35. De la apreciación musical a la apendicitis

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            -Mira, un curso de apreciación musical -dijo Bilcho mientras señalaba con el dedo un anuncio en el periódico.

            -¿Ah sí? Suena interesante.

            -¡Y es gratis! Lo organiza el gobierno municipal.

            -¿De qué se trata exactamente? -pregunté y Bilcho me pasó el periódico –Mira, tú. La idea es aprender a apreciar la música clásica, conocer su historia, estilos y corrientes. Será en el centro cultural. Empieza mañana y durará dos semanas.

            -Sería bueno que lo tomaras.

            -Sí… ¿Tú no vendrías?

            -Nah. Seguro ya sé lo que tienen que decir. Pero sería divertido.

            -Voy a entrarle. Gracias por el aviso.

            -Denax. Que te aproveche.

            Fui a inscribirme esa misma tarde y la tarde siguiente, con libreta y bolígrafo recién comprados, llegué a mi primera lección, que sería en un minúsculo “centro cultural”, apenas media docena de aulas al interior del Palacio Municipal. No éramos muchos en el salón, a lo mucho unos diez o doce, y casi todos eran ñores. Me senté en un pupitre junto al único otro chavo de mi edad. Era extraño estar de nuevo en un salón de clases. El profesor se presentó como un experto en música con un currículo del largo de mi brazo. Me pregunté qué haría un hombre como él dando clases en un lugar como ése. Nos habló de algunos conceptos básicos y nos dictó un glosario que debíamos tener en cuenta para el resto de las sesiones. Al final, como premio, nos hizo escuchar algunas piezas de renacentistas.

            Después de salir del curso me reuní con Bilcho y otros amigos en el Parque de las Palapas, frente al Palacio Municipal. Era dos de octubre y los restos de una manifestación vespertina todavía deambulaban por el lugar.

            -Dos de octubre no se olvida -dijo Bilcho sonriendo y nunca supe si hablaba en serio o era sarcasmo.

            El segundo día las lecciones se pusieron más interesantes. El profesor nos hizo escuchar varias piezas y hacer comentarios al respecto.

            -Antes de hacer críticas y análisis con las herramientas que les proporcionará este curso, hagamos un ejercicio. Quiero que desarrollen sus capacidades. No necesitan para eso conocer todos los tecnicismos de la apreciación musical. Basta con que sepan acomodar sus ideas. Es lo que se llama un comentario impresionista. Quiero que hablen de las impresiones que les deja esta música. ¿Les gusta o no les gusta y porqué? ¿Qué les hace sentir o imaginar?- entonces puso en la grabadora La Primavera de Vivaldi y al terminar me preguntó –Tú, amigo, ¿qué te dice esta pieza?

            -Pues me da una sensación de alegría –dije-. De tranquilidad. Como de estar en un campo verde y florido, con arroyos corriendo…

            -Bien. ¿Conocías el nombre de la pieza? ¿La habías escuchado antes?

            -Sí. Ya la conocía.

            -Y de la impresión que te dejó, ¿cuánto es por la música en sí y cuánto por el título y el contexto en el que la has escuchado?

            -Pues no sabría decir. Creo que mucho es por lo que usted dice…

            -Es normal -interrumpió el muchacho que estaba sentado junto a mí-. Influye mucho el nombre y el contexto. Es como con la música de 2001: Odisea del espacio: ya todos la oyen y se imaginan la película.

            -Exactamente -dijo el profesor-. Ahora pongamos atención a otras piezas y déjenme conocer sus impresiones.

            Después de un largo rato de escuchar música hermosa y de compartir nuestras opiniones, casi al final de la clase nos puso el Bolero de Ravel.

            -Es mi pieza favorita –dije-. Es una cosa indescriptible… Me produce mucha emoción, se me enchina la piel… En fin, me gusta mucho.

            -¿De veras? -dijo el chavo junto a mí-. A mí se me hace bastante simplona. Es la misma melodía una y otra vez. Es decir, es simpática, pero no es la gran cosa. Al mismo Ravel ni le gustaba…

            -¿Ah sí? Pues a mí me parece fantástica. Por esa misma simpleza. Ravel no necesitó ponerle muchas… cosas… Son sólo unas pocas notas, pero son las notas acertadas, creo. Es como si hubiera encontrado la clave de acceso a ciertas emociones humanas…

            -Interesante forma de plantearlo -dijo el muchacho-. Pero yo creo que cuando aprendas más sobre música te darás cuenta de que el Bolero no es la gran cosa. Yo prefiero el barroco. Bach es la neta.

            -Bueno, muchachos -intervino el profesor-, veo que tienen ya formadas sus opiniones. Ahora necesitan los elementos para poderlas sostener -y continuó dirigiéndose al resto del grupo-. En las próximas sesiones vamos a aprender los elementos básicos de la música, vamos recorrer su historia; reconoceremos los estilos y a los compositores; conoceremos los elementos que integran una orquesta, aprenderán a identificar qué sonido hace cada instrumento… en fin, todo lo necesario para saber apreciar la música clásica.

            Al finalizar la clase me topé con aquel muchacho. Era alto, delgado, de piel apiñonada, ojos aceituna, nariz respingada y cabello negro en peinado de mango chupado. Vestía un pantalón de mezclilla y una camisa rojiza ajustados, y calzaba un par de tenis azules de suela baja.

            -Diego, ¿verdad? -dijo y me extendió la mano.

            -Sí. Y tú eres…

            -Renato. Somos los únicos jóvenes entre todos estos vejetes, ¿no, güey?

            -Je, je. Sí.

            -Es raro que un chavo se interese por la buena música. Esto es para gente culta, güey.

            -Bueno, yo no me considero gente culta.

            -El hecho de que estés en un curso como éste indica que tienes inquietudes que la mayoría de la gente ni se imagina, güey. Y los chavos de nuestra edad oyen pura pinche basura, güey. Pinches nacos -dijo frunciendo el ceño.

            -Bueno, pos no estás ni yo para decirlo ni tú para escucharlo, pero en realidad a mí no me interesaba la música clásica sino hasta hace un par de meses. Fue gracias a un amigo que me empezó a gustar.

            -Ah, pues con razón el Bolero es tu máximo… Oye, güey, ¿tú eres de acá?

            -No, soy de Ciudad Plana.

            -¿A poco? ¿Y ahí qué hay?

            -No mucho. Un zoológico.

            -Yo soy de la ciudad.

            -¿De qué ciudad? ¿De México?

            -¿Qué? ¿Hay otra?

            No supe si reírme o qué pedo -¿Y qué haces por estos lares?

            -Ando recorriendo el país.

            -¿Ah sí?

            -Sí, güey. Me estoy tomando un año sabático en lo que entro a la uni. Pero como no quería perder el tiempo, pos voy tomando cursos.

            -¿Cursos de qué? ¿De música?

            -De todo, güey. Averiguo qué cursos hay en cada ciudad y me lanzo para allá. Vengo de Tuxtla Gutiérrez, donde tomé un curso de dibujo. Antes estuve en Oaxaca, donde tomé un curso sobre la cultura mixteco-zapoteca. Y así ando viajando desde junio.

            -Oye, qué chingón. Estaría bien chido hacer eso. ¿Y tus viejos te lo pagan?

            -Sí, güey. Mi jefe corrió mucho mundo cuando era joven y quería lo mismo para mí y me dijo “Vas”. Está de huevos, ¿verdad?

            -Qué chingón… Oye, quedé de verme con unos cuates en una fiesta. ¿Quieres venir?

            -Órale, gracias. ¿Cómo nos vamos? ¿Tienes coche?

            No pude evitar reírme –No, qué va. Nos vamos en camión y luego a pata.

            -No, pos ‘ta bien, güey. Ni pedo.

            En el camino Renato me preguntó qué hacía yo en la Ciudad de las Palmeras; le conté a grandes rasgos mi historia y le describí mi situación actual.

            -¡No mames, güey! Ésa es una mamada.

            -¿Por qué?

            -Una cosa es tomarse un año sabático y otra es dejarlo todo porque sí. Le hubieras pedido a tus viejos chance de un año. No tendrías problemas con ellos y seguro te darían dinero, güey. Así no tendrías que estar durmiendo sin sábanas.

            -Ni madres. Mi papá está en contra de los años sabáticos. Piensa que si no estás estudiando estás perdiendo el tiempo.

            -Bueno, pues igual y sí, güey, pero no mames. ¿Y por cuánto tiempo vas a estar así, sin lana, trabajando en un circo de ratas?

            -No sé, por el tiempo necesario…

            -¡Pero ésas son mamadas, güey! Eso sí es perder el tiempo. ¿Qué vas a ganar? Al final, no vas a tener más conocimientos, ni más dinero, ni nada. Va a ser un tiempo de verdad desperdiciado. ¿Y cuándo vas a volver?

            -No sé. Ya te dije, cuando lo sienta necesario…

            -Nel, güey. Neto, ésas son mamadas. Tienes que volver a seguir estudiando, güey. Puta, con lo difícil que es conseguir trabajo en este pinche país. Chale. No, no, no. Tienes que volver. Un año a lo mucho.

            -Bueno, ya lo veré… -dije queriendo ponerle fin a la conversación.

            -No, pero neto, tienes que hacerlo.

            -¿Y tú, dónde te estás quedando aquí?

            -¿Qué?

            -¿Que dónde estás viviendo?

            -Ah. Estoy rentando un depa, no muy lejos del centro. Cerca de la Plaza de las Américas. Está a toda madre, güey.

            Llegamos a la fiesta, que tenía lugar en casa de un amigo de Bilcho. Él y Emo estaban ahí sentados con sendas bebidas en las manos. También se encontraban otros chicos y chicas conocidos. Renato se presentó y ocupó una silla en el círculo que formaban mis amigos; Bilcho le ofreció una cerveza, pero él replicó que no tomaba “esas cosas”. Poco después llegó Wiki con Mariela y estuvimos platicando todos un rato, pero pronto Renato se levantó y se fue a recorrer la fiesta. Más tarde lo vi fajando con una chica a la que yo no conocía. Cuando acabó la partuza, a eso de las cuatro de la madrugada, busqué a Renato, pero no di con él. Lo volví a ver hasta el día siguiente, en la clase de música.

            -¿Qué onda? Ya no te encontré ayer…

            -Ah, me estaba aburriendo en la fiesta. Pero luego ligué, güey. ¿Cómo la ves?

            -Chingón. ¿Quién era ella?

            -Una vieja.

            -¿Y qué? ¿La vas a volver a ver?

            -Nel, güey. No creo.

            -¿Y eso?

            -No más, güey. No me latió. Sólo estaba aburrido.

            Llegó el profesor y no pudimos continuar con la conversación sino hasta terminada la clase. Entonces le pregunté:

            -¿Y por qué te estabas aburriendo? Son un buen grupo estos amigos…

            -Pos dos tres, güey. Son medio nacos.

            Me ofendió el comentario pero no dije nada.

            -¿Sabes qué, güey? Deberíamos ir a un antro, pero a un antro chingón. Uno así bien fresa. Deberíamos ir y ligarnos a unas gringas. No como esa mamada de fiesta en la que ni viejas buenas había…

            Hice caso omiso de la última frase -Pues yo suelo ir a uno que se llama Anthrax que está muy chido. Ahí trabaja mi amigo Bilcho, es DJ.

            -Ja, ja, ja. No mames, DJ…

            -¿Qué? ¿Qué tiene?

            -No, nada. Y ese antro, ¿sí está chingón?

            -Sí. A mí me late mucho. He pasado buenas desveladas en él.

            Así que esa noche fuimos a Anthrax. Fue una noche de celebración común y corriente, sin nada extraordinario y con la única novedad de la presencia de Renato.

            -Chale, güey. En la ciudad, en los antros ya no hay pistas de baile, güey. Eso es para nacos.

            -¿A poco? ¿Y dónde bailan?

            -Pos en las sillas, güey, en las mesas. Chale, aquí están bien atrasados. Oye, güey, no está mal el antro, pero como que hay muchos “locales”, ¿no? Puro pinche prietito… Casi no hay extranjeras y están ocupadas. Y hay bien poca gente. Hubiéramos ido a un antro de la Zona Hotelera.

            -No, los antros de la Zona son carísimos. Aquí tengo pase gratis porque vengo con Bilcho…

            -¿Y qué, güey? ¿A poco eres pobre? No te ofendas, güey, pero no mames. ¿Para esto fue que dejaste la comodidad de tu casa? Si siguieras con tus jefes tendrías dinero para ir a los antros que quisieras. ¿Vale la pena estar así, mendigando entradas? Si quieres, yo te invito el antro mañana.

            -No gracias -dije irritado, me di la media vuelta y me fui.

Al día siguiente Renato me sorprendió asistiendo como espectador del Circo de las Ratas.

-¿Qué pedo, güey? –me abordó al terminar la función- ¿Sigues molesto?

-Nunca lo estuve -contesté.

-Chale, no seas ridículo. O sea, sé que no tienes lana por tu condición de “refugiado”, pero no te preocupes, yo te invito al antro hoy en la noche, de veras. Oye, güey, pero vámonos para el centro cultural, ¿no?

-Hey, qué pedo -saludó Bilcho acercándose a nosotros.

-Hola, güey -lo saludó Renato y luego se dirigió a mí -¿Entonces, güey? ¿Nos vamos?

Los tres abordamos el camión hacia el pueblo.

-Pos ya me estoy adaptando a esto de la Ciudad de las Palmeras… -decía Renato- Es medio ñera la gente por acá. Hasta los que se creen muy fresones son en realidad bastante obtusos. Ya sabes, fresas de pueblo. No tienen mundo.

-¿Y qué haces durante todo el día antes de ir a las clases de música? -le pregunté.

-Pos paseo. No hay mucho que pasear por aquí, excepto las plazas. He ido a las playas; están de huevos, güey. Y yo que pensé que Acapulco estaba chingón. Ah sí, y tomo fotos. Me late un chingo la fotografía, es uno de mis pasatiempos preferidos. Creo que es lo que más me gusta después de la música, el cine y la literatura.

Bilcho sabía bastante de esos temas, por lo que él y Renato comenzaron una larga conversación al respecto. Claro que casi nunca estaban de acuerdo.

-¿No te gusta el rock? -preguntó Bilcho pasmado.

-Nel, güey. Es todo lo mismo, un mismo ritmo, un mismo todo. No es música de verdad. A mí me gusta la buena música. El rock no es precisamente basura, pero es como chafa, güey. O sea, no tiene muchas posibilidades.

-¿Pues qué no has oído rock progresivo, psicodélico, indie…?

-Sí, güey, pero todo me suena igual. Es nada más tum-tata-tum. Mucho ruido y azotadeces a lo pendejo.

-¿Y no te gustan los Beatles? -le pregunté.

-Menos, cabrón. Pinche musiquita pendeja, es todo igualito güey. La buena música es la clásica, güey. Y el jazz, cabrón, me encanta el jazz. ¿Sabían que las raíces del jazz están en Bach?

-No me digas… -dijo Bilcho con su característico tonito sarcástico.

-Es neto, güey. Chale, hasta me gusta más la salsa, el merengue, el mambo, el vallenato y todos los ritmos latinos, que el pinche rock.

-¿No sería eso de nacos? -le pregunté.

-Pues sí, güey. Pero tiene más arte que el rock. Obviamente las letras son una mamada, pero componer esos ritmos sí que es un pedo. También me gusta el mariachi, güey. ¿Sabían que el mariachi es la música más difícil de cantar después de la ópera?

-No me digas… -repitió Bilcho.

-A huevo, güey. Para tener una voz de charro, hay que tener voz de tenor. Jorge Negrete pudo haber cantado ópera si hubiese querido.

Luego mencionamos algo de cine y hablamos de ir a la función que esa noche presentaba don Mario en El Desván del Abuelito.

-Chale, ¿pos no que hoy íbamos al antro? -preguntó Renato.

-Es que hoy van a pasar Cuando los dinosaurios gobernaban la tierra y no me la quiero perder -dije.

-No mames, güey. ¿Y por ver esa mamada vas a faltar al antro?

-No es mamada, es una película genial. Es un clásico de cine de culto -dijo Bilcho con entusiasmo.

-Chale, no mames. ¿Eso es cine culto? No me vengas con mamadas, güey.

-No dije “cine culto”, sino “cine DE culto”. ¿No sabes lo que es eso? -dijo Bilcho con cierta agresividad.

-Mira, güey. A mí me gusta el buen cine, cabrón.

-A mí también.

-Pos no parece, güey. ¿Van a ver una película de dinosaurios? Ninguna película de dinosaurios puede ser buena.

-¿Y Jurassic Park? -pregunté.

-¡No me jodas, cabrón! ¿Spielberg? ¡Todas esas películas de ciencia ficción son basura! El buen cine es el cine realista, güey. Velo tú, ¿cuántas películas de ciencia ficción han ganado la Palma de Oro de Cannes?

-No me chingues -dijo Bilcho.

-Pues sí te chingo, cabrón. Esas mamadas de El Señor de los Anillos y todo eso son puras pendejadas, güey. Eso no es arte. Es de gente ignorante ver esas mamadas.

-¿Pos no que te gustaba 2001? –pregunté.

2001 es otro pedo, güey. Es de Kubrick, cabrón y Kubrick puede hacer cualquier cosa y le queda de huevos. Lo demás son mamadas.

-¿Y Tarkovsky?- preguntó Bilcho.

-De ése no he visto sus películas, pero dicen que son chingonas… Pero el punto es que eso de las fantasías y todas esas cosas son para niños, no para gente madura, güey. El gusto madura, güey. Y cuando el gusto madura uno se da cuenta de que las películas chingonas son las realistas. No digo que la fantasía sea mala de por sí, sino que la mayoría de los directores que hacen esas cosas son pendejos. O sea, son como infantiles. A veces un buen director, uno que ya es maduro, se avienta a hacer una película del género y le queda chingona, pero la mayoría son mierda. Es lo mismo en la literatura. Harry Potter y Narnia y todas esas cosas son pendejadas. Pero llega Borges, que es un chingón, escribe un cuento de fantasía y hace una verga. Pero si te quedas con eso es como seguir leyendo cuentos de hadas.

-No estoy de acuerdo –dije-. Creo que la fantasía estimula la imaginación y… pues… nos hace soñar, ¿no? Y la imaginación es parte de la inteligencia. No creo que madurar mentalmente signifique dejar de lado la imaginación. Yo me la he pasado a toda madre en El Desván del Abuelito.

-Tienes un buen punto, güey… -admitió Renato-. Pero la verdadera imaginación puede concebir historias extraordinarias que sean realistas. Cualquier pendejo puede ponerse a pensar en unicornios y en dragones y ponerlos a hacer mamadas sin ningún sentido. Es más, la mayoría de las películas de fantasía y ciencia ficción tienen bien poca imaginación, güey: todas son iguales. Bueno, me gustan las de Volver al futuro pero porque siempre las veía de niño, no porque crea que en realidad son muy buenas… ¿Alguna vez has tomado cursos de apreciación cinematográfica? ¿O de historia del cine? Pues yo sí, güey. Y lo que les estoy diciendo es lo que opinan los que saben. Chale, mínimo léanse un buen libro de crítica cinematográfica, para que aprendan a distinguir lo que es bueno y lo que no.

-No necesito que nadie me enseñe lo que me debe gustar… -dijo Bilcho muy grave.

-Bilcho tiene razón -lo secundé-. Además, para gustos se hicieron los colores.

-Sí, güey -dijo Renato dando por terminado el debate-. Pero hay mucha gente daltónica.

El autobús se detuvo y Renato y yo bajamos; Bilcho seguiría su camino hacia la casa y después nos veríamos en El Desván del Abuelito.

-A mí me gusta el buen cine mexicano que se está haciendo ahorita.- continuó Renato, más a sus anchas sin la presencia de Bilcho -A huevo, es una pinche exageración hablar de “auge” como dicen los pinches pendejos de la televisión. Pero se hace una o dos películas chingonas al año, güey. Lo único que no me gusta es que todas las pinches películas mexicanas son de pobreza y miseria y luego los extranjeros piensan que todos somos nacos.

-¿Sabes qué peli me gustó?- le dije –Y tú mamá también.

-¡A huevo! Esa película está chingonsísima. Puta, me acuerdo… Yo la vi cuando tenía… como catorce años.

-Sí, yo también. No nos dejaron entrar a verla al cine y todos hablaban mucho de esa peli. Decían que había mucho sexo y eso. La vi a escondidas porque mi hermano mayor me la roló. ¡Me acuerdo me dejó bien caliente!

-Pero esa peli es mucho más que eso, güey.

-Sí, ya sé. A mí me latió bastante.

-¿Sabes qué es curioso, güey? Que esa película le gustó a todos los menores de treinta y todos los mayores de treinta la odiaron. Es una película de generación. De nuestra generación.

-Ei…

Llegamos al salón y tomamos la clase, al término de la cual Renato trató de convencerme de ir al antro con él en vez de acompañar a Bilcho al cine. Le dije que no sería correcto dejar mal a mi amigo y que cualquier otro día podríamos irnos de juerga si él quería. Me dijo que yo era un teto y nos separamos; después de todo sí llegué a El Desván del Abuelito a ver a Victoria Vetri en bikini de piel.

-¿Y cómo estuvo tu película? -me preguntó Renato la tarde siguiente, en la clase de música.

-Muy chida -dije rememorando a las cavernícolas escasamente vestidas y la pachequiza de la noche anterior-. Me divertí mucho.

-Ja, ja, ja. Pos eso espero, güey. Yo me la pasé de huevos. El antro estaba bien chingón, güey, bien fresa. Conocí a unos güeyes poca madre. ¡Y las viejas, güey, las viejas! ¡Esas sí son mujeres!

-Pues qué bueno que te hayas divertido.

-No mames, güey. Hubieras ido. Yo voy a regresar hoy, vente conmigo.

-Mmm… Bueno, podría ser…

-Ándale, güey. Te la vas a pasar chido… Sólo ponte algo de ropa buena…

-Ja, ja, ja. No tengo. No poseo más que la ropa con la que me vine de Ciudad Plana, y algunas playeras que me he comprado en el mercado.

-Chale, güey. Con razón siempre te veo todo pandro. ¿Pues que no te gusta vestirte bien?

-No es mi prioridad.

-Pos debería serlo. A mí sí me gusta vestirme bien. Es lo que nos hace diferentes de los nacos. La gente te trata como te ve, güey.

-Bueno, obviamente si tuviera el dinero me compraría buena ropa, pero como no tengo mucho, prefiero gastarlo en sobrevivir y divertirme.

-Pos para eso hay que tener lana, güey. Para eso hay que trabajar y dejarse de mamadas. ¿Pues que no quieres vivir bien? ¿Quieres andar todo pandroso el resto de tu vida?

-Obviamente que no, Renato. Pero mira, en este momento de mi vida no necesito de esas cosas. Yo estoy en un viaje… pues… como para descubrirme a mí mismo… o más bien, construirme a mí mismo… O algo así.

-¡Pero eso es lo que son mamadas, güey! Mírame, yo me estoy tomando un año para viajar, conocer gente y todo eso, pero no dejo de cultivarme y aprender. En cada ciudad que visito obtengo un diploma con valor curricular, ¿ves? Y no me falta el dinero. Chale, no hubiera hecho esto si iba a estar pasando penurias como tú. Ya una vez pasé tiempos muy culeros.

-¿A qué te refieres?

-Pos con lo de la crisis del ‘94. Mi viejo perdió su chamba y estuvimos bien jodidos, cabrón, en la calle de la amargura. Tuvimos que dejar nuestra casa e irnos a vivir a un pinche barrio jodido. Tuve que cursar la mitad de la primaria en una escuela pública, cabrón.

-Pero ahora le va muy bien a tu familia, ¿no?

-Pos sí, güey. Mi viejo consiguió chamba en el gobierno de la ciudad y desde entonces nos ha ido a toda madre. Pero chale, güey, me acuerdo de esos años en que vivimos en la jodidez y no dejo de prometerme a mí mismo que nunca me va a tocar vivir así otra vez. Yo voy ser rico, cabrón. Voy a cagar lana.

-Y a todo esto, ¿a qué te piensas dedicar?

-Quiero ser productor musical.

-¿A poco?

-Sí, güey. Quiero producir bandas chingonas, trabajar en una disquera y hacer mucha lana. Incluso puedo producir a algunas bandas de rock, porque eso es lo que vende. Aunque lo que en realidad me gustaría sería producir jazz o trova… en fin, cosas chingonas. Claro que para poder darme el lujo de hacer eso tendría antes que producir pendejadas que me dejen dinero. El tío de un amigo trabaja en la disquera de TV Azteca y él me va a abrir el camino.

-Vaya, veo que lo tienes todo planeado.

-Así tiene que ser la vida, güey. No puedes andar por el mundo dejando que te lleve la corriente. Es como tu amigo Bilcho, güey. Ese cabrón es bien loser.

-No, gallo, pérate tantito -le dije-. Bilcho es mi amigo y es un cabrón al que admiro mucho. Yo creo que él sí sabe sobre la vida.

-No mames, güey. ¡Qué va a saber ese cabrón! ¿A los veintidós años y todavía vivir en una pocilga? ¿Trabajar en un circo de ratas? ¿Ser DJ? No mames, güey. O sea, sé que es buena persona y hasta me cae bien, pero eso no le quita lo loser. A su edad ya debería estar estudiando una carrera.

-Es que tú no entiendes, Renato. La vida no es sólo tu carrera. Hay muchas otras cosas más…

-No mames, güey. Esas son mamadas. Es idealismo pendejo. Y por ese idealismo pendejo, luego los hijos sufren… -Renato calló unos segundos. –Además, esa gente que dice que se dedica a disfrutar de la vida no podría existir si los demás no trabajáramos. Si todos nos dedicáramos a pendejear como tu cuate, ¿quién pagaría la entrada al antro en el que trabaja? ¿Quién le dejaría propina en el circo o en el restaurante? Es como los pinches jipitecas, güey. Mucho vivir la vida y no trabajar, pero ¿de qué viven? De las limosnas ¿A quién le venden sus pendejaditas que fabrican? Pos a la gente que trabaja y tiene dinero. ¡Todas ésas son mamadas…! Pero ya mejor nos metemos al salón, porque ya vamos tarde, ¿no?

-Vamos pues… -dije con un suspiro.

Renato no terminaba de caerme bien, pero no podía evitar sentirme atraído por su personalidad. Estaba en desacuerdo con casi todo lo que él expresaba, pero apenas me atrevía a contradecirlo. Nuestras conversaciones eran sobre todo monólogos suyos y estaba tan seguro de sus propias opiniones como si fueran verdades absolutas. Creo que quizá me mantenía cerca de Renato porque él tenía una perspectiva de la vida distinta a las que había encontrado desde que escapé. Por eso decidí acompañarlo esa noche a aquel antro del que tanto hablaba. Después de la clase de música, fui con él a su departamento, allí me prestó una camisa y me dio unos tips para peinarme con decencia. Acto seguido, salimos para la Zona.

-Pues mira, Renato -le decía mientras caminábamos por el bulevar-. No creo que haya cosas que tengas que leer. Es decir, yo por un momento pensé así, pero eso me estresaba mucho. Debes leer lo que quieres, lo que disfrutas.

-No, güey. Primero hay cosas que debes leer. Cuando las hayas leído podrás leer lo que quieras.

-¿Que debes leer para qué?

-Pos para ser culto, güey. Para leer pendejadas, mejor ni leas. Es como la gente que se cree que mucho porque ha leído todos los libros de Dan Brown y Paulo Coelho. No mames. Un lector de best sellers es peor que un analfabeto funcional… Y tú ¿que no quieres ser culto?

-Pues no sé, Renato. Yo sólo leo porque me gusta. Y hasta hace poco ni me gustaba. Creo que debes hacer algo por el placer de hacerlo, y no porque creas que alguien te va a pedir cuentas al respecto… o eso me han dicho.

-Mira, Diego, yo te he visto. Creo que tienes mucho potencial. Eres inteligente, aprendes rápido y sabes defender tus puntos de vista. No te rías, es en serio. Tú tienes mucho potencial de ser culto. No más tienes que dejar de ver películas pendejas y de escuchar música pendeja y de leer libros pendejos…

-No sé… A mí no me interesa “ser culto”, yo lo único que quiero es… ¿estás bien?

Renato se había llevado las manos al vientre y se doblaba como dominado por un dolor atroz.

-Me duele mucho el estómago -dijo.

-Déjame te reviso.

Renato se levantó la camisa y le palpé el abdomen.

-¿Te duele si te aprieto?

-No, me duele se me dejas de apretar…

Alguien del otro lado de la calle nos gritó -¡Hey! ¡Para eso hay hoteles!- y justo en ese momento Renato cayó al piso, retorciéndose y gritando en agonía.

-Tienes apendicitis -dije y de inmediato saqué el celular de Renato del bolsillo de su pantalón y llamé a emergencias.

-Que no me lleven al Seguro Social, porque ahí seguro me muero -gimoteaba Renato-. Que me leven al mejor hospital privado. El dinero no es pedo… -y de nuevo gritaba de dolor.

Llegó la ambulancia y en seguida se llevaron a Renato al hospital de Santa-no-sé-qué-chingados. No me dejaron ir con él en la ambulancia, así que tuve que tomar una sucesión de autobuses urbanos para llegar. Una vez en la clínica, pregunté a las recepcionistas por mi amigo; lo habían ingresado al quirófano y no podría verlo sino hasta la mañana siguiente. Entonces recordé que aún tenía su teléfono celular y, buscando entre los números que ahí estaban registrados, marqué al que estaba bajo la etiqueta “Papá”.

-¿Bueno? ¿Hablo con el papá de Renato…?- No sabía su apellido.

-Sí, ¿quién habla?

-Soy un amigo de su hijo…- y le expliqué la situación. El papá de Renato me pidió toda la información pertinente, que le proporcioné tan bien como pude; al final me dio las gracias y colgó. Supuse que él se encargaría de resolver todos los asuntos pendientes con el hospital y, considerando innecesaria mi presencia ahí, me fui a casa.

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34. Pinches huaches

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            -¡Malitos huaches!- llegó gritando mi padre y se sentó a la mesa. –Ya está llena la ciudad de ellos. Por eso hay tanta inseguridad. ¡Malditos huaches!

            -Mi amigo Jorge es del DF -señalé, mientras la muchacha me servía papas con acelga.

            -Pero él lleva aquí viviendo toda su vida. Es más yucateco que nada.

            -Igual a mí me castran -dijo Sergio-. Se creen la gran caca y siempre se están burlando de nosotros. Además, manejan de la chingada.

            -¡Sergio! -exclamó mi madre, a quien no le gustaba que dijéramos groserías en su presencia.

            -Pues es la verdad. Y luego con sus calcomanías de “I Love DF”. Son súper huiros. Ojalá fuéramos todavía un país independiente.

            Ricardo rió por la nariz –Eso es una reverenda ridiculez.

            -¿Por qué? -preguntó Sergio.

            -¿Hablas en serio? ¿República de Yucatán? ¿Y de qué va a subsistir? ¿De henequén? Éste es uno de los estados más retrasados del país. En todo: cultura, sociedad, economía, ciencia…

            -¡Es que tú amas a los huaches!

            -No, no los amo. Son igual de ridículos que los yucatecos. Igual de provincianos. Creen que todo lo debemos hacer como ellos, hablar como ellos y ser como ellos. ¿Sabes qué? El problema no son los yucas, o los huaches. Todo este pinche país es una ridiculez. Ojalá se lo cargara la chingada.

            -¡Ricardo! -vociferó mi padre.

            -Disculpen. Ya me voy -dijo, se levantó de la mesa y se fue de la casa.

            Sergio se reía –¿Y a éste qué mosca le picó?

            -Éste tu hijo tiene unas ideas…- dijo mi madre y luego empezó a hablar de sus amigas del tenis.

            -Tiene razón Ricardo –dije-, todo es una ridiculez -pero nadie me hizo caso.

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33. Boy meets world

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            Leer me daba hueva. Leer poesía me daba todavía más hueva porque, como yo lo veía, la lírica ni siquiera contaba nada, sólo era un montón de palabras. Las pocas veces que lo intenté me distraje por completo y cuando terminaba una estrofa ya había olvidado de qué iba la anterior. La necesidad de poner esfuerzo para saber qué demonios significaba cada frase me impedía aprehender el sentido total del texto, si es que existe tal cosa.

            Pero esa noche, en la que no había nada que hacer, mientras Bilcho se clavaba en un libro, abrí el Recuento de poemas. Y leí. Con el primer poema me sucedió lo de siempre: estaba tan apurado por terminar que no pude disfrutarlo. Pero el segundo fue como un golpe de aire frío en la cara. Horal se titulaba, y de toda su brevedad me quedó resonando el último verso de la segunda estrofa: “Nosotros en nada”… “Nosotros en nada”. Estaba en lo cierto, porque nuestras vidas se miden por lágrimas y nosotros no tenemos dónde descansar, como el agua y el viento… Supongo que la falta de cultura me impidió apreciar todos los elementos que conforman el poema, pero en ese momento los ocho versos fueron una revelación, la respuesta a una pregunta que ni siquiera conocía. Con palabras, sólo pude expresar “¡qué chingón!”.

Seguí leyendo, no en orden, sino brincado de una página a otra y deteniéndome cuando un título o un verso me llamaran la atención. Me encontré con aquello de “Los días inútiles son como una costra de mugre sobre el alma”. “A huevo”, pensé, “este señor sí sabe qué pedo”. “Soy el eco del grito que sería” me hizo pensar en mi propia vida y en lo que había hecho con ella, en lo que soy y en lo que podría haber sido si las circunstancias y mis decisiones hubiesen sido distintas. También me impactaron estos versos:

Yo no lo sé de cierto, pero supongo 
que una mujer y un hombre 
un día se quieren, 
se van quedando solos poco a poco, 
algo en su corazón les dice que están solos, 
solos sobre la tierra se penetran, 
se van matando el uno al otro. 

¡Me recordó tanto a Liliana! Me pregunté si en verdad los poemas significaban aquello o eran sólo mis figuraciones.

-Un poema no es del poeta, sino del que lo lee –me dijo Bilcho-, y significa lo que tú necesitas que signifique.

Me eché el libro en media semana, un récord personal. Luego me aventé una breve antología de poesía española y latinoamericana del siglo XIX. A partir de entonces leer se convirtió en una actividad constante para mí; terminaba un libro y al siguiente empezaba otro. Al principio avanzaba muy lento y me pesaba chutarme doscientas páginas. Con el tiempo fui ganando “elasticidad mental”, como la llamaba Bilcho, quien comparaba la lectura con el ejercicio físico (y a veces con el sexo), y pude leer más rápido, con mayor atención y menos esfuerzo. Conforme acumulaba lecturas me hacía consciente de mi propia ignorancia y se hacía mayor mi apetito por leer. Llegó un momento en que me entró una ansiedad insoportable:

            -¡Es que hay tanto por leer, Bilcho! ¡No mames! ¡Cuando pienso en todo lo que no he leído…! Coño, me pasa ya que sólo quiero terminar de leer un libro para poder leer el que sigue…

            -Tranquilo, mi chavo. Nadie está llevando la cuenta de lo que lees y no lees. No tienes que llenar una checklist. Relájate y disfrútalo, porque si no, pierde todo su chiste.

            -Sí, sí. El complejo de la checklist. Tienes razón.

            Mi compañero tenía una modesta biblioteca; una sola pila de libros en el suelo de su cuarto que renovaba constantemente. Cuatro eran sus fuentes principales de nuevas lecturas: una librería de viejo en el mercado 28, un cineclub recóndito que frecuentábamos, un barecillo medio sórdido en el que el dueño hacía intercambios, y Wiki, que de vez en cuando nos rolaba bonitos ejemplares. También podíamos encontrar ofertas entre el equipaje de eventuales europeos y gringos zarrapastrosos que vendían, intercambiaban o compraban en el mercado de artesanías.

            A Bilcho le encantaban las narraciones de ciencia ficción y de fantasía; yo descubrí que prefería novelas históricas basadas en las vivencias de los autores. Así fuera El corazón de las tinieblas, Sin novedad en el frente, o Los de abajo (todas las cuales leí por aquellas semanas), lo que más me gustaba era conocer la experiencia vital de personas reales; qué pensaban y sentían en el centro de acontecimientos que hicieron época; cómo su experiencia subjetiva arrojaba nuevas luces sobre lo que yo medio recordaba de las clases de historia; qué significaba la vida para estas personas que habían pasado por sucesos extraordinarios.

            Las semanas siguientes a nuestro arresto fueron de recesión económica. Teníamos dinero para comer, transportarnos y pagar las cuentas de la casa, pero nada más. No había muchos lugares a los que pudiéramos ir estando en bancarrota. En Anthrax teníamos entrada libre gracias a que Bilcho era el DJ estrella, pero los demás antros estaban fuera de nuestro alcance. Y sin música en casa teníamos que buscar actividades en las noches para no aburrirnos. Leer fue una de ellas. También había fiestas que organizaban nuestros amigos y muchas otras a las que nadie nos invitaba pero a las que asistíamos en calidad de colados.

            Dejé de beber tanto como solía hacerlo en Ciudad Plana. Después del viaje ácido y de experimentar la psicodelia, la embriaguez me parecía demasiado pedestre. Prefería por mucho fumar mota, y descubrí que el pachequeo no sólo hacía la experiencia musical más absoluta, sino que permitía entender y disfrutar mejor la poesía.

            También encontramos entretenimiento en aquel cineclub que mencioné, El Desván del Abuelito, el proyecto de un señor como de sesenta años a quien llamábamos don Mario. La entrada era gratuita porque se financiaba con una beca de ésas que daba el gobierno municipal sin mucho trámite con tal de justificar el ejercicio del gasto público. Las películas que ahí se proyectaba nunca eran más recientes que 1970 y don Mario tenía especial predilección por el cine de fantasía, terror, ciencia ficción y serie B. Por eso mismo pocos asistían al cineclub, pero a Bilcho le fascinaba y a mí me gustaba acompañarlo de vez en cuando.

El Desván del Abuelito se alojaba en una casita de un piso que apenas tenía espacio para un recibidor, dos baños y una sala de proyecciones con tan sólo quince butacas que nunca se llenaba. El lugar tenía un venerable olor a viejo. En la antesala don Mario tenía un sofá, una mesita y un libero lleno de viejos cómics y publicaciones pulp, que con gusto daba a leer a los cinéfilos mientras esperaban la función. Bilcho era un fan intenso de todo eso; a mí no me gustaban mucho que digamos, pero había cierto encanto en aquellas portadas e ilustraciones tan kistch, que con sólo hojearlas me alegraban el rato.

En El Desván del Abuelito vimos muchas películas viejitas: comedias mudas, cine expresionista alemán, fantasías de los magos del cine, monstruos en blanco y negro, dinosaurios de animación cuadro por cuadro, ciencia-ficción cincuentera con su paranoia de Guerra Fría, peleas del Santo y aventuras de James Bond, más algunas joyas de cine clásico que ni siquiera había imaginado que existieran o que pudieran gustarme. Lo mejor fue que, como don Mario también se las tronaba duro, nos dejaba fumar a gusto cuando no había más espectadores o cuando éstos se nos unían en la pachequiza. Las películas fantásticas eran ideales para ver echándonos un toque.

Claro que por un tiempo tuvimos que practicar la abstinencia y sólo pudimos disfrutar lo que nos convidaban las almas caritativas. Por suerte Bilcho tenía un amigo que eventualmente le conseguía empleos fugaces de mesero en eventos sociales como bodas y quince años, lo que le significaba un dinerillo extra. Poco a poco pudimos resarcir nuestra economía y hasta juntamos para comprar un ciento.

Dedicábamos una buena parte de cada día a limpiar la casa y hacer reparaciones. Bilcho me tuvo que enseñar desde los rudimentos, pues yo no sabía siquiera agarrar la escoba. Dedicado a estas actividades cotidianas, podía calmar los zumbidos de mi cerebro y descubrí cierta satisfacción en trabajar por mi propio espacio.

Me hice de una nueva amiga: Marta. Solía topármela junto con Edmundo en el parque cercano al restaurante donde trabajaba Bilcho. A fuerza de platicar por largas horas nos hicimos amigos, sobre todo después de que Edmundo regresó a Ciudad Plana. Nunca he sido muy amiguero y mis amistades más cercanas siempre fueron varones. De hecho, aparte de Liliana no tuve mucha relación con las mujeres, excepto amigas de amigos con las que sólo conviví de forma muy casual y esporádica. Desde mi escape a la Ciudad de las Palmeras mi único objetivo al interactuar con el sexo opuesto estaba claro: follar. Tener cualquier relación con una mujer que no fuera follable ni siquiera me pasaba por la mente.

Fue gracias a Marta que empecé a cuestionarme estas nociones y su papel en mi insatisfacción crónica. En un principio me pareció que ella no pasaba de ser el tipo “gordita simpática”, pero conforme la fui conociendo descubrí mucho más en su persona… y en mí mismo. Su conversación era alegre y diversa; platicábamos de de la vida, de nuestros conocidos (era bien chismosa, sin ser criticona), de los libros que leíamos, de las películas de don Mario (ella nos acompañó a más de una función) o hacíamos chistes bobos y comentarios jocosos. Así como conversaba conmigo podía sacarle plática a cualquiera: a los niños del parque, a los empleados de las tiendas, a los guardias de seguridad de los centros comerciales, a los turistas… Marta se encontraba en su elemento siempre y cuando hubiera otro ser humano que quisiera escucharla y dejarse escuchar por ella.

-¿Cómo le haces para platicar con todo el mundo? –le dije un día que la había acompañado a hacer unos trámites porque yo no tenía nada mejor en que ocuparme-. Será que soy medio grinch, pero la mayor parte de la gente me da igual.

-Es que no ves, Diego. No ves a las personas y a sus historias y todo lo que traen dentro.

-Pues no y la verdad no me interesan.

-Es que estamos acostumbrados a ver a las personas como si fueran personajes de videojuegos.

-¿Cómo es eso?

-Imagina que estás jugando… digamos, uno de Zelda. Tú eres el único que está vivo, ¿verdad? Los otros personajes a los que te encuentras, con los que hablas o luchas, o a los que les compras cosas o a los que auxilias, son sólo parte del juego mismo y están controlados por la computadora. Te ayudan, o te estorban o forman parte del escenario, pero no son personas como tú, que tienes una vida, pensamientos y sentimientos fuera del juego.

-Ajá…

-Pues cometemos el error de pensar que las demás personas están en el mundo de la misma manera: para ayudarnos o estorbarnos, o sólo como parte del escenario, y pensamos que nosotros somos los únicos jugadores vivos. Los otros son “los demás”, y no se nos ocurre pensar que cada uno de ellos es como cada uno de nosotros, cada cual trae sus historias de vida, sus sueños, sus temores… Por ejemplo, esa señora de allá, que está discutiendo con la chica del mostrador. ¿Ves lo angustiada que se ve? ¡Quién sabe qué rollos traerá! En ella está toda una historia como para escribir un libro. ¿Y la señorita del mostrador? Con su cara de fastidio y sus pocas ganas de cooperar, ¿será tan mamona como se ve? ¿Cómo se sentirá de tener ese trabajo monótono? ¿Puedes imaginarte lo que pasa en sus vidas? Las pequeñas tragedias, los conflictos internos, los milagros y golpes de suerte, las historias de traición y venganza. No podemos saberlo todo, pero a veces, de sólo platicar con alguien desconocido y al azar, obtengo un vistazo de sus vidas. Y de eso se trata, de la suma de las historias de todos nosotros, ¿no? La vida, mi amigo, es un multiplayer.

Se ganó mi completa admiración el día que dijo eso y logró, aunque fuera por momentos, que yo mismo me pusiera a pensar en la vida más allá de los rostros y los cuerpos que veía cruzar en mi camino a diario. Es curioso, porque esta enseñanza se sumaba a otra que Bilcho me había dado:

-Una de las cosas que más me gustan de la literatura –me dijo de pronto una noche cuando él leía en su hamaca y yo en el colchón –es la forma en que los grandes escritores te pueden hacer ver el mundo y la vida desde ángulos distintos. Las cosas más sencillas, las experiencias más cotidianas, aprendes a verlas y a vivirlas con más intensidad; como que todo adquiere un mayor significado. ¿No te parece?

En efecto, así era. Ahora podía encontrarme disfrutando mucho en situaciones bastante simples y tranquilas; una larga conversación con los amigos, una buena lectura en casa, o una extravagante película con don Mario eran suficiente para hacerme sentir que estaba vivo y creciendo en un mundo en expansión. Pero en otras ocasiones me apresaba esa ansiedad de vivir de verdad, no sólo escuchar o leer las historias y logros de los demás, sino hacerme de una historia que valiera la pena contar, de un logro que valiera la pena recordar.

Marta tenía muchas vivencias curiosas; había viajado por todo el Sureste con sus padres y conocía muchos lugares, además de que parecía tener un imán para las situaciones más surrealistas y las personas más excéntricas. Una vez, viajando en autobús por Chiapas, un pasajero con quien ella se había puesto a platicar resultó ser un chamán que le dijo que ella tenía un tercer ojo muy poderoso y que si recibía entrenamiento aprendería a ver la magia y los hechizos y a hablar con los espíritus de la selva. En otra ocasión estaba tomando un curso vespertino en la universidad dictado por un pi eich di de gran celebridad cuando un grupo de policías federales entró en el aula y se llevó arrestado al profesor. Resultó ser un impostor de carrera que había estado viajando por el país personificando a profesionistas para cobrar jugosos salarios.

Me gustaba escuchar las historias de Marta pero también sentía algo muy parecido a la envidia. Volvíamos al mismo problema: yo no tenía nada que contar. Incluso mis aventuras atrabancadas más recientes (el vuelo de las cucarachas, el arresto injustificado, el viaje ácido) me parecían muy poca cosa y terminaba de contarlas muy rápido, sin hacerlas interesantes. Disfrutar la sencillez estaba bien, pero a veces una fuerza presionaba contra mi pecho recordándome que no eran esas experiencias las que necesitaba y que no tenía derecho a la satisfacción.

Cerca del final del verano Marta se fue. Había sido seleccionada de entre toda su universidad para estudiar un año de su carrera en España. Bilcho, Wiki, Dulce, Tania y yo fuimos a despedirla. Sus padres estaban ahí también, por supuesto. En esa primera y única ocasión en que conviví con esos señores tan simpáticos, me conmovió la forma tan afectuosa con que despidieron a su hija. Me entristecí al compararla con la manera en que yo había salido de casa.

Esa misma tarde escribí uno de los pocos correos que envié a mi familia desde el exilio. Con mucha más emotividad de la que había usado en mis anteriores mensajes, les aseguré que no estaba molesto con nadie, que me encontraba bien y feliz con mi decisión, y les pedí que no trataran de buscarme. Por primera vez les dije que los quería y que esperaba que todos estuvieran bien.

En septiembre el Tribunal Electoral emitió un fallo a favor de Fecal y el Peje hizo su berrinche. En la Ciudad de las Palmeras no hubo mucha alharaca, excepto por una que otra marcha y un plantón insignificante armado frente al Palacio Municipal. Bilcho y yo fuimos de curiosos a una de las marchas. Ahí nos encontramos a Edmundo.

            -No me digas que viniste desde Ciudad Plana sólo para esto -le dijo Bilcho.

            -Pues sí. Ya ves que Ciudad Plana es un nido de panistas medievales, retrógrados, reaccionarios, homofóbicos, racistas y apáticos. Yo voy a dónde está la acción. ¿No se unen?

            -Nel -dijo Bilcho.

-¿Porqué no, bróder?

            -No tiene caso.

            -¿Cómo que no tiene caso? ¡Nos robaron la presidencia! Igualito que en el ’88.

            -Mira, mi chavo. Yo creo que igual y el Partido Reacción Nacionalsocialista está lo bastante loco y es lo suficiente malvado como para hacer fraude electoral. Pero por otro lado creo que la gente de este país es tan ingenua como para dejarse engañar con lo del “cállate, chachalaca” y lo de “vas a perder hasta la tele”, y luego votar por el mismo partido que los hizo pendejos durante seis años. ¡Si votaron durante 70 años por el mismo partido que los hacía pendejos, los asesinaba y los robaba! No, no, no. Yo en el pueblo mexicano ya no tengo fe. Además, me da igual si gobierna el Peje o Fecal, los dos son un par de pendejos. Yo voté porque legalizaran la mota. Lo demás me vale madre.

            -Pues chale, carnal. Me decepciona tu forma de pensar. Me cae que por eso el país está como está. Pero ni pedo, eres libre de no involucrarte. Tú qué dices, Diego ¿piensas igual que el compa?

            -La política me vale madres. No tengo nada que ofrecerle y no tiene nada que ofrecerme. Pero si quieres te acompaño.

            -Va, ten esta pancarta.

            Así me uní a la manifestación, evento que recuerdo como un episodio medianamente divertido y curioso. Ahí estuve coreando “El pueblo unido jamás será vencido” y “¡Voto por voto! ¡Casilla por casilla!”. Al cabo de poco más de hora y media me cansé y me fui, dejando que los casi cuarenta marchistas siguieran su camino.

            Unos días más tarde, el mero quince, fue el cumpleaños de Bilcho. Wiki ofreció su casa para la partuza y como era día de la Independencia hubo tacos al pastor y una variedad de Tequilas. Wiki nos aventó una cátedra sobre las diferencias entre el tequila blanco, el reposado y el joven. Su rechoncha generosidad no paró allí, pues también le regaló a Bilcho su vieja iPod, con lo que pudimos reanudar las sesiones nocturnas de música. Solíamos echarnos sobre la hierba del patio trasero y nos poníamos un auricular cada uno. Entonces Bilcho me explicaba:

            -Esto es punk, esto es funk, esto grunge, esto es gótico, esto es industrial, esto es anarco…

            En una ocasión estábamos con Emo cuando él se quejó de un terrible dolor de garganta. Le dije que se acercara a la luz y lo revisé.

            -Tienes una infección.- y le receté unas dosis de amoxicilina.

            -Amoxi… ¿qué es esa madre?

            -Un antibiótico. Hay de varias marcas.

            -Va, ahí le busco con el Doctor Simi. Gracias, Diego.

            Unos días después se me acercó Pacheco con quejas de un terrible resfriado. Me dijo que estaba tomando antibióticos y lo cagoteé.

            -Los antibióticos no te van a servir para un carajo, porque lo que tienes es un virus.

            -¿Ah, no?

            -No.

            -Y eso de los virus, ¿cómo se cura?

            -Con el tiempo. Descansa, bebe muchos líquidos y come fruta, y si te sientes mal toma paracetamol…

            Me convertí en Doc. Todos los amigos de Bilcho llegaban a consultar conmigo por diarreas, gripas y crudas. Me decían “Doc, revísame la garganta” o “Doc, me duele el estómago”, y yo les decía “No, el tequila no cura la gripa” o “No, fumando mota no te vas a curar la tos”. Una vez un chavo quería que le revisara una ampolla que le había salido en el pene. Tuve que admitir mis limitaciones y le recomendé que viera a un médico de verdad.

            -¿Sabes? -le dije a Bilcho en una ocasión-, me gusta la medicina.

            -Qué bueno, mi chavo. Si no, nos iría mal.

            -Creí que la odiaba. Que sólo la estudiaba porque era lo que mis papás esperaban de mí. Además, los médicos y estudiantes siempre me han cagado la madre; son tan pedantes, tan engreídos, como si fueran dioses caminando entre los mortales. Pero me gusta la ciencia de la medicina, es decir, me gusta tener este conocimiento, y creo que no había reparado en lo especial que es esto de entender el cuerpo humano y saber aliviar el dolor…

            -Es que eres un tipo muy noble, Doc.

            -Pues no sé. Creo que la gente no piensa en el conocimiento cuando elige una carrera. Es decir, no piensan “quiero estudiar esto porque quiero saber de esto”, sino más bien “quiero estudiar esto porque me va a dejar dinero”.

            -Sí, la gente puede ser muy triste…

            -Así es. El caso es que, si alguna vez decido regresar a Ciudad Plana, quiero retomar mis estudios. Quiero ese conocimiento y hacer algo con él. Seguro no sería cirujano; soy bien pinche torpe con los dedos. Pero internista, sí… hasta investigador… Quiero ser útil, ¿me entiendes? Servir de algo a los demás…

            -Tú eres el doc, Doc.

            Cierta madrugada me encontraba leyendo en mi cuarto cuando de pronto un alarido espeluznante cortó el silencio nocturno. Le siguió otro grito, más débil, proferido con esfuerzo, como si el que lo hubiese emitido no pudiese respirar bien. Se oyó un ruido seco, como de algo pesado que cae al suelo. Escuché atento por los siguientes minutos, pero no alcancé a oír nada más. Me puse los pantalones y salí al patio trasero. Esa noche había tenido lugar una fiesta en la casa de atrás y menos de una hora antes todavía se escuchaba la música.

            Trepé la barda que separaba nuestro patio del de la casa vecina y me asomé. A través de una ventana bastante amplia pude ver dos siluetas que pasaron corriendo. Después se escuchó el sonido de un objeto de cristal o cerámica al quebrarse. Bajé y corrí al cuarto de Bilcho, lo desperté y le conté todo.

            -Seguro no es nada -dijo.

            -No, no mames. Creo que entraron a robar en esa casa e hirieron a alguien. Hay que llamar a la policía.

            -Lo mejor es que no nos metamos. Nos puede ir mal. Si de veras pasó algo en esa casa y llamamos a la chota, se la van a agarrar contra nosotros por ser los primeros que vean. Acuérdate cómo nos fue la otra vez. Además, aquí ni hay teléfono.

            -Pues no me importa. Hay que hacer algo.

            Dejé a Bilcho jetón en su hamaca y salí de la casa. La calle estaba desierta y las casas silenciosas, como si nada hubiera pasado. “No puede ser que nadie haya oído esos gritos”, pensé. Corrí hasta al teléfono público que estaba frente al tendejón de la esquina. Ya había descolgado el auricular cuando caí en la cuenta de que ignoraba el número de la policía. Regresé con Bilcho para preguntarle, pero él no estaba mejor informado que yo. Resolví marcar el cero y hablar con la operadora. Tardó mucho en contestar y más en comunicarme con la policía. Le dije al oficial de guardia lo que había sucedido, me pidió la dirección; le di sólo calle, manzana y colonia. Preguntó mi nombre. Colgué. La patrulla llegó al amanecer.

            A instancias de Bilcho ni me asomé cuando los policías entraron a la casa de los gritos, pero ni él pudo evitar que yo declarara lo que sabía cuando un par de oficiales llamaron a nuestra puerta.

            Los policías no quisieron darnos información y no supimos nada hasta que apareció en el periódico del día siguiente. La nota decía que dos adolescentes drogados, miembros de una pandilla, habían allanado la casa y asesinado a los inquilinos. Las víctimas eran dos hombres de mediana edad, homosexuales, que tenían un par de años viviendo en la Ciudad de las Palmeras. La noche del homicidio habían ofrecido una fiesta, a la que, por razones que no aclaraba la nota, habían asistido los dos adolescentes. Poco después de terminada la fiesta los muchachos regresaron a la casa, forzaron la puerta, mataron a uno de los hombres y al segundo lo obligaron a darles sexo oral mientras lo acuchillaban. Los adolescentes fueron capturados al medio día siguiente porque andaban presumiendo su proeza con todo aquél que los encontrara. Cuando se les preguntó porqué habían matado a esos hombres, declararon: “por putos”.

            La historia me horrorizó no sólo por la brutalidad del crimen, sino por haber escuchado que se perpetrara. Recordar los gritos, y saber que mientras los oía el asesinato se estaba llevando a cabo, me causaba vértigo y náuseas. Empecé a leer los periódicos siempre que tenía la oportunidad. Me enteré de otros crímenes, no sólo de la Ciudad de las Palmeras, sino de Playa, Pantera Rosa y toda la Riviera Maya. Leí de una pareja de jóvenes que viajaba en moto por la carretera; a la media noche se detuvieron en un restaurante a las afueras de Playa. Ya no había más clientes, sólo estaba el cocinero, un mesero y un amigo suyo. Entre los tres atacaron a la joven pareja. A la chica la violaron, la mutilaron y la tiraron en el monte. Al muchacho lo mataron, lo descuartizaron, lo cocinaron y se lo comieron. Atraparon a los asesinos cuando los recogedores descubrieron los huesos en el basurero.

            En Pantera Rosa unos policías de tránsito violaron a una turista española. En Playa, una turista israelí desapareció y nunca más se supo de ella. En la Ciudad de las Palmeras un hombre violó a su hija de cinco años y mató a su esposa cuando trató de detenerlo; se justificó diciendo que la niña lo había seducido. Un muchacho mató a sus padres e hirió a su hermana con un hacha. Un niño de diez años mató a su hermanito de ocho. Una joven fue violada por su hermano. Un hombre mató, cocinó y se comió a un muchachito que se prostituía en su vecindario. Una pareja acostumbraba a torturar a sus hijos adoptivos; solían quemarlos con una plancha. Unos adolescentes golpearon a un muchacho gay hasta matarlo. Unos hombres violaron y mataron a una mujer embarazada. Unos chicos de clase media rociaron con gasolina a un vagabundo y le prendieron fuego. Y como éstas, por lo menos una vez a la semana se publicaba alguna historia de asesinato, tortura, mutilación, violación, incesto o canibalismo. Eso sin contar las ejecuciones del narco.

            -Pero, ¿qué pasa? –preguntaba-. ¿Qué hace que la gente de pronto se vuelva psicópata?

            -No sé -me dijo el Tío- Quizá es que por aquí hay mucha droga.

            -Sí, bueno, eso explicaría los asesinatos del crimen organizado. Pero éstas son cosas que hace gente aparentemente normal. O sea, no es por robo ni ajuste de cuentas… Quiero decir, es gente que de pronto se vuelve loca y mata y viola y tortura…

            -Por eso mismo, hijo. La coca, las anfetaminas, la heroína… Esas cosas te van matando el cerebro hasta que ya no sabes lo que está bien y lo que está mal.

            -Es que aquí hay muchos fuereños -dijo don Manuel en otra ocasión –Llega gente de todo el país, gente cuyos pasados nadie conoce. Aquí se aprovechan de eso para hacer de las suyas. Nadie le pregunta a su vecino a qué se dedica porque todos tienen secretos. Un buen día, por confiados, se les pasa la mano y hacen algo tan horrible que ni la policía ni los medios lo pueden seguir ignorando. Ten en cuenta que eso que sale en los diarios es sólo de lo que nos enteramos, de lo que dejan hablar a los periodistas. Imagínate qué tanto habrá escondido debajo.

            El asunto comenzó a convertirse en una obsesión. Ya casi no hablaba de ningún otro tema, lo que provocó el fastidio de mis amigos. Empecé a tener pesadillas y a ponerme paranoico.

            -Ya, deja de preocuparte por eso -me aconsejó Bilcho en una ocasión-. De todos modos, no puedes hacer nada.

            -¿Pero porqué pasan estas cosas? No son crímenes comunes, no son asaltantes que matan en el proceso a sus víctimas. Es gente que sólo de pronto se transforma en monstruos… ¡como hombres lobo! ¿Por qué no pasa esto en Ciudad Plana?

            -Pues qué se yo. A lo mejor sí pasa. Seguro estas historias son mucho más comunes de lo que piensas. Mejor ni pienses en ello, te vas a arrugar.

            Incapaz de hacer otra cosa, seguí su consejo. Deje de leer los periódicos y volví a las novelas y a la poesía. Me  evadí, me tranquilicé y recuperé la entereza de ánimo. Poco a poco me olvidé de los crímenes y de la violencia que se cometían a sólo unas calles de nuestra casa. Volvieron los días alegres y ligeros, las fiestas, las pachequizas, las clases de música, las noches de antro y el buen humor. Sin embargo, esa pequeña colección de atrocidades, ejemplo, metonimia y sinécdoque del horror que existe más allá de la confortable zona inconsciente de nuestras vidas, se quedó en mi mente como una cicatriz que de repente punzaba y me hacía sentir un miedo tan vago cuan profundo y primitivo. Después de muchas semanas de oscilar entre una cosa y la otra, me volví a topar con aquel poema de Sabines. Quizá no sólo nos medimos por lágrimas.

FIN DEL VOLUMEN I

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32. Artefacto de guerra

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            Cuando estaba en el último año de prepa me aficioné a Warcraft III. Mi parte favorita del juego no era tanto el combate, sino construir ciudades y desarrollar civilizaciones. Me gustaba la idea de estar detrás de la evolución de un pueblo, llevarlo a su apogeo y hacerlo dominar a sus enemigos. Era lo más cercano que podría llegar a ser un conquistador o fundador de naciones.

Primero tuve el juego en versión pirata, desde luego, pero me gustó tanto que decidí ahorrar para comprarlo no sólo en original, sino en edición de lujo con expansión incluida. Gocé con los libritos instructivos, las figuritas de colección y, sobre todo, el olor a nuevo que nunca perdieron los discos.

            En una ocasión, Ricardo me pidió prestado el juego. Yo no quería dárselos, pero era incapaz de negarme a cualquier cosa que me pidieran mis hermanos mayores; simplemente no tenía el espinazo para hacerlo. Pasaron los meses y no me devolvía los discos. Se los pedí en buena onda una y otra vez; en varias ocasiones fui en persona a su departamento a buscarlos, pero él me decía que los había olvidado en la oficina o alguna cosa así. Finalmente, aceptó que los había extraviado. Yo estaba furioso, pero sabía que mis reclamos sólo causarían las burlas de Ricardo y, como no tenía a quién más acudir, di el juego por perdido.

            Un par de semanas más tarde Ricardo se apareció en la casa y me entregó un libro:

            -Toma –dijo-. Te cambio un juego mediocre por un libro excelente. Espero que lo sepas apreciar -se dio la vuelta y me dejó con el libro en la mano.

            “Weputa”, pensé, “me cambia un juego de ochocientos pesos por un pinche libro”. Miré la cubierta; rezaba Recuento de poemas de Jaime Sabines. Lo dejé arrumbado por ahí.

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31. Por fin en casa

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            Bilcho se carcajeó sin pudor con mi relato. Cuando le sugerí que había que denunciar al hombre del chango y su operación clandestina, me dijo que no me molestara, que de seguro ya tenía compradas a las autoridades correspondientes. Sin más me alojé de nuevo en casa de mi amigo; tuve pesadillas por varios días, pero no le dije por medio a sus mofas.

Recuperamos nuestra rutina habitual de pasarla entre Circo, fiestas y convivios. Las noches en las que estábamos muy cansados o no teníamos dinero para salir (que eran las más), nos dedicábamos a la melomanía. Solíamos encender un porro, echarnos en la bodega de la computadora o en nuestra habitación, y escuchar música hasta quedarnos dormidos. Bilcho me decía “esto es ambient, esto es goa, esto es hardcore, esto es house, esto es industrial, esto es techno, esto es jungle…”

            Una noche de aquéllas estábamos pachequeando en el cuarto de Bilcho cuando sonó el timbre de la puerta. Me levanté y abrí; frente a mí estaba un muchacho como de dieciocho años, rubio, de ojos verdes, ancho de hombros y de brazos fuertes, y con muchos barros y espinillas en el rostro.

            -¿Y quién chingados eres tú? -me preguntó con arrogancia.

            -Este… -empecé a responder.

            -Quítate -dijo, haciéndome a un lado con un empujón y entró.

            -¿Es Julio? -preguntó Bilcho saliendo del cuarto-. Debe haber muerto un judío.

            El tal Julio atravesó la casa hasta llegar a la puerta de su cuarto. Trató de abrirla, pero estaba cerrada con seguro. Entonces, procedió a darle de patadas.

            -Macho -dijo Bilcho-, ¿qué, en nombre del choston, estás haciendo?

            -Cállate y échame la mano.

            -Hm… No, no lo creo.

            Julio se volvió con una mirada furiosa, pero Bilcho se mantuvo tranquilo. Entonces el güero salió de la casa a toda prisa y en unos segundos regresó acompañado de un tipo grande, gordo y peludo, con varios tatuajes trazados sobre sus obesos brazos. Entre los dos derribaron la puerta del cuarto, y de él extrajeron toda clase de aparatos electrónicos: televisores, reproductores de DVD, estéreos y algunas computadoras. Me asomé a la calle y los vi subiendo el botín a una camioneta. Cuando hubieron vaciado el cuarto, Julio se volvió hacia nosotros, sacó una navaja del bolsillo de su pantalón y dijo:

            -Yo me pinto para siempre. Y ojo con decir algo, hijos de la chingada, ¿eh?

            -Ta bien, güey -contestó Bilcho firme y tranquilo.

            Cuando se hubieron ido, Bilcho me dijo algunas cosas sobre nuestro evasivo roomie.

            -Ese pelaná… Ya sospechaba que andaba en ondas ilegales, pero no pensé que hubiera robado tantas cosas. Pinche Julio, está bien jodido del cerebro ese cabrón.

            -¿Qué pedo con ese güey?- pregunté.

            -Es de Ciudad Plana. Su jefe es policía, de los macizos. El segundo al mando o algo así. Y el cabroncito siempre ha sido un pinche delincuente juvenil. Desde chavito andaba en bandas y todo eso, y luego en los arrancones. ¡Puta, las cosas que me ha contado ese cabrón! Anduvo robando casas en una colonia allá en Ciudad Plana. Lo cacharon los vecinos y entre todos lo agarraron y lo consignaron a las autoridades. Pero llegó el papá y amenazó a los vecinos para que no hablaran. Luego, un día, llegó así no más con un muchacho de la escuela al que siempre jodían y le metió un batazo en la cabeza: ¡zaz! Le dio tan duro que lo dejó pendejo de por vida. En seguida el papá de Julio lo mandó al extranjero para que no lo arrestaran y se las arregló con la familia del chavito; no sé si los amenazaron también o les dieron dinero; seguro ambas cosas. Julio volvió después de año y medio de estar en Canadá; enseguida se unió a una banda. Quizá oíste hablar del chavito de Chuburléans al que le metieron un petardo por el culo…

            -Sí, fue muy sonado.

            -Pues fue la banda de Julio. Me contó que fue él mismo quien le metió le petardo al niño, se lo encendió y lo vio estallar. Agarraron a toda la banda menos a él. Sus papás lo quisieron mandar otra vez a Canadá, pero él no quiso y se escapó para acá.

            -No mames, güey. ¿Y no te daba miedo vivir con ese psicópata?

            -Nah. Sé cuidarme solo. Además, si no te metes con él no hay pedo.

            -Ala madre, pos qué jodido.

            -Así es… -musitó Bilcho asintiendo con gravedad, pero luego se le prendió el foco- ¡Mi chavo! ¡Te puedes quedar con el cuarto de Julio! Así ya no tienes que buscar casa y me puedes ayudar con la renta.

            -¡A huevo! -exclamé- A toda madre. Voy a ver si dejó algo en su cuarto.

            Todo lo que había era una base de cama con su colchón, pero sin sábanas. Era suficiente.

            -Perfecto -dije entusiasmado-. Ya está, problema resuelto, aquí me quedo.

            -Pues sí, mi chavo, ¿cómo la ves?

            -Muy Deus ex machina.

            -Sí, es lo que pensé.

Esa media noche, la primera que pasaba en mi nueva habitación, me despertó una voz espectral que clamaba:

-¡Juuuulio! ¡Juuuuuulioooooo!

Sin levantarme, abrí con pesadez los ojos y, aún medio dormido, me pareció ver frente a mí la silueta de un muchacho que flotaba sobre el suelo.

-¡Julio, tú me mataste…!

-Yo no soy Julio –balbucí perezoso.

-Ay, perdón -dijo la sombra cambiando por completo el tono de su voz-. ¿No sabes a dónde fue?

-Ni idea –aseguré bostezando.

-Ah, bueno, disculpa. Buenas noches -la sombra desapareció a través de la pared y yo volví a dormirme.

A la noche siguiente, de nuevo llamaron con fuerza a la puerta de la casa. Abrí y me encontré con un policía.

-Buenas noches –dije.

El agente de la ley entró a la casa seguido de dos de sus compañeros. Bilcho salió de su cuarto para ver qué pasaba, mientras los policías se escabullían por todos los rincones inspeccionando la casa.

-¿Se puede saber cuál es el motivo de su visita? -pregunté al fin.

Los policías no respondieron y siguieron registrando la casa.

-¿Tienen orden de cateo? -dije molesto y los policías se carcajearon.

-Vámonos -dijo un policía agarrándome del brazo.

-¿Qué? ¿Por qué?

-¡Cállate, hijo de la chingada! -gritó el de café dándome una sacudida; volteé la  cabeza y vi que a Bilcho también lo llevaban arrastrando.

-¿Pero nosotros qué hicimos? -dije espantado mientras nos sacaban de la casa a empujones y nos conducían hacia una de las dos patrullas que estaban estacionadas frente a la casa -¿Tiene orden de aprehensión?

-¡Que te calles, cabrón! -exclamó el policía al tiempo que me arrojaba al asiento trasero de la patrulla.

Cuando Bilcho y yo estuvimos ahí metidos, uno de los policías nos esposó de los tobillos a unas argollas de metal fijas al suelo. Vi alejarse la imagen de la casita a través de la ventanilla.

-Cálmate, Diego, todo va a estar bien -me susurró Bilcho-. Escucha, pase lo que pase, aunque te peguen, o algo peor, tú no firmes nada, ni confieses nada, porque si lo haces ya te tienen de los huevos.

-¡Que se callen, carajo! -volvió a gritar el representante de la justicia.

Nos llevaron por las calles de una zona de la ciudad me era desconocida y después de unos veinte minutos llegamos a una estación de policía. Mientras nos llevaban arrastrados los cabellos, un policía que estaba por allá sentado en un banquito y comiendo una torta empezó a bailar y a cantar.

-¡Ay, sí! ¡Ay, sí! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! Ja, ja, ja.

Entramos al edificio, atravesamos un par de salas y luego nos condujeron por un pasillo estrecho que tenía dos celdas de cada lado. En la primera de la derecha estaba un adolescente evidentemente borracho echado en una banca de madera; a nosotros nos metieron en la segunda. Era un espacio sucio y húmedo que apestaba a orines. Un retrete solitario y sarroso emergía de las sombras en una esquina y miraba de frente a una banca como la de la otra celda. Bilcho y yo nos sentamos.

-¿Y ahora? –dije-. ¿Qué carajo está pasando?

-No sé, macho. Pero estoy seguro que tiene que ver con el cabrón de Julio.

-No mames, güey. Ni siquiera nos dijeron de qué se nos acusaba ni nos mostraron órdenes aprehensión o de detención. Cuando salgamos de aquí voy a hacer un escándalo mediático.

Bilcho me miró condescendiente, me dio un apretón de manos y dijo: -Bienvenido a México.

-No mames. ¿Cuánto tiempo crees que nos tengan en esta cárcel?

-Éstos son los separos, no la cárcel. La ley dice que nos pueden dejar aquí setenta y dos horas, o algo así, no lo sé, la verdad. Pero como esto es México, nos pueden refundir en este cuchitril el tiempo que les dé la gana. Pero nos podría ir peor; por lo menos hasta ahora no nos han dado choques eléctricos en los huevos ni nada de eso…

-No mames, güey, ¿hacen eso?

-¿De dónde dices que eres?

-No mames.

-Tranquilo, no creo que la situación amerite tanto. Tú relájate, yo me preocuparé.

Estuvimos ahí por más horas de las que pude contar. La celda no tenía ventana, pero supe que amanecía cuando escuché cantar a los pájaros. Estaba cansado, hambriento y asustado. Entonces oí pasos que se acercaban por el pasillo y desperté a Bilcho. Nos asomamos lo más que pudimos por los barrotes de la celda y a través de ellos vimos a una señora escoltada por dos policías caminando hacia la celda contigua.

-Ya estufas. Te vas -dijo uno de los policías mientras abría la celda.

-¡Mamá! -escuchamos decir al chavo.

-Nada de mamá. Vas a estar castigadísimo. Vámonos.

-¡Señora, señora! -gritó Bilcho- ¿Me podría prestar su celular?

-Ignórelo, señora -dijo uno de los policías.

-¡No, señora, por favor! –supliqué a gritos-. Nos han tenido incomunicados y no nos han dejado hacer nuestra llamada.

La mirada suspicaz de la mujer pasó de nosotros al policía.

-¿Qué hicieron esos muchachos?

-Robaron unas casas.

-¡No es cierto, señora! -exclamé desesperado-. Nos quieren achacar algo que no hicimos.

La señora pareció dudar unos instantes, pero luego dijo con firmeza: -Les voy a prestar el teléfono -los policías no pudieron hacer más que refunfuñar.

La mujer sacó su celular de la bolsa y se lo entregó a Bilcho, quien en seguida se apresuró a marcar un número.

-Contesta, contesta, contesta… ¡Wiki…! Oye, macho, tenemos una situación… Estamos en los separos de la policía… ¡Sí, macho…! ¡Te lo juro…! ¡Sí…! No sé, nos quieren achacar lo que hacía Julio… ¡Robaba casas…! No, coño… Bueno… Bueno… Está bien… Sale… Bueno… -Bilcho colgó y le devolvió el teléfono a su dueña –Muchísimas gracias, buena señora, se va ir usted al cielo con todo y sus lindos zapatos.

El adolescente y su madre se fueron de ahí escoltados por los dos policías.

-Bueno, que Wiki viene para acá. No te preocupes, su abuelo es abogado y tiene influencias. Te apuesto a que en dos patadas nos saca.

Como cuarenta y cinco minutos más tarde se presentó ante nuestra celda un venerable caballero, de vigorosos sesenta años, alto, de espalda prominente, de manos grandes y quijada cuadrada, con su majestuoso cabello gris muy bien peinado. Venía acompañado de un policía.

-¿Qué pasó, muchachos?

-Ay, Monesvol -suspiró Bilcho-. Gracias por venir, don Manuel.

-Muchísimas gracias, señor -secundé.

El policía abrió la celda y salimos.

-Vamos, muchachos -dijo don Manuel-. El capitán quiere hablar con ustedes.

Dejamos el ala de las celdas al mismo tiempo que un viejito con ropas de campesino era arrojado a una de ellas. El anciano dijo algunas palabras en maya y el policía que lo encerraba le gritó que se callara la boca. Me detuve un momento, con el temeroso impulso de averiguar qué pasaba, pero los policías me empujaron hacia afuera. Salimos y ya nunca supe qué pasó con él. Llegamos a una oficina amplia y llena de carteles propagandísticos de la Policía Estatal, en la que el aire acondicionado rugía con heladez. Detrás de un imponente escritorio estaba un policía flaco y panzón, con un grueso bigote sobre el labio.

-Bueno, muchachos. A ustedes los encontraron en una casa en la que nuestra investigación arrojó que vive el líder de una pandilla que se dedica al hurto. ¿Qué pasó?

-Pues mire, señor… -comenzó a decir Bilcho.

-Capitán.

-Disculpe, capitán… En esa casa vivimos nosotros dos y un muchacho de Inglaterra…

-¿Dónde está ese muchacho?

-No sé, siempre anda de aquí para allá. Pero el caso es que, hasta ayer, vivía con nosotros otro muchacho. No sabemos lo que hacía, porque casi nunca estaba en la casa. Pero antenoche llegó todo apurado y sacó de su cuarto un montón de cosas, como televisores y grabadoras y todo eso. Eso es todo lo que sabemos.

-¿Saben a dónde iba este muchacho?

-Ni idea.

-¿Saben cómo se llama?

-Julio -dije de forma automática.

-¿Julio qué? -preguntó el capitán.

Yo no sabía el apellido y Bilcho dudó unos momentos antes de atreverse a decirlo:

-Julio Zahaydem Marrufo.

Al capitán se le escapó una expresión de asombro y temor.

-Bueno, eso es todo. Pueden irse a sus casas.

Salimos del edificio acompañados por don Manuel; en el estacionamiento nos esperaba Wiki sobre el asiento del conductor de un lujoso auto deportivo. Subimos y emprendimos el camino de regreso a casa.

-Ay, muchachos -dijo don Manuel-, deben aprender a elegir sus amistades. No puede ser que tengan a un compañero que sea un ladrón y que no se den cuenta. ¿Ya ven lo que les pasa? Ya los iban a mandar al Cereso.

-¿Así? ¿Sin juicio y sin nada? -pregunté espantado.

-Pues sí. Eso pasa a cada rato -dijo don Manuel-. Hay un delito, agarran al que sea, lo meten al Cereso y anuncian que ya se cerró el caso. Está muy mal, pero así son las cosas.

-¿Le costó mucho trabajo sacarnos, don Manuel?- preguntó Bilcho.

-No, sólo tuve que llegar y hablar con el capitán. Lo conozco desde hace muchos años. Pero les tengo malas noticias.

-¿Qué pasó?

-Bueno, que en su casa encontraron un estéreo y una computadora. Los policías decidieron que también eran robados y se los llevaron como evidencia. También encontraron muchos discos y dijeron que era piratería…

-¡No…! -dijo Bilcho casi desfalleciendo.

-Logré convencerlos de que eran del otro muchacho, pero se los tuvieron que llevar. Por cierto -agregó don Manuel dirigiéndonos una mirada severa-, también encontraron un paquete de marihuana, que supongo que igual era del tal Julio…

-No…- repitió Bilcho en un susurro, sin hacer caso a lo de la mota. –Y ahora, ¿en qué voy a hacer mi música?

-No te preocupes, camarada -le dijo Wiki-. Puedes ir a mi casa a usar mi compu cuando quieras.

-Gracias, macho…- Bilcho estaba inconsolable.

Apenas Wiki y su abuelo nos dejaron en la casa, corrimos al interior para cerciorarnos de que en realidad se habían llevado nuestras cosas. Así fue. El estéreo del cuarto de Bilcho ya no estaba y en la bodeguita de atrás sobresalía el gran espacio vacío dejado por los discos y la computadora.

-Lo siento mucho, bro -le dije dándole palmaditas en la espalda.

-Tantas horas de bajar mp3 y quemar discos… Pero bueno, nos pudo haber ido peor… mucho peor. De ahora en adelante hay que hacer exámenes psicométricos a todo el que quiera venir a vivir con nosotros. Y hay que echarle un ojo al cabrón de Nathan, no vaya ser que esté traficando blancas o algo así.

            Seguimos la inspección. También se habían robado el dinero que yo guardaba en mi mochila y el que Bilcho tenía ahorrado. Estábamos quebrados y sin música.

            -¡A la chingada!- dijo Bilcho –Vamos a tener unas semanas de recesión. Pero bueno.

            -¿Y qué haremos?

            -No te preocupes, nos recuperaremos. Ahora yo voy a descansar, que me duele la espalda como si me hubiera corrido encima una manada de cabras locas.

            Nos fuimos a dormir cada quien a su cuarto. En las últimas dos semanas había sido privado de mi libertad en dos ocasiones, una vez por el crimen y otra por la ley, ambas sin saber qué sería de mí. Era una forma de miedo completamente nueva, pero a pesar de todo sentí que ahora estaba seguro en mi casa. Como ese día no había Circo, pude darme el lujo de dormir hasta media tarde. Cuando desperté ya había anochecido. Salí de mi cuarto y me encontré a Bilcho en la mesa de la cocina, leyendo un libro y chupando una naranja.

            -Hey -saludé.

            -Qué patín.

            -Supongo que no haremos nada hoy…

            -Ni hoy, ni en un buen rato, mi chavo.

            -Chale. Sólo nos queda aplatanarnos aquí como ostras.

            -Aplatánate tú. Yo tengo mis libros. La tira no roba libros, como es bien sabido, a menos que el Ministerio de la Verdad les ordene quemarlos para acabar con la disidencia.

            -Ah, sí. Tú lees.

            -¿Tú no?

            -No. Me da mucha hueva. Bueno, una vez intenté leer los de Harry Potter, pero me di cuenta de que no tenía caso porque para eso están las películas…

            -Chaz -musitó Bilcho levantándose de la mesa. Entró en su cuarto y salió de nuevo en unos segundos con un librito azul en la mano; me lo entregó-. Es tu decisión, te puedes aburrir o puedes leer un buen libro. Tú sabrás.

            Miré el título del libro, era Recuento de poemas de Jaime Sabines.

            -Oras -dije sin entusiasmo.

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30. Diarios de bicicleta

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            Mi casa, es decir, la casa de mi padre, estaba ubicada en una colonia que alguna vez, hacía más de una década, fue una de las más lujosas de la ciudad. A lo largo de la avenida Campirana estaban algunas de las casas más grandes y ostentosas de su tiempo y, justo al centro de la misma se levantaba la ufológica capilla de Saint John, catedral de la socialité citapianense, en la que aparatosos desfiles de modas durante las liturgias eran anunciados con letreros de neón. Rematando la avenida, en lo que alguna vez fue el punto final de la ciudad, reinaba el Club Campirano, hábitat e invernadero de la gente bonita. Claro, el tiempo pasó, llegó más gente y más rica a vivir a Ciudad Plana y se construyeron casas aún más grandes y colonias más exclusivas, con sus clubes, parroquias y centros comerciales, y hasta se fundó un nuevo Country Club, que por tener nombre en inglés, era de mayor categoría que su equivalente en la naca lengua española. Pero la avenida Campirana nunca perdió del todo cierto estatus.

            Cuando era niño, solía pasar la mayor parte de las horas viendo televisión. Luego conocí a Jorge, a quien le gustaba pasar la tarde dando vueltas por la colonia en su bicicleta y me uní a él en sus correrías vespertinas. Sergio se burló de nosotros; eso era de nacos, dijo. Nos valió madres y así anduvimos hasta que Jorge creció y llegó a la conclusión de que Sergio tenía razón y de que eso de las bicicletas era para losers.

            Fue en esas excursiones en bicicleta que descubrí la dimensión paralela detrás de la avenida Campirana. Unas calles adentro había otro mundo. Casitas pequeñas con albarrada, calles sin pavimentar y terrenos baldíos eran el escenario por donde corrían gallinas, niños desnudos y perros malixes. Aún cuando yo era chico no podía dejar de preguntarme cómo era posible que existiesen dos realidades tan contrastantes y tan cercanas. Pero dejé de visitar esas callejuelas cuando Jorge y yo abandonamos la bicicleta y la cambiamos por el automóvil.

            El Countri estaba a sólo unas cuadras de la casa, pero en cuanto tuve edad para manejar siempre me trasladé en carro. Antes, mis padres o mis hermanos eran los encargados de llevarme y recuerdo haber tenido, cuando estudiaba la primaria, un chofer, pero a éste lo despidieron cuando pegó la crisis y hubo que hacer recortes. Jamás me atreví a llegar a la escuela caminando, pues me habría hecho objeto de las burlas de mis compañeros, como aquel muchachito de lentes al que siempre le gritaban ¡albañil! porque llegaba en bici a la secundaria. Los demás muchachos siempre vandaleaban su bicicleta, le ponchaban las llantas, le raspaban la pintura, le pintaba zorros o le rompían los reflectores. Pero el chavito siempre iba y venía en su bicicleta, tranquilo, serio, sin inmutarse ante las burlas y los abusos de los demás.

            Muchos años después, poco antes de escaparme, les sugerí a Liliana, Rafael y Jorge que hiciéramos una excursión en bicicleta hasta el Puerto. Será una aventura, les dije. Me miraron con el ceño fruncido y la boca torcida, me dijeron que qué hueva y me mandaron a volar.

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29. El vuelo de las cucarachas

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            El concierto se prologó toda la noche y finalizó hasta después de las ocho de la mañana. Dietritch mezcló con diversos músicos invitados, incluidos un saxofonista, una arpista, una banda de gaitas y un grupo de percusiones prehispánicas. También mezcló como solista algunas piezas, de entre las que resaltó una llamada Weltraumoper, que duró más de veinte minutos y me transportó a los más lejanos confines del espacio exterior, donde visité galaxias en colisión, nebulosas expandiéndose y agujeros de gusano. Poco antes del amanecer, hubo fuegos artificiales que a mis ojos ácidos parecían las mismas estrellas que descendían a la tierra.

A la luz del alba me di cuenta de que estábamos muy cerca de la playa. Con los efectos del LSD abandonando mi cuerpo, caminé hacia el mar y me senté a contemplar los reflejos del sol en las olas. Escuchando el susurro del Caribe frente a mí, fui consciente de que poco a poco entraba en una nueva etapa de mi viaje psicodélico. Aún tenía los sentidos aumentados y la imaginación hiperactiva; bajo la luz del sol, además, las cosas tenían un brillo especial, como si todo estuviera rociado con polvo de hadas. El cielo resplandecía azul eléctrico y estaba tan abajo que de un salto podría haber tocado su espesa tinta metálica. Pero el furor y el deseo de movimiento se iban, dando paso a una necesidad de introspección. No tenía más ganas de correr, saltar o bailar, y mis pensamientos no se extraviaban a la deriva. Por el contrario, me sentí inexplicablemente sobrio y lúcido, capaz de seguir con perfecta lógica una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Desde ese lugar privilegiado, observé mi vida, mis acciones, mis sentimientos y mis ideas. Como si de pronto hubiera despertado de una mala borrachera, pude darme de cosas que había hecho, dicho o entendido mal. Algunas de ellas me dieron risa, como si fueran tonterías infantiles y cándidas. Otras me avergonzaban hasta casi entrar en pánico.

            -¿Cómo te sientes? -me preguntó Bilcho, sacándome de mis meditaciones.

            -Puedo… pensar con una claridad que nunca había tenido.

-Ah, sí. Eso sucede cuando se te empieza a pasar el efecto o cuando tomas poco ácido. Es por eso que alguna vez quisieron usarlo para tratamiento psiquiátrico, pero la sociedad mocha le tenía demasiado miedo a la parte divertida del LSD como para permitir que se usara también la parte útil… -de pronto bostezó- ¿No estás cansado?

–Puedo percibir el cansancio, pero no estoy cansado. Es como si pudiera ver al cansancio acechándome detrás de un campo de fuerza transparente. Cuando el campo de fuerza caiga, el cansancio se apoderará de mí.

            -Ja, ja, ja. Qué chido. Bueno, vamos de regreso al lugar de Wiki.

            Durante el camino de regreso al departamento contemplé los árboles y las casas y me deleité con la brisa del mar y con el canto de los pájaros.

-¡Todo se ve tan bonito!

Al llegar al depa tomé otro baño de agua caliente. Podía sentir cada una de las suaves gotas rodando por mi piel. Después del baño, el campo de fuerza cayó por fin y el cansancio me atrapó. Dormí por más de doce horas.

Ya estaba oscuro cuando me despertó una discusión acalorada que sostenían Bilcho y Wiki:

-Pues, a mi gusto, la mejor película, por no decir la única buena, de toda la saga, es el Episodio V.

-¡No mames, Wiki, qué opinión tan original!

-Mira, si tú lees a Todorov…

-¡Coño, Wiki, me cago en Todorov!

-¿Qué hay? -dije en medio de dos bostezos.

-Baia, baia, baia, hasta que te despiertas -dijo Bilcho-. Ya nos vamos de regreso.

Todos los demás ya estaban listos para volver a la Ciudad de las Palmeras. Como había perdido mi playera en el rave, Wiki me prestó una que, por supuesto, me quedó gigante. Era negra, como de costumbre, y tenía una leyenda que rezaba LOS ZOMBIS NO CORREN. Subimos al Alerón Chiflado y emprendimos el camino de regreso, durante el cual me la pasé mirando por la ventana y aprovechando el impulso cognitivo del ácido para pensar.

-He sido un cretino -dije de pronto.

-¿Qué? –preguntó Cristal.

-Que he sido un cretino.

-¿Por qué lo dices? –inquirió Bilcho.

-He estado pensando en lo que he hecho a lo largo de toda mi vida. En cómo he entendido las cosas… Y creo que empiezo a ver algunos asuntos… La forma en la que me he comportado, como he tratado a los demás, los pensamientos que estaban detrás de mis acciones… He sido un enorme cretino. Es más, he sido un monstruo.

-Tranquilo, mi chavo –dijo Bilcho-. Las exageraciones son peores que Hitler.

-No, no, no. He estado haciéndolo todo mal. Tengo muchas cosas que cambiar. Creo que es momento de empezar a ser menos cretino. Ése será mi propósito.

Lo dije con honestidad. No pretendí convertirme en santo, ni cambiar el mundo, ni alcanzar la fama. Esa noche, viajando de regreso a la Ciudad de las Palmeras, mi nuevo objetivo en la vida estaba claro y parecía sencillo: ser menos cretino. No sé si mis compañeros de viaje me entendieron en lo absoluto.

            Cuando por fin llegamos de vuelta, lo primero que hizo Wiki fue llevarnos a Bilcho y a mí a la casa. Cristal regresaba al día siguiente a Ciudad Plana, así que me despedí de ella con mucho afecto, prometiéndome que cuando la volviera a ver yo sería otro, alguien más digno de su chingonería.

            Entramos, yo de inmediato me tiré en el colchón y Bilcho se recostó en la hamaca.

            -¿Y? -dijo él- ¿Qué tal?

            -Increíble –dije-. No pensé que fuera capaz de sentirme así, de pensar en todo lo que pensé. Ha sido el mejor viaje de mi vida; todo me parecía maravilloso. Ahora entiendo porqué los hippies querían cambiar al mundo al darle ácidos a todos.

            -Sí, bueno, pero no te olvides de que Charles Manson y su gente cometieron sus crímenes en LSD. Todo tiene su lado oscuro.

            -Sácate. Ya me la arruinaste.

            -Para eso estoy aquí.

            -Oye, Bilcho.

            -Eu.

            -Gracias.

            -¿Por qué?

            -Por convencerme de ir al rave, por llevarme con Papá O’Reilly, por el LSD…

            -De nada. ¿Y cómo te sientes?

            -Muy bien. En verdad. Siento que esto es el inicio de algo muy bueno.

            -Eso esperemos.

            -He decidido quedarme.

            -Chido, bro. ¿Por el año que tenías planeado?

            -No sé. Hasta que sienta que ya hice lo que tenía que hacer. Puede ser un año, puede ser más. Y otra cosa, mañana empiezo a buscarme una casa, para no andar aquí de arrimado.

            -Órale, me parece muy bien. Pero puedes quedarte por acá hasta que encuentres dónde vivir.

            -Gracias de nuevo.

            -Denax. Ahora mejor nos dormimos. Acuérdate que mañana tenemos que trabajar en el Circo.

            -En la madre, se me había olvidado. Bueno, pues. Buenas noches.

            -Buenas noches, mi chavo.

            El día siguiente fue tranquilo; después del Circo, Bilcho se fue al restaurante y yo me encontré con Edmundo y Marta, que de casualidad andaban por el parque cercano. Estuvimos platicando sabroso por un buen rato. Apenas Bilcho salió de trabajar, nos retiramos pues el viaje de ácido aún nos tenía cansados. De hecho, yo me sentí agotado la semana entera, de modo que no salimos a fiestear en todos esos días.

Dediqué las tardes a buscar un lugar donde vivir; la idea era estar no muy lejos de casa de Bilcho, o de la Zona Hotelera, para no tener problemas de transporte. Vi anuncios de algunas casitas y departamentos baratísimos, pero Bilcho me advirtió que los barrios en los que estaban eran muy peligrosos.

Tardé más de una semana, pero por fin encontré una habitación que rentaba una viejecita carcomida, en una callejuela triste, oscura y llena de baches. Era en una casucha minúscula y cuadrada, con sólo dos habitaciones, un baño, una salita y una cocina. El lugar estaba muy sucio y la señora apestaba a podrido. En la cocina no había más muebles que una mesa con dos sillas y en la que sería mi habitación sólo había un catre y un buró. El cuarto de la vieja nunca lo vi, pero supe que tenía un televisor ahí porque la primera noche que pasé en la casa pude escuchar todas las telenovelas.

-No vas a tener visitas y no quiero que fumes o bebas aquí. A las ocho de la noche te quiero en la casa. Los sábados puedes llegar a las diez. Después de esas horas cierro con seguro y nadie entra ni sale. Yo duermo con la puerta cerrada, pero tengo el sueño ligero. No quiero oírte merodear por la casa después de la hora de dormir. Si oigo que te acercas a mi cuarto, te juro que me pongo a gritar hasta que lleguen los vecinos. No confío en los jovencitos.

Sí señora, sí señora, sí señora.

No intercambiamos más palabras ese día, excepto por un seco buenas noches antes de irnos a acostar. El asunto de las horas de llegada y la actitud (y el olor) de la anciana no me agradaban en lo absoluto y pensé que lo mejor sería largarme de ahí en cuanto encontrara un mejor lugar. Cavilaba sobre esto, echado en mi catre con la vista fija en el cielo raso, cuando vi pasar un par de cucarachas enormes. Mi asco por estos insectos rayaba en la fobia y tuve problemas para quedarme dormido; luego soñé que me devoraban bichos gigantes.

Al otro día, cuando me encontré con Bilcho en el Circo, me hizo notar el aspecto de mala noche que traía en la jeta. Le describí las condiciones de mi nuevo hogar y él se mofó de mi blatafobia.

-Hombre, que te pongas así por unas cúcaras mácaras. Pero pues ya sabes, mi chavo. Si quieres hospedarte un rato más en mi cantón, no hay tos. A mí me costó un huevo y la mitad del otro encontrar ese lugar tan a toda madre.

-Gracias, pero creo que lo mejor es que busque la forma de sobrevivir por mi cuenta. Creo que es importante para mí.

-Enhorabuena.

Esa noche, a la hora de dormir, vi cuatro cucarachas pasearse por mi habitación. En la mañana le hablé a la señora del problema de plaga que tenía en su casa.

-¿Qué cucarachas? ¡Aquí no hay cucarachas, chiquito! Si hay, es que seguro te las trajistes en tu bulto lleno de drogas o en tu pelo todo xexek. ¡Cucarachas!

Pero cada noche vi por lo menos dos cucarachas más en mi cuarto. No veía la hora de salirme de esa pocilga.

-¿Sabes? Las cucarachas son seres fascinantes -me dijo Wiki en una ocasión que estábamos de visita en su casa-. Pueden vivir sin cabeza por semanas antes de morir por inanición, son capaces de soportar altas dosis de radiactividad y pueden sobrevivir durante más de un mes sin agua. La Periplaneta americana es especialmente interesante, uno de los insectos más rápidos que existe y es capaz de vivir comiendo papel o jabón y, a diferencia de sus hermanas de otras latitudes, no deja un rastro de olor perceptible cuando camina sobre la comida y la contamina, así que uno nunca sabe…

-Cállate, Wiki. Por el amor de Dios, cállate, coño.

Cuando volví a la casa en la séptima noche, vi que la viejita no había llegado todavía, lo cual me extrañó sobremanera. Me fui a acostar y tardé bastante en quedarme dormido por temor a los bichos, pero como no vi ninguno, al final pude conciliar el sueño.

Soñé que estaba de vuelta en Ciudad Plana, corriendo por los pasillos del Countri porque se me hacía tarde para llegar a clases. Me detuvo don Julián, un maestro bastante culero y mamón que cagoteaba a todo el mundo y que siempre nos humillaba con sus comentarios sarcásticos. Estaba tratando de explicarle la razón por la que había llegado tarde, pero él no me escuchaba. Del bolsillo de su camisa sacó una gran pinza de pan y con ella me apretó la nariz. No sentí dolor, sino más bien comezón y un cosquilleo molesto. Forcejeé con Julián para me soltara y hasta le di un golpe en la cara que lo lanzó por los aires y le hizo caer en un charco de sangre. Pero la pinza se quedó prendada en mi nariz, haciéndome cosquillas, y no podía arrancarla por más que tiraba de ella.

Entonces desperté y vi la enorme cucaracha que caminaba por mi rostro. Me incorporé y pegué un alarido de scream queen de película ochentera. La cucaracha cayó cuan pesada era sobre la sábana, junto a una docena de cucarachas que reptaban sobre mí. Grité de nuevo y me levanté de un salto. Las paredes, el piso y el techo estaban cubiertos de insectos. Corrí hasta la puerta, la abrí y salí del cuarto. A toda prisa entré al baño porque tenía la necesidad imperante de lavarme la cara. Pero de la sifa del lavabo salían cucarachas, una detrás de otra, al igual que de la coladera de la ducha.

Huí del baño y entonces me di cuenta de que toda la casa había sido tomada por las cucarachas. Las paredes, los pocos muebles, el piso, las ventanas, los focos del techo, todo estaba cubierto de animalejos rastreros. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando empezaron a volar. Cientos de bichos salieron disparados desde todos los rincones hacia todas las direcciones. Muchas de ellas chocaban conmigo y yo no podía soportar el asco y el horror. Pegando de gritos y defendiéndome a manotazos, atravesé la nube de cucarachas hasta llegar a la puerta, pero no me atreví a abrirla porque una colmena de insectos cubría la manija. De pronto se abrió la puerta y todo el enjambre de cucarachas salió volando y zumbando. Una mujer grande y gorda entró a la casa, seguida de un hombrecillo pequeño y delgado con los ojos enrojecidos.

-¿Y quién eres tú? -preguntó la mujer.

-Soy… eh… el inquilino de doña Dolores -dije.

-Ah. Pos agarra tus cosas y vete -dijo la gorda.

-¿Cómo?

-Ya me oístes. Doña Dolores era mi suegra. Se murió hoy en la tarde y ahora esta casa es nuestra. Así que jálele, afuera.

-¿Qué hora es? -pregunté estupefacto y notando que aún estaba oscuro.

-Como las cuatro de la mañana, joven -respondió el señor.

-No le hables -intervino la mujer-. Ándale, pa’fuera.

Metí todas mis cosas a mi mochila y me fui de aquel lugar. El barrio era feo y en la oscuridad de la madrugada se veía amenazador. Mientras caminaba por la fracturada escarpa, temía que algún narco-asaltante-violador-asesino serial me saliera al encuentro desde los espesos matorrales de los innumerables terrenos baldíos por los que pasaba de camino hacia algún lugar civilizado. No quería arriesgarme a atravesar las varias zonas inseguras que me separaban de casa de Bilcho, por lo que resolví refugiarme en el primer Oxxo que encontrara, por lo menos hasta que amaneciera.

En mi caminata crucé frente a una fiesta de ñores, la mitad de ellos inconscientes mientras los demás que escuchaban música grupera y huixaban en la calle; pasé junto a un expendio clandestino en el que unos chavos banda se encontraban comprando alcohol y drogas; por último, caminé cerca de una casita pintoresca pintada de color pastel y con tejas en las cornisas, en la que un grupo de señoras cuarentonas ofrecían servicios sexuales a los transeúntes, los cuales, a pesar de la hora, o quizá por lo mismo, eran bastante numerosos.

Cuando alcancé una calle desierta, sintiéndome ya más tranquilo, me percaté de que un automóvil blanco, grande y cuadrado, como ésos que solían usarse en los 70, me venía siguiendo. Apresuré el paso, pero el vehículo no tardó en alcanzarme. La ventanilla del copiloto descendió y un orangután mostró la cabeza con una sonrisa pervertida. Del otro lado se bajó un individuo alto, delgado y moreno, que vestía un traje blanco de poliéster y un sombrero de ala ancha adornado con plumas de pavorreal.

-Hola, muchacho, ¿quieres ir a una fiesta?

-No, gracias -contesté casi sin volverme a verlo y seguí mi camino.

-Vamos, chavo. Es una fiesta como en la nunca has estado…

-No, gracias -repetí ya de lejos, y entonces lo escuché decir:

-¡Chispíta, atrápalo!

Me volteé y vi cómo el orangután se bajaba del auto y empezaba a correr a toda velocidad hacia mí. Huí cuan rápido lo permitieron mis piernas, pero al cabo de unos metros el simio me alcanzó y me derribó. Después el tipo del traje blanco me sujetó con fuerza de los brazos, me arrojó al asiento trasero del vehículo y me encerró con un portazo.

-Ahora vas a saber lo que es bueno -dijo el fulano con una sonrisa y puso en marcha el vehículo hacia quién sabe dónde.

Nunca había estado tan asustado como hasta entonces. Tardé mucho en reaccionar y en decidirme a patear con todas mis fuerzas la ventanilla y a gritar:

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Chispita, cállalo.

El orangután saltó hacia el asiento y sin esfuerzo me sujetó y me tapó la boca con una de sus manazas. Al principio quise forcejear, pero el simio me intimidó al mostrarme las fauces en un gesto amenazador. Me quedé quieto, esperando a ver qué sucedería.

Tras unos minutos de dar vueltas por calles desconocidas llegamos hasta una casa de tres pisos, de fachada cuadrada, sin porche ni patio al frente y con dos balcones rectangulares que miraban hacia la calle. El hombre bajó del auto y abrió la puerta trasera. Me sujetó del cabello y me obligó a bajar. Entramos en la casa acompañados por el simio.

Un grupo de muchachos y muchachas semidesnudos estaban tirados por aquí y por allá en una habitación grande y sin más muebles que algunos puffs. Siempre sujetándome del cabello, el hombre me condujo por unas escaleras hacia la planta alta. En ésta había algunos jóvenes más, la mayoría sin ropa, echados unos en sofás y otros en una cama king size al centro de la habitación. Un par de cámaras de video estaban colocadas en sendas esquinas del cuarto. En la pared del fondo estaban las puertas que conducían a los balcones.

-¿Te gustaría ser actor porno? -preguntó del pronto el hombre blanco.

-¿Ah? -gemí.

-¿Qué? ¿A poco no te gusta coger?

“Desde luego”, pensé. Y ciertamente en ese momento habría cumplido la vieja fantasía de tener sexo con varias mujeres, ser grabado para convertirme en estrella y, además, recibir paga por ello. Pero también era cierto que ese lugar distaba mucho de ser el escenario de mis figuraciones. El hecho de saberme prisionero era un impedimento para sentir cualquier excitación, aún si el lugar no hubiese estado tan sucio y las chicas que allí estaban no hubiesen sido pura pinche erinia.

Tres de ellas, evidentemente drogadas con no sé qué, se me acercaron tambaleándose y empezaron a acariciarme; una incluso me agarró la entrepierna. Sentí asco. Dos de ellas eran de esas flacuchas panzonas y la otra una regordeta huanga y chorreada. Las tres apestaban y tenían los dientes chuecos.

-Está muy guapito -dijo una con voz temblorosa.

-Sí, muy finito -dijo un joven fornido que se me acercó por detrás y me metió un coyazo -¿De dónde lo sacaste, Yoni?

-Eso qué importa -respondió el de blanco-. Cuajo, tráete una pipa y una piedra, para ablandar a este señorito.

-¿Qué trais acá? -dijo otro muchacho arrebatándome mi mochila.

-Nada. Mis cosas.

El tipo abrió la mochila pero de pronto la dejó con un grito. Una cucarachita había salido tranquilamente de la bolsa y ahora se arrastraba por la habitación.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja -se carcajeó el Yoni-. Si serás puto, Pibe.

Pero entonces, a la cucaracha le siguió otra.

-¡Pinche cerdo! -gritó Pibe-. ¡Tienes esta madre llena cucarachas!

Entonces, de súbito, una nube gigantesca de Periplanetae americanae surgió de la bolsa volando y zumbando. Las muchachas gritaron y corrieron por el cuarto dando aspavientos mientras los hombres se cubrían los ojos y la boca. Los insectos eran tantos que el lugar parecía inundado por una neblina café. Aproveché la confusión para agarrar mi mochila y escapar. Intenté regresar por las escaleras pero el orangután estaba allí, muy contento, comiendo las cucarachas que podía atrapar con la mano. Me volví y salí a uno de los balcones. No muy abajo estaba el automóvil blanco. Me decidí y salté. Caí sobre el techo dándome un buen vergazo. Apenas el dolor fue lo suficientemente tolerable, me puse de pie y fui corriendo por la calle.

No tenía ni idea de dónde estaba, pero mi objetivo era claro: alejarme lo más posible de esa casa. Cuando ya había amanecido llegué hasta una avenida amplia y suspiré aliviado. Tras unos minutos más de caminata arribé a un Oxxo y allí me senté a descansar y a tomar un café. Al cabo de un rato pregunté al dependiente cómo llegar a la colonia en la que vivía Bilcho y hacia allá me encaminé.

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