42. Aprobarlos, ¡nunca!

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-Respetarlos, está bien. Aprobarlos… ¡nunca!- exclamó Pelón cuando no sé por qué vericuetos de la divagación terminó hablando sobre los homosexuales. Como era la última clase del viernes, apenas sonó el timbre todos salimos corriendo deseosos de una bocanada de libertad de fin de semana.

Esa noche habría una fiesta en casa de Bernardo, uno de los tipejos más populares del Countri. Ese fulano era presidente de la sociedad de alumnos, miembro prominente de MEGA y uno de los cabrones más borrachos y cogelones que se hubiera visto pasar por las aulas de nuestro bachillerato. Aunque su hipocresía y doble moral me causaban asco, lo cierto es que también le tenía envidia por su capacidad de obtener todo lo que todos los demás queríamos y además salirse con la suya. Golpes de pecho todos los domingos en la iglesia, misiones para lavar a los mesticitos cada Semana Santa y juergas con alcohol y viejas el resto del tiempo. Había muchos como él, pero como no tenían los ojos verdes ni apellido francés, estaban relegados a la dignidad de coristas de Bernardo.

Por aquellos días Liliana estaba muy enferma de gripa con fiebres y demandó que yo fuera a hacerle compañía junto al lecho. Le dije que la acompañaría hasta que se durmiera y me atreví a sugerir que quizá después yo podría ir a la fiesta. Pero ésa no era una opción. Para Liliana no era justo que yo me divirtiera sin ella, así que la conducta a seguir era irme a mi casa en cuanto se quedara dormida. Le prometí que así sería, pero en realidad, apenas mi libré de ella, me fui para la partuza, en gran parte alentado por los insistentes mensajes de texto enviados por Jorge desde casa de Bernardo. Claro está, Liliana se enteró una semana más tarde y se armó un pancho épico, pero eso no viene al caso.

La fiesta transcurrió de lo más normal y utilizo el adjetivo normal en la más negativa de sus acepciones. Uno que otro se mamó, uno que otro se fajó a una que otra y uno que otro ñoño fue ridiculizado por los demás y arrojado a alberca con todo y ropa, cartera y celular. Cuando el pobre ñoño emprendía, empapado y humillado, la retirada, alguien le metió coyazo y le dio un lapo. La mismas diez o quince canciones sonaron toda la noche, se contaron los mismos chistes y disfruté de la misma plática anodina con Jorge, de la que lo mejor fue cuando comentábamos entre risas capítulos recientes de Futurama.

Hacia el final de la fiesta había agarrado una ligera mala copa y sentí que no había valido la pena arriesgarme a sufrir la furia de Liliana por una escapada tan insulsa. Entonces escuché unos gritos que provenían de la casa de enfrente. Jorge también los oyó y juntos salimos a la calle para escuchar mejor.

-¡Ay! ¡Au! ¡No, papá! -se oyó la voz de un adolescente.

-¡No me digas así! ¡Pinche puto! ¡¡Pinche cochino de mierda!! -clamó la voz de un hombre.

-¡No le pegues! -gritó una mujer.

La música de la fiesta se detuvo y un contingente de chismosos nos acompañó a la calle, todos mirando hacia la casa de la que provenían los gritos.

-¡Pinche maricón! ¡Te me largas de mi casa ahorita!

-¡No! ¡Arturo! -suplicó la mujer.

-¡Tú no te metas! ¡Y tú, te me largas!

Escuché puertas que se aporreaban, objetos que caían y pasos veloces bajando una escalera. Segundos después apareció en la puerta frontal de la casa un muchacho moreno muy delgado; desde lejos se podía ver que venía llorando. Se detuvo en seco al ver tal cantidad de ojos entrometidos sobre su persona y tanto él como la multitud nos quedamos en silencio por unos instantes. Entonces se oyó una carcajada. Era Bernardo.

-¡Ay! ¡Pinche Arturito! ¿Te saliste del clóset? ¿Y qué pasó? ¿No te la quiso meter tu papá? ¿Y ahora qué? ¿Quieres ésta? -dijo llevándose la mano derecha al paquete.

El muchacho echó a correr por la calle mientras Bernardo dirigía una orquesta de crueles carcajadas. Para no verme mal, yo también reí.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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