49. Isla Pirata

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-Bien, nos tomó tiempo, pero por fin estamos en Playa  -dijo Wiki.

            -¿Por qué dices eso? -inquirió Bilcho.

            -¿Qué? Pues porque aquí estamos.

            -Sí, pero ya lo sabemos. No es como si estuviera empezando el capítulo y tuvieras que anunciar al público dónde estamos.

            -¿El… capítulo?

            -Sí, ya sabes. Como cuando empieza un capítulo de Scooby-Doo y Freddy dice “Por fin llegamos al Lago Ness” o algo así, para que sepamos que están el Lago Ness, pero en realidad no tendría que decirlo porque Daphnie, Shaggy y Velma saben que están ahí.

            -Bilcho -dijo Cristal-, cállate.

            El viaje había sido corto y hacia el medio día descendimos en plena Quinta Avenida, como siempre llena de gente rara y turistas bajo el sol, a su vez contrarrestado por la brisa marina.

            -Bien…- dijo Wiki, terminada la discusión bizantina en la que Bilcho había querido embrollarnos -¿Y ahora qué hacemos?

            -No sé –dije-; nunca pensé que llegaríamos tan lejos.

            -Hay muchas cosas que hacer por acá -dijo Cristal-; podemos ir a un bar o a un antro, averiguar dónde se armará la próxima fiesta o ir a comprar drogas.

            -No sería buena idea que dilapidáramos todo nuestro capital en el primer sitio que visitamos -opinó Wiki-. Por cierto, ¿bajo qué régimen estamos organizados?

            -¿Régimen? -pregunté.

            -Sí. ¿Nuestro fondo es comunal o cada quien hace con su capital lo que le parezca más conveniente?

            -Voto porque sea comunal -dijo Bilcho-. Así podremos ponernos de acuerdo sobre cómo gastarlo. Juntemos toda nuestra lana y nombremos un tesorero…

            Mientras esta discusión los músculos faciales de Cristal expresaron toda su molestia e incredulidad –Son un trío de nenas –dijo y se alejó con el ceño fruncido.

            -Secundo a Cristal –opiné-. Vamos a dejarnos de mamadas y a deambular por aquí viendo qué hacer. Cuando nos aburramos nos vamos a otra parte y así. Y cada quien administre su dinero como le dé la gana.

            -¡Eso digo yo! -gritó Cristal desde lo lejos.

Episodios así, insulsos y que no nos llevaban a ningún lado, tuvimos muchos a lo largo del día. En algún momento entramos a un taller de tatuajes; Cristal trató de convencerme de que me hiciera uno pero, para mi alivio y su desilusión, los cuidados que habría requerido (como mantenerlo limpio y evitar asolearme o meterme al mar) habrían arruinado el viaje, lo que me dio un buen pretexto para declinar.

Anduvimos rondando por las diferentes calles de Playa sin rumbo fijo, curioseando por aquí y por allá, echando vistazos en las tiendas de colgajos y artesanías diseñadas para embaucar turistas. Un tipo que andaba volanteando me dio unos folletos promocionales de Xcaret y Xel-Ha, y me quedé maravillado con las fotos que mostraban la belleza natural de ambos parques y la casi ilimitada variedad de actividades que se podían realizar en ellos. Luego vi los precios.

            -Así es, mi chavo -dijo Bilcho adivinando mi pensamiento-. Las maravillas naturales del Caribe están a salvo de la plebe, resguardadas por el abnegado gran capital.

Estuve la mayor parte del tiempo observando en silencio, con la intención de atrapar en la memoria cada escena y cada instante del viaje, porque temía que fueran a desaparecer. Miraba a las personas que andaban por las calles de Playa y pensé que así debía ser un puerto de tiempos antiguos, repletos de gente de muy distintos lugares con apariencia y costumbres muy diferentes. Sólo que ahora en vez de marineros, exploradores y cazafortunas había turistas deseosos de escapar de sus propias rutinas, comerciantes ansiosos por venderles el paraíso prefabricado y muchos otros que trabajaban duro para recibir algo de la bonanza que llegaba con cada crucero.

Cuando cayó la noche nos fuimos a sentar a un bar de reggae en el que en vez de sillas había columpios. Sin mucho de qué hablar, nos dedicamos a beber ron barato y a escuchar música. Poco después salimos a deambular de nuevo por la Quinta Avenida, que ahora estaba llena de tamborileros y malabaristas. Unos acordes melodiosos de guitarra acústica llamaron mi atención desde lo lejos y por encima de la batucada, y me escabullí entre la multitud hasta encontrarme con un sujeto que tocaba y cantaba canciones sesenteras sentado en un banquito plegable.

Era un tipo muy güero y muy flaco, de cabello abundante y largas barbas. Junto a él estaba una mujer joven, trigueña, muy delgada también, que bailaba de forma hipnótica una mezcla de ballet y danza irlandesa al ritmo de la música de su compañero y que de vez en vez lo apoyaba con algunos estribillos. Una pequeña niña rubia con la cara pintada de estrellas y con alas de mariposa en la espalda daba brinquitos en el escenario que el público había dejado alrededor del guitarrista. El estuche de la guitarra estaba abierto en el suelo para que los complacidos escuchas arrojaran monedas en él.

            Cuando llegué, el güero terminó Mrs. Robinson, para luego tocar Tears in Heaven, Hotel California y otras lentonas y simpáticas por el estilo. Cuando me di cuenta, Cristal, Bilcho y Wiki estaban a mi lado, observando la actuación de este enigmático trío.

            -Entonces -dijo Cristal después de un rato-, ¿vamos a conseguir fiesta o qué?

            -Yo estoy muy bien aquí –dije.

            -¿Y no vamos a ir a una partuza? -insistió Cristal.

            -Tranquila, mi chava -le dijo Bilcho-. No todo el tiempo tenemos que estarnos reventando.

            -Pero el problema es que no lo hacemos nunca…

            En ese momento la pequeña niña de las alas de mariposa pasó saltando cerca de Cristal y ella se le quedó viendo. Una sonrisa sustituyó su ceño fruncido.

            Debió pasar más de una hora, tiempo durante el cual la gente iba y venía, a veces para detenerse a escuchar y dejar unas monedas, a veces sólo para seguir de largo en busca de entretenimientos más bacanalosos. Al final sólo quedamos nosotros cuatro y los artistas, que para cerrar nos deleitaron con Sounds of silence.

            -Gracias, gracias -dijo el güero con acento gringo-. Somos Amplification Prohibited. Nos vemos en el camino.

            Entonces me acerqué a hablar con ellos.

            -Hola… Me encantó cómo tocas… -y dirigiéndome a la mujer-. Y cómo bailas.

            -Gracias -contestaron ambos.

            -Hola -dijo Cristal a la niña- ¿Cómo te llamas, linda?

            -Sunshine -respondió la pequeña.

            -Qué bonito nombre. Y qué bonito cabello tienes.

            -Gracias -dijo ella.

            -¿De dónde son ustedes?- pregunté.

            -De todas partes y de ningún lado -respondió el güero con una sonrisa-. Yo soy de Alabama, mi esposa es italiana y nuestra hija nació en un tren en algún punto cerca de la frontera entre República Checa y Eslovaquia… Me llamo Ken y ella es Alizia.- y me extendió la mano.

            -Mucho gusto -dije y nos presenté- ¿Qué andan haciendo por estos lares?

            -Hemos viajado mucho. Nos conocimos en Florencia y decidimos hacernos músicos callejeros. Pasamos varios años recorriendo toda Europa. Ahora queremos conocer Latinoamérica. Empezamos nuestro viaje en Tijuana y hemos visto cosas muy hermosas en México. Deberías estar orgulloso, tienes un bonito país.

            Ken y Alizia nos contaron su vida y aventuras por el mundo con poco más que una guitarra. Para su trayecto por este continente, un jipi amigo suyo les había prestado una vieja combi que ahora usaban como transporte y morada.

            -Disculpa que te interrumpa, Ken -dijo Bilcho de pronto-. Pero, ¿podrías concederme una complacencia?

            -Claro, amigo.

            -¿Puedes tocar Wish you were here?

            Sin responder palabra, Ken tomó su guitarra y tocó las diez primeras notas características de la rola favorita de Bilcho, quien, apenas comenzó la parte cantada, hizo dúo con el sureño caballero.

            -Gracias, mi chavo, me hiciste el día -dijo Bilcho al terminar.

            -Te llevas muy bien con los niños -le dijo Alizia a Cristal, que había pasado todo ese tiempo jugando y platicando con Sunshine –Algún día serás una buena mamá.

            -Ja, ja, ja. Gracias, pero no lo creo -respondió nerviosa.

            -Okey, amigos, se hace tarde y Sunshine debe dormir -dijo Ken-. Mañana viajaremos a Isla Pirata.

            Despedimos de Ken y Alizia e iniciamos la búsqueda de alojamiento. No podíamos contar con la casa de los abuelos de Wiki, porque el muy menso no se robó las llaves ni quería aparecerse cerca de un lugar que, según él, estaría vigilado por las fuerzas omnipresentes que lo buscaban para llevarlo de regreso a su jaula. No encontramos lugar dónde caer dormidos en toda la noche y no nos quedó de otra que permanecer despiertos por las calles.

            A primera hora de la mañana nos fuimos al embarcadero, donde encontramos a nuestros amigos a bordo de una combi psicodélicamente pintada por todas partes con motivos sesenteros.

            -¡Hey! -saludó Ken desde la ventanilla de su vehículo- ¡Qué bueno que vienen! ¿Quieren subir con nosotros?

            Aceptamos gustosísimos y nos trepamos a la Mystery Machine, que así se llamaba la combancha. Estuvimos parloteando todo el viaje en ferry, y Cristal se la pasó jugando con la siempre alada Sunshine. Cuando por fin llegamos a Isla Pirata nos separamos de los artistas y nos fuimos a pasear.

            Bares, tiendas de camisetas tipo I’M SHY BUT I’VE GOT A BIG DICK, agencias de viajes con paquetes fabulosos a precios absurdos, tiendas de Mexican curious, restaurantes de comida rápida, boutiques de trajes de baño, uno que otro acuario, más tiendas… Lo más interesante fue el Museo de la Ciudad. Había allí mucha información sobre la flora y fauna de la región y tenía una sala fantástica dedicada a la historia de los piratas que daban nombre a la isla.

            Más tarde tomamos un camión a la zona arqueológica de Chan Miguelito, bastante pequeña, pero muy linda. Luego, por sugerencia de Wiki, nos lanzamos a Punta del Sol, el extremo más oriental de la República Mexicana. Del lado este de la isla casi no había construcciones, excepto algún esporádico hotel, y el viaje en camión a lo largo de la ruta costera fue todo un espectáculo. Encontramos una playa en la que se formaba una pequeña caleta que bloqueaba el fuerte oleaje del Caribe. Allí estuvimos un rato remojados.

            -Pues bien -dije al fin-, ¿Qué opinan de Ken y Alizia?

            -Canta bien y baila bien.- dijo Bilcho.

            -No. Quiero decir, como personas.

            -¡Me encantan! -exclamó Cristal-. Son unos papás a toda madre. Le están dando a Sunshine una vida chingonsísima, siempre conociendo nuevos lugares y cosas increíbles. Si mi papá no se hubiera amargado, a lo mejor mi vida sería así.

            -Pues no sé…- expresó Wiki –No creo que sea bueno para una niña estar de ceca en meca toda la vida. Los niños necesitan estabilidad, hacer amigos, tener una educación.

            -Ya, Wiki -dijo Bilcho- Cada quien puede hacer de su culo un papalote.

            -Sí, el problema es cuando haces un papalote del culo de tus hijos… Es decir, que si vas a tener una vida de trotamundos es egoísta traer a un infante a rolar por todas partes sin consideración por su persona. Ellos están viviendo su vida, de acuerdo, pero están obligando a su hija a tener una vida escogida por ellos.

            -Creo que todos los padres hacen eso, Wiki –opiné-. De una u otra forma, te condenan a la vida que ellos quieren llevar…

            -Pero hay padres que renuncian a esa vida para darle estabilidad y seguridad a sus hijos -observó Wiki.

            -Y entonces se lo reclaman a los hijos durante toda su existencia… -musitó Cristal.

            Mientras hablábamos el sol se puso detrás de nosotros. Wiki nos recordó que si no volvíamos perderíamos el último camión a la ciudad, pero tras llegar a la parada nos quedamos como tontitos esperando y preguntándonos por qué no había nadie más. Después de veinte minutos de espera pasó por allí un surfista; le preguntamos y nos respondió que nuestro transporte había salido ya.

            Después de acallar los “se lo dije” de Wiki y deliberar por largos y tortuosos minutos, resolvimos irnos a pata, atravesando la carretera crepuscular. Fue allí donde vimos a los cangrejos. Emergían por decenas de la maleza que flanqueaba el camino. Unos cruzaban la carretera de un lado al otro, mientras los demás se detenían a comer las frutitas que crecían en los arbustos. Algunos eran pequeños como una pelota de golf y otros eran tan grandes como un balón de futbol. Los había rojos, verdosos y azules. Era todo un espectáculo verlos moverse con sus patitas largas y veloces, y recoger las frutas con sus hábiles tenazas.

            Me detuve a observar a un cangrejo azul que atravesaba la carretera, cuando de pronto salió un mapache de entre las hierbas, atrapó al crustáceo, lo aporreó contra una roca hasta romperle el exoesqueleto y procedió a darse un festín con su relleno.

            -Qué raro -dijo Bilcho-. Siempre pensé que los cangrejos eran inmortales.

            La noche avanzaba y la luz del crepúsculo, que minutos antes nos guiaba de regreso al occidente, desapareció por completo. Nos encontramos en una obscuridad que sólo rompían las estrellas y la luna.

            -¿Vamos a seguir en esta penumbra? -preguntó Wiki.

            -No tenemos de otra -dijo Cristal.

            -Ahoy, lads and lassies! -escuchamos de pronto una voz que vino de quién sabe dónde –Ye be ninjas or pirates?

            -Piratas, somos, compañero -respondió Wiki, como si supiera qué pedo.

            -Arrr -gruñó la voz y de entre la maleza salió un sucio pirata blandiendo una cimitarra –Piratas, sed bienvenidos a la Isla Pirata.

            -¿Dobleú te efe, macho? -preguntó Bilcho a Wiki.

            -Tranquilo, yo me encargo -Wiki carraspeó-. Ahoy, compañero, hemos naufragado y vamos en busca de un buen puerto donde podamos conseguir pintas y putas.

            -Arrr. No digáis más. Subid a nuestro bergantín y os llevaremos.

Unas luces se encendieron a un lado de la carretera y sobre el monte apareció un barco pirata, tan grande como un camión y con ruedas para viajar por tierra. Alguien dentro del barco encendió el motor y el bergantín tomó su lugar en la carretera. El pirata nos invitó a subir por una escalinata de cuerdas. Apenas hubimos subido, el barco empezó a andar hacia el oeste.

-¡Capitán! -clamó el pirata- He aquí unos bucaneros en busca de un buen puerto.

            -¡Por las barbas de Neptuno, que me place!- se escuchó una voz desde debajo de cubierta y a los pocos segundos subió por una escotilla un pirata viejo y barbado, con pata de palo, garfio en vez de una mano, parche en un ojo, un sombrero de plumas y una guacamaya escarlata en cada hombro -¡Bienvenidos al Temido! ¡Yo soy el capitán Barbarrás! ¿Gustáis de un buen ron puro de caña servido en un coco?

            -Sí… -dije.

            -No se dice “sí” -me susurró Wiki-. Se dice “aye”.

            -¡Aye! -exclamé.

            -Arrr. Magnífico -gruñó el capitán-. Pasad bajo cubierta.

            Entramos por la escotilla y nos encontramos que allí abajo había un bar caribeño, lleno de piratas y marineros de agua dulce. Una muchacha muy sexy vestida de pirata nos repartió ron en cocos sin que ni siquiera los hubiésemos pedido.

            -Es por todos conocido -explicó Wiki-, que los neopiratas se aparecen por las noches en esta carretera de la isla que lleva su nombre. Relájense y disfrútenlo, que en unos minutos llegaremos a la ciudad.

            Un pirata gordo y borracho con una larga cicatriz que atravesaba su cara se nos acercó tambaleándose.

            -Arrr. ¡Carne fresca! Decidme, novatos, ¿sabéis alguna canción de piratas?

            -Pues, a ver… ¯Yo-ho, yo-ho, pirata quiero ser…¯ -empecé a cantar, pero cesé cuando tuve el filo de la espada del pirata en mi gaznate.

            -¡A callar, bellaco! ¡Esa canción me tiene hasta los bigotes! ¡Cantad algo mejor o caminaréis por la plancha!

            En eso llegó Bilcho a mi rescate –A ver… ¯La de un pirata es la vida mejor, es siempre muy divertida. Vivimos borrachos y somos muy machos y no nos importa la vida…¯

            -Arrr. Me caéis bien, mozalbete -dijo el pirata rodeando los hombros de mi amigo con su robusto brazo- ¿Queréis un poco de piratería? Tenemos música e imágenes con movimiento y sonido… de las que llaman “películas”.

            -No tendría dónde reproducirlas…

            -Arrr. Pero podríais grabarlas en vuestra cantimplora para el almacenaje de notas musicales.

            -¿Se refiere a mi iPod?

            -¡Aye! Venid conmigo, rapazuelo -y Bilcho y el pirata se fueron a algún rincón del navío.

            Cuando me acabé el ron, que por cierto estaba muy fuerte, subí a cubierta para tener una charla con el capitán.

            -Saludos, mi capitán… -y luego recordé agregar- Arrr.

            -¡Arrr! ¿Os divertís vos y vuestra tripulación?

            -Aye, mi capitán. Quería preguntarle una cosa a un viejo lobo de mar.

            -Si el canto de las sirenas no me lo impide, responderé a vuestra pregunta.

            -¿Cuál diría usted que es el sentido de la vida?

            -Arrr, muchacho, vieja pregunta. Cuando yo era un joven pirata creía que mi meta en la vida era hacerme de un buen botín a lo largo de años de asaltos y pillaje, para después disfrutar de las riquezas en alguna isla lejana. Pero cuando las canas poblaron mi cabeza, entendí que no es el botín lo que amo, sino la aventura, la mar, las peleas, los tatuajes, las pintas y las putas. Así que aquí estaré hasta que mi barco se hunda conmigo. ¿Os quedó claro, joven corsario?

            -Aye, mi capitán… Gracias.

Mientras hablábamos el Temido entró a la ciudad y en un par de minutos nos detuvimos en el malecón. Bajamos y nos despedimos del capitán.

            -¡Hasta luego, mis valientes! Ojalá que el Noto vuelva a hacernos coincidir en el ancho mar, o si no, ya nos veremos en la morada del Alegre Roger -y dicho esto, el navío reemprendió su camino.

            -Es tarde -señalé cuando el Temido se hubo alejado-. Espero que aún alcancemos a ver el show de Ken y Alizia.

            Nos encaminamos a la Plaza del Muelle, donde todavía estaban reunidos algunos turistas y curiosos que escuchaban al buen gringo tocar su guitarra y a sus bellas esposa e hija danzar con alegría por todas partes.

            -Esta familia es lo máximo, en serio -comentó Cristal.

            Al poco rato Amplification Prohibited dejaron de actuar y se despidieron del público. Entonces me acerqué a Ken.

            -Hola, ¿cómo les fue hoy?

            -Muy bien, amigo, gracias. Reunimos lo suficiente como para descansar mañana y dedicarnos a recorrer la isla. ¿Ustedes qué tal?

            -Súper. Todo tranquilo, pero agradable… Mis amigos y yo volveremos a tierra firme mañana por la mañana y queríamos despedirnos de ti y de tu hermosa familia.

            -Muchas gracias, amigo -dijo Ken y me dio un fuerte apretón de manos-. Que les vaya muy bien.

            -Gracias… -me di la vuelta con la intención de reunirme con mis compañeros; Bilcho y Wiki discutían algo sobre la música que tocaba Ken, mientras que Cristal jugaba encantada con Sunshine; entonces me volví hacia el músico –Oye, Ken, ¿cuál es para ti el sentido de la vida?

            La pregunta lo tomó por sorpresa –Pues… la verdad yo nunca pienso mucho en eso… Supongo que es simplemente ir a buscar lo que tú quieres y hacer de ello tu vida… Es decir, no dedicarte a lo que te gusta sólo como si fuera un hobby y pasarte el resto del tiempo cumpliendo otras… obligaciones… Hay que hacer de lo que amas tu destino…

            -¿Y cómo sabes qué es lo que amas? ¿Cómo puedes estar seguro de lo que te gusta, de lo que realmente te hace feliz?

            -Pues… supongo… que la única forma de saberlo… es haciéndolo -y me dirigió una sonrisa.

Nos despedimos con harto cariño de los artistas y nos fuimos a un área del malecón en la que se podían encontrar muchos bares. Todos ellos vendían licor a precios demasiado altos, de modo que nos asentamos en uno y pedimos lo más barato del menú, que eran las cervezas, para poder gozar del derecho de permanecer en una mesa toda la noche hasta que el primer transbordador zarpara en la mañana.

-Bien -dijo Wiki levantando su chela en el aire-, por nuestras primeras experiencias de viaje. ¡Salud!

-¡Salud!- brindamos.

-Creo que sería bueno hacer una evaluación de lo que ha sucedido hasta ahora…

-No, no, no, Wiki -dijo Bilcho-. No podrías estar más equivocado.

-¿Cómo dices?

-No debes evaluar la forma en la que te diviertes, porque si lo haces, empiezas a crearte estándares y medidas, a comparar unas experiencias con otras y a querer siempre que haya competencia entre ellas. Lo único que logras con eso es comer ansias porque quieres que cada experiencia sea más divertida que la anterior, y si no lo logras, te frustras. Debes disfrutar de los momentos por los momentos mismos.

No me di cuenta del momento en el que Cristal se alejó de nosotros y se sentó en una esquina a beber su cerveza. Cuando me le acerqué, parecía que algo le molestaba.

-¿Qué onda?- le pregunté.

-Nada.

-¿Qué te pasa?

-Nada –se encogió de hombros.

-¿Estás molesta por algo?

-No importa.

-Ay, no me vas a salir con ese cliché, ¿verdad?

-¿Cliché? ¡¿Cliché?! Pensé que iba a vivir aventuras, y en cambio estoy aquí atrapada con un montón de ñoños que no saben nada de la vida y que se ponen a discutir sobre cómo gastar el dinero y cumplir los horarios y así. ¡Clichés!

Me sentí muy perturbado –Oye, pero no te pongas así… ¿A poco no la hemos pasado bien?

-Equis.

-Ok, creo que te entiendo -jalé una silla para sentarme junto a Cristal, pero al ver su mirada decidí mejor no hacerlo –Cuando salí de Ciudad Plana y llegué a la Ciudad de las Palmeras sentí que lo que me hacía falta era vivir cosas… hacer cosas… Y me sucede mucho que en el momento todo está de maravilla, pero cuando pasa y miro hacia atrás, hacia lo que he estado haciendo… Olvido los detalles y todo parece falso, como si hubiese sido un sueño… Y esa misma sensación de vacío sigue allí. Nada la calma. Nada.

Cristal me miró largo tiempo.

-No. Tú no entiendes- se levantó y escapó del bar.

Salí también, pero no la seguí sino que emprendí una caminata a lo largo del malecón para ordenar mis pensamientos y asimilar las experiencias de los últimos días. Debía haber caminado varias cuadras cuando vi la Mystery Machine estacionada en una de las calles cercanas al malecón. Quise aprovechar la oportunidad y me aproximé al vehículo para saludar por última vez de esos tipos tan buena onda. Los gritos me detuvieron en seco.

Alizia vociferaba no sé qué en italiano y Ken le contestaba bufando en inglés. Alcancé a entender que ella le reclamaba algo sobre dinero y drogas, y que él le contestaba que se jodiera. Sunshine lloraba. De pronto la puerta se abrió y de la combi saltó Ken, rojo de ira, y se fue calle arriba dando grandes zancadas.

-Vaffanculo, pezzo di merda!- le gritó Alizia desde la combi.

Me alejé del lugar con lentitud y volví al bar donde me esperaban mis amigos; incluso Cristal estaba de vuelta. No les conté lo que había visto.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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