43. A dos mil años luz del hogar

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            Desperté sintiendo que había pasado un mes en coma y con una extraña sensación de incomodidad. Junto a mí estaba Violeta, dormida como ropa de cama. Me vestí y salí del cuarto; el depa estaba vacío y no había rastros de Renato. Confundido y adormilado, caminé hasta la cocina y me serví un vaso con agua. Junto al garrafón encontré una nota:

Diego,

No me gustan las despedidas largas ni las cursilerías. O sea que sólo te voy a decir adiós y gracias por tu ayuda y tu amistad. Te escribiré en cuanto llegue a tu rancho. Ahí te dejo mi ajedrez. Cierra la puerta cuando salgas.

Agarré mis cosas y partí rumbo a mi casa. Allí me encontré con Bilcho, que tiraba la hueva en su hamaca y fumaba mota. Me preguntó por Renato y le dije que ya se había ido, pero no le conté lo sucedido la noche anterior. Bilcho me invitó de su churro y me eché a reposar junto a él.

Con la partida de Renato reanudé con Bilcho nuestras actividades comunes. Fiestas, pachequizas, noches de antro, maratones de cine de medianoche, pasadías en la playa, veladas de lectura, lecciones de música, sesiones de videojuegos en casa de Wiki… en ello se iba el tiempo.

Un par de semanas después de su partida, Renato me escribió un e-mail:

¡Qué onda, Diego!

Pos estoy aquí en tu pueblo. La ciudad es bonita, aunque no hay ni madres para hacer, no mames. La gente habla bien cagado aquí, güey. ¿Qué es eso de “tajador”? ¿”Escarpa”? Chale, güey, pinches yucas. No te vayas a ofender. Sale, pinche naco, te mando un abrazo.

Renato

Fue lo último que jamás supe de él.

El día de la Revolución, Wiki ofreció otra fiesta mexicana con tacos, tequila y música ranchera. Después llegó diciembre, Fecal asumió el poder, se puso su ropa de soldadito y lanzó al ejército a las calles para combatir al crimen organizado.

-¡El narcotráfico es un cáncer que corroe a este país! -exclamó el michoacano-. El narco es un cáncer y yo soy… Este… ¿Qué cura eso?

Bilcho se reía mientras veíamos a Fecal hacer estas declaraciones en cadena nacional a través del televisor de un carrito jodoquero.

-¿A quién cree que engaña?

-¿A qué te refieres? -le pregunté.

-Mi chavo, en este país hay dos grupos narcos principales: los del Chapo y los Zetas. Fecal le va a hacer la guerra a los Zetas porque está aliado con el Chapo. Así de sencillo.

-¿Y cómo sabes?

-Es bastante obvio –dijo, siempre seguro de su conocimiento sobre la neta real.

Pasadas unas semanas se volvió común encontrar vehículos del ejército patrullando por la Ciudad de las Palmeras. Al mismo tiempo las noticias sobre los crímenes del narco parecían aumentar día con día. Los descabezados eran cosa de cada semana y una jornada de saldo blanco era motivo de celebración.

Llegó Navidad y como Bilcho y yo no teníamos parientes en la Ciudad de las Palmeras, fuimos a cenar con Wiki y sus abuelos. Nuestro cachetón amigo había cortado poco tiempo antes con Mariela, alegando diferencias irreconciliables, por lo que se mostró muy contento de que lo acompañáramos esa Noche Buena.

-¿Qué hay, Wiki? ¿Qué haces? -le pregunté al llegar.

-Copiando a mi disco duro estos CD’s que acabo de comprar, para luego subir los mp3 a la web.

-¿Y por qué haces eso?

-Soy un mecenas del peer to peer.

-¿Ah?

-Todas esas cosas que los leechers como tú y tu amigo bajan de la Internet sin preocuparse de su origen tienen que haber sido subidas por alguien con acceso a los materiales originales. Bien, yo soy una de esas personas que alimentan los contenidos de la red…

-¡Wiki, eres un pirata! -exclamé, en tono de cotorreo.

-Eso de la piratería es un concepto inventado por los magnates que controlan la producción de contenidos en los medios. Yo lucho activamente contra ellos al poner dichos contenidos al alcance de todos, como debe ser.

-Vaya, Wiki, eres todo un guerrillero de la red…

-¡A comer, niños! -sonó la voz chillona y rasposa voz de la abuelita de Wiki y bajamos de inmediato.

 La cena fue suculenta y nos dimos un atracón de pavo, romeritos, frijoles refritos, pasta y pastel de frutas secas. A media noche hubo un intercambio de regalos. Los abuelos de Wiki me regalaron un juego de sábanas.

-Para que no pases frío en estas noches de heladez -me dijo doña Cleo.

Bilcho me regaló una caja de galletas, pues sabía lo mucho que me gustaban, especialmente a la hora del monchis. Yo le regalé un par de audífonos nuevos para su iPod porque los que tenía se habían desgarrado en un furor de música y drogas.

No recordaba haber pasado una Navidad tan agradable desde que era niño. En casa habría tenido que aguantar a los hermanos de mi madre: el tío Uriel, un ranchero rico del que todos sabían que cuando se empedaba en bares de mala muerte le ponía el cuerno a la tía Aurelia; el tío Augusto, que tenía una segunda familia “secreta” en Ciudad del Crimen; y el tío Gonzalo, un alcohólico incapaz de dar un golpe en su vida. Y además, estaba la tía Lety, una vieja ridícula que se la pasaba contando chistes que había visto en televisión. La última Navidad había sido especialmente pelante y yo sólo me quería ir a dormir, pero debía acompañar a Liliana y hacer un recorrido por toda la ciudad para visitar las casas de todos sus tíos, abuelos y bisabuelos.

-Me estás poniendo en vergüenza -me susurró mi madre al ver mi seño fruncido durante la cena.

-¿Delante de quién, mamá? ¿De mi tío el alcohólico, de mi tío el adúltero o de mi tío el fracasado?

Me miró con furia, pero no dijo más.

Pero aquella Navidad en la Ciudad de las Palmeras estaba libre de compromisos, no había la presión de “tenemos que visitar a” o “debemos comprarle un regalo a”. Por primera vez en años viví una Navidad en la que hice justo lo que deseaba.

-La Navidad es algo muy bonito cuando eres niño –sentencié.

-Sí, cuando tus papás tienen dinero -apostilló Bilcho.

En enero la violencia del narco pareció arreciar y los cuerpos mutilados se pusieron de moda. Esto sucedía en la Ciudad de las Palmeras, en Playa y, en menor medida, en Pantera Rosa, pero Ciudad Plana se mantenía como oasis de tranquilidad, según me enteré por las noticias.

Por aquellos días se nos acabó el suministro de mota y nos fuimos a ver al Chema. Cuando llegamos a su casa, el patio frontal estaba vacío, no había hamacas colgadas en las palmeras ni se oía la tradicional música de Cártel de Santa. Extrañado, Bilcho llamó a voces. Nuestro díler salió de su casucha vistiendo una chamarra de cuero y una gorra de lana. Tenía un gran moretón en la mejilla izquierda y su característica mirada de aliviane no se podía percibir en sus ojos rojizos.

-Qué ondinas saturninas, mi buen Chema -saludó Bilcho-. ¿No me das un ciento volando?

-Naranjas dulces, carnalito. Ya no vendo de ésa. Ahora sólo tengo polvo de ángel.

-¿Y eso?

-Pos así está la cosa, mariposa.

-Chinga, Chema, ¿y no tienes narinas de motita?

-Nel pastel. Pero sí quieres, te doy buen polvo. Está bara.

-No, gracias, mi buen. Esa onda no me late…

-Ándale, llégale. Está buena.

-No, Chema. Mejor nos vamos… ¡Hey!

Con un rápido movimiento, Chema había sacado una mano del bolsillo de su chamarra y ahora sujetaba el brazo de Bilcho. Noté que la mano de Chema estaba vendada.

-Por favor, carnal -dijo con los ojos desorbitados-. Necesito vender esta madre.

Bilcho lo miró espantado, pero tras unos segundos se tranquilizó y dijo con sequedad: -Está bien. Calmantes montes, pájaros cantantes, no te me alborotes. ¿Qué me das por cincuenta varos?

-No seas culero, carnal. Mínimo cómprame cien, como lo que me ibas a comprar de mois.

-Está bien. Dame un ciento.

Chema sacó un diminuto paquete de su bolsillo y se lo dio a Bilcho a cambio de un billete que ostentaba la efigie de Nezahualcóyotl. Apenas tuvo Bilcho la droga, se liberó del apretón de Chema y nos alejamos del lugar a paso veloz. Unas cuadras después, Bilcho arrojó el diminuto paquete hacia un terreno baldío.

-¡No mames, Bilcho! –exclamé- ¿Qué carajos pasó?

-Nada. Pobre Chema, ya lo agarraron los Zetas o algún otro grupo de locos atrabancados. Ni pedo, nada podemos hacer por él. Pero ya no hay que regresar a ese lugar…

-¿Cómo sabes que lo agarraron los Zetas?

-Es lo que hacen. Llegan con los honestos proveedores de mota y los amenazan para obligarlos a vender coca o heroína o cualquier otra cosa culera. Chinga, esto ya me había pasado antes con un díler del centro, pero no pensé que fueran a agarrar al Chema. ¡Coño! Ahora necesitaremos otro distribuidor, pero sospecho que la mota va a ser cara y difícil de conseguir estos días. ¡Esto de la “guerra contra el narco” no es más que una forma de los cocainómanos ricos para joderse a los marihuanos decentes!

Los siguientes días Bilcho hizo pesquisas para encontrar quien nos proveyera de cannabis. Pero tenía razón, la mota estaba más cara y la que encontramos estaba seca, sabía mal, y había que fumar mucha para que nos pegara. Además, el ejército patrullaba la ciudad y por todas partes había retenes de la policía. Decidimos no comprar  más mota hasta que se calmaran las cosas.

-Eso de la mota está bien para gente con migraña y pacientes de cáncer –dijo Wiki un día- Pero lo de hoy, lo realmente trendy es la salvia.

-¿Qué es esa madre? -pregunté.

Salvia divinorum. Es una hierba psicoactiva alucinógena que puede producir visiones y efectos disociativos que hacen al consumidor percibir de forma distinta la relación tiempo-espacio, gracias a su sustancia activa, salvinorina A… o por lo menos eso he averiguado.

-Suena bien -dije.

-Sí.- dijo Bilcho –He oído hablar de ella. ¿Sabes dónde conseguirla, Wiki?

-Yo no. Pero Juanito sí.

-¿Quién es Juanito?- pregunté.

-El de los frijoles mágicos -dijo Bilcho- ¿Y cuál es la jugada?

-En estos tiempos en los que es peligroso adquirir alucinógenos ilegales, debemos volver la mirada hacia las maravillas de los enteógenos que han escapado a la mirada avizora de los políticos mochos y que se han mantenido prácticamente desconocidos durante años, excepto para los indígenas y los jipitecas. La salvia es sólo una de tales plantas milagrosas; hay también hongos, cactos, flores, semillas… en fin, tal variedad de opciones para el psiconauta, que no se extrañarán la marihuana ni el LSD.

-Órale, Wiki. Pero ¿cuál es la jugada?

-Juanito planea hacer una sesión chamánica en su casa para darla a probar. La primera vez es gratis y yo estoy autorizado a invitar dos camaradas.

-Genial -dije – ¿Y cuándo será la fiesta?

-Sesión chamánica –corrigió-. Este mismo fin de semana en casa de Juanito. Sus padres no estarán, así que tendremos el lugar para nosotros.

Cuando llegó el día nos lanzamos para allá en el Alerón Chiflado. La casa del tal Juanito estaba en una residencial privada de las nuevas, con un feo estilo minimalista de prisión distópica, aderezado con el inevitable barroquismo mexicano que cobraba vida en jarroncitos e iguanas de talavera. Wiki llamó a la puerta y le abrió un muchacho flacucho y moreno, de largos cabellos rizados que le llegaban hasta los hombros y un par de gruesas gafas de pasta.

-¡Qué uvas! ¡Pásenle!

Wiki y Bilcho me presentaron a Juanito y juntos pasamos al patio trasero, donde nuestro anfitrión nos convidó de un gran platón de frutas. Duraznos, ciruelas, chabacanos, guayabas, uvas, peras, manzanas, mandarinas y naranjas rebosaban de esa exquisita cornucopia. Algunas de las hierbas que probaríamos esa noche nos darían sed, mientras que otras nos dejarían con ganas de comer cosas dulces, nos explicó Juanito; las frutas estaban ahí para saciar ambos deseos.

Al poco rato llegó Juan Pablo con una muchacha y poco después arribó otra pareja, con lo que el grupo se dio por completado. Nos sentamos en un círculo en el pasto, alrededor de una juca turca decorada con volutas de colores. Juanito procedió a hacer una introducción.

-Todo lo que vamos a consumir aquí es perfectamente legal. Los efectos que sentirán son diferentes entre sí y prefiero dejar que ustedes los experimenten en vez de explicarles cada paso. Sólo recuerden que cualquier cosa que sientan se pasará con el tiempo. Relájense y no se malviajen.

Dicho esto, encendió un trozo de carbón y lo colocó en la rejilla de la juca. Le dio varias chupadas a la manguera hasta que logró hacer salir un humo espeso con olor a frutas y a menta.

-Esto es sólo tabaco de sabores –explicó-. Es para quitarse el mal regusto de algunas hierbas. En la botella de la juca hay vodka; el alcohol aumenta los efectos mágicos de nuestras plantas. Empecemos por esto.

Nos fuimos rolando la boquilla de la juca y haciendo chistes malos sobre felación, mientras Juanito cargaba una pipa de cristal de colores con una hierba molida de color verde oscuro. El chamanito encendió la pipa, le dio unas chupadas y dijo:

-¿Todos aquí han fumado mota? Bien, la salvia se fuma igual: se absorbe, se mantiene en los pulmones lo más que se pueda y luego se deja escapar. Pruébenla.

Así, unos fumaban de la juca de tabaco, al tiempo que otros se iban turnando la pipa con salvia. Mientras, Juanito entró a su casa y encendió su equipo de sonido; notas lentas, lumínicas y ensoñadoras surgieron de las bocinas. Cuando la pipa de salvia me llegó, le di una buena chupada. Al principio me chocó el sabor tan amargo de esta hierba y expulsé el humo, pues estaba acostumbrado al gusto suave y fresco de la marihuana. Le di una segunda inhalada y esta vez contuve el humo en mis pulmones hasta que ya no pude. De inmediato tuve una extraña sensación de escozor, como si muchísimas agujas afiladas se me estuvieran clavando en cada uno de mis poros…

Después de varias fumadas, me empecé a sentir ligeramente pacheco, con una intoxicación similar a la de la mota, pero a la vez muy distinta. Mi mente divagaba, el tiempo me parecía muy lento y las cosas se veían de otro color, mis miembros se doblaban y mis cabellos se erizaban. No tenía monchis, pero el amargo sabor de la salvia me hizo desear con impaciencia darle una mordida a alguna de las frutas. Escogí una guayaba y me la comí con todo y semillas.

-Quizá tengan sed. Ahora, prueben esta infusión de vino tinto con canela y loto azul -dijo Juanito, nuestro chamán, rolándonos una jícara con un líquido tibio que emanaba un dulce aroma -Ahora, pasemos a la estrella de esta noche: la salvia.

-¿No ya habíamos probado de ésa? -cuestioné.

-No. Probamos la salvia en su estado natural -explicó Juanito y añadió, al tiempo que levantaba una bolsita de plástico con un polvo negruzco –Éste es el extracto de salvia. La sustancia activa aquí está concentrada y pega duro. ¿Quién dice “yo”?

-¡Yo! -exclamé para mi propia sorpresa.

-Vas -Juanito puso la salvia en la pipa de cristal y me la dio junto con un encendedor-. Chupa con fuerza al mismo tiempo que pones fuego. Luego guárdate el humo hasta que ya no lo aguantes. Con dos toques será suficiente.

Hice como me indicó. Desde el primer toque tuve sensaciones como las que me había producido la salvia natural, es decir, comezón, desaceleración del tiempo, debilidad muscular. Pero de pronto mis miembros se hundieron en la espesura del suelo, y miles de rayos eléctricos azules salieron por cada uno de mis poros. Una ráfaga de aire golpeó mi cara, como si viajara a gran velocidad, mientras zumbido silenció todo lo demás. Los seres y objetos que ante mis ojos se descompusieron en miles de puntos de colores y cada uno de ellos se escapó hacia mí y se perdieron detrás de mi cabeza. Antes de que pudiera entender lo que pasaba me encontraba viajando como la luz por un túnel de tintes y matices de brillo y nitidez inverosímiles, con formas geométricas opacas que rotaban en tropos metamórficos y pasaban por encima o delante de mí al tiempo que yo avanzaba a través del universo. Un rugido tonante y perenne inundaba por completo el espectro de estímulos auditivos. Todo lo que percibía era maravilloso y extraordinario, y no obstante me parecía de lo más natural, como en los sueños, donde siempre aceptamos como normales las cosas más absurdas. Poco a poco la velocidad disminuyó y los colores y formas dieron paso a las siluetas familiares de los muchachos con quienes compartía ese momento. Entonces me di cuenta de que me dolía la mandíbula y de que aquel ruido estridente eran mis propias carcajadas.

-¿Qué tal? -me preguntó Bilcho cuando terminé de reír.

-Genial. No mames. Genial -es lo que mi truncada elocuencia me permitió expresar. -¿Cuánto tiempo me fui?

-Como dos minutos, macho.

-No mames. Sentí que viajé hasta los confines del universo…

Después, uno por uno fueron probando el extracto de salvia. Cada quien describió de forma distinta su experiencia, pero todas tuvieron en común una risa incontrolable que dominó a los psiconautas. Al final, habíamos quedado exhaustos, pero estábamos muy contentos.

-Salvia, eres lo máximo, ¿dónde has estado toda mi vida? -declaró Bilcho.

-Es muy buena, ¿verdad?- dijo Juanito -Ahora, para finalizar…

-¿Qué? ¿Hay más?- pregunté incrédulo.

-Por supuesto. Ahora sigue la Ipomoea violacea, o como dicen los gabachos, la morning glory.

-¿Y esa madre qué es?

-Es una florecita, cuyas semillas tienen LSA, que es un sustituto legal del LSD… La canción de Oasis, Morning Glory se basa en esa florecita -explicó Juanito.

-Eso no es cierto -corrigió Wiki.

-¿Ah? Pero el punto es que con esto terminamos la noche.

Juanito trajo un pomo y de él sacó un puñado de semillitas negras y alargadas, parecidas a las semillas de uva, que vertió en un molcajete que tenía un poco de agua. Entonces empezó a machacar las semillas al tiempo que cantaba una extraña melodía, que sonaba como a New Age barato.

-¿Es eso necesario? -preguntó Bilcho.

-No, pero yo creí que…

-Mejor cesa y desiste, por favor.

-Va, entonces ayúdenme a moler esta cosa.

Todos nos turnamos para convertir esas duras semillas en un masacote viscoso y cafesoso, que olía como a nuez moscada. Juanito recogió un poco de ese ungüento en una cucharita de té y le dio una probada a Juan Pablo, que fue el primero en ofrecerse como conejillo de indias para probar el mejunje.

-No sabe mal –dijo-. Un poco amargo, nada más.

            Después Juanito dio una cucharadita a cada uno de nosotros. El asunto tenía un sabor como a madera, como a masticar un lápiz.

            -¿Cuánto tarda en pegar? –pregunté.

            -Un buen rato. Con todo lo que hemos fumado y bebido esta noche, lo sentirás cuando te vayas a dormir.

            Seguimos platicando por un largo rato, dándole toques a la juca y sorbos al vino con loto azul, hasta que una mezcla ignota de pachequez y sueño me venció, y me tiré a dormir en la hierba.

Estuve saltando de mundo en mundo, cada uno con diferentes maravillas, como ciudades de cristal y cascadas de colores, y voluptuosas princesas en castillos de arena escarlata. Había planetas pequeños como casas, en los que vivían criaturas diminutas que asomaban sus cabezas desde los cráteres. Otros planetas eran enormes y luminosos, pero su cielo era siempre nocturno y estrellado y se veían pasar cometas y meteoros. Había mundos con selvas de hongos gigantes y pájaros traslúcidos, y desiertos con pirámides tornasoladas que albergaban lagunas en las que saltaban delfines multicolores. Había playas en las que la arena brillaba con luz azulada, y en las que el oleaje llegaba lento y sereno bajo un cielo poblado por estrellas y planetas con forma de trompos, alrededor de los cuales giraban anillos erráticos. Vi plataformas ajedrezadas que flotaban en el espacio y cuerpos geométricos que brillaban de color neón y oscilaban a la deriva. Escalé torres gigantescas erigidas en planetoides demasiado pequeños para albergarlas, y en sus cimas pude alcanzar a tocar un cometa, que al tacto se sentía como un plumaje suave y esponjoso. Estuve en lunas de crema y en estrellas de azúcar y vi corrientes de agua que nacían en un asteroide y luego corrían por el espacio hacia otro, y de éste hacia uno más, formando arroyos y cascadas en el vacío. Estuve en los anillos de planetas como Saturno y en cielos con muchas lunas. Nadé entre las estrellas, respiré el frescor del éter y divisé un par de ojos brillantes que observaban todo desde la profundidad del cosmos. Pero no eran sólo las imágenes y los sonidos; mi misma concepción de la realidad era otra, mi entendimiento de las leyes que rigen el universo era otro. Arriba y abajo, antes y después, y muchos otros conceptos tenían nuevos significados en mi visión, como si me hubiera liberado de pronto de la dictadura del raciocinio.

Cuando desperté ya era de mañana. Agradecí a Juanito con un fuerte abrazo y después de despedirme de todos los demás volví a casa junto con Bilcho. Los días que siguieron fueron tranquilos en exceso; no había droga por ningún lado y después de la primera probada Juanito pretendía cobrarnos muy caro por sus productos. Además, por esa época del año los antros estaban muy vacíos y nuestros lugares favoritos cerraban durante la semana.

            Una noche lluviosa, después de jugar una partida con el ajedrez que me había dejado Renato, Bilcho y yo nos quedamos en su cuarto, él leyendo y yo no más mirando al techo. Pensaba en lo que había vivido en los últimos meses, en mi relación con Renato, en la aburrida orgía, y en el viaje con salvia. Las experiencias fuera de lo común con sexo y drogas habían sido de lo que más había deseado en el pasado y ahora me preguntaba qué efecto habrían tenido en mi vida, qué significado habrían tenido en mi historia. ¿Me cambiaron de alguna forma? ¿Me hicieron más sabio, más feliz? ¿O eran sólo un montón de cosas que pasaron y ya? ¿Estaba más cerca de superar esos sentimientos agobiantes que me sobrecogían cuando escapé de casa? ¿O sólo pasaron a formar parte de mi insaciable repertorio de “cosas qué contar”, pero sobre las que realmente no sentía nada?

-Me aburro obscenamente –le dije a Bilcho porque no quería seguir ese tren de pensamientos hasta su destino-. Este nivel de aburrimiento debe estar prohibido por la Declaración de los Derechos Humanos.

            -¿Y qué sugieres?

            -No sé. Deberíamos lanzarnos a recorrer la región, como planeaban hacerlo Alison y sus tetas…

            -Mmm… Es muy buena idea. Podríamos ahorrar unas semanas; no sería difícil puesto que ya ni hacemos nada. Podríamos rifárnosla con autostop y pidiendo santuario en las iglesias…. El único pedo sería pedirle unas vacaciones al Tío…

            De pronto sonó el timbre con una melodiosa tonadita, como la de Los Supersónicos. Bilcho preguntó muy extrañado: -¿Tenemos timbre?

            Fui a abrir la puerta y allí, en el umbral, con el vestido mojado y pegado a la sinuosidad de su cuerpo, con el cabello castaño empapado y gotas de agua rodando por su cara, mirándome con una sonrisa, estaba Cristal.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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