55. Pueblo de Palma

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            Vagabundeamos toda la mañana por Pantera Rosa y en la tarde tomamos un autobús con destino a Bacalar. Nos sentamos codo a codo en la fila de hasta atrás. Habíamos estado viajando alrededor de una hora, y yo contemplaba el paisaje por momentos selvático y por momentos cenagoso, cuando Cristal dijo:

            -¿Saben qué estaría chido? Visitar Pueblo de Palma.

            -Es buena idea -dijo Bilcho- Siempre he querido ir.

            -¿Qué hay de especial en Pueblo de Palma? -pregunté.

            ¡¿Especial?! ¡¿Especial?! -una señora muy güera, con pelos de escobeta, el ojo virolo y un hipil muy fino que estaba sentada adelante de nosotros y se había volteado para imprecarnos –Pueblo de Palma no tiene porqué tener nada especial. ¡Ja, estos burguesitos! Pueblo de Palma no es un parador turístico; si quieren algo “especial” para blanquitos sin consciencia, vayan a Xcaret.

            -Ah… ok -musité y Cristal y yo nos quedamos callados. Al cabo de un rato Cristal prosiguió:

            -Es un pueblito maya en medio de la ciénega. Dicen que es muy bonito y que la gente de ahí es muy amable.

            -¡Claro que es muy amable! -exclamó la güera otra vez metiendo su cuchara-. Son gente decente, gente pobre y trabajadora que no ha sido corrompida por la cultura urbana ni la moral clasemediera. ¡Y así debe quedarse! No necesitan que unos niños vacíos vayan a pavonearse ni a tratarlos como mexican curios.

            -Bueno, ¿y quién diablos es usted? -pregunté, irritado.

            -Soy antropóloga.

            -No me pinches diga. ¿Y por qué dice usted que estamos vacíos? Ni nos conoce.

            -Conozco a los de tu clase. Niños bien que no saben nada del mundo, que han vivido en burbujitas toda su vida y que un buen día quieren ir a dizque conocer la realidad y se ponen en plan de turistas para recorrer las sociedades indígenas con la misma seguridad y distanciamiento que los habitantes de un museo.

            -Oiga -dijo Cristal, muy molesta-. Usted no sabe dónde he estado ni las cosas que he vivido, así que por favor no nos juzgue sin conocer.

            -Ah, ¿crees que has vivido mucho, eh? Pues mira, te aseguro que nunca has comido frijol con cerdo de monte en una vivienda maya humilde. Una vez me encontré una cucaracha en mi plato de frijol, lo que me conmovió enormemente. Los mayas son personas de escasos recursos, pero tienen una generosidad infinita. Apuesto a que ustedes nunca han tenido una experiencia así.

            -Bueno, bueno –dije-. Pero, aparte de ser un montón de citadinos insulsos que nunca han tenido la epifanía de comerse una cucaracha, ¿de qué se nos acusa?

            -Pues de querer imponer su cultura y maneras a una civilización milenaria.

            -Nosotros no vamos en plan de imponer nada, ni que fuéramos conquistadores…

            -Ustedes son de la raza y de la cultura de los conquistadores, y por lo tanto participan de su misma culpa. ¡Deberían sentirse avergonzados! Todos los problemas de este país se acabarían si dejaran que las culturas indígenas prosperasen. ¡Todos los blancos de Yucatán deberían mayanizarse o largarse!

-¿Y usted de dónde es? –preguntó Bilcho.

-De Catalunya.

            -Oh… -intervino Wiki- Y supongo que la sociedad férreamente estratificada, la teocracia, las guerras fraticidas, los sacrificios humanos, la esclavitud y la misoginia estaban a todísima madre, ¿no?

            -¡Mentiras! Todas esas cosas que mencionas existen sólo en las sociedades occidentales. ¡Mis estudios demuestran que los mayas vivían en una utopía marxista-leninista!

            -Oiga –exploté- ¡Ya cállese!

            -¡¿Qué?! ¡De ninguna manera me voy a callar. No acallarán mi voz, que grita por todos los pueblos oprimidos de Mesoamérica. ¡Por mi raza hablará el espíritu!

            -¿De qué coño está usted hablando? -le dije.

            -Pa’ mí que hace rato que se le botó la canica -dijo Bilcho.

            -¡¿Cómo te atreves?! -exclamó la güera, muy indignada –Nunca me habían insultado de esa manera tan misógina y clasista.

            -Pues ya iba siendo hora -dije.

            -Chavales estólidos. ¡Ya verán! -dijo furiosa, se levantó de su asiento y se fue caminando hacia la parte delantera del autobús. En menos de dos minutos el camión se detuvo y el conductor se acercó a nuestro asiento.

            -Jóvenes, les voy a pedir que por favor se bajen del vehículo.

            -¿Qué? ¿Y por qué? -preguntó Cristal.

            -Me dijo la doctora que la estaban insultando y pos yo no puedo permitir eso, así que por favor bájense sin hacer escándalo.

            De nada sirvieron súplicas ni alegatos, el camionero nos obligó a bajar con todas nuestras cosas y ahí nos quedamos parados en medio de una carretera vespertina flaqueados por ciénaga y maleza.

            -Bueno -dijo Bilcho-, esto no lo vi venir.

            -Pinche vieja turulata -rumié.

            -Pues ni pedo dijo Alfredo -opinó Bilcho-. Aprovechemos que estamos donde sea que estemos y vamos a ver qué descubrimos por estos lares.

            -De hecho -anunció Cristal-, creo que estamos muy cerca de Pueblo de Palma.

            -Eso sería una feliz coincidencia -dijo Bilcho- ¿Pero en qué dirección?

            Por dedazo decidimos seguir hacia el sur. Conforme avanzábamos, la ciénega se descubría en toda su extensión a ambos lados de la carretera y cada vez menos árboles entorpecían la vista. Algunas garzas y otras aves acuáticas picoteaban el lodo o se elevaban formando elegantes uves. De vez en cuando algún tolok cruzaba frente a nosotros. Al cabo de unos minutos de marcha llegamos a la intersección de la carretera con un camino de terracería, y allí se alzaba un letrero borroso y oxidado que anunciaba “Pueblo de Palma, 1 Km”.

            Una estrecha lengüeta se internaba en el humedal como un camino sobre el agua. Después de un rato de marcha llegamos al pueblo; éste se erigía sobre una isleta casi perfectamente circular rodeada por la laguna en todas partes excepto en el punto donde se conectaba con el camino. Poco más de una veintena de viviendas mayas se ordenaban alrededor de una pequeña explanada central. Algunos niños semidesnudos jugaban a patear una botella vacía de Coca-Cola, y un perro malix saltaba de un lado al otro siguiéndoles el juego. También había algunos pavos y gallinas paseándose libres. Unas cuantas personas más se veían realizando diversas actividades.

            -Buenas tardes, disculpe… -le dijo Cristal a un joven que pasó llevando un colgajo de pescados al hombro –Estamos buscando alojamiento y comida… Vamos a pagar, por supuesto…

            -Ah, sí. ‘Péreme tantito -contestó el joven con una sonrisa y se alejó.

            -Oigan –dije- ¿Y si esa señora tenía razón? ¿Y si estas personas no quieren ser molestadas y nosotros nada más andamos de impertinentes?

            -No te preocupes, Doc.- dijo Bilcho –Es normal que venga gente a hospedarse a Pueblo de Palma. Tengo entendido que significa un dinerillo extra para la gente de aquí y eso no les cae nada mal.

            Entonces una señora de unos cuarenta y tantos años se nos acercó –Buenas tardes, jóvenes. ¿Están buscando dónde quedarse?- nos preguntó muy sonriente y amable.

            -Sí, señora -respondió Cristal.

            -Pueden quedarse en mi casa. ¿Hasta cuándo querían?

            -Mañana nos vamos.

            -Ah, bueno. Vengan por acá. Si gustan también tenemos paseos en lancha por la ciénega y excursiones a la selva, donde todavía se ven los antiguos campamentos chicleros…

            La mujer nos guió hasta una casa que se diferenciaba del resto porque no era de estilo maya, sino que era un edificio relativamente alto y espacioso, cuadrado, de una planta y construido de cal y canto.

            -Esta casita debe tener sus buenos ciento cincuenta años -me susurró Wiki al oído.

            Dentro había poco más que una mesa de madera con cuatro sillas a su alrededor y muchas hamacas cruzadas unas sobre otras. En un rincón estaba una estufa directamente conectada a un tanque de gas y otra mesa con varios utensilios de cocina. En la esquina opuesta estaba el televisor de pantalla plana. Una puerta trasera daba a un patio en el que se podían ver algunos guajolotes, unos cuantos árboles frutales y el comienzo de un sendero que se perdía entre el mangle. Al escuchar un rumor me asomé al lado opuesto, hacia la explanada y vi que por el camino venía un muchacho guiando a un burrito que a su vez tiraba de una carreta repleta de hojas de palma.

-Ése es mi hijo el mayor, Jason. Mi marido ya ha de estar viniendo; él es uno de los líderes de la cooperativa -explicó la señora-. Siéntense, con confianza -nos invitó y la obedecimos.

Cuando el muchacho llegó a la casa, su madre le dio algunas indicaciones en maya y ambos salieron del edificio. Volvieron al poco rato, acompañados de un señor que llevaba en los hombros un pecarí muerto.

-Buenas noches -saludó el hombre con una sonrisa –Hoy vamos a cenar cerdo de monte.

-Buenas noches -saludó Cristal-. Por cierto, señor, mi nombre es Cristal. Estos son Bilcho, Wiki y Diego. Mucho gusto.

-Venancio Céh -dijo él, siempre cortés- Y mi esposa Petrona.

Taciturnos y circunspectos, sin saber cómo comportarnos en tal lugar y situación, tan sólo estábamos a la expectativa. Por suerte fue la familia la que rompió el silencio incómodo y se echaron a platicar largo rato. Don Venancio explicó cómo él y otros hombres del pueblo habían organizado la cooperativa para aprovechar el turismo.

-Si no lo hacemos nosotros, lo hacen los hoteles –nos dijo- Vieras a cuántos pueblos han estafado robándoles sus ejidos para hacer complejos turísticos. Tenemos que estar organizados.

La cena llegó y comimos todos juntos.

-¿Saben por qué se llama Pueblo de Palma? –nos preguntó Jason.

-Por el material con el que están hechos los techos –quise hacerme al sabihondo.

-Después de la guerra –explicó el muchacho-, el gobierno ordenó que sólo pudiéramos construir nuestros techos con hojas de palma, pero que tenían que ser hojas que se cayeran de los árboles de las ciudades de los blancos.

¿A cuál guerra se refería? No me atreví a preguntar. Unas horas antes, cuando decidimos ir a Pueblo de Palma, me había hecho a la idea de que conviviríamos con los mayas, que nos contarían sus historias, que aprenderíamos sus costumbres y que nos ganaríamos su amistad. Pero ahora me daba cuenta que en lo que contaban don Venancio y su hijo, aunque hablaban de forma amistosa, había también una advertencia, una lección para ser aprendida. Percibí que esas personas nos acogían porque significábamos una ganancia adicional y que estaban dispuestos a vendernos alojamiento y comida, que eran amables y alegres por naturaleza, pero nada más. No estaban ahí para entretenernos. Creí que si podíamos darnos a conocer, entonces sabrían que nosotros no éramos como esos imbéciles que llegaban a su pueblo a “convivir con los inditos”. Pero ¿y si nosotros también éramos justo así?

Observé el plato de frijol con pecarí. No contenía nada más que esos ingredientes. Moví el caldo en busca de alguna cucaracha, pero para mi alivio no había ninguna. Probé la comida; estaba deliciosa. Entonces observé a Cristal; su rostro delataba que estaba haciendo todo su esfuerzo por comerse la carne del inocente animalito para no ofender a nuestros anfitriones. Al parecer su multiculturalismo pesaba más que sus convicciones vegetarianas.

Bilcho se atrevió a tratar de aportar algo a la plática:

-Cuando veníamos para acá nos topamos con antropóloga que estaba un poquitín zafadiscos.

-¿Una muy güerita? -preguntó don Venancio.

-Ándele.

– Ah, sí. Es la doctora Lixa. Siempre viene por aquí –y añadió con una carcajada -Está bien loca.

-Y exactamente ¿qué hace por acá?

-No sé qué estudios de no sé qué vaciladas.

-¿Es muy molesta?

Don Venancio se encogió de hombros –Hasta eso: es medio simpática. Y muy amable. Siempre está diciéndonos lo bonito que está todo acá y lo bien que hacemos todo.

-Una vez -intervino doña Petrona-, mis hijos los más chicos la quisieron bromear y le pusieron una cucaracha en su plato. La doctora se puso a decirnos que estaba muy rico y que había sido la mejor comida que había probado y puras cosas de ésas.

-¿Cuántos hijos tienen? -preguntó Bilcho dispuesto a no perder la conversación que había logrado entablar.

-Cinco -contestó orgullosa doña Petrona.

-¿De qué edades?

-Jason, el mayor, tiene diecisiete. Luego está Jordan, de quince; Kimberly, de trece; Jenniffer, de diez, y Christian de nueve.

-Hace unos años mandé a mis hijos mayores a trabajar a Pantera Rosa -relató don Venancio-. Pero en ese lugar los jóvenes se echan a perder… Hay muchas drogas y muchas pandillas. Y en Playa la cosa está todavía peor… llena de narcos. Mejor que estén acá en su casa y crezcan como hombres de bien. ¿Verdá? -añadió dirigiéndome una extraña mirada.

-Sí, señor -respondí sumiso.

Terminamos de comer y salimos a dar una vuelta, aunque en realidad, siendo Pueblo de Palma tan pequeño, no había mucha “vuelta” que dar. Cuando caminaba por ahí, sentía que una niebla muy densa envolvía mi mente y mis sentidos y me impedía aprehender esa experiencia, tenue como un sueño escurridizo; toda aquella realidad era ajena a mí. Nos quedamos de pie apoyados en una albarrada, casi sin hablar más que para señalar obvias trivialidades.

-Es injusto -dije.

-¿Qué cosa? -preguntó Cristal.

-Todo esto… debería ser nuestro también.

-¿A qué te refieres?

-Esta realidad, la cultura, la lengua… ¡todo! Debería pertenecernos también. Pero nos lo han negado. La sociedad se ha encargado de arrojar este patrimonio lejos de nuestro alcance y ha construido un muro infranqueable para que no podamos llegar. Cuando queremos acercarnos a lo maya, que es nuestra raíz también, tenemos que viajar lejos, si no en la distancia, sí como a un universo paralelo. Y todo esto que tenemos frente a nuestros ojos, que debería ser parte vital de nosotros, lo vemos como algo ajeno. Quizá la doctora ésa tenía razón en algo: tenemos a los mayas como criaturitas de zoológico a las que sólo vamos a ver cuando necesitamos distracción. Y eso amén de la explotación y opresión a la que han estado sometidos por siglos…

Cristal me miró –Lo que tú quieres se llama apropiación cultural, Diego. Eso está mal, no seas tontito.

-Si de algo sirve -dijo Bilcho-, no es culpa nuestra.

No dijimos más y continué observando el pueblo en silencio. Sentado a la puerta de su casa, un anciano relataba algo en maya a un atento público compuesto de niños y jóvenes. ¿Qué historias les estaría contando? ¿Serían relatos vividos o aprendidos de sus mayores? ¿Qué encontraban los muchachos en aquellos cuentos?

Cayó la noche y no pudimos hacer más que ir a acostarnos. Los señores Céh nos dieron hamacas para cada uno, que se quedaron colgando atravesadas unas sobre otras a muchos niveles desde lo alto del cielo raso hasta casi a ras del suelo. La familia entera no tardó en unírsenos.

Dormí mal aquella noche. El viento traía los rumores de las criaturas que habitan la ciénega y los mosquitos del lugar eran los más voraces y violentos que mi piel hubiese conocido hasta entonces. Desperté en varias ocasiones y hubo un momento en que ya no pude volver a dormir. Salí al patio trasero y me senté en la albarrada a contemplar las charcas poco profundas que rodeaban el pueblo. Estaba comenzando a clarear cuando vi salir de la casa a don Venancio con su coa, su machete y otras herramientas.

-Buenos días -saludé.

-Buenos días, joven.

-¿Ya se va a trabajar?

-Sí. Hoy me toca ir a la milpa.

De forma tonta e impulsiva me atreví a preguntar -¿Puedo ir con usted?

-¿Para qué? -me preguntó muy extrañado.

Exacto, pensé, para qué. Me quedé callado un momento, lo que habría sido sabio si después no hubiese salido con mis babosadas.

-Disculpe, don Venancio, ¿usted cuál cree que sea el sentido de la vida?

El buen hombre río suavemente –Ustedes siempre me preguntas esas cosas. ¿Qué quieren que les diga?

Me sentí avergonzado.

-Mire, joven, yo me levanto todos los días a trabajar para darle de comer a mi familia. Todos los días regreso muy cansado, pero puedo estar con mi esposa y con mis hijos, irme a platicar con mis vecinos… Cuando salgo a trabajar yo sé muy bien por qué lo hago y qué me espera cuando llego a mi casa. Creo que los muchachos como ustedes se ponen a pensar en esas cosas porque no tienen un deber qué cumplir. No tienen una familia por la cual salir todos los días a partirse la espalda ni una casa a la cual regresar después del trabajo.

-Entonces… Usted, ¿es feliz?

Don Venancio me miró fijamente –Pos sí- respondió con sencillez.

-Pero… -me atreví a decir tras un instante- Y perdóneme que se lo diga, pero ustedes… pues… viven con pocos recursos… y a cada rato les quitan sus tierras y contaminan sus bosques y aguas… y tienen que construir sus casas con las hojas de palma de las ciudades… ¿No le da coraje? ¿No le gustaría que las cosas fueran distintas?

Don Venancio apartó los ojos de mí y los dirigió hacia la ciénega.

-Mis abuelos lucharon en Chan Santa Cruz.

Mis ojos se dirigieron hacia su machete y recordé que el pueblo que otrora fue Chan Santa Cruz no estaba muy lejos. Después miré la cara de don Venancio que parecía mirar hacia algo más allá de las lagunas. Vi en su perfil la furia de Jacinto Canek y la poesía del Popol Vuh, vi el ingenio de los constructores de pirámides y el valor de Nachi Cocom, vi la violencia de Cecilio Chi y la sabiduría de los que desentrañaron los secretos de las esferas… Y sentí a la vez esperanza y miedo.

-Ya me voy, ya es tarde -dijo don Venancio antes de desaparecer por el sendero que partía desde el patio y atravesaba las aguas.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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