53. Sian Ka’an

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Nos adentramos en la oscuridad y la espesura. Aunque había luna, su luz era velada por el follaje y no podíamos ver nuestro rumbo. Yo tanteaba con los pies para asegurarme de seguir en el sendero mientras Cristal me tomaba la mano y caminaba sin miedo

            -¡Auch! -se escuchó de pronto entre las tinieblas- ¡Suputamadre, ya me desmadré!- era la voz de Bilcho, que al momento prendió su encendedor y nos dejó ver una gran piedra contra la que había aporreado malamente el pie.

            -¿Estás bien? -le pregunté- ¿Te reviso?

            -No te preocupes, Doc. No más fue el dolor… ¿Oyen eso?

            Guardamos silencio; entre la maleza se escuchaban susurros incomprensibles.

            -¡Hey, ¿quién está ahí?! -llamó Cristal, pero sólo nos respondieron los susurros-. ¡Ay! -exclamó ella de pronto-, Algo me cayó encima.

            -¡Ora, ora, ora! -gimió Bilcho- A mí también.

            Sentí un objeto pequeño y duro estrellarse contra mi frente y con un rápido movimiento lo atrapé antes de que cayera al piso.

            -¡Eia! Son piedritas -anuncié.

            -¡A huevo! -eurekó Bilcho- ¡Son aluxes!

            -Eso no existe -Wiki disimulaba mal el nerviosismo en su voz- Debe ser algún bromista.

            -¡Ay! -repitió Cristal -Pues sea lo que sea, vámonos de aquí.

            -No, no -dijo Bilcho- Si nos movemos los aluxes nos van a extraviar en la selva…

            -¡Tonterías! -gritó Wiki, apretando su voluminoso cuerpo contra el mío y el de Cristal.

            -Sólo vámonos –insistí-. Si nos quedamos el sendero no nos perderemos.

            Seguimos nuestro camino con cautela, ignorando lo mejor que pudimos las pedraditas y los susurros, que se fueron desvaneciendo hasta desaparecer por completo. No quise que los aluxes ni la posibilidad de ser mordidos por una serpiente o devorados por un jaguar o asaltados por algún bandolero montaraz extinguiera mi deseo de absorber la experiencia. Debimos caminar por lo menos un par de horas, porque la luna llegó al cenit y desde allí nos alumbró un poco.

            -¿Huelen eso? -dije al sentir un aroma familiar en el ambiente.

            -Sniff, sniff… Sí, lo huelo… Es…

            -¡¡MOTA!! -gritamos los cuatro al unísono.

            -“Sigue el humo y llegarás a la civilización” decían en scouts –nos ilustró Cristal- ¡Vamos!

Con las narices al aire rastreamos el origen de la sagrada fragancia, primero siguiendo la ruta del sendero, pero después nos atrevimos a saltar hacia la maleza.

-¡Veo luces! -avisó Bilcho y en efecto detrás de unos árboles cercanos se podía distinguir el resplandor de una fogata.

Pronto llegamos hasta un claro en la selva en el que una casa de campaña bastante grande había sido montada a unos metros de una hoguera frente a la que dos muchachos veinteañeros se encontraban sentados. Uno de ellos era muy delgado, güerucho y greñudo; el otro era más alto y ancho de hombros, de pelo negro y corto y barba al estilo Abe Lincoln.

-Wazzaaaaa -saludó el güero, obviamente grifísimo, al vernos emerger de la selva.

-No mames, güey -dijo el de pelo negro- ¿Tú también ves a esos güeyes?

-Sí… no me digas que tú no…

-Pos sí, por eso te pregunto…

-¿Ah?

El de pelo negro se empezó a reír de forma incontrolable –No mames, estamos bien drogados- su amigo se le unió en un dueto de carcajadas envueltas en humo.

Después de un par de minutos, volvieron a reparar en nosotros.

-No mames, no mames… -dijo el güero- Éstos siguen acá. ¿Qué pedo?

-Caón, vengan a sentarse con nosotros, me están malviajando allá parados con cara de fantasmas…

-Chinga, macho, ya volvimos a eso.

-¿Qué cosa?

-Lo de los fantasmas, güey, nos estábamos cagando de miedo hace rato…

-Ah, sí, caón, no mames… Pero ya lo habíamos superado, ¿no?

-¿Y cómo le hicimos?

-¡No sé! -y los dos volvieron a doblegarse de la risa.

-No, ¿pero sabes qué sí da miedo? -dijo de pronto el güero.

-¿Qué?

-¡Mufasa!

-Uuuuuuuu… ¡Dilo otra vez!

-¡Mufasa!

-Uuuuuuuu… ¡Otra vez!

-¡Mufasa! ¡Mufasa! ¡MUFASA! Buajajajajajajajajajaja.

-Jajajajajajajajajaja. Me estoy cagando de miedo. Jajajajajajajajaja.

De nuevo regresaron desde la risa, no sin mucho esfuerzo y de nuevo repararon en nosotros.

-Oye, ahí siguen ellos -dijo el de pelo negro.

-Vergas, macho, llevan como horas ahí…

-Sí, ya hay que decirles que pasen…

-Ei, me dan miedo ahí, parecen fantasmas…

-Sí… ¡No mames, caón, ya pasamos por esto un chingo de veces!

-No… ¿o sí?

-¡Coño! ¡Qué pasen a sentarse! -gritó el de pelo negro para no enredarse en otro callejón sin salida -El fuego está rico y tenemos un chingo de galletas y duvalines.

Aceptamos su invitación. Con no poco esfuerzo logramos sacar una conversación más o menos coherente de estos cuates. Eran de Ciudad Plana y habían ido a acampar a Sian Ka’an, equipados con un chingo de mota, libros y provisiones para el munchis.

-Pueden llamarme Kuki -dijo el de pelo negro- Aquí mi carnal es Jay.

-Y… ¿son pareja?- pregunté de buena fe.

Los dos se medio alteraron, sonrojaron y al final se rieron –No, somos cuates, no más…- aclaró Kuki.

El par resultó ser a toda madre. Jay era muy ocurrente e imaginativo y tenía ideas bien locochonas sobre casi todo. Kuki a veces se clavaba en rollos muy profundos y metafísicos. Ambos se las daban de conocedores de música, cine y literatura, por lo que se armó muy chida la conversación, más con mis tres compañeros de viaje que conmigo, aún muy verde en tales materias. Llevaban una pachequiza de tantos días que ellos mismos perdieron la cuenta; habían comprado exactamente mil varos de mota para ese viaje. Generosos y buena onda, nos convidaron y nos invitaron a dormir en su tienda. En cuanto le di el primer toque me relajé y el cansancio de los últimos días me cayó de golpe; en seguida me fui a dormir y Cristal, Bilcho y Wiki, no tardaron en seguirme. Creo que Jay y Kuki se quedaron pachequeando toda la noche.

Me despertó el canto de infinidad de pájaros y el brillo del sol que traspasaba la lona de la tienda. Salí y hallé a nuestros dos nuevos amigos, aún fumando y filosofando frente a las ascuas que quedaban de la hoguera. Me invitaron a unírmeles y lo hice. Poco después se apareció Bilcho.

-Nada como el olor de la mota por la mañana -dijo emergiendo de la tienda- Huele a victoria.

Cuando todos estuvimos de nuevo en círculo, rodeados e inundados de humo, nos dedicamos a charlar. Como desayuno tuvimos unos panqueques “especiales” elaborados por nuestros anfitriones. Jay y Kuki nos recomendaron salir a explorar la selva que, según ellos, estaba llena de aves y bichos; si teníamos suerte podríamos ver hasta un venado. Había también cantidad de ruinas mayas desperdigadas por aquí y por allá, y estaba la zona arqueológica de Muyil, en algún lugar hacia el norte. El siempre precavido Wiki tenía una brújula y nos propuso caminar hasta dar con la mítica ciudad. Nos pareció buena idea.

Fue al ponerme de pie que me di cuenta de lo grifo que estaba; la sensación aumentó con la caminata por la selva. Pocas veces había estado pacheco durante el día y nunca en un ambiente con tantos estímulos. El sol brillaba como la piel de un jaguar a través del follaje de los árboles; las hojas de las matas emitían un tenue resplandor esmeralda; el murmullo de los pájaros y el rumor de agua cercana se oían con toda claridad y no había forma de adivinar su procedencia.

-¿Y si nos perdemos? -dije.

-No nos perderemos si seguimos el compás -aseguró Wiki.

-No, digo… No estoy preguntando, estoy proponiendo: perdámonos.

-¿Qué quieres decir?

-Que no caminemos en línea recta hacia el norte como sugiere Wiki. Digo que nos perdamos, que paseemos sin rumbo ni meta por la selva, sin preocuparnos por llegar o no a Muyil a tal o cual hora. Debe haber toda clase de maravillas. Perdámonos.

-Me gusta la idea -secundó Cristal.

-A mí no -advirtió Wiki-. Podríamos perdernos de verdad, en mal plan.

-Corramos el riesgo -dije yo.

-Preferiría no hacerlo -reiteró Wiki.

-Ya, ya, Wiki, no la hagas de tos -intervino Bilcho-. Mira, mi chavo, yo te acompaño a Muyil por el sendero, que de todos modos me duele el pie y no me quiero arriesgar a otro tropezón. Deja que Lorenzo y Pepita hagan lo que les dé la gana, que no han tenido un momento a solas en todo este viaje. Además, están tan hasta el huevo que seguro cuando regresemos los encontraremos a menos de diez metros de donde los dejamos. ¿Va?

Wiki finalmente aceptó y se fue con Bilcho en busca de la ciudad perdida. Al encontrarnos solos, rodeados de jungla y de esplendor, de sonidos, aromas y visiones, Cristal me sonrió y me dio uno de sus mejores besos. Entonces echamos a correr por la espesura, sin dirección ni objetivos, mientras el efecto de la marihuana fumada y comida florecía dentro de nosotros.

Después de muchos vericuetos y sin darnos cuenta, llegamos a una playa. No lo pensamos dos veces, nos despojamos de nuestras ropas y corrimos hacia el mar. Para cuando me percaté de que había otros bañistas había perdido todo dejo de vergüenza por mi cuerpo desnudo.

-¡Mírenme! –grité- ¡Estoy desnudo! ¡Estoy en el paraíso! ¡Ésta es mi chica! ¡Estoy vivo! ¡ESTOY VIVO! -Reí como un frenético y Cristal me acompañó.

Conversamos con algunos otros campistas que andaban en el mar y por la playa. Había gente de todos lugares, de Europa, de Canadá, de Estados Unidos, de Sudamérica, de la India, de Australia… Al poco rato los dejamos y seguimos explorando.

Encontramos algunas pequeñas estructuras mayas en ruinas de vez en cuando, lo que me hizo sentir como un salvaje que corría libre y desnudo en un futuro postapocalíptico y en un lugar donde antaño se había levantado una gran civilización. Pero tras muchas vueltas y retuerzos, a media tarde, no sé cómo, llegamos a Muyil.

Me quedé estupefacto ante la belleza de la pirámide que se imponía ante nosotros. En reverencial silencio recorrimos con calma y asombro los restos de la milenaria ciudad y la ribera de la laguna vecina. Después nos alejamos poco a poco, sin atrevernos a dar la espalda a la ciudad, y nos internamos de nuevo en la selva. Tras una caminata sin rumbo llegamos a un claro, Cristal se desnudó y me dirigió la mirada más poderosa que me había dedicado en todo el tiempo de conocerla. La obedecí.

Después de hacer el amor, aún drogados, yacimos desnudos en la hierba, contemplando cómo los rayos del sol se debilitaban entre las copas de los árboles.

-Chinguen a su madre -dije, no sin temor de quebrantar el silencio perfecto que habíamos respetado –Chinguen a su madre todos aforismos, todas las máximas y todos los refranes, todas las citas y jaculatorias, todos los proverbios, sentencias y versículos. Todo lo que necesitas es amor. Ésa es la neta. Todo lo que necesitas es amor -entonces me volví hacia Cristal –Te amo.

Ella me sonrió como se le sonríe al niño que dice algún curioso disparate –No seas tontito -y me abrazó.

Entonces sentí los piquetes de las hormigas. Me levanté con un grito de dolor y empecé a agitarme como loco para quitármelas de encima. Cristal sólo se reía de mi frenética danza.

-¡Échate al agua!

-¡No! ¡Hay cocodrilos!

Ella siguió riendo hasta que me sacudí el último de los bichos. Ya en la penumbra del atardecer, nos vestimos y proseguimos la marcha. No sé por qué milagro volvimos a alcanzar el campamento de Jay y Kuki, donde ellos, Bilcho y Wiki, nos esperaban frente a la eterna fogata y dentro de la eterna neblina de mota.

-¡Qué once! -saludó Jay- Pásenle a lo barrido, tenemos hierbas y hartos bocadillos… Oye macho -se volvió hacia Kuki-, ¿No acabamos de pasar por esto?

-No, güey, eso fue ayer… creo.

-Ah, pos no importa, pásenle, pásenle.

Nos integramos a la tertulia que después de la sesión de chistes pasó a la ronda de historias de terror y, por alguna razón, terminamos jugando botella.

-¿Que acaso tenemos trece años? -protestó Wiki, pero nadie le hizo caso.

La botella empezó sometiéndonos a ridículos castigos, pero pronto nos dio hueva movernos de nuestros lugares y nos quedamos con las confesiones sentimentales y sexosas. Wiki resultó tener una vida sexual con más currículo de lo que aparentaba su nerdesca actitud ante la vida, pero de Bilcho no pudimos averiguar nada porque el destino no quiso que la boca de la botella apuntara hacia él. Yo me sentía avergonzado de no tener mucho que contar y temía que Cristal me juzgara un simplón ignorante de la vida. Más tarde que temprano llegó el turno de ella; Kuki le preguntó alguna vez ella había estado en un trío. Respondió que sí.

-Pues sí… je, je, je… Fue cuando tenía diecisiete… después de una fiesta a la que llegué de colada con una amiga mía. Je, je… Esta amiga nunca había hecho nada lesbi… no sé cómo… El caso es que el lugar en la que se hizo la fiesta resultó ser de un vatito a toda madre, y cuando todos se fueron nos quedamos sólo los tres y… pues habíamos bebido mucho… je, je, je. Y ahí estuvimos. Recuerdo al hombre, tenía como veinte años, era muy alto y delgado pero musculoso, con cuerpo de gimnasio, con muchos tatuajes… y era un tipo muy interesante, tocaba en una banda y escribía cuentos bien azotados.

Pacheco como estaba, no pude evitar malviajarme de celos con la descripción de ese espécimen de hombre que ella recordaba tan bien y que la había seducido al punto de convencerla de tener sexo con él y otra mujer. Ese tipo era todo lo que yo no era y Cristal sólo me lo restregaba en la cara, como también me restregaba en la cara una experiencia que, al no tenerla yo, me hacía sentir como un loser. Me levanté y me fui de allí, deseando que Cristal notara mi molestia y me pidiera que no me marchara, pero ella hizo caso omiso. Lo último que escuché fue que Jay le preguntaba detalles de su interacción con la otra chica.

No sé cuánto tiempo estuve vagando en la oscuridad carcomido por celos y marihuana. Una nausea fría me roía el pecho y yo sólo deseaba con todas mis fuerzas que el efecto de la droga se esfumara. En vano esperé a que Cristal o alguien más fuera a invitarme de nuevo a la reunión, pero todos parecían estar muy bien sin mí.

Cuando volví parecía que nadie había notado mi partida, pues la botella giraba de nuevo. El pico apuntó hacia Jay y él se volvió hacia su compañero, lo miró con ternura y le dijo:

-Te amo, Kuki.

Se dieron un besuqueo intenso que se prolongó sin atisbos de un final. Entonces Bilcho señaló que ya era tiempo de dormir y entramos en la tienda de campaña, dejando a los dueños afuera.

El malviaje no dejó que me durmiera pronto, sino que al no tener nada más en qué pensar, sufrí de insomnio por largas horas. Cuando me dormí, soñé que Kuki y Jay hacían un trío con Cristal.

Ya había amanecido cuando me despertó el zumbido de sierras y el estruendo de árboles que caían. Como yo estaba acostado junto a la entrada de la tienda de campaña, fui el primero en salir. Junto a los restos de la fogata permanecían Jay y Kuki, muy separados el uno del otro y tan desorientados como yo. Poco después salieron los demás. Un árbol cayó a unos diez metros de nuestro campamento y entonces aves, venados, coatíes, mapaches, monos y algunos ecoturistas europeos pasaron huyendo. Tras ellos se apareció un hombrecito con pinta de godínez y poco después, derribando árboles a diestra y siniestra, apareció una máquina enorme, como un gigantesco cangrejo mecánico que en vez de tenazas tenía sendas sierras mecánicas circulares en la punta de cada uno de sus cuatro brazos; sobre las patas estaba colocada una plataforma cubierta por un domo de cristal y dentro de él estaban un hombre y una mujer vestidos con trajes de gala.

-Represento al Gobierno Municipal de Pantera Rosa -se presentó ante nosotros el hombrecito-. Les pido que abandonen pacíficamente este lugar. Todo este terreno pertenece ahora a Howard Ruby y la Viajera del Tiempo y están parados en su futuro campo de mini-golf.

-Pero, pero, pero –balbució Kuki-. Ésta es una reserva natural protegida.

-No voy a ponerme a discutir con un andrajoso. Además, el darle parte de una reserva natural protegida a un magnate extranjero será bueno para todos los habitantes de la Riviera Maya.

-¿Ah, sí? –dije- ¿Y cómo?

-Ah, pues por el Progreso.

-¿Y cómo funciona eso? -insistí.

-¿Cómo? ¿Te atreves a cuestionar el poder del Progreso? Ustedes son malos mexicanos, malos, que no quieren que el país progrese. Ahora, largo de aquí antes de que suelte a los policías. ¡Jálele!

Ayudamos a Jay y a Kuki a recoger el campamento y todos nos fuimos hacia la costa. Caminamos a lo largo de ésta hasta llegar a Punta Woody, en donde nos embarcamos de regreso a Pantera Rosa. Ahí nos despedimos de Jay y Kuki, no sin antes gallacearles un poco de mois. Estábamos tristes, exhaustos y medio drogados, pero todavía teníamos mucho camino por delante.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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