30. Diarios de bicicleta

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            Mi casa, es decir, la casa de mi padre, estaba ubicada en una colonia que alguna vez, hacía más de una década, fue una de las más lujosas de la ciudad. A lo largo de la avenida Campirana estaban algunas de las casas más grandes y ostentosas de su tiempo y, justo al centro de la misma se levantaba la ufológica capilla de Saint John, catedral de la socialité citapianense, en la que aparatosos desfiles de modas durante las liturgias eran anunciados con letreros de neón. Rematando la avenida, en lo que alguna vez fue el punto final de la ciudad, reinaba el Club Campirano, hábitat e invernadero de la gente bonita. Claro, el tiempo pasó, llegó más gente y más rica a vivir a Ciudad Plana y se construyeron casas aún más grandes y colonias más exclusivas, con sus clubes, parroquias y centros comerciales, y hasta se fundó un nuevo Country Club, que por tener nombre en inglés, era de mayor categoría que su equivalente en la naca lengua española. Pero la avenida Campirana nunca perdió del todo cierto estatus.

            Cuando era niño, solía pasar la mayor parte de las horas viendo televisión. Luego conocí a Jorge, a quien le gustaba pasar la tarde dando vueltas por la colonia en su bicicleta y me uní a él en sus correrías vespertinas. Sergio se burló de nosotros; eso era de nacos, dijo. Nos valió madres y así anduvimos hasta que Jorge creció y llegó a la conclusión de que Sergio tenía razón y de que eso de las bicicletas era para losers.

            Fue en esas excursiones en bicicleta que descubrí la dimensión paralela detrás de la avenida Campirana. Unas calles adentro había otro mundo. Casitas pequeñas con albarrada, calles sin pavimentar y terrenos baldíos eran el escenario por donde corrían gallinas, niños desnudos y perros malixes. Aún cuando yo era chico no podía dejar de preguntarme cómo era posible que existiesen dos realidades tan contrastantes y tan cercanas. Pero dejé de visitar esas callejuelas cuando Jorge y yo abandonamos la bicicleta y la cambiamos por el automóvil.

            El Countri estaba a sólo unas cuadras de la casa, pero en cuanto tuve edad para manejar siempre me trasladé en carro. Antes, mis padres o mis hermanos eran los encargados de llevarme y recuerdo haber tenido, cuando estudiaba la primaria, un chofer, pero a éste lo despidieron cuando pegó la crisis y hubo que hacer recortes. Jamás me atreví a llegar a la escuela caminando, pues me habría hecho objeto de las burlas de mis compañeros, como aquel muchachito de lentes al que siempre le gritaban ¡albañil! porque llegaba en bici a la secundaria. Los demás muchachos siempre vandaleaban su bicicleta, le ponchaban las llantas, le raspaban la pintura, le pintaba zorros o le rompían los reflectores. Pero el chavito siempre iba y venía en su bicicleta, tranquilo, serio, sin inmutarse ante las burlas y los abusos de los demás.

            Muchos años después, poco antes de escaparme, les sugerí a Liliana, Rafael y Jorge que hiciéramos una excursión en bicicleta hasta el Puerto. Será una aventura, les dije. Me miraron con el ceño fruncido y la boca torcida, me dijeron que qué hueva y me mandaron a volar.

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Acerca de Maik Civeira

Escritor friki.
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