La fabulosa tienda de don Cosme González (Conclusión)

LA FABULOSA TIENDA DE DON COSME GONZÁLEZ
(Conclusión)

[Ver capítulo anterior]

Pero volvamos a la tarde lluviosa que nos ocupa. Una vez que el tendero, el profesor y el poeta estuvieron solos otra vez, continuaron con sus pláticas.

-Pues mire señor poeta- le dijo el profesor –éste es un pueblo muy tranquilo y quizás se equivocó al venir aquí a buscar inspiración. Váyase a una gran ciudad, a los barrios bajos; allí siempre hay crímenes e historias truculentas como las que usted busca.

-Gracias, maestro, lo pensaré –dijo Jorge con evidente decepción.

-Bueno, caballeros, yo sólo vine por el pan y por tres pesos de felicidad. Don Cosme…-

-Ahoritita le cobro- dijo el tendero y así lo hizo.

-Bueno, caballeros. Os dejo para que sigáis vuestra conversación. Por cierto, joven, dígame ¿cuándo deja el pueblo?

-Esperaba que pudiera adquirir algunas experiencias aquí, algo trascendente para mi vida, algo un poco más… real.- suspiró Jorge, quien sabía, como todo buen intelectual, que la vida de los acomodados no es real. –Pero supongo que ya no tengo razón para quedarme, así que me voy mañana en la mañana.

-Es una lástima. A esa hora estoy dando clases. Quería que usted viera algunos versitos que ha compuesto su servidor y me dijera su parecer. Pero bueno, será en otra ocasión. Hasta luego.- se despidió el profesor y se fue caminando bajo la lluvia que ya comenzaba a menguar.

-¿Es español el maestro? – preguntó Jorge al tendero cuando el pedagogo se hubo marchado.

-¡Qué va!- don Cosme se echó a reír- ¡Si es más feliseño que los gatos!

-¿Y por qué habla así?

-Pos es que hace unos años descubrió que el abuelo de su padrastro había nacido en Barcelona y le dio por hablar con ese acento. Pero en fin, así se oye más inteligente, ¿no?

-Mire nomás. Qué chistoso.- dijo el joven sonriéndose

-Oiga, y hablando de poesía, joven, ¿por qué no me recita alguna suya?

-Ah caray.- exclamó Jorge sorprendido ante lo inesperado de tal solicitud
–Pues, para decirle la verdad, sólo tengo una conmigo y no está terminada.

-No importa, usted échesela.

-Bueno, pues.- accedió el poeta, a quien no le gustaba hacerse suplicar. Sacó de uno de sus bolsillos un papel arrugado, lo desdobló y comenzó a leer: -“Estoy vacío, en mí no hay nada más que la tristeza. Hay gente que tiene hambre y que es explotada por los poderosos. Ellos están vacíos también, pero del estómago. Yo en cambio, estoy vacío del alma.” Y bueno, eso es lo que llevo adelantado.

Don Cosme estaba boquiabierto, no entendía cómo este joven podía considerar eso una poesía, si ni siquiera rimaba. –Está muy bonita, ¿por qué no me la deja aquí en la tienda? La enmarcamos y la guindamos donde todos la puedan ver. Así cuando usted sea famoso podremos presumir que tenemos esta obra.

Jorge apreció el gesto del tendero, si bien se había percatado de que éste no había entendido ni jota del poema, pues como todo buen intelectual sabe, la gente pobre y sin educación es incapaz de apreciar las historias que hablan de la triste vida de la gente pobre y sin educación, y prefiere siempre que le hablen de cosas bonitas y es por eso que sigue siendo gente pobre y sin educación… o algo así.

-Claro que sí, señor. Tenga.- le dijo extendiéndole el papel.

Don Cosme lo tomó sonriente –¡Luisito!- llamó a su sobrino quien acudió enseguida –Ve y guarda este papel, con mucho cuidado, ahí donde pongo las notas.- el niño tomó el papel y obedeció.

Iba ya Jorge por su séptimo cigarrillo y listo para irse por fin de la tienda cuando le vino a la mente una idea.

–Oiga, señor. Ya lo pensé bien y me he dado cuenta de que para ser un buen artista tengo que estar realmente deprimido, ver al mundo de muy mala gana y pensar que la vida no tiene sentido. Pero ahora se me ocurrió algo. Usted vende felicidad, ¿no? Pues véndame tres… no, ¡cinco pesos de tristeza!

-¿Cómo?- don Cosme estaba por completo sorprendido. Nunca antes un cliente le había pedido tristeza, nunca antes la había vendido y si bien figuraba en el catálogo, no estaba seguro de que tuviera en bodega. –Sí, permítame, voy a buscarla.

El tendero fue a la trastienda y empezó a buscar entre todas las cosas que allí tenía algún frasco que contuviera tristeza, pero no lo halló por ningún lado. Al fin, después de unos minutos, cesó su búsqueda y desistió. Aquello era un desastre: don Cosme nunca antes había dejado a un cliente insatisfecho. Su tienda tenía el prestigio de estar siempre surtida y ahora él, como hombre íntegro que era –y es-, sufría el tener que decepcionar a un cliente, que además venía de fuera.

El buen tendero salió cabizbajo de la trastienda y sin encontrar la forma de decirle a Jorge la noticia, musitó:

-No tenemos tristeza.

-¿Cómo? ¿No tiene?

-Pos… no.

Jorge dio un fuerte puñetazo contra el mostrador.

-¡Maldita sea! Maldito destino que ante mí se opone. Todo lo que busco es un poco de sufrimiento para saber lo que es la vida. No encuentro respuestas; me siento como parado a la orilla de un abismo sin poder arrojarme en él. Grito y grito y sólo me responde el silencio. Hay tanta gente sufriendo, y a mí, que busco ese dolor para alimentar mi obra, se me escapa. ¡Ni eso me concede el destino! A mí, que sólo quiero hacer poesía, me es negado lo único que daría sentido a mi vida vacía. No soy nada, de verdad no soy nada.

Don Cosme se sentía muy mal de ver al joven poeta expresarse de esta manera, pero de pronto, a Jorge pareció iluminársele la cara.

-¡Oigan! ¡Estoy inspirado! ¡Ahora lo veo! ¡Mi sufrimiento será mi falta de sufrimiento y sobre esto hablará mi poesía! Muchas gracias, señor.

Y ante el absoluto sacón de onda de don Cosme, Jorge le pagó cinco pesos y se fue caminando bajo el sol, pues ya había terminado de llover.

FIN

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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