51. Pantera Rosa

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Con el aspecto de quienes no han tenido dos minutos de sueño en las últimas cuarenta y ocho horas, abordamos la panga de regreso al continente. Cristal se quedó dormida en mi hombro, Bilcho cabeceaba al ritmo de música que sólo él escuchaba y Wiki miraba absorto por la ventanilla. De pronto se volvió hacia mí y dijo:

            -Cuando era chico y viajaba con mis abuelos a Isla Pirata, en el trayecto se podían ver delfines que saltaban sobre el agua o que a veces hasta se acercaban al barco y se dejaban admirar por los pasajeros… -Wiki sonrió, suspiró y siguió mirando el mar.

            En Playa se había armado todo un mitote porque habían asesinado al jefe de la policía local. Por todas partes había retenes y agentes paranoicos que oteaban en cada dirección y saltaban espantados al menor ruido. Nos tocó ver a un restaurantero que carajeaba encolerizado a las fuerzas del orden por meter miedo a los turistas. Por suerte no fuimos detenidos y registrados, como a otros paisas que iban adelantito de nosotros y a quienes cacharon con tachas. Para colmo, cuando llegamos a la terminal de autobuses, todas las corridas habían sido suspendidas por tiempo indefinido.

            -Genial –dije- Genial, genial, genial.

            No hicimos nada de interés en las dos horas que estuvimos esperando en la estación. En la inactividad me amenazaba un rebrote de melancolía, pero cuando por fin abordamos el autobús y dejamos atrás los últimos condominios y hoteles de Playa, me congratulé porque oficialmente había llegado lo más lejos de Ciudad Plana en mi vida… sin contar los viajes a Disney World.

            A mi lado izquierdo fue apareciendo la exuberante vegetación de la selva baja, sólo para esfumarse minutos más tarde tras los altos muros color arena que protegían hoteles de lujo del tamaño de feudos. Un gran letrero verde con letras anaranjadas y el logo estilizado de un caracol anunciaba a los visitantes de la tierra maravillosa a la que estaban penetrando:

WELLCOME TO THE MAYAN RIVIERA
(NO MAYAS ALLOWED)

            -Pinches yuppies -musitó Cristal antes de quedarse dormida de nuevo.

            Poco después la vegetación regresó y el autobús se detuvo en un amplio estacionamiento. El conductor anunció en inglés y español que habíamos llegado a la zona arqueológica de Tulum. El templo principal dominaba la vista con majestad desde la cima del risco, recortado contra el horizonte, entre el cielo azul y el Caribe turquesa. Cada piedra parecía contar historias milenarias de conquistas, santidad, hazañas científicas e intercambios con tierras lejanas. Y en medio de todo eso, un chingo de turistas.

            -Chale -expresó Bilcho-, me cae que cada vez que estoy en un lugar así, me entran unas ganas de fumarme un gallo… Como para que llegue de a de veras toda la buena vibra de estos lugares.

            -¿Buena vibra? -intervino Wiki- Perdóname si me pongo prosaico, pero éste era un puerto comercial reforzado militarmente en el Posclásico, época en que los comerciantes se convirtieron en la clase dominante en el área maya y no dudaron en utilizar al ejército para asegurar sus intereses…

            En ese momento un grupo de cómo veinte jóvenes italianos -el olor los delató- vestidos de blanco pasaron bailando en fila india y cantando Hare Krishna, lo que interrumpió la cátedra de Wiki.

            -¡Por las patillas de Isaac Asimov! -exclamó nuestro amigo todo sulfurado- Si algo me exaspera son estos nuevoereros que en su profana ignorancia lo mezclan todo. Claro, para ellos todo lo que no es europeo es igual y mezclan el Calendario Maya con Buda, el Libro de los Muertos y los Atrapasueños. ¡Típica ignorancia del hombre blanco!

            -Y tú, Wiki… ¿eres polinesio? -comentó Bilcho.

            -¡Ah, no, pero esta vez estos malditos Hare Krishnas me van a escuchar! -exclamó nuestro amigo y se encaminó hacia el corro de extranjeros.

            -Esto no me lo pierdo -dijo Bilcho y se fue tras él.

            Cristal y yo recorrimos la pequeña zona arqueológica; tomados de la mano y sonrientes, leímos cada una de las placas que contenían información de los edificios. Nos clavamos un buen rato observando a una inmensa iguana roja que mordisqueaba las hojas de una enredadera. Por un segundo pensé en preguntarle sobre su malestar emocional de la noche anterior, pero como entonces todo se veía feliz no quise arruinar el momento.

            -Me siento bien aquí –confesé-. Diga lo que diga Wiki, Bilcho tiene razón. En estos lugares hay buena vibra.

            -Sí, incluso a pesar de los turistas, a pesar de conocer la sangrienta historia de muchas ciudades mayas, en las ruinas siempre reina una sensación de paz.

            -Quizá porque percibimos aquí algo que es más grande que nosotros, más grande incluso que los hombres que las construyeron y las habitaron. No pertenece a una sola nación, ni a una sola cultura… vamos, ni siquiera pertenece a la humanidad… Desde hace siglos que forma parte de lo Grandioso. Cuando nosotros hayamos muerto, Tulum seguirá aquí.

            Cristal me besó –Somos muy afortunados de poder verla.

-Así es. Me siento muy feliz de formar parte de lo Eterno, aunque sea por un instante… -y animado por un entusiasmo repentino, me trepé a una enorme roca, extendí los brazos y exclamé -¡Y aquí estamos! ¡Nacidos para ser reyes! ¡Somos los príncipes del universo!

Cristal se rió –Chale, Diego, no puedes mezclar a Queen con los mayas…

-Sí, macho. ¿Qué va a decir Buda? -dijo Bilcho que llegó acompañado por Wiki, y luego agregó- Ya hace hambre, ¿no?

-Un poco –contesté-. Pero no quiero irme sin darme un remojón en estas aguas por las que algunas vez navegaron canoas llenas de riquezas…

            Descendimos por un camino que rodeaba el peñasco y llegamos hasta una extensión de arenas blancas bañadas por el mar. Cristal y yo teníamos nuestros respectivos trajes de baño debajo de la ropa pero realmente me sacó de onda cuando ella se quitó el top de su bikini con toda la naturalidad del mundo.

            -¡¿Qué haces?! -exclamé.

            -Aquí todas las turistas se bañan topless y nadie les dice nada, además tenía ganas de sentir un poco de libertad -me guió el ojo y se fue corriendo a meter al agua.

            Mi primer impulso fue mirar a Bilcho y a Wiki para asegurarme de que no le estuvieran viendo las tetas a mi novia, pero ellos no parecían siquiera haberse dado cuenta de lo ocurrido. Luego observé en derredor y pude notar a más de un curioso dirigir la mirada a los senos saltarines de Cristal mientras ella se dirigía al mar. Sentí muchos celos. Es más, estaba tan molesto que al principio no pude disfrutar el chapuzón y no hacía otra cosa que vigilar que nadie estuviera viendo. Obtuve un poco de alivio cuando nuestros cuerpos quedaron cubiertos por agua de mar hasta el cuello. Pero cuando llegó el momento de salir del agua, otra vez me invadieron los sentimientos del color del vómito y no estuve tranquilo hasta que ella se volvió a vestir por completo.

            -Ya, Diego -dijo ella adivinando mis pensamientos-. No seas tan estirado.

            -¿Qué? -me hice pendejo.

            -Aliviánate.

            -Si yo estoy tranquilo… -dije librándola, mas no contento, agregué para cagarla-. Si ya sé que son mías.

            Cristal me dio un beso en la frente –No, tontito. Son mías -y apostilló con un coscorrón y un guiño.

            Al poco rato salimos de la zona arqueológica y, ya que no estábamos seguros de la distancia que la separa del pueblo de Pantera Rosa, nos aventuramos a recorrerla caminando. Tardamos casi una hora de caminata de a lo largo de la carretera antes de llegar a un punto en que se cruzaba con la avenida principal del pueblo. Acalorados, tomamos asiento en el primer establecimiento que se nos cruzó en el camino, “Lonchería Doña Charo”

            -Buenas tardes, jóvenes -se acercó a nosotros una señora muy servicial que se identificó como doña Charo y que debía tener más de sesenta años de edad- ¿Se les ofrece algo de tomar?

            Cada quien ordenó lo suyo y en unos minutos estábamos refrescándonos con sendos vasos de aguas frescas y degustando unas ricas tortas de lechón (no Cristal, ella almorzó una ensalada de frutas).

            -Pues sí… -decía Wiki mirando hacia la calle iluminada por el sol suave de la tarde –Pantera Rosa ha crecido mucho en los últimos años. Ahora que Playa ya está muy choteado, quieren desarrollarlo para que Pantera Rosa ocupe su lugar, de la misma manera como hicieron con Playa hace unos años cuando la Ciudad de las Palmeras ya se había vuelto muy mainstream.

            -…Y así lo van a seguir corriendo hacia el sur hasta que lleguen a Bacalar -suspiró Bilcho.

            -Hace años -prosiguió Wiki-, Pantera Rosa no era más que el lugar donde se quedaban a vivir las familias de los trabajadores que se internaban en la selva en busca de chicle y madera…

            -Así es, joven -intervino doña Charo, que en ese momento nos traía una segunda jarra de horchata-. Uuuu. Yo me acuerdo muy bien. Cuando era joven llegué a vivir aquí con mi esposo, en paz descanse. No más había unas casitas con techo de paja construidas sobre la tierra. Mi marido se iba por muchos días a buscar chicle a la selva y yo a veces no sabía si lo iba a volver a ver. Ah, qué tiempos. En ese entonces todo esto era selva. Siempre se podían ver monos o venados. Algunas veces llegaban tigres y cuando eso pasaba, alguien gritaba “¡Tigre! ¡Tigre!” y jálele, todos a agarrar a los chiquitos que haiga cerca y meterlos pa’ sus casas. Y a la playa llegaban las tortugas a poner sus huevos… En ese entonces había muchas y no tenía nada de malo comer huevo de tortuga… Hoy ya no se puede… También se veían hartos delfines.

            -Vaya… -exclamó Cristal- Debe extrañar esos tiempos…

            -No, pos fíjate que no. Ahora tenemos agua y luz, y calles. El trabajo de chiclero gastó a mi marido y murió joven, pero pos yo, gracias a Dios, tengo esta fonda. Primero tuve una en el mero centro del pueblo; fue la primera fonda de Pantera Rosa. Y mi hermano fue el primer taxista del pueblo. No, no, señorita, nos va mucho mejor que en los días del chicle.

            -Pero ver toda esa naturaleza… ¿No le gustaba?

            -Pos eso sí fíjese. Era bien bonito. En ese entonces había muchos pájaros. A veces se veían de esos como cotorros que tienen las colas muy largas…

            -¿Quetzales?

            -Ándale, de ésos. Se veían de ésos y un montón de pájaros bien bonitos. Era muy agradable despertar con el sol y escuchar todo lo que cantaban los pájaros. Ahora hay mucho tráfico y humo… Pero bueno, no se puede tener de todo, ¿verdad? Gracias a Dios nunca nos ha faltado nada… No como a otra gente que sí le ha ido muy mal… Pero ya ve las vueltas que da la vida; yo aprendí a leer como a los treinta años, en cambio hoy todos mis nietos van a la escuela.

            -Oh… vaya… -Cristal parecía no saber qué decir.

            -Pero pos claro que no todo se puede, ¿verdad? En la escuela de mis nietos… ¡ja! Se supone que es escuela pública y que debe ser gratuita, pero siempre nos están cobrando que si para la reparación de no sé qué y el mantenimiento de no sé cuánto y que el festival y que esto y que lo otro… Pero yo… no pa’ qué le cuento estas cosas señorita, discúlpeme.

            -No, no, señora. Al contrario, lo que dice está bien interesante.

            -¡Qué va a ser interesante! Puros problemas de la vida…

            -Seguro usted ha llevado una vida fascinante -dije.

            -Ay, pos no sé joven. De eso sí que no sé -dijo y se volvió a la cocina.

            Cuando terminamos nuestra comida recorrimos el pueblo. No era muy distinto a algunas de las zonas más fellollas de la Ciudad de las Palmeras, como aquélla en la que vivíamos Bilcho y yo. Wiki nos explicó que la zona de la playa era otra cosa; llena de hoteles lujosos, spas y restaurantes. Pero ninguna de las calles de Pantera Rosa llegaba hasta la playa; para acceder a ella era necesario literalmente salir del pueblo y tomar una avenida distinta.

            -Entonces, para resumir, la parte de Pantera Rosa que viene a buscar el turismo gay europeo es un mundo aparte del pueblo real de Pantera Rosa -concluyó Bilcho, mientras caminábamos sin rumbo por ahí.

            -Exácatamente, camarada -confirmó Wiki.

            -Has estado muy callado Diego… -me dijo Cristal de pronto.

            -¿Hm? Ah, es que estoy tomando notas y fotografías mentales de todo lo que vemos y escuchamos. No quisiera olvidar nada.

            -¡Eso es, Diego, absorbe la vida!

            -Hablando de eso, ¿qué vamos a hacer ahora?- pregunté.

            -¡Seguir al sur! -exclamó Bilcho y con un gesto heroico y decisivo señaló hacia el horizonte.

            -El sur está para el otro lado -lo corrigió Wiki.

            -Bueno, para donde sea, pero vamos, que se está haciendo de noche y en este pueblo por lo visto no hay Oxxos -dije.

-¿Sian Ka’an está muy lejos? -preguntó Cristal.

-No, de hecho, está bastante cerca -dijo Wiki.

-Entonces deberíamos ir y acampar allí.

-¿Con qué equipo? -cuestionó Wiki- De haber sabido que acamparíamos en algún lado me habría equipado adecuadamente. Tengo varias tiendas de campaña y bolsas de dormir…

-Coño, Wiki, no te malviajes -le pedí-. Yo digo que vayamos y una vez allá veamos cómo nos las arreglamos.

-Además, viejo amigo -le dijo Bilcho rodeando los anchos hombros de Wiki con su delgado brazo-, las cosas que están en casa de abuelos, ya no las “tienes”. Acuérdate de que eres un fugitivo…

Wiki pareció perturbado por un momento pero finalmente aceptó el plan.

-¿Y cómo nos iremos? -pregunté.

-Pues por el mar, desde luego -dijo Wiki.

Tuvimos que descaminar todo lo andado en dirección a la costa. Bilcho señaló que no había tiempo de regresar hasta el entronque y buscar el camino a la playa; debíamos llegar al punto más oriental del pueblo y atrevernos a atravesar el vasto terreno baldío que lo separa de la zona hotelera. Recuerdo que temí que una víbora fuera a morder a Cristal mientras atravesábamos las altas malezas y ofrecí cargarla en mi espalda como tití leoncito, pero ella se mofó de mis temores. Cuando emergimos de la vorágine zacatal, yo estaba cubierto de raspones e irritaciones de piel.

-No mames, Diego -se rió Cristal-. Se ve que nunca tienes contacto con la naturaleza.

Estábamos en un muy bonito bulevar con muchos hoteles grandes y lujosos formando una ciclópea muralla que protegía el mar de los nacos; en fin, una versión pequeña y menos desarrollada de la Zona Hotelera de la Ciudad de las Palmeras.

-¿Y ahora qué? –pregunté- ¿Nadamos hasta Sian Ka’an?

-Es cuestión de encontrar a algún lanchero.

Caminamos a lo largo de la avenida costera, preguntando a quien se nos cruzara si sabía dónde podíamos tomar una lancha hacia la reserva ecológica. Muchos nos sugirieron preguntar en los hoteles, pero en tres de ellos, apenas nos vieron entrar al lobby, llamaron a seguridad para que nos echaran.

-¿Van a Sian Ka’an? Yo los llevo -nos ofreció un señor que salía del hotel justo al momento en que nosotros éramos echados.

-¡Excelente! –dije- ¿Tiene lancha?

-¡Claro! Yo vivo en Punta Woody. Es un pueblo que queda dentro de la reserva.

-¡Pues vamos!

El señor, que se llamaba don Omar y debía rondar los cincuenta años, nos condujo casi furtivamente a la playa a través los pasillos exclusivos del personal del hotel. La zona estaba llena de turistas gordos y mujeres botoxeadas que disfrutaban de los últimos rayos de sol. Don Omar nos llevó hasta donde estaba encallada su lancha de motor pintada de aguamarina y que llevaba el nombre de “Marianita”. Lo ayudamos a echar la lancha al agua, abordamos y zarpamos.

En el trayecto don Omar nos contó que él había sido pescador toda su vida, pero que ahora eso no le alcanzaba y tenía que trabajar como conserje en ese hotel de donde nos sacaron a patadas.

-Lo que gano como conserje lo completo como lanchero en Punta Woody -explicó.

Pasamos a lo largo de playas prácticamente vírgenes bordeadas por selva. Desde la lancha observamos gaviotas, pelícanos, patos y muchos otros pájaros, y el agua era tan prístina que a pesar de que ya estábamos casi en penumbras se podían ver bancos de peces coloridos, crustáceos y estrellas de mar. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino: una delgada península emergía de la selva y se internaba en el mar; sobre la costa se asentaba un pueblito con algunas edificaciones de concreto, negocios varios y restaurantes, pero en su mayoría había sólo casas de madera, muchas con techos de paja.

-Sólo había visto casas así en esa maqueta del museo de Isla Pirata –dije- Qué chido.

-Sí… -agregó Bilcho- No es tan chido cuando pasa un huracán.

Lo único malo era que la playa estaba llena de turistas, entre europeos güeruchos que se veían como extraterrestres con sus bronceados artificiales y gringos gordos que insistían en tomarse fotos con los niños morenitos y semidesnudos que pasaban vendiendo jaiba. En el mar había algunos yates con gente que practicaba la pesca deportiva… en un pueblo donde se vivía de la pesca por necesidad. Además, en la orilla se había acumulado mucha basura.

-Casi toda viene de los cruceros y de esas fiestas que hacen los extranjeros en sus yates o en las playas de Pantera Rosa -nos contó don Omar.

El navegante acercó su lancha a un muelle y allí desembarcamos. Yo ya andaba muy campante en dirección al pueblito, cuando Bilcho me detuvo.

-Eh… macho, creo que el señor espera propina…

Entre todos reunimos una lanita y se la entregamos con agradecimiento a don Omar, quien de inmediato se separó de nosotros y se fue tras los turistas pregonando:

-Nait turs in bout! Nait turs in bout!

-¡Qué bonito! -dije echando una mirada a los alrededores- Me da gusto estar aquí, a pesar de los obvios inconvenientes.

Cristal se me acercó y me dio un beso –Me alegra verte contento, Diego. Ahora, vamos a explorar el pueblo.

Punta Woody, desde el mar hacia tierra adentro, sólo constaba de seis calles de arena. No había más vehículos en ellas que bicicletas, algunas motos y cuatrimotos y uno que otro carrito de golf para turistas. En las calles más cercanas al mar no dejaban de acosarnos enjambres de niños que vendían chucherías y de señores que ofrecían tours nocturnos, pero conforme nos fuimos adentrando en tierra había mucha más tranquilidad. Algunos señores disfrutaban de la brisa nocturna sentados en mecedoras afuera de sus casas, y otros se dedicaban a mecerse en sus hamacas. Pronto llegamos al final del pueblo donde se extendía la selva en toda su magnificencia nocturna. Un caminito estrecho se internaba entre los árboles y se podía escuchar toda clase de ruidos que provenían de la espesura.

-¿Y ahora? -preguntó Wiki.

-Seguimos caminando -respondí.

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50. Miseria

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Don Julián era un maestro bastante culero y mamoncete. Pero, viéndolo en retrospectiva, también era un chingón. Era el más estricto y exigente de todos los profesores del Countri. Solía decir “Ustedes pueden hacer todas sus tareas y memorizar muy bien la lección, pero si no aprenden a pensar, a usar su cerebro, no van a pasar mi materia”. Daba clases de literatura, filosofía e historia. No toleraba faltas de ningún tipo, ni siquiera de ortografía. No sé cómo le hacía, pero en sus clases todos se quedaban calladitos, calladitos. Pasar sus materias era muy difícil y él se jactaba de que muy pocos habían logrado sacar más de 90.

Con todo, creo que lo que más odiábamos de él era su mala leche innecesaria. No se andaba con ondas políticamente correctas ni con eso de proteger la autoestima de los alumnos. Si alguien salía con alguna pendejada, él lo exponía sin miramientos frente a toda la clase. Solía decir que “la ignorancia merece ser humillada y castigada” y que “la autoestima no es un derecho con el que naces, es un privilegio que te ganas”. Recuerdo que el primer día de clase nos preguntó “¿Ustedes se consideran gente culta o gente ignorante? ¿O más o menos?” Todos respondimos que más o menos. Él se carcajeó y se dedicó semestre tras semestre a demostrarnos lo palurdos que éramos. Nos imprecaba mucho por nuestra falta de interés en la cultura. Decía que no teníamos pretexto para ser un montón de iletrados, ya que no teníamos ningún impedimento económico para acercarnos al conocimiento. Le exasperaba que la mayoría nunca hubiésemos leído un libro completo en la vida. Decía que leer cien libros era una embarradita de cultura y que sólo se puede empezar a llamar culto quien ha leído más de mil libros. Él ya había leído más de seis mil.

            En clase de literatura, el trabajo final del semestre consistía en leer un libro y escribir un ensayo. Por azar, don Julián asignó libros a cada uno de nosotros; a mí me tocó no sé qué novela de no sé qué autor ruso que obviamente no leí. Bajé el trabajo de “El Rincón del Vago” y lo entregué tal cual. Don Julián de alguna forma supo que el trabajo era copiado y me reprobó ipso facto. Lo odié por eso, pero al final sólo tuve que presentar el extraordinario para pasar la materia y me libré de leer la novela.

            Pero después de todo, don Julián no pudo seguir haciendo de las suyas. En una ocasión Bernardo, con toda la arrogancia que lo caracterizaba y con toda la fresez de su acento, preguntó fastidiado en la clase de historia “¿Y a mí para qué me va a servir esta materia?”. Don Julián lo miró por un rato y al cabo le respondió “A ti, para nada. Los mediocres y los ignorantes no pueden hacer nada con el conocimiento que reciben”. No es difícil imaginar la indignación de Bernardo al verse humillado de esa forma. El rey de la prepa no iba a permitir que un empleado se burlarla de él. De modo que se armó un escándalo. El padre de Bernardo cagoteó a las autoridades escolares por permitir que un tipo cuyo sueldo él pagaba hiciera mofa de su hijo. Don Julián fue despedido de la escuela y por mucho tiempo no volví a saber de él.

            Pasaron un par de años. Ya en la universidad, anduve juntándome por un breve tiempo con algunos compañeros pseudobohemios que en cierta ocasión me llevaron a un recorrido, no muy placentero, por varias cantinas pinchurrientas del centro de la ciudad. Para cuando llegamos a la cuarta cantina yo ya andaba algo pedo y hasta empezaba a ver cachondas a las señoritas que servían el trago, y quizá si no hubiera sido por el temor a descubrir que eran travestis (más de una lo parecía) me habría aventurado a invitar a una de ellas a sentarse en mis rodillas, como lo hicieron dos de mis compañeros. El caso es que, regresando de una visita al mingitorio, me encontré con don Julián sentado en la barra y borracho hasta las chanclas. Como ya también andaba jarra, me atreví a saludarlo.

            -¡Ah, eres tú, Diego! ¿Qué tal?

            -Bien, profesor, ¿a usted cómo le va?

            -Bien, muy bien, ¿y a ti?

            Entonces me senté junto a él y estuvimos platicando por un rato y bebiendo cerveza. Me preguntó por mi vida y le conté que seguía con Liliana y que había logrado entrar a la Facultad de Medicina y etcétera. También me preguntó por los alumnos del Countri y si sabía algo de Bernardo. Le dije que, por lo que sabía, estaba muy bien estudiando negocios internacionales en la Sacrosanta Universidad de los Millonarios de Cristo.

            -Claro… ¡Claro!- dijo don Don Julián.

            -¿Y usted, qué me cuenta?

            -¡Pues qué te cuento! ¡Que me despidieron del Countri y desde entonces mi vida ha estado jodida! ¡Eso te cuento!

            Me quedé pasmado con su exabrupto; don Julián continuó.

            -Estuve meses buscando trabajo, pero el papi de Bernardo movió todos sus contactos para que no me dieran un puesto en ninguna buena escuela o universidad de este estúpido pueblo. Terminé trabajando en una escuelucha para niños imbéciles en la que me pagan treinta pesos la hora para enseñar a unos mocosos que no pueden escribir bien ni su propio nombre. Y luego la escuela cerró por falta de alumnado y otra vez a peregrinar por una chamba, hasta que un pariente de mi esposa me dio trabajo de oficinista en su agencia de autos usados. ¿Que qué te cuento? ¡Que no me alcanza para vivir! Si mi hijo se enferma no tengo para comprar medicinas. Estoy endeudado con todo el mundo. Mi casa se está cayendo a pedazos. Y para acabarla de joder, ayer se descompuso mi coche. Me la paso trabajando como idiota todos los días; ya no tengo tiempo ni para leer. Mi esposa está gorda y le apesta la boca, hace como una década que no agarra un libro y ya no tenemos ni de qué hablar. Mi hijo es un idiota que a los diez años se orina en la cama y parece ser que además va a necesitar frenillos -le dio un largo sorbo a su cerveza-. No puedo leer ni escribir, no puedo ni comprar un periódico. Cada día me hundo más en la ignorancia y en la mediocridad. ¡Claro, ustedes viven así, ignorantes y mediocres y son felices! Pero un hombre como yo, que ha visto que hay… que hay más… no puede quedarse satisfecho sabiéndose estúpido e intrascendente -exclamó un grito inarticulado-. ¡Estoy siempre molesto! ¡Siento un rencor que me corroe! Le grito a mi mujer y me dan ganas de golpear al pinche chiquito meón. Quiero emborracharme todo el tiempo, no soporto estar consciente. ¿Y sabes qué es lo peor? Que sé lo que me pasa, sé por qué de pronto siento que odio mi vida y a mi familia y sólo quiero embrutecerme con alcohol. Es la miseria, la miseria material, que aprisiona a los hombres y aplasta su espíritu y obnubila su mente… Sólo que siempre pensé que si me viera en una situación así, mi inteligencia y mis conocimientos me permitirían mantenerme sereno y seguir adelante… Pero no hay una pinche salida de este maldito agujero. ¡Ja, ja, ja! Si hubieras leído el libro aquél entenderías de qué te hablo…

            No sabía qué decirle. En ese momento, sentía más incomodidad y sacón de onda que pena o compasión por aquél hombre.

            -Yo pude haber sido mucho… siguió lamentándose-. Con mis conocimientos, con mi inteligencia, pude haber sido mucho. Y ahora… y ahora… sólo soy nada…

Se bebió de un trago lo que quedaba de su cerveza y cayó inconsciente sobre la barra. Lo dejé allí y nunca lo volví a ver.

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49. Isla Pirata

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-Bien, nos tomó tiempo, pero por fin estamos en Playa  -dijo Wiki.

            -¿Por qué dices eso? -inquirió Bilcho.

            -¿Qué? Pues porque aquí estamos.

            -Sí, pero ya lo sabemos. No es como si estuviera empezando el capítulo y tuvieras que anunciar al público dónde estamos.

            -¿El… capítulo?

            -Sí, ya sabes. Como cuando empieza un capítulo de Scooby-Doo y Freddy dice “Por fin llegamos al Lago Ness” o algo así, para que sepamos que están el Lago Ness, pero en realidad no tendría que decirlo porque Daphnie, Shaggy y Velma saben que están ahí.

            -Bilcho -dijo Cristal-, cállate.

            El viaje había sido corto y hacia el medio día descendimos en plena Quinta Avenida, como siempre llena de gente rara y turistas bajo el sol, a su vez contrarrestado por la brisa marina.

            -Bien…- dijo Wiki, terminada la discusión bizantina en la que Bilcho había querido embrollarnos -¿Y ahora qué hacemos?

            -No sé –dije-; nunca pensé que llegaríamos tan lejos.

            -Hay muchas cosas que hacer por acá -dijo Cristal-; podemos ir a un bar o a un antro, averiguar dónde se armará la próxima fiesta o ir a comprar drogas.

            -No sería buena idea que dilapidáramos todo nuestro capital en el primer sitio que visitamos -opinó Wiki-. Por cierto, ¿bajo qué régimen estamos organizados?

            -¿Régimen? -pregunté.

            -Sí. ¿Nuestro fondo es comunal o cada quien hace con su capital lo que le parezca más conveniente?

            -Voto porque sea comunal -dijo Bilcho-. Así podremos ponernos de acuerdo sobre cómo gastarlo. Juntemos toda nuestra lana y nombremos un tesorero…

            Mientras esta discusión los músculos faciales de Cristal expresaron toda su molestia e incredulidad –Son un trío de nenas –dijo y se alejó con el ceño fruncido.

            -Secundo a Cristal –opiné-. Vamos a dejarnos de mamadas y a deambular por aquí viendo qué hacer. Cuando nos aburramos nos vamos a otra parte y así. Y cada quien administre su dinero como le dé la gana.

            -¡Eso digo yo! -gritó Cristal desde lo lejos.

Episodios así, insulsos y que no nos llevaban a ningún lado, tuvimos muchos a lo largo del día. En algún momento entramos a un taller de tatuajes; Cristal trató de convencerme de que me hiciera uno pero, para mi alivio y su desilusión, los cuidados que habría requerido (como mantenerlo limpio y evitar asolearme o meterme al mar) habrían arruinado el viaje, lo que me dio un buen pretexto para declinar.

Anduvimos rondando por las diferentes calles de Playa sin rumbo fijo, curioseando por aquí y por allá, echando vistazos en las tiendas de colgajos y artesanías diseñadas para embaucar turistas. Un tipo que andaba volanteando me dio unos folletos promocionales de Xcaret y Xel-Ha, y me quedé maravillado con las fotos que mostraban la belleza natural de ambos parques y la casi ilimitada variedad de actividades que se podían realizar en ellos. Luego vi los precios.

            -Así es, mi chavo -dijo Bilcho adivinando mi pensamiento-. Las maravillas naturales del Caribe están a salvo de la plebe, resguardadas por el abnegado gran capital.

Estuve la mayor parte del tiempo observando en silencio, con la intención de atrapar en la memoria cada escena y cada instante del viaje, porque temía que fueran a desaparecer. Miraba a las personas que andaban por las calles de Playa y pensé que así debía ser un puerto de tiempos antiguos, repletos de gente de muy distintos lugares con apariencia y costumbres muy diferentes. Sólo que ahora en vez de marineros, exploradores y cazafortunas había turistas deseosos de escapar de sus propias rutinas, comerciantes ansiosos por venderles el paraíso prefabricado y muchos otros que trabajaban duro para recibir algo de la bonanza que llegaba con cada crucero.

Cuando cayó la noche nos fuimos a sentar a un bar de reggae en el que en vez de sillas había columpios. Sin mucho de qué hablar, nos dedicamos a beber ron barato y a escuchar música. Poco después salimos a deambular de nuevo por la Quinta Avenida, que ahora estaba llena de tamborileros y malabaristas. Unos acordes melodiosos de guitarra acústica llamaron mi atención desde lo lejos y por encima de la batucada, y me escabullí entre la multitud hasta encontrarme con un sujeto que tocaba y cantaba canciones sesenteras sentado en un banquito plegable.

Era un tipo muy güero y muy flaco, de cabello abundante y largas barbas. Junto a él estaba una mujer joven, trigueña, muy delgada también, que bailaba de forma hipnótica una mezcla de ballet y danza irlandesa al ritmo de la música de su compañero y que de vez en vez lo apoyaba con algunos estribillos. Una pequeña niña rubia con la cara pintada de estrellas y con alas de mariposa en la espalda daba brinquitos en el escenario que el público había dejado alrededor del guitarrista. El estuche de la guitarra estaba abierto en el suelo para que los complacidos escuchas arrojaran monedas en él.

            Cuando llegué, el güero terminó Mrs. Robinson, para luego tocar Tears in Heaven, Hotel California y otras lentonas y simpáticas por el estilo. Cuando me di cuenta, Cristal, Bilcho y Wiki estaban a mi lado, observando la actuación de este enigmático trío.

            -Entonces -dijo Cristal después de un rato-, ¿vamos a conseguir fiesta o qué?

            -Yo estoy muy bien aquí –dije.

            -¿Y no vamos a ir a una partuza? -insistió Cristal.

            -Tranquila, mi chava -le dijo Bilcho-. No todo el tiempo tenemos que estarnos reventando.

            -Pero el problema es que no lo hacemos nunca…

            En ese momento la pequeña niña de las alas de mariposa pasó saltando cerca de Cristal y ella se le quedó viendo. Una sonrisa sustituyó su ceño fruncido.

            Debió pasar más de una hora, tiempo durante el cual la gente iba y venía, a veces para detenerse a escuchar y dejar unas monedas, a veces sólo para seguir de largo en busca de entretenimientos más bacanalosos. Al final sólo quedamos nosotros cuatro y los artistas, que para cerrar nos deleitaron con Sounds of silence.

            -Gracias, gracias -dijo el güero con acento gringo-. Somos Amplification Prohibited. Nos vemos en el camino.

            Entonces me acerqué a hablar con ellos.

            -Hola… Me encantó cómo tocas… -y dirigiéndome a la mujer-. Y cómo bailas.

            -Gracias -contestaron ambos.

            -Hola -dijo Cristal a la niña- ¿Cómo te llamas, linda?

            -Sunshine -respondió la pequeña.

            -Qué bonito nombre. Y qué bonito cabello tienes.

            -Gracias -dijo ella.

            -¿De dónde son ustedes?- pregunté.

            -De todas partes y de ningún lado -respondió el güero con una sonrisa-. Yo soy de Alabama, mi esposa es italiana y nuestra hija nació en un tren en algún punto cerca de la frontera entre República Checa y Eslovaquia… Me llamo Ken y ella es Alizia.- y me extendió la mano.

            -Mucho gusto -dije y nos presenté- ¿Qué andan haciendo por estos lares?

            -Hemos viajado mucho. Nos conocimos en Florencia y decidimos hacernos músicos callejeros. Pasamos varios años recorriendo toda Europa. Ahora queremos conocer Latinoamérica. Empezamos nuestro viaje en Tijuana y hemos visto cosas muy hermosas en México. Deberías estar orgulloso, tienes un bonito país.

            Ken y Alizia nos contaron su vida y aventuras por el mundo con poco más que una guitarra. Para su trayecto por este continente, un jipi amigo suyo les había prestado una vieja combi que ahora usaban como transporte y morada.

            -Disculpa que te interrumpa, Ken -dijo Bilcho de pronto-. Pero, ¿podrías concederme una complacencia?

            -Claro, amigo.

            -¿Puedes tocar Wish you were here?

            Sin responder palabra, Ken tomó su guitarra y tocó las diez primeras notas características de la rola favorita de Bilcho, quien, apenas comenzó la parte cantada, hizo dúo con el sureño caballero.

            -Gracias, mi chavo, me hiciste el día -dijo Bilcho al terminar.

            -Te llevas muy bien con los niños -le dijo Alizia a Cristal, que había pasado todo ese tiempo jugando y platicando con Sunshine –Algún día serás una buena mamá.

            -Ja, ja, ja. Gracias, pero no lo creo -respondió nerviosa.

            -Okey, amigos, se hace tarde y Sunshine debe dormir -dijo Ken-. Mañana viajaremos a Isla Pirata.

            Despedimos de Ken y Alizia e iniciamos la búsqueda de alojamiento. No podíamos contar con la casa de los abuelos de Wiki, porque el muy menso no se robó las llaves ni quería aparecerse cerca de un lugar que, según él, estaría vigilado por las fuerzas omnipresentes que lo buscaban para llevarlo de regreso a su jaula. No encontramos lugar dónde caer dormidos en toda la noche y no nos quedó de otra que permanecer despiertos por las calles.

            A primera hora de la mañana nos fuimos al embarcadero, donde encontramos a nuestros amigos a bordo de una combi psicodélicamente pintada por todas partes con motivos sesenteros.

            -¡Hey! -saludó Ken desde la ventanilla de su vehículo- ¡Qué bueno que vienen! ¿Quieren subir con nosotros?

            Aceptamos gustosísimos y nos trepamos a la Mystery Machine, que así se llamaba la combancha. Estuvimos parloteando todo el viaje en ferry, y Cristal se la pasó jugando con la siempre alada Sunshine. Cuando por fin llegamos a Isla Pirata nos separamos de los artistas y nos fuimos a pasear.

            Bares, tiendas de camisetas tipo I’M SHY BUT I’VE GOT A BIG DICK, agencias de viajes con paquetes fabulosos a precios absurdos, tiendas de Mexican curious, restaurantes de comida rápida, boutiques de trajes de baño, uno que otro acuario, más tiendas… Lo más interesante fue el Museo de la Ciudad. Había allí mucha información sobre la flora y fauna de la región y tenía una sala fantástica dedicada a la historia de los piratas que daban nombre a la isla.

            Más tarde tomamos un camión a la zona arqueológica de Chan Miguelito, bastante pequeña, pero muy linda. Luego, por sugerencia de Wiki, nos lanzamos a Punta del Sol, el extremo más oriental de la República Mexicana. Del lado este de la isla casi no había construcciones, excepto algún esporádico hotel, y el viaje en camión a lo largo de la ruta costera fue todo un espectáculo. Encontramos una playa en la que se formaba una pequeña caleta que bloqueaba el fuerte oleaje del Caribe. Allí estuvimos un rato remojados.

            -Pues bien -dije al fin-, ¿Qué opinan de Ken y Alizia?

            -Canta bien y baila bien.- dijo Bilcho.

            -No. Quiero decir, como personas.

            -¡Me encantan! -exclamó Cristal-. Son unos papás a toda madre. Le están dando a Sunshine una vida chingonsísima, siempre conociendo nuevos lugares y cosas increíbles. Si mi papá no se hubiera amargado, a lo mejor mi vida sería así.

            -Pues no sé…- expresó Wiki –No creo que sea bueno para una niña estar de ceca en meca toda la vida. Los niños necesitan estabilidad, hacer amigos, tener una educación.

            -Ya, Wiki -dijo Bilcho- Cada quien puede hacer de su culo un papalote.

            -Sí, el problema es cuando haces un papalote del culo de tus hijos… Es decir, que si vas a tener una vida de trotamundos es egoísta traer a un infante a rolar por todas partes sin consideración por su persona. Ellos están viviendo su vida, de acuerdo, pero están obligando a su hija a tener una vida escogida por ellos.

            -Creo que todos los padres hacen eso, Wiki –opiné-. De una u otra forma, te condenan a la vida que ellos quieren llevar…

            -Pero hay padres que renuncian a esa vida para darle estabilidad y seguridad a sus hijos -observó Wiki.

            -Y entonces se lo reclaman a los hijos durante toda su existencia… -musitó Cristal.

            Mientras hablábamos el sol se puso detrás de nosotros. Wiki nos recordó que si no volvíamos perderíamos el último camión a la ciudad, pero tras llegar a la parada nos quedamos como tontitos esperando y preguntándonos por qué no había nadie más. Después de veinte minutos de espera pasó por allí un surfista; le preguntamos y nos respondió que nuestro transporte había salido ya.

            Después de acallar los “se lo dije” de Wiki y deliberar por largos y tortuosos minutos, resolvimos irnos a pata, atravesando la carretera crepuscular. Fue allí donde vimos a los cangrejos. Emergían por decenas de la maleza que flanqueaba el camino. Unos cruzaban la carretera de un lado al otro, mientras los demás se detenían a comer las frutitas que crecían en los arbustos. Algunos eran pequeños como una pelota de golf y otros eran tan grandes como un balón de futbol. Los había rojos, verdosos y azules. Era todo un espectáculo verlos moverse con sus patitas largas y veloces, y recoger las frutas con sus hábiles tenazas.

            Me detuve a observar a un cangrejo azul que atravesaba la carretera, cuando de pronto salió un mapache de entre las hierbas, atrapó al crustáceo, lo aporreó contra una roca hasta romperle el exoesqueleto y procedió a darse un festín con su relleno.

            -Qué raro -dijo Bilcho-. Siempre pensé que los cangrejos eran inmortales.

            La noche avanzaba y la luz del crepúsculo, que minutos antes nos guiaba de regreso al occidente, desapareció por completo. Nos encontramos en una obscuridad que sólo rompían las estrellas y la luna.

            -¿Vamos a seguir en esta penumbra? -preguntó Wiki.

            -No tenemos de otra -dijo Cristal.

            -Ahoy, lads and lassies! -escuchamos de pronto una voz que vino de quién sabe dónde –Ye be ninjas or pirates?

            -Piratas, somos, compañero -respondió Wiki, como si supiera qué pedo.

            -Arrr -gruñó la voz y de entre la maleza salió un sucio pirata blandiendo una cimitarra –Piratas, sed bienvenidos a la Isla Pirata.

            -¿Dobleú te efe, macho? -preguntó Bilcho a Wiki.

            -Tranquilo, yo me encargo -Wiki carraspeó-. Ahoy, compañero, hemos naufragado y vamos en busca de un buen puerto donde podamos conseguir pintas y putas.

            -Arrr. No digáis más. Subid a nuestro bergantín y os llevaremos.

Unas luces se encendieron a un lado de la carretera y sobre el monte apareció un barco pirata, tan grande como un camión y con ruedas para viajar por tierra. Alguien dentro del barco encendió el motor y el bergantín tomó su lugar en la carretera. El pirata nos invitó a subir por una escalinata de cuerdas. Apenas hubimos subido, el barco empezó a andar hacia el oeste.

-¡Capitán! -clamó el pirata- He aquí unos bucaneros en busca de un buen puerto.

            -¡Por las barbas de Neptuno, que me place!- se escuchó una voz desde debajo de cubierta y a los pocos segundos subió por una escotilla un pirata viejo y barbado, con pata de palo, garfio en vez de una mano, parche en un ojo, un sombrero de plumas y una guacamaya escarlata en cada hombro -¡Bienvenidos al Temido! ¡Yo soy el capitán Barbarrás! ¿Gustáis de un buen ron puro de caña servido en un coco?

            -Sí… -dije.

            -No se dice “sí” -me susurró Wiki-. Se dice “aye”.

            -¡Aye! -exclamé.

            -Arrr. Magnífico -gruñó el capitán-. Pasad bajo cubierta.

            Entramos por la escotilla y nos encontramos que allí abajo había un bar caribeño, lleno de piratas y marineros de agua dulce. Una muchacha muy sexy vestida de pirata nos repartió ron en cocos sin que ni siquiera los hubiésemos pedido.

            -Es por todos conocido -explicó Wiki-, que los neopiratas se aparecen por las noches en esta carretera de la isla que lleva su nombre. Relájense y disfrútenlo, que en unos minutos llegaremos a la ciudad.

            Un pirata gordo y borracho con una larga cicatriz que atravesaba su cara se nos acercó tambaleándose.

            -Arrr. ¡Carne fresca! Decidme, novatos, ¿sabéis alguna canción de piratas?

            -Pues, a ver… ¯Yo-ho, yo-ho, pirata quiero ser…¯ -empecé a cantar, pero cesé cuando tuve el filo de la espada del pirata en mi gaznate.

            -¡A callar, bellaco! ¡Esa canción me tiene hasta los bigotes! ¡Cantad algo mejor o caminaréis por la plancha!

            En eso llegó Bilcho a mi rescate –A ver… ¯La de un pirata es la vida mejor, es siempre muy divertida. Vivimos borrachos y somos muy machos y no nos importa la vida…¯

            -Arrr. Me caéis bien, mozalbete -dijo el pirata rodeando los hombros de mi amigo con su robusto brazo- ¿Queréis un poco de piratería? Tenemos música e imágenes con movimiento y sonido… de las que llaman “películas”.

            -No tendría dónde reproducirlas…

            -Arrr. Pero podríais grabarlas en vuestra cantimplora para el almacenaje de notas musicales.

            -¿Se refiere a mi iPod?

            -¡Aye! Venid conmigo, rapazuelo -y Bilcho y el pirata se fueron a algún rincón del navío.

            Cuando me acabé el ron, que por cierto estaba muy fuerte, subí a cubierta para tener una charla con el capitán.

            -Saludos, mi capitán… -y luego recordé agregar- Arrr.

            -¡Arrr! ¿Os divertís vos y vuestra tripulación?

            -Aye, mi capitán. Quería preguntarle una cosa a un viejo lobo de mar.

            -Si el canto de las sirenas no me lo impide, responderé a vuestra pregunta.

            -¿Cuál diría usted que es el sentido de la vida?

            -Arrr, muchacho, vieja pregunta. Cuando yo era un joven pirata creía que mi meta en la vida era hacerme de un buen botín a lo largo de años de asaltos y pillaje, para después disfrutar de las riquezas en alguna isla lejana. Pero cuando las canas poblaron mi cabeza, entendí que no es el botín lo que amo, sino la aventura, la mar, las peleas, los tatuajes, las pintas y las putas. Así que aquí estaré hasta que mi barco se hunda conmigo. ¿Os quedó claro, joven corsario?

            -Aye, mi capitán… Gracias.

Mientras hablábamos el Temido entró a la ciudad y en un par de minutos nos detuvimos en el malecón. Bajamos y nos despedimos del capitán.

            -¡Hasta luego, mis valientes! Ojalá que el Noto vuelva a hacernos coincidir en el ancho mar, o si no, ya nos veremos en la morada del Alegre Roger -y dicho esto, el navío reemprendió su camino.

            -Es tarde -señalé cuando el Temido se hubo alejado-. Espero que aún alcancemos a ver el show de Ken y Alizia.

            Nos encaminamos a la Plaza del Muelle, donde todavía estaban reunidos algunos turistas y curiosos que escuchaban al buen gringo tocar su guitarra y a sus bellas esposa e hija danzar con alegría por todas partes.

            -Esta familia es lo máximo, en serio -comentó Cristal.

            Al poco rato Amplification Prohibited dejaron de actuar y se despidieron del público. Entonces me acerqué a Ken.

            -Hola, ¿cómo les fue hoy?

            -Muy bien, amigo, gracias. Reunimos lo suficiente como para descansar mañana y dedicarnos a recorrer la isla. ¿Ustedes qué tal?

            -Súper. Todo tranquilo, pero agradable… Mis amigos y yo volveremos a tierra firme mañana por la mañana y queríamos despedirnos de ti y de tu hermosa familia.

            -Muchas gracias, amigo -dijo Ken y me dio un fuerte apretón de manos-. Que les vaya muy bien.

            -Gracias… -me di la vuelta con la intención de reunirme con mis compañeros; Bilcho y Wiki discutían algo sobre la música que tocaba Ken, mientras que Cristal jugaba encantada con Sunshine; entonces me volví hacia el músico –Oye, Ken, ¿cuál es para ti el sentido de la vida?

            La pregunta lo tomó por sorpresa –Pues… la verdad yo nunca pienso mucho en eso… Supongo que es simplemente ir a buscar lo que tú quieres y hacer de ello tu vida… Es decir, no dedicarte a lo que te gusta sólo como si fuera un hobby y pasarte el resto del tiempo cumpliendo otras… obligaciones… Hay que hacer de lo que amas tu destino…

            -¿Y cómo sabes qué es lo que amas? ¿Cómo puedes estar seguro de lo que te gusta, de lo que realmente te hace feliz?

            -Pues… supongo… que la única forma de saberlo… es haciéndolo -y me dirigió una sonrisa.

Nos despedimos con harto cariño de los artistas y nos fuimos a un área del malecón en la que se podían encontrar muchos bares. Todos ellos vendían licor a precios demasiado altos, de modo que nos asentamos en uno y pedimos lo más barato del menú, que eran las cervezas, para poder gozar del derecho de permanecer en una mesa toda la noche hasta que el primer transbordador zarpara en la mañana.

-Bien -dijo Wiki levantando su chela en el aire-, por nuestras primeras experiencias de viaje. ¡Salud!

-¡Salud!- brindamos.

-Creo que sería bueno hacer una evaluación de lo que ha sucedido hasta ahora…

-No, no, no, Wiki -dijo Bilcho-. No podrías estar más equivocado.

-¿Cómo dices?

-No debes evaluar la forma en la que te diviertes, porque si lo haces, empiezas a crearte estándares y medidas, a comparar unas experiencias con otras y a querer siempre que haya competencia entre ellas. Lo único que logras con eso es comer ansias porque quieres que cada experiencia sea más divertida que la anterior, y si no lo logras, te frustras. Debes disfrutar de los momentos por los momentos mismos.

No me di cuenta del momento en el que Cristal se alejó de nosotros y se sentó en una esquina a beber su cerveza. Cuando me le acerqué, parecía que algo le molestaba.

-¿Qué onda?- le pregunté.

-Nada.

-¿Qué te pasa?

-Nada –se encogió de hombros.

-¿Estás molesta por algo?

-No importa.

-Ay, no me vas a salir con ese cliché, ¿verdad?

-¿Cliché? ¡¿Cliché?! Pensé que iba a vivir aventuras, y en cambio estoy aquí atrapada con un montón de ñoños que no saben nada de la vida y que se ponen a discutir sobre cómo gastar el dinero y cumplir los horarios y así. ¡Clichés!

Me sentí muy perturbado –Oye, pero no te pongas así… ¿A poco no la hemos pasado bien?

-Equis.

-Ok, creo que te entiendo -jalé una silla para sentarme junto a Cristal, pero al ver su mirada decidí mejor no hacerlo –Cuando salí de Ciudad Plana y llegué a la Ciudad de las Palmeras sentí que lo que me hacía falta era vivir cosas… hacer cosas… Y me sucede mucho que en el momento todo está de maravilla, pero cuando pasa y miro hacia atrás, hacia lo que he estado haciendo… Olvido los detalles y todo parece falso, como si hubiese sido un sueño… Y esa misma sensación de vacío sigue allí. Nada la calma. Nada.

Cristal me miró largo tiempo.

-No. Tú no entiendes- se levantó y escapó del bar.

Salí también, pero no la seguí sino que emprendí una caminata a lo largo del malecón para ordenar mis pensamientos y asimilar las experiencias de los últimos días. Debía haber caminado varias cuadras cuando vi la Mystery Machine estacionada en una de las calles cercanas al malecón. Quise aprovechar la oportunidad y me aproximé al vehículo para saludar por última vez de esos tipos tan buena onda. Los gritos me detuvieron en seco.

Alizia vociferaba no sé qué en italiano y Ken le contestaba bufando en inglés. Alcancé a entender que ella le reclamaba algo sobre dinero y drogas, y que él le contestaba que se jodiera. Sunshine lloraba. De pronto la puerta se abrió y de la combi saltó Ken, rojo de ira, y se fue calle arriba dando grandes zancadas.

-Vaffanculo, pezzo di merda!- le gritó Alizia desde la combi.

Me alejé del lugar con lentitud y volví al bar donde me esperaban mis amigos; incluso Cristal estaba de vuelta. No les conté lo que había visto.

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48. Liliana

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            No recuerdo porqué me gustó en primer lugar. Era muy bonita, eso que ni qué. Pero no me viene a la memoria la emoción que me impulsó a esforzarme tanto por conquistarla. Me tomó mucho tiempo, pero lo logré. Para las primeras semanas de segundo de prepa ya era mi novia. Claro, al principio estuvo muy bien. Liliana era muy cariñosa conmigo y disfrutábamos nuestros besos y primeros fajes. Por un par de meses anduvimos juntos a todas partes, siempre de manita sudada.

            El primer problema ocurrió después de esos dos meses. Jorge me mandó un mensaje de texto diciéndome que porqué tenía tan olvidados a los cuates y que, claro, los cambio por una vieja y que un par de tetas jalan más que mil carretas, y cosas así. Me invitó a reunirme con él y otros amigos para ir a tomar las chelas. Me pareció bien y le planteé la idea a Liliana. A ella no le pareció bien. Fue entonces que conocí su expresión de furia, con la mandíbula muy apretada, los músculos del cuello muy tensos y los ojos muy abiertos que miraban de fijo y sin parpadear.

            -¿Qué?

            -No.

            -¿No qué?

            -No te vas.

            -¿Por qué?

            -No me vas a dejar sola un sábado en la noche por irte con tus amigotes.

            -Bueno, tú puedes salir con tus amigas…

            -No.

            -Pero, ¿por qué te molestas tanto?

            -Diego, ahora somos novios y las cosas han cambiado. Ahora estás conmigo. Está bien tuvieras amigos antes de tenerme a mí, pero ahora no los necesitas.

            -No, Lili, las cosas no funcionan así…

            -Ahora estás conmigo. Soy la única persona con la que tienes que estar.

            -Pues eso… se me hace… medio loco…

            Ésa fue la gota que derramó el vaso, por decirlo así. Liliana estalló en gritos e insultos. Que no me atreviera a llamarla loca, que ella tenía la razón, que cómo era posible que teniendo a una mujer como ella me quisiera ir con un par de ñoños, que blah, blah, blah, blah, blah. Y como en ese entonces me aterraba la idea de perderla, hice todo lo posible por aplacar su furia. Me pasé toda la noche pidiéndole perdón y tratando de enmendar mi incomprensible error.

            No crean que Liliana fue siempre así. Con el tiempo aprendió a ceder y permitía que me diera mis escapadas con los muchachos, aunque era evidente que eso no le encantaba y ella prácticamente hizo una lista de amistades aprobadas con las que pudiera estar en su ausencia. Desde luego, no le parecía bien que entre nuestro grupo de amigos estuviera presente alguna mujer.

En una ocasión concebí la idea de hacer una excursión para acampar cerca de Oxkintok y las grutas de Calketó. Le conté la idea a Liliana y pensó que era demasiado loca y complicada, pero después de mucho insistirle, aceptó. Entonces le mencioné que parte del plan era invitar a Rafael y a Jorge, que en ese entonces tenía novia. Liliana puso otra vez esa cara de animalito molesto.

-¿Por qué necesitas gente? No lo entiendo. Me tienes a mí.

Me di cuenta de que no tenía caso discutir y dejé todo el proyecto por la paz. Lo que nunca cambió en Liliana fueron sus corajes, pero con el paso de los meses y de los años dejé de hacerles caso. Sus constantes amenazas de abandonarme, sus berrinches que en ocasiones la llevaban a tirarse al suelo y patalear, y sus ceños fruncidos casi todo el tiempo por casi cualquier motivo terminaron por aburrirme. Tan sólo le ponía cara de “me vale madres” y le dejaba tirarme todo el cascajo que quisiera. Al final todo siempre volvía a la normalidad. Eso era lo peor.

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47. Escape del planeta de los simios

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Pues no nos fuimos al día siguiente, ni mucho menos. Después de una semana de psicodelia acabamos tan amolados que dormimos a pierna suelta por más de veinticuatro horas. Sufrimos un lento proceso de despertado y tuve que reunir mucho valor y fuerza de voluntad para al fin levantarme de la cama.

            -Ay… que putiza  -dije, desperezándome.

            -Sí… -dijo Cristal, aún acostada y con los ojos cerrados -Necesito un break de las drogas.

            -Yo también. Deberíamos vender los ajos que nos quedan. Con eso sacamos para nuestro viaje.

            Cristal se incorporó –Creí que habíamos quedado que no nos preocuparíamos por eso.

            -Es que… estuve pensando… Creo que después de todo sí necesitaremos más dinero para lo del viaje. Así que estaría bien que nos quedáramos un tiempecito más por acá, para ahorrar. Además, el Tío ha sido muy bueno con nosotros y no me gustaría dejarlo mal.

            -Ay, Dieguito, no te me culees.

            -Es que… No sé, creo que debemos planearlo mejor…

            -Pues haz lo que quieras -dijo y se cubrió con las sábanas.

            La dejé allí acostada y me fui, pero cuando Bilcho y yo volvimos a casa esa tarde no la encontré. Llegó la noche y Cristal no volvía; Bilcho se fue para Anthrax, y yo me quedé esperándola hasta que se apareció poco después de las diez.

            -Hey, ¿dónde andabas?

            -Por allá, vagando. Sólo vine a cambiarme de ropa, voy a salir con unos amigos.

            -¿A dónde?

            Me miró feo, como si le molestara la pregunta –Pos por allá, güey, a una partuza.

            -Va, dame chance me visto…

            -Diego… -empezó a decir con tono de alguien que se impacienta por tener que explicar algo obvio a un niño tontito –Que vivamos juntos no quiere decir que tengamos que estar juntos todo el tiempo.

            ¿De dónde chingados venía eso? No le contesté ni intercambiamos más palabras. Ella se fue y yo me quedé sin poder dormir a causa del frikeo. Me pasé la noche escuchando a los grillos y contando las horas. Cristal llegó al amanecer, cuando Bilcho y yo estábamos desayunando.

            -¡Hola, chicos! -saludó alegre-. Hola, guapo -me dijo y me dio un rico beso cachondo y con sabroso aliento a alcohol-. Me voy a dormir, estoy medio muerta –y se retiró a nuestro cuarto.

            Como todavía faltaba un rato antes de que Bilcho y yo nos tuviéramos que ir al Circo, juzgué que era un buen momento para hablar con Cristal y ver qué pedo.

            -¿Qué pasa? -le pregunté al entrar.

            -No pasa nada, güey -me dijo al tiempo que se desvestía.

            -No, sí pasa. ¿Te molestaste por no irnos hoy de viaje?

            Cristal hizo un gesto desdeñoso –La neta me vale madres.

            -Es que la verdad creo que debemos planearlo mejor…

            -Pues por eso te dije: haz lo que quieras.

            Salí del cuarto y azoté la puerta tras de mí. A los pocos minutos Bilcho y yo nos fuimos al Circo de las Ratas y después al Desván del Abuelito, por lo que no volví a ver a Cristal en todo el día. Pero en la noche, cuando volvimos a casa, allí estaba ella, sentada en nuestro cuarto con una mirada cachonda y perdida.

            -Te había estado esperando – me dijo y se me tiró encima; entendí esto como señal de que todo estaba bien entre nosotros y tuvimos una feliz noche de sexo.

            El día siguiente fue bastante normal; Bilcho y yo fuimos al trabajo, mientras Cristal se iba a pasear con unos amigos, y en la noche fuimos a una disco. Cristal estuvo muy cariñosa conmigo todo el tiempo y nunca mencionamos su extraña actitud de los días anteriores. Cuando volvimos a casa nos acostamos y acurrucamos.

            -¿Vendiste los ajos? -me preguntó.

            -Se los di a Bilcho. Él los venderá.

            -Chido…

            -Oye, ¿te digo algo?

            -Ei.

            -Me ha sentado bien la sobriedad después de tantos días de locura. Es un alivio saber que puedes volver a la cordura, ¿no crees?

            -La cordura está sobrevalorada -me dijo, y no hablamos más esa noche.

            Nuestra relación, o lo que sea que fuese lo que teníamos, en apariencia marchaba bien porque durante la semana siguiente no hubo conflictos ni situaciones incómodas. Aunque todavía me ponía muy celoso cuando ella se iba con sus “amigos”, a los que yo ni siquiera conocía, me esforzaba por disimular y no dar lata. Cristal era una chica libre, me decía, por eso me encantaba y no debía impedirle que viviera su vida. Pero… ¡coño!

            Una mañana de lunes, los primeros días de febrero, Bilcho y yo llegamos a la Zona Hotelera y no encontramos ni el Circo, ni a las ratas, ni a los Tíos.

            -Qué raro -señalé.

            Recorrimos prácticamente todo el bulevar sin encontrar rastro; nos sentamos toda la tarde en el parque del camellón, esperando y especulando acerca de la ausencia de nuestra fuente de ingresos.

            -A lo mejor los volvieron a chingar esos pinches policías corruptos -teoricé.

            -‘Uta… Eso sería lo menos peor -murmuró Bilcho.

            Cuando perdimos la esperanza de ver que apareciera la vieja combi destartalada de los Tíos, volvimos a casa. La preocupación nos empujó a Bilcho y a mí a ir al día siguiente más temprano de lo usual a la Zona Hotelera. De nuevo nos sentamos a esperar todo el día y de nuevo faltaron a la cita.

            -Estoy asustado -dije, pero Bilcho no contestó.

            El miércoles también nos levantamos muy temprano y fuimos, con ya pocas esperanzas. Encontramos al Tío sentado en una de las bancas de piedra colocadas a lo largo del andador junto a la Laguna. Mostraba varios moretones y cortadas en los brazos y en la cara; no tenía ya la mirada alegre y relajada, sino tensa y, sobre todo, profundamente triste.

            -Hola, muchachos -nos saludó al llegar.

            -¡¿Qué pasó?! -exclamé.

            -Ay, muchachos…- suspiró el Tío-. Pues para no andarnos con rodeos. El domingo me levantaron.

            -¿Cómo?- dije, sin comprender; Bilcho puso una mano en mi hombro, como para inspirarme valor, o que me callara la boca, o ambas.

            -Los narcos, Diego -explicó el Tío-. Me levantaron. No hay porqué entrar en detalles. El caso es que me retuvieron hasta ayer en la noche.

            -Lo… ¿lo torturaron? -pregunté temeroso.

            -¿Tú qué crees, niño?- espetó el Tío, molesto, pero luego recuperó la calma –Quieren obligarme a que venda droga…

            -¡Pero si no hay droga por ningún lado! -exclamé.

            -No hay mota -dijo Bilcho-, pero la ciudad está inundada de coca, anfetas y heroína. Los narcos dejan que el gobierno encuentre los plantíos de mois y que los quemen en televisión, para que así todos estén contentos, y a cambio el gobierno no los molesta con las madres químicas. Así funciona la “guerra contra el narco”.

            -Así es -dijo el Tío-. Y ellos quieren obligarme a que venda droga aprovechando mi espectáculo como plataforma. Pero yo no puedo hacer eso. Así que me largo. La Tía, nuestras pequeñitas y yo nos largamos de esta Ciudad de las Palmeras.

            -¿A dónde irán?- pregunté.

            -No lo sé. A alguna ciudad turística que no esté tan jodida. En Playa las cosas están peor… Pantera Rosa no tardará en quedar igual. Quizá nos vayamos del Caribe mexicano… -el Tío ahogó un suspiro lastimero-. Hemos vivido aquí por quince años…

            -No es justo  -lamenté.

            -¿Justo? Ay, hijo. Justo sólo Sierra y era campechano… Pero lo importante aquí es que nosotros nos vamos y ustedes se quedan… Así que vine a darles su liquidación.

            -¿Liquidación? -repitió Bilcho, extrañado.

            -Así es, jóvenes. Todo conforme a la ley…

            -Asu madre, Tío, es usted mejor jefe que muchos en el empleo formal -dijo Bilcho.

            -Ay, muchachos. Es que si no fuéramos buenos los que podemos, el mundo sería mucho peor de lo que es.- El Tío se levantó, sacó su cartera de uno de los bolsillos delanteros de sus bermudas y nos dio una nada despreciable suma.

            -Bueno, muchachos, eso es todo. Espero que nuestros caminos se crucen pronto de nuevo. Así que si deciden escaparse hacia otra ciudad y da la casualidad que nosotros estamos allí llevando nuestro arte a la gente menos pensada, tengan por seguro que encontrarán un hogar.

            Bilcho abrazó al Tío y murmuró un adiós. Quise hacer lo mismo y con la misma entereza, pero sin comprender por qué, simplemente me eché en los brazos del Tío, incapaz de contener mi llanto infantil. No recordaba haber estado tan triste como cuando entendí que no estaría más al lado de aquel buen hombre, y me lamenté de no haber pasado más tiempo con él fuera del trabajo… De alguna forma era como si me estuviera quedando huérfano.

            -Ya, hijo, ya -me dijo el Tío dándome unas palmaditas en la espalda-. Todo va a estar bien -agregó, sin convicción.

            Regresamos a la casa. Pocos minutos más tarde llegó Cristal y cuando le contamos lo sucedido también se puso muy triste. Nos sentamos alrededor de la mesa con la mirada gacha y sin hablar, cada uno ponderando las propias repercusiones de este suceso y sólo interrumpiendo el silencio para mentar una madre o expresar un gimoteo. Entonces se me iluminó la mente.

            -¡Vámonos! -exclamé.

            -¿A dónde? -preguntó Bilcho, distraído.

            -A rolar, a mochilear, como lo habíamos planeado -expliqué.

            -Sí, sí, vámonos -secundó Cristal.

            -Pero… -murmuró Bilcho- No sé…

            -Ándale, Bilcho, no seas sacatón -le dijo Cristal.

            -Sí, compadre –intervine-. Ya nada nos ata a esta ciudad. Podemos tomar lo que ha sucedido como una señal de que está bien que nos vayamos.

            -Sí… -Bilcho empezaba a ceder-. Sí… He estado aquí mucho tiempo y ya estaba empezando a acomodarme en la rutina… Sí… ¡Sobres! ¡Hagámoslo!

            -¡Yipi! -exclamó Cristal y comenzó a dar saltitos.

            -Pues queda decidido –sentencié-. Nos vamos. Sólo nosotros lanzándonos a la aventura inesperada en esta hermosa tierra…

            -Sin planes -dijo Cristal.

            -Sin preocupaciones -añadió Bilcho.

            -¡Pues vámonos!

            A partir de ese mismo instante empezamos con los preparativos del viaje. Juntamos todo el dinero que teníamos en un fondo de ahorros para calcular hasta dónde podríamos llegar con el primer despegue. Optamos por viajar hacia el sur; haríamos una parada en Playa y seguiríamos hacia Pantera Rosa; Bilcho adquirió un mapa para que nos pudiéramos guiar.

            -Seremos como exploradores -dijo.

Él era el único que aún tenía chambitas y la verdad le echó muchas ganas durante esos días pasa sacar la mayor cantidad de dinero posible. Además se encargó de arreglarse con la casera (a quien yo nunca conocí). Cristal y yo nos dedicamos a vender o trocar de todo lo que pudiéramos… y a coger el resto del tiempo.

-Están locos -dijo Wiki cuando le contamos nuestro plan-. Los tres.

Por fin llegó el día señalado para la partida. La noche anterior se nos había ofrecido una fiesta de despedida en casa de Juan Pablo, en la que nos pudimos despedir de toda la banda: Emo, Pacheco, Paquito, Juanito, Tania, Dulce… Para nuestra sorpresa y decepción, no se presentó Wiki.

Ahora estábamos preparados, con todas nuestras cosas empacadas en sendas mochilas sobre nuestros hombros.

-¿Listos? -preguntó Bilcho.

-Listos -contestamos al unísono.

-Vamos.

Bilcho abrió la puerta de par en par y para los tres fue como si un mundo de aventuras estuviera a punto de desplegarse frente nuestras vidas. Pero en vez de ello, estaba el voluminoso cuerpo de Wiki bloqueándonos la entrada.

-¿Wiki? -preguntó Bilcho extrañado.

-El mismo que viste y calza.

Noté qué nuestro querido amigo vestía una de sus clásicas playeras negras con letras blancas que decían “¿CAMINOS? A DONDE VAMOS, NO NECESITAMOS CAMINOS” y que cargaba una gran mochila.

-¿Qué pedo, Wiki? -preguntó Bilcho.

-Pues… -Wiki pareció dudar un segundo, pero luego dijo convencido –Me fugué de casa de mis abuelos. Me voy con ustedes.

-¿Qué, qué, qué? -a Bilcho no le caía el veinte.

-Pues eso, me voy. A vivir la vida, como ustedes hacen. He tenido una existencia por demás pacífica y quiero que eso cambie. Además, mis abuelos ya me tenían hasta la madre…

-¿Por qué? –pregunté-. Si tus abuelos son rebuena gente.

-Eso te figuras tú –contestó-. Pero, como todos, tienen sus neurosis y no quiero que me sigan fastidiando la vida.

-Pues a mí me parece a toda madre que vengas con nosotros Wiki -dijo Cristal- Ahora sí vamos a ser como los Tres Mosqueteros y D’Artagnan.

-O como la Compañía del Anillo, o los Cuatro Fantásticos, o…- comenzó a enumerar Wiki.

-Momento… -interrumpió Bilcho- ¿Esto significa que contamos con el Alerón Chiflado?

-Ni por pienso. No quiero que se me busque por robo de autos… Además, la idea del viaje era recorrer el mundo con nuestros propios pies, ¿no?

-No se diga más -opinó Cristal-. Wiki está listo, nosotros estamos listos… Sólo vámonos y ya. A la verga.

-Pues no sé, chavos –dije-. Me da cosa dejar a los abuelos de Wiki, todos preocupados…

-Ah, ¿pero no te dio “cosa” dejar a tus padres con el alma pendiente un hilo? -espetó Wiki.

-Es diferente. Mis papás son unos cabrones y me estaban jodiendo la cordura. Tus abuelos son la bondad con patas…

-Mira, Diego, tú no me conoces lo suficiente, ni conoces la relación que tengo con mis abuelos. Te pido, por favor, que no juzgues, porque de otra forma estarías siendo hipócrita.

-Ya, bueno, Wiki, no te me alebrestes –dije- Que sea como quieras… Pero no me parece bien…

-Va, si ya resolvimos este asunto -propuso Cristal-, yo digo que nos quitemos de aquí, porque por cada minuto que pasemos parados como tontos es un minuto desperdiciado que podríamos aprovechar para…

Un carraspeo interrumpió a Cristal y nos obligó a dirigir la mirada hacia el interior de la casa. Allí estaba Nathan, de pie, observándonos con ojos de cachorro regañado. Ante nuestras expresiones extrañadas y silenciosas, el inglés se acercó a Bilcho, le dio un fuerte abrazo y murmuró, con su característico acento británico:

-Adiós, amigo.

Después se enjugó una solitaria lágrima y se fue arrastrando toda su flema inglesa de regreso a su habitación.

-Oooookey… -dijo Bilcho-. ¿En qué estábamos?

-Nos íbamos -recordó Cristal.

-Ah, sí -pues vámonos.

Mientras Cristal, Bilcho y Wiki salían por la puerta, yo me volví a la casita que había sido mi hogar por los últimos seis meses, el lugar en el que había fumado mota por primera vez, en el que había aprendido a leer buenos libros y a oír buena música y en el que había hecho el amor con Cristal tantas veces. Susurré un “adiós” silencioso y le mandé un besito volado. Cerré la puerta detrás de mí.

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46. MEGA

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MEGA era el grupo apostólico del Countri. A él pertenecían los chavos más populares y los más ñoños, los unos en virtud de su popularidad y los otros por su ñoñez. MEGA era el organismo encargado de vigilar que el pensamiento -si bien no necesariamente la conducta- de los adolescentes del Countri fuera el aprobado por los estatutos de dicha institución educativa, la cual oficialmente era laica, pero como hasta el mismo director lo afirmaba, “todos sabemos que es católica”.

Cada Navidad, MEGA organizaba colectas de vituallas para alimentar a los niños pobres de Komchén, un pueblito jodido (pero no demasiado), a la distancia justa de Ciudad Plana para que después de llevar las despensas, los insignes voluntarios del apostolado pudiesen escaparse al Puerto. También hacían misiones evangélicas, en las que los miembros de MEGA iban al mismo pueblito, bañaban a los niños pobres a manguerazos de agua fría para luego explicarles lo mucho que Dios los ama y por qué coger está mal. Las definiciones operacionales de MEGA eran muy claras: un muchacho moreno, pobre, mal vestido y con apellido maya en Komchén se cataloga como un beneficiario de la caridad cristiana. Un muchacho moreno, pobre, mal vestido y con apellido maya en el centro de Ciudad Plana era un simple huiro.

Pero el evento anual más importante de MEGA era el retiro espiritual, en el que un montón de adolescentes eran enclaustrados en una encantadora casita en la playa (propiedad del abnegado grupo apostólico, desde luego) durante un fin de semana, para hacer rezos y “dinámicas”. Pelón, junto con el profesor Alcharmut, un empresario libanés local, eran los líderes y principales oradores de MEGA, y en los retiros se complacían en repetir con más énfasis las mismas burradas que predicaban en clases.

En mis doce años por el Countri jamás me interesó unirme a MEGA y sólo en una ocasión asistí a uno de sus retiros espirituales, principalmente por presión de Liliana y animado por la idea de que por lo menos ahí estaría Jorge, quien también estaba muy clavado con estas ondas. La mañana del viernes nos reunimos con nuestros tiliches frente a las puertas del colegio. Una vez que todos los inscritos al retiro se hubieron presentado, se organizó la caravana que nos llevaría a la casa de playa. Liliana, Jorge y yo fuimos llevados amablemente por mi suegra.

Llegamos a la playa; nos dieron unos minutos para acomodar nuestras chivas en unas barracas y luego empezó la primera actividad, que consistió en darnos a conocer los unos a los otros, explicar por qué estábamos en el retiro (la respuesta más popular era “quiero encontrar a Dios”) y hablar un poquito sobre nuestras vidas. Después hubo rezos, se nos dio una hora libre y luego dividieron a los chicos de las chicas; a nosotros nos mandaron a escuchar una plática de Pelón.

-¿Por qué no pueden decirse un día “hoy no me voy a masturbar”? ¿Por qué son tan débiles? Ah… porque ustedes piensan que hay que darle al cuerpo lo que quiera… Si el cuerpo quiere mamarse, ¡me mamo! Si el cuerpo quiere coger, ¡cojo! Pero están mal, muy mal… -y así por el estilo.

Hubo más rezos, un magro almuerzo consistente de ensalada de atún fría y sin mayonesa, y después otra plática, esta vez por parte de miembros veteranos de MEGA. En particular recuerdo el discurso de una chava con muy buen cuerpo, pero con cara de fo y una voz chillona y nasal.

-…Y hacemos mal porque nos burlamos de los que son diferentes… Y nunca hacemos nada por el medio ambiente… Y luego las muchachas nos vestimos con blusas de las que se nos sale media teta… Y nos olvidamos siempre de rezar… Y no redondeamos nuestros centavos… Y somos malos, malos, muy malos…

Nos impusieron una dinámica, que consistió en hacer dibujitos pendejos con cartulinas, tras lo cual nos concedieron un par de horas de libertad. Quería platicar con Jorge, pero Liliana no nos dio la oportunidad. Junto a la playa había una casetita medio en ruinas que había sido golpeada por algún huracán; ése era el sitio de fajes no oficial de la casa de MEGA y en cuanto se desocupó, Liliana y yo nos fuimos a aprovechar el espacio.

-¿Qué opinas de las pláticas? -me preguntó Liliana-. A mí la verdad sí me llegaron.

-Pues no sé, a mí me aburrieron -contesté.

-¿Por qué? Dicen muchas verdades.

-Es que todas se basan en que hay que sentirnos culpables y yo no me siento culpable de nada.

-¿De nada? ¿Y de cuando… lo hacemos? -las dos últimas palabras las dijo en un susurro casi inaudible.

-¿Por qué me habría de sentir culpable? Me gusta… y te quiero.

-Pero… es pecado.

-¿Entonces pa’ qué chingados lo hacemos?

-Eres un idiota -y me dejó ahí, meditando entre los escombros.

En la noche llegó la Hora Santa. El trip era sentarnos todos en círculo en una oscuridad apenas rota por velas. Alcharmut sostenía un crucifijo y caminaba de un lado a otro en medio del círculo diciendo letanías, apenas comprensibles debido su acento.

-Jesús está aquí, ahora. Hablen con él, díganle lo que sienten. Él los escucha…

Uno por uno, varios de los muchachos y chicas presentes tomaron el crucifijo y hablaron con el crucificado. Allí estaban las Frambuesas, muchas de las cuales se deshicieron en lágrimas ante el Señor y le confesaron que habían sido culeras con los que no eran populares como ellas y promiscuas con los que sí. Bernardo también se puso melodramático y pidió perdón por beber demasiado y tener aventuras de una sola noche. Con el tiempo, el turno le llegó a Jorge.

-Señor, sé que estás aquí. Quiero agradecerte por todo lo que me has dado y pedirte que me ayudes a ser mejor persona…- fue todo lo que su imaginación le permitió decir.

Yo me quedé dormido por la penumbra y por la monotonía de los discursitos. Cuando acabó la Hora Santa, ya pasada la media noche, Jorge me despertó a codazos. Era momento de cenar una pasta fría y escasa. Después nos mandaron a dormir, los hombres a su barraca y las mujeres a la suya propia.

-Estuvo chida la Hora Santa, ¿verdad? -me preguntó Jorge desde su hamaca.

-Pues no sé, güey. Me da la impresión de que tipos como Bernardo y las Frambuesas sólo están buscando protagonismo… como siempre.

-Chale, eres bien criticón. Pero aparte de lo que hagan esos güeyes, ¿a ti no te llegó el espíritu de la Hora Santa?

-La neta… no sentí nada.

-Es que te falta fe, Diego.

Con esas palabras en mente resolví que al día siguiente le echaría más ganas. Quería sentir la revelación, la plenitud espiritual de la que casi todos mis compañeros parecían contagiados.

Alcharmut pasó a despertarnos a las cuatro y media de la mañana; me costó un huevo levantarme. Antes del amanecer ya estábamos en el patio haciendo rezos colectivos, para después pasar a hacer otra dinámica, y luego escuchar otra plática de las de “eres una mierda: arrepiéntete”. Ya estaba bien avanzada la mañana cuando nos dieron de desayunar sándwiches de jamón y queso fríos y sin aderezos. Después hubo cantos, dinámicas, rezos, pláticas del tipo “nadie tiene la vida comprada, en cualquier momento te puedes morir, ¿sabes a dónde vas a ir cuando mueras? tienes que estar preparado”; después el almuerzo, lo mismo otra vez, Hora Santa, la cena y a dormir. Juro que intenté agarrarle la onda a todo ese pedo, pero no pude. No me sentía, ni de lejos, tan extasiado como Jorge y Liliana. El domingo la rutina fue más o menos la misma, hasta medio día, cuando llegó una banda y tocó música para bailar, y Pelón, Alcharmut y sus achichincles nos dieron de almorzar unas deliciosas tortas de carne asada con queso y hasta papitas y refrescos.

Entonces se procedió a repartir y abrir el correo. Era costumbre que los que no tenían la fortuna de participar en estos eventos escribiesen misivas cariñosas a los amigos que se retiraban para encontrar al Señor. Estas cartas eran escritas desde antes que empezara el retiro y se depositaban en un buzón que los dirigentes de MEGA eran encargados de administrar. El que más cartas recibiera podía demostrar su popularidad frente a los demás. La mayoría de los mensajes iba más o menos así “SPro q NQN3 a Dios n st Rtiro y t la paCs suPr xido, we”. Todos los retirados se ponían muy contentos.

Después de esta celebración hubo una dinámica de despedida en la que muchos se echaron a llorar en los hombros de sus amigos. Entonces empezaron a llegar los padres de familia en sus autos para recoger a los muchachos.

-¡Increíble el retiro!- me dijo Jorge cuando ya estábamos en el auto de mi suegra –Siempre al final me siento renovado, como si hubiera vuelto a nacer… ¿A poco tú no te sientes así?

-Pues… la verdad… no.

-Chale, Diego, es que no le echas ganas -dijo Liliana.

-No digas “chale”, hija. Eso es de huaches huiros -intervino mi suegra.

-Pues miren –dije-, no soy psicólogo ni nada, pero creo que he observado un par de cosas. Los dos primeros días te tienen en friega, no te dejan descansar, te dan poca y mala comida y se la pasan diciéndote que eres una porquería y que te vas a ir al Infierno. Entonces, al final, te dan un banquete, lees las cartas de tus amigos y te la pasas bien. O sea, primero te hacen sentir mal y luego te hacen sentir bien y por eso sientes al principio que te falta algo y al final que encontraste la renovación espiritual, etcétera.

-No la muelas, Diego -me dijo Jorge con verdadero desdén-. Eres un pinche amarguetas.

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45. Ella es de colores

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-¡Qué pedo! -saludó.

Boquiabierto ante su cuerpo empapado, no pude decir ni “hola”.

            -¿Cristal? -saludó Bilcho asomándose detrás de mí-. ¡Qué onda, ninia!

            -Hola, Bilcho.

            -¡Cristal! -exclamé al fin-. ¿Qué haces aquí?

            -Mojándome en la lluvia.

            Entonces notamos que, estacionado frente a nuestra casa, estaba el Alerón Chiflado y se podía divisar, a través de la densa lluvia, la silueta rechoncha del buen Wiki saludándonos desde la cabina.

            -¿Puedo pasar? -preguntó Cristal-. Empiezo a tener frío.

            -Claro. Adelante -dije con tartamudeos y haciéndome a un lado.

            -Gracias -y entró a la casa, chorreando agua por todas partes-. Ahorita que baje la lluvia, Wiki traerá mis cosas. Es que yo no podía esperar, tenía un chingo de ganas de verlos, güey.

            -¿Ah sí? -se me escapó.

            -Obvio, microbio.

            -Pero… ¿cómo es que viniste? -le pregunté.

            -Me escapé de mi casa.

            -¿De veras?

            -Sí.

            -¿Y eso?

            -Pues por pedos con el pinche ogro de mi papá. Ya me traía hasta la madre con sus chingaderas. Entonces me acordé de cómo ustedes dos se habían fugado de sus casas, y me latió la idea. Así que aquí estoy.

            -Pos qué chido, mi chava -dijo Bilcho-. ¿Nadie sabe que estás aquí?

            -No, sólo Wiki.

            -¿Y cómo es que él te trajo? -inquirí.

            -Pos es el único en esta ciudad cuyo celular tengo a mano, así que apenas llegué a la Ciudad de las Palmeras le pedí me diera el aventón hasta acá.

            – Me parece a todísima madre -reiteró Bilcho.

            -Y… ¿dónde te vas a quedar? -pregunté.

            -Pues… tenía la idea de que quizá ustedes me pudieran ayudar dándome un espacio acá. Les ayudaría con los gastos y todo eso, claro está.

            -¡Sí, claro! –exclamé-. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que quieras.

            -Gracias, Diego –me dijo colocando suavemente una mano en mi hombro-. Sabía que podía contar contigo.

            En pocos minutos el aguacero amainó lo suficiente y Wiki bajó del Alerón cargando varias mochilas de diferentes tamaños.

            -Órale, traes bastantes cosas -observó Bilcho.

            -¡Nah! -descartó Cristal-. Sólo lo necesario.

            -¡Rechapos! -exclamó Wiki bufando mientras depositaba las mochilas en el suelo -¿Sólo lo necesario? Ni para escaparse de casa pueden las mujeres dejarse de minucias y pensar de forma práctica. Por este tipo de cosas troné con Mariela.

            -Gracias, Wiki- dijo Cristal, ignorando su despotrique.

            -Bueno, bueno, ahora hay que organizarnos…- dijo Bilcho.

            -¡Nada de eso! ¡Viva la anarquía! -gritó Cristal.

            -No, no. Yo decía organizarnos para habitar en este humilde cantón. Todos los cuartos está ocupados… aunque hace un buen que no veo al guasón de Nathan. ¿Dónde vas a dormir?

            -Ay, no sé, donde sea. En la sala. En el patio, si me prestan una hamaca. Fui girl scout cuando era niña y estoy acostumbrada a la intemperie…

            -Cristal… -adelanté con timidez-, te puedes quedar a dormir en mi cuarto. Tiene cama y ahora hasta hay sábanas… Digo, te puedes quedar en ese cuarto y yo me mudo de nuevo con Bilcho.

            -Por mí está bien -dijo él.

            -Sobres, Diego, gracias. Eres un amor de niño -dijo ella y me dio cariñoso coscorrón en la mollera como si yo fuese un chamaquillo.

            -Yo te puedo traer unas almohadas de mi casa, para que estés cómoda -ofreció Wiki.

            -¡¿Qué?! -exclamó Bilcho fingiendo indignación-. Pinche Wiki, en todo este tiempo jamás me has ofrecido una puta almohada.

            -Ah… No te molestes… Lo que pasa es que… Bueno, pues ella es mujer y…

            -Muy mal, Wiki; ésos son micromachismos –lo reprendió Cristal.

            -No… Ustedes me malinterpretan, lo que yo quise decir es…

            -Ya, Wiki, no te malviajes, es broma -rió Bilcho.

            -Muchas gracias, Wiki. Tú también eres un amor. Me cae que Mariela fue muy tontita al haberte bateado…

            -Ella no me bateó…

            -Ah… Sí… Seguro…

            Cirstal, aprovechando que ya tenía todas sus cosas, preguntó por el baño para ponerse ropa seca. Después del intercambio de inmediatas informaciones y la actualización de los datos que cada quien tenía sobre los otros, Wiki se retiró. Saqué mis chivas del que ahora sería el cuarto de nuestra nueva roomie, y ella a su vez se instaló allí. Hecho esto, nos convidó a fumar del último porro que le quedaba, el cual disfrutamos en la tranquilidad de nuestro patio, mirando el cielo aún nublado y relampagueante.

            -Ah… -suspiró Cristal exhalando volutas de humo- Qué rico. Mi último churro de Ciudad Plana y el primero de mi nueva vida en la Ciudad de las Palmeras.

            -Quizá también sea el último en mucho tiempo -advirtió Bilcho-. Esta ciudad está más seca que una boda mormona.

            -Además, ahora estamos en plan ahorrador -dije.

            -¿Desde hace cuánto?

            -Como hora y media.

-¿Y eso? ¿Para qué?

            -Queremos irnos a mochilear por el Mayab, ya que no podemos hacerlo por las Europas -expliqué.

            -No mames, se me hace súper chido. ¿Cuándo nos vamos?

            -Pos cuando juntemos un poquitín de lana –dije.

            -¡Genial! Yo también aportaré. Pero para eso necesito conseguir un trabajo…

            -De que hay chamba, hay chamba -aportó Bilcho-. No muy bien pagada, ni que respete tus derechos humanos básicos, pero la hay. Podrías trabajar como mesera, o como edecán, o como hostess… No te preocupes, ahí buscaré entre mis contactos a quien te coloque.

            -Sí, bueno, para eso estudié una carrera científica, pero ni pedo, no me puedo quejar… Además, para eso Dios me dio bubis. Y por cierto… -dijo poniéndose de pie y llevándose las manos al pecho-, éstas y yo estamos muy cansadas, así que me voy a tomar un baño y a dormir.

            -Sólo que no hay agua caliente, ¿eh? -le dije.

            -No importa, no soy exigente -dijo y entró a la casa.

            A los pocos minutos, para sorpresa tanto de Bilcho como mía, Nathan se asomó por la puerta y dijo enigmáticamente:

            -¡Hay una chica en la casa!

            -Así es, mi querido y perspicaz Nathan -contestó Bilcho.

            -Ah. Okey, then -dijo el británico y se volvió a meter.

            -Ja, ja, ja -rió Bilcho-. Pinche Nathan. Es un chiste con patas.

Pasaron algunos días y Cristal se estableció en la Ciudad de las Palmeras con nosotros. Consiguió empleo de edecarne en una compañía cervecera, pero después de unas cuantas sesiones renunció, cansada de las miradas libidinosas que le lanzaban los viejos borrachos, feos y cochinos. Luego encontró trabajo como repartidora de muestras de perfumes en un centro comercial y lo completó con un empleo de mesera en un bar.

Para mi desilusión, Cristal no compartía mucho nuestra dinámica. Lugares como Arkadia y El desván del abuelito la aburrían. Playa Tsunami le encantaba y disfrutaba asistir a Anthrax de vez en cuando, pero casi todos los días salía con su propio grupo de amigos.

-Chale, cómo extraño los toquines y los bares bohemios de Ciudad Plana -decía.

-Pos yo no -apostillaba Bilcho.

Por mi parte trataba de hacer torpes avances hacia Cristal, con el objetivo, que no me atrevía a confesarme ni a mí mismo, de ligármela. Aunque Cristal me intimidaba de una forma que no podía entender, creo que para entonces yo era un poco menos pendejo y hasta logré entablar largas y deliciosas conversaciones con ella.

-Has cambiado, Dieguito -me dijo una vez.

-¿Ah sí?

-Sí. Ya no estás tan verde. Tienes más opiniones, más de que hablar.

Justo en ese momento me chiveé, ya no pude seguir hablando y dejé escapar una risita estúpida. Y es que, a pesar de las buenas señales, no parecía tener ningún tipo de progreso a nivel romántico-ligador. Para Cristal, pensaba, yo no era más que un muchachito chistoso y buena onda, un amiguito cagado con quien pendejear, pero muy lejos de los tipos atrabancados, azotados y alternativos a los que ella estaría acostumbrada.

Cierta tarde de domingo, Cristal y yo estábamos caminando por la calle, no muy lejos de nuestra casa, no recuerdo a dónde íbamos o de dónde veníamos, pero sé que le estaba contando sobre mi amistad con Renato.

-No sé cómo te podías llevar con ese imbécil -comentó.

-Era un buen amigo después de todo… -entonces me quedé callado.

-¿Qué pasa?- preguntó Cristal después de unos segundos de silencio.

-¿Percibes eso?

-¿Qué?

Había sentido una repentina opresión en el pecho y de súbito pasé a un estado de alerta, como si mi sentido arácnido me previniera de un peligro inminente o como si yo detectara una perturbación en la Fuerza. Entonces me di cuenta: la calle estaba vacía, no había nadie a nuestro alrededor. No se escuchaba ni un sonido, ni de tráfico, ni de personas, aparatos o animales.

-¿Qué pasa? -preguntó Cristal otra vez, pero no le respondí; de forma instintiva estaba buscando un sitio en dónde parapetarnos. Lo único que había en esa calle era un auto viejo y destartalado estacionado junto a una barda. Debía servir. Estaba a punto de decirle a Cristal que buscáramos refugio cuando escuché el rugir del motor y el rechinar de las llantas de la camioneta negra de El Agente, que apareció doblando una esquina con toda violencia.

-¡Cuidado! -grité y cual héroe de película gringa tomé a Cristal de los hombros y me arrojé junto con ella detrás del auto estacionado. Caímos al suelo, ella debajo de mí, mirándome con una expresión que denotaba su total desconcierto. Los balazos cayeron a nuestro alrededor y por todas partes volaron trozos de vidrio, concreto y metal. Pero esta vez, aunque estaba asustado, lo más importante para mí era mantener a salvo a Cristal. La miraba a los ojos, tratando de comunicarle que yo haría todo posible para que ella estuviera bien. Cristal me devolvió la mirada. Y entonces me besó.

La explosión de los cartuchos y las centellas de metal volando se convirtieron en fuegos artificiales mientras Cristal me daba el beso más delicioso que había recibido en la vida. Era como un millón de géiseres estallando agua en un instante, como la súbita explosión de una supernova en un rincón de la galaxia. Ni cuenta me di en qué momento habían cesado los disparos. Para cuando terminamos de besarnos, la calle estaba vacía de nuevo, pero ahora se escuchaba el rumor del tráfico a la distancia y el ruido de varios televisores encendidos en las casas cercanas. Pero allí seguía yo, contemplando la bella boquita que acababa de besar.

-Hace mucho que quiero esto -le dije, casi en un susurro, y ella sonrió.

Nos levantamos del suelo, mirándonos a los ojos como si todo lo que tuviésemos que decir lo pudiéramos comunicar a través de la mirada. O así es como yo quería recordarlo.

El caso es que fue entonces cuando encontré el sobre.

-Órale, ¿qué es esto? -dije y recogí del suelo un sobre color manila, como de quince centímetros de largo y unos ocho de ancho.

-¿Qué es? -preguntó Cristal, asomándose por encima de mi hombro.

-No sé.

Abrí el sobre y metí la mano en él. Sentí que dentro había una bolsita de plástico y la saqué. Dicha bolsita contenía una plaquita de cartón con una imagen de Ganesh en un fondo estrellado, sosteniendo en cada mano un planeta.

-¡Son ácidos! -exclamó Cristal.

Por un instante nos quedamos viendo el uno al otro estupefactos. Miramos a nuestro alrededor en busca del posible dueño del LSD y, al no ver a nadie, me guardé de inmediato la planilla en el bolsillo del pantalón y andamos a trote veloz, aunque habríamos querido pasar desapercibidos. Llegamos a la casa y entramos a toda prisa, sin siquiera saludar a Nathan que parecía estar absorto observando una torre de Jenga armada sobre la mesa de la cocina; nos metimos al cuarto de Cristal, y allí, sobre la cama, extendimos nuestro tesoro: veinticinco dosis de dietilamida de ácido lisérgico, gratis, toda para nosotros. Nos sonreímos mutuamente y nos abrazamos con fuerza; Cristal empezó a dar de brinquitos y a reír como una niña pequeña, y la amé por eso.

-¿Qué? ¿Le entramos de una vez? -sugirió.

-No –dije-. Quiero estar sobrio las siguientes horas, por lo menos hasta que se ponga el sol. Quiero estar sobrio cuando pase… lo que sea que vaya a pasar.

Cristal me miró con ternura a los ojos, me tomó de la mano y me volvió a besar con esa pasión y furor que la caracterizaba.

-Entonces vamos a pasear -me dijo.

Salimos de la casa y tomamos el camión hacia la Zona Hotelera. Casi no hablábamos, sólo intercambiábamos miradas y sonrisas y de vez en cuando nos dábamos un quico. Una parte de mí estaba desesperada por entablar un buen faje con Cristal, pero por otro lado, sentí que debía probar el sólo estar en su compañía, ver cosas hermosas y compartirlas con ella.

Fuimos a Playa Tsunami, que estaba desierta. No llevábamos siquiera nuestros trajes de baño, pero remojamos los pies en las suaves olas vespertinas del Caribe. Nos quedamos allí por horas, caminando, recogiendo conchitas y tonteando sin prisa. De súbito tuve el impulso de echarme al mar y así lo hice, con todo y ropa. Desde ahí llamé a Cristal y ella se me unió. Nos estuvimos besando en las olas por no sé cuánto tiempo. Después salimos para secar nuestras ropas con la brisa y nos sentamos a contemplar el atardecer.

Entonces Cristal me dijo: -Te deseo, Diego.

Le sonreí y le di un beso. Nos levantamos de la arena y emprendimos el regreso a la casa. Una vez allí, nos fuimos directo al cuarto de Cristal, sin siquiera detenernos a ver Nathan y a Bilcho, que estaban sentados en silencio observando la torre de Jenga. Apenas cerramos la puerta del cuarto, nos empezamos a besar y a acariciar y a quitar mutuamente la ropa. Pero cuando quedamos en paños menores, me frené. Quería disfrutar ese momento, quería desenvolver el cuerpo de Cristal con lentitud, para saborear el instante en que su piel quedara al descubierto. Ella pareció entender mi intención y se quedó quieta; en ese momento no hubo más sonido que nuestras respiraciones agitadas. Con suavidad las yemas de mis dedos recorrieron la línea de su clavícula, rodearon sus hombros y acariciaron su espalda. Con una facilidad que me sorprendió a mí mismo, desabroché su sostén y se lo quité, dejando libres sus senos, más hermosos de lo que había imaginado. Me agaché y empecé a bajarle la panty, lento, con calma, para disfrutar del suspenso al máximo. Me levanté; Cristal estaba completamente desnuda, más hermosa que nunca, más hermosa que cualquier otra mujer que me hubiera concedido su desnudez. Entonces ella se agachó a su vez y me quitó el bóxer.

Estando los dos desnudos, ella me besó y me tocó con una naturalidad tal que me hizo sentir que mi cuerpo siempre le había pertenecido. Yo besé con furia, sin poderme contener, todo su cuerpo y ella, respondiendo a mi entusiasmo, me mordía el cuello, los hombros y el pecho. Luego se separó de mí y se fue a sentar al borde de la cama.

-Acércate -me dijo y obedecí-. Ahora ponte de rodillas. Te voy a enseñar a complacer a una chica.

            Hice lo que me dijo y, de forma abrupta y sorpresiva tomó mi cabeza y la jaló hacia su cuerpo, quedando mi cara entre sus muslos blancos y carnosos. Me volví loco y en un frenesí empecé a hacer lo que ella esperaba que hiciera. Nunca le había dado sexo oral a una chica; antes de aquel día la sola idea me parecía desagradable, pero estando allí, entre sus piernas, entendí que era una forma más de hacerle el amor.

            -¡Ah! –gimió-. Muy bien. Ahora usa los dedos…

            Seguí todas sus instrucciones. Quería darle gusto, lo sentía como un deber supremo, como una necesidad espiritual. Los gemidos y contorsiones de Cristal me excitaban e invitaban a seguir con más energía. Un súbito temblor que sacudió sus piernas, acompañado de un cambio en el ritmo de su respiración, me dejó entender que Cristal había tenido un orgasmo. Fui feliz.

            -Guau. Nada mal para un principiante -me dijo-. Ahora déjame complacerte a ti -y así lo hizo, yo de pie y Cristal de rodillas, pero yo estaba deseoso por unirme a ella por completo y dejar de lado los preámbulos. La tomé de la barbilla y la hice levantarse hacía mí. Nos besamos, ella me tomó y me arrojó a la cama con una sonrisa traviesa, luego se colocó sobre mí. El lenguaje rebuscado de la novelita adolescente más cursi no bastaría para describir el goce infantil e ingenuo que sentí al pensar, de verdad creer, de que con Cristal estaba haciendo, por primera vez, el amor. Al final yo sólo quería estar acostado, con ella acurrucada en mi pecho, y así nos quedamos, no sé por cuánto tiempo, sólo escuchándonos respirar e intercambiando eventuales besos y caricias. Entonces dije:

            -¿Nos comemos un ácido?

            -Tenemos trabajo mañana.

            -Hay tiempo suficiente para que se nos pase el efecto.

            -Pero vamos a estar muy cansados…

            -Pues cuando nos cansemos nos podemos comer otro y así recuperamos energía.

            -¡Ja, ja, ja! ¿Y vamos a ir todos psicodélicos a nuestras chambas?

            -Podríamos comer sólo suficiente para que nos de energía, pero sin perder el sentido común -sugerí.

            -¡Ja, ja, ja, ja, ja! A ese paso vamos a estar drogados toda la semana.

            -¿Por qué no?

            -¿Hablas en serio?

            -Sí.

            -Pero si nos lo comemos ahorita no tenemos nada que disfrutar, no hay música, ni visuales, ni nada…

            -Nos tenemos el uno al otro.

            Cristal me dirigió una mirada que daba a entender que estaba gratamente sorprendida.

            -Ya vas -aceptó.

Y así empezó nuestra semana psicodélica. Esa noche nos comimos un ácido cada uno y estuvimos como locos, sobre todo yo, pues Cristal tenía cayo para estas cosas. Bailamos y brincoteamos; como no teníamos música, nos turnábamos para cantar. Peleamos con almohadas y luego salimos desnudos a jugar pesca-pesca al patio. Nos dimos una larga ducha, sin importarnos que el agua estuviera helada. Nos contamos historias improvisadas que carecían de toda lógica, y luego nos reíamos de nuestro fútil intento de encontrarle coherencia a las cosas. No sé cuántas veces hicimos el amor, porque bajo los efectos del LSD todos los números perdieron significado para mí y sólo existía la sensación maravillosa del cuerpo de Cristal y la idea sublime de que yo estaba con ella y en ella.

Nos subimos al techo para ver el amanecer cuando ya se nos estaba bajando el efecto del ácido y comenzábamos a sentir el cansancio hasta entonces suspendido.

-¿Nos comemos otro? -propuse.

-Un cuartito, mejor. No quiero perderme por ahí.

-Okey -un cuartito, entonces.

Fue lo bastante como para mantenernos con energía, contentos y lo suficientemente cuerdos como para que fuéramos a trabajar. Nunca disfruté tanto del Circo de las Ratas como ese día y los que le siguieron. Me la pasé acariciando a los roedores y jugando con ellos en los tiempos libres. Cristal me contó que estuvo en su trabajo diciendo puras incoherencias, cantando sola y riéndose por pendejadas, y que sus compañeras se le quedaron viendo como a un bicho raro.

Después de la última función del Circo, estaba ansioso por ver a ver a Cristal, y apenas me encontré con ella, la abracé y nos metimos al cuarto para no volver a salir en toda la noche. Después de hacer el amor nos quedamos dormidos por primera vez en cuarenta y ocho horas. Al despertar nos tomamos otro cuarto de ácido cada uno, y otro más cuando salí del Circo y antes de que Cristal se fuera a su chamba de mesera. Cuando ella volvió en la noche, nos comimos uno entero cada uno y estuvimos cogiendo por horas.

-¿Te he hablado de los conejitos de mar? -me dijo esa noche, mientras estábamos acostados desnudos en el pasto, mirando las estrellas que lograban vencer el resplandor de la ciudad.

-No.

-Hay unas islas muy pequeñas en el Pacífico. Son islas chiquititas, más bien islotes. Los más grandes tendrán el área de una cancha de básquet, y hay algunos tan chiquitos, como de a metro por lado. Pero son muchísimas islitas, muy cerca unas de otras; si alguien decidiera construir una ciudad allí se haría otra Venecia… aunque espero que no lo hagan. Al interior de las islitas hay todo un sistema de túneles excavados por los conejitos de mar.

-¿Qué son?

– Conejitos, como cualquier otro, pero estos vienen en colores pastel y hay conejos azules, vedes, rosas, amarillos, anaranjados y púrpuras… Durante el día salen de sus madrigueras y se echan clavados al mar; y allí nadan y bucean y llegan hasta el fondo para mordisquear las hierbitas marinas que crecen sobre las rocas sumergidas. Por las noches regresan a sus túneles, excepto cuando hay luna llena, porque entonces salen y hacen una especie de festival. Todos los conejitos se ponen a brincar por todas partes hasta que amanece. Nadie molesta a esos conejos; no tienen depredadores y las islas son tan rocosas que los barcos nunca se han podido acercar a ellas. Viven alegres y en paz.

-Wow. ¿Eso en verdad existe?

-No sé. En este punto de mi vida ya no sé lo que me imaginé y lo que aprendí, lo que creo y lo que finjo… Pero es bonito, ¿no?

-Sí. Y eso es todo lo que importa…

Al día siguiente Cristal renunció a su trabajo en el bar, porque quería disfrutar las tardes y el ácido conmigo. De hecho le gustaba más ese trabajo que el de repartidora de muestras de perfumes, pero como a éste tenía que ir por las mañanas, mientras yo estaba en el Circo, prefirió renunciar al otro. El gesto me alegró mucho. Así, la mitad de nuestro día  era para estar ácidos y locochones y gozar de la vida. Esa misma noche nos fuimos a playa Tsunami y allí estuvimos, bailando, jugando y dándonos cariño hasta que amaneció. Entonces volvimos a casa y nos tomamos un cuarto de ácido más para hacer soportables las horas que pasaríamos separados.

Perdimos noción de los días; estábamos siempre drogados y alucinantes, nos dejó de importar el mundo y sólo nos dedicamos a disfrutar. No recuerdo cuántos ácidos comimos ni con qué frecuencia. Cristal dejó de ir a su trabajo y yo falté a un par de funciones del Circo. Deambulábamos sin rumbo por la Zona Hotelera, riéndonos por todo y deteniéndonos por momentos para fajotear sin pudor a la vista de todo el mundo. Entrábamos a los bares y nos sentábamos sólo para escuchar música antes de que nos corrieran por no consumir. Llegábamos a casa y nos leíamos mutuamente poemas y cuentos. Dormimos muy poco esa semana.

Un día Bilcho se nos apareció de la nada, como si de pronto hubiera hecho puff hacia la existencia, y nos dijo, -No sean culeros, se ve que se están dando un viaje envidiable, conviden a los amigos-. Le dimos algunos ajos para él y Wiki, y ya no volvieron a molestarnos.

Nunca anunciamos a nuestros amigos que “andábamos”; sólo nos comportamos como pareja y todos parecieron tomarlo como lo más natural del mundo. Nos besábamos y hasta fajábamos delante de ellos y a nadie pareció importarle. Solíamos ir a Playa Tsunami, para besuquearnos entre las olas (tan incómodo como suena, pero romántico hasta lo kitsch). Al final nos quedábamos tumbados en la arena, mirando al firmamento, mucho más espectacular de lo que se veía desde el patio de nuestra casa.

-¿Conoces las constelaciones? -me preguntó Cristal una noche.

-¡Cómo no! Ésa de allá es… Jimmy, el vaquero. Y ésa otra es… Timmy… el vaquero.

-Ja, ja, ja. Eres un pendejo -Y ése fue el “pendejo” más cariñoso que me han dicho. Después de un rato de silencio Cristal me preguntó -¿Alguna vez te he hablado de las hormigas del yak polar?

-No, creo que no.

-Cerca del polo norte, en las vastas llanuras cubiertas de nieve y hielo donde sólo crecen musgo y líquenes, habita el yak polar. Es como un toro, o un búfalo, pero todo cubierto de pelaje blanco muy largo y grueso. Es un animal muy bonito, de veras, con la cara corta y los ojos grandes. Pues bien, la piel de este yak produce mucha grasa, para formar una capa impermeable que impide que el animal se enfríe demasiado. Pero si la piel produce demasiada grasa, el pelaje del yak se vuelve demasiado pesado para poder cargarlo y hasta puede caerse. Entonces tiene una relación simbiótica con una especie de hormiga. Son hormiguitas color azul que viven en el pelo del yak y se alimentan de su grasa, manteniendo el nivel como debe ser. Además, cuando llegan parásitos, como los reznos y los gusanos, las hormigas los atacan y los matan. Estas hormigas nunca pican al yak ni excavan túneles en su piel. Construyen sus madrigueras con la grasa y se ocultan entre los gruesos pelos. Lo mejor es que son hormigas sin reina ni soldados: todas son obreras y pueden reproducirse y todas cuidan a las larvas de todas y nunca se atacan entre sí. Son como hormiguitas comunistas…

-Que viven en el pelo del yak…

-Exacto.

Mientras más conocía de lo que había en su interior, más me enamoraba de Cristal, aunque no me atrevía a usar la palabra “amor” en mis monólogos internos. Una de esas noches fuimos a un maratón nocturno en El desván del Abuelito, pero las películas en blanco y negro no nos estimulaban; ¡queríamos color! Por ello, mejor entramos a un cine para ver una película de animación para niños en 3D y salimos alucinados junto con todos los chiquitos que no dejaban de repetir escenas del filme.

-¿Alguna vez te he hablado de los pingüinos del Atacama? -me dijo de pronto a la salida del cine.

-No -le contesté, anhelando que me hablara de ello.

-El Atacama es un desierto en Sudamérica, entre la costa del Pacífico y la cordillera de los Andes. Es el desierto más seco del mundo. Pero en medio de ese desierto hay un oasis, producto de una corriente, apenas un riachuelo que baja desde los glaciares en las nevadas cimas de las montañas. El agua que lleva es muy fría, a veces incluso tiene grandes trozos de hielo. A lo largo de la corriente no crece nada, pero de pronto ésta se estanca en una cuenca y se forma un laguito. Allí viven los pingüinos del desierto. Son pingüinos muy pequeñitos, del tamaño de palomas, sus espaldas no son negras, sino de color azul turquesa, como el agua en la que nadan, y sus barriguitas no son blancas, sino de color arena. Allí viven, felices, nadando en el agua helada y comiendo pececillos, moluscos y crustáceos. Además, son los únicos pingüinos que no graznan, sino que cantan, y dicen los que lo han escuchado que su canto es más hermoso que el de cualquier otra ave… Por desgracia, el calentamiento global amenaza con destruir su hábitat.

-Vaya… qué mal.

-Sí, eso me pone muy triste… -Cristal hizo cara de puchero y gimió un poquito como una niña pequeña que pierde a su muñeca-. Mis pingüinitos. Pobrecitos…

-Pero ya, ya. No hay que pensar en cosas tristes. -dije abrazándola y entonces recordé algo que Bilcho me había contado hacía muy poco -¿Te acuerdas de Wool-Ha?

-¡Que si me acuerdo! -exclamó olvidando a los pingüinos-. Era mi lugar favorito de toda la Ciudad de las Palmeras cuando era niña. Quería seguir yendo hasta cuando ya era demasiado grande para estar en los juegos. ¿Por qué lo habrán cerrado?

-Según Bilcho, porque descubrieron que era lavado de dinero para el narco.

-Ay, aquí todo es lavado de dinero para el narco, que no mamen. ¿Por qué tenían que cerrar Wool-Ha? ¡Era lo máximo!

-Sí, lo cerraron. Pero ¿sabes de qué me enteré?

-¿De qué?

-De que el Laberinto sigue allí.

Cristal estaba tan emocionada que no pudo hablar por unos segundos -¡Tenemos que ir! ¡Estar ácidos en ese lugar debe ser increíble!

-¡Pues vamos!

Wool-Ha era una especie de sala de juegos para niños que alcanzó su apogeo cuando yo tenía como diez años. En un espacio amplio podían estar los niños corriendo descalzos sobre el suelo de hule-espuma, darse un chapuzón en albercas de pelotas, rebotar en el brincolín, tirarse por resbaladillas o jugar maquinitas, mientras los aliviados padres se iban de compras al centro comercial de enfrente. Pero lo mejor de Wool-Ha era el Laberinto: cinco niveles de tubos de plástico multicolor retorciéndose y encontrándose en un espacio de mil metros cúbicos. Había cinco formas de entrar y cinco salidas, y entre ellas, una maraña de túneles, albercas de pelotas, camas elásticas, toboganes, redes, tirolesas, escalinatas, colchonetas, pasillos repletos de peras locas colgando de los techos y algunas burbujas de plástico transparente suspendidas a varios metros sobre suelo y desde las que el niño podía mirar a sus amiguitos abajo y presumir la hazaña de haber llegado hasta allí.

Encontramos Wool-Ha envuelto por la completa oscuridad de una noche nublada. Nada podíamos ver a través de los ventanales cubiertos por costras de polvo y salitre.

-¿Cómo vamos a entrar? -pregunté.

Cristal no respondió; caminó hasta la puerta principal del edificio y yo la seguí. La entrada estaba bloqueada con maya anticiclónica y no había forma de pasar por allí. Rodeamos el edificio en busca de un acceso.

-Estoy segura de que el último huracán derribó algo… -murmuró Cristal.

-¡Mira! -exclamé señalando una ventanilla rota que se alzaba sobre nuestras cabezas y que parecía lo suficientemente amplia para que pasáramos por ella; resolvimos apilar escombros y basura para alcanzarla. Primero ayudé a subir a Cristal y después trepé como pude.

Una vez dentro, Cristal y yo miramos a nuestro alrededor; bultos y sombras oscuras se alzaban por todas partes. Entonces la noche se iluminó por la repentina aparición de la luna llena a través de los ventanales; por alguna causa inexplicable, el salitre que los cubría por fuera no era visible desde dentro. Wool-Ha quedó bañado por una oleada de luz de plata, y los colores y formas de juegos y juguetes se revelaron ante nuestros ojos aún pachecos y alucinados. Y al fondo, sobresaliendo como una montaña entre un montón de colinas, estaba el Laberinto.

-Wow -musitó Cristal.

-Nos podrían meter a la cárcel por esto -dije.

-Nos podrían meter a la cárcel por estar en Playa Tsunami, o por comer ácidos… o por mirar feo a los policías. No seas nena y déjate de miedos.

-Va, pues. Entrémosle con todo.

Entonces cada quien se comió un ácido que, como ya veníamos medio viajados, nos pegó duro y empezó la psicodelia. Una melodía alegre y ligera se encendió en nuestras mentes y comenzamos a bailar entre los brillantes colores de la sala juegos. Entramos corriendo al Laberinto; era una locura, como atravesar por otros mundos inexistentes. Por momentos me perdía y me daba claustrofobia por la estrechez de los túneles, pero Cristal siempre me encontraba y me llevaba a un área amplia, donde podíamos bailar, brincotear o besarnos.

-¡Amo estos colores! -exclamó.

-¡Tú eres de colores!

-¿Ah?

-¡Eres de colores! Tienes colores por todas partes. Amo verte, amo tu cabello moviéndose cuando bailas. ¡Eres como un arcoíris! Y a veces eres azul, y es como ver el cielo, y tu cara es tan hermosa… Y a veces eres dorada como una reina de antaño, e irradias colores como un sol en el ocaso… ¡Nunca vi a nadie tan bella!

Entonces ella me embistió con fuerza tal que me arrojó sobre la colchoneta verde que hacía las veces de piso en ese nivel del Laberinto. Hicimos el amor allí, y en la alberca de pelotas y en el brincolín y en un túnel que daba vueltas. Incluso lo hicimos mientras bajábamos por el tobogán más alto del Laberinto. Durante todo ese tiempo la música seguía en nuestras ensoñaciones y todo lo hacíamos al ritmo de cascabeles, violines, harpas, pianos y suaves guitarras eléctricas que parecían cantar a la belleza multicromática de Cristal.

-Uh la la, uh la la ra la, uh la la, uh la la ra la -tarareaba, mientras Cristal y yo nos acurrucábamos hundidos en la alberca con cientos de pelotitas multicolores que cubrían nuestros cuerpos desnudos y sudados.

-¿Alguna vez te he hablado de los lados y los planos?- dijo de pronto.

-No, creo que no.

-Es como yo entiendo que está hecho el universo, el tiempo y el espacio. Cuando estoy sobria y trato de recordar cómo era lo de los lados y los planos, no puedo. Pero cuando estoy ácida, todo está muy claro para mí. Mira: los lados son como de una figura geométrica tridimensional amarilla, como en el planetario, que está en un espacio negro con o sin estrellitas. Tú caminas en un plano bidimensional y puedes ver las líneas donde caminas normalmente y puedes ver que son líneas aunque tú crees que son tridimensionales cuando caminas en ellas. Los planos, por su parte, se dirigen hacia arriba como un elevador transparente, de aire, pero sí ves el prisma del elevador… no en realidad viéndolo, sino sintiendo que el aire pasa al otro lado… Pero también es una gradilla… como una cuadrícula, que te pasa verticalmente una y otra vez, y por todos lados. Aunque no sé si los lados son un tipo de planos o viceversa… Pero eso no importa. Los nombres son para conceptualizar los dos estados, pero no son lados y planos en un sentido matemático… o más o menos sí, porque un lado es un plano que se queda en un polígono y deja de moverse girando por todo el universo… Los planos son para estar en distintos lugares en el mismo momento, los lados no, porque no sabes que están hasta que estás en ellos hacia afuera… pero eso no es muy frecuente. Ahora bien, los magnetos son las ecuaciones que los matemáticos usan para comprobar la forma del universo, pero yo creo que ellos sólo los acomodan de la forma en que ya se lo habían imaginado antes, que es sólo una parte de la forma que tiene el universo, el cual es magnético… ¡Con muchas esferas coloridas y traslúcidas que giran unas dentro de las otras!

-Wow -dije, sin elocuencia y sin haber entendido lo que Cristal me había querido decir, pero seguro de que era algo grande y bello-. ¿Sabes? Ahora me dan lástima los adultos y su “mundo real”.

-¿Antes no?

-No, antes me irritaban. Ahora siento pena por ellos. Pienso que siempre estarán atrapados en sus prejuicios y en sus ideas estúpidas sobre cómo debe ser la vida. Están ahí con su estrés, sus preocupaciones y sus ceños fruncidos. Siempre pensando en hacer dinero, en el bisnes, en las cosas que ansían poseer, o en formar parte de una élite, ya sea social, profesional o intelectual. Muchos de ellos se malviajan por agradar a un Dios ausente con acciones tontas e intolerantes encaminadas a arruinarnos la diversión a los demás. Sin duda les pareceríamos salvajes, promiscuos e inmaduros, pero ¿sabes qué? Ellos nunca podrán penetrar en nuestro mundo. No saben lo que pasa por nuestras mentes ni cómo vivimos nuestras vidas. Nunca verán las cosas bellas de la vida, nunca sabrán lo que es estar en la situación mental que nos permite el ácido, totalmente libres de la tiranía de los nombres y las medidas, de los pensamientos pesados y pedestres. Nunca conocerán la felicidad que puede encontrarse en una buena rola, o en un buen poema, o en sólo correr, brincar y jugar como chiquitos. Nunca serán capaces de entender por qué esto es maravilloso. No creo que ninguno de ellos pueda disfrutar de hacer el amor como lo hacemos nosotros…

Cristal me sonrió larga y tiernamente. -No hay que ser como ellos. No hay que dejarnos contagiar por sus pendejadas. ¡Hay que huir! ¡Huir mientras podamos! ¡Vámonos, Diego, vámonos!

-¿A dónde?

-A pasear, a rolar, a perdernos por esta maravillosa península, sin que nada nos importe. Hemos estados muy preocupados por la lana, por partirnos la madre trabajando para tener un poco de dinero y poder irnos a vagar por ahí. Pero no deberíamos dejar que eso nos detenga. No podemos estar toda la vida esperando a ver cuándo vamos a tener más dinero para poder largarnos de aquí.

-Sí… ¡Sí! ¡Tienes toda la razón! ¿Pero qué hacemos?

-Mañana mismo nos largamos a correr por el mundo.

-¿Y cómo le vamos a hacer?

-¡Qué importa! Ya veremos cómo. Nos las arreglaremos, encontraremos la forma. No podemos vivir haciendo muchos esfuerzos para al final sólo obtener un poquito de satisfacción.

-¡Va! Hagámoslo. Vámonos, Cristal, sólo vámonos.

-Sí. Escapémonos. Mañana mismo.

-Sí, mañana mismo.

-Sí.

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