44. Cristal

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            Estábamos en tercero de prepa cuando ella llegó al Countri. No pasó desapercibida. Era muy guapa y usaba la falta a cuadros particularmente corta. Eso no era la novedad, puesto que las putizorras cabezahuecas conocidas como las Frambuesas también usaban faldas cortas y se maquillaban mucho para asistir a la escuela. Cristal no se maquillaba, pero sus brazos estaban llenos de colgajos y cueritos, y en su cabello siempre llevaba un adorno diferente, como una estrafalaria diadema o una pluma de flamenco rosa.

            -Mira a esa freak -me dijo Liliana cuando la vimos pasar por primera vez.

En efecto, la vi. Cristal tenía una forma de caminar muy especial, muy libre, como si no tocara el piso, como si caminara sobre burbujas de aire, contoneando sus generosas caderas de forma hipnótica.

Venía del Emérita, una escuela snob y católica sólo para señoritas. Por ello las Frambuesas pensaron que Cristal sería una digna integrante de su grupo y la invitaron a unírseles. Ella, claro, las mandó a volar. Después de eso las Frambuesas se dedicaron a tratar de destruirla socialmente, difundiendo rumores de que era una güila drogadicta. Pero a Cristal no le importaba en lo más mínimo lo que pensaran o dijeran.

A menudo se le veía acompañada de hombres con aspecto inusual: jipiosos con rastas, grandulones tatuados, darketos con cadenas… Cristal no salía con chavos del Countri, sino con muchachos que fueran a la universidad, o que tocaran en alguna banda, o que vinieran de otra ciudad… o que de plano tuvieran cara de rompemadres. Pero nunca se fajoteaba borracha frente a todos en el antro, como hacían las Frambuesas, y nunca se le vio borracha hasta la madre, vomitando en las fiestas de la escuela y orinándose encima como hacían muchas de las chicas populares. Así que todos sabíamos que su fama de suripanta farmacodependiente era puro reflejo del odio verdoso que le tenían las Frambuesas. Yo presentía que en Cristal había un no sé qué desconocido para mí, algo que no podía imaginar pero que deseaba con todas mis fuerzas. Mas yo, siendo tan chiquito y anodino, ¿cómo podía esperar acercarme a su mundo?

Cierta vez Pelón estaba predicando por enésima ocasión las virtudes de la virginidad y nos invitaba amablemente a sentirnos culpables por desear el sexo.

-A ver, ¿quién de ustedes piensa mantenerse virgen hasta el matrimonio?

Prácticamente todo el salón alzó la mano. En un principio yo me quedé quieto, porque ya no era virgen, pero Liliana me dio un codazo para que siguiera su ejemplo. Cristal debió haber sido la única en el salón que permaneció inmóvil, con la sonrisa de quien ve a un montón de niños ingenuos jugar a los superhéroes.

-¿Viste a esa zorra? ¡No levantó la mano! -me susurró Liliana al terminar la clase.

Tiempo después, Cristal se ganó la animadversión de Pelón, por una confrontación que se dio en una de sus clases. El autoproclamado pedagogo propuso un debate entre socialismo y democracia. Como yo no tenía ni puta idea sobre política y en la escuela jamás se preocuparon por enseñarnos qué era el socialismo y apenas si se mencionó que vivíamos en algo llamado democracia, me abstuve de participar. Otros sí hablaron y dijeron lo que Dios les daba a entender: que si es socialismo es malo porque prohíbe la religión, y que la democracia es buena, porque ahí todos gobiernan… en fin, cantidad de intrascendencias tal que cuando Pelón concluyó el debate diciendo que el socialismo era la peor forma de gobierno que existía, Cristal no pudo resistir más, se puso de pie de un salto y exclamó:

-Para empezar, el socialismo no es una forma de gobierno, es un modelo socioeconómico, y en segundo, no está peleado con la democracia, puede haber socialismo democrático, así como puede haber capitalismo totalitario. ¿No sabes nada? ¿No has leído?

-¡Señorita! Las intervenciones ya acabaron, si usted quería participar en el debate…

-¡Es que no había nada qué debatir! Es un debate absurdo, sin sentido. Lo que estaban haciendo aquí era comparar el color verde con las figuras cuadradas. ¡O sea, nada que ver el culo con las tetas!

-¡Ésta es una falta de respeto!

-¡Pero es que no puedo quedar callada mientras vomitas ignorancia sobre estos muchachos! -y sin decir más, salió del aula dando un portazo.

Ese día se ganó los abucheos de toda la prepa, que no la bajó de freak, chaira y ñoña. Pero también se ganó mi admiración. Nunca expresé ese sentimiento; es más, sólo en una ocasión crucé palabras con ella en todo ese año. Caminábamos por un pasillo en sentidos opuestos; yo trataba de desviar la mirada, para no verla a los ojos, pero un sonido seco me hizo volver la vista hacia ella. Los libros que llevaba se le habían caído y ahora los estaba recogiendo; aproveché esa inverosímil escena de sitcom adolescente y me aproximé a ayudarla. Al ayudarla a recoger esos libros que noté uno en particular, cuyo título e imagen de la portada me impactó tanto que me quedé inmóvil, mirándolo de fijo y sin saber qué hacer.

Kama Sutra -dijo Cristal con esa sonrisa avasalladora que la caracteriza –Es un clásico de la literatura sánscrita. No es sólo sobre posiciones sexuales, ¿sabes? Es sobre todo el arte de amar…

-Oh… -musité.

-Gracias por tu ayuda…

-Diego.

-Gracias, Diego, yo soy Cristal.

-Sí… lo sé…

-Claro. Bueno, adiós.

Un par de semanas después acabó la prepa. Yo me fui a estudiar medicina, Rafael entró a la Facultad de Contaduría, Jorge inició administración de empresas y Liliana empezó a estudiar ciencias de la familia con los Mercenarios de Cristo. Por mucho tiempo no supe qué fue de Cristal…

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43. A dos mil años luz del hogar

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            Desperté sintiendo que había pasado un mes en coma y con una extraña sensación de incomodidad. Junto a mí estaba Violeta, dormida como ropa de cama. Me vestí y salí del cuarto; el depa estaba vacío y no había rastros de Renato. Confundido y adormilado, caminé hasta la cocina y me serví un vaso con agua. Junto al garrafón encontré una nota:

Diego,

No me gustan las despedidas largas ni las cursilerías. O sea que sólo te voy a decir adiós y gracias por tu ayuda y tu amistad. Te escribiré en cuanto llegue a tu rancho. Ahí te dejo mi ajedrez. Cierra la puerta cuando salgas.

Agarré mis cosas y partí rumbo a mi casa. Allí me encontré con Bilcho, que tiraba la hueva en su hamaca y fumaba mota. Me preguntó por Renato y le dije que ya se había ido, pero no le conté lo sucedido la noche anterior. Bilcho me invitó de su churro y me eché a reposar junto a él.

Con la partida de Renato reanudé con Bilcho nuestras actividades comunes. Fiestas, pachequizas, noches de antro, maratones de cine de medianoche, pasadías en la playa, veladas de lectura, lecciones de música, sesiones de videojuegos en casa de Wiki… en ello se iba el tiempo.

Un par de semanas después de su partida, Renato me escribió un e-mail:

¡Qué onda, Diego!

Pos estoy aquí en tu pueblo. La ciudad es bonita, aunque no hay ni madres para hacer, no mames. La gente habla bien cagado aquí, güey. ¿Qué es eso de “tajador”? ¿”Escarpa”? Chale, güey, pinches yucas. No te vayas a ofender. Sale, pinche naco, te mando un abrazo.

Renato

Fue lo último que jamás supe de él.

El día de la Revolución, Wiki ofreció otra fiesta mexicana con tacos, tequila y música ranchera. Después llegó diciembre, Fecal asumió el poder, se puso su ropa de soldadito y lanzó al ejército a las calles para combatir al crimen organizado.

-¡El narcotráfico es un cáncer que corroe a este país! -exclamó el michoacano-. El narco es un cáncer y yo soy… Este… ¿Qué cura eso?

Bilcho se reía mientras veíamos a Fecal hacer estas declaraciones en cadena nacional a través del televisor de un carrito jodoquero.

-¿A quién cree que engaña?

-¿A qué te refieres? -le pregunté.

-Mi chavo, en este país hay dos grupos narcos principales: los del Chapo y los Zetas. Fecal le va a hacer la guerra a los Zetas porque está aliado con el Chapo. Así de sencillo.

-¿Y cómo sabes?

-Es bastante obvio –dijo, siempre seguro de su conocimiento sobre la neta real.

Pasadas unas semanas se volvió común encontrar vehículos del ejército patrullando por la Ciudad de las Palmeras. Al mismo tiempo las noticias sobre los crímenes del narco parecían aumentar día con día. Los descabezados eran cosa de cada semana y una jornada de saldo blanco era motivo de celebración.

Llegó Navidad y como Bilcho y yo no teníamos parientes en la Ciudad de las Palmeras, fuimos a cenar con Wiki y sus abuelos. Nuestro cachetón amigo había cortado poco tiempo antes con Mariela, alegando diferencias irreconciliables, por lo que se mostró muy contento de que lo acompañáramos esa Noche Buena.

-¿Qué hay, Wiki? ¿Qué haces? -le pregunté al llegar.

-Copiando a mi disco duro estos CD’s que acabo de comprar, para luego subir los mp3 a la web.

-¿Y por qué haces eso?

-Soy un mecenas del peer to peer.

-¿Ah?

-Todas esas cosas que los leechers como tú y tu amigo bajan de la Internet sin preocuparse de su origen tienen que haber sido subidas por alguien con acceso a los materiales originales. Bien, yo soy una de esas personas que alimentan los contenidos de la red…

-¡Wiki, eres un pirata! -exclamé, en tono de cotorreo.

-Eso de la piratería es un concepto inventado por los magnates que controlan la producción de contenidos en los medios. Yo lucho activamente contra ellos al poner dichos contenidos al alcance de todos, como debe ser.

-Vaya, Wiki, eres todo un guerrillero de la red…

-¡A comer, niños! -sonó la voz chillona y rasposa voz de la abuelita de Wiki y bajamos de inmediato.

 La cena fue suculenta y nos dimos un atracón de pavo, romeritos, frijoles refritos, pasta y pastel de frutas secas. A media noche hubo un intercambio de regalos. Los abuelos de Wiki me regalaron un juego de sábanas.

-Para que no pases frío en estas noches de heladez -me dijo doña Cleo.

Bilcho me regaló una caja de galletas, pues sabía lo mucho que me gustaban, especialmente a la hora del monchis. Yo le regalé un par de audífonos nuevos para su iPod porque los que tenía se habían desgarrado en un furor de música y drogas.

No recordaba haber pasado una Navidad tan agradable desde que era niño. En casa habría tenido que aguantar a los hermanos de mi madre: el tío Uriel, un ranchero rico del que todos sabían que cuando se empedaba en bares de mala muerte le ponía el cuerno a la tía Aurelia; el tío Augusto, que tenía una segunda familia “secreta” en Ciudad del Crimen; y el tío Gonzalo, un alcohólico incapaz de dar un golpe en su vida. Y además, estaba la tía Lety, una vieja ridícula que se la pasaba contando chistes que había visto en televisión. La última Navidad había sido especialmente pelante y yo sólo me quería ir a dormir, pero debía acompañar a Liliana y hacer un recorrido por toda la ciudad para visitar las casas de todos sus tíos, abuelos y bisabuelos.

-Me estás poniendo en vergüenza -me susurró mi madre al ver mi seño fruncido durante la cena.

-¿Delante de quién, mamá? ¿De mi tío el alcohólico, de mi tío el adúltero o de mi tío el fracasado?

Me miró con furia, pero no dijo más.

Pero aquella Navidad en la Ciudad de las Palmeras estaba libre de compromisos, no había la presión de “tenemos que visitar a” o “debemos comprarle un regalo a”. Por primera vez en años viví una Navidad en la que hice justo lo que deseaba.

-La Navidad es algo muy bonito cuando eres niño –sentencié.

-Sí, cuando tus papás tienen dinero -apostilló Bilcho.

En enero la violencia del narco pareció arreciar y los cuerpos mutilados se pusieron de moda. Esto sucedía en la Ciudad de las Palmeras, en Playa y, en menor medida, en Pantera Rosa, pero Ciudad Plana se mantenía como oasis de tranquilidad, según me enteré por las noticias.

Por aquellos días se nos acabó el suministro de mota y nos fuimos a ver al Chema. Cuando llegamos a su casa, el patio frontal estaba vacío, no había hamacas colgadas en las palmeras ni se oía la tradicional música de Cártel de Santa. Extrañado, Bilcho llamó a voces. Nuestro díler salió de su casucha vistiendo una chamarra de cuero y una gorra de lana. Tenía un gran moretón en la mejilla izquierda y su característica mirada de aliviane no se podía percibir en sus ojos rojizos.

-Qué ondinas saturninas, mi buen Chema -saludó Bilcho-. ¿No me das un ciento volando?

-Naranjas dulces, carnalito. Ya no vendo de ésa. Ahora sólo tengo polvo de ángel.

-¿Y eso?

-Pos así está la cosa, mariposa.

-Chinga, Chema, ¿y no tienes narinas de motita?

-Nel pastel. Pero sí quieres, te doy buen polvo. Está bara.

-No, gracias, mi buen. Esa onda no me late…

-Ándale, llégale. Está buena.

-No, Chema. Mejor nos vamos… ¡Hey!

Con un rápido movimiento, Chema había sacado una mano del bolsillo de su chamarra y ahora sujetaba el brazo de Bilcho. Noté que la mano de Chema estaba vendada.

-Por favor, carnal -dijo con los ojos desorbitados-. Necesito vender esta madre.

Bilcho lo miró espantado, pero tras unos segundos se tranquilizó y dijo con sequedad: -Está bien. Calmantes montes, pájaros cantantes, no te me alborotes. ¿Qué me das por cincuenta varos?

-No seas culero, carnal. Mínimo cómprame cien, como lo que me ibas a comprar de mois.

-Está bien. Dame un ciento.

Chema sacó un diminuto paquete de su bolsillo y se lo dio a Bilcho a cambio de un billete que ostentaba la efigie de Nezahualcóyotl. Apenas tuvo Bilcho la droga, se liberó del apretón de Chema y nos alejamos del lugar a paso veloz. Unas cuadras después, Bilcho arrojó el diminuto paquete hacia un terreno baldío.

-¡No mames, Bilcho! –exclamé- ¿Qué carajos pasó?

-Nada. Pobre Chema, ya lo agarraron los Zetas o algún otro grupo de locos atrabancados. Ni pedo, nada podemos hacer por él. Pero ya no hay que regresar a ese lugar…

-¿Cómo sabes que lo agarraron los Zetas?

-Es lo que hacen. Llegan con los honestos proveedores de mota y los amenazan para obligarlos a vender coca o heroína o cualquier otra cosa culera. Chinga, esto ya me había pasado antes con un díler del centro, pero no pensé que fueran a agarrar al Chema. ¡Coño! Ahora necesitaremos otro distribuidor, pero sospecho que la mota va a ser cara y difícil de conseguir estos días. ¡Esto de la “guerra contra el narco” no es más que una forma de los cocainómanos ricos para joderse a los marihuanos decentes!

Los siguientes días Bilcho hizo pesquisas para encontrar quien nos proveyera de cannabis. Pero tenía razón, la mota estaba más cara y la que encontramos estaba seca, sabía mal, y había que fumar mucha para que nos pegara. Además, el ejército patrullaba la ciudad y por todas partes había retenes de la policía. Decidimos no comprar  más mota hasta que se calmaran las cosas.

-Eso de la mota está bien para gente con migraña y pacientes de cáncer –dijo Wiki un día- Pero lo de hoy, lo realmente trendy es la salvia.

-¿Qué es esa madre? -pregunté.

Salvia divinorum. Es una hierba psicoactiva alucinógena que puede producir visiones y efectos disociativos que hacen al consumidor percibir de forma distinta la relación tiempo-espacio, gracias a su sustancia activa, salvinorina A… o por lo menos eso he averiguado.

-Suena bien -dije.

-Sí.- dijo Bilcho –He oído hablar de ella. ¿Sabes dónde conseguirla, Wiki?

-Yo no. Pero Juanito sí.

-¿Quién es Juanito?- pregunté.

-El de los frijoles mágicos -dijo Bilcho- ¿Y cuál es la jugada?

-En estos tiempos en los que es peligroso adquirir alucinógenos ilegales, debemos volver la mirada hacia las maravillas de los enteógenos que han escapado a la mirada avizora de los políticos mochos y que se han mantenido prácticamente desconocidos durante años, excepto para los indígenas y los jipitecas. La salvia es sólo una de tales plantas milagrosas; hay también hongos, cactos, flores, semillas… en fin, tal variedad de opciones para el psiconauta, que no se extrañarán la marihuana ni el LSD.

-Órale, Wiki. Pero ¿cuál es la jugada?

-Juanito planea hacer una sesión chamánica en su casa para darla a probar. La primera vez es gratis y yo estoy autorizado a invitar dos camaradas.

-Genial -dije – ¿Y cuándo será la fiesta?

-Sesión chamánica –corrigió-. Este mismo fin de semana en casa de Juanito. Sus padres no estarán, así que tendremos el lugar para nosotros.

Cuando llegó el día nos lanzamos para allá en el Alerón Chiflado. La casa del tal Juanito estaba en una residencial privada de las nuevas, con un feo estilo minimalista de prisión distópica, aderezado con el inevitable barroquismo mexicano que cobraba vida en jarroncitos e iguanas de talavera. Wiki llamó a la puerta y le abrió un muchacho flacucho y moreno, de largos cabellos rizados que le llegaban hasta los hombros y un par de gruesas gafas de pasta.

-¡Qué uvas! ¡Pásenle!

Wiki y Bilcho me presentaron a Juanito y juntos pasamos al patio trasero, donde nuestro anfitrión nos convidó de un gran platón de frutas. Duraznos, ciruelas, chabacanos, guayabas, uvas, peras, manzanas, mandarinas y naranjas rebosaban de esa exquisita cornucopia. Algunas de las hierbas que probaríamos esa noche nos darían sed, mientras que otras nos dejarían con ganas de comer cosas dulces, nos explicó Juanito; las frutas estaban ahí para saciar ambos deseos.

Al poco rato llegó Juan Pablo con una muchacha y poco después arribó otra pareja, con lo que el grupo se dio por completado. Nos sentamos en un círculo en el pasto, alrededor de una juca turca decorada con volutas de colores. Juanito procedió a hacer una introducción.

-Todo lo que vamos a consumir aquí es perfectamente legal. Los efectos que sentirán son diferentes entre sí y prefiero dejar que ustedes los experimenten en vez de explicarles cada paso. Sólo recuerden que cualquier cosa que sientan se pasará con el tiempo. Relájense y no se malviajen.

Dicho esto, encendió un trozo de carbón y lo colocó en la rejilla de la juca. Le dio varias chupadas a la manguera hasta que logró hacer salir un humo espeso con olor a frutas y a menta.

-Esto es sólo tabaco de sabores –explicó-. Es para quitarse el mal regusto de algunas hierbas. En la botella de la juca hay vodka; el alcohol aumenta los efectos mágicos de nuestras plantas. Empecemos por esto.

Nos fuimos rolando la boquilla de la juca y haciendo chistes malos sobre felación, mientras Juanito cargaba una pipa de cristal de colores con una hierba molida de color verde oscuro. El chamanito encendió la pipa, le dio unas chupadas y dijo:

-¿Todos aquí han fumado mota? Bien, la salvia se fuma igual: se absorbe, se mantiene en los pulmones lo más que se pueda y luego se deja escapar. Pruébenla.

Así, unos fumaban de la juca de tabaco, al tiempo que otros se iban turnando la pipa con salvia. Mientras, Juanito entró a su casa y encendió su equipo de sonido; notas lentas, lumínicas y ensoñadoras surgieron de las bocinas. Cuando la pipa de salvia me llegó, le di una buena chupada. Al principio me chocó el sabor tan amargo de esta hierba y expulsé el humo, pues estaba acostumbrado al gusto suave y fresco de la marihuana. Le di una segunda inhalada y esta vez contuve el humo en mis pulmones hasta que ya no pude. De inmediato tuve una extraña sensación de escozor, como si muchísimas agujas afiladas se me estuvieran clavando en cada uno de mis poros…

Después de varias fumadas, me empecé a sentir ligeramente pacheco, con una intoxicación similar a la de la mota, pero a la vez muy distinta. Mi mente divagaba, el tiempo me parecía muy lento y las cosas se veían de otro color, mis miembros se doblaban y mis cabellos se erizaban. No tenía monchis, pero el amargo sabor de la salvia me hizo desear con impaciencia darle una mordida a alguna de las frutas. Escogí una guayaba y me la comí con todo y semillas.

-Quizá tengan sed. Ahora, prueben esta infusión de vino tinto con canela y loto azul -dijo Juanito, nuestro chamán, rolándonos una jícara con un líquido tibio que emanaba un dulce aroma -Ahora, pasemos a la estrella de esta noche: la salvia.

-¿No ya habíamos probado de ésa? -cuestioné.

-No. Probamos la salvia en su estado natural -explicó Juanito y añadió, al tiempo que levantaba una bolsita de plástico con un polvo negruzco –Éste es el extracto de salvia. La sustancia activa aquí está concentrada y pega duro. ¿Quién dice “yo”?

-¡Yo! -exclamé para mi propia sorpresa.

-Vas -Juanito puso la salvia en la pipa de cristal y me la dio junto con un encendedor-. Chupa con fuerza al mismo tiempo que pones fuego. Luego guárdate el humo hasta que ya no lo aguantes. Con dos toques será suficiente.

Hice como me indicó. Desde el primer toque tuve sensaciones como las que me había producido la salvia natural, es decir, comezón, desaceleración del tiempo, debilidad muscular. Pero de pronto mis miembros se hundieron en la espesura del suelo, y miles de rayos eléctricos azules salieron por cada uno de mis poros. Una ráfaga de aire golpeó mi cara, como si viajara a gran velocidad, mientras zumbido silenció todo lo demás. Los seres y objetos que ante mis ojos se descompusieron en miles de puntos de colores y cada uno de ellos se escapó hacia mí y se perdieron detrás de mi cabeza. Antes de que pudiera entender lo que pasaba me encontraba viajando como la luz por un túnel de tintes y matices de brillo y nitidez inverosímiles, con formas geométricas opacas que rotaban en tropos metamórficos y pasaban por encima o delante de mí al tiempo que yo avanzaba a través del universo. Un rugido tonante y perenne inundaba por completo el espectro de estímulos auditivos. Todo lo que percibía era maravilloso y extraordinario, y no obstante me parecía de lo más natural, como en los sueños, donde siempre aceptamos como normales las cosas más absurdas. Poco a poco la velocidad disminuyó y los colores y formas dieron paso a las siluetas familiares de los muchachos con quienes compartía ese momento. Entonces me di cuenta de que me dolía la mandíbula y de que aquel ruido estridente eran mis propias carcajadas.

-¿Qué tal? -me preguntó Bilcho cuando terminé de reír.

-Genial. No mames. Genial -es lo que mi truncada elocuencia me permitió expresar. -¿Cuánto tiempo me fui?

-Como dos minutos, macho.

-No mames. Sentí que viajé hasta los confines del universo…

Después, uno por uno fueron probando el extracto de salvia. Cada quien describió de forma distinta su experiencia, pero todas tuvieron en común una risa incontrolable que dominó a los psiconautas. Al final, habíamos quedado exhaustos, pero estábamos muy contentos.

-Salvia, eres lo máximo, ¿dónde has estado toda mi vida? -declaró Bilcho.

-Es muy buena, ¿verdad?- dijo Juanito -Ahora, para finalizar…

-¿Qué? ¿Hay más?- pregunté incrédulo.

-Por supuesto. Ahora sigue la Ipomoea violacea, o como dicen los gabachos, la morning glory.

-¿Y esa madre qué es?

-Es una florecita, cuyas semillas tienen LSA, que es un sustituto legal del LSD… La canción de Oasis, Morning Glory se basa en esa florecita -explicó Juanito.

-Eso no es cierto -corrigió Wiki.

-¿Ah? Pero el punto es que con esto terminamos la noche.

Juanito trajo un pomo y de él sacó un puñado de semillitas negras y alargadas, parecidas a las semillas de uva, que vertió en un molcajete que tenía un poco de agua. Entonces empezó a machacar las semillas al tiempo que cantaba una extraña melodía, que sonaba como a New Age barato.

-¿Es eso necesario? -preguntó Bilcho.

-No, pero yo creí que…

-Mejor cesa y desiste, por favor.

-Va, entonces ayúdenme a moler esta cosa.

Todos nos turnamos para convertir esas duras semillas en un masacote viscoso y cafesoso, que olía como a nuez moscada. Juanito recogió un poco de ese ungüento en una cucharita de té y le dio una probada a Juan Pablo, que fue el primero en ofrecerse como conejillo de indias para probar el mejunje.

-No sabe mal –dijo-. Un poco amargo, nada más.

            Después Juanito dio una cucharadita a cada uno de nosotros. El asunto tenía un sabor como a madera, como a masticar un lápiz.

            -¿Cuánto tarda en pegar? –pregunté.

            -Un buen rato. Con todo lo que hemos fumado y bebido esta noche, lo sentirás cuando te vayas a dormir.

            Seguimos platicando por un largo rato, dándole toques a la juca y sorbos al vino con loto azul, hasta que una mezcla ignota de pachequez y sueño me venció, y me tiré a dormir en la hierba.

Estuve saltando de mundo en mundo, cada uno con diferentes maravillas, como ciudades de cristal y cascadas de colores, y voluptuosas princesas en castillos de arena escarlata. Había planetas pequeños como casas, en los que vivían criaturas diminutas que asomaban sus cabezas desde los cráteres. Otros planetas eran enormes y luminosos, pero su cielo era siempre nocturno y estrellado y se veían pasar cometas y meteoros. Había mundos con selvas de hongos gigantes y pájaros traslúcidos, y desiertos con pirámides tornasoladas que albergaban lagunas en las que saltaban delfines multicolores. Había playas en las que la arena brillaba con luz azulada, y en las que el oleaje llegaba lento y sereno bajo un cielo poblado por estrellas y planetas con forma de trompos, alrededor de los cuales giraban anillos erráticos. Vi plataformas ajedrezadas que flotaban en el espacio y cuerpos geométricos que brillaban de color neón y oscilaban a la deriva. Escalé torres gigantescas erigidas en planetoides demasiado pequeños para albergarlas, y en sus cimas pude alcanzar a tocar un cometa, que al tacto se sentía como un plumaje suave y esponjoso. Estuve en lunas de crema y en estrellas de azúcar y vi corrientes de agua que nacían en un asteroide y luego corrían por el espacio hacia otro, y de éste hacia uno más, formando arroyos y cascadas en el vacío. Estuve en los anillos de planetas como Saturno y en cielos con muchas lunas. Nadé entre las estrellas, respiré el frescor del éter y divisé un par de ojos brillantes que observaban todo desde la profundidad del cosmos. Pero no eran sólo las imágenes y los sonidos; mi misma concepción de la realidad era otra, mi entendimiento de las leyes que rigen el universo era otro. Arriba y abajo, antes y después, y muchos otros conceptos tenían nuevos significados en mi visión, como si me hubiera liberado de pronto de la dictadura del raciocinio.

Cuando desperté ya era de mañana. Agradecí a Juanito con un fuerte abrazo y después de despedirme de todos los demás volví a casa junto con Bilcho. Los días que siguieron fueron tranquilos en exceso; no había droga por ningún lado y después de la primera probada Juanito pretendía cobrarnos muy caro por sus productos. Además, por esa época del año los antros estaban muy vacíos y nuestros lugares favoritos cerraban durante la semana.

            Una noche lluviosa, después de jugar una partida con el ajedrez que me había dejado Renato, Bilcho y yo nos quedamos en su cuarto, él leyendo y yo no más mirando al techo. Pensaba en lo que había vivido en los últimos meses, en mi relación con Renato, en la aburrida orgía, y en el viaje con salvia. Las experiencias fuera de lo común con sexo y drogas habían sido de lo que más había deseado en el pasado y ahora me preguntaba qué efecto habrían tenido en mi vida, qué significado habrían tenido en mi historia. ¿Me cambiaron de alguna forma? ¿Me hicieron más sabio, más feliz? ¿O eran sólo un montón de cosas que pasaron y ya? ¿Estaba más cerca de superar esos sentimientos agobiantes que me sobrecogían cuando escapé de casa? ¿O sólo pasaron a formar parte de mi insaciable repertorio de “cosas qué contar”, pero sobre las que realmente no sentía nada?

-Me aburro obscenamente –le dije a Bilcho porque no quería seguir ese tren de pensamientos hasta su destino-. Este nivel de aburrimiento debe estar prohibido por la Declaración de los Derechos Humanos.

            -¿Y qué sugieres?

            -No sé. Deberíamos lanzarnos a recorrer la región, como planeaban hacerlo Alison y sus tetas…

            -Mmm… Es muy buena idea. Podríamos ahorrar unas semanas; no sería difícil puesto que ya ni hacemos nada. Podríamos rifárnosla con autostop y pidiendo santuario en las iglesias…. El único pedo sería pedirle unas vacaciones al Tío…

            De pronto sonó el timbre con una melodiosa tonadita, como la de Los Supersónicos. Bilcho preguntó muy extrañado: -¿Tenemos timbre?

            Fui a abrir la puerta y allí, en el umbral, con el vestido mojado y pegado a la sinuosidad de su cuerpo, con el cabello castaño empapado y gotas de agua rodando por su cara, mirándome con una sonrisa, estaba Cristal.

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42. Aprobarlos, ¡nunca!

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-Respetarlos, está bien. Aprobarlos… ¡nunca!- exclamó Pelón cuando no sé por qué vericuetos de la divagación terminó hablando sobre los homosexuales. Como era la última clase del viernes, apenas sonó el timbre todos salimos corriendo deseosos de una bocanada de libertad de fin de semana.

Esa noche habría una fiesta en casa de Bernardo, uno de los tipejos más populares del Countri. Ese fulano era presidente de la sociedad de alumnos, miembro prominente de MEGA y uno de los cabrones más borrachos y cogelones que se hubiera visto pasar por las aulas de nuestro bachillerato. Aunque su hipocresía y doble moral me causaban asco, lo cierto es que también le tenía envidia por su capacidad de obtener todo lo que todos los demás queríamos y además salirse con la suya. Golpes de pecho todos los domingos en la iglesia, misiones para lavar a los mesticitos cada Semana Santa y juergas con alcohol y viejas el resto del tiempo. Había muchos como él, pero como no tenían los ojos verdes ni apellido francés, estaban relegados a la dignidad de coristas de Bernardo.

Por aquellos días Liliana estaba muy enferma de gripa con fiebres y demandó que yo fuera a hacerle compañía junto al lecho. Le dije que la acompañaría hasta que se durmiera y me atreví a sugerir que quizá después yo podría ir a la fiesta. Pero ésa no era una opción. Para Liliana no era justo que yo me divirtiera sin ella, así que la conducta a seguir era irme a mi casa en cuanto se quedara dormida. Le prometí que así sería, pero en realidad, apenas mi libré de ella, me fui para la partuza, en gran parte alentado por los insistentes mensajes de texto enviados por Jorge desde casa de Bernardo. Claro está, Liliana se enteró una semana más tarde y se armó un pancho épico, pero eso no viene al caso.

La fiesta transcurrió de lo más normal y utilizo el adjetivo normal en la más negativa de sus acepciones. Uno que otro se mamó, uno que otro se fajó a una que otra y uno que otro ñoño fue ridiculizado por los demás y arrojado a alberca con todo y ropa, cartera y celular. Cuando el pobre ñoño emprendía, empapado y humillado, la retirada, alguien le metió coyazo y le dio un lapo. La mismas diez o quince canciones sonaron toda la noche, se contaron los mismos chistes y disfruté de la misma plática anodina con Jorge, de la que lo mejor fue cuando comentábamos entre risas capítulos recientes de Futurama.

Hacia el final de la fiesta había agarrado una ligera mala copa y sentí que no había valido la pena arriesgarme a sufrir la furia de Liliana por una escapada tan insulsa. Entonces escuché unos gritos que provenían de la casa de enfrente. Jorge también los oyó y juntos salimos a la calle para escuchar mejor.

-¡Ay! ¡Au! ¡No, papá! -se oyó la voz de un adolescente.

-¡No me digas así! ¡Pinche puto! ¡¡Pinche cochino de mierda!! -clamó la voz de un hombre.

-¡No le pegues! -gritó una mujer.

La música de la fiesta se detuvo y un contingente de chismosos nos acompañó a la calle, todos mirando hacia la casa de la que provenían los gritos.

-¡Pinche maricón! ¡Te me largas de mi casa ahorita!

-¡No! ¡Arturo! -suplicó la mujer.

-¡Tú no te metas! ¡Y tú, te me largas!

Escuché puertas que se aporreaban, objetos que caían y pasos veloces bajando una escalera. Segundos después apareció en la puerta frontal de la casa un muchacho moreno muy delgado; desde lejos se podía ver que venía llorando. Se detuvo en seco al ver tal cantidad de ojos entrometidos sobre su persona y tanto él como la multitud nos quedamos en silencio por unos instantes. Entonces se oyó una carcajada. Era Bernardo.

-¡Ay! ¡Pinche Arturito! ¿Te saliste del clóset? ¿Y qué pasó? ¿No te la quiso meter tu papá? ¿Y ahora qué? ¿Quieres ésta? -dijo llevándose la mano derecha al paquete.

El muchacho echó a correr por la calle mientras Bernardo dirigía una orquesta de crueles carcajadas. Para no verme mal, yo también reí.

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41. La teoría de las vaginas

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La orgía prometida tendría lugar en una casa en cierta colonia clasemediera y de la que desde la calle sólo se veía una alta barda blanca interrumpida por un portón de metal verde, custodiado por un gorilón con cara de pocos amigos. Renato dio su nombre y dijo que veníamos a ver a Osvaldo. El guardia entró por el portón y al cabo de un rato volvió para hacernos pasar hacia un patio bastante amplio, con todo y piscina, frente a una casa no muy grande.

-¡Renato! -exclamó un tipo alto y flaco.

-Qué pedo, güey -saludó Renato-. Te presento a mi cuate, Diego. Diego, éste es Osvaldo, la mente maestra detrás de todo este pedo.

-¿Esta vez sí le vas a entrar al desmadre, Renato? -preguntó Osvaldo.

-No, güey, venimos bajo el régimen de voyeurs

Renato me había explicado que a algunos asistentes les excitaba sólo ver y a muchos otros les excitaba tener un público que sólo los viera, por lo que los organizadores habían implementado la categoría de voyeurs.

-Va que va -dijo Osvaldo-, aquí tienen sus gafetes para que no se confundan –Y pegó en nuestras camisas sendas etiquetas con la palabra VOYEUR escrita con marcador.  Pero mínimo tómense un trago. Van a ver que se pone muy chingón. Yo no sé cómo Renato se aguanta las ganas cuando ya empezamos con todo… Puta, yo no más me acuerdo y se me para… Desde que se me ocurrió este pedo la hemos armado con ganas.

-¿Y cómo te iniciaste con esto del sexo colectivo? -le pregunté.

-De pura cagada. Una vez hice una fiesta con unos amigos, aquí en esta casita. Al final nada más quedábamos tres viejas y cuatro güeyes. Estábamos en la alberca, cuando a alguien se le ocurrió que nadáramos desnudos y nos quitamos los trajes de baño. Y como estábamos bien pediguanos nos pusimos a fajar y de pronto ya estábamos cogiendo. Nos divertimos tanto que decidimos hacerlo tradición, pero incluyendo más gente. A la siguiente vez armé otra fiesta, junté mucha droga y mucho alcohol e invité a un chingo de gente. Además, proyecté porno en una pared. Y funcionó, güey. Al final como veinte personas se quedaron cogiendo. No todos contra todos, obviamente, sino que se armaron sus parejas y se fueron a buscar rincones en la casa. Pero si hubo grupitos de cuatro o cinco personas. Ésos son los mejores.

No estaba seguro de cómo me debía sentir en esta situación, que no dejaba de parecerme absolutamente surreal, cuanto más por la naturalidad con la que todos se lo tomaban, y me limité a asentir con la cabeza y decir –Qué interesante.

-Y ahora, los siete originales y otros cuates armamos orgías casi cada semana. Esto sí que es vida. Ojalá que un día se animen y le entren. Hasta les voy a presentar a unas amigas…

-Sale, gracias.

-Y de veras, si quieren tomarse algo o fumarse algo, adelante. Viene incluido en su cuota -dijo Osvaldo y se fue a saludar a otros recién llegados.

-Qué pinche güey tan loco, ¿eh? -dijo Renato

-Sí, no mames -contesté.

-Ya vas a ver cómo evoluciona esta madre. Se pone muy interesante. A mí me late más por la experiencia de ver estas chingaderas que por el morbo de participar en ellas. Como te dije, no quiero que algún cabrón se emocione y me la quiera meter por el culo cuando me distraiga. ¿Y tú qué? ¿Le piensas entrar alguna vez?

-Pues ya veremos… -lo extraño de la situación me hacía actuar y hablar tenso y con mucha seriedad –Para ser sinceros me chivea un poco eso de desnudarme en público. Me da cosa que otros güeyes me vean. Y eso de mezclar mi atole con el de otro vato…

-Sí, ya sé. No me late a mí tampoco.

-Pero por otro lado, eso de una orgía es como una fantasía porno, ¿verdad? Todos hemos querido tener la oportunidad de coger con dos o más viejas al mismo tiempo, y no sé si me rehusaría a hacerlo aunque ni las chicas ni el ambiente fueran los óptimos…

-Pues fíjate que eso no es tan común, güey, a pesar de lo que sale en las películas y en los comerciales de Axe. Por lo que he visto y vivido, incluso en esta fiesta, es más común que una vieja se líe a dos güeyes que viceversa.

-¿A poco?

-Sí, porque los hombres somos más calientes, güey. Un hombre no rechaza sexo, aunque tenga que compartir su vieja con otro cabrón. En cambio las mujeres son celosas, y no están tan dispuestas a compartir a su güey. Además, las viejas son más recatadas y no le entran tanto a cosas pervertidas como hacer un trío. En cambio los hombres aprovechan cualquier oportunidad para coger.

-Mmm, no sé…

-Pues es neto, güey. Son mis observaciones.

Poco a poco empezó a llegar más gente. Había más hombres que mujeres y éstas no eran particularmente atractivas. Al hacérselo notar, Renato me dijo que en efecto él había visto pocas chicas que valieran la pena en las fiestas anteriores. Como a las once de la noche Osvaldo empezó a proyectar videos porno en una pared; pude reconocer que varios de ellos, los menos agradables, habían sido grabados en esa misma casa. Aburrido, me levanté por un trago. Unos chavos sentados en círculo sobre el suelo me invitaron a jugar caricachupas con ellos. El que perdía debía echarse un shot de tequila o quitarse una prenda. Jugué un par rondas con ellos, pero pronto me aburrí, porque además, no me interesaba ver los cuerpos regordetes y huangos de las dos únicas muchachas que participaban. Regresé a ocupar mi lugar junto a Renato.

-Es interesante cómo tenemos que inventar juegos para emborracharnos y desnudarnos cuando lo que en realidad todo lo que queremos es coger -le comenté.

-Sí, güey. Es bien cagado, ¿no?

-Pero supongo que pensando en coger hacemos mucho trámite, como bailar y platicar, cuando lo que queremos en verdad es un buen acostón.

-A lo mejor lo hacemos para desinhibirnos, güey. Imagínate si de golpe nada más llegáramos y cogiéramos.

-Sería más sencillo. Pero menos divertido, supongo…

-¡Mira, esa vieja está mostrando las tetas!- señaló Renato

-No están mal de cuerpo, pero esa cara…

-En esos casos aplicas la del camarón: le quitas la cabeza y todo lo demás está bueno. Je, je, je.

Renato se levantó y fue al baño. Yo me serví otro trago. Después de como cuatro tequilas empezaba a sentir el efecto, los sonidos del porno me estaban llegando a los genitales y las muchachas de la orgía me parecían menos feas, pero aún me sentía completamente ajeno a lo que sucedía a mi alrededor, como si no estuviera pasando en el mundo real, como si fuera sólo otro más de los videos obscenos de la pared.

-¡Mira no más qué hay en el baño, güey! -dijo Renato mostrándome una Hustler.

-No mames, llévatela para allá. Ha de estar toda espermeada.

-¡Chale, güey! -exclamó Renato arrojando la revista lejos de sí-. No pensé en eso. Aunque por otro lado, ¿qué clase de loser se la jalaría con una porno en el baño cuando tiene la oportunidad de coger en una orgía?

-Ese tipo, por ejemplo -dije señalando a un cabrón, muy drogado y muy desnudo, haciéndose una chaqueta frente a la pared pornográfica. Otro güey llegó junto a él y le dio una mano con su asunto-. Chinga, eso no lo vi venir -comenté.

-Ya verás a muchos venir, ja, ja, ja. Estas fiestas se llenan de pomosexuales, güey -explicó Renato-. Por eso no me fío. A estos cabrones les das un poco de drogas y alcohol y se agarran a la primera cosa que pase frente a ellos.

-Mira, esos están nadando desnudos –la monotonía era tal que mi propia indiferencia llegó a sorprenderme.

-Y así empezó todo…

Algunas personas abandonaron la fiesta; quizá no era lo que esperaban. Algunas parejitas y tríos desaparecieron dentro de la casa. Después de un par de horas, sólo quedaban alrededor una decena de personas en el patio.

-Esa vieja no está nada mal -dije señalando a una muchacha que se quitaba la ropa con un baile sensual ante un grupo de cinco muchachos que le silbaban y aplaudían.

-Chale, güey, ya estás bien pedo -dijo Renato.

-¿Te cae? ¿No está buena?

-Nel, güey. Bueno, igual y sirve para lo que sirve, pero no más. Aunque sí es de lo mejorcito que he visto esta noche. Una vez me empedé con vino y me cogí a una vieja parecida. Pero creo que si no hubiera estado pedo no le habría ni agarrado las tetas.

-No te has empedado muchas veces en tu vida, ¿verdad?

-No, güey. No me gusta la sensación. Una vez me empedé con mi novia Jimena, y a ella le encantó porque me puse muy fogoso. Una vez se empedó ella y me dijo “hazme lo que quieras”, y yo se la quise meter por el ano, pero no se dejó. Ja, ja, ja, pinche vieja, güey.

-Nunca me habías hablado de una novia.

-Ah, es que ya no es mi novia, güey. Estuvimos juntos y cortamos demasiadas veces y me aburrí. Estuve muy clavado con esa vieja, güey. Me he cogido a un chingo de viejas, pero sólo de ella he estado enamorado. Pero es mucho desmadre. Yo creo que los hombres y las mujeres sólo deberían juntarse para coger y luego dejarse en paz, porque lo demás es muy complicado.

-Ésos de allá siguen tu filosofía -señalé pues la chica del baile se había desnudado por completo y ahora estaba recostada boca abajo sobre una mesa y siendo penetrada por detrás por un cabrón; otros tipos estaban haciendo fila y esperando su turno.

-Hoy está más leve la cosa que otras veces -dijo Renato-. Si quieres llégale a esa vieja, para que no te vayas a tu casa esta noche sin orgasmo.

-De ninguna manera. No quiero ni pensar en los patógenos que están brincando como pulgas de una gónada a otra esta noche… Aunque debo admitir que la escena me excita un poquitín. Pero dime una cosa, ¿por qué crees que los hombres y las mujeres no son compatibles?

-Es por sus vaginas.

Me reí tanto que escupí el tequila que estaba tomando –No mames. Si algo nos hace compatibles con ellas son precisamente sus vaginas.

-Tú tenías novia antes de escaparte de Ciudad Plana, ¿no?

-Sí.

-¿Cómo era?

-Al principio muy buena y cariñosa. Después se volvió celosa, mandona, regañona, exigente, asfixiante y, para colmo, aburrida… y también engordó.

-Exacto, güey. Mi problema con las viejas es que se vuelven loquitas. Además, tienen una noción pervertida de lo que es verdaderamente importante.

-¿Cómo es eso?

-Pues las viejas nunca piensan en lo que es práctico, útil o necesario. Piensan en pura pendejadita como que sea bonito, que combine, que se les antoje. Chale, güey, a mí me gustan las cosas de calidad, pero las pinches viejas siempre se van con mamadas. Lo he visto con mi madre, güey. Ya lo dicen los grandes poetas: las mujeres son caprichosas, mudables, irracionales. Es culpa de sus vaginas, güey.

-¿Cómo?

-Yo creo que sus vaginas secretan alguna substancia, alguna pinche hormona que las hace pensar en pendejadas, que las hace ser tan volubles, que sean tan celosas. Debe haber algo en sus vaginas que hagan que la excepción sea la mujer que lee, que se preocupa por adquirir conocimiento. Algo debe provocar que ellas siempre salgan con esas mamadas de “¿en qué piensas?” o “comparte tus sentimientos”. Y luego hay que hablarles como a los loquitos, como a los retrasados mentales, con mucho cuidado, porque si les dices algo que no les gusta empiezan a hacer sus berrinches y lloriqueos. No puedes discutir con ellas como adultos sensatos, tienes que darles por su lado todo el tiempo…

Me le quedé viendo estupefacto -¿Sabes qué me saca de onda, Renato? Que siendo un tipo tan culto y cosmopolita, de repente salgas con cada mamada racista o misógina.

-Precisamente porque yo conozco el mundo y sé qué pedo es que no me ando con pelos en la lengua para decir las netas. Y la neta es que hay algo en las viejas que hace que insoportables y yo digo que son sus pinches vaginas. No me malinterpretes, me encantan las vaginas. Pero soy el primero en aceptar que las vaginas son agujeros del demonio… ¡Es en serio! ¿Has visto esa madre? ¡Es como la boca de un molusco! Siempre chorreando babas y mocos. Es más, yo creo que el mito de las sirenas nació del hecho de que las vaginas huelen como a pescado.

-A la verga, Renato. No mames. Me saliste bien pinche machista.

-Nah, no le tomes en serio, güey. Te digo estas cosas porque sé que contigo no tengo que ser políticamente correcto. Yo amo a las mujeres, güey, de veras, pero a veces pienso que somos demasiado diferentes como para compartir la vida. Claro que pienso casarme y todo, pero será con una vieja que no me dé tanta lata y que sepa su lugar. Ya lo tengo todo bien planeado, güey. Tendré de esposa una mujer bonita, buena y hacendosa, y de amante, una vieja buenota y caliente.

-¿No sería mejor tener como esposa una mujer bonita y buena que además fuera una amante buenota y caliente?

Renato estalló en carcajadas tan sonoras que la chica, que ahora estaba siendo penetrada por tres hombres a la vez, volteó para ver qué pasaba –Así no existen. Las hay de dos tipos: las que nacen para ser madres y las que nacen para ser putas.

-No mames, Renato, no puedo creer que pienses así de verdad. Una mujer puede haber tenido varios amantes a lo largo de su vida, ser muy buena para el sexo y aún así llegar a ser una buena madre y una esposa amorosa…

-Chale, güey. No me salgas con ese pensamiento liberal. Ésas son mamadas, güey. ¡Puta madre! –Renato contrajo el rostro y apretó los puños; parecía que algún pensamiento o recuerdo lo encolerizaba-. Las que van a ser mamás no deben haber sido putas antes. ¿O qué? ¿A ti te gustaría saber que tu mamá anduvo con éste y con aquél?

-Pues no… pero que una mujer disfrute de su sexualidad no la hace una puta… -como de costumbre, sabía que Renato se equivocaba, pero no tenía los elementos o la energía para argumentar.

Renato se reía de mi indignación –No te ofendas tanto güey. En realidad creo que a todas las mujeres les encanta el palo, y les gusta andar de putas. Pero algunas saben que deben reprimirse para poder ser buenas madres y esposas.

-No mames, Renato.

-Piénsalo, bro: si a las mujeres no les gustara ser tratadas como putas no existiría el reguetón.

-No, Renato. Ahora sí que no puedo estar de acuerdo contigo. No puedes nada más decir “Todas las mujeres son putas y pendejas”, eso incluirá a tu mamá.

-Pues no diría que es pendeja mi mamá, pero sí es medio tontita. El único libro que ha leído en su vida es “¿Quién se ha robado mi queso?”

-Pues hablando de libros, también ha habido muchas mujeres escritoras, ¿no? ¿No cuentan ellas como inteligentes o qué?

-Sí, y muchas de ellas han sido muy buenas. Yo soy fan de Sor Juana. Pero han sido excepcionales, güey, una minoría. Y hoy en día, cuando las mujeres escriben poesía sólo hablan de dos cosas: de sus sentimientos ñoños y de lo mucho que les gusta el palo. Nunca vas a ver un poema escrito por una mujer que sea filosófico, sobre cosas trascendentes. Es como cuando las mujeres escriben blogs: no más echan puro choro sobre cómo se sienten y de sus amantes y esas pendejadas. Nunca dan su opinión ni hacen reflexiones sobre temas importantes, como política o arte. Es como con los jotos, que lo único que hablan en sus escritos es de ser jotos. ¡Qué hueva!

-De verdad que no te puedo creer, Renato. En serio. Si fueras un viejo, te creería que pensaras así. Pero coño, eres un chavo, has corrido mundo. Me sorprende mucho en ti…

-Bueno, pues si te vas a poner así de delicadito, ya no te voy a expresar mis opiniones… ¡Chinga! ¿Ese cabrón le está meando encima?

Del otro lado del patio, lejos del gangbang que ocurría por nuestros rumbos, un muchacho estaba orinando la cara de otro, quien muy complacido satisfacía su sed con la lluvia dorada.

-Pinches putos -dijo Renato-. Me cae que son bien puercos… Pero mira a esa vieja, cómo le siguen dando. Y esos cabrones ni condón tienen.

-Qué fijado.

-¡Ja! Pero no mames, güey. Pinche vieja, se va a rebosar. Ja, ja, ja. Pero es como dice la canción: “Hacer el amoooor con ooooocho. ¡Cóoomo no! Con uno no es nada, y cono ocho es la jugada…” Ja, ja, ja.

-No mames. Entiendo que ella piense que cuantas más vergas mejor, ¿pero cómo pueden ellos estarse untando con el semen de otros?

-Ya te dije, güey, los hombres siempre aceptarán tener sexo, sin importar las condiciones, aún cuando eso significa compartir. ¿Te confieso algo? Nunca he cogido con dos viejas al mismo tiempo… ¡qué más quisiera! Pero una vez compartí una vieja con otro güey.

-¿En serio?

-Neto, güey. Estaba en una fiesta de alberca en casa de mi cuate. Ya al final de la fiesta, sólo quedábamos él, yo, y una vieja a la que los dos le andábamos tirando el ojo. Mi cuate ya estaba pedo y se estaba poniendo de impertinente, dándome indirectas para que me largara, pero yo me hacía pendejo. Entonces fue la vieja la que empezó a darnos indirectas y a zorrearnos a los dos. De pronto se quitó el traje de baño y nosotros nos quedamos sin saber qué hacer, pero, je, je, ella nos guió. Y pos qué te cuento, nos la cogimos entre los dos. ¡Pinches fiestas de alberca, ahí está el origen de toda putería!

-Pero no lo besaste a él, ¿verdad?

-No, güey, no mames. Soy caliente, pero no puto.

-Bueno, como sea… Oye, voy al baño.

Me levanté y me dirigí hacia el sanitario, pero una pareja estaba teniendo sexo en él, de modo que tuve que hacer pis en el jardín.

-Esto está de la verga… -dijo Renato cuando volví con él -Siéntate, Diego.

-Gracias -dije y tomé asiento, para ver el gangbang con atención.

-Chale, Diego.

-¿Qué?

-No es divertido alburearte, güey, nunca te das cuenta.

-¿Me estabas albureando?

-Todo el tiempo te estoy albureando, güey. Allá en la ciudad te comerían vivo. Te chingarían enseguida.

-Bah, ustedes los huaches se toman eso del albur muy en serio –estaba un poco harto y un poco más pedo, por lo que me puse medio al brinco -Que te chinguen es que te abran el cráneo con una piedra. El albur no es más que una forma ingeniosa de decir “eres puto” y “yo te cojo”. Pero qué ¿si te lo dicen con rima entonces ya es verdad y por eso ya te chingaron? Mamadas.

-Chale, Diego, eres bien provinciano.

Ahí, en medio de una orgía que no podía interesarme menos, me encontraba cada vez más irritado por la plática de Renato.

-Bueno -dije después de un rato y tras recobrar un poco la calma-, ha sido una noche interesante. Pero me hubiera gustado…

-Habría.

-¿Cómo?

-Se dice “me habría gustado”, no “me hubiera gustado”. “Hubiera” es subjuntivo, “habría” es pospretérito. Es importante saber utilizar el lenguaje, güey, es lo que nos distingue de los nacos.

-No me pinches jodas, Renato…

-Por ejemplo, me caga la madre la gente que dice “en base a” en vez de “con base en”, o los que dicen “transgiversar” en vez de “tergiversar”. Pero los que de verdad me cagan la madre son los que cuando escriben en la computadora ponen “haber” en vez de “a ver”. Como “haber la foto”. Esos cabrones sí que me enferman.

-Y tú eres muy propio con tu habla, ¿verdad, güey? -le dije, pero no captó la ironía.

-A huevo, güey. Hay que saber usar el lenguaje. Por ejemplo, ¿sabes que García Márquez nunca escribe con adverbios terminados en “mente”? Desde que lo supe, yo tampoco los utilizo, ni para hablar.

Me le quedé viendo incrédulo por unos segundos y al final, envalentonado por el tequila, y porque a esas alturas de la noche ya me estaba empezando a cagar la madre, me atreví a ser sincero –Renato, dime una cosa… ¿Por qué eres tan mamón? ¿Cuál es tu problema?

-Ja, ja, ja. ¿Qué te pasa, güey?

-No, en serio. “Al chile, bro”. ¿Por qué eres tan mamón? O sea, eres buen pedo y todo, pero cuando te pones de mamón, de veras me dan ganas de haberte dejado morir de apendicitis…

Renato me miró muy serio y altanero con sus ojos verdes y dijo:

–Soy mamón porque puedo darme el lujo de serlo.

-Ah, va -suspiré al tiempo que me ponía de pie y empezaba a caminar hacia el portón.

-¿A dónde vas?

-A tomar aire fresco.

-¡Te vas a perder el bukake!-

Ya estaba con un pie en la calle, pero me volví para ver y así pude atestiguar cómo los cinco tipos eyaculaban sobre la cara y senos de la chica. Salí riéndome entre dientes, pero mi risa fue cortada por unos sollozos lastimeros. Junto al portón, sentado en el suelo con las rodillas recogidas contra el pecho, estaba un muchacho, como de dieciocho años, flaquito y pecoso. Me sentí incómodo y por un momento pensé en volver a la fiesta y dejarlo ahí pero, quizá por el tequila, me entró un poco usual sentimiento de camaradería hacia el desconocido y le pregunté:

-¿Estás bien, amigo?

Entre sollozos, el chavo levantó la mirada hacia mí y respondió –No, macho, estoy de la chingada.

Dudé por un instante y luego dije -¿Te puedo ayudar en algo?

-No creo, pero gracias…

Estaba a punto de darme la vuelta y regresar a la fiesta cuando el muchacho dijo de pronto –Ella es el amor de mi vida, güey.

-¿Quién?

-Ella, la chica que está ahí.

Me asomé hacia el interior. La muchacha y sus cinco proveedores se habían ido. Renato caminaba hacia nosotros.

-No mames -se lamentó el muchacho-. Yo a esa mujer la tenía como diosa. De verdad la adoraba. Le escribí poemas, macho, y cartas de amor. E iba a llevárselas a su casa a media noche para que las encontrara a la mañana siguiente… No mames. Ya me quiero morir, macho. ¡Me quiero morir!

-¿Qué pedo? -preguntó Renato cuando nos alcanzó.

-Este cuate agarró la mala copa -dije, y volviéndome hacia el chico pecoso-. ¿Cómo te llamas?

-Mario -respondió.

-Oye, Mario, ¿quieres ir por un café?

Mario se enjugó las lágrimas, me miró con extrañamiento y dijo al fin –Bueno, gracias.

Los tres caminamos sin decir palabra hasta un Oxxo. Una vez en la tienda, pedimos unos cafés y nos sentamos en una de las mesas. Mario seguía lagrimando y gimoteando.

-Esa vieja ha sido el amor de mi vida desde que estábamos en la secundaria -dijo sin que nosotros le preguntáramos nada-. Siempre he estado loco por ella, por su cuerpo, por su cara, por su personalidad… ella siempre fue muy divertida, muy open-mind, siempre tuvo ideas diferentes… Pero nunca me peló. Sólo fuimos amigos… Qué mierda, este café sabe a Jugo Magui.

-Ya, Mario -le dije-. Déjalo, ya encontrarás a otra…

-¡No! Estoy condenado a vivir sin amor…

-Ya, no seas emo, güey -dijo Renato-. Mira, ahora esto te parece que es el fin del mundo, pero ya pasará. Todo pasa. Algún día recordarás este momento y te darás cuenta de que todo esto es muy infantil. Hasta risa te dará, como dice Paul Anka…

-¿Y ése quién es?

-Olvídalo. El punto es que todo esto son mamadas, güey. Te enamoraste de una vieja y resultó ser una puta. ¿Y? Encontrarás a otra. El mundo está lleno de mujeres. Hasta te volverás a enamorar. Créeme.

-Pero ninguna será tan hermosa como ella.

-Eso te parece ahora, pero luego conocerás a más mujeres. Es más, si te la hubieras cogido, a los dos meses ya te habría empezado a parecer menos guapa.

-No lo creo. Yo sé que la amaré por siempre.

-Ya, güey, no seas ridículo. Eso no existe. Lo que necesitas es irte a coger con otras viejas para olvidarte de ella. Es más, creo que si te hubieras aparecido en medio del gangbang, te hubiera tocado por lo menos un agujero.

-¡Yo soy virgen! -soltó Mario de sopetón.

-Chale, pues no hay mucho que hacer aquí…

-Creo que Renato tiene razón, Mario –intervine-. Ya la olvidarás. Yo tuve una novia durante tres años y creí que no podría vivir sin ella y ahora mírame: ya hasta asisto a orgías.

-Sí, y ella también…

-Mejor cambiamos de tema…

El resto de la madrugada lo pasamos platicando de cosas triviales para mantener a Mario distraído. Al amanecer, él ofreció llevarnos en su coche hasta el departamento de Renato.

-Fue un gusto conocerlos -se despidió cuando bajamos del auto-. Y gracias por escucharme, de verdad necesitaba a alguien con quien hablar.

-Sí, sí. De nada -cortó Renato.

-Cuídate y buena suerte -dije dándole la mano a Mario. Instantes más tarde, en el departamento de Renato, le dije –Pobre chavo. Estaba con el corazón bien roto.

-¡Nah! Pinche loser, güey. Me dieron ganas de golpearlo.

No dijimos más y nos fuimos a dormir. La semana siguiente fue la última del curso de apreciación musical y Renato dedicó su tiempo libre a buscar opciones para seguir cultivándose en alguna otra ciudad. Finalmente escogió Ciudad Plana, en donde tomaría un curso de historia del cine mexicano.

-Será chistoso vivir en tu pueblo; me da mucha curiosidad -me dijo Renato.

-Sólo recuerda que estoy de fugitivo, no le vayas a decir a nadie dónde ando.

-Sí, güey, no te preocupes.

Renato se iría al domingo a mediodía, así que armó una última fiesta de vinos y quesos el sábado por la noche. Aparte de Bilcho, Renato y yo mismo, todas eran caras nuevas. Ninguno de los amigos de Renato que habían asistido a fiestas pasadas estaba ahí. Al parecer se había peleado con todos ellos. La fiesta transcurrió con relativa calma, entre conversaciones agradables y sorbos de vino. Hacia las dos de la mañana la mayoría de los invitados se habían ido, incluido Bilcho, y sólo quedábamos Renato, un par de chicas llamadas Violeta y Cristina, y yo. La primera era una morena candente y la otra una güera regordetita. Renato se encontraba en su cuarto fajando con Violeta y yo quería llegar al mismo nivel con Cristina, pero al final, después de una larga conversación en la que creí que me la estaba ligando, ella me dio el batazo y le habló a un amigo para que la fuera a buscar.

Me quedé solo en la sala del departamento de Renato, temeroso de tener que pasar toda la noche escuchando gemidos que no me dejaran dormir de la envidia. Pero no permanecí en esas condiciones mucho tiempo, pues al poco rato mi amigo salió de su alcoba en busca de agua. Me vio todo aplatanado y me preguntó:

-¿Y tu vieja?

-Se fue.

-Chaz, qué mal pedo -y se bebió el agua de un golpe-. Bueno, ni hablar, ya sabes que te puedes quedar aquí a dormir.

-Gracias.

-Oye, broder -me dijo sentándose junto a mí en el sofá-. Te quiero agradecer todo tu apoyo y amistad.

Me sentí un poco incómodo –No te preocupes, Renato.

-Es neto, güey, gracias -me puso una mano en un hombro y agregó –Eres una buena persona, Diego -se levantó y volvió a su cuarto.

Me quedé echado en el sofá esperando a reunir fuerzas suficientes para trasladarme a la cama. Pasé así unos pocos minutos antes de que Renato y Violeta salieran de la habitación medio encuerados y riéndose de vino.

-Oye, güey -dijo él-. Dice esta vieja que si te nos quieres unir -los dos se carcajearon.

No supe qué decir.

-Es en serio, broder -dijo Renato ya sin reírse.

Lo pensé por unos segundos, ponderando las implicaciones de esa invitación. Renato tenía razón: sexo es sexo.

-Bueno, va. Pero nada de cruzar espadas.

-Ja, ja, ja. No, güey. Violeta estará en todo momento entre los dos.

-Sobres -y los acompañé dentro de la habitación. Apenas había puesto un pie dentro cuando Violeta me tomó de la cara y me besó con intensidad. Después, besó con igual fuerza a Renato y luego dijo:

-Ahora bésense ustedes.

Me volví para ver a Renato que también parecía muy sacado de onda y dijimos casi al unísono –¡Ni madres!

-Ay, dale. Bésense. Háganlo para excitarme -decía la chica.

-Ya déjate de mariconadas -le dijo Renato al tiempo que le quitaba poca ropa que le quedaba –Llégale, Diego -me dijo apartándose de Violeta.

Ella se me acercó y me ayudó a quitarme la ropa; besó mi cuerpo y yo besé el suyo, mientras Renato se desnudaba. Entonces los tres nos metimos en la cama, con Violeta en medio.

-Tú por adelante- me dijo, y volviéndose hacia Renato añadió –y tú por atrás.

Y lo hicimos tal como ella nos lo indicó.

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40.Yukas

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            Había una página de Internet que se hizo muy popular cuando yo estaba en la prepa: yukas.com, donde se publicaban los chismes de la adolescencia bien de Ciudad Plana. Los principales colaboradores eran los mismos afectados, ya que se consideraba distintivo de popularidad el aparecer a menudo en el sitio web. La sección “Trágame, tierra” era la más visitada porque en ella se daban a conocer los hechos más bochornosos de la gente bonita.

            La cosa era más o menos así “Iba a participar en las audiciones para Timbiriche: la nueva banda, pero mi papá, que maneja un BMW y es dueño de la Torre Fía, llegó en medio de la audición y me dijo que me dejara de pendejadas ¡enfrente de todos! ¡Oso total!”. O: “Estaba caminando con mi novia por la Fashion Mall. Le había comprado un vestido de 5 mil pesos. Ella quiso que la abrazara por detrás, pero de pronto se me paró, y ella se dio cuenta y me dijo que me alejara. ¡Trágame, tierra!”. Y así por el estilo, pero con mala ortografía.

            Esta página de Internet se hizo tan popular que los padres de familia exigieron a las autoridades del Countri que la prohibieran. Claro que lo único que se logró fue que en las computadoras de la escuela se bloqueara el acceso al sito, mientras los alumnos podíamos seguir checándolo desde la comodidad de nuestros hogares.

            La Pérez Hilton era una chica del Countri, alta y delgada, que el primer día de clases llegó con peinado y atuendo que emulaban los de Paris Hilton y con un par de chuchús flamantes y nuevecitas. No era muy guapa, pero sí muy promiscua -como su epónimo- y siempre se emborrachaba en las fiestas de la socialité adolescente citapianense. Pues resulta que en una de las pedas, se puso a bailar y se encueró en una mesa y muchos le tomaron fotos a sus -eso sí- exquisitas siliconas. Las imágenes empezaron a circular en cadenas de correo electrónico y a la Pérez le gustó eso de ser el centro de atención haciendo vulgaridades -de nuevo, como su epónimo- así que más de sus fotos fueron liberadas para recorrer las redes. A mí nunca me llegó la cadena y de hecho no me enteré de su existencia sino hasta que Jorge me informó que las fotos podían ser encontradas en cierta página de Internet.

Así conocí xocialite.com, en la que se publicaban fotos, videos e historias sexuales de la clase alta citapianense. La agencia dedicada a ayudar a quienes querían poner cuernos se anunciaba en este sitio, así como otras páginas que organizaban orgías, fiestas swinger, encuentros casuales y demás. Y es que xocialité.com era visitada y utilizada no sólo por adolescentes jariosos, sino por los adultos ricos e importantiosos de Ciudad Plana. Ya había escuchado que las personas que participaban en orgías solían no ser atractivas y ver a ese montón de cuarentones compartiendo sus excrecencias no cambió mi opinión.

Claro que no pude acceder a estas cosas a la primera. Si se ponía la dirección de la página en la barra de direcciones del explorador sólo aparecía una pantalla negra y un cuadro de diálogo que exigía una contraseña. La página era secreta y no estaba diseñada para que la visitara cualquier pelagatos. Pero Rafael era medio hacker y, tras una semana de esfuerzos y desvelos, logró entrar. Y allí, navegando al azar, encontramos fotos de mi padre recibiendo un blow job de la Pérez Hilton.

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39. Por los callejones del queso y el vino

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Me despertaron los golpes a la puerta de la habitación. Me puse los pantalones y abrí; me encontré con un mesero que me dijo:

-Caballero, ya es hora de que deje la habitación para que la limpien.

-Sí, gracias. ¿Qué hora tiene?

-Las cuatro y media.

-Gracias.

Me vestí y salí. La fiesta continuaba en el antro, aunque ya no había tanta gente, y como no encontré a Renato, me fui directo a casa. Renato me encontró al medio día, después de que terminara la primera función del Circo de las Ratas.

-¿Qué tal, güey? ¿Cómo te fue?

-A toda madre. Si me debías algo, ahora ya estamos a mano.

-Qué bueno que te gustó. A mí me encantan las putas, pero las putas de calidad, y creí que a ti también te podrían gustar, güey.

-Pero no mames, ¿cuánto te costó?

-No, no, no. Es un regalo, güey. Y del regalo nunca se pregunta el precio.

-Pues… Muchas gracias, amigo…- y estreché su mano.

-Oye, güey -dijo-, hoy voy a hacer una fiesta de quesos y vinos en el depa y te quiero invitar… Tú también puedes venir, Bilcho.

-¿Y cómo es una fiesta de vinos y quesos? -pregunté.

-Pues nos sentamos a comer diferentes variedades de quesos, panes y carnes frías y a tomar varios vinos. Va a estar muy rico, güey.

-Oye, suena muy bien… Pero tú no debes tomar, hace apenas una semana que te operaron.

-Chale, güey, tú siempre el Doc. No te preocupes, broder, no voy a tomar. Sólo quiero festejar mi recuperación con todos mis cuates, güey. Va a estar chido. Tomaré Frutsi, güey. Je, je, je.

-Va, pos ¿a qué hora?

-A las siete. Ponte ropa decente.

-Éste tu cuate… -me dijo Bilcho unas horas después, cuando íbamos camino a la fiesta-. No me termina de agradar.

-Ya me di cuenta. ¿Pero por qué?

-Es muy… pretencioso, ¿no?

-Pues sí, es un poco mamón, pero es buena gente.

-Bueno, si tú lo dices -y no añadió más.

Llegamos al departamento y Renato nos recibió. Además de él, sólo estaban un muchacho llamado Orlando y su novia Beti, una chica muy guapa. Poco a poco llegaron los demás de los invitados, entre los que se encontraban Juan Pablo, Joaquín, Gerardo y tres chavas a las que yo no conocía.

-¡Qué Pedro, mi Pablo!- saludó Bilcho –¿Cómo es que conoces a estos caballeros tan distinguidos?

-Qué hongo, Bilcho -contestó Juan Pablo-. Pos ya ves, ando en todo.

-Bueno –interrumpió Renato-, ya que estamos todos, vamos a pasar a la mesa.

Él había preparado todo un banquete. Charolas con diferentes variedades de panes, quesos y carnes frías, como lo había prometido.

-La clave es la siguiente: hay que saber combinar los sabores -decía Renato mientras servía vino en nuestras copas-. Un tinto va con la carne, queso y pan que tengan los sabores más fuertes. Un blanco va con los sabores suaves.

-Este cabrón nos quiere empedar y abusar de nosotros. Cuida a tu chava, Orlando. No vaya a ser que este cabrón quiera armar una orgía -dijo Gerardo y todos nos reímos.

La cena fue deliciosa; todo estaba exquisito. Como no estaba acostumbrado a tomar vino, el espíritu de Baco se me subió pronto a la cabeza. Después de un par de horas de probar diferentes tipos y marcas de vino, todos estábamos mareaditos. Sólo Juan Pablo y Renato no tomaban.

-Yo no tomo, hermano. Yo no más las hierbas y la psicodelia -decía el primero.

-A mí no me gusta la cerveza y casi ningún otro licor, güey -decía el otro-. Pero el vino me encanta. Y no me gusta empedarme, güey. Yo no bebo para empedarme, sino para disfrutar del sabor del vino, para sentir su aroma y su textura. Me gusta la sensación de relax que te da una copa de vino después de un día cansado, pero si te empedas pierdes el paladar, güey, pierdes la capacidad de apreciar el arte con el que está hecho el vino. Cualquier pendejo puede empedarse, pero sólo un hombre de mundo sabe qué pedo con el vino.

La embriaguez del vino era muy diferente a la de la cerveza. El vino me hacía sentir alegre y ligero, vivaracho y parlanchín; aún después de que se acabara la comida, quedaba mucho y todos seguimos bebiendo. Nos levantamos de la mesa y rápidamente se formaron grupitos por todo el departamento. Bilcho, Juan Pablo y una chica hablaban de música en la terraza. Gerardo y Beti estaban en la sala hablando de quién sabe qué. Orlando, Joaquín, la otra chava y yo escuchábamos a Renato farolear sobre el vino.

-El vino ha sido sagrado para muchas culturas como los egipcios y los griegos. ¿Conocen la leyenda del vino? Bueno, pues resulta que el dios Baco, cuando era joven, encontró la plantita de la vid y para transportarla la puso en el hueso hueco de un pajarito. Pero la planta creció, y entonces la puso en el hueso de un león. La planta siguió creciendo y entonces tuvo que ponerla en un hueso de burro. Por eso cuando bebemos, güey, primero nos sentimos alegres y vivarachos como pajaritos, luego valientes y confiados como el león, y finalmente, torpes y tontos como un burro. La jugada es quedarse en la primera etapa, güey. El vino lo usaban los antiguo griegos para sus fiestas dionisiacas, que eran sagradas. Le embriaguez era una forma de encontrarse con el dios…

Y así fue pasando la noche. Como de costumbre, a lo largo de la fiesta, cada uno se pasaba de un grupito a otro y rondaba por aquí y por allá. Fue, hasta ese punto, una velada agradable. En un momento en que iba al baño, me topé con Gerardo, que le decía a Joaquín:

-No mames, güey, esa chava me late un chingo. Se la tengo que apañar a ese pendejo. ¿Me haces el paro?

-A huevo, güey. Yo encantado.

Minutos más tarde vi cómo, aprovechando la distracción de Orlando, Gerardo salía del departamento con Beti. Poco después su novio pareció darse cuenta de la situación y preguntó por ella. Como nadie supo o quiso responderle, decidió ir a buscarla afuera, pero cuando quiso salir Joaquín bloqueó la puerta con su corpulento y güero cuerpo norteño.

-No sales, güey.

-¿Qué?

-No pasas.

-¿Por qué?

-Porque no, puto.

-¿Qué te pasa?

-¿Qué te pasa a ti, pendejo? -dijo Joaquín y le dio un empujón a Raúl- ¿Quieres que te raje la madre, cabrón?

-Yo sólo quiero pasar.

-Pues no vas a pasar, hijo de la chingada.

De pronto Orlando pareció darse cuenta -¿Tú sabes dónde está mi novia? -y como Joaquín no contestaba-, ¿Dónde está mi novia, cabrón? Se fue con ese pendejo, ¿verdad?

Orlando trató de abrirse paso, pero Joaquín lo rechazó.

-¿¡Qué quieres?! -le gritó Orlando exasperado.

-Te quiero partir la madre, putito.

-¿Por qué? ¿Yo qué te hice?

-Nacer, pendejo.

-Bueno, vámonos calmando -dijo Renato arribando a la escena.

-Tú no te metas -dijo Orlando-. Si este güey se quiere agarrar a madrazos, por mí está bien. ¿Vamos?

-Vamos.

Orlando y Joaquín bajaron las escaleras y en el instante en que el primero puso un pie sobre la banqueta, el segundo le dio un golpe en la cara con tal fuerza que lo derribó.

-Levántate putito.

Pero apenas se levantó, al pobre de Orlando le llovieron golpes como meteoros de Pegaso. El infeliz no pudo conectar ni un puño. Mientras, los demás observábamos la escena desde la terraza.

-Ése sí que es un hombre -dijo sonriendo una de las chicas.

-Ya, güey, ya -dijo Orlando, con la cara cubierta de moretones y cortaduras. Para rematar, Joaquín le dio una patada en el estómago y, cuando vio que estaba tan jodido que no podía ni levantarse, le escupió en la cara y se fue sin siquiera voltear a vernos. Después supimos que mientras se madreaban a su novio, Beti estaba follando con Gerardo en el asiento trasero de su auto, a sólo una cuadra del lugar.

-¡¿Pero cuál es el pedo cono ese cabrón?! –exclamé- ¡¿Está mal de la cabeza o qué le pasa?!

-Pinche Joaquín, güey -dijo Renato-. Creo que sí está bien pinche jodido del cerebro.

-Es que la gente del norte es bien violenta -opinó Juan Pablo-. Y él es de Chihuahua.

-No sólo eso, güey -dijo Renato-. Es que ese pinche cabrón estuvo en la escuela militar y ya saben cómo es eso. Todos se andan partiendo la madre todo el tiempo. A este pinche güey, le gusta agarrarse a madrazos nada más porque sí. Ya me lo había contado: que le gusta agarrar cualquier cosa de pretexto para pelear. Chale, güey, yo sé pelear y no le huyo a los pedos, pero no me los ando inventado… Pero bueno, creo que por hoy se acabó la fiesta.

-Sí… -dije-, lástima que se haya arruinado al final…

-No se arruinó, güey -dijo Renato casi riendo-. Hasta tuvimos show gratis.

-¿Y qué vamos a hacer con ese cuate? -dijo Bilcho señalando a la masa lastimera que se retorcía de dolor en la acera.

-Yo lo llevo a su casa -se ofreció Juan Pablo.

Bilcho y yo nos despedimos ys retiramos. El efecto del vino me dio una cruda atroz, por lo que Bilcho y yo pasamos la mayor parte del día siguiente echando la hueva. Renato nos invitó a una fiesta en casa de unos conocidos suyos, pero esa noche no tuvimos ganas.

El lunes, después de la clase de música, acompañé a Renato a su departamento. Pasamos la noche jugando ajedrez y escuchando música.

-Oye, güey, ¿por qué no te pasas a vivir aquí? -me dijo de pronto.

-¿Para qué?

-Pos aquí está mejor ubicado y hay agua caliente y refrigerador, a diferencia de ese cuchitril en el que vives con tu cuate.

-Oye, no es un cuchitril, tú ni siquiera lo conoces… Aunque la oferta es tentadora…

-Ándale, güey. Nos la pasaríamos de huevos.

-Pero no podría dejar solo a Bilcho con los pagos de la casa. Menos ahora que el cabrón de Nathan se desaparece todo el tiempo… No sería buena onda.

-Ay, chale, güey. Ese pinche cabrón se puede cuidar solo. Ya encontrará la manera de sacar lana…

-Además, tú te vas de la Ciudad de las Palmeras cuando se acabe el curso de música, ¿y qué haría yo?

-Pos te regresas con Bilcho.

-No, para eso ni me muevo.

No me mudé con Renato pero casi. Pasaba todo el tiempo con él, y muchas noches me quedé en su depa. Nos la vivíamos en fiestas y antros, pues Renato había hecho muchos amigos en la Ciudad de las Palmeras. Por lo general me la pasaba bien con Renato, aunque él me criticaba y regañaba por mi ropa, mi actitud, mi falta de conocimientos sobre esto y aquello. Yo me defendía, pero él nunca cambiaba de opinión. A veces sólo me daban ganas de darme la vuelta y alejarme de él, pero por alguna razón nunca lo hice.

En una ocasión me daba consejos sobre cómo ligar. Estábamos en una fiesta y había visto una chava muy linda a la que no podía quitarle el ojo de encima. Por un lado, Renato me alentaba a ir a platicar con la muchacha y por el otro se burlaba de mi inseguridad y timidez.

-No sé porqué eres tan pinche inseguro. Es cierto que te vistes de la chingada, pero no es para tanto. ¡Si hasta eres carita! Llégale, güey. Ya vi que igual te está tirando el ojo.

-Bueno, pues voy -dije, echándome un shot de tequila.

Me acerqué a la chica y empezamos a platicar con mucha naturalidad y buena vibra. Se llamaba Celia y era un par de años más grande que yo. Era morena clara, de complexión delgada, pero con unas mejillas y un traserito que daban cuenta de que alguna vez fuera un poco llenita. Me gustaron sobre todo sus ojos grandes y negros y su cabello rizado. Pasamos la velada conversando de un montón de tonterías y, cuando le conté lo que había sido de mi vida en los últimos meses, lo consideró, para mi sorpresa, interesante. Había mucho tequila en la fiesta y tanto Celia como yo bebimos gran parte de él. No pasó mucho tiempo antes de que estuviéramos fajando en un sillón tipo lounge. Cuando estuvimos demasiado calientes para resistirlo, Celia me dijo que su padre no estaba en casa y que podríamos ir allí a pasar la noche. Así lo hicimos y al final nos quedamos recostados en su cama, platicando. Ella se tendía bocabajo, y yo apoyaba la cabeza en sus suaves y firmes glúteos, a los cuales de vez en vez daba les daba un beso.

-Entonces, ¿cuánto tiempo tienes de haberte escapado de tu casa?

-Desde agosto.

-Has hecho muchas cosas.

-No realmente. Es decir, siento que no ha sido nada extraordinario. Sólo me la he pasado bien. Aquí hay muchas más cosas que hacer que en Ciudad Plana.

-Ah, ¿eres de Ciudad Plana?

-Sí, ¿no te había dicho?

-No que yo recuerde. Tenía la idea de que te habías escapado de tu casa, pero no de que te habías ido de tu ciudad. ¿Y no te da miedo? Porque una cosa es estar en tu misma ciudad y otra estar en una donde no conoces a nadie…

-Pues me adapté bien. He tenido mucha suerte. Además… -le dije acariciando la curva de su espalda- Aquí he hecho muchos amigos.

-Entonces eres de Ciudad Plana… Yo nací allá. Todavía tengo familia en Ciudad Plana; los hermanos de mi papá viven allí… -de pronto cambió el tono de su voz -¿Estás aquí desde agosto?

-Así es. Se podría decir que han sido los mejores meses de mi vida, aunque aún estoy a la espera de algo más…

-Diego… ¿Cómo te apellidas?

Se lo dije. Su rostro empalideció.

-¿Qué te pasa? -le dije, preocupado.

Celia saltó de la cama, cubrió su hermosa desnudez con la sábana y comenzó a vestirse mientras murmuraba algo.

-¿Qué? -le pregunté.

-¡Somos primos!

-¡¿Qué?!

-Soy Celia, la hija de tu tío Gonzalo. Tú eres Diego, el que se escapó de su casa. ¡Somos primos!

La noticia me sacó de onda y por unos momentos no supe qué hacer mientras Celia se vestía. Entonces hice lo más lógico que se podía hacer en esta situación: me empecé a carcajear.

-¿De qué te ríes?- me preguntó colérica y estupefacta.

-Pues porque es algo muy, pero muy cagado.

-No. Es horrible. ¡Quiero que te vayas de aquí! ¡Ahora!

-Tranquila. Nos la pasamos bien, ¿no?

-Pues sí, pero… ¡ay, qué horror!

No sabía muy bien qué hacer en esta situación –Vamos… -dije titubeando -no puedes dejar de admitir que la idea de que seamos primos es un poco excitante…

-¡Eres un cochino! ¡Lárgate ya o me pongo a gritar!

No quise discutirlo más, así que me vestí y me dispuse a salir, pero antes, le pedí que no le dijera a nadie de la familia que me había visto.

-De todos modos, en unos días me voy de aquí -le dije, para confundir a mi familia en caso de que no pudiera confiar en Celia.

-Créeme, no le voy a decir ni a un alma.

-Claro, tendrías que explicarles cómo fue que nos encontramos….

-Ya, por favor. ¡Vete de aquí!

Y me fui. Era de madrugada y no había camiones, por lo que tuve que caminar hasta el departamento de Renato, que estaba mucho más cerca que la casa de Bilcho. Pero mi amigo no estaba y como me daba mucha flojera seguir caminando, pasé la noche sentado en un Oxxo cercano, campamento usual para el vagabundo pequeñoburgués que era. Renato llegó hasta las once de la mañana y entonces me dejó entrar. Me dijo que había estado en una fiesta bien atrabancada. Entonces le conté lo que me había pasado unas horas antes; como yo, él se cagó de risa.

-Chale, güey, pues qué chingón, ¿no? Todos tenemos alguna prima buenota a la que nos gustaría cogernos, pero no sabemos cómo plantear la situación. Qué bueno que el alcohol acelera estos trámites, güey.

-Sí, para ser sinceros no me arrepiento.

-Ja, ja, ja. A huevo, güey. A la prima se le arrima. Yo nunca me he cogido a una prima mía, pero sí a la esposa de un primo.

-¿A poco? Cuenta.

-Pos a mí me gustaba mucho esa vieja desde que era novia de mi primo, pero yo tenía apenas como doce años. De verdad me latía la vieja, güey, me latía un chingo. Me chaqueteaba pensando en ella y soñaba con ella. Me ponía bien nervioso en su presencia, güey. Puta, y luego se casó ella con mi primo y dije, ya ni pedo, no se pudo. Pero una vez, cuando yo tenía dieciséis años, sucedió lo inesperado. Je, je, je. Estaba con mis papás en Acapulco, de vacaciones. Mi primo y su esposa habían ido con nosotros y se quedaban en el mismo hotel. Una noche, cuando estábamos en el restaurante, la esposa de mi primo dijo que se sentía mal y que se retiraría a su habitación. Como yo me la estaba pelando, también me quise ir, y mis jefes se quedaron con mi primo en el restaurante. El caso es que la vieja y yo subimos, y cuando llegamos a las puertas de nuestros respectivos cuartos, que estaban el uno frente al otro, ella me invitó a pasar al suyo. Y yo, ni tardo ni perezoso, entré. Y que me besa, güey. Pero así, bien cachondo, y me agarra una nalga, y pos yo le devuelvo el favor. Je, je, je. Y entonces que me dice “Yo siempre te he deseado, Renato. Sólo estaba esperando a que crecieras”. Y pues allí nos estuvimos fajoteando en su cuarto, pero obviamente no podíamos ponernos a coger, porque en cualquier momento podía subir mi primo. Pero quedamos en que cuando volviéramos a México nos las arreglaríamos para encontrarnos. Y así lo hicimos, güey. En cuanto regresamos a la ciudad hicimos una cita para encontrarnos en un motel. Y allí la vieja me cogió bien rico, güey, bien salvaje. Y me decía cosas bien cochinas la cabrona, así de “Métemela por el ano”, y yo pos no más la obedecía… ¿Alguna vez te has cogido a una vieja por el ano?

-No. Liliana estaba en contra de eso.

-Puta, güey, tienes que probarlo. Se siente riquísimo, todo apretadito. Te estimula cada milímetro del chile…

-Bueno, pero, ¿qué pasó con tu prima?

-Ah, pos se acabó la diversión, güey. Se empezó a poner bien loca la vieja. Me empezaba a decir que me amaba y quería dejar a mi primo para casarse conmigo. ¡Pero no mames, güey, yo nada más tenía dieciséis años! Así que la dejé de ver. Me amenazó con que haría un escándalo y le diría a todo el mundo lo que hicimos, pero yo sabía que a ella tampoco le convenía soltar la sopa. Además, al poco tiempo se embarazó de mi primo y ya dejamos de vernos definitivamente. Y después de dar a luz se puso toda gorda y aguada.

-Oye, ¿y cómo sabes que el niño no es tuyo? -le dije por joder.

-Pues fíjate que lo he pensando, pero… No creo… Sería demasiado… No lo creo…

-Pues qué buena historia, Renato. ¡Tienes cada pinche anécdota!

-Ya ves, cabrón. Es como la fiesta de anoche. ¡Pinche orgía, güey! Literalmente. ¡Pinche bacanal!

-¿Por qué? ¿Cómo estuvo?

-Pues como te digo: gente cogiendo así como si nada, grupos de sexo… ¡Esos cabrones sí le entran duro al sexo colectivo!

-¿Tipo Ojos bien cerrados?

-No, güey, no. Nada tan sofisticado. Sólo un montón de gente drogada y cogiendo.

-¿Y tú no le entraste?

-Nel.

-¿Por?

-Por varias razones; una, no quiero que me salten los puntos de la operación. Dos, ver estuvo bien, pero meterme en ese desmadre… Nel, güey, capaz que estoy cogiéndome a una vieja y llega algún puto y me agarra desprevenido. No, no, no. Eso es mucho pedo hasta para mí. Y tres: las viejas ni estaban muy buenas que digamos. Pero si quieres un día vamos, güey. Esos cabrones hacen orgías casi cada mes. Podemos ir a ver no más.

Acepté realizar ese plan en algún futuro indeterminado y luego me retiré a dormir el resto del día. La semana siguiente me la pasé de aquí para allá entre el trabajo, fiestas, antros, pachequizas y tranquilas veladas para platicar. A veces iba con Bilcho y nuestros amigos; las más, salía con Renato y los suyos. A este grupo se habían unido Paquito y Dulce, que aparentemente ahora andaban juntos, y Juan Pablo, que iba a donde lo invitaran. Muchas veces me tocó ver a Joaquín partirse la madre con otros cabrones sólo porque la mosca voló. Siempre ganaba el chihuahuense.

Llegó el fin de semana y, como Renato cumplía tres semanas desde su operación, armó una segunda fiesta de quesos y vinos, pues esta vez sí podría beber con moderación. Juan Pablo ofreció su casa de Puerto Pequeño y nos acomodamos en la playa, alrededor de una fogata. Estábamos ahí Joaquín, Gerardo, Paquito, Dulce, el anfitrión, Renato, una chica que no conocía y yo. Nos acabábamos rápido los bocadillos y el vino corrió en abundancia, pues Renato era muy espléndido. Llegó la hora de los chistes pendejos.

-Bueno, va, pero mis chistes son muy malos -dijo Renato cuando ya todos estábamos bastante jalados- Pues ahí tienes que era un señor que tenía dos hijas, una de quince años y otra de dieciocho, ¿no? Y pues a este señor le gustaba violar a sus hijas… -Gerardo se echó a reír mientras los demás miraban a Renato estupefactos- Y bueno, pues que un día, estaba el señor así nomás cuando llegó la hija de quince y le dijo “¿Papá, puedo ir al cine con mis amigos?”, y el papá nomás se bajó la bragueta y se sacó el pollo y le dijo “Chúpame la verga”, y la niña “Ay, papa, no”, y el señor “Chúpame la verga”, y la niña “Pero papá…” , y el señor “Que me chupes la verga”. Y entonces que la hija se hinca, le agarra el pollo y se lo mete en la boca, pero de pronto lo saca con asco y dice “¡Ay, papá, esto se sabe a mierda!”, y el señor contesta “Sí, es que tu hermana me pidió el coche”.

Gerardo se dobló de risa, y casi todos los demás rieron aunque fuera un poco, menos yo, que por alguna razón me sentí mal, y Joaquín, que tenía un aspecto sombrío.

La noche se fue entre conversaciones, tragos, caricachupas y nuncahés. Hasta que todos, excepto Juan Pablo y Renato, estuvimos bien pedos y empezó la hora de las confesiones. No recuerdo bien cómo pasamos de una cosa a la otra, pero de pronto le pregunté a Joaquín porqué le gustaba tanto pelear y él respondió con voz alcohólica

-Es que ahí, en la escuela militar, es muy duro, cabrón. Tienes que ser bien macho, porque si no te rajan la madre. Son bien cabrones

-Sí -le dije-. Pero una cosa es saber defenderte y otra es que te guste buscar pleitos no más porque sí.

-Pues me gusta ¿y qué? ¿Tienes algún problema con eso?

-No, ninguno, amigo, cálmate. Estás entre cuates -le dije.

-Pinches amigos de mierda… Bola de putos. ¿Quieres pelear, pendejo?

Con toda la imprudencia y pedantería de mi embriaguez, le dije –No, yo no necesito agarrarme a madrazos para probar mi hombría.

-¿Qué me quieres decir, putito? -exclamó Joaquín poniéndose de pie de un salto -¿Qué yo no soy hombre? ¿Eh? ¡Yo no soy puto!

-Cálmate, broder… -le dijo Gerardo poniéndole una mano sobre el hombro.

-¡Yo no soy puto, güey! ¡En la escuela militar yo me los cogía a ellos, no ellos a mí! ¡Los putos eran ellos! ¡Yo me los cogía! ¡Yo se la metía por el culo! ¡No ellos a mí! ¡Yo no soy puto!

Las últimas frases nos tomaron a todos por sorpresa y yo no sabía si reír o tratar de calmar a Joaquín. Opté por lo segundo.

-Tranquilo, Joaquín, aquí nadie cree que tú…

Pero no pude terminar la frase. Un putazo me partió la cara y me dejó tirado en el suelo con los oídos zumbando y viendo estrellitas de caricatura. Cuando pude incorporarme vi a Joaquín tirado en la arena. Después me contarían cómo estuvo la cosa: Renato saltó con agilidad felina y le dio un cabezazo en la nariz a Joaquín; luego le cayó a golpes y más golpes, sin darle al rubio la oportunidad de recuperarse. Renato era mucho más bajo que Joaquín, pero no estaba pedo y sabía moverse con velocidad. Al poco tiempo el norteño estaba tirado en la arena, vomitando y lloriqueando.

-¡Compórtate, chingado aborigen! No quiero volver a verte, hijo de la chingada -le dijo Renato y le dio una patada de arena en la cara –¿Estás bien, güey?- me preguntó observando la cortada y el moretón que me quedó en la mejilla.

-Sí -le dije –Me duele como la chingada.

-Ya vámonos, ¿no? -dijo Dulce a Paquito.

-Sí, vámonos -secundó su amiga.

-Güey, ¿nos das el aventón a mi depa?- le pidió Renato a Paquito y él contestó que sí.

Sólo Gerardo se quedó a ayudar a Juan Pablo, muy pacheco él, a recoger el desmadrito de la fiesta. Y Joaquín, quiero imaginar, se quedó tirado entre la arena mojada con su vómito de queso, pan y vino, y ni cuenta se dio de cuando pasó un cangrejito ermitaño y le pellizcó la oreja.

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38. Estamos perdiendo nuestros valores

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Estudiaba en el Countri un muchacho de apellido Xariff, hijo de uno de los libaneses ultracatólicos más adinerados de Ciudad Plana. Era un tipo alto, gordo y fortachón, un abusivo de carrera. Le valía vergas la escuela, pero nunca lo reprobaban; vandaleaba los salones, pero nunca lo castigaban. Era del grupo de “los populares” y miembro de la Planilla Azul, que desde la secundaria ejercía una dictadura sobre la sociedad estudiantil. Por supuesto, también era un prominente miembro de MEGA, el grupo apostólico juvenil del Countri, y un asistente obligado a todos los retiros y misiones.

 Los ñoños, los nacos, los frikis, los emos, y en general todo aquel que fuera demasiado débil para defenderse por sí mismo, eran sus víctimas. Les hacía calzón chino, o manita de puerco o les daba de zapes y lapos o les retorcía los pezones. Nada original, por supuesto. En una ocasión me hizo una manita de puerco muy dolorosa. Estábamos en la cancha jugando básquetbol y tratábamos de decidir cómo organizarnos en equipos. No recuerdo exactamente qué decíamos, pero los equipos no estaban parejos y dije algo así como “¿Tres contra uno?”. Entonces Xariff se me fue encima y me dijo: “¿Me estás diciendo gordo?” Y yo, sin saber qué carajos pasaba por su mente, “¿Qué?”. Entonces procedió a torcerme el brazo hasta que el dolor me tiró al suelo. Desde luego, nadie hizo nada para evitarlo y yo no podía denunciarlo. En una escuela nunca hay estado de derecho, sólo la ley del más fuerte.

Había un niño llamado Tobías al que todo el mundo chingaba. Era un muchachito delgado y bajo de estatura. Sabíamos que no tenía mucho dinero por sus zapatos maltratados, su mochila remendada, su uniforme deslavado y el coche viejo de su papá. Por eso, y por el pecado de ser tímido, era objeto de las burlas y abusos de muchos de los “populares” de la escuela. Le pintaban zorros en su mochila y en sus libretas, le aventaban bolitas de papel con saliva y escondían sus pertenencias. Xariff era especialmente violento con él, siempre le daba coscorrones y lo llamaba con insultos homofóbicos. A veces le daba puñetazos en el estómago, sólo porque sí.

Un día, Xariff estaba en el campo de futbol platicando con sus amigotes, cuando Tobías llegó por detrás y le clavó una navaja en la lonja. Escándalo y confusión inmediatos. Los guardias de seguridad del Countri bajaron de sus atalayas y sujetaron a Tobías, que no opuso ninguna resistencia, mientras los amigos de Xakurt lo llevaban a la enfermería. El gordo se salvó; las capas de grasa protegieron sus órganos vitales. A Tobías lo expulsaron de la escuela y lo llevaron a un reformatorio. No sé qué fue de él.

En el Countri se dio la alarma: el acto de violencia sin sentido que había ocurrido en los patios de nuestra escuela era una clara señal de que la juventud estaba perdiendo sus valores. Por las semanas siguientes, Pelón nos dio pláticas especiales sobre el tema.

-Estamos perdiendo nuestros valores -decía casi llorando-. Y el valor más importante: el amor. Ya sé que ustedes piensan que esto que digo son cursilerías y que eso del amor está pasado de moda. Pero el amor es algo que no se circunscribe a lo que es o no moderno. ¿Cuál es el problema con ustedes? ¿Por qué no aman a su prójimo?

Y así por el estilo. A nadie, entre maestros, directivos y padres de familia, se le ocurrió preguntarse por qué Tobías había acuchillado a Xariff. En vez de eso, echaron la culpa a la televisión, a los videojuegos y a la música, todos responsables de la pérdida de los valores. Nadie se dio cuenta de que pasó lo que pasó precisamente porque eran los mismos valores de siempre los que se venían practicando.

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