46. MEGA

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MEGA era el grupo apostólico del Countri. A él pertenecían los chavos más populares y los más ñoños, los unos en virtud de su popularidad y los otros por su ñoñez. MEGA era el organismo encargado de vigilar que el pensamiento -si bien no necesariamente la conducta- de los adolescentes del Countri fuera el aprobado por los estatutos de dicha institución educativa, la cual oficialmente era laica, pero como hasta el mismo director lo afirmaba, “todos sabemos que es católica”.

Cada Navidad, MEGA organizaba colectas de vituallas para alimentar a los niños pobres de Komchén, un pueblito jodido (pero no demasiado), a la distancia justa de Ciudad Plana para que después de llevar las despensas, los insignes voluntarios del apostolado pudiesen escaparse al Puerto. También hacían misiones evangélicas, en las que los miembros de MEGA iban al mismo pueblito, bañaban a los niños pobres a manguerazos de agua fría para luego explicarles lo mucho que Dios los ama y por qué coger está mal. Las definiciones operacionales de MEGA eran muy claras: un muchacho moreno, pobre, mal vestido y con apellido maya en Komchén se cataloga como un beneficiario de la caridad cristiana. Un muchacho moreno, pobre, mal vestido y con apellido maya en el centro de Ciudad Plana era un simple huiro.

Pero el evento anual más importante de MEGA era el retiro espiritual, en el que un montón de adolescentes eran enclaustrados en una encantadora casita en la playa (propiedad del abnegado grupo apostólico, desde luego) durante un fin de semana, para hacer rezos y “dinámicas”. Pelón, junto con el profesor Alcharmut, un empresario libanés local, eran los líderes y principales oradores de MEGA, y en los retiros se complacían en repetir con más énfasis las mismas burradas que predicaban en clases.

En mis doce años por el Countri jamás me interesó unirme a MEGA y sólo en una ocasión asistí a uno de sus retiros espirituales, principalmente por presión de Liliana y animado por la idea de que por lo menos ahí estaría Jorge, quien también estaba muy clavado con estas ondas. La mañana del viernes nos reunimos con nuestros tiliches frente a las puertas del colegio. Una vez que todos los inscritos al retiro se hubieron presentado, se organizó la caravana que nos llevaría a la casa de playa. Liliana, Jorge y yo fuimos llevados amablemente por mi suegra.

Llegamos a la playa; nos dieron unos minutos para acomodar nuestras chivas en unas barracas y luego empezó la primera actividad, que consistió en darnos a conocer los unos a los otros, explicar por qué estábamos en el retiro (la respuesta más popular era “quiero encontrar a Dios”) y hablar un poquito sobre nuestras vidas. Después hubo rezos, se nos dio una hora libre y luego dividieron a los chicos de las chicas; a nosotros nos mandaron a escuchar una plática de Pelón.

-¿Por qué no pueden decirse un día “hoy no me voy a masturbar”? ¿Por qué son tan débiles? Ah… porque ustedes piensan que hay que darle al cuerpo lo que quiera… Si el cuerpo quiere mamarse, ¡me mamo! Si el cuerpo quiere coger, ¡cojo! Pero están mal, muy mal… -y así por el estilo.

Hubo más rezos, un magro almuerzo consistente de ensalada de atún fría y sin mayonesa, y después otra plática, esta vez por parte de miembros veteranos de MEGA. En particular recuerdo el discurso de una chava con muy buen cuerpo, pero con cara de fo y una voz chillona y nasal.

-…Y hacemos mal porque nos burlamos de los que son diferentes… Y nunca hacemos nada por el medio ambiente… Y luego las muchachas nos vestimos con blusas de las que se nos sale media teta… Y nos olvidamos siempre de rezar… Y no redondeamos nuestros centavos… Y somos malos, malos, muy malos…

Nos impusieron una dinámica, que consistió en hacer dibujitos pendejos con cartulinas, tras lo cual nos concedieron un par de horas de libertad. Quería platicar con Jorge, pero Liliana no nos dio la oportunidad. Junto a la playa había una casetita medio en ruinas que había sido golpeada por algún huracán; ése era el sitio de fajes no oficial de la casa de MEGA y en cuanto se desocupó, Liliana y yo nos fuimos a aprovechar el espacio.

-¿Qué opinas de las pláticas? -me preguntó Liliana-. A mí la verdad sí me llegaron.

-Pues no sé, a mí me aburrieron -contesté.

-¿Por qué? Dicen muchas verdades.

-Es que todas se basan en que hay que sentirnos culpables y yo no me siento culpable de nada.

-¿De nada? ¿Y de cuando… lo hacemos? -las dos últimas palabras las dijo en un susurro casi inaudible.

-¿Por qué me habría de sentir culpable? Me gusta… y te quiero.

-Pero… es pecado.

-¿Entonces pa’ qué chingados lo hacemos?

-Eres un idiota -y me dejó ahí, meditando entre los escombros.

En la noche llegó la Hora Santa. El trip era sentarnos todos en círculo en una oscuridad apenas rota por velas. Alcharmut sostenía un crucifijo y caminaba de un lado a otro en medio del círculo diciendo letanías, apenas comprensibles debido su acento.

-Jesús está aquí, ahora. Hablen con él, díganle lo que sienten. Él los escucha…

Uno por uno, varios de los muchachos y chicas presentes tomaron el crucifijo y hablaron con el crucificado. Allí estaban las Frambuesas, muchas de las cuales se deshicieron en lágrimas ante el Señor y le confesaron que habían sido culeras con los que no eran populares como ellas y promiscuas con los que sí. Bernardo también se puso melodramático y pidió perdón por beber demasiado y tener aventuras de una sola noche. Con el tiempo, el turno le llegó a Jorge.

-Señor, sé que estás aquí. Quiero agradecerte por todo lo que me has dado y pedirte que me ayudes a ser mejor persona…- fue todo lo que su imaginación le permitió decir.

Yo me quedé dormido por la penumbra y por la monotonía de los discursitos. Cuando acabó la Hora Santa, ya pasada la media noche, Jorge me despertó a codazos. Era momento de cenar una pasta fría y escasa. Después nos mandaron a dormir, los hombres a su barraca y las mujeres a la suya propia.

-Estuvo chida la Hora Santa, ¿verdad? -me preguntó Jorge desde su hamaca.

-Pues no sé, güey. Me da la impresión de que tipos como Bernardo y las Frambuesas sólo están buscando protagonismo… como siempre.

-Chale, eres bien criticón. Pero aparte de lo que hagan esos güeyes, ¿a ti no te llegó el espíritu de la Hora Santa?

-La neta… no sentí nada.

-Es que te falta fe, Diego.

Con esas palabras en mente resolví que al día siguiente le echaría más ganas. Quería sentir la revelación, la plenitud espiritual de la que casi todos mis compañeros parecían contagiados.

Alcharmut pasó a despertarnos a las cuatro y media de la mañana; me costó un huevo levantarme. Antes del amanecer ya estábamos en el patio haciendo rezos colectivos, para después pasar a hacer otra dinámica, y luego escuchar otra plática de las de “eres una mierda: arrepiéntete”. Ya estaba bien avanzada la mañana cuando nos dieron de desayunar sándwiches de jamón y queso fríos y sin aderezos. Después hubo cantos, dinámicas, rezos, pláticas del tipo “nadie tiene la vida comprada, en cualquier momento te puedes morir, ¿sabes a dónde vas a ir cuando mueras? tienes que estar preparado”; después el almuerzo, lo mismo otra vez, Hora Santa, la cena y a dormir. Juro que intenté agarrarle la onda a todo ese pedo, pero no pude. No me sentía, ni de lejos, tan extasiado como Jorge y Liliana. El domingo la rutina fue más o menos la misma, hasta medio día, cuando llegó una banda y tocó música para bailar, y Pelón, Alcharmut y sus achichincles nos dieron de almorzar unas deliciosas tortas de carne asada con queso y hasta papitas y refrescos.

Entonces se procedió a repartir y abrir el correo. Era costumbre que los que no tenían la fortuna de participar en estos eventos escribiesen misivas cariñosas a los amigos que se retiraban para encontrar al Señor. Estas cartas eran escritas desde antes que empezara el retiro y se depositaban en un buzón que los dirigentes de MEGA eran encargados de administrar. El que más cartas recibiera podía demostrar su popularidad frente a los demás. La mayoría de los mensajes iba más o menos así “SPro q NQN3 a Dios n st Rtiro y t la paCs suPr xido, we”. Todos los retirados se ponían muy contentos.

Después de esta celebración hubo una dinámica de despedida en la que muchos se echaron a llorar en los hombros de sus amigos. Entonces empezaron a llegar los padres de familia en sus autos para recoger a los muchachos.

-¡Increíble el retiro!- me dijo Jorge cuando ya estábamos en el auto de mi suegra –Siempre al final me siento renovado, como si hubiera vuelto a nacer… ¿A poco tú no te sientes así?

-Pues… la verdad… no.

-Chale, Diego, es que no le echas ganas -dijo Liliana.

-No digas “chale”, hija. Eso es de huaches huiros -intervino mi suegra.

-Pues miren –dije-, no soy psicólogo ni nada, pero creo que he observado un par de cosas. Los dos primeros días te tienen en friega, no te dejan descansar, te dan poca y mala comida y se la pasan diciéndote que eres una porquería y que te vas a ir al Infierno. Entonces, al final, te dan un banquete, lees las cartas de tus amigos y te la pasas bien. O sea, primero te hacen sentir mal y luego te hacen sentir bien y por eso sientes al principio que te falta algo y al final que encontraste la renovación espiritual, etcétera.

-No la muelas, Diego -me dijo Jorge con verdadero desdén-. Eres un pinche amarguetas.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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