40.Yukas

Índice
Capítulo anterior

            Había una página de Internet que se hizo muy popular cuando yo estaba en la prepa: yukas.com, donde se publicaban los chismes de la adolescencia bien de Ciudad Plana. Los principales colaboradores eran los mismos afectados, ya que se consideraba distintivo de popularidad el aparecer a menudo en el sitio web. La sección “Trágame, tierra” era la más visitada porque en ella se daban a conocer los hechos más bochornosos de la gente bonita.

            La cosa era más o menos así “Iba a participar en las audiciones para Timbiriche: la nueva banda, pero mi papá, que maneja un BMW y es dueño de la Torre Fía, llegó en medio de la audición y me dijo que me dejara de pendejadas ¡enfrente de todos! ¡Oso total!”. O: “Estaba caminando con mi novia por la Fashion Mall. Le había comprado un vestido de 5 mil pesos. Ella quiso que la abrazara por detrás, pero de pronto se me paró, y ella se dio cuenta y me dijo que me alejara. ¡Trágame, tierra!”. Y así por el estilo, pero con mala ortografía.

            Esta página de Internet se hizo tan popular que los padres de familia exigieron a las autoridades del Countri que la prohibieran. Claro que lo único que se logró fue que en las computadoras de la escuela se bloqueara el acceso al sito, mientras los alumnos podíamos seguir checándolo desde la comodidad de nuestros hogares.

            La Pérez Hilton era una chica del Countri, alta y delgada, que el primer día de clases llegó con peinado y atuendo que emulaban los de Paris Hilton y con un par de chuchús flamantes y nuevecitas. No era muy guapa, pero sí muy promiscua -como su epónimo- y siempre se emborrachaba en las fiestas de la socialité adolescente citapianense. Pues resulta que en una de las pedas, se puso a bailar y se encueró en una mesa y muchos le tomaron fotos a sus -eso sí- exquisitas siliconas. Las imágenes empezaron a circular en cadenas de correo electrónico y a la Pérez le gustó eso de ser el centro de atención haciendo vulgaridades -de nuevo, como su epónimo- así que más de sus fotos fueron liberadas para recorrer las redes. A mí nunca me llegó la cadena y de hecho no me enteré de su existencia sino hasta que Jorge me informó que las fotos podían ser encontradas en cierta página de Internet.

Así conocí xocialite.com, en la que se publicaban fotos, videos e historias sexuales de la clase alta citapianense. La agencia dedicada a ayudar a quienes querían poner cuernos se anunciaba en este sitio, así como otras páginas que organizaban orgías, fiestas swinger, encuentros casuales y demás. Y es que xocialité.com era visitada y utilizada no sólo por adolescentes jariosos, sino por los adultos ricos e importantiosos de Ciudad Plana. Ya había escuchado que las personas que participaban en orgías solían no ser atractivas y ver a ese montón de cuarentones compartiendo sus excrecencias no cambió mi opinión.

Claro que no pude acceder a estas cosas a la primera. Si se ponía la dirección de la página en la barra de direcciones del explorador sólo aparecía una pantalla negra y un cuadro de diálogo que exigía una contraseña. La página era secreta y no estaba diseñada para que la visitara cualquier pelagatos. Pero Rafael era medio hacker y, tras una semana de esfuerzos y desvelos, logró entrar. Y allí, navegando al azar, encontramos fotos de mi padre recibiendo un blow job de la Pérez Hilton.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | Deja un comentario

39. Por los callejones del queso y el vino

Índice
Capítulo anterior

Me despertaron los golpes a la puerta de la habitación. Me puse los pantalones y abrí; me encontré con un mesero que me dijo:

-Caballero, ya es hora de que deje la habitación para que la limpien.

-Sí, gracias. ¿Qué hora tiene?

-Las cuatro y media.

-Gracias.

Me vestí y salí. La fiesta continuaba en el antro, aunque ya no había tanta gente, y como no encontré a Renato, me fui directo a casa. Renato me encontró al medio día, después de que terminara la primera función del Circo de las Ratas.

-¿Qué tal, güey? ¿Cómo te fue?

-A toda madre. Si me debías algo, ahora ya estamos a mano.

-Qué bueno que te gustó. A mí me encantan las putas, pero las putas de calidad, y creí que a ti también te podrían gustar, güey.

-Pero no mames, ¿cuánto te costó?

-No, no, no. Es un regalo, güey. Y del regalo nunca se pregunta el precio.

-Pues… Muchas gracias, amigo…- y estreché su mano.

-Oye, güey -dijo-, hoy voy a hacer una fiesta de quesos y vinos en el depa y te quiero invitar… Tú también puedes venir, Bilcho.

-¿Y cómo es una fiesta de vinos y quesos? -pregunté.

-Pues nos sentamos a comer diferentes variedades de quesos, panes y carnes frías y a tomar varios vinos. Va a estar muy rico, güey.

-Oye, suena muy bien… Pero tú no debes tomar, hace apenas una semana que te operaron.

-Chale, güey, tú siempre el Doc. No te preocupes, broder, no voy a tomar. Sólo quiero festejar mi recuperación con todos mis cuates, güey. Va a estar chido. Tomaré Frutsi, güey. Je, je, je.

-Va, pos ¿a qué hora?

-A las siete. Ponte ropa decente.

-Éste tu cuate… -me dijo Bilcho unas horas después, cuando íbamos camino a la fiesta-. No me termina de agradar.

-Ya me di cuenta. ¿Pero por qué?

-Es muy… pretencioso, ¿no?

-Pues sí, es un poco mamón, pero es buena gente.

-Bueno, si tú lo dices -y no añadió más.

Llegamos al departamento y Renato nos recibió. Además de él, sólo estaban un muchacho llamado Orlando y su novia Beti, una chica muy guapa. Poco a poco llegaron los demás de los invitados, entre los que se encontraban Juan Pablo, Joaquín, Gerardo y tres chavas a las que yo no conocía.

-¡Qué Pedro, mi Pablo!- saludó Bilcho –¿Cómo es que conoces a estos caballeros tan distinguidos?

-Qué hongo, Bilcho -contestó Juan Pablo-. Pos ya ves, ando en todo.

-Bueno –interrumpió Renato-, ya que estamos todos, vamos a pasar a la mesa.

Él había preparado todo un banquete. Charolas con diferentes variedades de panes, quesos y carnes frías, como lo había prometido.

-La clave es la siguiente: hay que saber combinar los sabores -decía Renato mientras servía vino en nuestras copas-. Un tinto va con la carne, queso y pan que tengan los sabores más fuertes. Un blanco va con los sabores suaves.

-Este cabrón nos quiere empedar y abusar de nosotros. Cuida a tu chava, Orlando. No vaya a ser que este cabrón quiera armar una orgía -dijo Gerardo y todos nos reímos.

La cena fue deliciosa; todo estaba exquisito. Como no estaba acostumbrado a tomar vino, el espíritu de Baco se me subió pronto a la cabeza. Después de un par de horas de probar diferentes tipos y marcas de vino, todos estábamos mareaditos. Sólo Juan Pablo y Renato no tomaban.

-Yo no tomo, hermano. Yo no más las hierbas y la psicodelia -decía el primero.

-A mí no me gusta la cerveza y casi ningún otro licor, güey -decía el otro-. Pero el vino me encanta. Y no me gusta empedarme, güey. Yo no bebo para empedarme, sino para disfrutar del sabor del vino, para sentir su aroma y su textura. Me gusta la sensación de relax que te da una copa de vino después de un día cansado, pero si te empedas pierdes el paladar, güey, pierdes la capacidad de apreciar el arte con el que está hecho el vino. Cualquier pendejo puede empedarse, pero sólo un hombre de mundo sabe qué pedo con el vino.

La embriaguez del vino era muy diferente a la de la cerveza. El vino me hacía sentir alegre y ligero, vivaracho y parlanchín; aún después de que se acabara la comida, quedaba mucho y todos seguimos bebiendo. Nos levantamos de la mesa y rápidamente se formaron grupitos por todo el departamento. Bilcho, Juan Pablo y una chica hablaban de música en la terraza. Gerardo y Beti estaban en la sala hablando de quién sabe qué. Orlando, Joaquín, la otra chava y yo escuchábamos a Renato farolear sobre el vino.

-El vino ha sido sagrado para muchas culturas como los egipcios y los griegos. ¿Conocen la leyenda del vino? Bueno, pues resulta que el dios Baco, cuando era joven, encontró la plantita de la vid y para transportarla la puso en el hueso hueco de un pajarito. Pero la planta creció, y entonces la puso en el hueso de un león. La planta siguió creciendo y entonces tuvo que ponerla en un hueso de burro. Por eso cuando bebemos, güey, primero nos sentimos alegres y vivarachos como pajaritos, luego valientes y confiados como el león, y finalmente, torpes y tontos como un burro. La jugada es quedarse en la primera etapa, güey. El vino lo usaban los antiguo griegos para sus fiestas dionisiacas, que eran sagradas. Le embriaguez era una forma de encontrarse con el dios…

Y así fue pasando la noche. Como de costumbre, a lo largo de la fiesta, cada uno se pasaba de un grupito a otro y rondaba por aquí y por allá. Fue, hasta ese punto, una velada agradable. En un momento en que iba al baño, me topé con Gerardo, que le decía a Joaquín:

-No mames, güey, esa chava me late un chingo. Se la tengo que apañar a ese pendejo. ¿Me haces el paro?

-A huevo, güey. Yo encantado.

Minutos más tarde vi cómo, aprovechando la distracción de Orlando, Gerardo salía del departamento con Beti. Poco después su novio pareció darse cuenta de la situación y preguntó por ella. Como nadie supo o quiso responderle, decidió ir a buscarla afuera, pero cuando quiso salir Joaquín bloqueó la puerta con su corpulento y güero cuerpo norteño.

-No sales, güey.

-¿Qué?

-No pasas.

-¿Por qué?

-Porque no, puto.

-¿Qué te pasa?

-¿Qué te pasa a ti, pendejo? -dijo Joaquín y le dio un empujón a Raúl- ¿Quieres que te raje la madre, cabrón?

-Yo sólo quiero pasar.

-Pues no vas a pasar, hijo de la chingada.

De pronto Orlando pareció darse cuenta -¿Tú sabes dónde está mi novia? -y como Joaquín no contestaba-, ¿Dónde está mi novia, cabrón? Se fue con ese pendejo, ¿verdad?

Orlando trató de abrirse paso, pero Joaquín lo rechazó.

-¿¡Qué quieres?! -le gritó Orlando exasperado.

-Te quiero partir la madre, putito.

-¿Por qué? ¿Yo qué te hice?

-Nacer, pendejo.

-Bueno, vámonos calmando -dijo Renato arribando a la escena.

-Tú no te metas -dijo Orlando-. Si este güey se quiere agarrar a madrazos, por mí está bien. ¿Vamos?

-Vamos.

Orlando y Joaquín bajaron las escaleras y en el instante en que el primero puso un pie sobre la banqueta, el segundo le dio un golpe en la cara con tal fuerza que lo derribó.

-Levántate putito.

Pero apenas se levantó, al pobre de Orlando le llovieron golpes como meteoros de Pegaso. El infeliz no pudo conectar ni un puño. Mientras, los demás observábamos la escena desde la terraza.

-Ése sí que es un hombre -dijo sonriendo una de las chicas.

-Ya, güey, ya -dijo Orlando, con la cara cubierta de moretones y cortaduras. Para rematar, Joaquín le dio una patada en el estómago y, cuando vio que estaba tan jodido que no podía ni levantarse, le escupió en la cara y se fue sin siquiera voltear a vernos. Después supimos que mientras se madreaban a su novio, Beti estaba follando con Gerardo en el asiento trasero de su auto, a sólo una cuadra del lugar.

-¡¿Pero cuál es el pedo cono ese cabrón?! –exclamé- ¡¿Está mal de la cabeza o qué le pasa?!

-Pinche Joaquín, güey -dijo Renato-. Creo que sí está bien pinche jodido del cerebro.

-Es que la gente del norte es bien violenta -opinó Juan Pablo-. Y él es de Chihuahua.

-No sólo eso, güey -dijo Renato-. Es que ese pinche cabrón estuvo en la escuela militar y ya saben cómo es eso. Todos se andan partiendo la madre todo el tiempo. A este pinche güey, le gusta agarrarse a madrazos nada más porque sí. Ya me lo había contado: que le gusta agarrar cualquier cosa de pretexto para pelear. Chale, güey, yo sé pelear y no le huyo a los pedos, pero no me los ando inventado… Pero bueno, creo que por hoy se acabó la fiesta.

-Sí… -dije-, lástima que se haya arruinado al final…

-No se arruinó, güey -dijo Renato casi riendo-. Hasta tuvimos show gratis.

-¿Y qué vamos a hacer con ese cuate? -dijo Bilcho señalando a la masa lastimera que se retorcía de dolor en la acera.

-Yo lo llevo a su casa -se ofreció Juan Pablo.

Bilcho y yo nos despedimos ys retiramos. El efecto del vino me dio una cruda atroz, por lo que Bilcho y yo pasamos la mayor parte del día siguiente echando la hueva. Renato nos invitó a una fiesta en casa de unos conocidos suyos, pero esa noche no tuvimos ganas.

El lunes, después de la clase de música, acompañé a Renato a su departamento. Pasamos la noche jugando ajedrez y escuchando música.

-Oye, güey, ¿por qué no te pasas a vivir aquí? -me dijo de pronto.

-¿Para qué?

-Pos aquí está mejor ubicado y hay agua caliente y refrigerador, a diferencia de ese cuchitril en el que vives con tu cuate.

-Oye, no es un cuchitril, tú ni siquiera lo conoces… Aunque la oferta es tentadora…

-Ándale, güey. Nos la pasaríamos de huevos.

-Pero no podría dejar solo a Bilcho con los pagos de la casa. Menos ahora que el cabrón de Nathan se desaparece todo el tiempo… No sería buena onda.

-Ay, chale, güey. Ese pinche cabrón se puede cuidar solo. Ya encontrará la manera de sacar lana…

-Además, tú te vas de la Ciudad de las Palmeras cuando se acabe el curso de música, ¿y qué haría yo?

-Pos te regresas con Bilcho.

-No, para eso ni me muevo.

No me mudé con Renato pero casi. Pasaba todo el tiempo con él, y muchas noches me quedé en su depa. Nos la vivíamos en fiestas y antros, pues Renato había hecho muchos amigos en la Ciudad de las Palmeras. Por lo general me la pasaba bien con Renato, aunque él me criticaba y regañaba por mi ropa, mi actitud, mi falta de conocimientos sobre esto y aquello. Yo me defendía, pero él nunca cambiaba de opinión. A veces sólo me daban ganas de darme la vuelta y alejarme de él, pero por alguna razón nunca lo hice.

En una ocasión me daba consejos sobre cómo ligar. Estábamos en una fiesta y había visto una chava muy linda a la que no podía quitarle el ojo de encima. Por un lado, Renato me alentaba a ir a platicar con la muchacha y por el otro se burlaba de mi inseguridad y timidez.

-No sé porqué eres tan pinche inseguro. Es cierto que te vistes de la chingada, pero no es para tanto. ¡Si hasta eres carita! Llégale, güey. Ya vi que igual te está tirando el ojo.

-Bueno, pues voy -dije, echándome un shot de tequila.

Me acerqué a la chica y empezamos a platicar con mucha naturalidad y buena vibra. Se llamaba Celia y era un par de años más grande que yo. Era morena clara, de complexión delgada, pero con unas mejillas y un traserito que daban cuenta de que alguna vez fuera un poco llenita. Me gustaron sobre todo sus ojos grandes y negros y su cabello rizado. Pasamos la velada conversando de un montón de tonterías y, cuando le conté lo que había sido de mi vida en los últimos meses, lo consideró, para mi sorpresa, interesante. Había mucho tequila en la fiesta y tanto Celia como yo bebimos gran parte de él. No pasó mucho tiempo antes de que estuviéramos fajando en un sillón tipo lounge. Cuando estuvimos demasiado calientes para resistirlo, Celia me dijo que su padre no estaba en casa y que podríamos ir allí a pasar la noche. Así lo hicimos y al final nos quedamos recostados en su cama, platicando. Ella se tendía bocabajo, y yo apoyaba la cabeza en sus suaves y firmes glúteos, a los cuales de vez en vez daba les daba un beso.

-Entonces, ¿cuánto tiempo tienes de haberte escapado de tu casa?

-Desde agosto.

-Has hecho muchas cosas.

-No realmente. Es decir, siento que no ha sido nada extraordinario. Sólo me la he pasado bien. Aquí hay muchas más cosas que hacer que en Ciudad Plana.

-Ah, ¿eres de Ciudad Plana?

-Sí, ¿no te había dicho?

-No que yo recuerde. Tenía la idea de que te habías escapado de tu casa, pero no de que te habías ido de tu ciudad. ¿Y no te da miedo? Porque una cosa es estar en tu misma ciudad y otra estar en una donde no conoces a nadie…

-Pues me adapté bien. He tenido mucha suerte. Además… -le dije acariciando la curva de su espalda- Aquí he hecho muchos amigos.

-Entonces eres de Ciudad Plana… Yo nací allá. Todavía tengo familia en Ciudad Plana; los hermanos de mi papá viven allí… -de pronto cambió el tono de su voz -¿Estás aquí desde agosto?

-Así es. Se podría decir que han sido los mejores meses de mi vida, aunque aún estoy a la espera de algo más…

-Diego… ¿Cómo te apellidas?

Se lo dije. Su rostro empalideció.

-¿Qué te pasa? -le dije, preocupado.

Celia saltó de la cama, cubrió su hermosa desnudez con la sábana y comenzó a vestirse mientras murmuraba algo.

-¿Qué? -le pregunté.

-¡Somos primos!

-¡¿Qué?!

-Soy Celia, la hija de tu tío Gonzalo. Tú eres Diego, el que se escapó de su casa. ¡Somos primos!

La noticia me sacó de onda y por unos momentos no supe qué hacer mientras Celia se vestía. Entonces hice lo más lógico que se podía hacer en esta situación: me empecé a carcajear.

-¿De qué te ríes?- me preguntó colérica y estupefacta.

-Pues porque es algo muy, pero muy cagado.

-No. Es horrible. ¡Quiero que te vayas de aquí! ¡Ahora!

-Tranquila. Nos la pasamos bien, ¿no?

-Pues sí, pero… ¡ay, qué horror!

No sabía muy bien qué hacer en esta situación –Vamos… -dije titubeando -no puedes dejar de admitir que la idea de que seamos primos es un poco excitante…

-¡Eres un cochino! ¡Lárgate ya o me pongo a gritar!

No quise discutirlo más, así que me vestí y me dispuse a salir, pero antes, le pedí que no le dijera a nadie de la familia que me había visto.

-De todos modos, en unos días me voy de aquí -le dije, para confundir a mi familia en caso de que no pudiera confiar en Celia.

-Créeme, no le voy a decir ni a un alma.

-Claro, tendrías que explicarles cómo fue que nos encontramos….

-Ya, por favor. ¡Vete de aquí!

Y me fui. Era de madrugada y no había camiones, por lo que tuve que caminar hasta el departamento de Renato, que estaba mucho más cerca que la casa de Bilcho. Pero mi amigo no estaba y como me daba mucha flojera seguir caminando, pasé la noche sentado en un Oxxo cercano, campamento usual para el vagabundo pequeñoburgués que era. Renato llegó hasta las once de la mañana y entonces me dejó entrar. Me dijo que había estado en una fiesta bien atrabancada. Entonces le conté lo que me había pasado unas horas antes; como yo, él se cagó de risa.

-Chale, güey, pues qué chingón, ¿no? Todos tenemos alguna prima buenota a la que nos gustaría cogernos, pero no sabemos cómo plantear la situación. Qué bueno que el alcohol acelera estos trámites, güey.

-Sí, para ser sinceros no me arrepiento.

-Ja, ja, ja. A huevo, güey. A la prima se le arrima. Yo nunca me he cogido a una prima mía, pero sí a la esposa de un primo.

-¿A poco? Cuenta.

-Pos a mí me gustaba mucho esa vieja desde que era novia de mi primo, pero yo tenía apenas como doce años. De verdad me latía la vieja, güey, me latía un chingo. Me chaqueteaba pensando en ella y soñaba con ella. Me ponía bien nervioso en su presencia, güey. Puta, y luego se casó ella con mi primo y dije, ya ni pedo, no se pudo. Pero una vez, cuando yo tenía dieciséis años, sucedió lo inesperado. Je, je, je. Estaba con mis papás en Acapulco, de vacaciones. Mi primo y su esposa habían ido con nosotros y se quedaban en el mismo hotel. Una noche, cuando estábamos en el restaurante, la esposa de mi primo dijo que se sentía mal y que se retiraría a su habitación. Como yo me la estaba pelando, también me quise ir, y mis jefes se quedaron con mi primo en el restaurante. El caso es que la vieja y yo subimos, y cuando llegamos a las puertas de nuestros respectivos cuartos, que estaban el uno frente al otro, ella me invitó a pasar al suyo. Y yo, ni tardo ni perezoso, entré. Y que me besa, güey. Pero así, bien cachondo, y me agarra una nalga, y pos yo le devuelvo el favor. Je, je, je. Y entonces que me dice “Yo siempre te he deseado, Renato. Sólo estaba esperando a que crecieras”. Y pues allí nos estuvimos fajoteando en su cuarto, pero obviamente no podíamos ponernos a coger, porque en cualquier momento podía subir mi primo. Pero quedamos en que cuando volviéramos a México nos las arreglaríamos para encontrarnos. Y así lo hicimos, güey. En cuanto regresamos a la ciudad hicimos una cita para encontrarnos en un motel. Y allí la vieja me cogió bien rico, güey, bien salvaje. Y me decía cosas bien cochinas la cabrona, así de “Métemela por el ano”, y yo pos no más la obedecía… ¿Alguna vez te has cogido a una vieja por el ano?

-No. Liliana estaba en contra de eso.

-Puta, güey, tienes que probarlo. Se siente riquísimo, todo apretadito. Te estimula cada milímetro del chile…

-Bueno, pero, ¿qué pasó con tu prima?

-Ah, pos se acabó la diversión, güey. Se empezó a poner bien loca la vieja. Me empezaba a decir que me amaba y quería dejar a mi primo para casarse conmigo. ¡Pero no mames, güey, yo nada más tenía dieciséis años! Así que la dejé de ver. Me amenazó con que haría un escándalo y le diría a todo el mundo lo que hicimos, pero yo sabía que a ella tampoco le convenía soltar la sopa. Además, al poco tiempo se embarazó de mi primo y ya dejamos de vernos definitivamente. Y después de dar a luz se puso toda gorda y aguada.

-Oye, ¿y cómo sabes que el niño no es tuyo? -le dije por joder.

-Pues fíjate que lo he pensando, pero… No creo… Sería demasiado… No lo creo…

-Pues qué buena historia, Renato. ¡Tienes cada pinche anécdota!

-Ya ves, cabrón. Es como la fiesta de anoche. ¡Pinche orgía, güey! Literalmente. ¡Pinche bacanal!

-¿Por qué? ¿Cómo estuvo?

-Pues como te digo: gente cogiendo así como si nada, grupos de sexo… ¡Esos cabrones sí le entran duro al sexo colectivo!

-¿Tipo Ojos bien cerrados?

-No, güey, no. Nada tan sofisticado. Sólo un montón de gente drogada y cogiendo.

-¿Y tú no le entraste?

-Nel.

-¿Por?

-Por varias razones; una, no quiero que me salten los puntos de la operación. Dos, ver estuvo bien, pero meterme en ese desmadre… Nel, güey, capaz que estoy cogiéndome a una vieja y llega algún puto y me agarra desprevenido. No, no, no. Eso es mucho pedo hasta para mí. Y tres: las viejas ni estaban muy buenas que digamos. Pero si quieres un día vamos, güey. Esos cabrones hacen orgías casi cada mes. Podemos ir a ver no más.

Acepté realizar ese plan en algún futuro indeterminado y luego me retiré a dormir el resto del día. La semana siguiente me la pasé de aquí para allá entre el trabajo, fiestas, antros, pachequizas y tranquilas veladas para platicar. A veces iba con Bilcho y nuestros amigos; las más, salía con Renato y los suyos. A este grupo se habían unido Paquito y Dulce, que aparentemente ahora andaban juntos, y Juan Pablo, que iba a donde lo invitaran. Muchas veces me tocó ver a Joaquín partirse la madre con otros cabrones sólo porque la mosca voló. Siempre ganaba el chihuahuense.

Llegó el fin de semana y, como Renato cumplía tres semanas desde su operación, armó una segunda fiesta de quesos y vinos, pues esta vez sí podría beber con moderación. Juan Pablo ofreció su casa de Puerto Pequeño y nos acomodamos en la playa, alrededor de una fogata. Estábamos ahí Joaquín, Gerardo, Paquito, Dulce, el anfitrión, Renato, una chica que no conocía y yo. Nos acabábamos rápido los bocadillos y el vino corrió en abundancia, pues Renato era muy espléndido. Llegó la hora de los chistes pendejos.

-Bueno, va, pero mis chistes son muy malos -dijo Renato cuando ya todos estábamos bastante jalados- Pues ahí tienes que era un señor que tenía dos hijas, una de quince años y otra de dieciocho, ¿no? Y pues a este señor le gustaba violar a sus hijas… -Gerardo se echó a reír mientras los demás miraban a Renato estupefactos- Y bueno, pues que un día, estaba el señor así nomás cuando llegó la hija de quince y le dijo “¿Papá, puedo ir al cine con mis amigos?”, y el papá nomás se bajó la bragueta y se sacó el pollo y le dijo “Chúpame la verga”, y la niña “Ay, papa, no”, y el señor “Chúpame la verga”, y la niña “Pero papá…” , y el señor “Que me chupes la verga”. Y entonces que la hija se hinca, le agarra el pollo y se lo mete en la boca, pero de pronto lo saca con asco y dice “¡Ay, papá, esto se sabe a mierda!”, y el señor contesta “Sí, es que tu hermana me pidió el coche”.

Gerardo se dobló de risa, y casi todos los demás rieron aunque fuera un poco, menos yo, que por alguna razón me sentí mal, y Joaquín, que tenía un aspecto sombrío.

La noche se fue entre conversaciones, tragos, caricachupas y nuncahés. Hasta que todos, excepto Juan Pablo y Renato, estuvimos bien pedos y empezó la hora de las confesiones. No recuerdo bien cómo pasamos de una cosa a la otra, pero de pronto le pregunté a Joaquín porqué le gustaba tanto pelear y él respondió con voz alcohólica

-Es que ahí, en la escuela militar, es muy duro, cabrón. Tienes que ser bien macho, porque si no te rajan la madre. Son bien cabrones

-Sí -le dije-. Pero una cosa es saber defenderte y otra es que te guste buscar pleitos no más porque sí.

-Pues me gusta ¿y qué? ¿Tienes algún problema con eso?

-No, ninguno, amigo, cálmate. Estás entre cuates -le dije.

-Pinches amigos de mierda… Bola de putos. ¿Quieres pelear, pendejo?

Con toda la imprudencia y pedantería de mi embriaguez, le dije –No, yo no necesito agarrarme a madrazos para probar mi hombría.

-¿Qué me quieres decir, putito? -exclamó Joaquín poniéndose de pie de un salto -¿Qué yo no soy hombre? ¿Eh? ¡Yo no soy puto!

-Cálmate, broder… -le dijo Gerardo poniéndole una mano sobre el hombro.

-¡Yo no soy puto, güey! ¡En la escuela militar yo me los cogía a ellos, no ellos a mí! ¡Los putos eran ellos! ¡Yo me los cogía! ¡Yo se la metía por el culo! ¡No ellos a mí! ¡Yo no soy puto!

Las últimas frases nos tomaron a todos por sorpresa y yo no sabía si reír o tratar de calmar a Joaquín. Opté por lo segundo.

-Tranquilo, Joaquín, aquí nadie cree que tú…

Pero no pude terminar la frase. Un putazo me partió la cara y me dejó tirado en el suelo con los oídos zumbando y viendo estrellitas de caricatura. Cuando pude incorporarme vi a Joaquín tirado en la arena. Después me contarían cómo estuvo la cosa: Renato saltó con agilidad felina y le dio un cabezazo en la nariz a Joaquín; luego le cayó a golpes y más golpes, sin darle al rubio la oportunidad de recuperarse. Renato era mucho más bajo que Joaquín, pero no estaba pedo y sabía moverse con velocidad. Al poco tiempo el norteño estaba tirado en la arena, vomitando y lloriqueando.

-¡Compórtate, chingado aborigen! No quiero volver a verte, hijo de la chingada -le dijo Renato y le dio una patada de arena en la cara –¿Estás bien, güey?- me preguntó observando la cortada y el moretón que me quedó en la mejilla.

-Sí -le dije –Me duele como la chingada.

-Ya vámonos, ¿no? -dijo Dulce a Paquito.

-Sí, vámonos -secundó su amiga.

-Güey, ¿nos das el aventón a mi depa?- le pidió Renato a Paquito y él contestó que sí.

Sólo Gerardo se quedó a ayudar a Juan Pablo, muy pacheco él, a recoger el desmadrito de la fiesta. Y Joaquín, quiero imaginar, se quedó tirado entre la arena mojada con su vómito de queso, pan y vino, y ni cuenta se dio de cuando pasó un cangrejito ermitaño y le pellizcó la oreja.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras, Uncategorized | Deja un comentario

38. Estamos perdiendo nuestros valores

Índice
Capítulo anterior

Estudiaba en el Countri un muchacho de apellido Xariff, hijo de uno de los libaneses ultracatólicos más adinerados de Ciudad Plana. Era un tipo alto, gordo y fortachón, un abusivo de carrera. Le valía vergas la escuela, pero nunca lo reprobaban; vandaleaba los salones, pero nunca lo castigaban. Era del grupo de “los populares” y miembro de la Planilla Azul, que desde la secundaria ejercía una dictadura sobre la sociedad estudiantil. Por supuesto, también era un prominente miembro de MEGA, el grupo apostólico juvenil del Countri, y un asistente obligado a todos los retiros y misiones.

 Los ñoños, los nacos, los frikis, los emos, y en general todo aquel que fuera demasiado débil para defenderse por sí mismo, eran sus víctimas. Les hacía calzón chino, o manita de puerco o les daba de zapes y lapos o les retorcía los pezones. Nada original, por supuesto. En una ocasión me hizo una manita de puerco muy dolorosa. Estábamos en la cancha jugando básquetbol y tratábamos de decidir cómo organizarnos en equipos. No recuerdo exactamente qué decíamos, pero los equipos no estaban parejos y dije algo así como “¿Tres contra uno?”. Entonces Xariff se me fue encima y me dijo: “¿Me estás diciendo gordo?” Y yo, sin saber qué carajos pasaba por su mente, “¿Qué?”. Entonces procedió a torcerme el brazo hasta que el dolor me tiró al suelo. Desde luego, nadie hizo nada para evitarlo y yo no podía denunciarlo. En una escuela nunca hay estado de derecho, sólo la ley del más fuerte.

Había un niño llamado Tobías al que todo el mundo chingaba. Era un muchachito delgado y bajo de estatura. Sabíamos que no tenía mucho dinero por sus zapatos maltratados, su mochila remendada, su uniforme deslavado y el coche viejo de su papá. Por eso, y por el pecado de ser tímido, era objeto de las burlas y abusos de muchos de los “populares” de la escuela. Le pintaban zorros en su mochila y en sus libretas, le aventaban bolitas de papel con saliva y escondían sus pertenencias. Xariff era especialmente violento con él, siempre le daba coscorrones y lo llamaba con insultos homofóbicos. A veces le daba puñetazos en el estómago, sólo porque sí.

Un día, Xariff estaba en el campo de futbol platicando con sus amigotes, cuando Tobías llegó por detrás y le clavó una navaja en la lonja. Escándalo y confusión inmediatos. Los guardias de seguridad del Countri bajaron de sus atalayas y sujetaron a Tobías, que no opuso ninguna resistencia, mientras los amigos de Xakurt lo llevaban a la enfermería. El gordo se salvó; las capas de grasa protegieron sus órganos vitales. A Tobías lo expulsaron de la escuela y lo llevaron a un reformatorio. No sé qué fue de él.

En el Countri se dio la alarma: el acto de violencia sin sentido que había ocurrido en los patios de nuestra escuela era una clara señal de que la juventud estaba perdiendo sus valores. Por las semanas siguientes, Pelón nos dio pláticas especiales sobre el tema.

-Estamos perdiendo nuestros valores -decía casi llorando-. Y el valor más importante: el amor. Ya sé que ustedes piensan que esto que digo son cursilerías y que eso del amor está pasado de moda. Pero el amor es algo que no se circunscribe a lo que es o no moderno. ¿Cuál es el problema con ustedes? ¿Por qué no aman a su prójimo?

Y así por el estilo. A nadie, entre maestros, directivos y padres de familia, se le ocurrió preguntarse por qué Tobías había acuchillado a Xariff. En vez de eso, echaron la culpa a la televisión, a los videojuegos y a la música, todos responsables de la pérdida de los valores. Nadie se dio cuenta de que pasó lo que pasó precisamente porque eran los mismos valores de siempre los que se venían practicando.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | Deja un comentario

37. Mademoiselle Samedi

Índice
Capítulo anterior

            Me levanté temprano por la mañana y enseguida fui al hospital, pero tuve que esperar casi una hora antes de que me dejaran ver a Renato en su habitación privada. Cuando por fin pasé, me recibió con una gran sonrisa y los brazos abiertos.

            -¡Broder! -me dijo cuando me incliné a darle un abrazo en su postración-. Cabrón, no mames, ¿cómo te voy a agradecer lo que hiciste por mí?

            -No hice nada, Renato, sólo llamé a la ambulancia.

            -Sí, pero no mames. Qué cabrón paro. Al chile, güey, tú eres un superbró.

            -Tranquilo, de verdad no fue nada… ¿Cómo te sientes?

            -De la chingada, güey. Ja, ja, ja, ja. Pero bien, dentro de lo que cabe. Nunca me habían operado, güey. ¿A ti?

            -No, nunca me han abierto para sacarme un órgano. ¿Ya se comunicaron tus papás contigo?

            -Sí, todo está resuelto. Por cierto, ¿tienes mi cel?

            -Sí, aquí lo traigo. Toma.

            -Chinga, no mames, güey. Qué pinche desmadre. ¡Apendicitis! No mames, un cuate mío se murió de eso. No llegó al hospital. Gracias a ti estoy vivo, carnal.

            -Exageras.

            -No, güey, al chile, es neto.

            En ese momento sonó el celular y Renato contestó.

            -Sí, ‘pá…. No, ya me lo devolvió… aquí está… -y me pasó el teléfono.

            -¿Bueno? -dije.

            -Hola, Diego. Te quiero agradecer por lo que has hecho por mi hijo. Su mamá y yo estamos muy agradecidos.

            -De verdad no fue nada, señor.

            -No, no, no. Nos has hecho un gran servicio y no lo olvidaremos. Si algún día quieres venir a pasar las vacaciones en la Ciudad de México, ten por seguro que aquí tienes tu casa y cualquier cosa que necesites.

            -Gracias.

            -No, gracias a ti. Ahora, pásame a Renato, por favor.

            Renato habló con su padre durante varios minutos; cuando al fin colgó, me dijo:

            -Bueno, pos aquí me voy a quedar dos días y ya pasado mañana me dan de alta. Qué pinche joda, ¿no?

            -Sí, y en fin de semana…

            -Puta, güey, estaría peor entre semana porque me habría perdido las clases de música. Así no habrá pedo. Ya la próxima semana te llevaré al antro que te dije. Es lo menos, de verdad lo menos, que puedo hacer por ti, bro, llevarte a un antro a ligar. Ja, ja, ja. Chale, por cierto, eso de las enfermeras buenotas es un pinche mito, hasta en los hospitales fresas están bien pinches. Sobre todo acá, güey. Bueno, no es que conozca mucho los hospitales de la ciudad, pero en general las viejas de por estos lares están bien jodidas, güey. Obviamente, dejando de lado a las extranjeras.

            -¿Ah sí? La neta no te sabría decir. Nunca he ido al DF.

            -¡No mames! Ja, ja, ja. Si serás bien provinciano. ¿Quién no ha ido al DF?

            -Pos yo. En realidad no he viajado mucho. Cuando viajaba con mi familia, por lo regular era a la Ciudad de las Palmeras o a Playa. Cuando mi viejo se quería ver muy espléndido nos llevaba a Florida. Creo que fuera de esos viajes a Gringolandia nunca he salido de la Península.

            -Chale, güey, pos sí que te falta ver mundo. El caso es que allá en la ciudad las mujeres están mejores… o más bien, sí hay muchas que están igual de jodidas que las de acá, pero también hay muchas que no mames. Hay estados en los que las viejas están mejor. Como en Jalisco, o en los estados del norte. ¡No mames, güey! Las norteñitas están sabrosísimas. Pero eso sí, bien altas. Tú y yo estamos muy chaparros para ellas…

            -¿De veras? Sí he escuchado que las morras de Guadalajara están muy sabrosas… ¿Por qué será?

            -Yo creo que es cuestión de dinero.

            -¿Ah sí? Explica eso.

            -Pos no es por ser culero, güey, pero siendo netos, las chavas con más dinero suelen estar mejor que las que tienen menos. No es regla de oro, pero sí es en general. Es por cuestión de alimentación: las que tienen lana comen mejor, comen mejores cosas, y por eso son más altas; tienen la cultura de la salud, del cuidado de la figura, del ejercicio… Fíjate en que las más naquitas suelen estar bien gorditas. Además, si tienes lana te puedes arreglar los dientes, tratar el acné, y todo eso. Y claro, comprar buena ropa…

            -Bueno, supongo que tienes razón. Hasta en Ciudad Plana encuentras a las chicas más guapas en las escuelas más fresonas, como en la Emérita o el Mariano. Pero son tan mamonas…

            -A huevo, güey. Y pos estos estados del sur tienen menos gente con lana que los del norte y pues por eso las viejas no están tan buenas… Además, aquí hay muchos indios.

            -¿Cómo dices? –me agarró en curva.

            -Bueno, es que no es por ser culero, güey, pero los indígenas están bien pinches feos. O sea, no soy racista, no creo que sean inferiores o algo así o deberían tener menos derechos, pero de que son feos, son feos.

            -Bueno, eso de la belleza es algo relativo -le dije, incómodo por la discusión-. Lo que a ti te parece feo, no es lo mismo para todas las culturas… ¿no?

            -No, güey, no es éste el caso. Hay negras que están buenísimas, asiáticas hermosas, mujeres árabes e hindúes que están de no mames. Pero indias buenas… ¡ni una, güey!

            Sus comentarios me ofendían, mas no sabía cómo rebatirle -¿Pero eso no se debería a lo mismo que dices sobre la pobreza? Es decir, ¿que las mujeres indígenas son… pues… feítas, porque vienen de la pobreza y por lo tanto han tenido muy mala alimentación y etcétera?

            -No, güey. Porque hay familias indígenas que se superan y salen de la pobreza y todo eso, pero las viejas siguen siendo feas. Je, je, je. Y todas huelen igual, ¿lo has notado?

            -¿Cómo?

            -Sí, güey. Los indios, lo que son realmente indios, tienen un olor característico, como un olor seco y amargo que proviene de su piel morena. Y no es que huelan a sudor ni nada de eso, es su olor natural. Incluso los que salen de la pobreza y viven bien, y hasta tienen lana, siguen oliendo así. Yo pensé que los mayas de aquí olerían diferente a los nahuas de allá, pero nel, todos huelen igual, huelen a indio…

            -No mames, Renato. Eso que dices es bien pinche racista.

            -Ay, no seas cursi, güey. En primera no es racismo. Chale, tú y yo somos mexicanos y como tales tenemos un ancestro indígena por algún lado. Y el que no lo quiera aceptar es un pendejo. Es más, ese olor del que te hablo no es necesariamente malo, sólo es un olor característico de la raza americana. Te repito que no creo que los indígenas sean inferiores como seres humanos…

            -Sólo piensas que son feos y huelen raro, ¿no?

            -Pues sí, güey. Y apuesto a que todo el mundo lo cree, no más que no lo dicen por no ser políticamente incorrectos.

            -Pues no estoy de acuerdo contigo… bueno, en lo del olor, ahora que lo pienso, todas las nanas que tuve tenían cierto aroma… Pero no estoy convencido. Y creo que hay mujeres hermosas de todas las razas, y eso incluye a los indígenas. Piensa en la Malinche.

            -¿La Malinche? ¿Qué tiene?

            -Que supuestamente era muy guapa, ¿no?

            -No creo, güey. En primera, era el siglo XVI y a un pinche gachupa recién bajado del barco le hubiera parecido buenísima cualquier cosa con tetas. Pero de veras que no soy racista. Yo creo que la civilización azteca era muy superior a la española. Sabían un chingo de ingeniería y de astronomía. ¿Sabías que los indios de América tenían técnicas textiles superiores a las de Europa? Y en higiene los habían superado por mucho. Los pinches europeos no se bañaban y tiraban sus excrementos en la calle, mientras los aztecas se bañaban diario y había un equipo que limpiaba Tenochtitlán todos los días. Pero ni pedo, los españoles tenían acero y armas de fuego y se chingaron a los aztecas, pero no por eso eran mejores. Claro, después de eso los indios quedaron jodidos y ahora por eso ya no dan ni una. En ese sentido sí creo que son, de cierta forma, inferiores.

            -¿Pos no que no?

            -No me malinterpretes, güey. Mira, no creo que sean inferiores por cuestión de raza, sino por la situación jodida en la que viven…

            En ese momento entró un señor muy moreno y muy viejito, con uniforme de conserje, y recogió la basura de todo el cuarto.

            -Por ejemplo, güey -dijo Renato cuando el señor se hubo ido-, tú y yo somos superiores a ese señor. No porque él sea indio, que seguramente lo es, sino porque viene de una situación de pobreza muy culera. Él no tiene nuestra capacidad de aprendizaje, y nunca podrá desarrollar nuestra inteligencia…

            -Pues siguiendo esa lógica, mientras más rico sea alguien, más inteligente será, y entonces cualquiera que tenga más dinero que tú, sería superior a ti…

            -No, no, no. Lo que quiero decir es que se necesitan unas mínimas condiciones materiales para que un ser humano pueda desarrollar sus capacidades intelectuales. Por encima de ese mínimo, todos somos iguales, pero por debajo, todos están jodidos, y son, por eso, inferiores, en cierto sentido, a los que están por encima del margen de jodidez. No es por su raza, ni es su culpa. Es culpa del sistema que los ha condenado a la jodidez desde los tiempos de la Conquista. Es como si a un niño le dieras un chingadazo que lo dejara pendejo el resto de su vida. Así fue la Conquista para los indígenas. Claro, los indios que logran salir de la pobreza están al mismo nivel que el resto de nosotros. Y viceversa, si un no indígena cae en la pobreza más culera, va a ser inferior a los que sí han tenido los medios para desarrollar sus capacidades. Sí, es una cosa horrible de decir, güey, yo lo sé. Pero no por eso es menos cierto…

            -Pues no estoy de acuerdo contigo, ni me gusta eso de “superior e inferior”. Yo creo que independientemente de las cosas materiales que tenga, una persona puede llegar a ser muy inteligente y muy sabia…

            -No mames, güey, no me vengas con el complejo del vagabundo filósofo.

            -¿Y eso qué es?

            -Es esa idea de que un cabrón que vive en la jodidez sabe mucho sobre la vida y es muy sabio y pendejadas. Es un lugar común de la literatura mala y de los antropólogos jipiosos. Eso no pasa, cabrón. Al chile, para ser inteligente, güey, para tener conocimiento, necesitas leer, y para poder darte el lujo de leer, necesitas no tener la preocupación de comer, güey. Así de fácil.

            -Pues no estoy de acuerdo… Pero en fin… Bueno, Renato, me tengo que ir a trabajar. Que estés bien.

            -Sale, bro. No olvides visitarme cuando salgas de la chamba.

            -Claro, yo paso por acá.

            Tal cual, esa tarde volví a visitar a Renato en el hospital. Me encontré con que otros dos chavos lo acompañaban.

            -Hola, Diego. Éstos son Joaquín y Gerardo. Nos conocimos en el antro el otro día.

            Joaquín era un muchacho alto, güero y muy fornido que hablaba en voz baja y con un acentito norteño. Gerardo era un moreno casi tan alto como Joaquín, tenía el pelo negro y rizado, y un acento chilango que salía por encima de su piochita. Renato estuvo hablando con ellos por un rato mientras yo permanecía callado como un simple observador. Al cabo los muchachos se fueron y nos dejaron a solas.

            -Conocí a gente muy chida en el antro esa noche. Todo por una chava con la que bailé. Me presentó a su grupo de amigos y toda la madre, güey. Y enseguida nos hicimos superbrós. Así soy yo: bien amiguero. ¡Y conocí unas viejas, güey! Te las tengo que presentar.

            -Pues no me caería nada mal conocer a unas chavas.

            -¿Has cogido mucho?

            -¿En la vida o en el exilio?

            -En el exilio.

            -Pos no tanto como hubiera querido, en realidad.

            -¿Cuándo fue la última vez?

            -Hace como dos meses…

            -¡No mames, güey! ¡Pero si estás en la pinche Sodoma! Aquí es más fácil coger que ser asaltado en Tepito. Está rebosando de viejas calenturientas y urgidas.

            -Sí, ya sé, güey, pero… -sentí la necesidad de justificar mi casta ventura -Será que yo soy medio romanticón, pero… A mí me gusta eso de gustarle a una chava y de que ella me guste y de llevarnos bien…

            -No me jodas, ¿eres quintillo?

            -¿Qué? No. Ya he cogido, pero en realidad… sólo con dos mujeres.

            -Puta, güey. Yo con un chingo. Te voy a contar cómo perdí la virginidad…

            -Pues si no nos queda de otra.

            -Tenía quince años, güey. En ese entonces andábame ligando a una chava de mi escuela. Ya sabes, güey, todo superteto, de que les hablas bonito, las invitas al cine y todo eso. Ya nos habíamos besado, pero ni siquiera habíamos fajado como se debe. Y un día, güey, que llego a su casa y no está. Pero que estaba su mamá, güey. Pues me invitó a pasar la señora, que era una MILF…

            -¿MILF?

            –Mom I’d Like to Fuck… O sea, una señora guapota y buenota, güey. Con buenas piernas y buenas tetas. Riquísima la vieja, güey. Pues el caso es que me invitó a pasar y sentarme en la sala para dizque esperar a la chava, ¿no? Y que nos sirve unas copas de vino y empezamos a chupar y a platicar, y cuando nos dimos cuenta ya nos habíamos acabado la botella, güey. No sé en qué momento me di cuenta de que la chava no iba a llegar, y acepté la invitación de la señora para subir a su cuarto. Y allí pues nos comenzamos a fajotear y a quitar la ropa… Pero yo estaba bien pinche nervioso y no se me paraba, y pos de plano le dije a la vieja “No, pos es que no sé qué hacer”, y me dice “No importa, yo te guío”. Y que agarra y me la empieza a chupar, güey. ¡Puta, güey! Nadie me la ha chupado como esa señora. Y pos luego cogimos, güey, bien chingón. He oído que la primera vez suele ser muy chafa, pero la mía estuvo de huevos, güey.

            -Ja, ja, ja. Qué historia. Ya hasta me calenté… -y era cierto, pero también sentía envidia.

            -¿Y sabes qué es lo más chingón, güey? Que todo lo que me enseñó la mamá lo practiqué después con la hija -Renato se carcajeó orgulloso.

            En ese momento entró una enfermera y anunció que había terminado el horario de visitas. Nos despedimos y me retiré

            Visité a Renato tanto como pude mientras él estuvo en el hospital. Para ser sinceros me daba hueva ir, pero sentía que no debía defraudar a mi nuevo amigo, que siempre contaba con mis visitas. El día en que le dieron de alta yo lo acompañé a su departamento.

            -Bueno -me dijo recostándose en un sillón-, tengo una semana para descansar y luego poder llevarte al antro el fin como te prometí.

            -Creo que deberías descansar más de una semana, Renato. ¿Cuánto te dijeron los doctores? ¿Un mes?

            -Tres semanas, de hecho. Pero no te preocupes, güey, no voy a ir a bailotear, sólo te voy a acompañar y a presentar a unas viejas. Voy a estar tranquilo.

            Así se fue yendo la semana. Nos encontrábamos todas las tardes en las clases de música y después pasábamos el tiempo en su departamento discutiendo sobre cualquier cosa. Las más de las veces no estábamos de acuerdo, pero yo encontraba nuestras conversaciones muy estimulantes. Renato tenía sus propias ideas muy bien cimentadas, mientras que yo aún estaba formando las mías propias; además, él hacía gala de mucha labia y yo en un dos por tres me quedaba sin argumentos.

En una ocasión se decidió a enseñarme ajedrez -Es el juego de la gente culta, güey -me dijo y con la práctica le agarré el gusto al jueguito aunque, desde luego, Renato siempre me ganó.

            Llegó el viernes y el momento de cumplir la promesa sobre el antro. Como la noche de la apendicitis, Renato me prestó una camisa y me dio consejos sobre el peinado. También me dejó tomar un baño caliente y me invitó un poco de perfume.

-Lo bueno es que tengo dos tipos –dijo-. Si usáramos el mismo perfume pensarían que somos putos -y tras una pausa añadió-. ¿A poco no se siente bien verse bien, güey?

-La neta sí. Me siento fresco.

-Pues claro, güey. A mí me gusta verme bien. ¿Por qué no verte bien si puedes hacerlo? Esas mamadas de que sólo la gente superficial se preocupa por su aspecto son… pues… mamadas, güey. Te apuesto a que yo tengo más cultura que esos nacos pandrosos con los que te llevas… Sin ofender.

-Pos no sé, Bilcho es bastante culto, creo.

-¿Ah sí? Pues un día nos sentamos a jugar Maratón y a ver quién gana.

-No creo que Bilcho tenga conocimientos sólo para competir o presumir… Es como Wiki. Él también es muy culto.

-¿Wiki? ¿Ese pinche gordo puto? Nel, güey. Ese cabrón sólo sabe datos. Es un datista: aprende datos de la tele, los libros, e Internet y luego los repite como merolico. Eso no es ser culto, güey.

-Bueno, no lo conoces en realidad. Sólo lo has visto una vez. Y ya vámonos, ¿no? Se está haciendo tarde.

Renato pagó la entrada y se las arregló con el cadenero, uno de esos monigotes agresivos y mal pedo que me hizo añorar al buen Zaius. El lugar, por otra parte, era magnífico; un espacio amplio que parecía el salón de un gran palacio, con dos escaleras majestuosas que llevaban hasta una terraza dorada en la que se había establecido la zona VIP. Pude ver que allí arriba había chicas semidesnudas bailando sobre las mesas. Aún la sala para los simples mortales era impresionante; con varias mesas dispuestas alrededor de una pista y al fondo, en una pantalla grande se proyectaban visuales. A cada lado había un portal que conducía a otras dos salas más chicas, en una de las cuales se bailaba ritmos latinos y en la otra, hip-hop. En la sala central, la grande, se tocaba música electrónica y decenas de jóvenes frenéticos seguían su ritmo.

-Bienvenido a Le Ciel -dijo Renato, pero apenas pude escucharlo por encima de la música, además de que estaba concentrado en la cantidad inmensa de hembras buenísimas que poblaban el lugar.

Renato me condujo entre la muchedumbre y me llevó hasta una mesa que ocupaban Joaquín, Gerardo y unas tres chavas. Entre ellos, me sorprendió ver a Juan Pablo, quien se encargó de presentarme a las chicas, de entre las cuales supuestamente tendría la oportunidad de ligarme a alguna, según el plan de Renato. Cuando éste se puso a hablar acaparó la atención de inmediato; sus conocimientos y sus experiencias lo hacían un orador muy interesante. Pero tras unos minutos, nuestros acompañantes se fueron levantando uno por uno y llevándose con ellos a sus respectivas chicas.

-¿Qué pedo, güey? -me dijo Renato cuando nos quedamos solos en la mesa-. Te me estás apendejando. Ya te las apañaron a todas, güey.

-Caray, Renato, es que yo no sé ligar. Tuve la misma novia desde que tenía quince años y pues ya no sé ni qué decirle a una chava.

-¿Y qué hay de la gringa que me platicaste?

-Creo que sólo tuve mucha suerte… Oh, mira a esas diosas de allá -dije señalando indiscretamente a un par de mujeres altísimas, con cuerpos increíbles, como de supermodelos-. No mames. ¿Dónde están el resto del tiempo? Es decir, nunca las ves andando por la calle…

-Son putas, güey -dijo Renato como quien dice “mira, un perro”.

-¿Cómo?

-Prostitutas, sexoservidoras, mujeres que venden su cuerpo por dinero.

-No mames. ¿En una disco?

-Pues sí, güey. En todas las discos hay putas.

-No jodas, Renato. No en todas.

-No, güey. Sí en todas. En todas, todas. Bueno, a lo mejor en tu pueblo no, pero en los lugares civilizados así es. En todos los antros hay prostitutas y drogas, si no, no funcionaría el negocio.

-No te creo, le dije.

-No mames, no te puedo creer que no sabías. ¿Vives en Plaza Sésamo o qué pedo?

Después le pregunté a Bilcho si eso era cierto y él se rió de mí y me dijo que desde el antro más pinche hasta el más fresa de Ciudad Plana tienen drogas y putas. Me sentí ligeramente avergonzado de frecuentar esos lugares desde los catorce años y nunca darme cuenta de esa verdad. Pero volviendo a aquella noche en Le Ciel

-No sabía… Mira a esa morena -dije refiriéndome a una mujer bellísima, de piel bronceada y larga cabellera trigueña, con los ojos grandes y almendrados y un cuerpazo de diosa caribeña.

-¿Te gusta?

-¡Y cómo no!

-Pues si quieres te la rento.

-¡¿Qué?!

-Te la pago, broder. Es lo menos que puedo hacer por ti después de que me salvaras la vida, güey.

-No mames, Renato, ¿hablas en serio?

-Neto, güey.

-No mames, Renato, ¿es en serio?

-Que sí, güey. Al chile que sí. ¿Por qué no?

-No sé… ¿Con una puta? Eso es como degradarse, ¿no?

-No, güey. Si fuera una puta barata, piojosa y fea, pos sí. Pero éstas son señoritas de primera calidad.

-Pero mi punto es… Yo siempre he pensado que el sexo pagado es para losers. Creo que uno debe ganarse el sexo conquistando a la chica. Si pagara por sexo… no sé, no me sentiría bien contigo mismo.

-¿Pagas por comida?

-¿Cómo?

-¿Pagas por tu comida? ¿O sólo comes cuando la cocinera está enamorada de ti? ¿Pagas por entrar a un antro? ¿O sólo vas cuando eres muy cuate del dueño y te invita? ¿Pagarías por un masaje? ¿O sólo lo recibirías de tu novia?

-Es diferente.

-No. Es lo mismo: es un servicio, güey.

-¿Y el peligro de las enfermedades venéreas?

-Pues te pones condón y a la verga, güey. Apuesto que ella tiene.

-¿Enfermedades?

-No, pendejo, condones.

-Pues no sé… No sabría ni qué hacer, estaría todo chiveado.

-Eso es lo chingón de las putas, güey, no tienes que preocuparte por lo que piensen de ti. No tienes que pensar en complacerlas o enamorarlas. Sólo debes dejar que hagan su trabajo.

Me empecé a reír nervioso –Bueno, ésta es una experiencia que me falta tener… Vamos, pues. ¡A la verga!

Renato llamó a un mesero y le dijo no sé qué cosas al oído. El mesero se fue y al poco rato llegó la hermosa morena.

-¿Tú eres Diego?

-Sí… ¿Y tú?

Ella rió –Llámame Mademoiselle Samedi. Vamos.

Me tomó de la mano y me llevó entre la muchedumbre; subimos por las escaleras hasta la zona VIP y atravesamos una puerta camuflada en la pared del fondo. La puerta conducía a un pasillo a su vez flanqueado por tres puertas de cada lado. Mademoiselle Samedi me condujo por la de la izquierda, y entramos en una suntuosa habitación con muebles de bambú y paredes cubiertas de máscaras tribales, ídolos vudú y otros motivos afroantillanos, además de muchos espejos por todas partes. El techo era un gran y único espejo. El cuarto estaba tibio, pero ventilado; se sentía como estar a la intemperie en una noche de verano. De algún lugar que nunca pude identificar provenía suave música en creolé.

-Vaya… -musité.

-Shhh- susurró y me dio, para mi sorpresa, un beso apasionado y delicioso; yo pensaba que las prostitutas nunca besaban.

Entonces me aventó sobre la cama, me arrancó la camisa y me quitó los pantalones. Luego se puso de rodillas sobre mí y con un baile sensual se desnudó. Siempre sonreía con ternura y fragor, y me dirigía miradas dominantes, que me hacían sentir bajo su poder. Se reclinó sobre mi cadera y me dio un regalo oral;  nunca había sentido algo tan delicioso. Me puso el condón con la boca. Luego se puso sobre mí y lo que hizo… no se puede llamar “hacer el amor” porque no había amor de por medio, pero “coger” sería un mote indigno para el acto artístico que ejecutó conmigo. Tuvimos sexo, para decirlo de una manera neutral. Lo hicimos una y otra vez, y cada vez que parecía agotado, Mademuaselle Samedi se las arreglaba para levantarme de nuevo y volverlo a hacer. Me dejó besar su cuerpo y tocarla toda.

-Tu est très joli! -me dijo con ternura-. Comme un enfant!

Lo hicimos en diversas posiciones, muchas de las cuales nunca había probado y algunas que ni siquiera había imaginado. Ella gemía, jadeaba y gritaba de una forma que nunca había escuchado a ninguna mujer; yo también emitía sonidos de placer. Sabía que sus gemidos eran fingidos, como el cariño que me hacía sentir. Debía concentrarme para no enamorarme de ella; me decía a mí mismo que parte de su trabajo era hacer que los hombres se sintieran amados. Un poco triste, me pregunté si alguna vez una mujer podría enamorarse de mí de la manera en que ella lo fingía. Al final quedé tan exhausto y complacido que no me di cuenta de en qué momento se fue y me dejó solo para dormir el resto de la noche.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | 1 Comentario

36. Un ejemplo de esposa cristiana

Índice
Capítulo anterior

Solía operar en Ciudad Plana una agencia que ofrecía un servicio que permitía a las personas casadas engañar efectivamente a sus cónyuges. Por ejemplo, si una dama quería ponerle el cuerno a su marido, podía decir en su casa que debía hacer las compras y contratar a la agencia, misma que se encargaría de proporcionar una coartada, hacer las compras necesarias, asegurarse de que todos vieran su auto en el estacionamiento del supermercado, y transportarla hasta los brazos de su amante en un motel de lujo. Si un caballero quería engañar a su esposa, la agencia le podía proporcionar todo lo necesario para que pareciera que partía en un viaje de negocios, cuando en realidad iba a visitar su casa chica.

            Sucedió, pues, que uno de los socios de la agencia tuvo un desencuentro con el otro (se rumoró que se había cogido a su esposa) y, con la intención expresa de chingarlo, reveló toda la información, lista de clientes con fotografías incluidas, a todo medio de comunicación que quisiera escucharlo. Así fue como todos en casa nos enteramos de las infidelidades sistemáticas, casi rutinarias, de mi padre. Resultó que no sólo había utilizado el servicio de citas para encontrarse con dos diferentes amantes, sino que tenía una casa chica en Ciudad Baluarte. Desde luego, fue un escándalo, pero se disolvió entre los escándalos personales de todos los miembros de la sociedad que tenían largas colas susceptibles de ser pisadas.

            El verdadero escándalo ocurrió en casa. Gritos y reclamos eran cosa de todos los días. Mamá no dejaba de recriminarle a mi padre con toda clase de insultos y berrinches. Constantemente lo amenazaba con el divorcio. De hecho, llegó a correrlo de la casa y él tuvo que refugiarse un par de días en el departamento de Ricardo. Éste me contaría después que tuvieron un altercado, pues le echó en cara su hipocresía y cobardía. “Por eso te dejó mamá, ¿verdad?”, le dijo y mi padre le dio una bofetada.

            Por supuesto, lo del divorcio no llegó a ocurrir. ¿Qué habría hecho mi madre que nunca había trabajado un puto día en toda su vida? Así que las cosas se resolvieron cuando mi padre se disculpó públicamente durante una misa en la iglesia de Saint John’s. Y así como la disculpa, el perdón fue público. Aplausos, lágrimas, etcétera. Para celebrar la concordia, mamá organizó uno de los eventos de caridad que tanto le gustaban. Ahí fue cuando me encontré con la tía Aurelia, quien, con toda seriedad nos dijo a mí y a Liliana:

            -Presten atención, muchachos. Tu madre, Diego, y tu futura suegra, Lili, es un ejemplo de esposa cristiana.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | Deja un comentario

35. De la apreciación musical a la apendicitis

Índice
Capítulo anterior

            -Mira, un curso de apreciación musical -dijo Bilcho mientras señalaba con el dedo un anuncio en el periódico.

            -¿Ah sí? Suena interesante.

            -¡Y es gratis! Lo organiza el gobierno municipal.

            -¿De qué se trata exactamente? -pregunté y Bilcho me pasó el periódico –Mira, tú. La idea es aprender a apreciar la música clásica, conocer su historia, estilos y corrientes. Será en el centro cultural. Empieza mañana y durará dos semanas.

            -Sería bueno que lo tomaras.

            -Sí… ¿Tú no vendrías?

            -Nah. Seguro ya sé lo que tienen que decir. Pero sería divertido.

            -Voy a entrarle. Gracias por el aviso.

            -Denax. Que te aproveche.

            Fui a inscribirme esa misma tarde y la tarde siguiente, con libreta y bolígrafo recién comprados, llegué a mi primera lección, que sería en un minúsculo “centro cultural”, apenas media docena de aulas al interior del Palacio Municipal. No éramos muchos en el salón, a lo mucho unos diez o doce, y casi todos eran ñores. Me senté en un pupitre junto al único otro chavo de mi edad. Era extraño estar de nuevo en un salón de clases. El profesor se presentó como un experto en música con un currículo del largo de mi brazo. Me pregunté qué haría un hombre como él dando clases en un lugar como ése. Nos habló de algunos conceptos básicos y nos dictó un glosario que debíamos tener en cuenta para el resto de las sesiones. Al final, como premio, nos hizo escuchar algunas piezas de renacentistas.

            Después de salir del curso me reuní con Bilcho y otros amigos en el Parque de las Palapas, frente al Palacio Municipal. Era dos de octubre y los restos de una manifestación vespertina todavía deambulaban por el lugar.

            -Dos de octubre no se olvida -dijo Bilcho sonriendo y nunca supe si hablaba en serio o era sarcasmo.

            El segundo día las lecciones se pusieron más interesantes. El profesor nos hizo escuchar varias piezas y hacer comentarios al respecto.

            -Antes de hacer críticas y análisis con las herramientas que les proporcionará este curso, hagamos un ejercicio. Quiero que desarrollen sus capacidades. No necesitan para eso conocer todos los tecnicismos de la apreciación musical. Basta con que sepan acomodar sus ideas. Es lo que se llama un comentario impresionista. Quiero que hablen de las impresiones que les deja esta música. ¿Les gusta o no les gusta y porqué? ¿Qué les hace sentir o imaginar?- entonces puso en la grabadora La Primavera de Vivaldi y al terminar me preguntó –Tú, amigo, ¿qué te dice esta pieza?

            -Pues me da una sensación de alegría –dije-. De tranquilidad. Como de estar en un campo verde y florido, con arroyos corriendo…

            -Bien. ¿Conocías el nombre de la pieza? ¿La habías escuchado antes?

            -Sí. Ya la conocía.

            -Y de la impresión que te dejó, ¿cuánto es por la música en sí y cuánto por el título y el contexto en el que la has escuchado?

            -Pues no sabría decir. Creo que mucho es por lo que usted dice…

            -Es normal -interrumpió el muchacho que estaba sentado junto a mí-. Influye mucho el nombre y el contexto. Es como con la música de 2001: Odisea del espacio: ya todos la oyen y se imaginan la película.

            -Exactamente -dijo el profesor-. Ahora pongamos atención a otras piezas y déjenme conocer sus impresiones.

            Después de un largo rato de escuchar música hermosa y de compartir nuestras opiniones, casi al final de la clase nos puso el Bolero de Ravel.

            -Es mi pieza favorita –dije-. Es una cosa indescriptible… Me produce mucha emoción, se me enchina la piel… En fin, me gusta mucho.

            -¿De veras? -dijo el chavo junto a mí-. A mí se me hace bastante simplona. Es la misma melodía una y otra vez. Es decir, es simpática, pero no es la gran cosa. Al mismo Ravel ni le gustaba…

            -¿Ah sí? Pues a mí me parece fantástica. Por esa misma simpleza. Ravel no necesitó ponerle muchas… cosas… Son sólo unas pocas notas, pero son las notas acertadas, creo. Es como si hubiera encontrado la clave de acceso a ciertas emociones humanas…

            -Interesante forma de plantearlo -dijo el muchacho-. Pero yo creo que cuando aprendas más sobre música te darás cuenta de que el Bolero no es la gran cosa. Yo prefiero el barroco. Bach es la neta.

            -Bueno, muchachos -intervino el profesor-, veo que tienen ya formadas sus opiniones. Ahora necesitan los elementos para poderlas sostener -y continuó dirigiéndose al resto del grupo-. En las próximas sesiones vamos a aprender los elementos básicos de la música, vamos recorrer su historia; reconoceremos los estilos y a los compositores; conoceremos los elementos que integran una orquesta, aprenderán a identificar qué sonido hace cada instrumento… en fin, todo lo necesario para saber apreciar la música clásica.

            Al finalizar la clase me topé con aquel muchacho. Era alto, delgado, de piel apiñonada, ojos aceituna, nariz respingada y cabello negro en peinado de mango chupado. Vestía un pantalón de mezclilla y una camisa rojiza ajustados, y calzaba un par de tenis azules de suela baja.

            -Diego, ¿verdad? -dijo y me extendió la mano.

            -Sí. Y tú eres…

            -Renato. Somos los únicos jóvenes entre todos estos vejetes, ¿no, güey?

            -Je, je. Sí.

            -Es raro que un chavo se interese por la buena música. Esto es para gente culta, güey.

            -Bueno, yo no me considero gente culta.

            -El hecho de que estés en un curso como éste indica que tienes inquietudes que la mayoría de la gente ni se imagina, güey. Y los chavos de nuestra edad oyen pura pinche basura, güey. Pinches nacos -dijo frunciendo el ceño.

            -Bueno, pos no estás ni yo para decirlo ni tú para escucharlo, pero en realidad a mí no me interesaba la música clásica sino hasta hace un par de meses. Fue gracias a un amigo que me empezó a gustar.

            -Ah, pues con razón el Bolero es tu máximo… Oye, güey, ¿tú eres de acá?

            -No, soy de Ciudad Plana.

            -¿A poco? ¿Y ahí qué hay?

            -No mucho. Un zoológico.

            -Yo soy de la ciudad.

            -¿De qué ciudad? ¿De México?

            -¿Qué? ¿Hay otra?

            No supe si reírme o qué pedo -¿Y qué haces por estos lares?

            -Ando recorriendo el país.

            -¿Ah sí?

            -Sí, güey. Me estoy tomando un año sabático en lo que entro a la uni. Pero como no quería perder el tiempo, pos voy tomando cursos.

            -¿Cursos de qué? ¿De música?

            -De todo, güey. Averiguo qué cursos hay en cada ciudad y me lanzo para allá. Vengo de Tuxtla Gutiérrez, donde tomé un curso de dibujo. Antes estuve en Oaxaca, donde tomé un curso sobre la cultura mixteco-zapoteca. Y así ando viajando desde junio.

            -Oye, qué chingón. Estaría bien chido hacer eso. ¿Y tus viejos te lo pagan?

            -Sí, güey. Mi jefe corrió mucho mundo cuando era joven y quería lo mismo para mí y me dijo “Vas”. Está de huevos, ¿verdad?

            -Qué chingón… Oye, quedé de verme con unos cuates en una fiesta. ¿Quieres venir?

            -Órale, gracias. ¿Cómo nos vamos? ¿Tienes coche?

            No pude evitar reírme –No, qué va. Nos vamos en camión y luego a pata.

            -No, pos ‘ta bien, güey. Ni pedo.

            En el camino Renato me preguntó qué hacía yo en la Ciudad de las Palmeras; le conté a grandes rasgos mi historia y le describí mi situación actual.

            -¡No mames, güey! Ésa es una mamada.

            -¿Por qué?

            -Una cosa es tomarse un año sabático y otra es dejarlo todo porque sí. Le hubieras pedido a tus viejos chance de un año. No tendrías problemas con ellos y seguro te darían dinero, güey. Así no tendrías que estar durmiendo sin sábanas.

            -Ni madres. Mi papá está en contra de los años sabáticos. Piensa que si no estás estudiando estás perdiendo el tiempo.

            -Bueno, pues igual y sí, güey, pero no mames. ¿Y por cuánto tiempo vas a estar así, sin lana, trabajando en un circo de ratas?

            -No sé, por el tiempo necesario…

            -¡Pero ésas son mamadas, güey! Eso sí es perder el tiempo. ¿Qué vas a ganar? Al final, no vas a tener más conocimientos, ni más dinero, ni nada. Va a ser un tiempo de verdad desperdiciado. ¿Y cuándo vas a volver?

            -No sé. Ya te dije, cuando lo sienta necesario…

            -Nel, güey. Neto, ésas son mamadas. Tienes que volver a seguir estudiando, güey. Puta, con lo difícil que es conseguir trabajo en este pinche país. Chale. No, no, no. Tienes que volver. Un año a lo mucho.

            -Bueno, ya lo veré… -dije queriendo ponerle fin a la conversación.

            -No, pero neto, tienes que hacerlo.

            -¿Y tú, dónde te estás quedando aquí?

            -¿Qué?

            -¿Que dónde estás viviendo?

            -Ah. Estoy rentando un depa, no muy lejos del centro. Cerca de la Plaza de las Américas. Está a toda madre, güey.

            Llegamos a la fiesta, que tenía lugar en casa de un amigo de Bilcho. Él y Emo estaban ahí sentados con sendas bebidas en las manos. También se encontraban otros chicos y chicas conocidos. Renato se presentó y ocupó una silla en el círculo que formaban mis amigos; Bilcho le ofreció una cerveza, pero él replicó que no tomaba “esas cosas”. Poco después llegó Wiki con Mariela y estuvimos platicando todos un rato, pero pronto Renato se levantó y se fue a recorrer la fiesta. Más tarde lo vi fajando con una chica a la que yo no conocía. Cuando acabó la partuza, a eso de las cuatro de la madrugada, busqué a Renato, pero no di con él. Lo volví a ver hasta el día siguiente, en la clase de música.

            -¿Qué onda? Ya no te encontré ayer…

            -Ah, me estaba aburriendo en la fiesta. Pero luego ligué, güey. ¿Cómo la ves?

            -Chingón. ¿Quién era ella?

            -Una vieja.

            -¿Y qué? ¿La vas a volver a ver?

            -Nel, güey. No creo.

            -¿Y eso?

            -No más, güey. No me latió. Sólo estaba aburrido.

            Llegó el profesor y no pudimos continuar con la conversación sino hasta terminada la clase. Entonces le pregunté:

            -¿Y por qué te estabas aburriendo? Son un buen grupo estos amigos…

            -Pos dos tres, güey. Son medio nacos.

            Me ofendió el comentario pero no dije nada.

            -¿Sabes qué, güey? Deberíamos ir a un antro, pero a un antro chingón. Uno así bien fresa. Deberíamos ir y ligarnos a unas gringas. No como esa mamada de fiesta en la que ni viejas buenas había…

            Hice caso omiso de la última frase -Pues yo suelo ir a uno que se llama Anthrax que está muy chido. Ahí trabaja mi amigo Bilcho, es DJ.

            -Ja, ja, ja. No mames, DJ…

            -¿Qué? ¿Qué tiene?

            -No, nada. Y ese antro, ¿sí está chingón?

            -Sí. A mí me late mucho. He pasado buenas desveladas en él.

            Así que esa noche fuimos a Anthrax. Fue una noche de celebración común y corriente, sin nada extraordinario y con la única novedad de la presencia de Renato.

            -Chale, güey. En la ciudad, en los antros ya no hay pistas de baile, güey. Eso es para nacos.

            -¿A poco? ¿Y dónde bailan?

            -Pos en las sillas, güey, en las mesas. Chale, aquí están bien atrasados. Oye, güey, no está mal el antro, pero como que hay muchos “locales”, ¿no? Puro pinche prietito… Casi no hay extranjeras y están ocupadas. Y hay bien poca gente. Hubiéramos ido a un antro de la Zona Hotelera.

            -No, los antros de la Zona son carísimos. Aquí tengo pase gratis porque vengo con Bilcho…

            -¿Y qué, güey? ¿A poco eres pobre? No te ofendas, güey, pero no mames. ¿Para esto fue que dejaste la comodidad de tu casa? Si siguieras con tus jefes tendrías dinero para ir a los antros que quisieras. ¿Vale la pena estar así, mendigando entradas? Si quieres, yo te invito el antro mañana.

            -No gracias -dije irritado, me di la media vuelta y me fui.

Al día siguiente Renato me sorprendió asistiendo como espectador del Circo de las Ratas.

-¿Qué pedo, güey? –me abordó al terminar la función- ¿Sigues molesto?

-Nunca lo estuve -contesté.

-Chale, no seas ridículo. O sea, sé que no tienes lana por tu condición de “refugiado”, pero no te preocupes, yo te invito al antro hoy en la noche, de veras. Oye, güey, pero vámonos para el centro cultural, ¿no?

-Hey, qué pedo -saludó Bilcho acercándose a nosotros.

-Hola, güey -lo saludó Renato y luego se dirigió a mí -¿Entonces, güey? ¿Nos vamos?

Los tres abordamos el camión hacia el pueblo.

-Pos ya me estoy adaptando a esto de la Ciudad de las Palmeras… -decía Renato- Es medio ñera la gente por acá. Hasta los que se creen muy fresones son en realidad bastante obtusos. Ya sabes, fresas de pueblo. No tienen mundo.

-¿Y qué haces durante todo el día antes de ir a las clases de música? -le pregunté.

-Pos paseo. No hay mucho que pasear por aquí, excepto las plazas. He ido a las playas; están de huevos, güey. Y yo que pensé que Acapulco estaba chingón. Ah sí, y tomo fotos. Me late un chingo la fotografía, es uno de mis pasatiempos preferidos. Creo que es lo que más me gusta después de la música, el cine y la literatura.

Bilcho sabía bastante de esos temas, por lo que él y Renato comenzaron una larga conversación al respecto. Claro que casi nunca estaban de acuerdo.

-¿No te gusta el rock? -preguntó Bilcho pasmado.

-Nel, güey. Es todo lo mismo, un mismo ritmo, un mismo todo. No es música de verdad. A mí me gusta la buena música. El rock no es precisamente basura, pero es como chafa, güey. O sea, no tiene muchas posibilidades.

-¿Pues qué no has oído rock progresivo, psicodélico, indie…?

-Sí, güey, pero todo me suena igual. Es nada más tum-tata-tum. Mucho ruido y azotadeces a lo pendejo.

-¿Y no te gustan los Beatles? -le pregunté.

-Menos, cabrón. Pinche musiquita pendeja, es todo igualito güey. La buena música es la clásica, güey. Y el jazz, cabrón, me encanta el jazz. ¿Sabían que las raíces del jazz están en Bach?

-No me digas… -dijo Bilcho con su característico tonito sarcástico.

-Es neto, güey. Chale, hasta me gusta más la salsa, el merengue, el mambo, el vallenato y todos los ritmos latinos, que el pinche rock.

-¿No sería eso de nacos? -le pregunté.

-Pues sí, güey. Pero tiene más arte que el rock. Obviamente las letras son una mamada, pero componer esos ritmos sí que es un pedo. También me gusta el mariachi, güey. ¿Sabían que el mariachi es la música más difícil de cantar después de la ópera?

-No me digas… -repitió Bilcho.

-A huevo, güey. Para tener una voz de charro, hay que tener voz de tenor. Jorge Negrete pudo haber cantado ópera si hubiese querido.

Luego mencionamos algo de cine y hablamos de ir a la función que esa noche presentaba don Mario en El Desván del Abuelito.

-Chale, ¿pos no que hoy íbamos al antro? -preguntó Renato.

-Es que hoy van a pasar Cuando los dinosaurios gobernaban la tierra y no me la quiero perder -dije.

-No mames, güey. ¿Y por ver esa mamada vas a faltar al antro?

-No es mamada, es una película genial. Es un clásico de cine de culto -dijo Bilcho con entusiasmo.

-Chale, no mames. ¿Eso es cine culto? No me vengas con mamadas, güey.

-No dije “cine culto”, sino “cine DE culto”. ¿No sabes lo que es eso? -dijo Bilcho con cierta agresividad.

-Mira, güey. A mí me gusta el buen cine, cabrón.

-A mí también.

-Pos no parece, güey. ¿Van a ver una película de dinosaurios? Ninguna película de dinosaurios puede ser buena.

-¿Y Jurassic Park? -pregunté.

-¡No me jodas, cabrón! ¿Spielberg? ¡Todas esas películas de ciencia ficción son basura! El buen cine es el cine realista, güey. Velo tú, ¿cuántas películas de ciencia ficción han ganado la Palma de Oro de Cannes?

-No me chingues -dijo Bilcho.

-Pues sí te chingo, cabrón. Esas mamadas de El Señor de los Anillos y todo eso son puras pendejadas, güey. Eso no es arte. Es de gente ignorante ver esas mamadas.

-¿Pos no que te gustaba 2001? –pregunté.

2001 es otro pedo, güey. Es de Kubrick, cabrón y Kubrick puede hacer cualquier cosa y le queda de huevos. Lo demás son mamadas.

-¿Y Tarkovsky?- preguntó Bilcho.

-De ése no he visto sus películas, pero dicen que son chingonas… Pero el punto es que eso de las fantasías y todas esas cosas son para niños, no para gente madura, güey. El gusto madura, güey. Y cuando el gusto madura uno se da cuenta de que las películas chingonas son las realistas. No digo que la fantasía sea mala de por sí, sino que la mayoría de los directores que hacen esas cosas son pendejos. O sea, son como infantiles. A veces un buen director, uno que ya es maduro, se avienta a hacer una película del género y le queda chingona, pero la mayoría son mierda. Es lo mismo en la literatura. Harry Potter y Narnia y todas esas cosas son pendejadas. Pero llega Borges, que es un chingón, escribe un cuento de fantasía y hace una verga. Pero si te quedas con eso es como seguir leyendo cuentos de hadas.

-No estoy de acuerdo –dije-. Creo que la fantasía estimula la imaginación y… pues… nos hace soñar, ¿no? Y la imaginación es parte de la inteligencia. No creo que madurar mentalmente signifique dejar de lado la imaginación. Yo me la he pasado a toda madre en El Desván del Abuelito.

-Tienes un buen punto, güey… -admitió Renato-. Pero la verdadera imaginación puede concebir historias extraordinarias que sean realistas. Cualquier pendejo puede ponerse a pensar en unicornios y en dragones y ponerlos a hacer mamadas sin ningún sentido. Es más, la mayoría de las películas de fantasía y ciencia ficción tienen bien poca imaginación, güey: todas son iguales. Bueno, me gustan las de Volver al futuro pero porque siempre las veía de niño, no porque crea que en realidad son muy buenas… ¿Alguna vez has tomado cursos de apreciación cinematográfica? ¿O de historia del cine? Pues yo sí, güey. Y lo que les estoy diciendo es lo que opinan los que saben. Chale, mínimo léanse un buen libro de crítica cinematográfica, para que aprendan a distinguir lo que es bueno y lo que no.

-No necesito que nadie me enseñe lo que me debe gustar… -dijo Bilcho muy grave.

-Bilcho tiene razón -lo secundé-. Además, para gustos se hicieron los colores.

-Sí, güey -dijo Renato dando por terminado el debate-. Pero hay mucha gente daltónica.

El autobús se detuvo y Renato y yo bajamos; Bilcho seguiría su camino hacia la casa y después nos veríamos en El Desván del Abuelito.

-A mí me gusta el buen cine mexicano que se está haciendo ahorita.- continuó Renato, más a sus anchas sin la presencia de Bilcho -A huevo, es una pinche exageración hablar de “auge” como dicen los pinches pendejos de la televisión. Pero se hace una o dos películas chingonas al año, güey. Lo único que no me gusta es que todas las pinches películas mexicanas son de pobreza y miseria y luego los extranjeros piensan que todos somos nacos.

-¿Sabes qué peli me gustó?- le dije –Y tú mamá también.

-¡A huevo! Esa película está chingonsísima. Puta, me acuerdo… Yo la vi cuando tenía… como catorce años.

-Sí, yo también. No nos dejaron entrar a verla al cine y todos hablaban mucho de esa peli. Decían que había mucho sexo y eso. La vi a escondidas porque mi hermano mayor me la roló. ¡Me acuerdo me dejó bien caliente!

-Pero esa peli es mucho más que eso, güey.

-Sí, ya sé. A mí me latió bastante.

-¿Sabes qué es curioso, güey? Que esa película le gustó a todos los menores de treinta y todos los mayores de treinta la odiaron. Es una película de generación. De nuestra generación.

-Ei…

Llegamos al salón y tomamos la clase, al término de la cual Renato trató de convencerme de ir al antro con él en vez de acompañar a Bilcho al cine. Le dije que no sería correcto dejar mal a mi amigo y que cualquier otro día podríamos irnos de juerga si él quería. Me dijo que yo era un teto y nos separamos; después de todo sí llegué a El Desván del Abuelito a ver a Victoria Vetri en bikini de piel.

-¿Y cómo estuvo tu película? -me preguntó Renato la tarde siguiente, en la clase de música.

-Muy chida -dije rememorando a las cavernícolas escasamente vestidas y la pachequiza de la noche anterior-. Me divertí mucho.

-Ja, ja, ja. Pos eso espero, güey. Yo me la pasé de huevos. El antro estaba bien chingón, güey, bien fresa. Conocí a unos güeyes poca madre. ¡Y las viejas, güey, las viejas! ¡Esas sí son mujeres!

-Pues qué bueno que te hayas divertido.

-No mames, güey. Hubieras ido. Yo voy a regresar hoy, vente conmigo.

-Mmm… Bueno, podría ser…

-Ándale, güey. Te la vas a pasar chido… Sólo ponte algo de ropa buena…

-Ja, ja, ja. No tengo. No poseo más que la ropa con la que me vine de Ciudad Plana, y algunas playeras que me he comprado en el mercado.

-Chale, güey. Con razón siempre te veo todo pandro. ¿Pues que no te gusta vestirte bien?

-No es mi prioridad.

-Pos debería serlo. A mí sí me gusta vestirme bien. Es lo que nos hace diferentes de los nacos. La gente te trata como te ve, güey.

-Bueno, obviamente si tuviera el dinero me compraría buena ropa, pero como no tengo mucho, prefiero gastarlo en sobrevivir y divertirme.

-Pos para eso hay que tener lana, güey. Para eso hay que trabajar y dejarse de mamadas. ¿Pues que no quieres vivir bien? ¿Quieres andar todo pandroso el resto de tu vida?

-Obviamente que no, Renato. Pero mira, en este momento de mi vida no necesito de esas cosas. Yo estoy en un viaje… pues… como para descubrirme a mí mismo… o más bien, construirme a mí mismo… O algo así.

-¡Pero eso es lo que son mamadas, güey! Mírame, yo me estoy tomando un año para viajar, conocer gente y todo eso, pero no dejo de cultivarme y aprender. En cada ciudad que visito obtengo un diploma con valor curricular, ¿ves? Y no me falta el dinero. Chale, no hubiera hecho esto si iba a estar pasando penurias como tú. Ya una vez pasé tiempos muy culeros.

-¿A qué te refieres?

-Pos con lo de la crisis del ‘94. Mi viejo perdió su chamba y estuvimos bien jodidos, cabrón, en la calle de la amargura. Tuvimos que dejar nuestra casa e irnos a vivir a un pinche barrio jodido. Tuve que cursar la mitad de la primaria en una escuela pública, cabrón.

-Pero ahora le va muy bien a tu familia, ¿no?

-Pos sí, güey. Mi viejo consiguió chamba en el gobierno de la ciudad y desde entonces nos ha ido a toda madre. Pero chale, güey, me acuerdo de esos años en que vivimos en la jodidez y no dejo de prometerme a mí mismo que nunca me va a tocar vivir así otra vez. Yo voy ser rico, cabrón. Voy a cagar lana.

-Y a todo esto, ¿a qué te piensas dedicar?

-Quiero ser productor musical.

-¿A poco?

-Sí, güey. Quiero producir bandas chingonas, trabajar en una disquera y hacer mucha lana. Incluso puedo producir a algunas bandas de rock, porque eso es lo que vende. Aunque lo que en realidad me gustaría sería producir jazz o trova… en fin, cosas chingonas. Claro que para poder darme el lujo de hacer eso tendría antes que producir pendejadas que me dejen dinero. El tío de un amigo trabaja en la disquera de TV Azteca y él me va a abrir el camino.

-Vaya, veo que lo tienes todo planeado.

-Así tiene que ser la vida, güey. No puedes andar por el mundo dejando que te lleve la corriente. Es como tu amigo Bilcho, güey. Ese cabrón es bien loser.

-No, gallo, pérate tantito -le dije-. Bilcho es mi amigo y es un cabrón al que admiro mucho. Yo creo que él sí sabe sobre la vida.

-No mames, güey. ¡Qué va a saber ese cabrón! ¿A los veintidós años y todavía vivir en una pocilga? ¿Trabajar en un circo de ratas? ¿Ser DJ? No mames, güey. O sea, sé que es buena persona y hasta me cae bien, pero eso no le quita lo loser. A su edad ya debería estar estudiando una carrera.

-Es que tú no entiendes, Renato. La vida no es sólo tu carrera. Hay muchas otras cosas más…

-No mames, güey. Esas son mamadas. Es idealismo pendejo. Y por ese idealismo pendejo, luego los hijos sufren… -Renato calló unos segundos. –Además, esa gente que dice que se dedica a disfrutar de la vida no podría existir si los demás no trabajáramos. Si todos nos dedicáramos a pendejear como tu cuate, ¿quién pagaría la entrada al antro en el que trabaja? ¿Quién le dejaría propina en el circo o en el restaurante? Es como los pinches jipitecas, güey. Mucho vivir la vida y no trabajar, pero ¿de qué viven? De las limosnas ¿A quién le venden sus pendejaditas que fabrican? Pos a la gente que trabaja y tiene dinero. ¡Todas ésas son mamadas…! Pero ya mejor nos metemos al salón, porque ya vamos tarde, ¿no?

-Vamos pues… -dije con un suspiro.

Renato no terminaba de caerme bien, pero no podía evitar sentirme atraído por su personalidad. Estaba en desacuerdo con casi todo lo que él expresaba, pero apenas me atrevía a contradecirlo. Nuestras conversaciones eran sobre todo monólogos suyos y estaba tan seguro de sus propias opiniones como si fueran verdades absolutas. Creo que quizá me mantenía cerca de Renato porque él tenía una perspectiva de la vida distinta a las que había encontrado desde que escapé. Por eso decidí acompañarlo esa noche a aquel antro del que tanto hablaba. Después de la clase de música, fui con él a su departamento, allí me prestó una camisa y me dio unos tips para peinarme con decencia. Acto seguido, salimos para la Zona.

-Pues mira, Renato -le decía mientras caminábamos por el bulevar-. No creo que haya cosas que tengas que leer. Es decir, yo por un momento pensé así, pero eso me estresaba mucho. Debes leer lo que quieres, lo que disfrutas.

-No, güey. Primero hay cosas que debes leer. Cuando las hayas leído podrás leer lo que quieras.

-¿Que debes leer para qué?

-Pos para ser culto, güey. Para leer pendejadas, mejor ni leas. Es como la gente que se cree que mucho porque ha leído todos los libros de Dan Brown y Paulo Coelho. No mames. Un lector de best sellers es peor que un analfabeto funcional… Y tú ¿que no quieres ser culto?

-Pues no sé, Renato. Yo sólo leo porque me gusta. Y hasta hace poco ni me gustaba. Creo que debes hacer algo por el placer de hacerlo, y no porque creas que alguien te va a pedir cuentas al respecto… o eso me han dicho.

-Mira, Diego, yo te he visto. Creo que tienes mucho potencial. Eres inteligente, aprendes rápido y sabes defender tus puntos de vista. No te rías, es en serio. Tú tienes mucho potencial de ser culto. No más tienes que dejar de ver películas pendejas y de escuchar música pendeja y de leer libros pendejos…

-No sé… A mí no me interesa “ser culto”, yo lo único que quiero es… ¿estás bien?

Renato se había llevado las manos al vientre y se doblaba como dominado por un dolor atroz.

-Me duele mucho el estómago -dijo.

-Déjame te reviso.

Renato se levantó la camisa y le palpé el abdomen.

-¿Te duele si te aprieto?

-No, me duele se me dejas de apretar…

Alguien del otro lado de la calle nos gritó -¡Hey! ¡Para eso hay hoteles!- y justo en ese momento Renato cayó al piso, retorciéndose y gritando en agonía.

-Tienes apendicitis -dije y de inmediato saqué el celular de Renato del bolsillo de su pantalón y llamé a emergencias.

-Que no me lleven al Seguro Social, porque ahí seguro me muero -gimoteaba Renato-. Que me leven al mejor hospital privado. El dinero no es pedo… -y de nuevo gritaba de dolor.

Llegó la ambulancia y en seguida se llevaron a Renato al hospital de Santa-no-sé-qué-chingados. No me dejaron ir con él en la ambulancia, así que tuve que tomar una sucesión de autobuses urbanos para llegar. Una vez en la clínica, pregunté a las recepcionistas por mi amigo; lo habían ingresado al quirófano y no podría verlo sino hasta la mañana siguiente. Entonces recordé que aún tenía su teléfono celular y, buscando entre los números que ahí estaban registrados, marqué al que estaba bajo la etiqueta “Papá”.

-¿Bueno? ¿Hablo con el papá de Renato…?- No sabía su apellido.

-Sí, ¿quién habla?

-Soy un amigo de su hijo…- y le expliqué la situación. El papá de Renato me pidió toda la información pertinente, que le proporcioné tan bien como pude; al final me dio las gracias y colgó. Supuse que él se encargaría de resolver todos los asuntos pendientes con el hospital y, considerando innecesaria mi presencia ahí, me fui a casa.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | 2 comentarios

34. Pinches huaches

Índice
Capítulo anterior

            -¡Malitos huaches!- llegó gritando mi padre y se sentó a la mesa. –Ya está llena la ciudad de ellos. Por eso hay tanta inseguridad. ¡Malditos huaches!

            -Mi amigo Jorge es del DF -señalé, mientras la muchacha me servía papas con acelga.

            -Pero él lleva aquí viviendo toda su vida. Es más yucateco que nada.

            -Igual a mí me castran -dijo Sergio-. Se creen la gran caca y siempre se están burlando de nosotros. Además, manejan de la chingada.

            -¡Sergio! -exclamó mi madre, a quien no le gustaba que dijéramos groserías en su presencia.

            -Pues es la verdad. Y luego con sus calcomanías de “I Love DF”. Son súper huiros. Ojalá fuéramos todavía un país independiente.

            Ricardo rió por la nariz –Eso es una reverenda ridiculez.

            -¿Por qué? -preguntó Sergio.

            -¿Hablas en serio? ¿República de Yucatán? ¿Y de qué va a subsistir? ¿De henequén? Éste es uno de los estados más retrasados del país. En todo: cultura, sociedad, economía, ciencia…

            -¡Es que tú amas a los huaches!

            -No, no los amo. Son igual de ridículos que los yucatecos. Igual de provincianos. Creen que todo lo debemos hacer como ellos, hablar como ellos y ser como ellos. ¿Sabes qué? El problema no son los yucas, o los huaches. Todo este pinche país es una ridiculez. Ojalá se lo cargara la chingada.

            -¡Ricardo! -vociferó mi padre.

            -Disculpen. Ya me voy -dijo, se levantó de la mesa y se fue de la casa.

            Sergio se reía –¿Y a éste qué mosca le picó?

            -Éste tu hijo tiene unas ideas…- dijo mi madre y luego empezó a hablar de sus amigas del tenis.

            -Tiene razón Ricardo –dije-, todo es una ridiculez -pero nadie me hizo caso.

Capítulo siguiente

Publicado en La Ciudad de las Palmeras | 1 Comentario