45. Ella es de colores

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-¡Qué pedo! -saludó.

Boquiabierto ante su cuerpo empapado, no pude decir ni “hola”.

            -¿Cristal? -saludó Bilcho asomándose detrás de mí-. ¡Qué onda, ninia!

            -Hola, Bilcho.

            -¡Cristal! -exclamé al fin-. ¿Qué haces aquí?

            -Mojándome en la lluvia.

            Entonces notamos que, estacionado frente a nuestra casa, estaba el Alerón Chiflado y se podía divisar, a través de la densa lluvia, la silueta rechoncha del buen Wiki saludándonos desde la cabina.

            -¿Puedo pasar? -preguntó Cristal-. Empiezo a tener frío.

            -Claro. Adelante -dije con tartamudeos y haciéndome a un lado.

            -Gracias -y entró a la casa, chorreando agua por todas partes-. Ahorita que baje la lluvia, Wiki traerá mis cosas. Es que yo no podía esperar, tenía un chingo de ganas de verlos, güey.

            -¿Ah sí? -se me escapó.

            -Obvio, microbio.

            -Pero… ¿cómo es que viniste? -le pregunté.

            -Me escapé de mi casa.

            -¿De veras?

            -Sí.

            -¿Y eso?

            -Pues por pedos con el pinche ogro de mi papá. Ya me traía hasta la madre con sus chingaderas. Entonces me acordé de cómo ustedes dos se habían fugado de sus casas, y me latió la idea. Así que aquí estoy.

            -Pos qué chido, mi chava -dijo Bilcho-. ¿Nadie sabe que estás aquí?

            -No, sólo Wiki.

            -¿Y cómo es que él te trajo? -inquirí.

            -Pos es el único en esta ciudad cuyo celular tengo a mano, así que apenas llegué a la Ciudad de las Palmeras le pedí me diera el aventón hasta acá.

            – Me parece a todísima madre -reiteró Bilcho.

            -Y… ¿dónde te vas a quedar? -pregunté.

            -Pues… tenía la idea de que quizá ustedes me pudieran ayudar dándome un espacio acá. Les ayudaría con los gastos y todo eso, claro está.

            -¡Sí, claro! –exclamé-. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que quieras.

            -Gracias, Diego –me dijo colocando suavemente una mano en mi hombro-. Sabía que podía contar contigo.

            En pocos minutos el aguacero amainó lo suficiente y Wiki bajó del Alerón cargando varias mochilas de diferentes tamaños.

            -Órale, traes bastantes cosas -observó Bilcho.

            -¡Nah! -descartó Cristal-. Sólo lo necesario.

            -¡Rechapos! -exclamó Wiki bufando mientras depositaba las mochilas en el suelo -¿Sólo lo necesario? Ni para escaparse de casa pueden las mujeres dejarse de minucias y pensar de forma práctica. Por este tipo de cosas troné con Mariela.

            -Gracias, Wiki- dijo Cristal, ignorando su despotrique.

            -Bueno, bueno, ahora hay que organizarnos…- dijo Bilcho.

            -¡Nada de eso! ¡Viva la anarquía! -gritó Cristal.

            -No, no. Yo decía organizarnos para habitar en este humilde cantón. Todos los cuartos está ocupados… aunque hace un buen que no veo al guasón de Nathan. ¿Dónde vas a dormir?

            -Ay, no sé, donde sea. En la sala. En el patio, si me prestan una hamaca. Fui girl scout cuando era niña y estoy acostumbrada a la intemperie…

            -Cristal… -adelanté con timidez-, te puedes quedar a dormir en mi cuarto. Tiene cama y ahora hasta hay sábanas… Digo, te puedes quedar en ese cuarto y yo me mudo de nuevo con Bilcho.

            -Por mí está bien -dijo él.

            -Sobres, Diego, gracias. Eres un amor de niño -dijo ella y me dio cariñoso coscorrón en la mollera como si yo fuese un chamaquillo.

            -Yo te puedo traer unas almohadas de mi casa, para que estés cómoda -ofreció Wiki.

            -¡¿Qué?! -exclamó Bilcho fingiendo indignación-. Pinche Wiki, en todo este tiempo jamás me has ofrecido una puta almohada.

            -Ah… No te molestes… Lo que pasa es que… Bueno, pues ella es mujer y…

            -Muy mal, Wiki; ésos son micromachismos –lo reprendió Cristal.

            -No… Ustedes me malinterpretan, lo que yo quise decir es…

            -Ya, Wiki, no te malviajes, es broma -rió Bilcho.

            -Muchas gracias, Wiki. Tú también eres un amor. Me cae que Mariela fue muy tontita al haberte bateado…

            -Ella no me bateó…

            -Ah… Sí… Seguro…

            Cirstal, aprovechando que ya tenía todas sus cosas, preguntó por el baño para ponerse ropa seca. Después del intercambio de inmediatas informaciones y la actualización de los datos que cada quien tenía sobre los otros, Wiki se retiró. Saqué mis chivas del que ahora sería el cuarto de nuestra nueva roomie, y ella a su vez se instaló allí. Hecho esto, nos convidó a fumar del último porro que le quedaba, el cual disfrutamos en la tranquilidad de nuestro patio, mirando el cielo aún nublado y relampagueante.

            -Ah… -suspiró Cristal exhalando volutas de humo- Qué rico. Mi último churro de Ciudad Plana y el primero de mi nueva vida en la Ciudad de las Palmeras.

            -Quizá también sea el último en mucho tiempo -advirtió Bilcho-. Esta ciudad está más seca que una boda mormona.

            -Además, ahora estamos en plan ahorrador -dije.

            -¿Desde hace cuánto?

            -Como hora y media.

-¿Y eso? ¿Para qué?

            -Queremos irnos a mochilear por el Mayab, ya que no podemos hacerlo por las Europas -expliqué.

            -No mames, se me hace súper chido. ¿Cuándo nos vamos?

            -Pos cuando juntemos un poquitín de lana –dije.

            -¡Genial! Yo también aportaré. Pero para eso necesito conseguir un trabajo…

            -De que hay chamba, hay chamba -aportó Bilcho-. No muy bien pagada, ni que respete tus derechos humanos básicos, pero la hay. Podrías trabajar como mesera, o como edecán, o como hostess… No te preocupes, ahí buscaré entre mis contactos a quien te coloque.

            -Sí, bueno, para eso estudié una carrera científica, pero ni pedo, no me puedo quejar… Además, para eso Dios me dio bubis. Y por cierto… -dijo poniéndose de pie y llevándose las manos al pecho-, éstas y yo estamos muy cansadas, así que me voy a tomar un baño y a dormir.

            -Sólo que no hay agua caliente, ¿eh? -le dije.

            -No importa, no soy exigente -dijo y entró a la casa.

            A los pocos minutos, para sorpresa tanto de Bilcho como mía, Nathan se asomó por la puerta y dijo enigmáticamente:

            -¡Hay una chica en la casa!

            -Así es, mi querido y perspicaz Nathan -contestó Bilcho.

            -Ah. Okey, then -dijo el británico y se volvió a meter.

            -Ja, ja, ja -rió Bilcho-. Pinche Nathan. Es un chiste con patas.

Pasaron algunos días y Cristal se estableció en la Ciudad de las Palmeras con nosotros. Consiguió empleo de edecarne en una compañía cervecera, pero después de unas cuantas sesiones renunció, cansada de las miradas libidinosas que le lanzaban los viejos borrachos, feos y cochinos. Luego encontró trabajo como repartidora de muestras de perfumes en un centro comercial y lo completó con un empleo de mesera en un bar.

Para mi desilusión, Cristal no compartía mucho nuestra dinámica. Lugares como Arkadia y El desván del abuelito la aburrían. Playa Tsunami le encantaba y disfrutaba asistir a Anthrax de vez en cuando, pero casi todos los días salía con su propio grupo de amigos.

-Chale, cómo extraño los toquines y los bares bohemios de Ciudad Plana -decía.

-Pos yo no -apostillaba Bilcho.

Por mi parte trataba de hacer torpes avances hacia Cristal, con el objetivo, que no me atrevía a confesarme ni a mí mismo, de ligármela. Aunque Cristal me intimidaba de una forma que no podía entender, creo que para entonces yo era un poco menos pendejo y hasta logré entablar largas y deliciosas conversaciones con ella.

-Has cambiado, Dieguito -me dijo una vez.

-¿Ah sí?

-Sí. Ya no estás tan verde. Tienes más opiniones, más de que hablar.

Justo en ese momento me chiveé, ya no pude seguir hablando y dejé escapar una risita estúpida. Y es que, a pesar de las buenas señales, no parecía tener ningún tipo de progreso a nivel romántico-ligador. Para Cristal, pensaba, yo no era más que un muchachito chistoso y buena onda, un amiguito cagado con quien pendejear, pero muy lejos de los tipos atrabancados, azotados y alternativos a los que ella estaría acostumbrada.

Cierta tarde de domingo, Cristal y yo estábamos caminando por la calle, no muy lejos de nuestra casa, no recuerdo a dónde íbamos o de dónde veníamos, pero sé que le estaba contando sobre mi amistad con Renato.

-No sé cómo te podías llevar con ese imbécil -comentó.

-Era un buen amigo después de todo… -entonces me quedé callado.

-¿Qué pasa?- preguntó Cristal después de unos segundos de silencio.

-¿Percibes eso?

-¿Qué?

Había sentido una repentina opresión en el pecho y de súbito pasé a un estado de alerta, como si mi sentido arácnido me previniera de un peligro inminente o como si yo detectara una perturbación en la Fuerza. Entonces me di cuenta: la calle estaba vacía, no había nadie a nuestro alrededor. No se escuchaba ni un sonido, ni de tráfico, ni de personas, aparatos o animales.

-¿Qué pasa? -preguntó Cristal otra vez, pero no le respondí; de forma instintiva estaba buscando un sitio en dónde parapetarnos. Lo único que había en esa calle era un auto viejo y destartalado estacionado junto a una barda. Debía servir. Estaba a punto de decirle a Cristal que buscáramos refugio cuando escuché el rugir del motor y el rechinar de las llantas de la camioneta negra de El Agente, que apareció doblando una esquina con toda violencia.

-¡Cuidado! -grité y cual héroe de película gringa tomé a Cristal de los hombros y me arrojé junto con ella detrás del auto estacionado. Caímos al suelo, ella debajo de mí, mirándome con una expresión que denotaba su total desconcierto. Los balazos cayeron a nuestro alrededor y por todas partes volaron trozos de vidrio, concreto y metal. Pero esta vez, aunque estaba asustado, lo más importante para mí era mantener a salvo a Cristal. La miraba a los ojos, tratando de comunicarle que yo haría todo posible para que ella estuviera bien. Cristal me devolvió la mirada. Y entonces me besó.

La explosión de los cartuchos y las centellas de metal volando se convirtieron en fuegos artificiales mientras Cristal me daba el beso más delicioso que había recibido en la vida. Era como un millón de géiseres estallando agua en un instante, como la súbita explosión de una supernova en un rincón de la galaxia. Ni cuenta me di en qué momento habían cesado los disparos. Para cuando terminamos de besarnos, la calle estaba vacía de nuevo, pero ahora se escuchaba el rumor del tráfico a la distancia y el ruido de varios televisores encendidos en las casas cercanas. Pero allí seguía yo, contemplando la bella boquita que acababa de besar.

-Hace mucho que quiero esto -le dije, casi en un susurro, y ella sonrió.

Nos levantamos del suelo, mirándonos a los ojos como si todo lo que tuviésemos que decir lo pudiéramos comunicar a través de la mirada. O así es como yo quería recordarlo.

El caso es que fue entonces cuando encontré el sobre.

-Órale, ¿qué es esto? -dije y recogí del suelo un sobre color manila, como de quince centímetros de largo y unos ocho de ancho.

-¿Qué es? -preguntó Cristal, asomándose por encima de mi hombro.

-No sé.

Abrí el sobre y metí la mano en él. Sentí que dentro había una bolsita de plástico y la saqué. Dicha bolsita contenía una plaquita de cartón con una imagen de Ganesh en un fondo estrellado, sosteniendo en cada mano un planeta.

-¡Son ácidos! -exclamó Cristal.

Por un instante nos quedamos viendo el uno al otro estupefactos. Miramos a nuestro alrededor en busca del posible dueño del LSD y, al no ver a nadie, me guardé de inmediato la planilla en el bolsillo del pantalón y andamos a trote veloz, aunque habríamos querido pasar desapercibidos. Llegamos a la casa y entramos a toda prisa, sin siquiera saludar a Nathan que parecía estar absorto observando una torre de Jenga armada sobre la mesa de la cocina; nos metimos al cuarto de Cristal, y allí, sobre la cama, extendimos nuestro tesoro: veinticinco dosis de dietilamida de ácido lisérgico, gratis, toda para nosotros. Nos sonreímos mutuamente y nos abrazamos con fuerza; Cristal empezó a dar de brinquitos y a reír como una niña pequeña, y la amé por eso.

-¿Qué? ¿Le entramos de una vez? -sugirió.

-No –dije-. Quiero estar sobrio las siguientes horas, por lo menos hasta que se ponga el sol. Quiero estar sobrio cuando pase… lo que sea que vaya a pasar.

Cristal me miró con ternura a los ojos, me tomó de la mano y me volvió a besar con esa pasión y furor que la caracterizaba.

-Entonces vamos a pasear -me dijo.

Salimos de la casa y tomamos el camión hacia la Zona Hotelera. Casi no hablábamos, sólo intercambiábamos miradas y sonrisas y de vez en cuando nos dábamos un quico. Una parte de mí estaba desesperada por entablar un buen faje con Cristal, pero por otro lado, sentí que debía probar el sólo estar en su compañía, ver cosas hermosas y compartirlas con ella.

Fuimos a Playa Tsunami, que estaba desierta. No llevábamos siquiera nuestros trajes de baño, pero remojamos los pies en las suaves olas vespertinas del Caribe. Nos quedamos allí por horas, caminando, recogiendo conchitas y tonteando sin prisa. De súbito tuve el impulso de echarme al mar y así lo hice, con todo y ropa. Desde ahí llamé a Cristal y ella se me unió. Nos estuvimos besando en las olas por no sé cuánto tiempo. Después salimos para secar nuestras ropas con la brisa y nos sentamos a contemplar el atardecer.

Entonces Cristal me dijo: -Te deseo, Diego.

Le sonreí y le di un beso. Nos levantamos de la arena y emprendimos el regreso a la casa. Una vez allí, nos fuimos directo al cuarto de Cristal, sin siquiera detenernos a ver Nathan y a Bilcho, que estaban sentados en silencio observando la torre de Jenga. Apenas cerramos la puerta del cuarto, nos empezamos a besar y a acariciar y a quitar mutuamente la ropa. Pero cuando quedamos en paños menores, me frené. Quería disfrutar ese momento, quería desenvolver el cuerpo de Cristal con lentitud, para saborear el instante en que su piel quedara al descubierto. Ella pareció entender mi intención y se quedó quieta; en ese momento no hubo más sonido que nuestras respiraciones agitadas. Con suavidad las yemas de mis dedos recorrieron la línea de su clavícula, rodearon sus hombros y acariciaron su espalda. Con una facilidad que me sorprendió a mí mismo, desabroché su sostén y se lo quité, dejando libres sus senos, más hermosos de lo que había imaginado. Me agaché y empecé a bajarle la panty, lento, con calma, para disfrutar del suspenso al máximo. Me levanté; Cristal estaba completamente desnuda, más hermosa que nunca, más hermosa que cualquier otra mujer que me hubiera concedido su desnudez. Entonces ella se agachó a su vez y me quitó el bóxer.

Estando los dos desnudos, ella me besó y me tocó con una naturalidad tal que me hizo sentir que mi cuerpo siempre le había pertenecido. Yo besé con furia, sin poderme contener, todo su cuerpo y ella, respondiendo a mi entusiasmo, me mordía el cuello, los hombros y el pecho. Luego se separó de mí y se fue a sentar al borde de la cama.

-Acércate -me dijo y obedecí-. Ahora ponte de rodillas. Te voy a enseñar a complacer a una chica.

            Hice lo que me dijo y, de forma abrupta y sorpresiva tomó mi cabeza y la jaló hacia su cuerpo, quedando mi cara entre sus muslos blancos y carnosos. Me volví loco y en un frenesí empecé a hacer lo que ella esperaba que hiciera. Nunca le había dado sexo oral a una chica; antes de aquel día la sola idea me parecía desagradable, pero estando allí, entre sus piernas, entendí que era una forma más de hacerle el amor.

            -¡Ah! –gimió-. Muy bien. Ahora usa los dedos…

            Seguí todas sus instrucciones. Quería darle gusto, lo sentía como un deber supremo, como una necesidad espiritual. Los gemidos y contorsiones de Cristal me excitaban e invitaban a seguir con más energía. Un súbito temblor que sacudió sus piernas, acompañado de un cambio en el ritmo de su respiración, me dejó entender que Cristal había tenido un orgasmo. Fui feliz.

            -Guau. Nada mal para un principiante -me dijo-. Ahora déjame complacerte a ti -y así lo hizo, yo de pie y Cristal de rodillas, pero yo estaba deseoso por unirme a ella por completo y dejar de lado los preámbulos. La tomé de la barbilla y la hice levantarse hacía mí. Nos besamos, ella me tomó y me arrojó a la cama con una sonrisa traviesa, luego se colocó sobre mí. El lenguaje rebuscado de la novelita adolescente más cursi no bastaría para describir el goce infantil e ingenuo que sentí al pensar, de verdad creer, de que con Cristal estaba haciendo, por primera vez, el amor. Al final yo sólo quería estar acostado, con ella acurrucada en mi pecho, y así nos quedamos, no sé por cuánto tiempo, sólo escuchándonos respirar e intercambiando eventuales besos y caricias. Entonces dije:

            -¿Nos comemos un ácido?

            -Tenemos trabajo mañana.

            -Hay tiempo suficiente para que se nos pase el efecto.

            -Pero vamos a estar muy cansados…

            -Pues cuando nos cansemos nos podemos comer otro y así recuperamos energía.

            -¡Ja, ja, ja! ¿Y vamos a ir todos psicodélicos a nuestras chambas?

            -Podríamos comer sólo suficiente para que nos de energía, pero sin perder el sentido común -sugerí.

            -¡Ja, ja, ja, ja, ja! A ese paso vamos a estar drogados toda la semana.

            -¿Por qué no?

            -¿Hablas en serio?

            -Sí.

            -Pero si nos lo comemos ahorita no tenemos nada que disfrutar, no hay música, ni visuales, ni nada…

            -Nos tenemos el uno al otro.

            Cristal me dirigió una mirada que daba a entender que estaba gratamente sorprendida.

            -Ya vas -aceptó.

Y así empezó nuestra semana psicodélica. Esa noche nos comimos un ácido cada uno y estuvimos como locos, sobre todo yo, pues Cristal tenía cayo para estas cosas. Bailamos y brincoteamos; como no teníamos música, nos turnábamos para cantar. Peleamos con almohadas y luego salimos desnudos a jugar pesca-pesca al patio. Nos dimos una larga ducha, sin importarnos que el agua estuviera helada. Nos contamos historias improvisadas que carecían de toda lógica, y luego nos reíamos de nuestro fútil intento de encontrarle coherencia a las cosas. No sé cuántas veces hicimos el amor, porque bajo los efectos del LSD todos los números perdieron significado para mí y sólo existía la sensación maravillosa del cuerpo de Cristal y la idea sublime de que yo estaba con ella y en ella.

Nos subimos al techo para ver el amanecer cuando ya se nos estaba bajando el efecto del ácido y comenzábamos a sentir el cansancio hasta entonces suspendido.

-¿Nos comemos otro? -propuse.

-Un cuartito, mejor. No quiero perderme por ahí.

-Okey -un cuartito, entonces.

Fue lo bastante como para mantenernos con energía, contentos y lo suficientemente cuerdos como para que fuéramos a trabajar. Nunca disfruté tanto del Circo de las Ratas como ese día y los que le siguieron. Me la pasé acariciando a los roedores y jugando con ellos en los tiempos libres. Cristal me contó que estuvo en su trabajo diciendo puras incoherencias, cantando sola y riéndose por pendejadas, y que sus compañeras se le quedaron viendo como a un bicho raro.

Después de la última función del Circo, estaba ansioso por ver a ver a Cristal, y apenas me encontré con ella, la abracé y nos metimos al cuarto para no volver a salir en toda la noche. Después de hacer el amor nos quedamos dormidos por primera vez en cuarenta y ocho horas. Al despertar nos tomamos otro cuarto de ácido cada uno, y otro más cuando salí del Circo y antes de que Cristal se fuera a su chamba de mesera. Cuando ella volvió en la noche, nos comimos uno entero cada uno y estuvimos cogiendo por horas.

-¿Te he hablado de los conejitos de mar? -me dijo esa noche, mientras estábamos acostados desnudos en el pasto, mirando las estrellas que lograban vencer el resplandor de la ciudad.

-No.

-Hay unas islas muy pequeñas en el Pacífico. Son islas chiquititas, más bien islotes. Los más grandes tendrán el área de una cancha de básquet, y hay algunos tan chiquitos, como de a metro por lado. Pero son muchísimas islitas, muy cerca unas de otras; si alguien decidiera construir una ciudad allí se haría otra Venecia… aunque espero que no lo hagan. Al interior de las islitas hay todo un sistema de túneles excavados por los conejitos de mar.

-¿Qué son?

– Conejitos, como cualquier otro, pero estos vienen en colores pastel y hay conejos azules, vedes, rosas, amarillos, anaranjados y púrpuras… Durante el día salen de sus madrigueras y se echan clavados al mar; y allí nadan y bucean y llegan hasta el fondo para mordisquear las hierbitas marinas que crecen sobre las rocas sumergidas. Por las noches regresan a sus túneles, excepto cuando hay luna llena, porque entonces salen y hacen una especie de festival. Todos los conejitos se ponen a brincar por todas partes hasta que amanece. Nadie molesta a esos conejos; no tienen depredadores y las islas son tan rocosas que los barcos nunca se han podido acercar a ellas. Viven alegres y en paz.

-Wow. ¿Eso en verdad existe?

-No sé. En este punto de mi vida ya no sé lo que me imaginé y lo que aprendí, lo que creo y lo que finjo… Pero es bonito, ¿no?

-Sí. Y eso es todo lo que importa…

Al día siguiente Cristal renunció a su trabajo en el bar, porque quería disfrutar las tardes y el ácido conmigo. De hecho le gustaba más ese trabajo que el de repartidora de muestras de perfumes, pero como a éste tenía que ir por las mañanas, mientras yo estaba en el Circo, prefirió renunciar al otro. El gesto me alegró mucho. Así, la mitad de nuestro día  era para estar ácidos y locochones y gozar de la vida. Esa misma noche nos fuimos a playa Tsunami y allí estuvimos, bailando, jugando y dándonos cariño hasta que amaneció. Entonces volvimos a casa y nos tomamos un cuarto de ácido más para hacer soportables las horas que pasaríamos separados.

Perdimos noción de los días; estábamos siempre drogados y alucinantes, nos dejó de importar el mundo y sólo nos dedicamos a disfrutar. No recuerdo cuántos ácidos comimos ni con qué frecuencia. Cristal dejó de ir a su trabajo y yo falté a un par de funciones del Circo. Deambulábamos sin rumbo por la Zona Hotelera, riéndonos por todo y deteniéndonos por momentos para fajotear sin pudor a la vista de todo el mundo. Entrábamos a los bares y nos sentábamos sólo para escuchar música antes de que nos corrieran por no consumir. Llegábamos a casa y nos leíamos mutuamente poemas y cuentos. Dormimos muy poco esa semana.

Un día Bilcho se nos apareció de la nada, como si de pronto hubiera hecho puff hacia la existencia, y nos dijo, -No sean culeros, se ve que se están dando un viaje envidiable, conviden a los amigos-. Le dimos algunos ajos para él y Wiki, y ya no volvieron a molestarnos.

Nunca anunciamos a nuestros amigos que “andábamos”; sólo nos comportamos como pareja y todos parecieron tomarlo como lo más natural del mundo. Nos besábamos y hasta fajábamos delante de ellos y a nadie pareció importarle. Solíamos ir a Playa Tsunami, para besuquearnos entre las olas (tan incómodo como suena, pero romántico hasta lo kitsch). Al final nos quedábamos tumbados en la arena, mirando al firmamento, mucho más espectacular de lo que se veía desde el patio de nuestra casa.

-¿Conoces las constelaciones? -me preguntó Cristal una noche.

-¡Cómo no! Ésa de allá es… Jimmy, el vaquero. Y ésa otra es… Timmy… el vaquero.

-Ja, ja, ja. Eres un pendejo -Y ése fue el “pendejo” más cariñoso que me han dicho. Después de un rato de silencio Cristal me preguntó -¿Alguna vez te he hablado de las hormigas del yak polar?

-No, creo que no.

-Cerca del polo norte, en las vastas llanuras cubiertas de nieve y hielo donde sólo crecen musgo y líquenes, habita el yak polar. Es como un toro, o un búfalo, pero todo cubierto de pelaje blanco muy largo y grueso. Es un animal muy bonito, de veras, con la cara corta y los ojos grandes. Pues bien, la piel de este yak produce mucha grasa, para formar una capa impermeable que impide que el animal se enfríe demasiado. Pero si la piel produce demasiada grasa, el pelaje del yak se vuelve demasiado pesado para poder cargarlo y hasta puede caerse. Entonces tiene una relación simbiótica con una especie de hormiga. Son hormiguitas color azul que viven en el pelo del yak y se alimentan de su grasa, manteniendo el nivel como debe ser. Además, cuando llegan parásitos, como los reznos y los gusanos, las hormigas los atacan y los matan. Estas hormigas nunca pican al yak ni excavan túneles en su piel. Construyen sus madrigueras con la grasa y se ocultan entre los gruesos pelos. Lo mejor es que son hormigas sin reina ni soldados: todas son obreras y pueden reproducirse y todas cuidan a las larvas de todas y nunca se atacan entre sí. Son como hormiguitas comunistas…

-Que viven en el pelo del yak…

-Exacto.

Mientras más conocía de lo que había en su interior, más me enamoraba de Cristal, aunque no me atrevía a usar la palabra “amor” en mis monólogos internos. Una de esas noches fuimos a un maratón nocturno en El desván del Abuelito, pero las películas en blanco y negro no nos estimulaban; ¡queríamos color! Por ello, mejor entramos a un cine para ver una película de animación para niños en 3D y salimos alucinados junto con todos los chiquitos que no dejaban de repetir escenas del filme.

-¿Alguna vez te he hablado de los pingüinos del Atacama? -me dijo de pronto a la salida del cine.

-No -le contesté, anhelando que me hablara de ello.

-El Atacama es un desierto en Sudamérica, entre la costa del Pacífico y la cordillera de los Andes. Es el desierto más seco del mundo. Pero en medio de ese desierto hay un oasis, producto de una corriente, apenas un riachuelo que baja desde los glaciares en las nevadas cimas de las montañas. El agua que lleva es muy fría, a veces incluso tiene grandes trozos de hielo. A lo largo de la corriente no crece nada, pero de pronto ésta se estanca en una cuenca y se forma un laguito. Allí viven los pingüinos del desierto. Son pingüinos muy pequeñitos, del tamaño de palomas, sus espaldas no son negras, sino de color azul turquesa, como el agua en la que nadan, y sus barriguitas no son blancas, sino de color arena. Allí viven, felices, nadando en el agua helada y comiendo pececillos, moluscos y crustáceos. Además, son los únicos pingüinos que no graznan, sino que cantan, y dicen los que lo han escuchado que su canto es más hermoso que el de cualquier otra ave… Por desgracia, el calentamiento global amenaza con destruir su hábitat.

-Vaya… qué mal.

-Sí, eso me pone muy triste… -Cristal hizo cara de puchero y gimió un poquito como una niña pequeña que pierde a su muñeca-. Mis pingüinitos. Pobrecitos…

-Pero ya, ya. No hay que pensar en cosas tristes. -dije abrazándola y entonces recordé algo que Bilcho me había contado hacía muy poco -¿Te acuerdas de Wool-Ha?

-¡Que si me acuerdo! -exclamó olvidando a los pingüinos-. Era mi lugar favorito de toda la Ciudad de las Palmeras cuando era niña. Quería seguir yendo hasta cuando ya era demasiado grande para estar en los juegos. ¿Por qué lo habrán cerrado?

-Según Bilcho, porque descubrieron que era lavado de dinero para el narco.

-Ay, aquí todo es lavado de dinero para el narco, que no mamen. ¿Por qué tenían que cerrar Wool-Ha? ¡Era lo máximo!

-Sí, lo cerraron. Pero ¿sabes de qué me enteré?

-¿De qué?

-De que el Laberinto sigue allí.

Cristal estaba tan emocionada que no pudo hablar por unos segundos -¡Tenemos que ir! ¡Estar ácidos en ese lugar debe ser increíble!

-¡Pues vamos!

Wool-Ha era una especie de sala de juegos para niños que alcanzó su apogeo cuando yo tenía como diez años. En un espacio amplio podían estar los niños corriendo descalzos sobre el suelo de hule-espuma, darse un chapuzón en albercas de pelotas, rebotar en el brincolín, tirarse por resbaladillas o jugar maquinitas, mientras los aliviados padres se iban de compras al centro comercial de enfrente. Pero lo mejor de Wool-Ha era el Laberinto: cinco niveles de tubos de plástico multicolor retorciéndose y encontrándose en un espacio de mil metros cúbicos. Había cinco formas de entrar y cinco salidas, y entre ellas, una maraña de túneles, albercas de pelotas, camas elásticas, toboganes, redes, tirolesas, escalinatas, colchonetas, pasillos repletos de peras locas colgando de los techos y algunas burbujas de plástico transparente suspendidas a varios metros sobre suelo y desde las que el niño podía mirar a sus amiguitos abajo y presumir la hazaña de haber llegado hasta allí.

Encontramos Wool-Ha envuelto por la completa oscuridad de una noche nublada. Nada podíamos ver a través de los ventanales cubiertos por costras de polvo y salitre.

-¿Cómo vamos a entrar? -pregunté.

Cristal no respondió; caminó hasta la puerta principal del edificio y yo la seguí. La entrada estaba bloqueada con maya anticiclónica y no había forma de pasar por allí. Rodeamos el edificio en busca de un acceso.

-Estoy segura de que el último huracán derribó algo… -murmuró Cristal.

-¡Mira! -exclamé señalando una ventanilla rota que se alzaba sobre nuestras cabezas y que parecía lo suficientemente amplia para que pasáramos por ella; resolvimos apilar escombros y basura para alcanzarla. Primero ayudé a subir a Cristal y después trepé como pude.

Una vez dentro, Cristal y yo miramos a nuestro alrededor; bultos y sombras oscuras se alzaban por todas partes. Entonces la noche se iluminó por la repentina aparición de la luna llena a través de los ventanales; por alguna causa inexplicable, el salitre que los cubría por fuera no era visible desde dentro. Wool-Ha quedó bañado por una oleada de luz de plata, y los colores y formas de juegos y juguetes se revelaron ante nuestros ojos aún pachecos y alucinados. Y al fondo, sobresaliendo como una montaña entre un montón de colinas, estaba el Laberinto.

-Wow -musitó Cristal.

-Nos podrían meter a la cárcel por esto -dije.

-Nos podrían meter a la cárcel por estar en Playa Tsunami, o por comer ácidos… o por mirar feo a los policías. No seas nena y déjate de miedos.

-Va, pues. Entrémosle con todo.

Entonces cada quien se comió un ácido que, como ya veníamos medio viajados, nos pegó duro y empezó la psicodelia. Una melodía alegre y ligera se encendió en nuestras mentes y comenzamos a bailar entre los brillantes colores de la sala juegos. Entramos corriendo al Laberinto; era una locura, como atravesar por otros mundos inexistentes. Por momentos me perdía y me daba claustrofobia por la estrechez de los túneles, pero Cristal siempre me encontraba y me llevaba a un área amplia, donde podíamos bailar, brincotear o besarnos.

-¡Amo estos colores! -exclamó.

-¡Tú eres de colores!

-¿Ah?

-¡Eres de colores! Tienes colores por todas partes. Amo verte, amo tu cabello moviéndose cuando bailas. ¡Eres como un arcoíris! Y a veces eres azul, y es como ver el cielo, y tu cara es tan hermosa… Y a veces eres dorada como una reina de antaño, e irradias colores como un sol en el ocaso… ¡Nunca vi a nadie tan bella!

Entonces ella me embistió con fuerza tal que me arrojó sobre la colchoneta verde que hacía las veces de piso en ese nivel del Laberinto. Hicimos el amor allí, y en la alberca de pelotas y en el brincolín y en un túnel que daba vueltas. Incluso lo hicimos mientras bajábamos por el tobogán más alto del Laberinto. Durante todo ese tiempo la música seguía en nuestras ensoñaciones y todo lo hacíamos al ritmo de cascabeles, violines, harpas, pianos y suaves guitarras eléctricas que parecían cantar a la belleza multicromática de Cristal.

-Uh la la, uh la la ra la, uh la la, uh la la ra la -tarareaba, mientras Cristal y yo nos acurrucábamos hundidos en la alberca con cientos de pelotitas multicolores que cubrían nuestros cuerpos desnudos y sudados.

-¿Alguna vez te he hablado de los lados y los planos?- dijo de pronto.

-No, creo que no.

-Es como yo entiendo que está hecho el universo, el tiempo y el espacio. Cuando estoy sobria y trato de recordar cómo era lo de los lados y los planos, no puedo. Pero cuando estoy ácida, todo está muy claro para mí. Mira: los lados son como de una figura geométrica tridimensional amarilla, como en el planetario, que está en un espacio negro con o sin estrellitas. Tú caminas en un plano bidimensional y puedes ver las líneas donde caminas normalmente y puedes ver que son líneas aunque tú crees que son tridimensionales cuando caminas en ellas. Los planos, por su parte, se dirigen hacia arriba como un elevador transparente, de aire, pero sí ves el prisma del elevador… no en realidad viéndolo, sino sintiendo que el aire pasa al otro lado… Pero también es una gradilla… como una cuadrícula, que te pasa verticalmente una y otra vez, y por todos lados. Aunque no sé si los lados son un tipo de planos o viceversa… Pero eso no importa. Los nombres son para conceptualizar los dos estados, pero no son lados y planos en un sentido matemático… o más o menos sí, porque un lado es un plano que se queda en un polígono y deja de moverse girando por todo el universo… Los planos son para estar en distintos lugares en el mismo momento, los lados no, porque no sabes que están hasta que estás en ellos hacia afuera… pero eso no es muy frecuente. Ahora bien, los magnetos son las ecuaciones que los matemáticos usan para comprobar la forma del universo, pero yo creo que ellos sólo los acomodan de la forma en que ya se lo habían imaginado antes, que es sólo una parte de la forma que tiene el universo, el cual es magnético… ¡Con muchas esferas coloridas y traslúcidas que giran unas dentro de las otras!

-Wow -dije, sin elocuencia y sin haber entendido lo que Cristal me había querido decir, pero seguro de que era algo grande y bello-. ¿Sabes? Ahora me dan lástima los adultos y su “mundo real”.

-¿Antes no?

-No, antes me irritaban. Ahora siento pena por ellos. Pienso que siempre estarán atrapados en sus prejuicios y en sus ideas estúpidas sobre cómo debe ser la vida. Están ahí con su estrés, sus preocupaciones y sus ceños fruncidos. Siempre pensando en hacer dinero, en el bisnes, en las cosas que ansían poseer, o en formar parte de una élite, ya sea social, profesional o intelectual. Muchos de ellos se malviajan por agradar a un Dios ausente con acciones tontas e intolerantes encaminadas a arruinarnos la diversión a los demás. Sin duda les pareceríamos salvajes, promiscuos e inmaduros, pero ¿sabes qué? Ellos nunca podrán penetrar en nuestro mundo. No saben lo que pasa por nuestras mentes ni cómo vivimos nuestras vidas. Nunca verán las cosas bellas de la vida, nunca sabrán lo que es estar en la situación mental que nos permite el ácido, totalmente libres de la tiranía de los nombres y las medidas, de los pensamientos pesados y pedestres. Nunca conocerán la felicidad que puede encontrarse en una buena rola, o en un buen poema, o en sólo correr, brincar y jugar como chiquitos. Nunca serán capaces de entender por qué esto es maravilloso. No creo que ninguno de ellos pueda disfrutar de hacer el amor como lo hacemos nosotros…

Cristal me sonrió larga y tiernamente. -No hay que ser como ellos. No hay que dejarnos contagiar por sus pendejadas. ¡Hay que huir! ¡Huir mientras podamos! ¡Vámonos, Diego, vámonos!

-¿A dónde?

-A pasear, a rolar, a perdernos por esta maravillosa península, sin que nada nos importe. Hemos estados muy preocupados por la lana, por partirnos la madre trabajando para tener un poco de dinero y poder irnos a vagar por ahí. Pero no deberíamos dejar que eso nos detenga. No podemos estar toda la vida esperando a ver cuándo vamos a tener más dinero para poder largarnos de aquí.

-Sí… ¡Sí! ¡Tienes toda la razón! ¿Pero qué hacemos?

-Mañana mismo nos largamos a correr por el mundo.

-¿Y cómo le vamos a hacer?

-¡Qué importa! Ya veremos cómo. Nos las arreglaremos, encontraremos la forma. No podemos vivir haciendo muchos esfuerzos para al final sólo obtener un poquito de satisfacción.

-¡Va! Hagámoslo. Vámonos, Cristal, sólo vámonos.

-Sí. Escapémonos. Mañana mismo.

-Sí, mañana mismo.

-Sí.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a 45. Ella es de colores

  1. Yus Ríos Dib dijo:

    Excelente ya se había tardado la continuación, lo del beso en la escena de peligro ps muy choteado, pero bueno… la explicación del universo y de los mundos y animales fantasticos que lo habitan me fascinó.

Sé brutal

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