco va con los sabores suaves.

-Este cabrón nos quiere empedar y abusar de nosotros. Cuida a tu chava, Orlando. No vaya a ser que este cabrón quiera armar una orgía -dijo Gerardo y todos nos reímos.

La cena fue deliciosa; todo estaba exquisito. Como no estaba acostumbrado a tomar vino, el espíritu de Baco se me subió pronto a la cabeza. Después de un par de horas de probar diferentes tipos y marcas de vino, todos estábamos mareaditos. Sólo Juan Pablo y Renato no tomaban.

-Yo no tomo, hermano. Yo no más las hierbas y la psicodelia -decía el primero.

-A mí no me gusta la cerveza y casi ningún otro licor, güey -decía el otro-. Pero el vino me encanta. Y no me gusta empedarme, güey. Yo no bebo para empedarme, sino para disfrutar del sabor del vino, para sentir su aroma y su textura. Me gusta la sensación de relax que te da una copa de vino después de un día cansado, pero si te empedas pierdes el paladar, güey, pierdes la capacidad de apreciar el arte con el que está hecho el vino. Cualquier pendejo puede empedarse, pero sólo un hombre de mundo sabe qué pedo con el vino.

La embriaguez del vino era muy diferente a la de la cerveza. El vino me hacía sentir alegre y ligero, vivaracho y parlanchín; aún después de que se acabara la comida, quedaba mucho y todos seguimos bebiendo. Nos levantamos de la mesa y rápidamente se formaron grupitos por todo el departamento. Bilcho, Juan Pablo y una chica hablaban de música en la terraza. Gerardo y Beti estaban en la sala hablando de quién sabe qué. Orlando, Joaquín, la otra chava y yo escuchábamos a Renato farolear sobre el vino.

-El vino ha sido sagrado para muchas culturas como los egipcios y los griegos. ¿Conocen la leyenda del vino? Bueno, pues resulta que el dios Baco, cuando era joven, encontró la plantita de la vid y para transportarla la puso en el hueso hueco de un pajarito. Pero la planta creció, y entonces la puso en el hueso de un león. La planta siguió creciendo y entonces tuvo que ponerla en un hueso de burro. Por eso cuando bebemos, güey, primero nos sentimos alegres y vivarachos como pajaritos, luego valientes y confiados como el león, y finalmente, torpes y tontos como un burro. La jugada es quedarse en la primera etapa, güey. El vino lo usaban los antiguo griegos para sus fiestas dionisiacas, que eran sagradas. Le embriaguez era una forma de encontrarse con el dios…

Y así fue pasando la noche. Como de costumbre, a lo largo de la fiesta, cada uno se pasaba de un grupito a otro y rondaba por aquí y por allá. Fue, hasta ese punto, una velada agradable. En un momento en que iba al baño, me topé con Gerardo, que le decía a Joaquín:

-No mames, güey, esa chava me late un chingo. Se la tengo que apañar a ese pendejo. ¿Me haces el paro?

-A huevo, güey. Yo encantado.

Minutos más tarde vi cómo, aprovechando la distracción de Orlando, Gerardo salía del departamento con Beti. Poco después su novio pareció darse cuenta de la situación y preguntó por ella. Como nadie supo o quiso responderle, decidió ir a buscarla afuera, pero cuando quiso salir Joaquín bloqueó la puerta con su corpulento y güero cuerpo norteño.

-No sales, güey.

-¿Qué?

-No pasas.

-¿Por qué?

-Porque no, puto.

-¿Qué te pasa?

-¿Qué te pasa a ti, pendejo? -dijo Joaquín y le dio un empujón a Raúl- ¿Quieres que te raje la madre, cabrón?

-Yo sólo quiero pasar.

-Pues no vas a pasar, hijo de la chingada.

De pronto Orlando pareció darse cuenta -¿Tú sabes dónde está mi novia? -y como Joaquín no contestaba-, ¿Dónde está mi novia, cabrón? Se fue con ese pendejo, ¿verdad?

Orlando trató de abrirse paso, pero Joaquín lo rechazó.

-¿¡Qué quieres?! -le gritó Orlando exasperado.

-Te quiero partir la madre, putito.

-¿Por qué? ¿Yo qué te hice?

-Nacer, pendejo.

-Bueno, vámonos calmando -dijo Renato arribando a la escena.

-Tú no te metas -dijo Orlando-. Si este güey se quiere agarrar a madrazos, por mí está bien. ¿Vamos?

-Vamos.

Orlando y Joaquín bajaron las escaleras y en el instante en que el primero puso un pie sobre la banqueta, el segundo le dio un golpe en la cara con tal fuerza que lo derribó.

-Levántate putito.

Pero apenas se levantó, al pobre de Orlando le llovieron golpes como meteoros de Pegaso. El infeliz no pudo conectar ni un puño. Mientras, los demás observábamos la escena desde la terraza.

-Ése sí que es un hombre -dijo sonriendo una de las chicas.

-Ya, güey, ya -dijo Orlando, con la cara cubierta de moretones y cortaduras. Para rematar, Joaquín le dio una patada en el estómago y, cuando vio que estaba tan jodido que no podía ni levantarse, le escupió en la cara y se fue sin siquiera voltear a vernos. Después supimos que mientras se madreaban a su novio, Beti estaba follando con Gerardo en el asiento trasero de su auto, a sólo una cuadra del lugar.

-¡¿Pero cuál es el pedo cono ese cabrón?! –exclamé- ¡¿Está mal de la cabeza o qué le pasa?!

-Pinche Joaquín, güey -dijo Renato-. Creo que sí está bien pinche jodido del cerebro.

-Es que la gente del norte es bien violenta -opinó Juan Pablo-. Y él es de Chihuahua.

-No sólo eso, güey -dijo Renato-. Es que ese pinche cabrón estuvo en la escuela militar y ya saben cómo es eso. Todos se andan partiendo la madre todo el tiempo. A este pinche güey, le gusta agarrarse a madrazos nada más porque sí. Ya me lo había contado: que le gusta agarrar cualquier cosa de pretexto para pelear. Chale, güey, yo sé pelear y no le huyo a los pedos, pero no me los ando inventado… Pero bueno, creo que por hoy se acabó la fiesta.

-Sí… -dije-, lástima que se haya arruinado al final…

-No se arruinó, güey -dijo Renato casi riendo-. Hasta tuvimos show gratis.

-¿Y qué vamos a hacer con ese cuate? -dijo Bilcho señalando a la masa lastimera que se retorcía de dolor en la acera.

-Yo lo llevo a su casa -se ofreció Juan Pablo.

Bilcho y yo nos despedimos ys retiramos. El efecto del vino me dio una cruda atroz, por lo que Bilcho y yo pasamos la mayor parte del día siguiente echando la hueva. Renato nos invitó a una fiesta en casa de unos conocidos suyos, pero esa noche no tuvimos ganas.

El lunes, después de la clase de música, acompañé a Renato a su departamento. Pasamos la noche jugando ajedrez y escuchando música.

-Oye, güey, ¿por qué no te pasas a vivir aquí? -me dijo de pronto.

-¿Para qué?

-Pos aquí está mejor ubicado y hay agua caliente y refrigerador, a diferencia de ese cuchitril en el que vives con tu cuate.

-Oye, no es un cuchitril, tú ni siquiera lo conoces… Aunque la oferta es tentadora…

-Ándale, güey. Nos la pasaríamos de huevos.

-Pero no podría dejar solo a Bilcho con los pagos de la casa. Menos ahora que el cabrón de Nathan se desaparece todo el tiempo… No sería buena onda.

-Ay, chale, güey. Ese pinche cabrón se puede cuidar solo. Ya encontrará la manera de sacar lana…

-Además, tú te vas de la Ciudad de las Palmeras cuando se acabe el curso de música, ¿y qué haría yo?

-Pos te regresas con Bilcho.

-No, para eso ni me muevo.

No me mudé con Renato pero casi. Pasaba todo el tiempo con él, y muchas noches me quedé en su depa. Nos la vivíamos en fiestas y antros, pues Renato había hecho muchos amigos en la Ciudad de las Palmeras. Por lo general me la pasaba bien con Renato, aunque él me criticaba y regañaba por mi ropa, mi actitud, mi falta de conocimientos sobre esto y aquello. Yo me defendía, pero él nunca cambiaba de opinión. A veces sólo me daban ganas de darme la vuelta y alejarme de él, pero por alguna razón nunca lo hice.

En una ocasión me daba consejos sobre cómo ligar. Estábamos en una fiesta y había visto una chava muy linda a la que no podía quitarle el ojo de encima. Por un lado, Renato me alentaba a ir a platicar con la muchacha y por el otro se burlaba de mi inseguridad y timidez.

-No sé porqué eres tan pinche inseguro. Es cierto que te vistes de la chingada, pero no es para tanto. ¡Si hasta eres carita! Llégale, güey. Ya vi que igual te está tirando el ojo.

-Bueno, pues voy -dije, echándome un shot de tequila.

Me acerqué a la chica y empezamos a platicar con mucha naturalidad y buena vibra. Se llamaba Celia y era un par de años más grande que yo. Era morena clara, de complexión delgada, pero con unas mejillas y un traserito que daban cuenta de que alguna vez fuera un poco llenita. Me gustaron sobre todo sus ojos grandes y negros y su cabello rizado. Pasamos la velada conversando de un montón de tonterías y, cuando le conté lo que había sido de mi vida en los últimos meses, lo consideró, para mi sorpresa, interesante. Había mucho tequila en la fiesta y tanto Celia como yo bebimos gran parte de él. No pasó mucho tiempo antes de que estuviéramos fajando en un sillón tipo lounge. Cuando estuvimos demasiado calientes para resistirlo, Celia me dijo que su padre no estaba en casa y que podríamos ir allí a pasar la noche. Así lo hicimos y al final nos quedamos recostados en su cama, platicando. Ella se tendía bocabajo, y yo apoyaba la cabeza en sus suaves y firmes glúteos, a los cuales de vez en vez daba les daba un beso.

-Entonces, ¿cuánto tiempo tienes de haberte escapado de tu casa?

-Desde agosto.

-Has hecho muchas cosas.

-No realmente. Es decir, siento que no ha sido nada extraordinario. Sólo me la he pasado bien. Aquí hay muchas más cosas que hacer que en Ciudad Plana.

-Ah, ¿eres de Ciudad Plana?

-Sí, ¿no te había dicho?

-No que yo recuerde. Tenía la idea de que te habías escapado de tu casa, pero no de que te habías ido de tu ciudad. ¿Y no te da miedo? Porque una cosa es estar en tu misma ciudad y otra estar en una donde no conoces a nadie…

-Pues me adapté bien. He tenido mucha suerte. Además… -le dije acariciando la curva de su espalda- Aquí he hecho muchos amigos.

-Entonces eres de Ciudad Plana… Yo nací allá. Todavía tengo familia en Ciudad Plana; los hermanos de mi papá viven allí… -de pronto cambió el tono de su voz -¿Estás aquí desde agosto?

-Así es. Se podría decir que han sido los mejores meses de mi vida, aunque aún estoy a la espera de algo más…

-Diego… ¿Cómo te apellidas?

Se lo dije. Su rostro empalideció.

-¿Qué te pasa? -le dije, preocupado.

Celia saltó de la cama, cubrió su hermosa desnudez con la sábana y comenzó a vestirse mientras murmuraba algo.

-¿Qué? -le pregunté.

-¡Somos primos!

-¡¿Qué?!

-Soy Celia, la hija de tu tío Gonzalo. Tú eres Diego, el que se escapó de su casa. ¡Somos primos!

La noticia me sacó de onda y por unos momentos no supe qué hacer mientras Celia se vestía. Entonces hice lo más lógico que se podía hacer en esta situación: me empecé a carcajear.

-¿De qué te ríes?- me preguntó colérica y estupefacta.

-Pues porque es algo muy, pero muy cagado.

-No. Es horrible. ¡Quiero que te vayas de aquí! ¡Ahora!

-Tranquila. Nos la pasamos bien, ¿no?

-Pues sí, pero… ¡ay, qué horror!

No sabía muy bien qué hacer en esta situación –Vamos… -dije titubeando -no puedes dejar de admitir que la idea de que seamos primos es un poco excitante…

-¡Eres un cochino! ¡Lárgate ya o me pongo a gritar!

No quise discutirlo más, así que me vestí y me dispuse a salir, pero antes, le pedí que no le dijera a nadie de la familia que me había visto.

-De todos modos, en unos días me voy de aquí -le dije, para confundir a mi familia en caso de que no pudiera confiar en Celia.

-Créeme, no le voy a decir ni a un alma.

-Claro, tendrías que explicarles cómo fue que nos encontramos….

-Ya, por favor. ¡Vete de aquí!

Y me fui. Era de madrugada y no había camiones, por lo que tuve que caminar hasta el departamento de Renato, que estaba mucho más cerca que la casa de Bilcho. Pero mi amigo no estaba y como me daba mucha flojera seguir caminando, pasé la noche sentado en un Oxxo cercano, campamento usual para el vagabundo pequeñoburgués que era. Renato llegó hasta las once de la mañana y entonces me dejó entrar. Me dijo que había estado en una fiesta bien atrabancada. Entonces le conté lo que me había pasado unas horas antes; como yo, él se cagó de risa.

-Chale, güey, pues qué chingón, ¿no? Todos tenemos alguna prima buenota a la que nos gustaría cogernos, pero no sabemos cómo plantear la situación. Qué bueno que el alcohol acelera estos trámites, güey.

-Sí, para ser sinceros no me arrepiento.

-Ja, ja, ja. A huevo, güey. A la prima se le arrima. Yo nunca me he cogido a una prima mía, pero sí a la esposa de un primo.

-¿A poco? Cuenta.

-Pos a mí me gustaba mucho esa vieja desde que era novia de mi primo, pero yo tenía apenas como doce años. De verdad me latía la vieja, güey, me latía un chingo. Me chaqueteaba pensando en ella y soñaba con ella. Me ponía bien nervioso en su presencia, güey. Puta, y luego se casó ella con mi primo y dije, ya ni pedo, no se pudo. Pero una vez, cuando yo tenía dieciséis años, sucedió lo inesperado. Je, je, je. Estaba con mis papás en Acapulco, de vacaciones. Mi primo y su esposa habían ido con nosotros y se quedaban en el mismo hotel. Una noche, cuando estábamos en el restaurante, la esposa de mi primo dijo que se sentía mal y que se retiraría a su habitación. Como yo me la estaba pelando, también me quise ir, y mis jefes se quedaron con mi primo en el restaurante. El caso es que la vieja y yo subimos, y cuando llegamos a las puertas de nuestros respectivos cuartos, que estaban el uno frente al otro, ella me invitó a pasar al suyo. Y yo, ni tardo ni perezoso, entré. Y que me besa, güey. Pero así, bien cachondo, y me agarra una nalga, y pos yo le devuelvo el favor. Je, je, je. Y entonces que me dice “Yo siempre te he deseado, Renato. Sólo estaba esperando a que crecieras”. Y pues allí nos estuvimos fajoteando en su cuarto, pero obviamente no podíamos ponernos a coger, porque en cualquier momento podía subir mi primo. Pero quedamos en que cuando volviéramos a México nos las arreglaríamos para encontrarnos. Y así lo hicimos, güey. En cuanto regresamos a la ciudad hicimos una cita para encontrarnos en un motel. Y allí la vieja me cogió bien rico, güey, bien salvaje. Y me decía cosas bien cochinas la cabrona, así de “Métemela por el ano”, y yo pos no más la obedecía… ¿Alguna vez te has cogido a una vieja por el ano?

-No. Liliana estaba en contra de eso.

-Puta, güey, tienes que probarlo. Se siente riquísimo, todo apretadito. Te estimula cada milímetro del chile…

-Bueno, pero, ¿qué pasó con tu prima?

-Ah, pos se acabó la diversión, güey. Se empezó a poner bien loca la vieja. Me empezaba a decir que me amaba y quería dejar a mi primo para casarse conmigo. ¡Pero no mames, güey, yo nada más tenía dieciséis años! Así que la dejé de ver. Me amenazó con que haría un escándalo y le diría a todo el mundo lo que hicimos, pero yo sabía que a ella tampoco le convenía soltar la sopa. Además, al poco tiempo se embarazó de mi primo y ya dejamos de vernos definitivamente. Y después de dar a luz se puso toda gorda y aguada.

-Oye, ¿y cómo sabes que el niño no es tuyo? -le dije por joder.

-Pues fíjate que lo he pensando, pero… No creo… Sería demasiado… No lo creo…

-Pues qué buena historia, Renato. ¡Tienes cada pinche anécdota!

-Ya ves, cabrón. Es como la fiesta de anoche. ¡Pinche orgía, güey! Literalmente. ¡Pinche bacanal!

-¿Por qué? ¿Cómo estuvo?

-Pues como te digo: gente cogiendo así como si nada, grupos de sexo… ¡Esos cabrones sí le entran duro al sexo colectivo!

-¿Tipo Ojos bien cerrados?

-No, güey, no. Nada tan sofisticado. Sólo un montón de gente drogada y cogiendo.

-¿Y tú no le entraste?

-Nel.

-¿Por?

-Por varias razones; una, no quiero que me salten los puntos de la operación. Dos, ver estuvo bien, pero meterme en ese desmadre… Nel, güey, capaz que estoy cogiéndome a una vieja y llega algún puto y me agarra desprevenido. No, no, no. Eso es mucho pedo hasta para mí. Y tres: las viejas ni estaban muy buenas que digamos. Pero si quieres un día vamos, güey. Esos cabrones hacen orgías casi cada mes. Podemos ir a ver no más.

Acepté realizar ese plan en algún futuro indeterminado y luego me retiré a dormir el resto del día. La semana siguiente me la pasé de aquí para allá entre el trabajo, fiestas, antros, pachequizas y tranquilas veladas para platicar. A veces iba con Bilcho y nuestros amigos; las más, salía con Renato y los suyos. A este grupo se habían unido Paquito y Dulce, que aparentemente ahora andaban juntos, y Juan Pablo, que iba a donde lo invitaran. Muchas veces me tocó ver a Joaquín partirse la madre con otros cabrones sólo porque la mosca voló. Siempre ganaba el chihuahuense.

Llegó el fin de semana y, como Renato cumplía tres semanas desde su operación, armó una segunda fiesta de quesos y vinos, pues esta vez sí podría beber con moderación. Juan Pablo ofreció su casa de Puerto Pequeño y nos acomodamos en la playa, alrededor de una fogata. Estábamos ahí Joaquín, Gerardo, Paquito, Dulce, el anfitrión, Renato, una chica que no conocía y yo. Nos acabábamos rápido los bocadillos y el vino corrió en abundancia, pues Renato era muy espléndido. Llegó la hora de los chistes pendejos.

-Bueno, va, pero mis chistes son muy malos -dijo Renato cuando ya todos estábamos bastante jalados- Pues ahí tienes que era un señor que tenía dos hijas, una de quince años y otra de dieciocho, ¿no? Y pues a este señor le gustaba violar a sus hijas… -Gerardo se echó a reír mientras los demás miraban a Renato estupefactos- Y bueno, pues que un día, estaba el señor así nomás cuando llegó la hija de quince y le dijo “¿Papá, puedo ir al cine con mis amigos?”, y el papá nomás se bajó la bragueta y se sacó el pollo y le dijo “Chúpame la verga”, y la niña “Ay, papa, no”, y el señor “Chúpame la verga”, y la niña “Pero papá…” , y el señor “Que me chupes la verga”. Y entonces que la hija se hinca, le agarra el pollo y se lo mete en la boca, pero de pronto lo saca con asco y dice “¡Ay, papá, esto se sabe a mierda!”, y el señor contesta “Sí, es que tu hermana me pidió el coche”.

Gerardo se dobló de risa, y casi todos los demás rieron aunque fuera un poco, menos yo, que por alguna razón me sentí mal, y Joaquín, que tenía un aspecto sombrío.

La noche se fue entre conversaciones, tragos, caricachupas y nuncahés. Hasta que todos, excepto Juan Pablo y Renato, estuvimos bien pedos y empezó la hora de las confesiones. No recuerdo bien cómo pasamos de una cosa a la otra, pero de pronto le pregunté a Joaquín porqué le gustaba tanto pelear y él respondió con voz alcohólica

-Es que ahí, en la escuela militar, es muy duro, cabrón. Tienes que ser bien macho, porque si no te rajan la madre. Son bien cabrones

-Sí -le dije-. Pero una cosa es saber defenderte y otra es que te guste buscar pleitos no más porque sí.

-Pues me gusta ¿y qué? ¿Tienes algún problema con eso?

-No, ninguno, amigo, cálmate. Estás entre cuates -le dije.

-Pinches amigos de mierda… Bola de putos. ¿Quieres pelear, pendejo?

Con toda la imprudencia y pedantería de mi embriaguez, le dije –No, yo no necesito agarrarme a madrazos para probar mi hombría.

-¿Qué me quieres decir, putito? -exclamó Joaquín poniéndose de pie de un salto -¿Qué yo no soy hombre? ¿Eh? ¡Yo no soy puto!

-Cálmate, broder… -le dijo Gerardo poniéndole una mano sobre el hombro.

-¡Yo no soy puto, güey! ¡En la escuela militar yo me los cogía a ellos, no ellos a mí! ¡Los putos eran ellos! ¡Yo me los cogía! ¡Yo se la metía por el culo! ¡No ellos a mí! ¡Yo no soy puto!

Las últimas frases nos tomaron a todos por sorpresa y yo no sabía si reír o tratar de calmar a Joaquín. Opté por lo segundo.

-Tranquilo, Joaquín, aquí nadie cree que tú…

Pero no pude terminar la frase. Un putazo me partió la cara y me dejó tirado en el suelo con los oídos zumbando y viendo estrellitas de caricatura. Cuando pude incorporarme vi a Joaquín tirado en la arena. Después me contarían cómo estuvo la cosa: Renato saltó con agilidad felina y le dio un cabezazo en la nariz a Joaquín; luego le cayó a golpes y más golpes, sin darle al rubio la oportunidad de recuperarse. Renato era mucho más bajo que Joaquín, pero no estaba pedo y sabía moverse con velocidad. Al poco tiempo el norteño estaba tirado en la arena, vomitando y lloriqueando.

-¡Compórtate, chingado aborigen! No quiero volver a verte, hijo de la chingada -le dijo Renato y le dio una patada de arena en la cara –¿Estás bien, güey?- me preguntó observando la cortada y el moretón que me quedó en la mejilla.

-Sí -le dije –Me duele como la chingada.

-Ya vámonos, ¿no? -dijo Dulce a Paquito.

-Sí, vámonos -secundó su amiga.

-Güey, ¿nos das el aventón a mi depa?- le pidió Renato a Paquito y él contestó que sí.

Sólo Gerardo se quedó a ayudar a Juan Pablo, muy pacheco él, a recoger el desmadrito de la fiesta. Y Joaquín, quiero imaginar, se quedó tirado entre la arena mojada con su vómito de queso, pan y vino, y ni cuenta se dio de cuando pasó un cangrejito ermitaño y le pellizcó la oreja.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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