56. Esta gente

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Estaba haciendo cola, esperando a que me atendieran en la papelería, cuando una familia entró en el pequeño establecimiento. Madre, padre e hijo. El hombre estaba ataviado con sandalias de hule, pantalones de tela y una camisa desabotonada que dejaba ver su playera blanca sin magas. Venía haciendo aspavientos y hablando con improperios y amenazas. Olía a alcohol, con todo y que era media tarde.

La mujer, de falda floreada y blusa negra, agachaba la mirada y apenas murmuraba. El hijo, un chiquillo que seguro estaba en los primeros años de la primaria, vestía aun su uniforme de la escuela, excepto porque había cambiado sus obligatorios zapatos negros por unas chanclas. Estaba tan silencioso como su madre.

Al hombre no le importó la fila; pasó al frente del mostrador y exigió a la señorita una libreta con tales y cuales características. La empleada no pudo hacer más que obedecer a esa voz tan imperiosa. Tanto el cliente que estaba siendo atendido, como los demás que nos encontrábamos en la fila, nos perturbamos demasiado como para protestar.

-¿Estas son las que necesita?- le preguntó al hombre a su esposa cuando le entregaron las libretas; ella asintió en silencio.

-Si no son éstas, te vo’ a partir tu madre –sentenció el hombre.

Sin duda porque quería acabar cuanto antes, la señorita realizó la transacción de la forma más expedita. Al terminar, cuando ya estaban saliendo por la puerta, el hombre enfatizó la advertencia:

-Más te vale que ahora sí sean éstas, porque si no –hizo una pausa antes de decir cada palabra acompañada de un dedo amenazante  –te vo’ a partir tu madre.

Salieron y el lugar quedó en silencio. Miré a mi alrededor, en esa pequeña papelería del norte de la ciudad, bien iluminada y con aire acondicionado, sucursal de una cadena citapianense, cuyos dueños tenían una hija con la que yo estudiaba la prepa. Miré al puñado de personas que esperaba turno, todos con sus ropas cómodas y casuales, pero adquiridas en las mejores tiendas de los centros comerciales.

-Qué horror –dijo una señora que estaba frente a mí- ¡Cómo es esta gente!

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55. Pueblo de Palma

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            Vagabundeamos toda la mañana por Pantera Rosa y en la tarde tomamos un autobús con destino a Bacalar. Nos sentamos codo a codo en la fila de hasta atrás. Habíamos estado viajando alrededor de una hora, y yo contemplaba el paisaje por momentos selvático y por momentos cenagoso, cuando Cristal dijo:

            -¿Saben qué estaría chido? Visitar Pueblo de Palma.

            -Es buena idea -dijo Bilcho- Siempre he querido ir.

            -¿Qué hay de especial en Pueblo de Palma? -pregunté.

            ¡¿Especial?! ¡¿Especial?! -una señora muy güera, con pelos de escobeta, el ojo virolo y un hipil muy fino que estaba sentada adelante de nosotros y se había volteado para imprecarnos –Pueblo de Palma no tiene porqué tener nada especial. ¡Ja, estos burguesitos! Pueblo de Palma no es un parador turístico; si quieren algo “especial” para blanquitos sin consciencia, vayan a Xcaret.

            -Ah… ok -musité y Cristal y yo nos quedamos callados. Al cabo de un rato Cristal prosiguió:

            -Es un pueblito maya en medio de la ciénega. Dicen que es muy bonito y que la gente de ahí es muy amable.

            -¡Claro que es muy amable! -exclamó la güera otra vez metiendo su cuchara-. Son gente decente, gente pobre y trabajadora que no ha sido corrompida por la cultura urbana ni la moral clasemediera. ¡Y así debe quedarse! No necesitan que unos niños vacíos vayan a pavonearse ni a tratarlos como mexican curios.

            -Bueno, ¿y quién diablos es usted? -pregunté, irritado.

            -Soy antropóloga.

            -No me pinches diga. ¿Y por qué dice usted que estamos vacíos? Ni nos conoce.

            -Conozco a los de tu clase. Niños bien que no saben nada del mundo, que han vivido en burbujitas toda su vida y que un buen día quieren ir a dizque conocer la realidad y se ponen en plan de turistas para recorrer las sociedades indígenas con la misma seguridad y distanciamiento que los habitantes de un museo.

            -Oiga -dijo Cristal, muy molesta-. Usted no sabe dónde he estado ni las cosas que he vivido, así que por favor no nos juzgue sin conocer.

            -Ah, ¿crees que has vivido mucho, eh? Pues mira, te aseguro que nunca has comido frijol con cerdo de monte en una vivienda maya humilde. Una vez me encontré una cucaracha en mi plato de frijol, lo que me conmovió enormemente. Los mayas son personas de escasos recursos, pero tienen una generosidad infinita. Apuesto a que ustedes nunca han tenido una experiencia así.

            -Bueno, bueno –dije-. Pero, aparte de ser un montón de citadinos insulsos que nunca han tenido la epifanía de comerse una cucaracha, ¿de qué se nos acusa?

            -Pues de querer imponer su cultura y maneras a una civilización milenaria.

            -Nosotros no vamos en plan de imponer nada, ni que fuéramos conquistadores…

            -Ustedes son de la raza y de la cultura de los conquistadores, y por lo tanto participan de su misma culpa. ¡Deberían sentirse avergonzados! Todos los problemas de este país se acabarían si dejaran que las culturas indígenas prosperasen. ¡Todos los blancos de Yucatán deberían mayanizarse o largarse!

-¿Y usted de dónde es? –preguntó Bilcho.

-De Catalunya.

            -Oh… -intervino Wiki- Y supongo que la sociedad férreamente estratificada, la teocracia, las guerras fraticidas, los sacrificios humanos, la esclavitud y la misoginia estaban a todísima madre, ¿no?

            -¡Mentiras! Todas esas cosas que mencionas existen sólo en las sociedades occidentales. ¡Mis estudios demuestran que los mayas vivían en una utopía marxista-leninista!

            -Oiga –exploté- ¡Ya cállese!

            -¡¿Qué?! ¡De ninguna manera me voy a callar. No acallarán mi voz, que grita por todos los pueblos oprimidos de Mesoamérica. ¡Por mi raza hablará el espíritu!

            -¿De qué coño está usted hablando? -le dije.

            -Pa’ mí que hace rato que se le botó la canica -dijo Bilcho.

            -¡¿Cómo te atreves?! -exclamó la güera, muy indignada –Nunca me habían insultado de esa manera tan misógina y clasista.

            -Pues ya iba siendo hora -dije.

            -Chavales estólidos. ¡Ya verán! -dijo furiosa, se levantó de su asiento y se fue caminando hacia la parte delantera del autobús. En menos de dos minutos el camión se detuvo y el conductor se acercó a nuestro asiento.

            -Jóvenes, les voy a pedir que por favor se bajen del vehículo.

            -¿Qué? ¿Y por qué? -preguntó Cristal.

            -Me dijo la doctora que la estaban insultando y pos yo no puedo permitir eso, así que por favor bájense sin hacer escándalo.

            De nada sirvieron súplicas ni alegatos, el camionero nos obligó a bajar con todas nuestras cosas y ahí nos quedamos parados en medio de una carretera vespertina flaqueados por ciénaga y maleza.

            -Bueno -dijo Bilcho-, esto no lo vi venir.

            -Pinche vieja turulata -rumié.

            -Pues ni pedo dijo Alfredo -opinó Bilcho-. Aprovechemos que estamos donde sea que estemos y vamos a ver qué descubrimos por estos lares.

            -De hecho -anunció Cristal-, creo que estamos muy cerca de Pueblo de Palma.

            -Eso sería una feliz coincidencia -dijo Bilcho- ¿Pero en qué dirección?

            Por dedazo decidimos seguir hacia el sur. Conforme avanzábamos, la ciénega se descubría en toda su extensión a ambos lados de la carretera y cada vez menos árboles entorpecían la vista. Algunas garzas y otras aves acuáticas picoteaban el lodo o se elevaban formando elegantes uves. De vez en cuando algún tolok cruzaba frente a nosotros. Al cabo de unos minutos de marcha llegamos a la intersección de la carretera con un camino de terracería, y allí se alzaba un letrero borroso y oxidado que anunciaba “Pueblo de Palma, 1 Km”.

            Una estrecha lengüeta se internaba en el humedal como un camino sobre el agua. Después de un rato de marcha llegamos al pueblo; éste se erigía sobre una isleta casi perfectamente circular rodeada por la laguna en todas partes excepto en el punto donde se conectaba con el camino. Poco más de una veintena de viviendas mayas se ordenaban alrededor de una pequeña explanada central. Algunos niños semidesnudos jugaban a patear una botella vacía de Coca-Cola, y un perro malix saltaba de un lado al otro siguiéndoles el juego. También había algunos pavos y gallinas paseándose libres. Unas cuantas personas más se veían realizando diversas actividades.

            -Buenas tardes, disculpe… -le dijo Cristal a un joven que pasó llevando un colgajo de pescados al hombro –Estamos buscando alojamiento y comida… Vamos a pagar, por supuesto…

            -Ah, sí. ‘Péreme tantito -contestó el joven con una sonrisa y se alejó.

            -Oigan –dije- ¿Y si esa señora tenía razón? ¿Y si estas personas no quieren ser molestadas y nosotros nada más andamos de impertinentes?

            -No te preocupes, Doc.- dijo Bilcho –Es normal que venga gente a hospedarse a Pueblo de Palma. Tengo entendido que significa un dinerillo extra para la gente de aquí y eso no les cae nada mal.

            Entonces una señora de unos cuarenta y tantos años se nos acercó –Buenas tardes, jóvenes. ¿Están buscando dónde quedarse?- nos preguntó muy sonriente y amable.

            -Sí, señora -respondió Cristal.

            -Pueden quedarse en mi casa. ¿Hasta cuándo querían?

            -Mañana nos vamos.

            -Ah, bueno. Vengan por acá. Si gustan también tenemos paseos en lancha por la ciénega y excursiones a la selva, donde todavía se ven los antiguos campamentos chicleros…

            La mujer nos guió hasta una casa que se diferenciaba del resto porque no era de estilo maya, sino que era un edificio relativamente alto y espacioso, cuadrado, de una planta y construido de cal y canto.

            -Esta casita debe tener sus buenos ciento cincuenta años -me susurró Wiki al oído.

            Dentro había poco más que una mesa de madera con cuatro sillas a su alrededor y muchas hamacas cruzadas unas sobre otras. En un rincón estaba una estufa directamente conectada a un tanque de gas y otra mesa con varios utensilios de cocina. En la esquina opuesta estaba el televisor de pantalla plana. Una puerta trasera daba a un patio en el que se podían ver algunos guajolotes, unos cuantos árboles frutales y el comienzo de un sendero que se perdía entre el mangle. Al escuchar un rumor me asomé al lado opuesto, hacia la explanada y vi que por el camino venía un muchacho guiando a un burrito que a su vez tiraba de una carreta repleta de hojas de palma.

-Ése es mi hijo el mayor, Jason. Mi marido ya ha de estar viniendo; él es uno de los líderes de la cooperativa -explicó la señora-. Siéntense, con confianza -nos invitó y la obedecimos.

Cuando el muchacho llegó a la casa, su madre le dio algunas indicaciones en maya y ambos salieron del edificio. Volvieron al poco rato, acompañados de un señor que llevaba en los hombros un pecarí muerto.

-Buenas noches -saludó el hombre con una sonrisa –Hoy vamos a cenar cerdo de monte.

-Buenas noches -saludó Cristal-. Por cierto, señor, mi nombre es Cristal. Estos son Bilcho, Wiki y Diego. Mucho gusto.

-Venancio Céh -dijo él, siempre cortés- Y mi esposa Petrona.

Taciturnos y circunspectos, sin saber cómo comportarnos en tal lugar y situación, tan sólo estábamos a la expectativa. Por suerte fue la familia la que rompió el silencio incómodo y se echaron a platicar largo rato. Don Venancio explicó cómo él y otros hombres del pueblo habían organizado la cooperativa para aprovechar el turismo.

-Si no lo hacemos nosotros, lo hacen los hoteles –nos dijo- Vieras a cuántos pueblos han estafado robándoles sus ejidos para hacer complejos turísticos. Tenemos que estar organizados.

La cena llegó y comimos todos juntos.

-¿Saben por qué se llama Pueblo de Palma? –nos preguntó Jason.

-Por el material con el que están hechos los techos –quise hacerme al sabihondo.

-Después de la guerra –explicó el muchacho-, el gobierno ordenó que sólo pudiéramos construir nuestros techos con hojas de palma, pero que tenían que ser hojas que se cayeran de los árboles de las ciudades de los blancos.

¿A cuál guerra se refería? No me atreví a preguntar. Unas horas antes, cuando decidimos ir a Pueblo de Palma, me había hecho a la idea de que conviviríamos con los mayas, que nos contarían sus historias, que aprenderíamos sus costumbres y que nos ganaríamos su amistad. Pero ahora me daba cuenta que en lo que contaban don Venancio y su hijo, aunque hablaban de forma amistosa, había también una advertencia, una lección para ser aprendida. Percibí que esas personas nos acogían porque significábamos una ganancia adicional y que estaban dispuestos a vendernos alojamiento y comida, que eran amables y alegres por naturaleza, pero nada más. No estaban ahí para entretenernos. Creí que si podíamos darnos a conocer, entonces sabrían que nosotros no éramos como esos imbéciles que llegaban a su pueblo a “convivir con los inditos”. Pero ¿y si nosotros también éramos justo así?

Observé el plato de frijol con pecarí. No contenía nada más que esos ingredientes. Moví el caldo en busca de alguna cucaracha, pero para mi alivio no había ninguna. Probé la comida; estaba deliciosa. Entonces observé a Cristal; su rostro delataba que estaba haciendo todo su esfuerzo por comerse la carne del inocente animalito para no ofender a nuestros anfitriones. Al parecer su multiculturalismo pesaba más que sus convicciones vegetarianas.

Bilcho se atrevió a tratar de aportar algo a la plática:

-Cuando veníamos para acá nos topamos con antropóloga que estaba un poquitín zafadiscos.

-¿Una muy güerita? -preguntó don Venancio.

-Ándele.

– Ah, sí. Es la doctora Lixa. Siempre viene por aquí –y añadió con una carcajada -Está bien loca.

-Y exactamente ¿qué hace por acá?

-No sé qué estudios de no sé qué vaciladas.

-¿Es muy molesta?

Don Venancio se encogió de hombros –Hasta eso: es medio simpática. Y muy amable. Siempre está diciéndonos lo bonito que está todo acá y lo bien que hacemos todo.

-Una vez -intervino doña Petrona-, mis hijos los más chicos la quisieron bromear y le pusieron una cucaracha en su plato. La doctora se puso a decirnos que estaba muy rico y que había sido la mejor comida que había probado y puras cosas de ésas.

-¿Cuántos hijos tienen? -preguntó Bilcho dispuesto a no perder la conversación que había logrado entablar.

-Cinco -contestó orgullosa doña Petrona.

-¿De qué edades?

-Jason, el mayor, tiene diecisiete. Luego está Jordan, de quince; Kimberly, de trece; Jenniffer, de diez, y Christian de nueve.

-Hace unos años mandé a mis hijos mayores a trabajar a Pantera Rosa -relató don Venancio-. Pero en ese lugar los jóvenes se echan a perder… Hay muchas drogas y muchas pandillas. Y en Playa la cosa está todavía peor… llena de narcos. Mejor que estén acá en su casa y crezcan como hombres de bien. ¿Verdá? -añadió dirigiéndome una extraña mirada.

-Sí, señor -respondí sumiso.

Terminamos de comer y salimos a dar una vuelta, aunque en realidad, siendo Pueblo de Palma tan pequeño, no había mucha “vuelta” que dar. Cuando caminaba por ahí, sentía que una niebla muy densa envolvía mi mente y mis sentidos y me impedía aprehender esa experiencia, tenue como un sueño escurridizo; toda aquella realidad era ajena a mí. Nos quedamos de pie apoyados en una albarrada, casi sin hablar más que para señalar obvias trivialidades.

-Es injusto -dije.

-¿Qué cosa? -preguntó Cristal.

-Todo esto… debería ser nuestro también.

-¿A qué te refieres?

-Esta realidad, la cultura, la lengua… ¡todo! Debería pertenecernos también. Pero nos lo han negado. La sociedad se ha encargado de arrojar este patrimonio lejos de nuestro alcance y ha construido un muro infranqueable para que no podamos llegar. Cuando queremos acercarnos a lo maya, que es nuestra raíz también, tenemos que viajar lejos, si no en la distancia, sí como a un universo paralelo. Y todo esto que tenemos frente a nuestros ojos, que debería ser parte vital de nosotros, lo vemos como algo ajeno. Quizá la doctora ésa tenía razón en algo: tenemos a los mayas como criaturitas de zoológico a las que sólo vamos a ver cuando necesitamos distracción. Y eso amén de la explotación y opresión a la que han estado sometidos por siglos…

Cristal me miró –Lo que tú quieres se llama apropiación cultural, Diego. Eso está mal, no seas tontito.

-Si de algo sirve -dijo Bilcho-, no es culpa nuestra.

No dijimos más y continué observando el pueblo en silencio. Sentado a la puerta de su casa, un anciano relataba algo en maya a un atento público compuesto de niños y jóvenes. ¿Qué historias les estaría contando? ¿Serían relatos vividos o aprendidos de sus mayores? ¿Qué encontraban los muchachos en aquellos cuentos?

Cayó la noche y no pudimos hacer más que ir a acostarnos. Los señores Céh nos dieron hamacas para cada uno, que se quedaron colgando atravesadas unas sobre otras a muchos niveles desde lo alto del cielo raso hasta casi a ras del suelo. La familia entera no tardó en unírsenos.

Dormí mal aquella noche. El viento traía los rumores de las criaturas que habitan la ciénega y los mosquitos del lugar eran los más voraces y violentos que mi piel hubiese conocido hasta entonces. Desperté en varias ocasiones y hubo un momento en que ya no pude volver a dormir. Salí al patio trasero y me senté en la albarrada a contemplar las charcas poco profundas que rodeaban el pueblo. Estaba comenzando a clarear cuando vi salir de la casa a don Venancio con su coa, su machete y otras herramientas.

-Buenos días -saludé.

-Buenos días, joven.

-¿Ya se va a trabajar?

-Sí. Hoy me toca ir a la milpa.

De forma tonta e impulsiva me atreví a preguntar -¿Puedo ir con usted?

-¿Para qué? -me preguntó muy extrañado.

Exacto, pensé, para qué. Me quedé callado un momento, lo que habría sido sabio si después no hubiese salido con mis babosadas.

-Disculpe, don Venancio, ¿usted cuál cree que sea el sentido de la vida?

El buen hombre río suavemente –Ustedes siempre me preguntas esas cosas. ¿Qué quieren que les diga?

Me sentí avergonzado.

-Mire, joven, yo me levanto todos los días a trabajar para darle de comer a mi familia. Todos los días regreso muy cansado, pero puedo estar con mi esposa y con mis hijos, irme a platicar con mis vecinos… Cuando salgo a trabajar yo sé muy bien por qué lo hago y qué me espera cuando llego a mi casa. Creo que los muchachos como ustedes se ponen a pensar en esas cosas porque no tienen un deber qué cumplir. No tienen una familia por la cual salir todos los días a partirse la espalda ni una casa a la cual regresar después del trabajo.

-Entonces… Usted, ¿es feliz?

Don Venancio me miró fijamente –Pos sí- respondió con sencillez.

-Pero… -me atreví a decir tras un instante- Y perdóneme que se lo diga, pero ustedes… pues… viven con pocos recursos… y a cada rato les quitan sus tierras y contaminan sus bosques y aguas… y tienen que construir sus casas con las hojas de palma de las ciudades… ¿No le da coraje? ¿No le gustaría que las cosas fueran distintas?

Don Venancio apartó los ojos de mí y los dirigió hacia la ciénega.

-Mis abuelos lucharon en Chan Santa Cruz.

Mis ojos se dirigieron hacia su machete y recordé que el pueblo que otrora fue Chan Santa Cruz no estaba muy lejos. Después miré la cara de don Venancio que parecía mirar hacia algo más allá de las lagunas. Vi en su perfil la furia de Jacinto Canek y la poesía del Popol Vuh, vi el ingenio de los constructores de pirámides y el valor de Nachi Cocom, vi la violencia de Cecilio Chi y la sabiduría de los que desentrañaron los secretos de las esferas… Y sentí a la vez esperanza y miedo.

-Ya me voy, ya es tarde -dijo don Venancio antes de desaparecer por el sendero que partía desde el patio y atravesaba las aguas.

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54. Lenguas

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Cuando tenía como nueve meses de edad, mis padres se fueron de vacaciones a un crucero por Europa que tardaría unos tres meses. Nos dejaron a mí y a mis hermanos por esas largas semanas bajo el cuidado de unas nanas y de una tía que sólo pasaba de vez en cuando por la casa para ver que no nos hubiésemos matado.

Mi  niñera se llamaba Carmen. Me cuentan que era muy joven y que yo era muy apegado a ella. Se encariñó conmigo y me mimaba en exceso.

Me han contado que, a su regreso, papá y mamá se emocionaron mucho cuando me escucharon balbucir algunas sílabas ininteligibles. “Pronto hablará”, se dijeron. Ese mismo día la joven Carmen se despidió de mí con lágrimas en los ojos, y mientras se alejaba yo repetía y lloraba “Na´, na´, na´, na´”, que a mis progenitores les pareció encantador.

Pero su optimismo se disipó cuando se dieron cuenta de que mi parloteo incompresible no cesaba y que parecía un lenguaje articulado, aunque incoherente, como el de un loco, o un poseso. Mi madre se puso histérica y decidió llevarme con un psicólogo infantil cuanto antes. Mi padre no creía en tales supercherías, pero con tal de evitarse la joda de discutir con mamá, aceptó.

            Al día siguiente me llevaron con el especialista. Éste ya había dictaminado sin mayor examen que lo mío no eran más que los balbuceos arbitrarios e incoherentes de un niño que dentro de poco aprendería a hablar, cuando de casualidad su secretaria señaló: “Ese chiquito está hablando maya”.

            En efecto, en los tres meses que había pasado con Carmen, había aprendido varias palabras y frases en su lengua natal, las primeras que pronuncié con mi tierna conciencia. Hoy, gracias a la educación que me brindaron mis padres, ya no recuerdo ninguna.

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53. Sian Ka’an

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Nos adentramos en la oscuridad y la espesura. Aunque había luna, su luz era velada por el follaje y no podíamos ver nuestro rumbo. Yo tanteaba con los pies para asegurarme de seguir en el sendero mientras Cristal me tomaba la mano y caminaba sin miedo

            -¡Auch! -se escuchó de pronto entre las tinieblas- ¡Suputamadre, ya me desmadré!- era la voz de Bilcho, que al momento prendió su encendedor y nos dejó ver una gran piedra contra la que había aporreado malamente el pie.

            -¿Estás bien? -le pregunté- ¿Te reviso?

            -No te preocupes, Doc. No más fue el dolor… ¿Oyen eso?

            Guardamos silencio; entre la maleza se escuchaban susurros incomprensibles.

            -¡Hey, ¿quién está ahí?! -llamó Cristal, pero sólo nos respondieron los susurros-. ¡Ay! -exclamó ella de pronto-, Algo me cayó encima.

            -¡Ora, ora, ora! -gimió Bilcho- A mí también.

            Sentí un objeto pequeño y duro estrellarse contra mi frente y con un rápido movimiento lo atrapé antes de que cayera al piso.

            -¡Eia! Son piedritas -anuncié.

            -¡A huevo! -eurekó Bilcho- ¡Son aluxes!

            -Eso no existe -Wiki disimulaba mal el nerviosismo en su voz- Debe ser algún bromista.

            -¡Ay! -repitió Cristal -Pues sea lo que sea, vámonos de aquí.

            -No, no -dijo Bilcho- Si nos movemos los aluxes nos van a extraviar en la selva…

            -¡Tonterías! -gritó Wiki, apretando su voluminoso cuerpo contra el mío y el de Cristal.

            -Sólo vámonos –insistí-. Si nos quedamos el sendero no nos perderemos.

            Seguimos nuestro camino con cautela, ignorando lo mejor que pudimos las pedraditas y los susurros, que se fueron desvaneciendo hasta desaparecer por completo. No quise que los aluxes ni la posibilidad de ser mordidos por una serpiente o devorados por un jaguar o asaltados por algún bandolero montaraz extinguiera mi deseo de absorber la experiencia. Debimos caminar por lo menos un par de horas, porque la luna llegó al cenit y desde allí nos alumbró un poco.

            -¿Huelen eso? -dije al sentir un aroma familiar en el ambiente.

            -Sniff, sniff… Sí, lo huelo… Es…

            -¡¡MOTA!! -gritamos los cuatro al unísono.

            -“Sigue el humo y llegarás a la civilización” decían en scouts –nos ilustró Cristal- ¡Vamos!

Con las narices al aire rastreamos el origen de la sagrada fragancia, primero siguiendo la ruta del sendero, pero después nos atrevimos a saltar hacia la maleza.

-¡Veo luces! -avisó Bilcho y en efecto detrás de unos árboles cercanos se podía distinguir el resplandor de una fogata.

Pronto llegamos hasta un claro en la selva en el que una casa de campaña bastante grande había sido montada a unos metros de una hoguera frente a la que dos muchachos veinteañeros se encontraban sentados. Uno de ellos era muy delgado, güerucho y greñudo; el otro era más alto y ancho de hombros, de pelo negro y corto y barba al estilo Abe Lincoln.

-Wazzaaaaa -saludó el güero, obviamente grifísimo, al vernos emerger de la selva.

-No mames, güey -dijo el de pelo negro- ¿Tú también ves a esos güeyes?

-Sí… no me digas que tú no…

-Pos sí, por eso te pregunto…

-¿Ah?

El de pelo negro se empezó a reír de forma incontrolable –No mames, estamos bien drogados- su amigo se le unió en un dueto de carcajadas envueltas en humo.

Después de un par de minutos, volvieron a reparar en nosotros.

-No mames, no mames… -dijo el güero- Éstos siguen acá. ¿Qué pedo?

-Caón, vengan a sentarse con nosotros, me están malviajando allá parados con cara de fantasmas…

-Chinga, macho, ya volvimos a eso.

-¿Qué cosa?

-Lo de los fantasmas, güey, nos estábamos cagando de miedo hace rato…

-Ah, sí, caón, no mames… Pero ya lo habíamos superado, ¿no?

-¿Y cómo le hicimos?

-¡No sé! -y los dos volvieron a doblegarse de la risa.

-No, ¿pero sabes qué sí da miedo? -dijo de pronto el güero.

-¿Qué?

-¡Mufasa!

-Uuuuuuuu… ¡Dilo otra vez!

-¡Mufasa!

-Uuuuuuuu… ¡Otra vez!

-¡Mufasa! ¡Mufasa! ¡MUFASA! Buajajajajajajajajajaja.

-Jajajajajajajajajaja. Me estoy cagando de miedo. Jajajajajajajajaja.

De nuevo regresaron desde la risa, no sin mucho esfuerzo y de nuevo repararon en nosotros.

-Oye, ahí siguen ellos -dijo el de pelo negro.

-Vergas, macho, llevan como horas ahí…

-Sí, ya hay que decirles que pasen…

-Ei, me dan miedo ahí, parecen fantasmas…

-Sí… ¡No mames, caón, ya pasamos por esto un chingo de veces!

-No… ¿o sí?

-¡Coño! ¡Qué pasen a sentarse! -gritó el de pelo negro para no enredarse en otro callejón sin salida -El fuego está rico y tenemos un chingo de galletas y duvalines.

Aceptamos su invitación. Con no poco esfuerzo logramos sacar una conversación más o menos coherente de estos cuates. Eran de Ciudad Plana y habían ido a acampar a Sian Ka’an, equipados con un chingo de mota, libros y provisiones para el munchis.

-Pueden llamarme Kuki -dijo el de pelo negro- Aquí mi carnal es Jay.

-Y… ¿son pareja?- pregunté de buena fe.

Los dos se medio alteraron, sonrojaron y al final se rieron –No, somos cuates, no más…- aclaró Kuki.

El par resultó ser a toda madre. Jay era muy ocurrente e imaginativo y tenía ideas bien locochonas sobre casi todo. Kuki a veces se clavaba en rollos muy profundos y metafísicos. Ambos se las daban de conocedores de música, cine y literatura, por lo que se armó muy chida la conversación, más con mis tres compañeros de viaje que conmigo, aún muy verde en tales materias. Llevaban una pachequiza de tantos días que ellos mismos perdieron la cuenta; habían comprado exactamente mil varos de mota para ese viaje. Generosos y buena onda, nos convidaron y nos invitaron a dormir en su tienda. En cuanto le di el primer toque me relajé y el cansancio de los últimos días me cayó de golpe; en seguida me fui a dormir y Cristal, Bilcho y Wiki, no tardaron en seguirme. Creo que Jay y Kuki se quedaron pachequeando toda la noche.

Me despertó el canto de infinidad de pájaros y el brillo del sol que traspasaba la lona de la tienda. Salí y hallé a nuestros dos nuevos amigos, aún fumando y filosofando frente a las ascuas que quedaban de la hoguera. Me invitaron a unírmeles y lo hice. Poco después se apareció Bilcho.

-Nada como el olor de la mota por la mañana -dijo emergiendo de la tienda- Huele a victoria.

Cuando todos estuvimos de nuevo en círculo, rodeados e inundados de humo, nos dedicamos a charlar. Como desayuno tuvimos unos panqueques “especiales” elaborados por nuestros anfitriones. Jay y Kuki nos recomendaron salir a explorar la selva que, según ellos, estaba llena de aves y bichos; si teníamos suerte podríamos ver hasta un venado. Había también cantidad de ruinas mayas desperdigadas por aquí y por allá, y estaba la zona arqueológica de Muyil, en algún lugar hacia el norte. El siempre precavido Wiki tenía una brújula y nos propuso caminar hasta dar con la mítica ciudad. Nos pareció buena idea.

Fue al ponerme de pie que me di cuenta de lo grifo que estaba; la sensación aumentó con la caminata por la selva. Pocas veces había estado pacheco durante el día y nunca en un ambiente con tantos estímulos. El sol brillaba como la piel de un jaguar a través del follaje de los árboles; las hojas de las matas emitían un tenue resplandor esmeralda; el murmullo de los pájaros y el rumor de agua cercana se oían con toda claridad y no había forma de adivinar su procedencia.

-¿Y si nos perdemos? -dije.

-No nos perderemos si seguimos el compás -aseguró Wiki.

-No, digo… No estoy preguntando, estoy proponiendo: perdámonos.

-¿Qué quieres decir?

-Que no caminemos en línea recta hacia el norte como sugiere Wiki. Digo que nos perdamos, que paseemos sin rumbo ni meta por la selva, sin preocuparnos por llegar o no a Muyil a tal o cual hora. Debe haber toda clase de maravillas. Perdámonos.

-Me gusta la idea -secundó Cristal.

-A mí no -advirtió Wiki-. Podríamos perdernos de verdad, en mal plan.

-Corramos el riesgo -dije yo.

-Preferiría no hacerlo -reiteró Wiki.

-Ya, ya, Wiki, no la hagas de tos -intervino Bilcho-. Mira, mi chavo, yo te acompaño a Muyil por el sendero, que de todos modos me duele el pie y no me quiero arriesgar a otro tropezón. Deja que Lorenzo y Pepita hagan lo que les dé la gana, que no han tenido un momento a solas en todo este viaje. Además, están tan hasta el huevo que seguro cuando regresemos los encontraremos a menos de diez metros de donde los dejamos. ¿Va?

Wiki finalmente aceptó y se fue con Bilcho en busca de la ciudad perdida. Al encontrarnos solos, rodeados de jungla y de esplendor, de sonidos, aromas y visiones, Cristal me sonrió y me dio uno de sus mejores besos. Entonces echamos a correr por la espesura, sin dirección ni objetivos, mientras el efecto de la marihuana fumada y comida florecía dentro de nosotros.

Después de muchos vericuetos y sin darnos cuenta, llegamos a una playa. No lo pensamos dos veces, nos despojamos de nuestras ropas y corrimos hacia el mar. Para cuando me percaté de que había otros bañistas había perdido todo dejo de vergüenza por mi cuerpo desnudo.

-¡Mírenme! –grité- ¡Estoy desnudo! ¡Estoy en el paraíso! ¡Ésta es mi chica! ¡Estoy vivo! ¡ESTOY VIVO! -Reí como un frenético y Cristal me acompañó.

Conversamos con algunos otros campistas que andaban en el mar y por la playa. Había gente de todos lugares, de Europa, de Canadá, de Estados Unidos, de Sudamérica, de la India, de Australia… Al poco rato los dejamos y seguimos explorando.

Encontramos algunas pequeñas estructuras mayas en ruinas de vez en cuando, lo que me hizo sentir como un salvaje que corría libre y desnudo en un futuro postapocalíptico y en un lugar donde antaño se había levantado una gran civilización. Pero tras muchas vueltas y retuerzos, a media tarde, no sé cómo, llegamos a Muyil.

Me quedé estupefacto ante la belleza de la pirámide que se imponía ante nosotros. En reverencial silencio recorrimos con calma y asombro los restos de la milenaria ciudad y la ribera de la laguna vecina. Después nos alejamos poco a poco, sin atrevernos a dar la espalda a la ciudad, y nos internamos de nuevo en la selva. Tras una caminata sin rumbo llegamos a un claro, Cristal se desnudó y me dirigió la mirada más poderosa que me había dedicado en todo el tiempo de conocerla. La obedecí.

Después de hacer el amor, aún drogados, yacimos desnudos en la hierba, contemplando cómo los rayos del sol se debilitaban entre las copas de los árboles.

-Chinguen a su madre -dije, no sin temor de quebrantar el silencio perfecto que habíamos respetado –Chinguen a su madre todos aforismos, todas las máximas y todos los refranes, todas las citas y jaculatorias, todos los proverbios, sentencias y versículos. Todo lo que necesitas es amor. Ésa es la neta. Todo lo que necesitas es amor -entonces me volví hacia Cristal –Te amo.

Ella me sonrió como se le sonríe al niño que dice algún curioso disparate –No seas tontito -y me abrazó.

Entonces sentí los piquetes de las hormigas. Me levanté con un grito de dolor y empecé a agitarme como loco para quitármelas de encima. Cristal sólo se reía de mi frenética danza.

-¡Échate al agua!

-¡No! ¡Hay cocodrilos!

Ella siguió riendo hasta que me sacudí el último de los bichos. Ya en la penumbra del atardecer, nos vestimos y proseguimos la marcha. No sé por qué milagro volvimos a alcanzar el campamento de Jay y Kuki, donde ellos, Bilcho y Wiki, nos esperaban frente a la eterna fogata y dentro de la eterna neblina de mota.

-¡Qué once! -saludó Jay- Pásenle a lo barrido, tenemos hierbas y hartos bocadillos… Oye macho -se volvió hacia Kuki-, ¿No acabamos de pasar por esto?

-No, güey, eso fue ayer… creo.

-Ah, pos no importa, pásenle, pásenle.

Nos integramos a la tertulia que después de la sesión de chistes pasó a la ronda de historias de terror y, por alguna razón, terminamos jugando botella.

-¿Que acaso tenemos trece años? -protestó Wiki, pero nadie le hizo caso.

La botella empezó sometiéndonos a ridículos castigos, pero pronto nos dio hueva movernos de nuestros lugares y nos quedamos con las confesiones sentimentales y sexosas. Wiki resultó tener una vida sexual con más currículo de lo que aparentaba su nerdesca actitud ante la vida, pero de Bilcho no pudimos averiguar nada porque el destino no quiso que la boca de la botella apuntara hacia él. Yo me sentía avergonzado de no tener mucho que contar y temía que Cristal me juzgara un simplón ignorante de la vida. Más tarde que temprano llegó el turno de ella; Kuki le preguntó alguna vez ella había estado en un trío. Respondió que sí.

-Pues sí… je, je, je… Fue cuando tenía diecisiete… después de una fiesta a la que llegué de colada con una amiga mía. Je, je… Esta amiga nunca había hecho nada lesbi… no sé cómo… El caso es que el lugar en la que se hizo la fiesta resultó ser de un vatito a toda madre, y cuando todos se fueron nos quedamos sólo los tres y… pues habíamos bebido mucho… je, je, je. Y ahí estuvimos. Recuerdo al hombre, tenía como veinte años, era muy alto y delgado pero musculoso, con cuerpo de gimnasio, con muchos tatuajes… y era un tipo muy interesante, tocaba en una banda y escribía cuentos bien azotados.

Pacheco como estaba, no pude evitar malviajarme de celos con la descripción de ese espécimen de hombre que ella recordaba tan bien y que la había seducido al punto de convencerla de tener sexo con él y otra mujer. Ese tipo era todo lo que yo no era y Cristal sólo me lo restregaba en la cara, como también me restregaba en la cara una experiencia que, al no tenerla yo, me hacía sentir como un loser. Me levanté y me fui de allí, deseando que Cristal notara mi molestia y me pidiera que no me marchara, pero ella hizo caso omiso. Lo último que escuché fue que Jay le preguntaba detalles de su interacción con la otra chica.

No sé cuánto tiempo estuve vagando en la oscuridad carcomido por celos y marihuana. Una nausea fría me roía el pecho y yo sólo deseaba con todas mis fuerzas que el efecto de la droga se esfumara. En vano esperé a que Cristal o alguien más fuera a invitarme de nuevo a la reunión, pero todos parecían estar muy bien sin mí.

Cuando volví parecía que nadie había notado mi partida, pues la botella giraba de nuevo. El pico apuntó hacia Jay y él se volvió hacia su compañero, lo miró con ternura y le dijo:

-Te amo, Kuki.

Se dieron un besuqueo intenso que se prolongó sin atisbos de un final. Entonces Bilcho señaló que ya era tiempo de dormir y entramos en la tienda de campaña, dejando a los dueños afuera.

El malviaje no dejó que me durmiera pronto, sino que al no tener nada más en qué pensar, sufrí de insomnio por largas horas. Cuando me dormí, soñé que Kuki y Jay hacían un trío con Cristal.

Ya había amanecido cuando me despertó el zumbido de sierras y el estruendo de árboles que caían. Como yo estaba acostado junto a la entrada de la tienda de campaña, fui el primero en salir. Junto a los restos de la fogata permanecían Jay y Kuki, muy separados el uno del otro y tan desorientados como yo. Poco después salieron los demás. Un árbol cayó a unos diez metros de nuestro campamento y entonces aves, venados, coatíes, mapaches, monos y algunos ecoturistas europeos pasaron huyendo. Tras ellos se apareció un hombrecito con pinta de godínez y poco después, derribando árboles a diestra y siniestra, apareció una máquina enorme, como un gigantesco cangrejo mecánico que en vez de tenazas tenía sendas sierras mecánicas circulares en la punta de cada uno de sus cuatro brazos; sobre las patas estaba colocada una plataforma cubierta por un domo de cristal y dentro de él estaban un hombre y una mujer vestidos con trajes de gala.

-Represento al Gobierno Municipal de Pantera Rosa -se presentó ante nosotros el hombrecito-. Les pido que abandonen pacíficamente este lugar. Todo este terreno pertenece ahora a Howard Ruby y la Viajera del Tiempo y están parados en su futuro campo de mini-golf.

-Pero, pero, pero –balbució Kuki-. Ésta es una reserva natural protegida.

-No voy a ponerme a discutir con un andrajoso. Además, el darle parte de una reserva natural protegida a un magnate extranjero será bueno para todos los habitantes de la Riviera Maya.

-¿Ah, sí? –dije- ¿Y cómo?

-Ah, pues por el Progreso.

-¿Y cómo funciona eso? -insistí.

-¿Cómo? ¿Te atreves a cuestionar el poder del Progreso? Ustedes son malos mexicanos, malos, que no quieren que el país progrese. Ahora, largo de aquí antes de que suelte a los policías. ¡Jálele!

Ayudamos a Jay y a Kuki a recoger el campamento y todos nos fuimos hacia la costa. Caminamos a lo largo de ésta hasta llegar a Punta Woody, en donde nos embarcamos de regreso a Pantera Rosa. Ahí nos despedimos de Jay y Kuki, no sin antes gallacearles un poco de mois. Estábamos tristes, exhaustos y medio drogados, pero todavía teníamos mucho camino por delante.

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52. A huevo fueron los aliens

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-No, no, no. ¿Cómo los ovnis? ¿Cómo puedes creer eso? -decía don Julián exasperado, como de costumbre, por nuestra falta de cultura y lucidez.

            -Pues sí, maestro -insistía Rafael-. ¿Cómo más iban a construir los mayas las pirámides si no tenían la tecnología?

            -Claro que la tenían. Que tú no lo comprendas es otra cosa.

            -¿Y cómo es que se parecían tanto a las pirámides de Egipto? -preguntó alguien más -¿No es porque tenían contacto vía la Atlántida?

            -¡¿La Atlán…?! ¡Argh! Pero de veras que ustedes tienen la cabeza llena de tonterías. ¿Cómo puede ser que unos jóvenes con acceso a la educación y a la tecnología crean todas esas patrañas en pleno siglo XXI? En primera, la Atlántida no existió; en segunda, las pirámides de Egipto no se parecen en nada a las de Mesoamérica.

            -¿Y el astronauta de Palenque? -preguntó alguien.

            -¿Y la profecía del 2012? Ésa a huevo que se la pasaron los extraterrestres -dijo otro alumno.

            -¿Y cómo es eso de que baja Kukulkán en el equinoccio? -subrayó Rafael- ¿Cómo lo habrían hecho los mayas sin computadoras?

-¡Oh, Dios! -exclamó don Julián- Tienen la cabeza llena de tonterías. A ver, les voy a explicar…

Y se echó un choro mareador de media hora aclarando punto por punto todas las ideas erróneas que teníamos sobre la civilización maya y haciendo hincapié en la importancia que la astronomía tenía para una sociedad agrícola, pero no me acuerdo muy bien de cómo iba, porque la verdad no le presté atención y me puse a pensar en cómo resolvería el más reciente conflicto que había tenido con Liliana. Recuerdo, no obstante, que cuando terminó don Julián, Bernardo dio su opinión.

            -No pos yo creo que sí debieron haberlos ayudado los aliens. ¿Cómo va a ser que unos mayitas fueran más macizos que nosotros para la astronomía y la arquitectura?

            Don Julián miró largamente a Bernardo por sobre sus anteojos y dijo con calma -Pues a mí no me extraña.

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51. Pantera Rosa

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Con el aspecto de quienes no han tenido dos minutos de sueño en las últimas cuarenta y ocho horas, abordamos la panga de regreso al continente. Cristal se quedó dormida en mi hombro, Bilcho cabeceaba al ritmo de música que sólo él escuchaba y Wiki miraba absorto por la ventanilla. De pronto se volvió hacia mí y dijo:

            -Cuando era chico y viajaba con mis abuelos a Isla Pirata, en el trayecto se podían ver delfines que saltaban sobre el agua o que a veces hasta se acercaban al barco y se dejaban admirar por los pasajeros… -Wiki sonrió, suspiró y siguió mirando el mar.

            En Playa se había armado todo un mitote porque habían asesinado al jefe de la policía local. Por todas partes había retenes y agentes paranoicos que oteaban en cada dirección y saltaban espantados al menor ruido. Nos tocó ver a un restaurantero que carajeaba encolerizado a las fuerzas del orden por meter miedo a los turistas. Por suerte no fuimos detenidos y registrados, como a otros paisas que iban adelantito de nosotros y a quienes cacharon con tachas. Para colmo, cuando llegamos a la terminal de autobuses, todas las corridas habían sido suspendidas por tiempo indefinido.

            -Genial –dije- Genial, genial, genial.

            No hicimos nada de interés en las dos horas que estuvimos esperando en la estación. En la inactividad me amenazaba un rebrote de melancolía, pero cuando por fin abordamos el autobús y dejamos atrás los últimos condominios y hoteles de Playa, me congratulé porque oficialmente había llegado lo más lejos de Ciudad Plana en mi vida… sin contar los viajes a Disney World.

            A mi lado izquierdo fue apareciendo la exuberante vegetación de la selva baja, sólo para esfumarse minutos más tarde tras los altos muros color arena que protegían hoteles de lujo del tamaño de feudos. Un gran letrero verde con letras anaranjadas y el logo estilizado de un caracol anunciaba a los visitantes de la tierra maravillosa a la que estaban penetrando:

WELLCOME TO THE MAYAN RIVIERA
(NO MAYAS ALLOWED)

            -Pinches yuppies -musitó Cristal antes de quedarse dormida de nuevo.

            Poco después la vegetación regresó y el autobús se detuvo en un amplio estacionamiento. El conductor anunció en inglés y español que habíamos llegado a la zona arqueológica de Tulum. El templo principal dominaba la vista con majestad desde la cima del risco, recortado contra el horizonte, entre el cielo azul y el Caribe turquesa. Cada piedra parecía contar historias milenarias de conquistas, santidad, hazañas científicas e intercambios con tierras lejanas. Y en medio de todo eso, un chingo de turistas.

            -Chale -expresó Bilcho-, me cae que cada vez que estoy en un lugar así, me entran unas ganas de fumarme un gallo… Como para que llegue de a de veras toda la buena vibra de estos lugares.

            -¿Buena vibra? -intervino Wiki- Perdóname si me pongo prosaico, pero éste era un puerto comercial reforzado militarmente en el Posclásico, época en que los comerciantes se convirtieron en la clase dominante en el área maya y no dudaron en utilizar al ejército para asegurar sus intereses…

            En ese momento un grupo de cómo veinte jóvenes italianos -el olor los delató- vestidos de blanco pasaron bailando en fila india y cantando Hare Krishna, lo que interrumpió la cátedra de Wiki.

            -¡Por las patillas de Isaac Asimov! -exclamó nuestro amigo todo sulfurado- Si algo me exaspera son estos nuevoereros que en su profana ignorancia lo mezclan todo. Claro, para ellos todo lo que no es europeo es igual y mezclan el Calendario Maya con Buda, el Libro de los Muertos y los Atrapasueños. ¡Típica ignorancia del hombre blanco!

            -Y tú, Wiki… ¿eres polinesio? -comentó Bilcho.

            -¡Ah, no, pero esta vez estos malditos Hare Krishnas me van a escuchar! -exclamó nuestro amigo y se encaminó hacia el corro de extranjeros.

            -Esto no me lo pierdo -dijo Bilcho y se fue tras él.

            Cristal y yo recorrimos la pequeña zona arqueológica; tomados de la mano y sonrientes, leímos cada una de las placas que contenían información de los edificios. Nos clavamos un buen rato observando a una inmensa iguana roja que mordisqueaba las hojas de una enredadera. Por un segundo pensé en preguntarle sobre su malestar emocional de la noche anterior, pero como entonces todo se veía feliz no quise arruinar el momento.

            -Me siento bien aquí –confesé-. Diga lo que diga Wiki, Bilcho tiene razón. En estos lugares hay buena vibra.

            -Sí, incluso a pesar de los turistas, a pesar de conocer la sangrienta historia de muchas ciudades mayas, en las ruinas siempre reina una sensación de paz.

            -Quizá porque percibimos aquí algo que es más grande que nosotros, más grande incluso que los hombres que las construyeron y las habitaron. No pertenece a una sola nación, ni a una sola cultura… vamos, ni siquiera pertenece a la humanidad… Desde hace siglos que forma parte de lo Grandioso. Cuando nosotros hayamos muerto, Tulum seguirá aquí.

            Cristal me besó –Somos muy afortunados de poder verla.

-Así es. Me siento muy feliz de formar parte de lo Eterno, aunque sea por un instante… -y animado por un entusiasmo repentino, me trepé a una enorme roca, extendí los brazos y exclamé -¡Y aquí estamos! ¡Nacidos para ser reyes! ¡Somos los príncipes del universo!

Cristal se rió –Chale, Diego, no puedes mezclar a Queen con los mayas…

-Sí, macho. ¿Qué va a decir Buda? -dijo Bilcho que llegó acompañado por Wiki, y luego agregó- Ya hace hambre, ¿no?

-Un poco –contesté-. Pero no quiero irme sin darme un remojón en estas aguas por las que algunas vez navegaron canoas llenas de riquezas…

            Descendimos por un camino que rodeaba el peñasco y llegamos hasta una extensión de arenas blancas bañadas por el mar. Cristal y yo teníamos nuestros respectivos trajes de baño debajo de la ropa pero realmente me sacó de onda cuando ella se quitó el top de su bikini con toda la naturalidad del mundo.

            -¡¿Qué haces?! -exclamé.

            -Aquí todas las turistas se bañan topless y nadie les dice nada, además tenía ganas de sentir un poco de libertad -me guió el ojo y se fue corriendo a meter al agua.

            Mi primer impulso fue mirar a Bilcho y a Wiki para asegurarme de que no le estuvieran viendo las tetas a mi novia, pero ellos no parecían siquiera haberse dado cuenta de lo ocurrido. Luego observé en derredor y pude notar a más de un curioso dirigir la mirada a los senos saltarines de Cristal mientras ella se dirigía al mar. Sentí muchos celos. Es más, estaba tan molesto que al principio no pude disfrutar el chapuzón y no hacía otra cosa que vigilar que nadie estuviera viendo. Obtuve un poco de alivio cuando nuestros cuerpos quedaron cubiertos por agua de mar hasta el cuello. Pero cuando llegó el momento de salir del agua, otra vez me invadieron los sentimientos del color del vómito y no estuve tranquilo hasta que ella se volvió a vestir por completo.

            -Ya, Diego -dijo ella adivinando mis pensamientos-. No seas tan estirado.

            -¿Qué? -me hice pendejo.

            -Aliviánate.

            -Si yo estoy tranquilo… -dije librándola, mas no contento, agregué para cagarla-. Si ya sé que son mías.

            Cristal me dio un beso en la frente –No, tontito. Son mías -y apostilló con un coscorrón y un guiño.

            Al poco rato salimos de la zona arqueológica y, ya que no estábamos seguros de la distancia que la separa del pueblo de Pantera Rosa, nos aventuramos a recorrerla caminando. Tardamos casi una hora de caminata de a lo largo de la carretera antes de llegar a un punto en que se cruzaba con la avenida principal del pueblo. Acalorados, tomamos asiento en el primer establecimiento que se nos cruzó en el camino, “Lonchería Doña Charo”

            -Buenas tardes, jóvenes -se acercó a nosotros una señora muy servicial que se identificó como doña Charo y que debía tener más de sesenta años de edad- ¿Se les ofrece algo de tomar?

            Cada quien ordenó lo suyo y en unos minutos estábamos refrescándonos con sendos vasos de aguas frescas y degustando unas ricas tortas de lechón (no Cristal, ella almorzó una ensalada de frutas).

            -Pues sí… -decía Wiki mirando hacia la calle iluminada por el sol suave de la tarde –Pantera Rosa ha crecido mucho en los últimos años. Ahora que Playa ya está muy choteado, quieren desarrollarlo para que Pantera Rosa ocupe su lugar, de la misma manera como hicieron con Playa hace unos años cuando la Ciudad de las Palmeras ya se había vuelto muy mainstream.

            -…Y así lo van a seguir corriendo hacia el sur hasta que lleguen a Bacalar -suspiró Bilcho.

            -Hace años -prosiguió Wiki-, Pantera Rosa no era más que el lugar donde se quedaban a vivir las familias de los trabajadores que se internaban en la selva en busca de chicle y madera…

            -Así es, joven -intervino doña Charo, que en ese momento nos traía una segunda jarra de horchata-. Uuuu. Yo me acuerdo muy bien. Cuando era joven llegué a vivir aquí con mi esposo, en paz descanse. No más había unas casitas con techo de paja construidas sobre la tierra. Mi marido se iba por muchos días a buscar chicle a la selva y yo a veces no sabía si lo iba a volver a ver. Ah, qué tiempos. En ese entonces todo esto era selva. Siempre se podían ver monos o venados. Algunas veces llegaban tigres y cuando eso pasaba, alguien gritaba “¡Tigre! ¡Tigre!” y jálele, todos a agarrar a los chiquitos que haiga cerca y meterlos pa’ sus casas. Y a la playa llegaban las tortugas a poner sus huevos… En ese entonces había muchas y no tenía nada de malo comer huevo de tortuga… Hoy ya no se puede… También se veían hartos delfines.

            -Vaya… -exclamó Cristal- Debe extrañar esos tiempos…

            -No, pos fíjate que no. Ahora tenemos agua y luz, y calles. El trabajo de chiclero gastó a mi marido y murió joven, pero pos yo, gracias a Dios, tengo esta fonda. Primero tuve una en el mero centro del pueblo; fue la primera fonda de Pantera Rosa. Y mi hermano fue el primer taxista del pueblo. No, no, señorita, nos va mucho mejor que en los días del chicle.

            -Pero ver toda esa naturaleza… ¿No le gustaba?

            -Pos eso sí fíjese. Era bien bonito. En ese entonces había muchos pájaros. A veces se veían de esos como cotorros que tienen las colas muy largas…

            -¿Quetzales?

            -Ándale, de ésos. Se veían de ésos y un montón de pájaros bien bonitos. Era muy agradable despertar con el sol y escuchar todo lo que cantaban los pájaros. Ahora hay mucho tráfico y humo… Pero bueno, no se puede tener de todo, ¿verdad? Gracias a Dios nunca nos ha faltado nada… No como a otra gente que sí le ha ido muy mal… Pero ya ve las vueltas que da la vida; yo aprendí a leer como a los treinta años, en cambio hoy todos mis nietos van a la escuela.

            -Oh… vaya… -Cristal parecía no saber qué decir.

            -Pero pos claro que no todo se puede, ¿verdad? En la escuela de mis nietos… ¡ja! Se supone que es escuela pública y que debe ser gratuita, pero siempre nos están cobrando que si para la reparación de no sé qué y el mantenimiento de no sé cuánto y que el festival y que esto y que lo otro… Pero yo… no pa’ qué le cuento estas cosas señorita, discúlpeme.

            -No, no, señora. Al contrario, lo que dice está bien interesante.

            -¡Qué va a ser interesante! Puros problemas de la vida…

            -Seguro usted ha llevado una vida fascinante -dije.

            -Ay, pos no sé joven. De eso sí que no sé -dijo y se volvió a la cocina.

            Cuando terminamos nuestra comida recorrimos el pueblo. No era muy distinto a algunas de las zonas más fellollas de la Ciudad de las Palmeras, como aquélla en la que vivíamos Bilcho y yo. Wiki nos explicó que la zona de la playa era otra cosa; llena de hoteles lujosos, spas y restaurantes. Pero ninguna de las calles de Pantera Rosa llegaba hasta la playa; para acceder a ella era necesario literalmente salir del pueblo y tomar una avenida distinta.

            -Entonces, para resumir, la parte de Pantera Rosa que viene a buscar el turismo gay europeo es un mundo aparte del pueblo real de Pantera Rosa -concluyó Bilcho, mientras caminábamos sin rumbo por ahí.

            -Exácatamente, camarada -confirmó Wiki.

            -Has estado muy callado Diego… -me dijo Cristal de pronto.

            -¿Hm? Ah, es que estoy tomando notas y fotografías mentales de todo lo que vemos y escuchamos. No quisiera olvidar nada.

            -¡Eso es, Diego, absorbe la vida!

            -Hablando de eso, ¿qué vamos a hacer ahora?- pregunté.

            -¡Seguir al sur! -exclamó Bilcho y con un gesto heroico y decisivo señaló hacia el horizonte.

            -El sur está para el otro lado -lo corrigió Wiki.

            -Bueno, para donde sea, pero vamos, que se está haciendo de noche y en este pueblo por lo visto no hay Oxxos -dije.

-¿Sian Ka’an está muy lejos? -preguntó Cristal.

-No, de hecho, está bastante cerca -dijo Wiki.

-Entonces deberíamos ir y acampar allí.

-¿Con qué equipo? -cuestionó Wiki- De haber sabido que acamparíamos en algún lado me habría equipado adecuadamente. Tengo varias tiendas de campaña y bolsas de dormir…

-Coño, Wiki, no te malviajes -le pedí-. Yo digo que vayamos y una vez allá veamos cómo nos las arreglamos.

-Además, viejo amigo -le dijo Bilcho rodeando los anchos hombros de Wiki con su delgado brazo-, las cosas que están en casa de abuelos, ya no las “tienes”. Acuérdate de que eres un fugitivo…

Wiki pareció perturbado por un momento pero finalmente aceptó el plan.

-¿Y cómo nos iremos? -pregunté.

-Pues por el mar, desde luego -dijo Wiki.

Tuvimos que descaminar todo lo andado en dirección a la costa. Bilcho señaló que no había tiempo de regresar hasta el entronque y buscar el camino a la playa; debíamos llegar al punto más oriental del pueblo y atrevernos a atravesar el vasto terreno baldío que lo separa de la zona hotelera. Recuerdo que temí que una víbora fuera a morder a Cristal mientras atravesábamos las altas malezas y ofrecí cargarla en mi espalda como tití leoncito, pero ella se mofó de mis temores. Cuando emergimos de la vorágine zacatal, yo estaba cubierto de raspones e irritaciones de piel.

-No mames, Diego -se rió Cristal-. Se ve que nunca tienes contacto con la naturaleza.

Estábamos en un muy bonito bulevar con muchos hoteles grandes y lujosos formando una ciclópea muralla que protegía el mar de los nacos; en fin, una versión pequeña y menos desarrollada de la Zona Hotelera de la Ciudad de las Palmeras.

-¿Y ahora qué? –pregunté- ¿Nadamos hasta Sian Ka’an?

-Es cuestión de encontrar a algún lanchero.

Caminamos a lo largo de la avenida costera, preguntando a quien se nos cruzara si sabía dónde podíamos tomar una lancha hacia la reserva ecológica. Muchos nos sugirieron preguntar en los hoteles, pero en tres de ellos, apenas nos vieron entrar al lobby, llamaron a seguridad para que nos echaran.

-¿Van a Sian Ka’an? Yo los llevo -nos ofreció un señor que salía del hotel justo al momento en que nosotros éramos echados.

-¡Excelente! –dije- ¿Tiene lancha?

-¡Claro! Yo vivo en Punta Woody. Es un pueblo que queda dentro de la reserva.

-¡Pues vamos!

El señor, que se llamaba don Omar y debía rondar los cincuenta años, nos condujo casi furtivamente a la playa a través los pasillos exclusivos del personal del hotel. La zona estaba llena de turistas gordos y mujeres botoxeadas que disfrutaban de los últimos rayos de sol. Don Omar nos llevó hasta donde estaba encallada su lancha de motor pintada de aguamarina y que llevaba el nombre de “Marianita”. Lo ayudamos a echar la lancha al agua, abordamos y zarpamos.

En el trayecto don Omar nos contó que él había sido pescador toda su vida, pero que ahora eso no le alcanzaba y tenía que trabajar como conserje en ese hotel de donde nos sacaron a patadas.

-Lo que gano como conserje lo completo como lanchero en Punta Woody -explicó.

Pasamos a lo largo de playas prácticamente vírgenes bordeadas por selva. Desde la lancha observamos gaviotas, pelícanos, patos y muchos otros pájaros, y el agua era tan prístina que a pesar de que ya estábamos casi en penumbras se podían ver bancos de peces coloridos, crustáceos y estrellas de mar. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino: una delgada península emergía de la selva y se internaba en el mar; sobre la costa se asentaba un pueblito con algunas edificaciones de concreto, negocios varios y restaurantes, pero en su mayoría había sólo casas de madera, muchas con techos de paja.

-Sólo había visto casas así en esa maqueta del museo de Isla Pirata –dije- Qué chido.

-Sí… -agregó Bilcho- No es tan chido cuando pasa un huracán.

Lo único malo era que la playa estaba llena de turistas, entre europeos güeruchos que se veían como extraterrestres con sus bronceados artificiales y gringos gordos que insistían en tomarse fotos con los niños morenitos y semidesnudos que pasaban vendiendo jaiba. En el mar había algunos yates con gente que practicaba la pesca deportiva… en un pueblo donde se vivía de la pesca por necesidad. Además, en la orilla se había acumulado mucha basura.

-Casi toda viene de los cruceros y de esas fiestas que hacen los extranjeros en sus yates o en las playas de Pantera Rosa -nos contó don Omar.

El navegante acercó su lancha a un muelle y allí desembarcamos. Yo ya andaba muy campante en dirección al pueblito, cuando Bilcho me detuvo.

-Eh… macho, creo que el señor espera propina…

Entre todos reunimos una lanita y se la entregamos con agradecimiento a don Omar, quien de inmediato se separó de nosotros y se fue tras los turistas pregonando:

-Nait turs in bout! Nait turs in bout!

-¡Qué bonito! -dije echando una mirada a los alrededores- Me da gusto estar aquí, a pesar de los obvios inconvenientes.

Cristal se me acercó y me dio un beso –Me alegra verte contento, Diego. Ahora, vamos a explorar el pueblo.

Punta Woody, desde el mar hacia tierra adentro, sólo constaba de seis calles de arena. No había más vehículos en ellas que bicicletas, algunas motos y cuatrimotos y uno que otro carrito de golf para turistas. En las calles más cercanas al mar no dejaban de acosarnos enjambres de niños que vendían chucherías y de señores que ofrecían tours nocturnos, pero conforme nos fuimos adentrando en tierra había mucha más tranquilidad. Algunos señores disfrutaban de la brisa nocturna sentados en mecedoras afuera de sus casas, y otros se dedicaban a mecerse en sus hamacas. Pronto llegamos al final del pueblo donde se extendía la selva en toda su magnificencia nocturna. Un caminito estrecho se internaba entre los árboles y se podía escuchar toda clase de ruidos que provenían de la espesura.

-¿Y ahora? -preguntó Wiki.

-Seguimos caminando -respondí.

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50. Miseria

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Don Julián era un maestro bastante culero y mamoncete. Pero, viéndolo en retrospectiva, también era un chingón. Era el más estricto y exigente de todos los profesores del Countri. Solía decir “Ustedes pueden hacer todas sus tareas y memorizar muy bien la lección, pero si no aprenden a pensar, a usar su cerebro, no van a pasar mi materia”. Daba clases de literatura, filosofía e historia. No toleraba faltas de ningún tipo, ni siquiera de ortografía. No sé cómo le hacía, pero en sus clases todos se quedaban calladitos, calladitos. Pasar sus materias era muy difícil y él se jactaba de que muy pocos habían logrado sacar más de 90.

Con todo, creo que lo que más odiábamos de él era su mala leche innecesaria. No se andaba con ondas políticamente correctas ni con eso de proteger la autoestima de los alumnos. Si alguien salía con alguna pendejada, él lo exponía sin miramientos frente a toda la clase. Solía decir que “la ignorancia merece ser humillada y castigada” y que “la autoestima no es un derecho con el que naces, es un privilegio que te ganas”. Recuerdo que el primer día de clase nos preguntó “¿Ustedes se consideran gente culta o gente ignorante? ¿O más o menos?” Todos respondimos que más o menos. Él se carcajeó y se dedicó semestre tras semestre a demostrarnos lo palurdos que éramos. Nos imprecaba mucho por nuestra falta de interés en la cultura. Decía que no teníamos pretexto para ser un montón de iletrados, ya que no teníamos ningún impedimento económico para acercarnos al conocimiento. Le exasperaba que la mayoría nunca hubiésemos leído un libro completo en la vida. Decía que leer cien libros era una embarradita de cultura y que sólo se puede empezar a llamar culto quien ha leído más de mil libros. Él ya había leído más de seis mil.

            En clase de literatura, el trabajo final del semestre consistía en leer un libro y escribir un ensayo. Por azar, don Julián asignó libros a cada uno de nosotros; a mí me tocó no sé qué novela de no sé qué autor ruso que obviamente no leí. Bajé el trabajo de “El Rincón del Vago” y lo entregué tal cual. Don Julián de alguna forma supo que el trabajo era copiado y me reprobó ipso facto. Lo odié por eso, pero al final sólo tuve que presentar el extraordinario para pasar la materia y me libré de leer la novela.

            Pero después de todo, don Julián no pudo seguir haciendo de las suyas. En una ocasión Bernardo, con toda la arrogancia que lo caracterizaba y con toda la fresez de su acento, preguntó fastidiado en la clase de historia “¿Y a mí para qué me va a servir esta materia?”. Don Julián lo miró por un rato y al cabo le respondió “A ti, para nada. Los mediocres y los ignorantes no pueden hacer nada con el conocimiento que reciben”. No es difícil imaginar la indignación de Bernardo al verse humillado de esa forma. El rey de la prepa no iba a permitir que un empleado se burlarla de él. De modo que se armó un escándalo. El padre de Bernardo cagoteó a las autoridades escolares por permitir que un tipo cuyo sueldo él pagaba hiciera mofa de su hijo. Don Julián fue despedido de la escuela y por mucho tiempo no volví a saber de él.

            Pasaron un par de años. Ya en la universidad, anduve juntándome por un breve tiempo con algunos compañeros pseudobohemios que en cierta ocasión me llevaron a un recorrido, no muy placentero, por varias cantinas pinchurrientas del centro de la ciudad. Para cuando llegamos a la cuarta cantina yo ya andaba algo pedo y hasta empezaba a ver cachondas a las señoritas que servían el trago, y quizá si no hubiera sido por el temor a descubrir que eran travestis (más de una lo parecía) me habría aventurado a invitar a una de ellas a sentarse en mis rodillas, como lo hicieron dos de mis compañeros. El caso es que, regresando de una visita al mingitorio, me encontré con don Julián sentado en la barra y borracho hasta las chanclas. Como ya también andaba jarra, me atreví a saludarlo.

            -¡Ah, eres tú, Diego! ¿Qué tal?

            -Bien, profesor, ¿a usted cómo le va?

            -Bien, muy bien, ¿y a ti?

            Entonces me senté junto a él y estuvimos platicando por un rato y bebiendo cerveza. Me preguntó por mi vida y le conté que seguía con Liliana y que había logrado entrar a la Facultad de Medicina y etcétera. También me preguntó por los alumnos del Countri y si sabía algo de Bernardo. Le dije que, por lo que sabía, estaba muy bien estudiando negocios internacionales en la Sacrosanta Universidad de los Millonarios de Cristo.

            -Claro… ¡Claro!- dijo don Don Julián.

            -¿Y usted, qué me cuenta?

            -¡Pues qué te cuento! ¡Que me despidieron del Countri y desde entonces mi vida ha estado jodida! ¡Eso te cuento!

            Me quedé pasmado con su exabrupto; don Julián continuó.

            -Estuve meses buscando trabajo, pero el papi de Bernardo movió todos sus contactos para que no me dieran un puesto en ninguna buena escuela o universidad de este estúpido pueblo. Terminé trabajando en una escuelucha para niños imbéciles en la que me pagan treinta pesos la hora para enseñar a unos mocosos que no pueden escribir bien ni su propio nombre. Y luego la escuela cerró por falta de alumnado y otra vez a peregrinar por una chamba, hasta que un pariente de mi esposa me dio trabajo de oficinista en su agencia de autos usados. ¿Que qué te cuento? ¡Que no me alcanza para vivir! Si mi hijo se enferma no tengo para comprar medicinas. Estoy endeudado con todo el mundo. Mi casa se está cayendo a pedazos. Y para acabarla de joder, ayer se descompuso mi coche. Me la paso trabajando como idiota todos los días; ya no tengo tiempo ni para leer. Mi esposa está gorda y le apesta la boca, hace como una década que no agarra un libro y ya no tenemos ni de qué hablar. Mi hijo es un idiota que a los diez años se orina en la cama y parece ser que además va a necesitar frenillos -le dio un largo sorbo a su cerveza-. No puedo leer ni escribir, no puedo ni comprar un periódico. Cada día me hundo más en la ignorancia y en la mediocridad. ¡Claro, ustedes viven así, ignorantes y mediocres y son felices! Pero un hombre como yo, que ha visto que hay… que hay más… no puede quedarse satisfecho sabiéndose estúpido e intrascendente -exclamó un grito inarticulado-. ¡Estoy siempre molesto! ¡Siento un rencor que me corroe! Le grito a mi mujer y me dan ganas de golpear al pinche chiquito meón. Quiero emborracharme todo el tiempo, no soporto estar consciente. ¿Y sabes qué es lo peor? Que sé lo que me pasa, sé por qué de pronto siento que odio mi vida y a mi familia y sólo quiero embrutecerme con alcohol. Es la miseria, la miseria material, que aprisiona a los hombres y aplasta su espíritu y obnubila su mente… Sólo que siempre pensé que si me viera en una situación así, mi inteligencia y mis conocimientos me permitirían mantenerme sereno y seguir adelante… Pero no hay una pinche salida de este maldito agujero. ¡Ja, ja, ja! Si hubieras leído el libro aquél entenderías de qué te hablo…

            No sabía qué decirle. En ese momento, sentía más incomodidad y sacón de onda que pena o compasión por aquél hombre.

            -Yo pude haber sido mucho… siguió lamentándose-. Con mis conocimientos, con mi inteligencia, pude haber sido mucho. Y ahora… y ahora… sólo soy nada…

Se bebió de un trago lo que quedaba de su cerveza y cayó inconsciente sobre la barra. Lo dejé allí y nunca lo volví a ver.

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