29. El vuelo de las cucarachas

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            El concierto se prologó toda la noche y finalizó hasta después de las ocho de la mañana. Dietritch mezcló con diversos músicos invitados, incluidos un saxofonista, una arpista, una banda de gaitas y un grupo de percusiones prehispánicas. También mezcló como solista algunas piezas, de entre las que resaltó una llamada Weltraumoper, que duró más de veinte minutos y me transportó a los más lejanos confines del espacio exterior, donde visité galaxias en colisión, nebulosas expandiéndose y agujeros de gusano. Poco antes del amanecer, hubo fuegos artificiales que a mis ojos ácidos parecían las mismas estrellas que descendían a la tierra.

A la luz del alba me di cuenta de que estábamos muy cerca de la playa. Con los efectos del LSD abandonando mi cuerpo, caminé hacia el mar y me senté a contemplar los reflejos del sol en las olas. Escuchando el susurro del Caribe frente a mí, fui consciente de que poco a poco entraba en una nueva etapa de mi viaje psicodélico. Aún tenía los sentidos aumentados y la imaginación hiperactiva; bajo la luz del sol, además, las cosas tenían un brillo especial, como si todo estuviera rociado con polvo de hadas. El cielo resplandecía azul eléctrico y estaba tan abajo que de un salto podría haber tocado su espesa tinta metálica. Pero el furor y el deseo de movimiento se iban, dando paso a una necesidad de introspección. No tenía más ganas de correr, saltar o bailar, y mis pensamientos no se extraviaban a la deriva. Por el contrario, me sentí inexplicablemente sobrio y lúcido, capaz de seguir con perfecta lógica una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Desde ese lugar privilegiado, observé mi vida, mis acciones, mis sentimientos y mis ideas. Como si de pronto hubiera despertado de una mala borrachera, pude darme de cosas que había hecho, dicho o entendido mal. Algunas de ellas me dieron risa, como si fueran tonterías infantiles y cándidas. Otras me avergonzaban hasta casi entrar en pánico.

            -¿Cómo te sientes? -me preguntó Bilcho, sacándome de mis meditaciones.

            -Puedo… pensar con una claridad que nunca había tenido.

-Ah, sí. Eso sucede cuando se te empieza a pasar el efecto o cuando tomas poco ácido. Es por eso que alguna vez quisieron usarlo para tratamiento psiquiátrico, pero la sociedad mocha le tenía demasiado miedo a la parte divertida del LSD como para permitir que se usara también la parte útil… -de pronto bostezó- ¿No estás cansado?

–Puedo percibir el cansancio, pero no estoy cansado. Es como si pudiera ver al cansancio acechándome detrás de un campo de fuerza transparente. Cuando el campo de fuerza caiga, el cansancio se apoderará de mí.

            -Ja, ja, ja. Qué chido. Bueno, vamos de regreso al lugar de Wiki.

            Durante el camino de regreso al departamento contemplé los árboles y las casas y me deleité con la brisa del mar y con el canto de los pájaros.

-¡Todo se ve tan bonito!

Al llegar al depa tomé otro baño de agua caliente. Podía sentir cada una de las suaves gotas rodando por mi piel. Después del baño, el campo de fuerza cayó por fin y el cansancio me atrapó. Dormí por más de doce horas.

Ya estaba oscuro cuando me despertó una discusión acalorada que sostenían Bilcho y Wiki:

-Pues, a mi gusto, la mejor película, por no decir la única buena, de toda la saga, es el Episodio V.

-¡No mames, Wiki, qué opinión tan original!

-Mira, si tú lees a Todorov…

-¡Coño, Wiki, me cago en Todorov!

-¿Qué hay? -dije en medio de dos bostezos.

-Baia, baia, baia, hasta que te despiertas -dijo Bilcho-. Ya nos vamos de regreso.

Todos los demás ya estaban listos para volver a la Ciudad de las Palmeras. Como había perdido mi playera en el rave, Wiki me prestó una que, por supuesto, me quedó gigante. Era negra, como de costumbre, y tenía una leyenda que rezaba LOS ZOMBIS NO CORREN. Subimos al Alerón Chiflado y emprendimos el camino de regreso, durante el cual me la pasé mirando por la ventana y aprovechando el impulso cognitivo del ácido para pensar.

-He sido un cretino -dije de pronto.

-¿Qué? –preguntó Cristal.

-Que he sido un cretino.

-¿Por qué lo dices? –inquirió Bilcho.

-He estado pensando en lo que he hecho a lo largo de toda mi vida. En cómo he entendido las cosas… Y creo que empiezo a ver algunos asuntos… La forma en la que me he comportado, como he tratado a los demás, los pensamientos que estaban detrás de mis acciones… He sido un enorme cretino. Es más, he sido un monstruo.

-Tranquilo, mi chavo –dijo Bilcho-. Las exageraciones son peores que Hitler.

-No, no, no. He estado haciéndolo todo mal. Tengo muchas cosas que cambiar. Creo que es momento de empezar a ser menos cretino. Ése será mi propósito.

Lo dije con honestidad. No pretendí convertirme en santo, ni cambiar el mundo, ni alcanzar la fama. Esa noche, viajando de regreso a la Ciudad de las Palmeras, mi nuevo objetivo en la vida estaba claro y parecía sencillo: ser menos cretino. No sé si mis compañeros de viaje me entendieron en lo absoluto.

            Cuando por fin llegamos de vuelta, lo primero que hizo Wiki fue llevarnos a Bilcho y a mí a la casa. Cristal regresaba al día siguiente a Ciudad Plana, así que me despedí de ella con mucho afecto, prometiéndome que cuando la volviera a ver yo sería otro, alguien más digno de su chingonería.

            Entramos, yo de inmediato me tiré en el colchón y Bilcho se recostó en la hamaca.

            -¿Y? -dijo él- ¿Qué tal?

            -Increíble –dije-. No pensé que fuera capaz de sentirme así, de pensar en todo lo que pensé. Ha sido el mejor viaje de mi vida; todo me parecía maravilloso. Ahora entiendo porqué los hippies querían cambiar al mundo al darle ácidos a todos.

            -Sí, bueno, pero no te olvides de que Charles Manson y su gente cometieron sus crímenes en LSD. Todo tiene su lado oscuro.

            -Sácate. Ya me la arruinaste.

            -Para eso estoy aquí.

            -Oye, Bilcho.

            -Eu.

            -Gracias.

            -¿Por qué?

            -Por convencerme de ir al rave, por llevarme con Papá O’Reilly, por el LSD…

            -De nada. ¿Y cómo te sientes?

            -Muy bien. En verdad. Siento que esto es el inicio de algo muy bueno.

            -Eso esperemos.

            -He decidido quedarme.

            -Chido, bro. ¿Por el año que tenías planeado?

            -No sé. Hasta que sienta que ya hice lo que tenía que hacer. Puede ser un año, puede ser más. Y otra cosa, mañana empiezo a buscarme una casa, para no andar aquí de arrimado.

            -Órale, me parece muy bien. Pero puedes quedarte por acá hasta que encuentres dónde vivir.

            -Gracias de nuevo.

            -Denax. Ahora mejor nos dormimos. Acuérdate que mañana tenemos que trabajar en el Circo.

            -En la madre, se me había olvidado. Bueno, pues. Buenas noches.

            -Buenas noches, mi chavo.

            El día siguiente fue tranquilo; después del Circo, Bilcho se fue al restaurante y yo me encontré con Edmundo y Marta, que de casualidad andaban por el parque cercano. Estuvimos platicando sabroso por un buen rato. Apenas Bilcho salió de trabajar, nos retiramos pues el viaje de ácido aún nos tenía cansados. De hecho, yo me sentí agotado la semana entera, de modo que no salimos a fiestear en todos esos días.

Dediqué las tardes a buscar un lugar donde vivir; la idea era estar no muy lejos de casa de Bilcho, o de la Zona Hotelera, para no tener problemas de transporte. Vi anuncios de algunas casitas y departamentos baratísimos, pero Bilcho me advirtió que los barrios en los que estaban eran muy peligrosos.

Tardé más de una semana, pero por fin encontré una habitación que rentaba una viejecita carcomida, en una callejuela triste, oscura y llena de baches. Era en una casucha minúscula y cuadrada, con sólo dos habitaciones, un baño, una salita y una cocina. El lugar estaba muy sucio y la señora apestaba a podrido. En la cocina no había más muebles que una mesa con dos sillas y en la que sería mi habitación sólo había un catre y un buró. El cuarto de la vieja nunca lo vi, pero supe que tenía un televisor ahí porque la primera noche que pasé en la casa pude escuchar todas las telenovelas.

-No vas a tener visitas y no quiero que fumes o bebas aquí. A las ocho de la noche te quiero en la casa. Los sábados puedes llegar a las diez. Después de esas horas cierro con seguro y nadie entra ni sale. Yo duermo con la puerta cerrada, pero tengo el sueño ligero. No quiero oírte merodear por la casa después de la hora de dormir. Si oigo que te acercas a mi cuarto, te juro que me pongo a gritar hasta que lleguen los vecinos. No confío en los jovencitos.

Sí señora, sí señora, sí señora.

No intercambiamos más palabras ese día, excepto por un seco buenas noches antes de irnos a acostar. El asunto de las horas de llegada y la actitud (y el olor) de la anciana no me agradaban en lo absoluto y pensé que lo mejor sería largarme de ahí en cuanto encontrara un mejor lugar. Cavilaba sobre esto, echado en mi catre con la vista fija en el cielo raso, cuando vi pasar un par de cucarachas enormes. Mi asco por estos insectos rayaba en la fobia y tuve problemas para quedarme dormido; luego soñé que me devoraban bichos gigantes.

Al otro día, cuando me encontré con Bilcho en el Circo, me hizo notar el aspecto de mala noche que traía en la jeta. Le describí las condiciones de mi nuevo hogar y él se mofó de mi blatafobia.

-Hombre, que te pongas así por unas cúcaras mácaras. Pero pues ya sabes, mi chavo. Si quieres hospedarte un rato más en mi cantón, no hay tos. A mí me costó un huevo y la mitad del otro encontrar ese lugar tan a toda madre.

-Gracias, pero creo que lo mejor es que busque la forma de sobrevivir por mi cuenta. Creo que es importante para mí.

-Enhorabuena.

Esa noche, a la hora de dormir, vi cuatro cucarachas pasearse por mi habitación. En la mañana le hablé a la señora del problema de plaga que tenía en su casa.

-¿Qué cucarachas? ¡Aquí no hay cucarachas, chiquito! Si hay, es que seguro te las trajistes en tu bulto lleno de drogas o en tu pelo todo xexek. ¡Cucarachas!

Pero cada noche vi por lo menos dos cucarachas más en mi cuarto. No veía la hora de salirme de esa pocilga.

-¿Sabes? Las cucarachas son seres fascinantes -me dijo Wiki en una ocasión que estábamos de visita en su casa-. Pueden vivir sin cabeza por semanas antes de morir por inanición, son capaces de soportar altas dosis de radiactividad y pueden sobrevivir durante más de un mes sin agua. La Periplaneta americana es especialmente interesante, uno de los insectos más rápidos que existe y es capaz de vivir comiendo papel o jabón y, a diferencia de sus hermanas de otras latitudes, no deja un rastro de olor perceptible cuando camina sobre la comida y la contamina, así que uno nunca sabe…

-Cállate, Wiki. Por el amor de Dios, cállate, coño.

Cuando volví a la casa en la séptima noche, vi que la viejita no había llegado todavía, lo cual me extrañó sobremanera. Me fui a acostar y tardé bastante en quedarme dormido por temor a los bichos, pero como no vi ninguno, al final pude conciliar el sueño.

Soñé que estaba de vuelta en Ciudad Plana, corriendo por los pasillos del Countri porque se me hacía tarde para llegar a clases. Me detuvo don Julián, un maestro bastante culero y mamón que cagoteaba a todo el mundo y que siempre nos humillaba con sus comentarios sarcásticos. Estaba tratando de explicarle la razón por la que había llegado tarde, pero él no me escuchaba. Del bolsillo de su camisa sacó una gran pinza de pan y con ella me apretó la nariz. No sentí dolor, sino más bien comezón y un cosquilleo molesto. Forcejeé con Julián para me soltara y hasta le di un golpe en la cara que lo lanzó por los aires y le hizo caer en un charco de sangre. Pero la pinza se quedó prendada en mi nariz, haciéndome cosquillas, y no podía arrancarla por más que tiraba de ella.

Entonces desperté y vi la enorme cucaracha que caminaba por mi rostro. Me incorporé y pegué un alarido de scream queen de película ochentera. La cucaracha cayó cuan pesada era sobre la sábana, junto a una docena de cucarachas que reptaban sobre mí. Grité de nuevo y me levanté de un salto. Las paredes, el piso y el techo estaban cubiertos de insectos. Corrí hasta la puerta, la abrí y salí del cuarto. A toda prisa entré al baño porque tenía la necesidad imperante de lavarme la cara. Pero de la sifa del lavabo salían cucarachas, una detrás de otra, al igual que de la coladera de la ducha.

Huí del baño y entonces me di cuenta de que toda la casa había sido tomada por las cucarachas. Las paredes, los pocos muebles, el piso, las ventanas, los focos del techo, todo estaba cubierto de animalejos rastreros. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando empezaron a volar. Cientos de bichos salieron disparados desde todos los rincones hacia todas las direcciones. Muchas de ellas chocaban conmigo y yo no podía soportar el asco y el horror. Pegando de gritos y defendiéndome a manotazos, atravesé la nube de cucarachas hasta llegar a la puerta, pero no me atreví a abrirla porque una colmena de insectos cubría la manija. De pronto se abrió la puerta y todo el enjambre de cucarachas salió volando y zumbando. Una mujer grande y gorda entró a la casa, seguida de un hombrecillo pequeño y delgado con los ojos enrojecidos.

-¿Y quién eres tú? -preguntó la mujer.

-Soy… eh… el inquilino de doña Dolores -dije.

-Ah. Pos agarra tus cosas y vete -dijo la gorda.

-¿Cómo?

-Ya me oístes. Doña Dolores era mi suegra. Se murió hoy en la tarde y ahora esta casa es nuestra. Así que jálele, afuera.

-¿Qué hora es? -pregunté estupefacto y notando que aún estaba oscuro.

-Como las cuatro de la mañana, joven -respondió el señor.

-No le hables -intervino la mujer-. Ándale, pa’fuera.

Metí todas mis cosas a mi mochila y me fui de aquel lugar. El barrio era feo y en la oscuridad de la madrugada se veía amenazador. Mientras caminaba por la fracturada escarpa, temía que algún narco-asaltante-violador-asesino serial me saliera al encuentro desde los espesos matorrales de los innumerables terrenos baldíos por los que pasaba de camino hacia algún lugar civilizado. No quería arriesgarme a atravesar las varias zonas inseguras que me separaban de casa de Bilcho, por lo que resolví refugiarme en el primer Oxxo que encontrara, por lo menos hasta que amaneciera.

En mi caminata crucé frente a una fiesta de ñores, la mitad de ellos inconscientes mientras los demás que escuchaban música grupera y huixaban en la calle; pasé junto a un expendio clandestino en el que unos chavos banda se encontraban comprando alcohol y drogas; por último, caminé cerca de una casita pintoresca pintada de color pastel y con tejas en las cornisas, en la que un grupo de señoras cuarentonas ofrecían servicios sexuales a los transeúntes, los cuales, a pesar de la hora, o quizá por lo mismo, eran bastante numerosos.

Cuando alcancé una calle desierta, sintiéndome ya más tranquilo, me percaté de que un automóvil blanco, grande y cuadrado, como ésos que solían usarse en los 70, me venía siguiendo. Apresuré el paso, pero el vehículo no tardó en alcanzarme. La ventanilla del copiloto descendió y un orangután mostró la cabeza con una sonrisa pervertida. Del otro lado se bajó un individuo alto, delgado y moreno, que vestía un traje blanco de poliéster y un sombrero de ala ancha adornado con plumas de pavorreal.

-Hola, muchacho, ¿quieres ir a una fiesta?

-No, gracias -contesté casi sin volverme a verlo y seguí mi camino.

-Vamos, chavo. Es una fiesta como en la nunca has estado…

-No, gracias -repetí ya de lejos, y entonces lo escuché decir:

-¡Chispíta, atrápalo!

Me volteé y vi cómo el orangután se bajaba del auto y empezaba a correr a toda velocidad hacia mí. Huí cuan rápido lo permitieron mis piernas, pero al cabo de unos metros el simio me alcanzó y me derribó. Después el tipo del traje blanco me sujetó con fuerza de los brazos, me arrojó al asiento trasero del vehículo y me encerró con un portazo.

-Ahora vas a saber lo que es bueno -dijo el fulano con una sonrisa y puso en marcha el vehículo hacia quién sabe dónde.

Nunca había estado tan asustado como hasta entonces. Tardé mucho en reaccionar y en decidirme a patear con todas mis fuerzas la ventanilla y a gritar:

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Chispita, cállalo.

El orangután saltó hacia el asiento y sin esfuerzo me sujetó y me tapó la boca con una de sus manazas. Al principio quise forcejear, pero el simio me intimidó al mostrarme las fauces en un gesto amenazador. Me quedé quieto, esperando a ver qué sucedería.

Tras unos minutos de dar vueltas por calles desconocidas llegamos hasta una casa de tres pisos, de fachada cuadrada, sin porche ni patio al frente y con dos balcones rectangulares que miraban hacia la calle. El hombre bajó del auto y abrió la puerta trasera. Me sujetó del cabello y me obligó a bajar. Entramos en la casa acompañados por el simio.

Un grupo de muchachos y muchachas semidesnudos estaban tirados por aquí y por allá en una habitación grande y sin más muebles que algunos puffs. Siempre sujetándome del cabello, el hombre me condujo por unas escaleras hacia la planta alta. En ésta había algunos jóvenes más, la mayoría sin ropa, echados unos en sofás y otros en una cama king size al centro de la habitación. Un par de cámaras de video estaban colocadas en sendas esquinas del cuarto. En la pared del fondo estaban las puertas que conducían a los balcones.

-¿Te gustaría ser actor porno? -preguntó del pronto el hombre blanco.

-¿Ah? -gemí.

-¿Qué? ¿A poco no te gusta coger?

“Desde luego”, pensé. Y ciertamente en ese momento habría cumplido la vieja fantasía de tener sexo con varias mujeres, ser grabado para convertirme en estrella y, además, recibir paga por ello. Pero también era cierto que ese lugar distaba mucho de ser el escenario de mis figuraciones. El hecho de saberme prisionero era un impedimento para sentir cualquier excitación, aún si el lugar no hubiese estado tan sucio y las chicas que allí estaban no hubiesen sido pura pinche erinia.

Tres de ellas, evidentemente drogadas con no sé qué, se me acercaron tambaleándose y empezaron a acariciarme; una incluso me agarró la entrepierna. Sentí asco. Dos de ellas eran de esas flacuchas panzonas y la otra una regordeta huanga y chorreada. Las tres apestaban y tenían los dientes chuecos.

-Está muy guapito -dijo una con voz temblorosa.

-Sí, muy finito -dijo un joven fornido que se me acercó por detrás y me metió un coyazo -¿De dónde lo sacaste, Yoni?

-Eso qué importa -respondió el de blanco-. Cuajo, tráete una pipa y una piedra, para ablandar a este señorito.

-¿Qué trais acá? -dijo otro muchacho arrebatándome mi mochila.

-Nada. Mis cosas.

El tipo abrió la mochila pero de pronto la dejó con un grito. Una cucarachita había salido tranquilamente de la bolsa y ahora se arrastraba por la habitación.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja -se carcajeó el Yoni-. Si serás puto, Pibe.

Pero entonces, a la cucaracha le siguió otra.

-¡Pinche cerdo! -gritó Pibe-. ¡Tienes esta madre llena cucarachas!

Entonces, de súbito, una nube gigantesca de Periplanetae americanae surgió de la bolsa volando y zumbando. Las muchachas gritaron y corrieron por el cuarto dando aspavientos mientras los hombres se cubrían los ojos y la boca. Los insectos eran tantos que el lugar parecía inundado por una neblina café. Aproveché la confusión para agarrar mi mochila y escapar. Intenté regresar por las escaleras pero el orangután estaba allí, muy contento, comiendo las cucarachas que podía atrapar con la mano. Me volví y salí a uno de los balcones. No muy abajo estaba el automóvil blanco. Me decidí y salté. Caí sobre el techo dándome un buen vergazo. Apenas el dolor fue lo suficientemente tolerable, me puse de pie y fui corriendo por la calle.

No tenía ni idea de dónde estaba, pero mi objetivo era claro: alejarme lo más posible de esa casa. Cuando ya había amanecido llegué hasta una avenida amplia y suspiré aliviado. Tras unos minutos más de caminata arribé a un Oxxo y allí me senté a descansar y a tomar un café. Al cabo de un rato pregunté al dependiente cómo llegar a la colonia en la que vivía Bilcho y hacia allá me encaminé.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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Una respuesta a 29. El vuelo de las cucarachas

  1. S dijo:

    La mitad de este cuento

    ahora que lo pienso, gran parte del cuento está en esa canción.

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