47. Escape del planeta de los simios

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Pues no nos fuimos al día siguiente, ni mucho menos. Después de una semana de psicodelia acabamos tan amolados que dormimos a pierna suelta por más de veinticuatro horas. Sufrimos un lento proceso de despertado y tuve que reunir mucho valor y fuerza de voluntad para al fin levantarme de la cama.

            -Ay… que putiza  -dije, desperezándome.

            -Sí… -dijo Cristal, aún acostada y con los ojos cerrados -Necesito un break de las drogas.

            -Yo también. Deberíamos vender los ajos que nos quedan. Con eso sacamos para nuestro viaje.

            Cristal se incorporó –Creí que habíamos quedado que no nos preocuparíamos por eso.

            -Es que… estuve pensando… Creo que después de todo sí necesitaremos más dinero para lo del viaje. Así que estaría bien que nos quedáramos un tiempecito más por acá, para ahorrar. Además, el Tío ha sido muy bueno con nosotros y no me gustaría dejarlo mal.

            -Ay, Dieguito, no te me culees.

            -Es que… No sé, creo que debemos planearlo mejor…

            -Pues haz lo que quieras -dijo y se cubrió con las sábanas.

            La dejé allí acostada y me fui, pero cuando Bilcho y yo volvimos a casa esa tarde no la encontré. Llegó la noche y Cristal no volvía; Bilcho se fue para Anthrax, y yo me quedé esperándola hasta que se apareció poco después de las diez.

            -Hey, ¿dónde andabas?

            -Por allá, vagando. Sólo vine a cambiarme de ropa, voy a salir con unos amigos.

            -¿A dónde?

            Me miró feo, como si le molestara la pregunta –Pos por allá, güey, a una partuza.

            -Va, dame chance me visto…

            -Diego… -empezó a decir con tono de alguien que se impacienta por tener que explicar algo obvio a un niño tontito –Que vivamos juntos no quiere decir que tengamos que estar juntos todo el tiempo.

            ¿De dónde chingados venía eso? No le contesté ni intercambiamos más palabras. Ella se fue y yo me quedé sin poder dormir a causa del frikeo. Me pasé la noche escuchando a los grillos y contando las horas. Cristal llegó al amanecer, cuando Bilcho y yo estábamos desayunando.

            -¡Hola, chicos! -saludó alegre-. Hola, guapo -me dijo y me dio un rico beso cachondo y con sabroso aliento a alcohol-. Me voy a dormir, estoy medio muerta –y se retiró a nuestro cuarto.

            Como todavía faltaba un rato antes de que Bilcho y yo nos tuviéramos que ir al Circo, juzgué que era un buen momento para hablar con Cristal y ver qué pedo.

            -¿Qué pasa? -le pregunté al entrar.

            -No pasa nada, güey -me dijo al tiempo que se desvestía.

            -No, sí pasa. ¿Te molestaste por no irnos hoy de viaje?

            Cristal hizo un gesto desdeñoso –La neta me vale madres.

            -Es que la verdad creo que debemos planearlo mejor…

            -Pues por eso te dije: haz lo que quieras.

            Salí del cuarto y azoté la puerta tras de mí. A los pocos minutos Bilcho y yo nos fuimos al Circo de las Ratas y después al Desván del Abuelito, por lo que no volví a ver a Cristal en todo el día. Pero en la noche, cuando volvimos a casa, allí estaba ella, sentada en nuestro cuarto con una mirada cachonda y perdida.

            -Te había estado esperando – me dijo y se me tiró encima; entendí esto como señal de que todo estaba bien entre nosotros y tuvimos una feliz noche de sexo.

            El día siguiente fue bastante normal; Bilcho y yo fuimos al trabajo, mientras Cristal se iba a pasear con unos amigos, y en la noche fuimos a una disco. Cristal estuvo muy cariñosa conmigo todo el tiempo y nunca mencionamos su extraña actitud de los días anteriores. Cuando volvimos a casa nos acostamos y acurrucamos.

            -¿Vendiste los ajos? -me preguntó.

            -Se los di a Bilcho. Él los venderá.

            -Chido…

            -Oye, ¿te digo algo?

            -Ei.

            -Me ha sentado bien la sobriedad después de tantos días de locura. Es un alivio saber que puedes volver a la cordura, ¿no crees?

            -La cordura está sobrevalorada -me dijo, y no hablamos más esa noche.

            Nuestra relación, o lo que sea que fuese lo que teníamos, en apariencia marchaba bien porque durante la semana siguiente no hubo conflictos ni situaciones incómodas. Aunque todavía me ponía muy celoso cuando ella se iba con sus “amigos”, a los que yo ni siquiera conocía, me esforzaba por disimular y no dar lata. Cristal era una chica libre, me decía, por eso me encantaba y no debía impedirle que viviera su vida. Pero… ¡coño!

            Una mañana de lunes, los primeros días de febrero, Bilcho y yo llegamos a la Zona Hotelera y no encontramos ni el Circo, ni a las ratas, ni a los Tíos.

            -Qué raro -señalé.

            Recorrimos prácticamente todo el bulevar sin encontrar rastro; nos sentamos toda la tarde en el parque del camellón, esperando y especulando acerca de la ausencia de nuestra fuente de ingresos.

            -A lo mejor los volvieron a chingar esos pinches policías corruptos -teoricé.

            -‘Uta… Eso sería lo menos peor -murmuró Bilcho.

            Cuando perdimos la esperanza de ver que apareciera la vieja combi destartalada de los Tíos, volvimos a casa. La preocupación nos empujó a Bilcho y a mí a ir al día siguiente más temprano de lo usual a la Zona Hotelera. De nuevo nos sentamos a esperar todo el día y de nuevo faltaron a la cita.

            -Estoy asustado -dije, pero Bilcho no contestó.

            El miércoles también nos levantamos muy temprano y fuimos, con ya pocas esperanzas. Encontramos al Tío sentado en una de las bancas de piedra colocadas a lo largo del andador junto a la Laguna. Mostraba varios moretones y cortadas en los brazos y en la cara; no tenía ya la mirada alegre y relajada, sino tensa y, sobre todo, profundamente triste.

            -Hola, muchachos -nos saludó al llegar.

            -¡¿Qué pasó?! -exclamé.

            -Ay, muchachos…- suspiró el Tío-. Pues para no andarnos con rodeos. El domingo me levantaron.

            -¿Cómo?- dije, sin comprender; Bilcho puso una mano en mi hombro, como para inspirarme valor, o que me callara la boca, o ambas.

            -Los narcos, Diego -explicó el Tío-. Me levantaron. No hay porqué entrar en detalles. El caso es que me retuvieron hasta ayer en la noche.

            -Lo… ¿lo torturaron? -pregunté temeroso.

            -¿Tú qué crees, niño?- espetó el Tío, molesto, pero luego recuperó la calma –Quieren obligarme a que venda droga…

            -¡Pero si no hay droga por ningún lado! -exclamé.

            -No hay mota -dijo Bilcho-, pero la ciudad está inundada de coca, anfetas y heroína. Los narcos dejan que el gobierno encuentre los plantíos de mois y que los quemen en televisión, para que así todos estén contentos, y a cambio el gobierno no los molesta con las madres químicas. Así funciona la “guerra contra el narco”.

            -Así es -dijo el Tío-. Y ellos quieren obligarme a que venda droga aprovechando mi espectáculo como plataforma. Pero yo no puedo hacer eso. Así que me largo. La Tía, nuestras pequeñitas y yo nos largamos de esta Ciudad de las Palmeras.

            -¿A dónde irán?- pregunté.

            -No lo sé. A alguna ciudad turística que no esté tan jodida. En Playa las cosas están peor… Pantera Rosa no tardará en quedar igual. Quizá nos vayamos del Caribe mexicano… -el Tío ahogó un suspiro lastimero-. Hemos vivido aquí por quince años…

            -No es justo  -lamenté.

            -¿Justo? Ay, hijo. Justo sólo Sierra y era campechano… Pero lo importante aquí es que nosotros nos vamos y ustedes se quedan… Así que vine a darles su liquidación.

            -¿Liquidación? -repitió Bilcho, extrañado.

            -Así es, jóvenes. Todo conforme a la ley…

            -Asu madre, Tío, es usted mejor jefe que muchos en el empleo formal -dijo Bilcho.

            -Ay, muchachos. Es que si no fuéramos buenos los que podemos, el mundo sería mucho peor de lo que es.- El Tío se levantó, sacó su cartera de uno de los bolsillos delanteros de sus bermudas y nos dio una nada despreciable suma.

            -Bueno, muchachos, eso es todo. Espero que nuestros caminos se crucen pronto de nuevo. Así que si deciden escaparse hacia otra ciudad y da la casualidad que nosotros estamos allí llevando nuestro arte a la gente menos pensada, tengan por seguro que encontrarán un hogar.

            Bilcho abrazó al Tío y murmuró un adiós. Quise hacer lo mismo y con la misma entereza, pero sin comprender por qué, simplemente me eché en los brazos del Tío, incapaz de contener mi llanto infantil. No recordaba haber estado tan triste como cuando entendí que no estaría más al lado de aquel buen hombre, y me lamenté de no haber pasado más tiempo con él fuera del trabajo… De alguna forma era como si me estuviera quedando huérfano.

            -Ya, hijo, ya -me dijo el Tío dándome unas palmaditas en la espalda-. Todo va a estar bien -agregó, sin convicción.

            Regresamos a la casa. Pocos minutos más tarde llegó Cristal y cuando le contamos lo sucedido también se puso muy triste. Nos sentamos alrededor de la mesa con la mirada gacha y sin hablar, cada uno ponderando las propias repercusiones de este suceso y sólo interrumpiendo el silencio para mentar una madre o expresar un gimoteo. Entonces se me iluminó la mente.

            -¡Vámonos! -exclamé.

            -¿A dónde? -preguntó Bilcho, distraído.

            -A rolar, a mochilear, como lo habíamos planeado -expliqué.

            -Sí, sí, vámonos -secundó Cristal.

            -Pero… -murmuró Bilcho- No sé…

            -Ándale, Bilcho, no seas sacatón -le dijo Cristal.

            -Sí, compadre –intervine-. Ya nada nos ata a esta ciudad. Podemos tomar lo que ha sucedido como una señal de que está bien que nos vayamos.

            -Sí… -Bilcho empezaba a ceder-. Sí… He estado aquí mucho tiempo y ya estaba empezando a acomodarme en la rutina… Sí… ¡Sobres! ¡Hagámoslo!

            -¡Yipi! -exclamó Cristal y comenzó a dar saltitos.

            -Pues queda decidido –sentencié-. Nos vamos. Sólo nosotros lanzándonos a la aventura inesperada en esta hermosa tierra…

            -Sin planes -dijo Cristal.

            -Sin preocupaciones -añadió Bilcho.

            -¡Pues vámonos!

            A partir de ese mismo instante empezamos con los preparativos del viaje. Juntamos todo el dinero que teníamos en un fondo de ahorros para calcular hasta dónde podríamos llegar con el primer despegue. Optamos por viajar hacia el sur; haríamos una parada en Playa y seguiríamos hacia Pantera Rosa; Bilcho adquirió un mapa para que nos pudiéramos guiar.

            -Seremos como exploradores -dijo.

Él era el único que aún tenía chambitas y la verdad le echó muchas ganas durante esos días pasa sacar la mayor cantidad de dinero posible. Además se encargó de arreglarse con la casera (a quien yo nunca conocí). Cristal y yo nos dedicamos a vender o trocar de todo lo que pudiéramos… y a coger el resto del tiempo.

-Están locos -dijo Wiki cuando le contamos nuestro plan-. Los tres.

Por fin llegó el día señalado para la partida. La noche anterior se nos había ofrecido una fiesta de despedida en casa de Juan Pablo, en la que nos pudimos despedir de toda la banda: Emo, Pacheco, Paquito, Juanito, Tania, Dulce… Para nuestra sorpresa y decepción, no se presentó Wiki.

Ahora estábamos preparados, con todas nuestras cosas empacadas en sendas mochilas sobre nuestros hombros.

-¿Listos? -preguntó Bilcho.

-Listos -contestamos al unísono.

-Vamos.

Bilcho abrió la puerta de par en par y para los tres fue como si un mundo de aventuras estuviera a punto de desplegarse frente nuestras vidas. Pero en vez de ello, estaba el voluminoso cuerpo de Wiki bloqueándonos la entrada.

-¿Wiki? -preguntó Bilcho extrañado.

-El mismo que viste y calza.

Noté qué nuestro querido amigo vestía una de sus clásicas playeras negras con letras blancas que decían “¿CAMINOS? A DONDE VAMOS, NO NECESITAMOS CAMINOS” y que cargaba una gran mochila.

-¿Qué pedo, Wiki? -preguntó Bilcho.

-Pues… -Wiki pareció dudar un segundo, pero luego dijo convencido –Me fugué de casa de mis abuelos. Me voy con ustedes.

-¿Qué, qué, qué? -a Bilcho no le caía el veinte.

-Pues eso, me voy. A vivir la vida, como ustedes hacen. He tenido una existencia por demás pacífica y quiero que eso cambie. Además, mis abuelos ya me tenían hasta la madre…

-¿Por qué? –pregunté-. Si tus abuelos son rebuena gente.

-Eso te figuras tú –contestó-. Pero, como todos, tienen sus neurosis y no quiero que me sigan fastidiando la vida.

-Pues a mí me parece a toda madre que vengas con nosotros Wiki -dijo Cristal- Ahora sí vamos a ser como los Tres Mosqueteros y D’Artagnan.

-O como la Compañía del Anillo, o los Cuatro Fantásticos, o…- comenzó a enumerar Wiki.

-Momento… -interrumpió Bilcho- ¿Esto significa que contamos con el Alerón Chiflado?

-Ni por pienso. No quiero que se me busque por robo de autos… Además, la idea del viaje era recorrer el mundo con nuestros propios pies, ¿no?

-No se diga más -opinó Cristal-. Wiki está listo, nosotros estamos listos… Sólo vámonos y ya. A la verga.

-Pues no sé, chavos –dije-. Me da cosa dejar a los abuelos de Wiki, todos preocupados…

-Ah, ¿pero no te dio “cosa” dejar a tus padres con el alma pendiente un hilo? -espetó Wiki.

-Es diferente. Mis papás son unos cabrones y me estaban jodiendo la cordura. Tus abuelos son la bondad con patas…

-Mira, Diego, tú no me conoces lo suficiente, ni conoces la relación que tengo con mis abuelos. Te pido, por favor, que no juzgues, porque de otra forma estarías siendo hipócrita.

-Ya, bueno, Wiki, no te me alebrestes –dije- Que sea como quieras… Pero no me parece bien…

-Va, si ya resolvimos este asunto -propuso Cristal-, yo digo que nos quitemos de aquí, porque por cada minuto que pasemos parados como tontos es un minuto desperdiciado que podríamos aprovechar para…

Un carraspeo interrumpió a Cristal y nos obligó a dirigir la mirada hacia el interior de la casa. Allí estaba Nathan, de pie, observándonos con ojos de cachorro regañado. Ante nuestras expresiones extrañadas y silenciosas, el inglés se acercó a Bilcho, le dio un fuerte abrazo y murmuró, con su característico acento británico:

-Adiós, amigo.

Después se enjugó una solitaria lágrima y se fue arrastrando toda su flema inglesa de regreso a su habitación.

-Oooookey… -dijo Bilcho-. ¿En qué estábamos?

-Nos íbamos -recordó Cristal.

-Ah, sí -pues vámonos.

Mientras Cristal, Bilcho y Wiki salían por la puerta, yo me volví a la casita que había sido mi hogar por los últimos seis meses, el lugar en el que había fumado mota por primera vez, en el que había aprendido a leer buenos libros y a oír buena música y en el que había hecho el amor con Cristal tantas veces. Susurré un “adiós” silencioso y le mandé un besito volado. Cerré la puerta detrás de mí.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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