48. Liliana

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            No recuerdo porqué me gustó en primer lugar. Era muy bonita, eso que ni qué. Pero no me viene a la memoria la emoción que me impulsó a esforzarme tanto por conquistarla. Me tomó mucho tiempo, pero lo logré. Para las primeras semanas de segundo de prepa ya era mi novia. Claro, al principio estuvo muy bien. Liliana era muy cariñosa conmigo y disfrutábamos nuestros besos y primeros fajes. Por un par de meses anduvimos juntos a todas partes, siempre de manita sudada.

            El primer problema ocurrió después de esos dos meses. Jorge me mandó un mensaje de texto diciéndome que porqué tenía tan olvidados a los cuates y que, claro, los cambio por una vieja y que un par de tetas jalan más que mil carretas, y cosas así. Me invitó a reunirme con él y otros amigos para ir a tomar las chelas. Me pareció bien y le planteé la idea a Liliana. A ella no le pareció bien. Fue entonces que conocí su expresión de furia, con la mandíbula muy apretada, los músculos del cuello muy tensos y los ojos muy abiertos que miraban de fijo y sin parpadear.

            -¿Qué?

            -No.

            -¿No qué?

            -No te vas.

            -¿Por qué?

            -No me vas a dejar sola un sábado en la noche por irte con tus amigotes.

            -Bueno, tú puedes salir con tus amigas…

            -No.

            -Pero, ¿por qué te molestas tanto?

            -Diego, ahora somos novios y las cosas han cambiado. Ahora estás conmigo. Está bien tuvieras amigos antes de tenerme a mí, pero ahora no los necesitas.

            -No, Lili, las cosas no funcionan así…

            -Ahora estás conmigo. Soy la única persona con la que tienes que estar.

            -Pues eso… se me hace… medio loco…

            Ésa fue la gota que derramó el vaso, por decirlo así. Liliana estalló en gritos e insultos. Que no me atreviera a llamarla loca, que ella tenía la razón, que cómo era posible que teniendo a una mujer como ella me quisiera ir con un par de ñoños, que blah, blah, blah, blah, blah. Y como en ese entonces me aterraba la idea de perderla, hice todo lo posible por aplacar su furia. Me pasé toda la noche pidiéndole perdón y tratando de enmendar mi incomprensible error.

            No crean que Liliana fue siempre así. Con el tiempo aprendió a ceder y permitía que me diera mis escapadas con los muchachos, aunque era evidente que eso no le encantaba y ella prácticamente hizo una lista de amistades aprobadas con las que pudiera estar en su ausencia. Desde luego, no le parecía bien que entre nuestro grupo de amigos estuviera presente alguna mujer.

En una ocasión concebí la idea de hacer una excursión para acampar cerca de Oxkintok y las grutas de Calketó. Le conté la idea a Liliana y pensó que era demasiado loca y complicada, pero después de mucho insistirle, aceptó. Entonces le mencioné que parte del plan era invitar a Rafael y a Jorge, que en ese entonces tenía novia. Liliana puso otra vez esa cara de animalito molesto.

-¿Por qué necesitas gente? No lo entiendo. Me tienes a mí.

Me di cuenta de que no tenía caso discutir y dejé todo el proyecto por la paz. Lo que nunca cambió en Liliana fueron sus corajes, pero con el paso de los meses y de los años dejé de hacerles caso. Sus constantes amenazas de abandonarme, sus berrinches que en ocasiones la llevaban a tirarse al suelo y patalear, y sus ceños fruncidos casi todo el tiempo por casi cualquier motivo terminaron por aburrirme. Tan sólo le ponía cara de “me vale madres” y le dejaba tirarme todo el cascajo que quisiera. Al final todo siempre volvía a la normalidad. Eso era lo peor.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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