33. Boy meets world

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            Leer me daba hueva. Leer poesía me daba todavía más hueva porque, como yo lo veía, la lírica ni siquiera contaba nada, sólo era un montón de palabras. Las pocas veces que lo intenté me distraje por completo y cuando terminaba una estrofa ya había olvidado de qué iba la anterior. La necesidad de poner esfuerzo para saber qué demonios significaba cada frase me impedía aprehender el sentido total del texto, si es que existe tal cosa.

            Pero esa noche, en la que no había nada que hacer, mientras Bilcho se clavaba en un libro, abrí el Recuento de poemas. Y leí. Con el primer poema me sucedió lo de siempre: estaba tan apurado por terminar que no pude disfrutarlo. Pero el segundo fue como un golpe de aire frío en la cara. Horal se titulaba, y de toda su brevedad me quedó resonando el último verso de la segunda estrofa: “Nosotros en nada”… “Nosotros en nada”. Estaba en lo cierto, porque nuestras vidas se miden por lágrimas y nosotros no tenemos dónde descansar, como el agua y el viento… Supongo que la falta de cultura me impidió apreciar todos los elementos que conforman el poema, pero en ese momento los ocho versos fueron una revelación, la respuesta a una pregunta que ni siquiera conocía. Con palabras, sólo pude expresar “¡qué chingón!”.

Seguí leyendo, no en orden, sino brincado de una página a otra y deteniéndome cuando un título o un verso me llamaran la atención. Me encontré con aquello de “Los días inútiles son como una costra de mugre sobre el alma”. “A huevo”, pensé, “este señor sí sabe qué pedo”. “Soy el eco del grito que sería” me hizo pensar en mi propia vida y en lo que había hecho con ella, en lo que soy y en lo que podría haber sido si las circunstancias y mis decisiones hubiesen sido distintas. También me impactaron estos versos:

Yo no lo sé de cierto, pero supongo 
que una mujer y un hombre 
un día se quieren, 
se van quedando solos poco a poco, 
algo en su corazón les dice que están solos, 
solos sobre la tierra se penetran, 
se van matando el uno al otro. 

¡Me recordó tanto a Liliana! Me pregunté si en verdad los poemas significaban aquello o eran sólo mis figuraciones.

-Un poema no es del poeta, sino del que lo lee –me dijo Bilcho-, y significa lo que tú necesitas que signifique.

Me eché el libro en media semana, un récord personal. Luego me aventé una breve antología de poesía española y latinoamericana del siglo XIX. A partir de entonces leer se convirtió en una actividad constante para mí; terminaba un libro y al siguiente empezaba otro. Al principio avanzaba muy lento y me pesaba chutarme doscientas páginas. Con el tiempo fui ganando “elasticidad mental”, como la llamaba Bilcho, quien comparaba la lectura con el ejercicio físico (y a veces con el sexo), y pude leer más rápido, con mayor atención y menos esfuerzo. Conforme acumulaba lecturas me hacía consciente de mi propia ignorancia y se hacía mayor mi apetito por leer. Llegó un momento en que me entró una ansiedad insoportable:

            -¡Es que hay tanto por leer, Bilcho! ¡No mames! ¡Cuando pienso en todo lo que no he leído…! Coño, me pasa ya que sólo quiero terminar de leer un libro para poder leer el que sigue…

            -Tranquilo, mi chavo. Nadie está llevando la cuenta de lo que lees y no lees. No tienes que llenar una checklist. Relájate y disfrútalo, porque si no, pierde todo su chiste.

            -Sí, sí. El complejo de la checklist. Tienes razón.

            Mi compañero tenía una modesta biblioteca; una sola pila de libros en el suelo de su cuarto que renovaba constantemente. Cuatro eran sus fuentes principales de nuevas lecturas: una librería de viejo en el mercado 28, un cineclub recóndito que frecuentábamos, un barecillo medio sórdido en el que el dueño hacía intercambios, y Wiki, que de vez en cuando nos rolaba bonitos ejemplares. También podíamos encontrar ofertas entre el equipaje de eventuales europeos y gringos zarrapastrosos que vendían, intercambiaban o compraban en el mercado de artesanías.

            A Bilcho le encantaban las narraciones de ciencia ficción y de fantasía; yo descubrí que prefería novelas históricas basadas en las vivencias de los autores. Así fuera El corazón de las tinieblas, Sin novedad en el frente, o Los de abajo (todas las cuales leí por aquellas semanas), lo que más me gustaba era conocer la experiencia vital de personas reales; qué pensaban y sentían en el centro de acontecimientos que hicieron época; cómo su experiencia subjetiva arrojaba nuevas luces sobre lo que yo medio recordaba de las clases de historia; qué significaba la vida para estas personas que habían pasado por sucesos extraordinarios.

            Las semanas siguientes a nuestro arresto fueron de recesión económica. Teníamos dinero para comer, transportarnos y pagar las cuentas de la casa, pero nada más. No había muchos lugares a los que pudiéramos ir estando en bancarrota. En Anthrax teníamos entrada libre gracias a que Bilcho era el DJ estrella, pero los demás antros estaban fuera de nuestro alcance. Y sin música en casa teníamos que buscar actividades en las noches para no aburrirnos. Leer fue una de ellas. También había fiestas que organizaban nuestros amigos y muchas otras a las que nadie nos invitaba pero a las que asistíamos en calidad de colados.

            Dejé de beber tanto como solía hacerlo en Ciudad Plana. Después del viaje ácido y de experimentar la psicodelia, la embriaguez me parecía demasiado pedestre. Prefería por mucho fumar mota, y descubrí que el pachequeo no sólo hacía la experiencia musical más absoluta, sino que permitía entender y disfrutar mejor la poesía.

            También encontramos entretenimiento en aquel cineclub que mencioné, El Desván del Abuelito, el proyecto de un señor como de sesenta años a quien llamábamos don Mario. La entrada era gratuita porque se financiaba con una beca de ésas que daba el gobierno municipal sin mucho trámite con tal de justificar el ejercicio del gasto público. Las películas que ahí se proyectaba nunca eran más recientes que 1970 y don Mario tenía especial predilección por el cine de fantasía, terror, ciencia ficción y serie B. Por eso mismo pocos asistían al cineclub, pero a Bilcho le fascinaba y a mí me gustaba acompañarlo de vez en cuando.

El Desván del Abuelito se alojaba en una casita de un piso que apenas tenía espacio para un recibidor, dos baños y una sala de proyecciones con tan sólo quince butacas que nunca se llenaba. El lugar tenía un venerable olor a viejo. En la antesala don Mario tenía un sofá, una mesita y un libero lleno de viejos cómics y publicaciones pulp, que con gusto daba a leer a los cinéfilos mientras esperaban la función. Bilcho era un fan intenso de todo eso; a mí no me gustaban mucho que digamos, pero había cierto encanto en aquellas portadas e ilustraciones tan kistch, que con sólo hojearlas me alegraban el rato.

En El Desván del Abuelito vimos muchas películas viejitas: comedias mudas, cine expresionista alemán, fantasías de los magos del cine, monstruos en blanco y negro, dinosaurios de animación cuadro por cuadro, ciencia-ficción cincuentera con su paranoia de Guerra Fría, peleas del Santo y aventuras de James Bond, más algunas joyas de cine clásico que ni siquiera había imaginado que existieran o que pudieran gustarme. Lo mejor fue que, como don Mario también se las tronaba duro, nos dejaba fumar a gusto cuando no había más espectadores o cuando éstos se nos unían en la pachequiza. Las películas fantásticas eran ideales para ver echándonos un toque.

Claro que por un tiempo tuvimos que practicar la abstinencia y sólo pudimos disfrutar lo que nos convidaban las almas caritativas. Por suerte Bilcho tenía un amigo que eventualmente le conseguía empleos fugaces de mesero en eventos sociales como bodas y quince años, lo que le significaba un dinerillo extra. Poco a poco pudimos resarcir nuestra economía y hasta juntamos para comprar un ciento.

Dedicábamos una buena parte de cada día a limpiar la casa y hacer reparaciones. Bilcho me tuvo que enseñar desde los rudimentos, pues yo no sabía siquiera agarrar la escoba. Dedicado a estas actividades cotidianas, podía calmar los zumbidos de mi cerebro y descubrí cierta satisfacción en trabajar por mi propio espacio.

Me hice de una nueva amiga: Marta. Solía topármela junto con Edmundo en el parque cercano al restaurante donde trabajaba Bilcho. A fuerza de platicar por largas horas nos hicimos amigos, sobre todo después de que Edmundo regresó a Ciudad Plana. Nunca he sido muy amiguero y mis amistades más cercanas siempre fueron varones. De hecho, aparte de Liliana no tuve mucha relación con las mujeres, excepto amigas de amigos con las que sólo conviví de forma muy casual y esporádica. Desde mi escape a la Ciudad de las Palmeras mi único objetivo al interactuar con el sexo opuesto estaba claro: follar. Tener cualquier relación con una mujer que no fuera follable ni siquiera me pasaba por la mente.

Fue gracias a Marta que empecé a cuestionarme estas nociones y su papel en mi insatisfacción crónica. En un principio me pareció que ella no pasaba de ser el tipo “gordita simpática”, pero conforme la fui conociendo descubrí mucho más en su persona… y en mí mismo. Su conversación era alegre y diversa; platicábamos de de la vida, de nuestros conocidos (era bien chismosa, sin ser criticona), de los libros que leíamos, de las películas de don Mario (ella nos acompañó a más de una función) o hacíamos chistes bobos y comentarios jocosos. Así como conversaba conmigo podía sacarle plática a cualquiera: a los niños del parque, a los empleados de las tiendas, a los guardias de seguridad de los centros comerciales, a los turistas… Marta se encontraba en su elemento siempre y cuando hubiera otro ser humano que quisiera escucharla y dejarse escuchar por ella.

-¿Cómo le haces para platicar con todo el mundo? –le dije un día que la había acompañado a hacer unos trámites porque yo no tenía nada mejor en que ocuparme-. Será que soy medio grinch, pero la mayor parte de la gente me da igual.

-Es que no ves, Diego. No ves a las personas y a sus historias y todo lo que traen dentro.

-Pues no y la verdad no me interesan.

-Es que estamos acostumbrados a ver a las personas como si fueran personajes de videojuegos.

-¿Cómo es eso?

-Imagina que estás jugando… digamos, uno de Zelda. Tú eres el único que está vivo, ¿verdad? Los otros personajes a los que te encuentras, con los que hablas o luchas, o a los que les compras cosas o a los que auxilias, son sólo parte del juego mismo y están controlados por la computadora. Te ayudan, o te estorban o forman parte del escenario, pero no son personas como tú, que tienes una vida, pensamientos y sentimientos fuera del juego.

-Ajá…

-Pues cometemos el error de pensar que las demás personas están en el mundo de la misma manera: para ayudarnos o estorbarnos, o sólo como parte del escenario, y pensamos que nosotros somos los únicos jugadores vivos. Los otros son “los demás”, y no se nos ocurre pensar que cada uno de ellos es como cada uno de nosotros, cada cual trae sus historias de vida, sus sueños, sus temores… Por ejemplo, esa señora de allá, que está discutiendo con la chica del mostrador. ¿Ves lo angustiada que se ve? ¡Quién sabe qué rollos traerá! En ella está toda una historia como para escribir un libro. ¿Y la señorita del mostrador? Con su cara de fastidio y sus pocas ganas de cooperar, ¿será tan mamona como se ve? ¿Cómo se sentirá de tener ese trabajo monótono? ¿Puedes imaginarte lo que pasa en sus vidas? Las pequeñas tragedias, los conflictos internos, los milagros y golpes de suerte, las historias de traición y venganza. No podemos saberlo todo, pero a veces, de sólo platicar con alguien desconocido y al azar, obtengo un vistazo de sus vidas. Y de eso se trata, de la suma de las historias de todos nosotros, ¿no? La vida, mi amigo, es un multiplayer.

Se ganó mi completa admiración el día que dijo eso y logró, aunque fuera por momentos, que yo mismo me pusiera a pensar en la vida más allá de los rostros y los cuerpos que veía cruzar en mi camino a diario. Es curioso, porque esta enseñanza se sumaba a otra que Bilcho me había dado:

-Una de las cosas que más me gustan de la literatura –me dijo de pronto una noche cuando él leía en su hamaca y yo en el colchón –es la forma en que los grandes escritores te pueden hacer ver el mundo y la vida desde ángulos distintos. Las cosas más sencillas, las experiencias más cotidianas, aprendes a verlas y a vivirlas con más intensidad; como que todo adquiere un mayor significado. ¿No te parece?

En efecto, así era. Ahora podía encontrarme disfrutando mucho en situaciones bastante simples y tranquilas; una larga conversación con los amigos, una buena lectura en casa, o una extravagante película con don Mario eran suficiente para hacerme sentir que estaba vivo y creciendo en un mundo en expansión. Pero en otras ocasiones me apresaba esa ansiedad de vivir de verdad, no sólo escuchar o leer las historias y logros de los demás, sino hacerme de una historia que valiera la pena contar, de un logro que valiera la pena recordar.

Marta tenía muchas vivencias curiosas; había viajado por todo el Sureste con sus padres y conocía muchos lugares, además de que parecía tener un imán para las situaciones más surrealistas y las personas más excéntricas. Una vez, viajando en autobús por Chiapas, un pasajero con quien ella se había puesto a platicar resultó ser un chamán que le dijo que ella tenía un tercer ojo muy poderoso y que si recibía entrenamiento aprendería a ver la magia y los hechizos y a hablar con los espíritus de la selva. En otra ocasión estaba tomando un curso vespertino en la universidad dictado por un pi eich di de gran celebridad cuando un grupo de policías federales entró en el aula y se llevó arrestado al profesor. Resultó ser un impostor de carrera que había estado viajando por el país personificando a profesionistas para cobrar jugosos salarios.

Me gustaba escuchar las historias de Marta pero también sentía algo muy parecido a la envidia. Volvíamos al mismo problema: yo no tenía nada que contar. Incluso mis aventuras atrabancadas más recientes (el vuelo de las cucarachas, el arresto injustificado, el viaje ácido) me parecían muy poca cosa y terminaba de contarlas muy rápido, sin hacerlas interesantes. Disfrutar la sencillez estaba bien, pero a veces una fuerza presionaba contra mi pecho recordándome que no eran esas experiencias las que necesitaba y que no tenía derecho a la satisfacción.

Cerca del final del verano Marta se fue. Había sido seleccionada de entre toda su universidad para estudiar un año de su carrera en España. Bilcho, Wiki, Dulce, Tania y yo fuimos a despedirla. Sus padres estaban ahí también, por supuesto. En esa primera y única ocasión en que conviví con esos señores tan simpáticos, me conmovió la forma tan afectuosa con que despidieron a su hija. Me entristecí al compararla con la manera en que yo había salido de casa.

Esa misma tarde escribí uno de los pocos correos que envié a mi familia desde el exilio. Con mucha más emotividad de la que había usado en mis anteriores mensajes, les aseguré que no estaba molesto con nadie, que me encontraba bien y feliz con mi decisión, y les pedí que no trataran de buscarme. Por primera vez les dije que los quería y que esperaba que todos estuvieran bien.

En septiembre el Tribunal Electoral emitió un fallo a favor de Fecal y el Peje hizo su berrinche. En la Ciudad de las Palmeras no hubo mucha alharaca, excepto por una que otra marcha y un plantón insignificante armado frente al Palacio Municipal. Bilcho y yo fuimos de curiosos a una de las marchas. Ahí nos encontramos a Edmundo.

            -No me digas que viniste desde Ciudad Plana sólo para esto -le dijo Bilcho.

            -Pues sí. Ya ves que Ciudad Plana es un nido de panistas medievales, retrógrados, reaccionarios, homofóbicos, racistas y apáticos. Yo voy a dónde está la acción. ¿No se unen?

            -Nel -dijo Bilcho.

-¿Porqué no, bróder?

            -No tiene caso.

            -¿Cómo que no tiene caso? ¡Nos robaron la presidencia! Igualito que en el ’88.

            -Mira, mi chavo. Yo creo que igual y el Partido Reacción Nacionalsocialista está lo bastante loco y es lo suficiente malvado como para hacer fraude electoral. Pero por otro lado creo que la gente de este país es tan ingenua como para dejarse engañar con lo del “cállate, chachalaca” y lo de “vas a perder hasta la tele”, y luego votar por el mismo partido que los hizo pendejos durante seis años. ¡Si votaron durante 70 años por el mismo partido que los hacía pendejos, los asesinaba y los robaba! No, no, no. Yo en el pueblo mexicano ya no tengo fe. Además, me da igual si gobierna el Peje o Fecal, los dos son un par de pendejos. Yo voté porque legalizaran la mota. Lo demás me vale madre.

            -Pues chale, carnal. Me decepciona tu forma de pensar. Me cae que por eso el país está como está. Pero ni pedo, eres libre de no involucrarte. Tú qué dices, Diego ¿piensas igual que el compa?

            -La política me vale madres. No tengo nada que ofrecerle y no tiene nada que ofrecerme. Pero si quieres te acompaño.

            -Va, ten esta pancarta.

            Así me uní a la manifestación, evento que recuerdo como un episodio medianamente divertido y curioso. Ahí estuve coreando “El pueblo unido jamás será vencido” y “¡Voto por voto! ¡Casilla por casilla!”. Al cabo de poco más de hora y media me cansé y me fui, dejando que los casi cuarenta marchistas siguieran su camino.

            Unos días más tarde, el mero quince, fue el cumpleaños de Bilcho. Wiki ofreció su casa para la partuza y como era día de la Independencia hubo tacos al pastor y una variedad de Tequilas. Wiki nos aventó una cátedra sobre las diferencias entre el tequila blanco, el reposado y el joven. Su rechoncha generosidad no paró allí, pues también le regaló a Bilcho su vieja iPod, con lo que pudimos reanudar las sesiones nocturnas de música. Solíamos echarnos sobre la hierba del patio trasero y nos poníamos un auricular cada uno. Entonces Bilcho me explicaba:

            -Esto es punk, esto es funk, esto grunge, esto es gótico, esto es industrial, esto es anarco…

            En una ocasión estábamos con Emo cuando él se quejó de un terrible dolor de garganta. Le dije que se acercara a la luz y lo revisé.

            -Tienes una infección.- y le receté unas dosis de amoxicilina.

            -Amoxi… ¿qué es esa madre?

            -Un antibiótico. Hay de varias marcas.

            -Va, ahí le busco con el Doctor Simi. Gracias, Diego.

            Unos días después se me acercó Pacheco con quejas de un terrible resfriado. Me dijo que estaba tomando antibióticos y lo cagoteé.

            -Los antibióticos no te van a servir para un carajo, porque lo que tienes es un virus.

            -¿Ah, no?

            -No.

            -Y eso de los virus, ¿cómo se cura?

            -Con el tiempo. Descansa, bebe muchos líquidos y come fruta, y si te sientes mal toma paracetamol…

            Me convertí en Doc. Todos los amigos de Bilcho llegaban a consultar conmigo por diarreas, gripas y crudas. Me decían “Doc, revísame la garganta” o “Doc, me duele el estómago”, y yo les decía “No, el tequila no cura la gripa” o “No, fumando mota no te vas a curar la tos”. Una vez un chavo quería que le revisara una ampolla que le había salido en el pene. Tuve que admitir mis limitaciones y le recomendé que viera a un médico de verdad.

            -¿Sabes? -le dije a Bilcho en una ocasión-, me gusta la medicina.

            -Qué bueno, mi chavo. Si no, nos iría mal.

            -Creí que la odiaba. Que sólo la estudiaba porque era lo que mis papás esperaban de mí. Además, los médicos y estudiantes siempre me han cagado la madre; son tan pedantes, tan engreídos, como si fueran dioses caminando entre los mortales. Pero me gusta la ciencia de la medicina, es decir, me gusta tener este conocimiento, y creo que no había reparado en lo especial que es esto de entender el cuerpo humano y saber aliviar el dolor…

            -Es que eres un tipo muy noble, Doc.

            -Pues no sé. Creo que la gente no piensa en el conocimiento cuando elige una carrera. Es decir, no piensan “quiero estudiar esto porque quiero saber de esto”, sino más bien “quiero estudiar esto porque me va a dejar dinero”.

            -Sí, la gente puede ser muy triste…

            -Así es. El caso es que, si alguna vez decido regresar a Ciudad Plana, quiero retomar mis estudios. Quiero ese conocimiento y hacer algo con él. Seguro no sería cirujano; soy bien pinche torpe con los dedos. Pero internista, sí… hasta investigador… Quiero ser útil, ¿me entiendes? Servir de algo a los demás…

            -Tú eres el doc, Doc.

            Cierta madrugada me encontraba leyendo en mi cuarto cuando de pronto un alarido espeluznante cortó el silencio nocturno. Le siguió otro grito, más débil, proferido con esfuerzo, como si el que lo hubiese emitido no pudiese respirar bien. Se oyó un ruido seco, como de algo pesado que cae al suelo. Escuché atento por los siguientes minutos, pero no alcancé a oír nada más. Me puse los pantalones y salí al patio trasero. Esa noche había tenido lugar una fiesta en la casa de atrás y menos de una hora antes todavía se escuchaba la música.

            Trepé la barda que separaba nuestro patio del de la casa vecina y me asomé. A través de una ventana bastante amplia pude ver dos siluetas que pasaron corriendo. Después se escuchó el sonido de un objeto de cristal o cerámica al quebrarse. Bajé y corrí al cuarto de Bilcho, lo desperté y le conté todo.

            -Seguro no es nada -dijo.

            -No, no mames. Creo que entraron a robar en esa casa e hirieron a alguien. Hay que llamar a la policía.

            -Lo mejor es que no nos metamos. Nos puede ir mal. Si de veras pasó algo en esa casa y llamamos a la chota, se la van a agarrar contra nosotros por ser los primeros que vean. Acuérdate cómo nos fue la otra vez. Además, aquí ni hay teléfono.

            -Pues no me importa. Hay que hacer algo.

            Dejé a Bilcho jetón en su hamaca y salí de la casa. La calle estaba desierta y las casas silenciosas, como si nada hubiera pasado. “No puede ser que nadie haya oído esos gritos”, pensé. Corrí hasta al teléfono público que estaba frente al tendejón de la esquina. Ya había descolgado el auricular cuando caí en la cuenta de que ignoraba el número de la policía. Regresé con Bilcho para preguntarle, pero él no estaba mejor informado que yo. Resolví marcar el cero y hablar con la operadora. Tardó mucho en contestar y más en comunicarme con la policía. Le dije al oficial de guardia lo que había sucedido, me pidió la dirección; le di sólo calle, manzana y colonia. Preguntó mi nombre. Colgué. La patrulla llegó al amanecer.

            A instancias de Bilcho ni me asomé cuando los policías entraron a la casa de los gritos, pero ni él pudo evitar que yo declarara lo que sabía cuando un par de oficiales llamaron a nuestra puerta.

            Los policías no quisieron darnos información y no supimos nada hasta que apareció en el periódico del día siguiente. La nota decía que dos adolescentes drogados, miembros de una pandilla, habían allanado la casa y asesinado a los inquilinos. Las víctimas eran dos hombres de mediana edad, homosexuales, que tenían un par de años viviendo en la Ciudad de las Palmeras. La noche del homicidio habían ofrecido una fiesta, a la que, por razones que no aclaraba la nota, habían asistido los dos adolescentes. Poco después de terminada la fiesta los muchachos regresaron a la casa, forzaron la puerta, mataron a uno de los hombres y al segundo lo obligaron a darles sexo oral mientras lo acuchillaban. Los adolescentes fueron capturados al medio día siguiente porque andaban presumiendo su proeza con todo aquél que los encontrara. Cuando se les preguntó porqué habían matado a esos hombres, declararon: “por putos”.

            La historia me horrorizó no sólo por la brutalidad del crimen, sino por haber escuchado que se perpetrara. Recordar los gritos, y saber que mientras los oía el asesinato se estaba llevando a cabo, me causaba vértigo y náuseas. Empecé a leer los periódicos siempre que tenía la oportunidad. Me enteré de otros crímenes, no sólo de la Ciudad de las Palmeras, sino de Playa, Pantera Rosa y toda la Riviera Maya. Leí de una pareja de jóvenes que viajaba en moto por la carretera; a la media noche se detuvieron en un restaurante a las afueras de Playa. Ya no había más clientes, sólo estaba el cocinero, un mesero y un amigo suyo. Entre los tres atacaron a la joven pareja. A la chica la violaron, la mutilaron y la tiraron en el monte. Al muchacho lo mataron, lo descuartizaron, lo cocinaron y se lo comieron. Atraparon a los asesinos cuando los recogedores descubrieron los huesos en el basurero.

            En Pantera Rosa unos policías de tránsito violaron a una turista española. En Playa, una turista israelí desapareció y nunca más se supo de ella. En la Ciudad de las Palmeras un hombre violó a su hija de cinco años y mató a su esposa cuando trató de detenerlo; se justificó diciendo que la niña lo había seducido. Un muchacho mató a sus padres e hirió a su hermana con un hacha. Un niño de diez años mató a su hermanito de ocho. Una joven fue violada por su hermano. Un hombre mató, cocinó y se comió a un muchachito que se prostituía en su vecindario. Una pareja acostumbraba a torturar a sus hijos adoptivos; solían quemarlos con una plancha. Unos adolescentes golpearon a un muchacho gay hasta matarlo. Unos hombres violaron y mataron a una mujer embarazada. Unos chicos de clase media rociaron con gasolina a un vagabundo y le prendieron fuego. Y como éstas, por lo menos una vez a la semana se publicaba alguna historia de asesinato, tortura, mutilación, violación, incesto o canibalismo. Eso sin contar las ejecuciones del narco.

            -Pero, ¿qué pasa? –preguntaba-. ¿Qué hace que la gente de pronto se vuelva psicópata?

            -No sé -me dijo el Tío- Quizá es que por aquí hay mucha droga.

            -Sí, bueno, eso explicaría los asesinatos del crimen organizado. Pero éstas son cosas que hace gente aparentemente normal. O sea, no es por robo ni ajuste de cuentas… Quiero decir, es gente que de pronto se vuelve loca y mata y viola y tortura…

            -Por eso mismo, hijo. La coca, las anfetaminas, la heroína… Esas cosas te van matando el cerebro hasta que ya no sabes lo que está bien y lo que está mal.

            -Es que aquí hay muchos fuereños -dijo don Manuel en otra ocasión –Llega gente de todo el país, gente cuyos pasados nadie conoce. Aquí se aprovechan de eso para hacer de las suyas. Nadie le pregunta a su vecino a qué se dedica porque todos tienen secretos. Un buen día, por confiados, se les pasa la mano y hacen algo tan horrible que ni la policía ni los medios lo pueden seguir ignorando. Ten en cuenta que eso que sale en los diarios es sólo de lo que nos enteramos, de lo que dejan hablar a los periodistas. Imagínate qué tanto habrá escondido debajo.

            El asunto comenzó a convertirse en una obsesión. Ya casi no hablaba de ningún otro tema, lo que provocó el fastidio de mis amigos. Empecé a tener pesadillas y a ponerme paranoico.

            -Ya, deja de preocuparte por eso -me aconsejó Bilcho en una ocasión-. De todos modos, no puedes hacer nada.

            -¿Pero porqué pasan estas cosas? No son crímenes comunes, no son asaltantes que matan en el proceso a sus víctimas. Es gente que sólo de pronto se transforma en monstruos… ¡como hombres lobo! ¿Por qué no pasa esto en Ciudad Plana?

            -Pues qué se yo. A lo mejor sí pasa. Seguro estas historias son mucho más comunes de lo que piensas. Mejor ni pienses en ello, te vas a arrugar.

            Incapaz de hacer otra cosa, seguí su consejo. Deje de leer los periódicos y volví a las novelas y a la poesía. Me  evadí, me tranquilicé y recuperé la entereza de ánimo. Poco a poco me olvidé de los crímenes y de la violencia que se cometían a sólo unas calles de nuestra casa. Volvieron los días alegres y ligeros, las fiestas, las pachequizas, las clases de música, las noches de antro y el buen humor. Sin embargo, esa pequeña colección de atrocidades, ejemplo, metonimia y sinécdoque del horror que existe más allá de la confortable zona inconsciente de nuestras vidas, se quedó en mi mente como una cicatriz que de repente punzaba y me hacía sentir un miedo tan vago cuan profundo y primitivo. Después de muchas semanas de oscilar entre una cosa y la otra, me volví a topar con aquel poema de Sabines. Quizá no sólo nos medimos por lágrimas.

FIN DEL VOLUMEN I

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32. Artefacto de guerra

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            Cuando estaba en el último año de prepa me aficioné a Warcraft III. Mi parte favorita del juego no era tanto el combate, sino construir ciudades y desarrollar civilizaciones. Me gustaba la idea de estar detrás de la evolución de un pueblo, llevarlo a su apogeo y hacerlo dominar a sus enemigos. Era lo más cercano que podría llegar a ser un conquistador o fundador de naciones.

Primero tuve el juego en versión pirata, desde luego, pero me gustó tanto que decidí ahorrar para comprarlo no sólo en original, sino en edición de lujo con expansión incluida. Gocé con los libritos instructivos, las figuritas de colección y, sobre todo, el olor a nuevo que nunca perdieron los discos.

            En una ocasión, Ricardo me pidió prestado el juego. Yo no quería dárselos, pero era incapaz de negarme a cualquier cosa que me pidieran mis hermanos mayores; simplemente no tenía el espinazo para hacerlo. Pasaron los meses y no me devolvía los discos. Se los pedí en buena onda una y otra vez; en varias ocasiones fui en persona a su departamento a buscarlos, pero él me decía que los había olvidado en la oficina o alguna cosa así. Finalmente, aceptó que los había extraviado. Yo estaba furioso, pero sabía que mis reclamos sólo causarían las burlas de Ricardo y, como no tenía a quién más acudir, di el juego por perdido.

            Un par de semanas más tarde Ricardo se apareció en la casa y me entregó un libro:

            -Toma –dijo-. Te cambio un juego mediocre por un libro excelente. Espero que lo sepas apreciar -se dio la vuelta y me dejó con el libro en la mano.

            “Weputa”, pensé, “me cambia un juego de ochocientos pesos por un pinche libro”. Miré la cubierta; rezaba Recuento de poemas de Jaime Sabines. Lo dejé arrumbado por ahí.

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31. Por fin en casa

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            Bilcho se carcajeó sin pudor con mi relato. Cuando le sugerí que había que denunciar al hombre del chango y su operación clandestina, me dijo que no me molestara, que de seguro ya tenía compradas a las autoridades correspondientes. Sin más me alojé de nuevo en casa de mi amigo; tuve pesadillas por varios días, pero no le dije por medio a sus mofas.

Recuperamos nuestra rutina habitual de pasarla entre Circo, fiestas y convivios. Las noches en las que estábamos muy cansados o no teníamos dinero para salir (que eran las más), nos dedicábamos a la melomanía. Solíamos encender un porro, echarnos en la bodega de la computadora o en nuestra habitación, y escuchar música hasta quedarnos dormidos. Bilcho me decía “esto es ambient, esto es goa, esto es hardcore, esto es house, esto es industrial, esto es techno, esto es jungle…”

            Una noche de aquéllas estábamos pachequeando en el cuarto de Bilcho cuando sonó el timbre de la puerta. Me levanté y abrí; frente a mí estaba un muchacho como de dieciocho años, rubio, de ojos verdes, ancho de hombros y de brazos fuertes, y con muchos barros y espinillas en el rostro.

            -¿Y quién chingados eres tú? -me preguntó con arrogancia.

            -Este… -empecé a responder.

            -Quítate -dijo, haciéndome a un lado con un empujón y entró.

            -¿Es Julio? -preguntó Bilcho saliendo del cuarto-. Debe haber muerto un judío.

            El tal Julio atravesó la casa hasta llegar a la puerta de su cuarto. Trató de abrirla, pero estaba cerrada con seguro. Entonces, procedió a darle de patadas.

            -Macho -dijo Bilcho-, ¿qué, en nombre del choston, estás haciendo?

            -Cállate y échame la mano.

            -Hm… No, no lo creo.

            Julio se volvió con una mirada furiosa, pero Bilcho se mantuvo tranquilo. Entonces el güero salió de la casa a toda prisa y en unos segundos regresó acompañado de un tipo grande, gordo y peludo, con varios tatuajes trazados sobre sus obesos brazos. Entre los dos derribaron la puerta del cuarto, y de él extrajeron toda clase de aparatos electrónicos: televisores, reproductores de DVD, estéreos y algunas computadoras. Me asomé a la calle y los vi subiendo el botín a una camioneta. Cuando hubieron vaciado el cuarto, Julio se volvió hacia nosotros, sacó una navaja del bolsillo de su pantalón y dijo:

            -Yo me pinto para siempre. Y ojo con decir algo, hijos de la chingada, ¿eh?

            -Ta bien, güey -contestó Bilcho firme y tranquilo.

            Cuando se hubieron ido, Bilcho me dijo algunas cosas sobre nuestro evasivo roomie.

            -Ese pelaná… Ya sospechaba que andaba en ondas ilegales, pero no pensé que hubiera robado tantas cosas. Pinche Julio, está bien jodido del cerebro ese cabrón.

            -¿Qué pedo con ese güey?- pregunté.

            -Es de Ciudad Plana. Su jefe es policía, de los macizos. El segundo al mando o algo así. Y el cabroncito siempre ha sido un pinche delincuente juvenil. Desde chavito andaba en bandas y todo eso, y luego en los arrancones. ¡Puta, las cosas que me ha contado ese cabrón! Anduvo robando casas en una colonia allá en Ciudad Plana. Lo cacharon los vecinos y entre todos lo agarraron y lo consignaron a las autoridades. Pero llegó el papá y amenazó a los vecinos para que no hablaran. Luego, un día, llegó así no más con un muchacho de la escuela al que siempre jodían y le metió un batazo en la cabeza: ¡zaz! Le dio tan duro que lo dejó pendejo de por vida. En seguida el papá de Julio lo mandó al extranjero para que no lo arrestaran y se las arregló con la familia del chavito; no sé si los amenazaron también o les dieron dinero; seguro ambas cosas. Julio volvió después de año y medio de estar en Canadá; enseguida se unió a una banda. Quizá oíste hablar del chavito de Chuburléans al que le metieron un petardo por el culo…

            -Sí, fue muy sonado.

            -Pues fue la banda de Julio. Me contó que fue él mismo quien le metió le petardo al niño, se lo encendió y lo vio estallar. Agarraron a toda la banda menos a él. Sus papás lo quisieron mandar otra vez a Canadá, pero él no quiso y se escapó para acá.

            -No mames, güey. ¿Y no te daba miedo vivir con ese psicópata?

            -Nah. Sé cuidarme solo. Además, si no te metes con él no hay pedo.

            -Ala madre, pos qué jodido.

            -Así es… -musitó Bilcho asintiendo con gravedad, pero luego se le prendió el foco- ¡Mi chavo! ¡Te puedes quedar con el cuarto de Julio! Así ya no tienes que buscar casa y me puedes ayudar con la renta.

            -¡A huevo! -exclamé- A toda madre. Voy a ver si dejó algo en su cuarto.

            Todo lo que había era una base de cama con su colchón, pero sin sábanas. Era suficiente.

            -Perfecto -dije entusiasmado-. Ya está, problema resuelto, aquí me quedo.

            -Pues sí, mi chavo, ¿cómo la ves?

            -Muy Deus ex machina.

            -Sí, es lo que pensé.

Esa media noche, la primera que pasaba en mi nueva habitación, me despertó una voz espectral que clamaba:

-¡Juuuulio! ¡Juuuuuulioooooo!

Sin levantarme, abrí con pesadez los ojos y, aún medio dormido, me pareció ver frente a mí la silueta de un muchacho que flotaba sobre el suelo.

-¡Julio, tú me mataste…!

-Yo no soy Julio –balbucí perezoso.

-Ay, perdón -dijo la sombra cambiando por completo el tono de su voz-. ¿No sabes a dónde fue?

-Ni idea –aseguré bostezando.

-Ah, bueno, disculpa. Buenas noches -la sombra desapareció a través de la pared y yo volví a dormirme.

A la noche siguiente, de nuevo llamaron con fuerza a la puerta de la casa. Abrí y me encontré con un policía.

-Buenas noches –dije.

El agente de la ley entró a la casa seguido de dos de sus compañeros. Bilcho salió de su cuarto para ver qué pasaba, mientras los policías se escabullían por todos los rincones inspeccionando la casa.

-¿Se puede saber cuál es el motivo de su visita? -pregunté al fin.

Los policías no respondieron y siguieron registrando la casa.

-¿Tienen orden de cateo? -dije molesto y los policías se carcajearon.

-Vámonos -dijo un policía agarrándome del brazo.

-¿Qué? ¿Por qué?

-¡Cállate, hijo de la chingada! -gritó el de café dándome una sacudida; volteé la  cabeza y vi que a Bilcho también lo llevaban arrastrando.

-¿Pero nosotros qué hicimos? -dije espantado mientras nos sacaban de la casa a empujones y nos conducían hacia una de las dos patrullas que estaban estacionadas frente a la casa -¿Tiene orden de aprehensión?

-¡Que te calles, cabrón! -exclamó el policía al tiempo que me arrojaba al asiento trasero de la patrulla.

Cuando Bilcho y yo estuvimos ahí metidos, uno de los policías nos esposó de los tobillos a unas argollas de metal fijas al suelo. Vi alejarse la imagen de la casita a través de la ventanilla.

-Cálmate, Diego, todo va a estar bien -me susurró Bilcho-. Escucha, pase lo que pase, aunque te peguen, o algo peor, tú no firmes nada, ni confieses nada, porque si lo haces ya te tienen de los huevos.

-¡Que se callen, carajo! -volvió a gritar el representante de la justicia.

Nos llevaron por las calles de una zona de la ciudad me era desconocida y después de unos veinte minutos llegamos a una estación de policía. Mientras nos llevaban arrastrados los cabellos, un policía que estaba por allá sentado en un banquito y comiendo una torta empezó a bailar y a cantar.

-¡Ay, sí! ¡Ay, sí! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! Ja, ja, ja.

Entramos al edificio, atravesamos un par de salas y luego nos condujeron por un pasillo estrecho que tenía dos celdas de cada lado. En la primera de la derecha estaba un adolescente evidentemente borracho echado en una banca de madera; a nosotros nos metieron en la segunda. Era un espacio sucio y húmedo que apestaba a orines. Un retrete solitario y sarroso emergía de las sombras en una esquina y miraba de frente a una banca como la de la otra celda. Bilcho y yo nos sentamos.

-¿Y ahora? –dije-. ¿Qué carajo está pasando?

-No sé, macho. Pero estoy seguro que tiene que ver con el cabrón de Julio.

-No mames, güey. Ni siquiera nos dijeron de qué se nos acusaba ni nos mostraron órdenes aprehensión o de detención. Cuando salgamos de aquí voy a hacer un escándalo mediático.

Bilcho me miró condescendiente, me dio un apretón de manos y dijo: -Bienvenido a México.

-No mames. ¿Cuánto tiempo crees que nos tengan en esta cárcel?

-Éstos son los separos, no la cárcel. La ley dice que nos pueden dejar aquí setenta y dos horas, o algo así, no lo sé, la verdad. Pero como esto es México, nos pueden refundir en este cuchitril el tiempo que les dé la gana. Pero nos podría ir peor; por lo menos hasta ahora no nos han dado choques eléctricos en los huevos ni nada de eso…

-No mames, güey, ¿hacen eso?

-¿De dónde dices que eres?

-No mames.

-Tranquilo, no creo que la situación amerite tanto. Tú relájate, yo me preocuparé.

Estuvimos ahí por más horas de las que pude contar. La celda no tenía ventana, pero supe que amanecía cuando escuché cantar a los pájaros. Estaba cansado, hambriento y asustado. Entonces oí pasos que se acercaban por el pasillo y desperté a Bilcho. Nos asomamos lo más que pudimos por los barrotes de la celda y a través de ellos vimos a una señora escoltada por dos policías caminando hacia la celda contigua.

-Ya estufas. Te vas -dijo uno de los policías mientras abría la celda.

-¡Mamá! -escuchamos decir al chavo.

-Nada de mamá. Vas a estar castigadísimo. Vámonos.

-¡Señora, señora! -gritó Bilcho- ¿Me podría prestar su celular?

-Ignórelo, señora -dijo uno de los policías.

-¡No, señora, por favor! –supliqué a gritos-. Nos han tenido incomunicados y no nos han dejado hacer nuestra llamada.

La mirada suspicaz de la mujer pasó de nosotros al policía.

-¿Qué hicieron esos muchachos?

-Robaron unas casas.

-¡No es cierto, señora! -exclamé desesperado-. Nos quieren achacar algo que no hicimos.

La señora pareció dudar unos instantes, pero luego dijo con firmeza: -Les voy a prestar el teléfono -los policías no pudieron hacer más que refunfuñar.

La mujer sacó su celular de la bolsa y se lo entregó a Bilcho, quien en seguida se apresuró a marcar un número.

-Contesta, contesta, contesta… ¡Wiki…! Oye, macho, tenemos una situación… Estamos en los separos de la policía… ¡Sí, macho…! ¡Te lo juro…! ¡Sí…! No sé, nos quieren achacar lo que hacía Julio… ¡Robaba casas…! No, coño… Bueno… Bueno… Está bien… Sale… Bueno… -Bilcho colgó y le devolvió el teléfono a su dueña –Muchísimas gracias, buena señora, se va ir usted al cielo con todo y sus lindos zapatos.

El adolescente y su madre se fueron de ahí escoltados por los dos policías.

-Bueno, que Wiki viene para acá. No te preocupes, su abuelo es abogado y tiene influencias. Te apuesto a que en dos patadas nos saca.

Como cuarenta y cinco minutos más tarde se presentó ante nuestra celda un venerable caballero, de vigorosos sesenta años, alto, de espalda prominente, de manos grandes y quijada cuadrada, con su majestuoso cabello gris muy bien peinado. Venía acompañado de un policía.

-¿Qué pasó, muchachos?

-Ay, Monesvol -suspiró Bilcho-. Gracias por venir, don Manuel.

-Muchísimas gracias, señor -secundé.

El policía abrió la celda y salimos.

-Vamos, muchachos -dijo don Manuel-. El capitán quiere hablar con ustedes.

Dejamos el ala de las celdas al mismo tiempo que un viejito con ropas de campesino era arrojado a una de ellas. El anciano dijo algunas palabras en maya y el policía que lo encerraba le gritó que se callara la boca. Me detuve un momento, con el temeroso impulso de averiguar qué pasaba, pero los policías me empujaron hacia afuera. Salimos y ya nunca supe qué pasó con él. Llegamos a una oficina amplia y llena de carteles propagandísticos de la Policía Estatal, en la que el aire acondicionado rugía con heladez. Detrás de un imponente escritorio estaba un policía flaco y panzón, con un grueso bigote sobre el labio.

-Bueno, muchachos. A ustedes los encontraron en una casa en la que nuestra investigación arrojó que vive el líder de una pandilla que se dedica al hurto. ¿Qué pasó?

-Pues mire, señor… -comenzó a decir Bilcho.

-Capitán.

-Disculpe, capitán… En esa casa vivimos nosotros dos y un muchacho de Inglaterra…

-¿Dónde está ese muchacho?

-No sé, siempre anda de aquí para allá. Pero el caso es que, hasta ayer, vivía con nosotros otro muchacho. No sabemos lo que hacía, porque casi nunca estaba en la casa. Pero antenoche llegó todo apurado y sacó de su cuarto un montón de cosas, como televisores y grabadoras y todo eso. Eso es todo lo que sabemos.

-¿Saben a dónde iba este muchacho?

-Ni idea.

-¿Saben cómo se llama?

-Julio -dije de forma automática.

-¿Julio qué? -preguntó el capitán.

Yo no sabía el apellido y Bilcho dudó unos momentos antes de atreverse a decirlo:

-Julio Zahaydem Marrufo.

Al capitán se le escapó una expresión de asombro y temor.

-Bueno, eso es todo. Pueden irse a sus casas.

Salimos del edificio acompañados por don Manuel; en el estacionamiento nos esperaba Wiki sobre el asiento del conductor de un lujoso auto deportivo. Subimos y emprendimos el camino de regreso a casa.

-Ay, muchachos -dijo don Manuel-, deben aprender a elegir sus amistades. No puede ser que tengan a un compañero que sea un ladrón y que no se den cuenta. ¿Ya ven lo que les pasa? Ya los iban a mandar al Cereso.

-¿Así? ¿Sin juicio y sin nada? -pregunté espantado.

-Pues sí. Eso pasa a cada rato -dijo don Manuel-. Hay un delito, agarran al que sea, lo meten al Cereso y anuncian que ya se cerró el caso. Está muy mal, pero así son las cosas.

-¿Le costó mucho trabajo sacarnos, don Manuel?- preguntó Bilcho.

-No, sólo tuve que llegar y hablar con el capitán. Lo conozco desde hace muchos años. Pero les tengo malas noticias.

-¿Qué pasó?

-Bueno, que en su casa encontraron un estéreo y una computadora. Los policías decidieron que también eran robados y se los llevaron como evidencia. También encontraron muchos discos y dijeron que era piratería…

-¡No…! -dijo Bilcho casi desfalleciendo.

-Logré convencerlos de que eran del otro muchacho, pero se los tuvieron que llevar. Por cierto -agregó don Manuel dirigiéndonos una mirada severa-, también encontraron un paquete de marihuana, que supongo que igual era del tal Julio…

-No…- repitió Bilcho en un susurro, sin hacer caso a lo de la mota. –Y ahora, ¿en qué voy a hacer mi música?

-No te preocupes, camarada -le dijo Wiki-. Puedes ir a mi casa a usar mi compu cuando quieras.

-Gracias, macho…- Bilcho estaba inconsolable.

Apenas Wiki y su abuelo nos dejaron en la casa, corrimos al interior para cerciorarnos de que en realidad se habían llevado nuestras cosas. Así fue. El estéreo del cuarto de Bilcho ya no estaba y en la bodeguita de atrás sobresalía el gran espacio vacío dejado por los discos y la computadora.

-Lo siento mucho, bro -le dije dándole palmaditas en la espalda.

-Tantas horas de bajar mp3 y quemar discos… Pero bueno, nos pudo haber ido peor… mucho peor. De ahora en adelante hay que hacer exámenes psicométricos a todo el que quiera venir a vivir con nosotros. Y hay que echarle un ojo al cabrón de Nathan, no vaya ser que esté traficando blancas o algo así.

            Seguimos la inspección. También se habían robado el dinero que yo guardaba en mi mochila y el que Bilcho tenía ahorrado. Estábamos quebrados y sin música.

            -¡A la chingada!- dijo Bilcho –Vamos a tener unas semanas de recesión. Pero bueno.

            -¿Y qué haremos?

            -No te preocupes, nos recuperaremos. Ahora yo voy a descansar, que me duele la espalda como si me hubiera corrido encima una manada de cabras locas.

            Nos fuimos a dormir cada quien a su cuarto. En las últimas dos semanas había sido privado de mi libertad en dos ocasiones, una vez por el crimen y otra por la ley, ambas sin saber qué sería de mí. Era una forma de miedo completamente nueva, pero a pesar de todo sentí que ahora estaba seguro en mi casa. Como ese día no había Circo, pude darme el lujo de dormir hasta media tarde. Cuando desperté ya había anochecido. Salí de mi cuarto y me encontré a Bilcho en la mesa de la cocina, leyendo un libro y chupando una naranja.

            -Hey -saludé.

            -Qué patín.

            -Supongo que no haremos nada hoy…

            -Ni hoy, ni en un buen rato, mi chavo.

            -Chale. Sólo nos queda aplatanarnos aquí como ostras.

            -Aplatánate tú. Yo tengo mis libros. La tira no roba libros, como es bien sabido, a menos que el Ministerio de la Verdad les ordene quemarlos para acabar con la disidencia.

            -Ah, sí. Tú lees.

            -¿Tú no?

            -No. Me da mucha hueva. Bueno, una vez intenté leer los de Harry Potter, pero me di cuenta de que no tenía caso porque para eso están las películas…

            -Chaz -musitó Bilcho levantándose de la mesa. Entró en su cuarto y salió de nuevo en unos segundos con un librito azul en la mano; me lo entregó-. Es tu decisión, te puedes aburrir o puedes leer un buen libro. Tú sabrás.

            Miré el título del libro, era Recuento de poemas de Jaime Sabines.

            -Oras -dije sin entusiasmo.

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30. Diarios de bicicleta

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            Mi casa, es decir, la casa de mi padre, estaba ubicada en una colonia que alguna vez, hacía más de una década, fue una de las más lujosas de la ciudad. A lo largo de la avenida Campirana estaban algunas de las casas más grandes y ostentosas de su tiempo y, justo al centro de la misma se levantaba la ufológica capilla de Saint John, catedral de la socialité citapianense, en la que aparatosos desfiles de modas durante las liturgias eran anunciados con letreros de neón. Rematando la avenida, en lo que alguna vez fue el punto final de la ciudad, reinaba el Club Campirano, hábitat e invernadero de la gente bonita. Claro, el tiempo pasó, llegó más gente y más rica a vivir a Ciudad Plana y se construyeron casas aún más grandes y colonias más exclusivas, con sus clubes, parroquias y centros comerciales, y hasta se fundó un nuevo Country Club, que por tener nombre en inglés, era de mayor categoría que su equivalente en la naca lengua española. Pero la avenida Campirana nunca perdió del todo cierto estatus.

            Cuando era niño, solía pasar la mayor parte de las horas viendo televisión. Luego conocí a Jorge, a quien le gustaba pasar la tarde dando vueltas por la colonia en su bicicleta y me uní a él en sus correrías vespertinas. Sergio se burló de nosotros; eso era de nacos, dijo. Nos valió madres y así anduvimos hasta que Jorge creció y llegó a la conclusión de que Sergio tenía razón y de que eso de las bicicletas era para losers.

            Fue en esas excursiones en bicicleta que descubrí la dimensión paralela detrás de la avenida Campirana. Unas calles adentro había otro mundo. Casitas pequeñas con albarrada, calles sin pavimentar y terrenos baldíos eran el escenario por donde corrían gallinas, niños desnudos y perros malixes. Aún cuando yo era chico no podía dejar de preguntarme cómo era posible que existiesen dos realidades tan contrastantes y tan cercanas. Pero dejé de visitar esas callejuelas cuando Jorge y yo abandonamos la bicicleta y la cambiamos por el automóvil.

            El Countri estaba a sólo unas cuadras de la casa, pero en cuanto tuve edad para manejar siempre me trasladé en carro. Antes, mis padres o mis hermanos eran los encargados de llevarme y recuerdo haber tenido, cuando estudiaba la primaria, un chofer, pero a éste lo despidieron cuando pegó la crisis y hubo que hacer recortes. Jamás me atreví a llegar a la escuela caminando, pues me habría hecho objeto de las burlas de mis compañeros, como aquel muchachito de lentes al que siempre le gritaban ¡albañil! porque llegaba en bici a la secundaria. Los demás muchachos siempre vandaleaban su bicicleta, le ponchaban las llantas, le raspaban la pintura, le pintaba zorros o le rompían los reflectores. Pero el chavito siempre iba y venía en su bicicleta, tranquilo, serio, sin inmutarse ante las burlas y los abusos de los demás.

            Muchos años después, poco antes de escaparme, les sugerí a Liliana, Rafael y Jorge que hiciéramos una excursión en bicicleta hasta el Puerto. Será una aventura, les dije. Me miraron con el ceño fruncido y la boca torcida, me dijeron que qué hueva y me mandaron a volar.

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29. El vuelo de las cucarachas

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            El concierto se prologó toda la noche y finalizó hasta después de las ocho de la mañana. Dietritch mezcló con diversos músicos invitados, incluidos un saxofonista, una arpista, una banda de gaitas y un grupo de percusiones prehispánicas. También mezcló como solista algunas piezas, de entre las que resaltó una llamada Weltraumoper, que duró más de veinte minutos y me transportó a los más lejanos confines del espacio exterior, donde visité galaxias en colisión, nebulosas expandiéndose y agujeros de gusano. Poco antes del amanecer, hubo fuegos artificiales que a mis ojos ácidos parecían las mismas estrellas que descendían a la tierra.

A la luz del alba me di cuenta de que estábamos muy cerca de la playa. Con los efectos del LSD abandonando mi cuerpo, caminé hacia el mar y me senté a contemplar los reflejos del sol en las olas. Escuchando el susurro del Caribe frente a mí, fui consciente de que poco a poco entraba en una nueva etapa de mi viaje psicodélico. Aún tenía los sentidos aumentados y la imaginación hiperactiva; bajo la luz del sol, además, las cosas tenían un brillo especial, como si todo estuviera rociado con polvo de hadas. El cielo resplandecía azul eléctrico y estaba tan abajo que de un salto podría haber tocado su espesa tinta metálica. Pero el furor y el deseo de movimiento se iban, dando paso a una necesidad de introspección. No tenía más ganas de correr, saltar o bailar, y mis pensamientos no se extraviaban a la deriva. Por el contrario, me sentí inexplicablemente sobrio y lúcido, capaz de seguir con perfecta lógica una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Desde ese lugar privilegiado, observé mi vida, mis acciones, mis sentimientos y mis ideas. Como si de pronto hubiera despertado de una mala borrachera, pude darme de cosas que había hecho, dicho o entendido mal. Algunas de ellas me dieron risa, como si fueran tonterías infantiles y cándidas. Otras me avergonzaban hasta casi entrar en pánico.

            -¿Cómo te sientes? -me preguntó Bilcho, sacándome de mis meditaciones.

            -Puedo… pensar con una claridad que nunca había tenido.

-Ah, sí. Eso sucede cuando se te empieza a pasar el efecto o cuando tomas poco ácido. Es por eso que alguna vez quisieron usarlo para tratamiento psiquiátrico, pero la sociedad mocha le tenía demasiado miedo a la parte divertida del LSD como para permitir que se usara también la parte útil… -de pronto bostezó- ¿No estás cansado?

–Puedo percibir el cansancio, pero no estoy cansado. Es como si pudiera ver al cansancio acechándome detrás de un campo de fuerza transparente. Cuando el campo de fuerza caiga, el cansancio se apoderará de mí.

            -Ja, ja, ja. Qué chido. Bueno, vamos de regreso al lugar de Wiki.

            Durante el camino de regreso al departamento contemplé los árboles y las casas y me deleité con la brisa del mar y con el canto de los pájaros.

-¡Todo se ve tan bonito!

Al llegar al depa tomé otro baño de agua caliente. Podía sentir cada una de las suaves gotas rodando por mi piel. Después del baño, el campo de fuerza cayó por fin y el cansancio me atrapó. Dormí por más de doce horas.

Ya estaba oscuro cuando me despertó una discusión acalorada que sostenían Bilcho y Wiki:

-Pues, a mi gusto, la mejor película, por no decir la única buena, de toda la saga, es el Episodio V.

-¡No mames, Wiki, qué opinión tan original!

-Mira, si tú lees a Todorov…

-¡Coño, Wiki, me cago en Todorov!

-¿Qué hay? -dije en medio de dos bostezos.

-Baia, baia, baia, hasta que te despiertas -dijo Bilcho-. Ya nos vamos de regreso.

Todos los demás ya estaban listos para volver a la Ciudad de las Palmeras. Como había perdido mi playera en el rave, Wiki me prestó una que, por supuesto, me quedó gigante. Era negra, como de costumbre, y tenía una leyenda que rezaba LOS ZOMBIS NO CORREN. Subimos al Alerón Chiflado y emprendimos el camino de regreso, durante el cual me la pasé mirando por la ventana y aprovechando el impulso cognitivo del ácido para pensar.

-He sido un cretino -dije de pronto.

-¿Qué? –preguntó Cristal.

-Que he sido un cretino.

-¿Por qué lo dices? –inquirió Bilcho.

-He estado pensando en lo que he hecho a lo largo de toda mi vida. En cómo he entendido las cosas… Y creo que empiezo a ver algunos asuntos… La forma en la que me he comportado, como he tratado a los demás, los pensamientos que estaban detrás de mis acciones… He sido un enorme cretino. Es más, he sido un monstruo.

-Tranquilo, mi chavo –dijo Bilcho-. Las exageraciones son peores que Hitler.

-No, no, no. He estado haciéndolo todo mal. Tengo muchas cosas que cambiar. Creo que es momento de empezar a ser menos cretino. Ése será mi propósito.

Lo dije con honestidad. No pretendí convertirme en santo, ni cambiar el mundo, ni alcanzar la fama. Esa noche, viajando de regreso a la Ciudad de las Palmeras, mi nuevo objetivo en la vida estaba claro y parecía sencillo: ser menos cretino. No sé si mis compañeros de viaje me entendieron en lo absoluto.

            Cuando por fin llegamos de vuelta, lo primero que hizo Wiki fue llevarnos a Bilcho y a mí a la casa. Cristal regresaba al día siguiente a Ciudad Plana, así que me despedí de ella con mucho afecto, prometiéndome que cuando la volviera a ver yo sería otro, alguien más digno de su chingonería.

            Entramos, yo de inmediato me tiré en el colchón y Bilcho se recostó en la hamaca.

            -¿Y? -dijo él- ¿Qué tal?

            -Increíble –dije-. No pensé que fuera capaz de sentirme así, de pensar en todo lo que pensé. Ha sido el mejor viaje de mi vida; todo me parecía maravilloso. Ahora entiendo porqué los hippies querían cambiar al mundo al darle ácidos a todos.

            -Sí, bueno, pero no te olvides de que Charles Manson y su gente cometieron sus crímenes en LSD. Todo tiene su lado oscuro.

            -Sácate. Ya me la arruinaste.

            -Para eso estoy aquí.

            -Oye, Bilcho.

            -Eu.

            -Gracias.

            -¿Por qué?

            -Por convencerme de ir al rave, por llevarme con Papá O’Reilly, por el LSD…

            -De nada. ¿Y cómo te sientes?

            -Muy bien. En verdad. Siento que esto es el inicio de algo muy bueno.

            -Eso esperemos.

            -He decidido quedarme.

            -Chido, bro. ¿Por el año que tenías planeado?

            -No sé. Hasta que sienta que ya hice lo que tenía que hacer. Puede ser un año, puede ser más. Y otra cosa, mañana empiezo a buscarme una casa, para no andar aquí de arrimado.

            -Órale, me parece muy bien. Pero puedes quedarte por acá hasta que encuentres dónde vivir.

            -Gracias de nuevo.

            -Denax. Ahora mejor nos dormimos. Acuérdate que mañana tenemos que trabajar en el Circo.

            -En la madre, se me había olvidado. Bueno, pues. Buenas noches.

            -Buenas noches, mi chavo.

            El día siguiente fue tranquilo; después del Circo, Bilcho se fue al restaurante y yo me encontré con Edmundo y Marta, que de casualidad andaban por el parque cercano. Estuvimos platicando sabroso por un buen rato. Apenas Bilcho salió de trabajar, nos retiramos pues el viaje de ácido aún nos tenía cansados. De hecho, yo me sentí agotado la semana entera, de modo que no salimos a fiestear en todos esos días.

Dediqué las tardes a buscar un lugar donde vivir; la idea era estar no muy lejos de casa de Bilcho, o de la Zona Hotelera, para no tener problemas de transporte. Vi anuncios de algunas casitas y departamentos baratísimos, pero Bilcho me advirtió que los barrios en los que estaban eran muy peligrosos.

Tardé más de una semana, pero por fin encontré una habitación que rentaba una viejecita carcomida, en una callejuela triste, oscura y llena de baches. Era en una casucha minúscula y cuadrada, con sólo dos habitaciones, un baño, una salita y una cocina. El lugar estaba muy sucio y la señora apestaba a podrido. En la cocina no había más muebles que una mesa con dos sillas y en la que sería mi habitación sólo había un catre y un buró. El cuarto de la vieja nunca lo vi, pero supe que tenía un televisor ahí porque la primera noche que pasé en la casa pude escuchar todas las telenovelas.

-No vas a tener visitas y no quiero que fumes o bebas aquí. A las ocho de la noche te quiero en la casa. Los sábados puedes llegar a las diez. Después de esas horas cierro con seguro y nadie entra ni sale. Yo duermo con la puerta cerrada, pero tengo el sueño ligero. No quiero oírte merodear por la casa después de la hora de dormir. Si oigo que te acercas a mi cuarto, te juro que me pongo a gritar hasta que lleguen los vecinos. No confío en los jovencitos.

Sí señora, sí señora, sí señora.

No intercambiamos más palabras ese día, excepto por un seco buenas noches antes de irnos a acostar. El asunto de las horas de llegada y la actitud (y el olor) de la anciana no me agradaban en lo absoluto y pensé que lo mejor sería largarme de ahí en cuanto encontrara un mejor lugar. Cavilaba sobre esto, echado en mi catre con la vista fija en el cielo raso, cuando vi pasar un par de cucarachas enormes. Mi asco por estos insectos rayaba en la fobia y tuve problemas para quedarme dormido; luego soñé que me devoraban bichos gigantes.

Al otro día, cuando me encontré con Bilcho en el Circo, me hizo notar el aspecto de mala noche que traía en la jeta. Le describí las condiciones de mi nuevo hogar y él se mofó de mi blatafobia.

-Hombre, que te pongas así por unas cúcaras mácaras. Pero pues ya sabes, mi chavo. Si quieres hospedarte un rato más en mi cantón, no hay tos. A mí me costó un huevo y la mitad del otro encontrar ese lugar tan a toda madre.

-Gracias, pero creo que lo mejor es que busque la forma de sobrevivir por mi cuenta. Creo que es importante para mí.

-Enhorabuena.

Esa noche, a la hora de dormir, vi cuatro cucarachas pasearse por mi habitación. En la mañana le hablé a la señora del problema de plaga que tenía en su casa.

-¿Qué cucarachas? ¡Aquí no hay cucarachas, chiquito! Si hay, es que seguro te las trajistes en tu bulto lleno de drogas o en tu pelo todo xexek. ¡Cucarachas!

Pero cada noche vi por lo menos dos cucarachas más en mi cuarto. No veía la hora de salirme de esa pocilga.

-¿Sabes? Las cucarachas son seres fascinantes -me dijo Wiki en una ocasión que estábamos de visita en su casa-. Pueden vivir sin cabeza por semanas antes de morir por inanición, son capaces de soportar altas dosis de radiactividad y pueden sobrevivir durante más de un mes sin agua. La Periplaneta americana es especialmente interesante, uno de los insectos más rápidos que existe y es capaz de vivir comiendo papel o jabón y, a diferencia de sus hermanas de otras latitudes, no deja un rastro de olor perceptible cuando camina sobre la comida y la contamina, así que uno nunca sabe…

-Cállate, Wiki. Por el amor de Dios, cállate, coño.

Cuando volví a la casa en la séptima noche, vi que la viejita no había llegado todavía, lo cual me extrañó sobremanera. Me fui a acostar y tardé bastante en quedarme dormido por temor a los bichos, pero como no vi ninguno, al final pude conciliar el sueño.

Soñé que estaba de vuelta en Ciudad Plana, corriendo por los pasillos del Countri porque se me hacía tarde para llegar a clases. Me detuvo don Julián, un maestro bastante culero y mamón que cagoteaba a todo el mundo y que siempre nos humillaba con sus comentarios sarcásticos. Estaba tratando de explicarle la razón por la que había llegado tarde, pero él no me escuchaba. Del bolsillo de su camisa sacó una gran pinza de pan y con ella me apretó la nariz. No sentí dolor, sino más bien comezón y un cosquilleo molesto. Forcejeé con Julián para me soltara y hasta le di un golpe en la cara que lo lanzó por los aires y le hizo caer en un charco de sangre. Pero la pinza se quedó prendada en mi nariz, haciéndome cosquillas, y no podía arrancarla por más que tiraba de ella.

Entonces desperté y vi la enorme cucaracha que caminaba por mi rostro. Me incorporé y pegué un alarido de scream queen de película ochentera. La cucaracha cayó cuan pesada era sobre la sábana, junto a una docena de cucarachas que reptaban sobre mí. Grité de nuevo y me levanté de un salto. Las paredes, el piso y el techo estaban cubiertos de insectos. Corrí hasta la puerta, la abrí y salí del cuarto. A toda prisa entré al baño porque tenía la necesidad imperante de lavarme la cara. Pero de la sifa del lavabo salían cucarachas, una detrás de otra, al igual que de la coladera de la ducha.

Huí del baño y entonces me di cuenta de que toda la casa había sido tomada por las cucarachas. Las paredes, los pocos muebles, el piso, las ventanas, los focos del techo, todo estaba cubierto de animalejos rastreros. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando empezaron a volar. Cientos de bichos salieron disparados desde todos los rincones hacia todas las direcciones. Muchas de ellas chocaban conmigo y yo no podía soportar el asco y el horror. Pegando de gritos y defendiéndome a manotazos, atravesé la nube de cucarachas hasta llegar a la puerta, pero no me atreví a abrirla porque una colmena de insectos cubría la manija. De pronto se abrió la puerta y todo el enjambre de cucarachas salió volando y zumbando. Una mujer grande y gorda entró a la casa, seguida de un hombrecillo pequeño y delgado con los ojos enrojecidos.

-¿Y quién eres tú? -preguntó la mujer.

-Soy… eh… el inquilino de doña Dolores -dije.

-Ah. Pos agarra tus cosas y vete -dijo la gorda.

-¿Cómo?

-Ya me oístes. Doña Dolores era mi suegra. Se murió hoy en la tarde y ahora esta casa es nuestra. Así que jálele, afuera.

-¿Qué hora es? -pregunté estupefacto y notando que aún estaba oscuro.

-Como las cuatro de la mañana, joven -respondió el señor.

-No le hables -intervino la mujer-. Ándale, pa’fuera.

Metí todas mis cosas a mi mochila y me fui de aquel lugar. El barrio era feo y en la oscuridad de la madrugada se veía amenazador. Mientras caminaba por la fracturada escarpa, temía que algún narco-asaltante-violador-asesino serial me saliera al encuentro desde los espesos matorrales de los innumerables terrenos baldíos por los que pasaba de camino hacia algún lugar civilizado. No quería arriesgarme a atravesar las varias zonas inseguras que me separaban de casa de Bilcho, por lo que resolví refugiarme en el primer Oxxo que encontrara, por lo menos hasta que amaneciera.

En mi caminata crucé frente a una fiesta de ñores, la mitad de ellos inconscientes mientras los demás que escuchaban música grupera y huixaban en la calle; pasé junto a un expendio clandestino en el que unos chavos banda se encontraban comprando alcohol y drogas; por último, caminé cerca de una casita pintoresca pintada de color pastel y con tejas en las cornisas, en la que un grupo de señoras cuarentonas ofrecían servicios sexuales a los transeúntes, los cuales, a pesar de la hora, o quizá por lo mismo, eran bastante numerosos.

Cuando alcancé una calle desierta, sintiéndome ya más tranquilo, me percaté de que un automóvil blanco, grande y cuadrado, como ésos que solían usarse en los 70, me venía siguiendo. Apresuré el paso, pero el vehículo no tardó en alcanzarme. La ventanilla del copiloto descendió y un orangután mostró la cabeza con una sonrisa pervertida. Del otro lado se bajó un individuo alto, delgado y moreno, que vestía un traje blanco de poliéster y un sombrero de ala ancha adornado con plumas de pavorreal.

-Hola, muchacho, ¿quieres ir a una fiesta?

-No, gracias -contesté casi sin volverme a verlo y seguí mi camino.

-Vamos, chavo. Es una fiesta como en la nunca has estado…

-No, gracias -repetí ya de lejos, y entonces lo escuché decir:

-¡Chispíta, atrápalo!

Me volteé y vi cómo el orangután se bajaba del auto y empezaba a correr a toda velocidad hacia mí. Huí cuan rápido lo permitieron mis piernas, pero al cabo de unos metros el simio me alcanzó y me derribó. Después el tipo del traje blanco me sujetó con fuerza de los brazos, me arrojó al asiento trasero del vehículo y me encerró con un portazo.

-Ahora vas a saber lo que es bueno -dijo el fulano con una sonrisa y puso en marcha el vehículo hacia quién sabe dónde.

Nunca había estado tan asustado como hasta entonces. Tardé mucho en reaccionar y en decidirme a patear con todas mis fuerzas la ventanilla y a gritar:

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Chispita, cállalo.

El orangután saltó hacia el asiento y sin esfuerzo me sujetó y me tapó la boca con una de sus manazas. Al principio quise forcejear, pero el simio me intimidó al mostrarme las fauces en un gesto amenazador. Me quedé quieto, esperando a ver qué sucedería.

Tras unos minutos de dar vueltas por calles desconocidas llegamos hasta una casa de tres pisos, de fachada cuadrada, sin porche ni patio al frente y con dos balcones rectangulares que miraban hacia la calle. El hombre bajó del auto y abrió la puerta trasera. Me sujetó del cabello y me obligó a bajar. Entramos en la casa acompañados por el simio.

Un grupo de muchachos y muchachas semidesnudos estaban tirados por aquí y por allá en una habitación grande y sin más muebles que algunos puffs. Siempre sujetándome del cabello, el hombre me condujo por unas escaleras hacia la planta alta. En ésta había algunos jóvenes más, la mayoría sin ropa, echados unos en sofás y otros en una cama king size al centro de la habitación. Un par de cámaras de video estaban colocadas en sendas esquinas del cuarto. En la pared del fondo estaban las puertas que conducían a los balcones.

-¿Te gustaría ser actor porno? -preguntó del pronto el hombre blanco.

-¿Ah? -gemí.

-¿Qué? ¿A poco no te gusta coger?

“Desde luego”, pensé. Y ciertamente en ese momento habría cumplido la vieja fantasía de tener sexo con varias mujeres, ser grabado para convertirme en estrella y, además, recibir paga por ello. Pero también era cierto que ese lugar distaba mucho de ser el escenario de mis figuraciones. El hecho de saberme prisionero era un impedimento para sentir cualquier excitación, aún si el lugar no hubiese estado tan sucio y las chicas que allí estaban no hubiesen sido pura pinche erinia.

Tres de ellas, evidentemente drogadas con no sé qué, se me acercaron tambaleándose y empezaron a acariciarme; una incluso me agarró la entrepierna. Sentí asco. Dos de ellas eran de esas flacuchas panzonas y la otra una regordeta huanga y chorreada. Las tres apestaban y tenían los dientes chuecos.

-Está muy guapito -dijo una con voz temblorosa.

-Sí, muy finito -dijo un joven fornido que se me acercó por detrás y me metió un coyazo -¿De dónde lo sacaste, Yoni?

-Eso qué importa -respondió el de blanco-. Cuajo, tráete una pipa y una piedra, para ablandar a este señorito.

-¿Qué trais acá? -dijo otro muchacho arrebatándome mi mochila.

-Nada. Mis cosas.

El tipo abrió la mochila pero de pronto la dejó con un grito. Una cucarachita había salido tranquilamente de la bolsa y ahora se arrastraba por la habitación.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja -se carcajeó el Yoni-. Si serás puto, Pibe.

Pero entonces, a la cucaracha le siguió otra.

-¡Pinche cerdo! -gritó Pibe-. ¡Tienes esta madre llena cucarachas!

Entonces, de súbito, una nube gigantesca de Periplanetae americanae surgió de la bolsa volando y zumbando. Las muchachas gritaron y corrieron por el cuarto dando aspavientos mientras los hombres se cubrían los ojos y la boca. Los insectos eran tantos que el lugar parecía inundado por una neblina café. Aproveché la confusión para agarrar mi mochila y escapar. Intenté regresar por las escaleras pero el orangután estaba allí, muy contento, comiendo las cucarachas que podía atrapar con la mano. Me volví y salí a uno de los balcones. No muy abajo estaba el automóvil blanco. Me decidí y salté. Caí sobre el techo dándome un buen vergazo. Apenas el dolor fue lo suficientemente tolerable, me puse de pie y fui corriendo por la calle.

No tenía ni idea de dónde estaba, pero mi objetivo era claro: alejarme lo más posible de esa casa. Cuando ya había amanecido llegué hasta una avenida amplia y suspiré aliviado. Tras unos minutos más de caminata arribé a un Oxxo y allí me senté a descansar y a tomar un café. Al cabo de un rato pregunté al dependiente cómo llegar a la colonia en la que vivía Bilcho y hacia allá me encaminé.

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28. Todo sería más fácil con zombis

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-¿Tú crees que se acabe el mundo en el 2012? -me preguntó Rafael.

-Pues, ¿quién sabe? Igual y sí. Lo más probable es que no -le dije, con la vista clavada en la maleza del patio trasero y jugueteando con la lata vacía de cerveza.

-¿Qué crees que pase?

-¿Aquí? Nada. Nunca pasa nada.

-¿No te da miedo el Apocalipsis?

-No. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

-Pues estaría jodido que después de tanto estudio y tanta joda nada más se acabara el mundo así: pum.

-Nah –dije-. Sería más fácil. Ya no tendríamos que preocuparnos por nada.

Rafael se rió –Es que eres un pinche huevón. Oye, ¿y no te da miedo eso de las profecías de la Virgen de Fátima y todo eso?

-¿Por qué? Ya pasó el seis del seis del 2006 y no pasó ni madres. Pinche gente loca. Pero sabes qué, no sería tan malo que se acabara el mundo.

-¿Por qué lo dices?

Saqué otra lata de cerveza de la nevera entre nuestras sillas.

-Piénsalo. Imagínate que empiezan a pasar esas cosas del fin del mundo. Digamos…una plaga de zombis. Sería más fácil vivir en medio de una plaga de zombis que en el mundo real. No habría que preocuparse por la escuela ni por el destino de trabajo-casa-familia-vejez-muerte. En unos días se acabaría esta civilización tan complicada y lo único por lo que te tendrías que preocupar es por escapar de los zombis. Nada de pensar en calificaciones, ni en levantarse temprano, ni en ahorrar para comprarle un regalo a la novia. La comida te la consigues saqueando almacenes abandonados. Y cuando se acabe, puedes volver a la clásica caza-recolección. Y si no, te mueres. De preferencia suicidándote, porque está de la chingada que te coman los zombis. Pero la poca vida que te quedaría por vivir sería mucho más sencilla. Sólo sobrevivir y buscar comida.

-Chale. ¿Cómo se te ocurren estas marihuanadas? De repente te sale tu lado emo y me sacas de onda. La neta yo no sé de qué te quejas tanto ni de dónde vienen tus pensamientos macabros.

-Es que a veces pienso en la vida que me queda por vivir…

-¿Y luego?

-Que me da mucha hueva.

Rafael se carcajeó -¡Es que eres un pinche huevón! Pero eso me da coraje, porque eres bien pinche inteligente. No más no te da la gana de echarle ganas.

-¿Echarle ganas a qué, Rafa?

-Pos a la vida, güey. Tienes que abrirte paso por la vida.

-La vida, la vida, la vida. Yo no sé de qué habla la gente con eso de la vida.

-Pos tener un buen trabajo, ganar bien, ser alguien en la vida. Tú tienes mucho potencial, pero no le echas ganas. Tienes que saber colocarte, darte a conocer. El éxito se consigue dando una imagen de éxito.

Sentí que Rafael no entendía muy bien lo que él mismo estaba diciendo.

-Por eso digo -comenté.

-¿Por eso dices qué cosa?

-Todo sería más fácil con zombis.

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27. Yo soy la morsa

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            Al salir de la sesión me encontré con Bilcho que me esperaba al pie de la escalera.

            -¿Cómo te fue? -me preguntó.

            -Me fue ok, supongo -respondí con una sonrisa perezosa-. Pero dime una cosa, ¿quién es ese tipo?

            -¿Papá O’Reilly? Es el dueño del restaurante.

            -¿Y por qué se las da de gurú?

            -No más. Un día empezó a escribir un blog contando su vida y andanzas, y lo que había aprendido de todas sus experiencias, y la gente le empezó a preguntar toda clase de cosas. Y los que saben que aquí vive vienen a verlo en busca de consejo gratuito. Es bueno para el choro, ¿no?

            -¿Y a poco crees que tenga algo de sabiduría especial?

            -La verdad yo ni sé. Igual y todo son debrayes suyos. De todas formas no se trata de guiar toda tu vida con lo que te diga el primer chamán que encuentres, pero siempre es bueno escuchar las perspectivas de otras personas, ¿no? Te va ayudando a construirte la tuya propia.

            -Sí… -cavilé un momento- Oye, ¿y cómo perdió las piernas?

            -En un torneo de break dance… Bueno, vamos a buscar a Wiki y a las chavas, y a ver si comemos en algún lado.

            Encontramos a nuestros compañeros de viaje curioseando en una tienda de chanclas y trajes de baño. Bilcho sugirió que fuéramos a buscar algo de comer.

            -Propongo mariscos -dijo.

            -No –se rehusó Wiki-. No me gustan los mariscos. No llegué al pináculo de la cadena alimenticia para andar comiendo invertebrados.

            -A mí tampoco me gustan. Soy vegetariana -dijo Cristal.

            -¡Pamplinas! -dijo Wiki-. Evolucionamos en la sabana, debemos comer mamíferos grandes.

            -Bueno, bueno –quise ser conciliador-. Vayamos a algún lugar en el que haya mariscos, carne y ensalada, ¿va?

            Nos acomodamos en un mercadito muy pintoresco en el que cada quien comió a su antojo. Después dejamos nuestras cosas en un departamento, propiedad de los abuelos de Wiki, y nos fuimos a pasear por la Quinta Avenida.

Tras un par de horas Wiki sugirió que regresáramos al depa a descansar, para que pudiéramos aguantar toda la noche en el rave. Mariela y yo estuvimos de acuerdo, pero Bilcho y Cristal dijeron que querían seguir vagabundeando. Al final decidí unirme a ellos mientras Wiki y Mariela se retiraban a descansar. Más tarde Bilcho me dijo con un guiño que había hecho bien en dejarlos solos.

            Pasamos la tarde rolando de bar en bar, probando los diferentes estilos que había en Playa, definidos por la música, las bebidas y la gente que iba allí a pasar el rato. Al caer la noche y con los pies adoloridos, me tumbé sobre una banca de piedra en la acera de la avenida.

            -Ya no puedo más -dije.

            -Ay, chico, te falta energía -me dijo Cristal riendo-. Vamos, espabílate, la vida es para los vivos -y junto a Bilcho se metió en una tienda de tatuajes y perforaciones, dejándome ahí tirado.

            Al poco rato se me acercó un muchachito como de trece años que agitaba un bote de monedas y hablaba con una tonadita muy peculiar.

            -Buenos días, joven y que Dios lo bendiga. Vengo de parte de Una Vida Nueva, una institución que ayuda a los que como yo fueron atrapados por el demonio de las drogas. Con su donativo de usted, esta institución podrá continuar con su noble misión y evitar que nuevas vidas se pierdan por culpa de las adicciones…

            Observé bien al chavito. Llevaba colgado alrededor del cuello un gafete de la institución mencionada y el bote de monedas también tenía pegados logotipos y leyendas de Una Nueva Vida AC. Le di, pues, algunas monedas.

            -Muchas gracias, caballero, y que Dios lo bendiga.

            Apenas el chavito se hubo ido escuché risas detrás de mí. Bilcho y Cristal me señalaban y se carcajeaban.

            -¿De qué chingados se ríen? -dije, ofendido.

            -Ay, mi chavo. Ese niño al que le diste limosna no es más que el Mondro, un estafador profesional. Obtiene dinero de los incautos, como tú comprenderás, para comprar drogas e ir a los raves.

            -¿De veras? -pregunté abochornado por mi ingenuidad

            -Sí, güey -dijo Cristal-. Su gafete y todo eso son falsos. Siempre está en los raves, y hasta la madre de drogado.

            -Ei -confirmó Bilcho-. Además, es todo un connoisseur de música electrónica. Pinche Mondro.

            -Puta madre- fruncí el ceño-. Pues no es gracioso. No estoy para andar tirando mi dinero.

            -Ya, mi chavo. No te lo tomes a mal. Piensa que ayudas a u pobre huérfano a divertirse como bacante todos los fines de semana.

Acabadas las risas volvimos al depa con el objetivo de prepararnos para el rave. Por primera vez en diez días me di el lujo de tomar un largo baño de agua caliente. Cuando salí de la ducha, encontré a mis compañeros de viaje alrededor de la mesa de la cocina, observando minuciosamente unos cuadritos de cartón puestos sobre un trozo de papel aluminio.

            -¿Qué pex? -pregunté.

            -Mi chavo -dijo Bilcho entusiasmado-, he aquí la estrella de esta noche. Los fui a buscar mientras estabas con Papá O’Reilly.

            -¿Qué es?

            -Picture yourself in a boat on a river…- canturreó Bilcho

            -¿De qué habla? -pregunté a los demás.

            -Son ajos -dijo Cristal con una sonrisa, y añadió ante mi expresión de extrañeza-. Ácidos. LSD.

            -Oh, vaya –no sabía cómo reaccionar a ello.

            -Así es, mi chavo. La costumbre dicta que para los raves hay que meterse tachas o anfetas, pero yo soy un anticuado y prefiero el estilo de antaño. ¡Vamos a divertirnos como los antiguos jipitecas!

            -¿Y todos le vamos a entrar? -pregunté.

            -Yo no -dijo Mariela-. A mí me da cosa.

            -Los demás sí -dijo Cristal-. Hay para todos.

            -Por cierto –me dijo Bilcho al oído –Me debes ciento cincuenta varos.

            -Ooookey –dije-, ¿y esa madre qué te hace? ¿Es como la mota?

            -Te explicaré -dijo Wiki y se aclaró la garganta-. La diletilamida de ácido lisérgico es una droga psicodélica semisintética muy poderosa que induce estados alterados de conciencia comparables a la experiencia mística. Se usa como herramienta para la meditación, la creación artística, la psiconáutica y la recreación. No causa dependencia física y hasta ahora no se ha determinado si puede haber una sobredosis. Sólo es peligrosa si el usuario padece algún trastorno psiquiátrico, como esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión crónica, etcétera.

            -Eso no me dice mucho.

            -Yo te lo explico mejor -dijo Cristal-. Ya ves cómo con la mota todo lo que oyes y todo lo que ves se pone más interesante y te clavas con las cosas, ¿no?

            -Ajá…

            -Pues es más o menos lo mismo pero como a la novena potencia. Y al mismo tiempo es diferente, te sientes alegre, todo se ve bonito, estás lleno de energía… En fin, es todo un trip. El ácido es algo único. Tendrás que probarlo para saber.

            -Verás, Diego -dijo Wiki-, la LSD (así se debe decir, en femenino, contrario a la costumbre) afecta el sistema nervioso central…

            -Eso no se oye bien.

            -Pero no le hace ningún daño y sus efectos no son duraderos. La LSD no deja huellas en el sistema nervioso, como se ha podido comprobar a través de electroencefalogramas y resonancias magnéticas, así que no te asustes.

-Claro, te puede pasar que te pongas a hacer cosas imprudentes y sufras un accidente, pero para eso estamos tus amigos, pa’ cuidarte -agregó Bilcho con una amplia sonrisa.

-¡Pero si todos van a estar viajados!

-No te preocupes. Yo ya tengo cayo, y Cristal también, ¿verdad?

-Sí. Estarás seguro con nosotros -me dijo ella con un guiño.

-Pero, ¿no voy a tener alucinaciones ni nada de eso? Me da miedo tener pesadillas. Mis sueños ya de por sí suelen ponerse bastante intensos…

-Nada de eso –me aseguró Bilcho-. En primera, no tienes alucinaciones reales. No vas a ver efelantes y guartas ni nada de eso. En segunda, nosotros nos aseguraremos de que estés en un ambiente chido para que te des un buen trip.

Guardé silencio unos minutos, observando los cuadritos de colores que estaban sobre la mesa. De pronto dije:

-¿Esto es la realidad?

-¡Venga! -exclamó Wiki-. Ya nos pusimos fenomenológicos.

-¿Pero de qué puñetas hablas, mi chavo? -dijo Bilcho extrañado.

-Bueno, no vayan a pensar que estoy loco, pero ya ven cómo la gente habla mucho del “mundo real” y “de vuelta a la realidad” y todas cosas. Cuando estaba en Ciudad Plana sentía que no vivía en el mundo real y tenía la idea de que escapándome lo encontraría. Entonces les pregunto, ¿éste es el mundo real?

-¡Claro que sí! -exclamó Cristal.

-Pues mira -dijo Bilcho-. Eso del “mundo real” es muy relativo. Cada quien llama “mundo real” a lo que cree que es importante. La mayoría de los adultos creen que “salir al mundo real” es introducirse en el mercado laboral, tener una familia, casa, auto, hipotecas, etcétera. Un periodista diría que el “mundo real” es en el que se desenvuelve, ese mundo de crímenes, de política, qué sé yo. Un misionero quizá te diría que el “mundo real” es el de los pobres niños de Somalia a los que él ayuda y que el resto de nosotros que vivimos cómodamente no conocemos la realidad. Un chavo banda de la calle te dirá que en el “mundo real” uno tiene que sobrevivir usando la violencia y que hay que aprovechar los pocos placeres de la vida, mientras que un gobernante poderoso pensará que es él quien está al tanto del “mundo real” porque mientras todos están con sus preocupaciones triviales y sus vida insignificantes, él dirige los destinos de todo un pueblo.

-Ya veo –dije.

-Entonces -continuó Bilcho-, ¿Qué es lo real?

-Loreal es una marca de champú –dijo Mariela con una risita infantil.

-¿Qué es lo real? –prosiguió Bilcho- ¿Es más real la vida del niño de la calle que la de la putizorra cabezahueca de Quiero mis quinces? ¿Quién entiende mejor la realidad? ¿Un físico cuántico que comprende el funcionamiento del universo o una madre soltera que trabaja todo el día para mantener a sus hijos? ¿Es más real la vida de excesos de los ricachones que la de las familias de clase media? ¿Es más real la existencia de Carlos Slim que la de María Sabina? ¿Es más real la experiencia de un soldado en Irak que la de un poeta? ¿Es más real…?

-Sí, sí, ya entendimos -dijo Cristal-. La realidad es relativa.

-Por el contrario -acotó Wiki-. La realidad existe per se. Creo que lo que nuestro camarada trata de decirnos es que cada quien tendrá su idea del “mundo real” y que todas son válidas desde sus puntos de vista. Lo único irreal serían los sueños, los juegos de rol, la realidad virtual, las alucinaciones y las supercherías…

-Ándale, Wiki -dijo Bilcho-. Por ahí va la cosa. Pero, dinos, Diego, ¿por qué de repente la clase de filosofía?

-Pues me parece que esto del LSD es como evadirse de la realidad, ¿no?

-¡La realidad! ¡La realidad! -exclamó Bilcho- ¿Qué ha hecho la realidad por ti?

-Pues… existo en ella, ¿no?

-¡Mamadas! Exististe en el vientre de tu madre y no por eso te quedaste a vivir ahí toda tu vida, ¿o sí?

-Supongo que no -dije encogiéndome de hombros.

-¡A la verga con la realidad! -gritó Bilcho.

-¡Sí al carajo con ella! -lo secundó Cristal.

-Bueno, va -dije decidido- ¿Cómo se toma?

-Primero, toma este cuadrito, con mucho cuidado –Cristal lo hizo, como si sostuviera una hostia consagrada y estuviera a punto de impartirme el sacramento de la eucaristía-. Abre bien la boca… la ponemos debajo de la lengua y ahora espera a que se disuelva poco a poco; no lo mastiques ni te lo vayas a tragar… El cuerpo de Cristo… Amén… Y ahora, manda a la chingada la realidad.

-Muy bien… Ejem… -carraspeé para hacer tiempo y pensar cómo expresaría mejor aquello que estaba sintiendo-. ¡Chinga tu madre, realidad! ¡Vete a la verga con tu ley de la gravedad! ¡Si yo quiero volar, vuelo!

-¡A huevo, mi chavo! -me animó Bilcho- ¡Así se hace! -tomó un cuadrito de ácido, se lo llevó a la boca y exclamó-. ¡Que se joda el principio de impenetrabilidad de la materia! ¡Yo puedo atravesar las paredes y fusionarme con las rocas!

-¡Wuju! -aulló Cristal tomándose su dosis- ¡Que chingue a su madre la selección natural, yo voy a evolucionar como yo quiera!

-¡Venga! -gritó Wiki y se tomó su ácido- Me cago en las leyes de la termodinámica. ¡Yo creo, destruyo y transformo energía cuando se me da la gana!

-Bueno, está bien. Le voy a entrar. -dijo Mariela entusiasmada por la euforia de todos los demás –Denme una de ésas. Bien… yo diré que… Ayúdame, Wiki.

-Di que se vaya a la mierda la teoría de la relatividad.

-Okey. ¡Nada de que energía es igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado! ¡Yo soy energía! ¡Yo soy velocidad de la luz al cuadrado! ¡Yipiiii!

Después de eso nos quedamos todos callados.

-No siento nada –dije, rompiendo el silencio incómodo.

-Espérate -dijo Bilcho-. Como en media hora o en una hora te empezará a hacer efecto. Así nos da tiempo de ir hasta donde va a ser el rave, que está un poco lejos.

-¿Nos vamos en el Alerón? -pregunté.

-De ninguna manera -respondió Wiki-. No voy a manejar en estado psicodélico. Caminaremos. El ejercicio nos hará bien.

-Sobres -dijo Cristal-. Pero antes de salir, hay que fumarnos un churro, para que nos conecte.

Partimos después del toque. Fue en el camino que empecé a sentirme raro; algunas sensaciones eran iguales a estar pacheco: los sentidos se agudizaron y mi pensamiento divagaba sin orden. Pasaba de una idea a otra y ya no podía recordar dónde había empezado. Pero si con la mota me sentía relajado y somnoliento, ahora comenzaba a sentirme animado, incluso eufórico. Noté que mi temperatura corporal ascendía, que mi corazón aceleraba y que me temblaban las manos. Ligeros escalofríos me recorrían el espinazo cada cierto tiempo.

-Creo que ya me está haciendo efecto -dije.

-¿Tan pronto? -preguntó Bilcho, extrañado.

-Sí-sí -la mandíbula me temblaba.

Si cerraba los ojos, veía en mis párpados líneas de colores, figuras geométricas, patrones ajedrezados y fractales. Al abrirlos estas imágenes permanecían por momentos frente a mí antes de desaparecer con un destello.

-¡Qué genial! -dije en voz alta.

-Creo que sí te está pegando -dijo Bilcho, contento por mí.

Las luces públicas titilaban como estrellitas y las casas y edificios se encogían y dilataban como si estuvieran respirando. El mundo se veía como en una película de tres dimensiones, con bordes verdes y rojos alrededor de cada objeto. Nada parecía realmente sólido, todo fluía como si se estuviera transformando continuamente en nuevas versiones de sí mismo. Miré las caras de mis compañeros, parecían diferentes, como si las hubieran vuelto a modelar.

-Wow -murmuré.

Por momentos sentí como si estuviera cayendo en un sueño profundo y a veces era como si resbalara por un tobogán de aire. A menudo olvidaba dónde estaba o hacia dónde iba y tenía que hacer un esfuerzo por mantenerme consciente del mundo material, pero luego me dejaba llevar. Además, recordaba que mis amigos estaban ahí para cuidarme. Había momentos en los que confundía lo que había hecho con lo que había planeado hacer y con lo que había imaginado hacer y ya no sabía si mis recuerdos llevaban años en mi cabeza o me los acababa de inventar.

No ubico el momento en que llegamos al rave, pues había perdido toda noción del tiempo. Nos encontramos frente a un gran campo cubierto de césped y rodeado por malla ciclónica. Las únicas construcciones eran un escenario bastante grande y varias torres de metal dispersas a lo largo del prado y en las que estaban colocadas grandes bocinas y reflectores coloridos. Alguien me dijo algo de pagar mi entrada; saqué el dinero y se lo di. Luego me preocupé porque en algún momento de distracción fueran a robarme la cartera y se la di a Bilcho. Todas las voces se oían reverberantes, como si todos hablaran a través de tubos de metal.

Empezó la música. O quizá ya estaba ahí y sólo fue que yo me di cuenta de súbito. Era electrónica trance y por fin entendí porque la llamaban así. Cerraba los ojos y las figuras luminosas se movían al ritmo de la música de un DJ que era aclamado por el gran público. Y yo me sentía cada vez más ácido.

[Escena perdida]

            Creo que ya tocaba otro DJ, porque la música era distinta. No vi en qué momento habían colocado a lo largo del campo mantas blancas en las que se proyectaban visuales de colores, como ondas, burbujas y espirales. Me di cuenta de que estaba sonriendo tan fuerte que me cansaba la quijada. Por momentos me preguntaba “¿qué es esta sensación extraña que estoy percibiendo en tal parte de mi cuerpo?”, y sólo después de concentrarme en ello reconocía esos estímulos como frío, sed, cansancio porque me encontraba parado en una posición incómoda, o dolor porque estaba apoyado en una superficie muy dura. Todo era nuevo, todo era un descubrimiento.

Dejé que me guiara el ritmo electrónico, pues si cerraba los ojos podía ver la música y sentía que por momentos yo mismo me volvía ondas sonoras. Si la canción que tocaba el DJ tenía letra, ésta me remitía de inmediato a imágenes fantásticas que casi podía ver frente a los ojos. Se borró la barrera que separa lo que imaginaba de lo que observaba.   De pronto el DJ comenzó a tocar una melodía que yo conocía muy bien y que transportó en un instante a los días más lejanos de mi temprana infancia. La melodía creció y entonces la reconocí: era una versión happy hardcore del tema de Inspector Gadget.

            -¡A huevísimo! -grité y me puse a aullar y a saltar y a bailar como poseso.

            -Se ve que estás en un estado envidiable -dijo Bilcho, que apareció junto a mí de la nada.

            Había olvidado que venía con mis compañeros. De hecho, si no me concentraba en un pensamiento, se me olvidaba todo. Era como estar en estuviera en un sueño, como si todo fuera producto de mi mente y entonces pudiera controlar la realidad al imaginarla como quisiera. Pero de súbito me regresaba la cordura y me decía que no era un sueño y que debía cuidarme y que tenía suerte de no haber perdido a Bilcho. Entonces me percaté de que estábamos bastante cerca del escenario y de que muchísima gente había llegado desde la última vez que me fijara. Y es que a veces sentía que tardaba eras en hacer un movimiento, mientras que horas enteras se iban en un parpadeo…

[Escena perdida]

            Cuando me di cuenta ya no estaba junto a la tarima, sino en el otro extremo del campo. Creí recordar que me había ido de allí porque mucha gente se había amontonado junto al escenario, pero luego ya no supe si esa había sido la verdadera causa o una razón que me había inventado de último momento y que luego había insertado retroactivamente en mi memoria. Un tipo siniestro pasó vendiendo grapas de coca y más tarde un gordinflón me ofreció metanfetaminas, pero hice como si no les hubiera visto.

            -Tengo un chingo de sed -dije de pronto.

            -No te preocupes, estoy preparado para estas eventualidades -dijo Wiki, que de pronto ya estaba junto a mí-. Por más que bebas no se te va quitar la sed. Toma -y me dio un caramelo de menta-. Esto mantendrá tu boca fresca. Si necesitas más pídeme.

            -¿Eres real, Wiki?

            Mi obeso amigo empezó a reír y sus carcajadas cachetonas resonaron en mi cerebro, no pude evitar reír a mi vez y juntos nos carcajeamos por lo que pareció una eternidad. Al final, ya no recordaba qué nos había causado tanta risa. Tenía ganas de abrazar a todo el mundo y como Wiki era el único que estaba por allí le di un gran abrazo y le dije:

            -Te quiero mucho, amigo.

            -Yo también te quiero, camarada.

            -Ya lo decidí. ¿Dónde está Cristal?

            -Por ahí -respondió Bilcho que había salido de quién sabe dónde.

            -La voy a buscar. Ahora mismo le voy a llegar.

            -Macho -dijo Bilcho-, no necesito estar sobrio para saber que ésa es muy mala idea.

            -No, no, no. Le voy a llegar ahorita. Voy a buscarla -y me perdí entre la multitud.

[Escena perdida]

            Su boca sabía a chicle de mora azul y sus labios eran voluptuosos y suaves. Sentí su beso como un impulso atómico que recorrió todo mi cuerpo. Sin tapujos le agarré una nalga y apreté todo su cuerpecito contra el mío. Ella apartó su boca de la mía y empezó a besar mi cuello. Cada beso era cósmico y absoluto. La excitación no me cabía en los pantalones.

            Entonces me separé de ella porque quería verla y me quedé pasmado al encontrarme con una güerita de ojos azules que me miraba con una sonrisa extraviada y las pupilas dilatadas.

            -¿Cristal? -pegunté apendejado.

            -Niet. Katja. -y luego dijo no sé qué cosas en no sé qué idioma.

            -Chido –dije con un thum up, le di un beso en la frente y me despedí de ella con una sonrisa, que ella me devolvió con mucha efusión y dando brinquitos.

            Caminé entre la multitud de jóvenes de todos colores y tamaños que disfrutaban del concierto ya sea meciéndose tranquilos con una sonrisa o brincoteando como locos. Una pareja estaba teniendo sexo de pie contra una de las torres. Me sentí muy contento por ellos. Luego sentí envidia por no estar como ellos. Luego me sentí contento por sólo presenciar tanta felicidad. Luego se me olvidó por qué primero había sentido envidia y luego me había sentido contento. Comencé a malviajarme tratando e recordar qué era lo que me había hecho sentir eso tan desagradable, pensando que a lo mejor algo grave se me estaba olvidando. Pero luego recordé que al fin y al cabo ya me había sentido contento así que, fuera lo que fuere, de seguro ya lo había resuelto. De pronto un grupo de chicos y chicas desnudos pasó corriendo junto a mí. Me pareció una buena idea y comencé a desvestirme. Pero como temí perder mi ropa, desistí, aunque ya había extraviado mi playera y no la pude encontrar en toda la noche. Creo que fue en ese momento cuando la pintura fosforescente empezó a correr a galonazos, chorreando desde quién sabe dónde.

            -¡Wuuu! -escuché detrás de mí y me encontré con Cristal- ¡Qué onda!

            -Hey… -ya no sabía qué decir- ¿qué pasó?

            -Pos nada, acá -dijo, también se veía bien viajada.

            -¡Dietritch, Dietritch, Dietritch! -coreaba la gente.

            -¡Yeeeeee! Ahí viene él. Vamos.

Cristal me tomó de la mano y me llevó hasta un punto cerca del escenario, al que salieron un trío de violoncelos y un baterista. Tras ellos apareció una chica bellísima, alta, delgada, de raza negra y cabello lizo y corto con un largo fleco que le cubría media cara. Y finalmente, entre vítores, porras y aplausos, surgió Lennard Dietritch, un güerejo larguirucho con cola de caballo y barba de chivo. El público guardó un silencio expectante y reverencial cuando el DJ se colocó detrás de sus consolas. Un zumbido eléctrico y un leve beat se chorrearon desde las bocinas e inundaron el campo. Los violoncelistas tocaron cuatro notas largas. Entonces entró la batería, y cuerdas, percusiones y electrónicos se fundieron y aumentaron de nivel todos juntos hacia lo que podría ser un clímax, pero que era sólo el principio. La diva, con voz tan potente que quizá no habría necesitado de un micrófono, comenzó a cantar:

I am he as you are he as you are me and we are all together.
See how they run like pigs from a gun see how they fly.
I’m crying.
Sitting on a cornflake, waiting for the van to come.
Corporation t-shirt, stupid bloody Tuesday
Man, you’ve been a naughty boy,
you’ve let your face grow long.
I am the Eggman!

            Y todos aullamos: ¡Wuuuuuu!

They are the Eggmen!

            Y el aullido se hizo más rotundo: ¡Wuuuuuu!

I am the Walrus!

            Y entonces nos pusimos eufóricos, tribales, orgiásticos: ¡Gu-gu gu-chú! El componente eléctrico de la rola se hizo más presente y yo me perdí con una música que hipnotizaba mis sentidos y una letra que secuestraba mi imaginación. Más que bailar, me convulsionaba con la música. No me creí capaz de sentir tanto entusiasmo y pensé en la etimología griega de la palabra, “tener a Dios adentro”.

Ho ho ho he he he ha ha ha

            Y me fui a escalar la Torre Eiffel con Semolina Pilchard y el pingüino elemental a cantar Hare Krishna y patear a Edgard Alan Poe.

            -I am the Eggman! –gritábamos.

            -¡Wuuuu!

            -They are the Eggmen!

            -Wuuuu!

            -I am the Walrus!- exclamé enloquecido como si estuviera pegando un grito de guerra.

            -¡Gu-gu gu-chú! ¡Gu-gu gu-chú!

            A unos chicos se les ocurrió ir tomando a sus compañeros y pasearlos sobre sus cabezas como rockstars. Sin pensarlo me colé en el desmadre y a mí me cargaron también. La música continuó más loca y psicodélica que antes, con sonidos tan estridentes cuan armónicos. Me depositaron en el suelo junto a mis amigos que me recibieron con abrazos y vítores. Del escenario salían rayos láser de colores y una niebla artificial que olía a dulce.

Juba juba juba

Unos monigotes como de caricatura antigua salieron bailando por la tarima; no parecían botargas ni proyecciones, era como si los mismos dibujos animados estuvieran ahí haciendo sus monerías. Rayos láser de múltiples colores salían disparados hacia todas partes. Y la canción seguía creciendo con cada juba y se oían voces de radio, los discursos de Nelson Mandela y de Martin Luther King combinados, una orquesta que afinaba, el motor de un Ferrari, la diva subiendo de notas con cada exhalación, los violoncelistas en trance, el baterista enloquecido y el DJ místico dándole duro a la máquina para llevarnos al clímax y al orgasmo colectivo.

¡Gugu guchú, gugu guchú!

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